Las Manos perfectas del Padre (7 A 2020)

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo: No hagan frente al malo. Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra; al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa; y si uno te quiere forzar a caminar una milla, andá con él dos; a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48).

Contemplación

El texto del éxodo que dice “ojo por ojo, diente por diente” continúa “mano por mano”… Las manos están presentes en este pasaje: la mano que te abofetea la mejilla y la mano que no devuelve mal por mal, la mano que tironea de la túnica, la mano que cede y la que ofrece también la capa, la mano del que te quiere forzar a acompañarlo una milla, la mano que pide, la mano que da, la mano que saluda, incluso a los enemigos… La mano de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos.

En los mosaicos del padre Rupnik, Dios Padre suele estar representado sólo por su mano. Es una mano que irrumpe desde lo invisible y entra en la historia que representa el cuadro. La imagen que elegí hoy es la mano del Padre que está en la nueva Capilla del escolasticado del Gesù, en Roma. 

La mano del Padre!

Cuando Jesús nos exhorta a “ser perfectos como nuestro Padre del Cielo es perfecto” la perfección de la que habla no es una perfección sin manos. Todo lo contrario. 

Qué sería una perfección sin manos? 

Una perfección sin manos es una perfección que esconde sus manos para no tener que dar, para no ensuciarlas, para no gastarlas.

La perfección del Padre, en cambio, es la perfección de sus manos. De hecho “nadie ha visto al Padre” pero se lo puede reconocer por las obras de sus manos, en particular por las manos de Jesús, que bendecían, que curaban tocando lepras y parálisis, tocando ojos muertos , abriendo oídos y agarrando fuerte lenguas balbuceantes. Las manos del Padre son, en definitiva, las manos en las que Jesús se confía cuando entrega el Espíritu. 

A Dios no se lo ve, decimos como si fuera una constatación empírica que probaría no sé que cosa, que la fe no tiene sentido, quizás. Y con esa afirmación científica no nos damos cuenta de que solo corroboramos lo que el mismo Dios nos dice: que a Él no se lo puede ver. Jesús nos dice que precisamente por eso es por lo que Él vino: Porque a Dios no se lo puede ver pero el que lo ve a Él ve al Padre. 

Pero el asunto es caer en la cuenta de que a Dios se le pueden sentir las manos.

Como cuando uno llega a casa y encuentra la comida preparada y caliente y agradece las manos que la prepararon. 

Hay obras que dicen todo de las manos que las realizaron. Y esas manos no son simplemente “instrumentos” como una mano robótica o “la mano invisible del mercado” o la mano del azar. No hay manos sin corazón, no hay manos sin inteligencia. Y viceversa: no hay corazón sin manos misericordiosas, no hay inteligencia sin manos que lleven a cabo las ideas y los sueños.

Pues bien: nuestro Padre es perfecto en el uso de sus manos. 

Las manos del Padre son las que abrazan y acarician el rostro del hijo que volvió. Son las mismas que contaron la plata de la herencia y se la dieron, en un gesto sin mezquindad, como quien pone en manos de otro un fajo de dinero y rubrica el gesto haciendo sentir el peso de su mano y luego lo suelta y lo deja ir. El gesto del que da bien dadas las cosas. Así da el Padre, generosamente, con desprendimiento, mirando a los ojos del hijo, que no lo mira, sino que mira la plata…

Las manos del Padre son las que se mueven encareciendo las palabras con que quiere convencer al hijo mayor de que acepte a su hermano. Son manos que le tocan el hombro, que lo sacuden un poco para sacarlo del ensueño de su propio enojo, que vela la mirada. Manos que se posan en su espalda con suavidad, como para hacerlo entrar junto consigo. 

Las manos del Padre son manos trabajadoras. Mi Padre siempre trabaja, revela Jesús. No es un universo automático el universo en el que vivimos. Es verdad que las imágenes “antropológicas” del Dios creador, ese anciano con barba larga volando sobre las estrellas en una masa de ángeles, es de Miguel Ángel. Algunos prefieren una imagen más destilada, de una energía estelar sin rostro, que hace chocar átomos entre sí durante miles de millones de años luz y al final “hete aquí que aparecemos nosotros” con nuestros celulares, nuestros drones y nuestros parlamentos. Confieso que no hay ninguna cara de Dios Padre pintada por artistas que me guste. Y tampoco me gusta ninguna que pueda proyectar o imaginarme yo. Pero lo que no acepto es un Dios sin manos. No acepto ninguna lógica que le corte las manos al Dios que espero. Porque son las manos que me formaron en el vientre de mi madre y son las manos en las que espero caer cuando me muera. Así como me recibieron las manos de la partera al nacer y me pusieron en las manos de mi madre, así espero me reciban las manos de mis seres queridos, de mis santos amigos y de los pobres que recibí en El Hogar de San José, de María y de Jesús cuando me escurra hacia adentro y me apague, y me pongan en las manos de mi Padre, que me dio la vida. 

Si en algo espero es en las manos de Dios. Y trato de sentir cómo se “mete” en el cuadro de mi existencia, en medio de los acontecimientos de mi vida y cómo ajusta alguna cosa, cómo da una palmada de ánimo, cómo me sostiene y me tira para arriba, cómo me señala el sendero o que me fije en aquel…, cómo me hace señas de que vaya, de que me anime y me tire nomás, cómo me saluda de lejos y me aplaude cuando doy un pasito adelante en su reino.

Las manos de nuestro Padre para mí son como las de papá, cuando jugábamos a hacer luchitas en la cama grande y me lanzaba altísimo por el aire y me campujaba con seguridad mientras yo reía y reía a carcajadas felices. Son como sus manos cuando me llevaba al colegio caminando en la mañana fría de Mendoza, como lo llevaba a él su padre. Son como las manos que me dejaron ir cuando le dije que me iba a San Miguel para ver si en la Compañía estaba el lugar al que Dios me llamaba y me quise recostar en su pecho y el me empujó suavemente a que partiera. Son manos como ojos, que solo se quedan quietas para que el abrazo sea solo con la mirada y permita partir, marcando la distancia, marcando que cada uno debe seguir su sueño y hacer su camino.

Las manos se pueden sentir con todo el cuerpo pero donde mejor se sienten es en las propias manos. Las manos perfectas del Padre se sienten perfectas en nuestras manos, cuando “hacemos su voluntad”, que es como decir cuando “hacemos lo que hacen sus manos”.

Cuando practicamos la misericordia con nuestras manos es cuando la Mano del Padre se mete en la historia. No tenemos la capacidad mental ni cordial de ver y de amar a Dios como lo que Él es. Nos desborda por todos lados. Pero sí tenemos la capacidad de sostener como Él sostiene a un hijo, de abrazar como Él abraza a uno que se había distanciado, de hacer cosas buenas -de prepararlas, de realizarlas y de ofrecerlas- como Él hace cosas buenas, de acariciar y bendecir como Él acaricia y bendice, de padecer y no soltar, como Él -en Jesús- nos enseña que padece y no nos suelta de su mano.

Iba un día caminando al Hogar por Moreno, por la vereda del shopping, una semana después de que se me habían muerto dos amigos y colaboradores muy queridos, que eran mi mano derecha, y le decía al Señor con lágrimas, que eso no tenía nada de bueno, que no me dijeran que era su providencia, que estaba todo mal y no había allí nada de bueno. Lo desafié a que me explicara qué podía haber de bueno en lo que estaba pasando y lo que sentí, como si Él derramara con su mano un bálsamo en mi interior que me dilató el corazón que tenía angustiado, fue: “que tenés ahora tu corazón más parecido al mío”. Sentí lo que siente Él cada vez que pierde a uno de los suyos, cada vez que cae un pajarito, como dice Jesús, cada vez que un pequeño es escandalizado, cada vez que un Jesusito tiene que nacer -o no nacer- en un refugio, cada vez que su Jesús está de nuevo crucificado y se lo matan o lo dejan que muera nomás, sin ayuda.

Así como con el corazón, pasa también con las manos: que se vuelven más parecidas a las suyas. Cuando toco al mendigo al que le doy la monedita (que aquí es un euro y allá como 90 pesos), cuando bendigo a todos los que saludo  cada vez que me voy o se van, cuando trabajo bien escribiendo y no pierdo tiempo: mis manos y mis dedos son más parecidos a los Suyos, a los de nuestro Padre. Y sale natural fijarme en otras manos, buscar otras manos, querer estrechar las manos de todos. Porque las manos están hechas para eso, para relacionarse, para unirse. 

Una última imagen (o anti-imagen) para discernir una tentación de las manos que nos las aleja de las de nuestro Padre. Esta tentación no va por el lado de las manos que agreden, ni de las manos que con mezquindad se cierran, ni de las manos que con avidez buscan todo para sí. Tampoco de las manos que se quedan caídas, sin hacer nada. Hay otra tentación que no nos deja sentir las Manos del Padre en nuestras propias manos y es la que describe el Principito en su visita al segundo planeta: 

“El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso: 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! —Gritó el vanidoso al divisar a lo lejos al principito. 

Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores. 

—¡Buenos días! —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tiene! 

—Es para saludar a los que me aclaman —respondió el vanidoso. Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí. 

—¿Ah, sí? —preguntó sin comprender el principito. 

Golpea tus manos una contra otra —le aconsejó el vanidoso. 

El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero (con su mano). 

«Esto parece más divertido que la visita al rey», se dijo para sí el principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el sombrero.

A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego. 

—¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? —preguntó el principito. 

Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas. 

—¿Tú me admiras mucho, verdad? —preguntó el vanidoso al principito. 

—¿Qué significa admirar? 

—Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta. 

—¡Si tú estás solo en tu planeta!
—¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
—¡Bueno! Te admiro —dijo el principito encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué te sirve? Y el principito se marchó. 

«Decididamente, las personas mayores son muy extrañas», se decía para sí el principito durante su viaje”.

Nuestras manos se vuelven parecidas a las Manos del Padre cuando lo aplaudimos solo a Él y solo a los que Él aplaude: a los que hacen las obras buenas que Él planeó desde el comienzo de la creación para que las practicáramos; las obras que Jesús nos enseñó a hacer y que el Espíritu nos indica que hagamos con su sabiduría y su discernimiento y nos da la fuerza para llevarlas adelante. 

No aplaudir vanidosos es un buen ejercicio (comenzando por suprimir los auto-aplausos, que ya es mucho). Pero aplaudir calurosamente a los que Dios aplaude, es mejor. Y le hace mucho bien a nuestras manos.

Diego Fares sj