Las tinieblas que acechan a la única Palabra que cuenta: «hijo» (Navidad 2 A 2020)

En el principio era la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan.

Vino como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz,

sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera

que, al venir a este mundo,

ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 1-18).

Contemplación

            La contemplación del himno de Juan 1 hay que comenzarla por el final, con la imagen del Niño Jesús: la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros. Contemplando al Niño, Juan nos enseña a profundizar en el misterio: esa Palabra es la luz verdadera, la luz que ilumina la mente del que cree y le hace sentir, gustar y comprender que es hijo de Dios, creado por medio de esa Palabra. Esa Palabra es Dios.

El Papa, en un librito muy lindo que salió hace poco: “Sin mí no pueden hacer nada”, dice que la evangelización comienza con un encuentro al que después le vamos poniendo palabras. El ejemplo lindo que da es el de un niño que, al principio, no sabe cómo se llaman sus padres pero los conoce perfectamente y los distingue entre todos los que se le acercan. Luego aprende su nombre y después a entender todo lo que le enseñan. 

Con Dios podemos decir que es lo mismo: lo primero es conocerlo como Padre por experiencia de su bondad y su grandeza en nuestra vida, cada uno a su manera. Luego sí, aprender a llamarlo Padre, conocer cómo es, qué piensa y qué desea de nosotros. 

En el fondo de todo encuentro con Dios siempre está la Palabra, siempre está Jesús. 

Es una palabra que recibimos primero como caricia, como cercanía de abrazo, como mirada silenciosa, como el gesto de quien nos tiende una mano o nos sostiene. Pero sabemos que detrás hay una palabra porque los gestos de amor son precisos y concretos, se pueden nombrar y describir perfectamente. 

Lo que sucede es que se trata de una palabra “grande” por decirlo así, una palabra que incluye muchas, como un poema o una novela entera, y no una palabra que separa (abstraer significa separar). 

Esto es importante recordarlo: hay palabras y palabras y es vital discernir entre una y otra. El discernimiento básico responde a esta pregunta: se trata de una palabra que incluye o de una palabra que separa? 

Las palabras que incluyen son humildes, invitan al diálogo, desean ser completadas por otras… Las palabras que separan, en cambio, son soberbias, se creen la última palabra, la que cierra el asunto, la que lo dice todo. 

Las palabras que incluyen primero “se encarnan” y después “iluminan”. Encarnarse significa encontrar el tono, como el que aprende la pronunciación de las palabras de otra lengua, a los que nuestra boca no está habituada y necesita tiempo de practica. Encarnarse significa también encontrar el contexto adecuado en el que cada palabra se dice, porque en cada cultura cada palabra viene en frases hechas, como una ovejita en su rebaño. 

El tiempo que lleva encarnar las palabras hace que la verdad que cada palabra contiene como una luz en su interior, vaya brillando mansamente, sin pretensiones de acaparar toda la escena. 

Eso hizo Jesús, La Palabra, al encarnarse. Se tomó todo el tiempo de su vida para hacerlo y así como en su tiempo fue iluminando a los suyos de a poco, lo mismo hace en nuestra vida. 

Me quedo con lo del tono y el contexto. Son las dos cosas que más tiempo llevan cuando uno se incultura y aprende a hablar en otra lengua. El tono, porque uno tiene ya mecanizada la forma de la boca y la postura de la lengua y tiene que cambiarla para pronunciar bien. Uno se resiste porque los signos que son las letras están unidos en su mente a un sonido y a una pronunciación y “le suena raro” usar la misma letra para emitir otro sonido (que la misma letra “z” en argentino suene como una “s” y en italiano pueda sonar como “dz” o como “tz”). 

Esto tan elemental es lo que algunos no entienden: que la expresión de una verdad o de una ley, a una persona, por la formación que recibió y por sus experiencias de vida, le suene distinto que a otra, al punto de sentir gusto espontáneo o rechazo. El precepto de ir a misa el domingo, por ejemplo, le suena distinto al que de chiquito fue a misa con sus papás y al terminar los llevaban a tomar un helado o a pasear a la plaza, que a otro que ni siquiera sabe lo que es un domingo, porque sus papás cartonean todos los días o, peor, ni siquiera sabe lo que es un papá. Para que el mandamiento de adorar a Dios santificando las fiestas se convierta en el precepto de ir a misa los domingos se  requiere un contexto social en el que haya “días de fiesta” para todos. Por eso es que “las verdades” que las palabras del evangelio expresan, deben encarnarse para poder ir iluminando mansamente. Y esto requiere un doble trabajo: uno debe bajar los tonos fuertes de su cultura e ir haciéndose a los tonos de las otras, de modo tal que todos lleguen a sentir lo mismo: el amor de Dios que late en cada Palabra de su Hijo.

Y aquí llegamos a lo esencial, que lo expresamos usando la misma imagen del niño que primero reconoce a sus padres por su rostro, su sonrisa y la ternura de sus palabras y gestos y luego aprende a nombrarlos y a hablar y a aceptar las normas que le van dando. 

Hoy más que nunca, el que desee evangelizar tiene que estar dispuesto “perder tiempo”, como los papás, hablando con “palabras encarnadas”: esas que más que palabras son obras que le hacen sentir a la gente que el Padre los ama con Misericordia incondicional, que Jesús es su amigo fiel y que da la vida por ellos, que el Espíritu Santo los purifica de todos sus pecados y está a su lado, consolándolos y defendiéndolos en toda situación. Que la Virgen -la Iglesia- es nuestra Madre y en su casa todos somos bienvenidos, como estemos.

Estas palabras se tienen que pronunciar retomando cada día un discurso positivo que se muestre sosteniendo estructuras en las que se practican diariamente las obras de misericordia, sin pretensión alguna de “formular” las cosas de manera más elaborada, a no ser que el otro “pregunte”. Un discurso abstracto, sobre todo cuando se polariza, permanece en el mismo punto en que se dejó. El discurso concreto de una obra de misericordia, en cambio, cada vez que se retoma tiene la novedad de los rostros y de la vida de las personas y hace crecer a todos los que dialogan en torno a él.

Lo que quiero decir es que la guerra grande -entre la luz verdadera y las tinieblas- no se da en torno a las palabras secundarias, sino en torno a La Palabra principal.  

Podemos “perder” y quedarnos sin palabras, por ejemplo, ante la precisión técnica de las palabras que alguno mete en un protocolo, modificando subrepticiamente una ley constitucional. Pero por tratar de cuestionar eso no podemos “perder” las palabras esenciales, como son “madre” y “libertad”. 

No se me ocurre otra manera de explicar esto que recordando la parábola del hijo pródigo. Allí se ve que el Padre Misericordioso, por ejemplo, “perdió” y se quedó sin palabras cuando el hijo pródigo le dijo que se iba de casa y que quería su herencia. Es probable que ese dinero haya sido usado para financiar muchas cosas malas. Pero el Padre no le dijo: “Si hacés esto -si te vas o si malgastás la herencia-, no sos más mi hijo”. Tampoco le dijo: “Yo no te voy a dar esa plata porque no quiero ser cómplice de tus malas acciones”. 

Sin embargo, el Padre no perdió la palabra “hijo” ni la palabra “libertad”. Eso le supuso esperar mucho tiempo, hasta que el hijo usó para volver la misma palabra “libertad” que había usado para irse (Entrando en sí mismo dijo: me levantaré y volveré a mi padre” ).

Un detalle significativo es que vuelve usando la palabra “sirviente”, no “hijo”. Aunque le dice “padre” al padre, se refiere a sí mismo como indigno de ser llamado “hijo”. En la parábola Jesús nos revela el fondo de la cuestión: el Padre había conservado esa Palabra sagrada -hijo- en su corazón y se la regaló de nuevo. La usó además para dialogar con el otro, con el hijo mayor, que estaba resentido. 

Se trata por tanto de no perder, por nada del mundo, las Palabras esenciales! 

Y aquí hay una jerarquía. Podemos perder formulaciones que adquirimos con el tiempo y pasaron a formar parte de nuestra cultura y legislación y que hoy están cuestionadas. 

Podemos defenderlas, como un ciudadano más, es verdad. Pero por defender estas formulaciones no podemos perder una palabra más esencial, como es “libertad”. Y si la libertad alguno la usa para mal, no hay que tener miedo. Es de esas palabras que cuando uno la usa y defiende, aunque sea para algo no bueno, luego es corregido por ella misma.

Pero la palabra “hijo” es más esencial todavía. Y esta necesitamos que nos la diga amorosamente nuestro Padre. Si la hemos perdido, no la podemos recuperar solos. Aquí es donde vino a ayudarnos Jesús, nuestro hermano. Y nosotros los cristianos tenemos que dar testimonio de que esta Palabra es la principal. Aunque nos cueste mordernos la lengua como tendría que haber hecho el hermano mayor y entrar en la fiesta de su hermano prodigo, el hijo que estaba muerto y había vuelto a la vida.

La palabra “hijo” es la más combatida por el demonio. No es una palabra estática, sino todo lo contrario: es la más dinámica. Conlleva todas las etapas de crecimiento por la que pasa un hijo y, si como es el caso, el Padre es el Dios siempre Mayor, implica también el desafío de crecer siempre más, desafiados por Jesús a ser “perfectos” como el Padre es perfecto, misericordiosos como el Padre es infinitamente Misericordioso.

Las tentaciones pueden ir por el lado de no aguantarnos ser hijos, como le pasa al pródigo, y de irnos primero para luego sentirnos indignos de ser hijos, o por el lado agrandarnos y sentirnos más que el Padre como el hijo mayor, que pretende saber y hacer las cosas mejor que su padre. Entre estos extremos hay tantos matices como personas. Pero si vemos que una sociedad pierde el sentimiento de fraternidad y se vuelve violenta, calumniosa, insolidaria, individualista… significa que ha perdido muchas palabras pero sobre todo ha perdido la palabra “hijo”. 

Y antes de pretender que recupere otras palabras, hay que esperar a que pueda escuchar y aceptar esta, que es la fundamental. Para ello, el camino lo marca Jesús: el Hijo amado, el hermano fiel, la Palabra hecha carne que ilumina a todos los que lo reciben y a los a los que creen en su Nombre les da el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Diego Fares sj