El desborde de la itinerancia, una imagen de Jesús que se camina todo (3 A 2020)

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2). A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar (kerygma): «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Yendo más allá, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Hay dos imágenes que me gustan de Jesús: una, la de Jesús sentado, charlando amigablemente con Simón, con la Samaritana, enseñando a la gente las bienaventuranzas…; la otra, la de Jesús caminando, como la del evangelio de hoy, que lo muestra caminando por la orilla del lago, yendo más allá, a llamar a Santiago y a Juan, luego de haber llamado a Andrés y a Simón, y recorriendo después a pie toda la Galilea…

            La imagen de Jesús que se sienta es la imagen de un acercamiento que se prolonga y se convierte en quedarse a habitar, como dice hoy Mateo: “se quedó a habitar en Cafarnaún”. Alguien me enseñó en la Casa de la Bondad que con los enfermos un gesto claro de cariño es sentarse junto a la cama. Es una manera de decir con el cuerpo que uno se quiere quedar un rato, que hace una pausa y se pone a la altura del que está en la cama. Venir a habitar, sentarse, quedarse: son los gestos que rodean a la Eucaristía.

            La imagen de Jesús caminando también es una imagen de projimidad: Jesús es “El que viene” a nosotros, El que vino y vendrá. Pero viene para llamarnos, viene a ponernos en camino, para ir con Él a todos los pueblos, para salir con Él a anunciar la Palabra. 

            Los cuatro momentos del caminar de Jesús Mateo los describe así:  dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaún, junto al lago; mientras caminaba a la orilla del lago vio y llamó a dos hermanos; yendo más allá, vio y llamó a otros dos; recorría toda la Galilea enseñando, proclamando el Evangelio y curando. Nos dejamos llevar por este ritmo que tiene el paso del Señor: dejar un pueblo y quedarse a habitar en otro; caminar, ver y llamar; ir más allá, ver a otros y llamarlos en su seguimiento; recorrer toda la región, enseñar, evangelizar y sanar.

El Señor no puso una oficina

            Lo primero que me viene al corazón, contemplando la “itinerancia” que Jesús imprime a su vida apostólica, es que no puso una oficina. Su quedarse a habitar en la casa de Simón, así como lo hará en la casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro y también en la de Zaqueo, será para compartir la mesa y descansar en familia, pero el Señor no tendrá casa propia durante su vida apostólica. Jesús no deja su casa de Nazaret, que siempre será su única casa, para ponerse una oficina. Tampoco para su trabajo se armará un “sitio donde reclinar la cabeza” (todo esto lo digo y le medito movilizando interiormente mi “pieza-oficina”, la más linda de Roma, donde me enviaron a habitar y trabajar,  comparándola con mi oficinita de 1,60 x 2 del Hogar…)

El desborde de la itinerancia        

En el Sínodo de la Amazonia, una participante usó una frase que le gustó al Papa: el desborde de la itinerancia. Francisco siempre habla del desborde, de los conflictos que se solucionan por desborde interior de amor y misericordia y no por disciplinamiento, y aprovechó esta imagen de Arizete Miranda para decir que “solo se desborda el que está en camino”, el que sale de sí y va más allá, al encuentro del otro. Así es Jesús, el que se desborda al caminar, el que va dando todo de sí mientras camina a nuestro lado, cuando nos viene a buscar para llevarnos al Padre, para enviarnos a llamar a todos los demás.

            Así como decimos que Jesús no se instala en una oficina para la evangelización, su itinerancia no es la de un turista, su desborde no es agua que se pierde y se dispersa saliendo de su cauce. La Casa y la Oficina -el lugar donde habita y desde donde ejerce su oficio- los tiene el Señor interiorizados. 

Jesús reveló una vez a sus amigos que Él nunca estaba solo, que el Padre siempre estaba con Él. Si se puede hablar de “casa” en el misterio de Dios, el Padre es la Casa donde Jesús habita: Casa móvil y eterna a la vez, Casa del Cielo y de la tierra, Casa que puede ser pesebre y cielo abierto cuando Jesús se inclina a rezar. 

Jesús dijo también: “mi Padre siempre trabaja” y en ese sentido, el universo entero es la “oficina” del Padre, que crea estrellas, viste a los lirios del campo más hermosamente de lo que se vestía el Rey Salomón y está presente cada vez que un pajarito cae en tierra. Como decía San Francisco, mientras recorría los campos, el haber dejado la casa de su padre hacía que fueran casa suya todos los campos de la tierra, caminándolos, por supuesto, no poniéndoles cercos. 

            Por eso el Papa habla de “desborde interior”. Es el desborde del que sale de sí y deja su casa y oficina y descubre que en vez de perder una casa y oficina ganó otras cien, porque todo es Casa y Oficina del Padre. Es el desborde del que se da como quien siembra y lo que da se transforma y le vuelve centuplicado en la cosecha. Infaliblemente. Y aunque a veces no lo vea, en esperanza siempre la siembra de amor es ya cosecha.

            La imagen de Jesús que camina es la imagen de una poderosa recapitulación: el Señor camina sembrando y cosechando, llamando y enviando, sanando e incorporando, misericordiando y enseñando a amar. En Jesús que camina a la orilla del lago (esa orilla entre la tierra, el mar, el cielo y el horizonte)  podemos contemplar todo lo que existe en su centro y en su itinerancia, en cuanto viene de Dios y a Dios vuelve. 

Cuando decimos esa frase tan linda de Ignacio de “ver a Dios en todas las cosas” y de ser “contemplativos en la acción”, se trata no de un ver como quien ve una foto, en la que se trasluce algo interior en la superficie, sino que es más bien un “ver a Jesús que camina todas las cosas”. El Señor camina la realidad, viene a nosotros, pasa a nuestro lado, nos llama, nos atrae a seguirlo más allá, va a todos, nos conduce al Padre. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que se camina todo: que acompaña todos los procesos y alienta todos los pasos adelante que da cada uno en su vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que nos espera, como a la Samaritana, junto al brocal de los pozos donde buscamos agua que nos de vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que pasa en medio de una multitud, como lo vio Zaqueo subido al sicómoro, es ver cómo se detiene y nos dice que vendrá a quedarse en nuestra casa. 

Ver a Dios es sentir que se va de nuestra ciudad, como Bartimeo, y gritarle para que se detenga y nos llame y una vez rota nuestra ceguera, verlo cómo va a Jerusalén y seguirlo por el camino. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que viene hacia nuestra barca -oficina navegante de los primeros discípulos- y nos llama a seguirlo, subidos siempre en esa barca interiorizada desde la que un discípulo misionero, aunque no se vea, siempre está “echando las redes” porque es un pescador de hombres. 

            Y dejo acá porque me tengo que ir a la misa del año nuevo chino, que se celebra en Roma.

Diego Fares sj

“No lo conocía, pero…” Gracias a que Juan se queda en la orilla del Reino podemos vislumbrar en alguna medida la magnitud del don y de las gracias que en Jesús hemos recibido en pie de igualdad con todos los pueblos (2 A 2020)

Bautismo

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice: 

“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. 

Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. 

Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. 

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 

“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

“Yo no lo conocía, pero…” Dos veces repite Juan el Bautista que no conocía a Jesús. No lo conocía y lo conocía. 

No lo conocía pero lo conoció desde el seno de su madre, cuando saltó de gozo al escuchar la voz de María. 

No lo conocía pero había predicho que, aunque vendría después, era Alguien que lo precedía, que existía antes que él! 

No lo conocía pero se había pasado la vida llevando adelante una misión ordenada enteramente a Jesús. 

No lo conocía pero supo reconocerlo por el signo que le había sido revelado: que el Espíritu Santo descendería y permanecería sobre Él. 

No lo conocía pero siempre supo que la misión de Jesús sería más importante que la suya, que él bautizaba con agua y Jesús bautizaría en el Espíritu Santo.

No lo conocía pero dio testimonio de Él toda su vida: primero con la palabra, luego pasándole sus discípulos más queridos, después desapareciendo, haciendo disminuir su rol en medio de la gente y, por fin, dando su vida en la cárcel, sufriendo el martirio ignominioso por el capricho de la mujer de Herodes y de su hija. 

No lo conocía y sin embargo era Jesús Aquel a quien más conocía.

Juan vivió su vida en orden a Jesús, lo tuvo como referente siempre en todo. Supo y aceptó gozoso que su vocación y su misión era la de precederlo para que “fuera manifestado a Israel”, para que la gente lo recibiera bien y lo entendiera. Y Jesús dirá de él que fue el más grande de los profetas. En cambio él dirá de sí mismo y se lo repetirá a todos que él no era el Mesías, que era solo “el amigo del Esposo”, y que debía disminuir para que Jesús creciera.

El “no lo conocía”, entonces, tienen un sentido más profundo.

El sentido de que no se sentaron a planear las cosas juntos, por ejemplo. 

A Juan Dios le fue mostrando cuál era su misión en la soledad de su oración personal. Y cumpliendo bien lo suyo, bautizando a la gente para que se convierta a Dios, se fue disponiendo, junto con todos, a recibir a Jesús. Un Jesús que entró humildemente en su vida y se hizo bautizar por él, como uno más del pueblo, confirmándole la misión que había recibido de Dios y que luego siguió de largo dejándolo atrás. No lo convocó entre sus discípulos, quiero decir. Esto es quizás lo más notable en la relación entre Jesús y Juan el Bautista. Podría haberlo hecho el primero de los doce. Quién mejor que el maestro de Juan, de Santiago, de Andrés y de Pedro.

“No lo conocía y no lo conocerá”, como vemos que sucedió cuando, estando en la cárcel, le mandó a preguntar a Jesús si era Él el que debían esperar, el mesías. Jesús le respondió indirectamente, haciéndole ver la obra del Espíritu en la gente: los pobres son evangelizados. Pero Juan no pasó a ser de los suyos, de los que lo conocieron íntimamente, compartiendo la vida con Jesús, siendo testigos de su muerte y resurrección.

La figura de Juan sería la del que completa la Antigua Alianza de Dios con su pueblo y queda ahí. No entra en el Reino con su propio paso, como protagonista. Por eso el Señor dirá que “el más pequeño en el Reino es mayor que Juan”. Mayor, no por sí mismo, que en eso Juan nos gana a todos “los nacidos de mujer”, sino mayor en lo que recibe. El niño recién bautizado y el que aprende el catecismo y recibe la comunión y la confirmación, recibe más conocimiento de Jesús que el que Juan recibió en su vida. 

Pero es gracias a que Juan se queda en la otra orilla que podemos vislumbrar en alguna medida la magnitud del don y de las gracias que en Jesús hemos recibido. El hombre más grande de la historia de Israel se queda a las puertas del Reino! Esto en función de nuestra fe, para que veamos que la Nueva Alianza que ahora establece Jesús es radicalmente nueva, pura gracia, don absolutamente inmerecido. 

Se trata de una ruptura, si se puede decir así, con la historia anterior para que pueda comenzar una historia nueva, que incluirá la historia de los demás pueblos. La antigua alianza de Dios con Israel entra en la Nueva Alianza, pero no de manera tal que la condicione o que sus leyes y costumbres tengan privilegio absoluto y excluyente frente a las historias de los otros pueblos. 

Juan se queda atrás, disminuyendo, para que sus discípulos puedan entrar al Reino y abrirle la puerta a los demás, a los otros pueblos, que no tienen la tradición de Israel. Esto es lo que comprenderá Pedro, admirado, al ver cómo el Espíritu Santo bautiza a la familia de Cornelio antes de que él los bautice con agua. 

El Espíritu va adelante. Se invierte el ritmo de la historia! 

Esto es lo que marca Juan con su sacrificio, con su quedarse en el umbral a las puertas del Reino. Todo lo suyo será asumido por Jesús, ciertamente. Pero por pura gracia también. Será Jesús el que lo reivindique, al igual que reivindicará la fe de los hijos de otros pueblos y culturas, como la siro-fenicia, los samaritanos, el centurión…

“No lo conocía, pero…” La frase de Juan es nuestra frase ante la novedad del Espíritu que nos bautiza cada día y en cada nueva etapa de la vida de la Iglesia de manera sorprendente. 

“No lo conocía” a este Jesús que me desafía a abrirme más y más a lo que el Espíritu obra en el mundo y en la Iglesia.

Es la actitud radicalmente opuesta a la tentación de encerrar a Jesús en “nuestra” historia. 

Un síntoma se puede discernir cuando la frase motiva de los que se oponen a alguna novedad del Espíritu es: “siempre se hizo así”. Apenas uno examina un poco el asunto, ese “siempre” no es tan “siempre”, sino que tiene algún punto preciso en la historia de la Iglesia en que se cambió una costumbre y se instauró otra. Igual hay que estar atentos porque la dinámica del “siempre se hizo así” también se puede esconder en el “hay que hacer todo de nuevo”. Sea que usemos una piedra de mármol antigua o un ladrillo hueco nuevo, el punto es si dejamos que el Espíritu lo use para edificar o lo usamos nosotros para arrojárselo en la cara a los demás.

“No lo conocía, pero…”. La actitud de Juan, el buen espíritu de Juan el Bautista nos ayuda a discernir que la historia entera del pueblo elegido, los dos mil años de historia de la Iglesia y la historia de los pueblos no cristianos, valen lo mismo ante la Alianza que invita a establecer -siempre de nuevo- Jesús. “Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Y este bautismo en Cristo lo hace el Espíritu Santo, en el momento del Bautismo sacramental, ciertamente. Pero también “antes”, como en el caso de Cornelio, y muchas veces “después”, renovando la “llenura del Espíritu” en nuestra vida, cada vez que damos un paso de conversión.

Para el que se dispone a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y practica la misericordia cada día, su historia y cultura -sea la de Israel, sea la de la Iglesia, sea la de cualquier pueblo- entra con su propio peso y con todas sus virtudes como riqueza para el Reino. Pero si no es en este espíritu y con esta práctica, todo pasa a jugar en contra. Y cuanto más “cristiana” es la costumbre o la ley o el rito que se utiliza, si no se hace en este espíritu y practicando la misericordia, es peor.

El Papa lo dice así en Amoris laetitia: “En las difíciles situaciones que viven las personas más necesitadas, la Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar, integrar, evitando imponerles una serie de normas como si fueran una roca, con lo cual se consigue el efecto de hacer que se sientan juzgadas y abandonadas precisamente por esa Madre que está llamada a acercarles la misericordia de Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, algunos quieren « adoctrinarlo », convertirlo en « piedras muertas para lanzarlas contra los demás »” (AL 49).

“No lo conocía…” En la misa del funeral de nuestra madre, el año pasado, que celebramos en familia, rodeados de amigos de mamá y nuestros, la prédica y los agradecimientos y peticiones de todos giraron en torno a la familia que mamá gestó y acompañó con una fe sencilla y bien plantada en la Palabra. Me contaba mi hermana que un amigo suyo, conmovido positivamente, le dijo que durante la celebración se había preguntado algo así como “si era la misma religión que la que él conocía”. Yo pensé que era el mejor elogio que nos podía hacer alguien sobre el modo de comunicar nuestra fe. Y me viene este recuerdo hoy porque pienso que es la gracia “base”, la gracia “ambiental” podríamos decir, que tiene que acompañar todo lo cristiano: la misa, los sacramentos, la oración personal y la práctica de las obras de anuncio y de misericordia. En algún momento debe surgir la “admiración” que nos lleva a decir: esto “no lo conocía, pero…” siempre lo esperé, lo presentí, recuerdo que alguien me lo profetizó…

“No lo conocía a este Jesús” es la frase “Juan Bautista”, por ponerle un sello y convertirla en una marca, en una piedra de toque. E implica un detener la marcha ante el umbral del Reino, un frenar nuestro protagonismo, el de nuestras ideas y costumbres y los “siempre se hizo así”, para que se note que, en nuestro límite, somos uno más, junto con todos, cristianos y no cristianos, ante la novedad absoluta y siempre nueva como en la mañana misma de la Resurrección de un Jesús que es el protagonista de todas las historias, las de cada persona y las de todos los pueblos, culturas y civilizaciones.

“No lo conocías!” es la frase que nos susurra el Espíritu haciendo saltar de alegría al Juan Bautista que llevamos dentro, cada vez que nos visita con esa gracia con que llena el alma de alguno de sus pequeñitos, como llenaba el alma de nuestra Señora aquel día en que, por primera vez, el que solo se llamaba Juan en la mudez de su padre Zacarías, conoció a Jesús de manera tal, que todo lo demás fue siempre un “no conocerlo” para “conocerlo siempre mejor, siempre de manera nueva”.

Diego Fares sj

El Espíritu conduce a Jesús, que se bautiza en las costumbres de su pueblo (Bautismo A 2020)

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán 

y se presentó a Juan para ser bautizado por él. 

Juan se resistía, diciéndole: 

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti,

¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» 

Pero Jesús le respondió: 

«Ahora déjame hacer esto, 

porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». 

Y Juan se lo permitió. 

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. 

En ese momento se abrieron los cielos, 

y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. 

Y se oyó una voz del cielo que decía: 

«Este es mi Hijo muy querido, 

en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3, 13-17).

Contemplación

La liturgia une maravillosamente estos dos acontecimientos, el del bautismo del Señor según una costumbre instaurada en el pueblo de manera novedosa y profética por Juan Bautista, y el del bautismo en el Espíritu de la familia de Cornelio, hecho ante el cual Pedro exclama admirado: “La verdad es que me estoy dando cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge al que lo teme y practica la justicia, cualquiera sea la nación de la que venga (Hc 10, 35).

Escuché decir en una conferencia (y no logro recordar quién era el que la daba, pero creo que todos los que pudieron ser estarán de acuerdo) que este pasaje es central en la historia de la evangelización de los pueblos. El libro de los Hechos le dedica dos capítulos y bien puede llamarse “el pentecostés de los paganos”, pero lo que a mí me impacta es la admiración de Pedro ante lo que hace el Espíritu. Me impacta la frase: “la verdad es que me estoy dando cuenta…”. El Pedro que va siendo “El primer sorprendido” por lo que hace el Espíritu es el Pedro que más me gusta como conductor y como Papa. Es que el Espíritu literalmente “lo sacó de los pelos” de sus esquemas mentales con esa triple visión de una mesa servida con todos los alimentos “impuros” para la cultura judía , ordenándole que comiera! Y luego, terminó de sorprenderlo con su modo de “caer” sobre la familia de Cornelio, mientras él les anunciaba el kerigma. Esa experiencia de la distancia desproporcionada entre lo que uno está predicando -por más que lo predique bien- y el efecto de consolación que el Espíritu desencadena en las personas que escuchan! 

El pasaje es conmovedor: “Estaba aún hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: «¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!» Y así era, pues les oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo” (Hc 10, 44-48).

Cómo no ver acá el paradigma de todo encuentro intercultural, el modelo de toda salida de la Iglesia a predicar el evangelio a aquellos pueblos en los que el Espíritu ya está actuando en el interior de sus corazones? Cómo no ver que Dios quita todo obstáculo cultural -nada más culturalmente propio de cada pueblo que sus comidas-, y se adelanta a bautizar Él mismo en Persona -el Espíritu “cayó” sobre ellos- de manera tal que el bautismo sacramental viene después, a confirmar la acción del Espíritu que es el que lleva en todo la delantera!

Una clave está en la palabra “justicia” -dikaiosine-, que usan tanto Jesús como Pedro. Pienso que fue lo que llevó a la liturgia a elegir estos dos pasajes y ponerlos juntos en esta fiesta que corona el tiempo de la Epifanía, es decir el tiempo de la revelación de Dios a todas las naciones. 

Cornelio era un hombre que rezaba y daba limosnas, dice el libro de los Hechos. Y dar limosnas va unido a la justicia bíblica, es como una consecuencia natural de la buena relación con Dios. Pues bien: a esos hombres justos que viven en todos los pueblos es a quienes tenemos que ir al encuentro! Y no a querer bautizarlos a ellos de entrada, sino primero a bautizarnos nosotros en sus costumbres, como hizo Jesús en la suya: en todo lo que en sus costumbres y cultura es “justicia”, en todo lo que es modo de adorar a Dios y practicar la justicia con los demás hombres. 

El término justicia indica, positivamente, lo que a Dios le agrada, lo que le complace y alegra su corazón. Es natural que lo que nos gusta y hace bien lo transformemos en costumbre, en cultura, en ley. Es una dinámica propia de todo proceso educativo que un comportamiento que se demuestra bueno en la práctica se convierta en ley para asegurar su transmisión. Pero si la generación que sigue pierde contacto con la experiencia de los buenos frutos que siguen a una determinada práctica, poco a poco va perdiendo el gusto por esa ley y esto puede llegar a un punto tal en que la misma ley se convierte obstáculo para transmitir la experiencia buena que buscaba asegurar con su formulación. Pasó con la Ley del Antiguo testamento, que se fue volviendo rígida y formal y perdió el sabor. Es lo que pasa también en la Iglesia, cuando una generación no logra comunicar a otra el gusto por ir a misa los domingos, por ejemplo. Cómo puede ser que logremos que la Eucaristía no sea un momento lindísimo! Hay aquí algo perverso. Lo difícil de la vida cristiana está en otros lados, en la vida misma, en la hostilidad del mundo. No puede ser que hayamos transformado en aburrido y obligatorio algo tan simple, tan gratuito y tal lleno de gracia como es la Eucaristía!

El término justicia, negativamente, es lo opuesto al “pecado”, a todo lo que es falta, transgresión, error etc. Cuando Jesús le dice a su primo que es necesario cumplir con toda justicia le está diciendo que no se preocupe, que el hecho de que Èl se bautice “no es pecado”. Es decir, Jesús saca la cuestión del ámbito de los ritos y la pone en un nivel más hondo e interior.

Y esto hay que decirlo claro: Jesús no viene a sustituir los ritos de su pueblo con nuevos ritos. Por eso, más bien cumple todos los ritos y los plenifica. Esto hará, por supuesto, que surjan en la Iglesia “nuevos ritos”, según esa dinámica propiamente humana de la que hablábamos. Pero nos tiene que quedar claro que los ritos cristianos deben ser (y parecer) siempre “ritos verdaderamente nuevos”. Es decir, ritos que contengan en su dinámica misma un paso de “desacralización de lo meramente formal”, por decirlo de manera fuerte.

En la instauración y celebración de cada rito cristiano se tiene que poder vivir esta dinámica misteriosa de la Encarnación: entre un signo concreto y la Presencia salvífica de nuestro Dios trino y uno. Esta dinámica nos lleva tanto a “cuidar” el signo, con la veneración con que uno trata el pan consagrado en la Eucaristía, por ejemplo, como a “relativizarlo”. Qué quiero decir? Que no le hace justicia a la Eucaristía el que algunos se pongan guantes para tocarla! O que pretenden purificar tanto que, con el pretexto de que no quede ninguna partícula perdida, hacen un nuevo rito de la purificación que dura más que la comunión misma. El Señor eligió pan porque quiere que la comunión con Él se de en el ámbito familiar de una cena, no para transformar el altar en un laboratorio con gente vestida como para un experimento. La misma dinámica tiene que estar presente en el encuentro con otras culturas. 

Las palabras, los signos y los ritos que se usen deben ser ritos en los que se note que el Espíritu está antes, durante y después, encarnado y a la vez desbordando por todos lados el signo con la Gracia. 

Cuando Jesús le dice a Juan que “no es pecado” bautizarse, le soluciona un problema de escrúpulo ritual: del tipo de si se puede comulgar si todavía faltan unos minutos para que se cumpla la hora de ayuno, por ejemplo. Me acuerdo cómo nos quitó este tipo de escrúpulos un gran especialista en Derecho canónico, monseñor Gógala, una vez que discutíamos si podíamos o no, según el derecho, participar en una misa de ordenación. Éramos varios curas que ese domingo habíamos celebrado ya tres misas y esa iba a ser la cuarta. Le preguntamos si el derecho canónico lo permitía. Gógala sonrió y dijo simplemente: “pecado, no es”. Y se fue. A mí, que era cura recién ordenado, se me grabó en el alma este criterio “negativo absoluto”, como le llamo, que se formula cuando uno juzga que algo “pecado, no es”. Podrá ser algo “imperfecto” y hasta “ilícito”, pero “no pecado” y, por tanto, entrará en el reino de la libertad de los hijos de Dios para hacer el bien y no el mal, aunque sea “en sábado”.

Es un pasito nomás, pero allí se juega el Evangelio. Porque algunos invierten el orden de las cosas y hacen de cada precepto en vez de un puente un foso con alambre de púas y convierten los modos de “organizar el reparto y la práctica del bien” -que tienen necesariamente sus normas- en fines.

Si el Espíritu hubiera esperado que se pusieran de acuerdo los judíos y los paganos en cuestiones de alimentos, el Evangelio hubiera quedado atascado en la puerta de la carnicería. 

Pasó en China, con la cuestión de ritos como el del culto a los antepasados, por ejemplo. Definirlos como idolátricos llevó a los papas a prohibirlos y eso llevó a las autoridades chinas a considerar el cristianismo como ignorante y enemigo de su cultura y a prohibirlo a su vez y perseguirlo. 

Imagino que el Señor y Pedro, su discípulo, de haber ido a China en el siglo XVII, no habrían tenido ningún problema con el culto a los antepasados. Al contrario, inculturándose en las costumbres de ese pueblo, hubieran permitido al Espíritu ir adelante haciendo su obra. En el fondo, lo esencial de todo rito y de toda acción evangelizadora, es abrir la puerta al Espíritu, para que entre o salga a gusto y sea Él el protagonista de la santificación de los hombres. El discernimiento básico, primero y último, ante cada gesto que desea ser evangelizador, es el discernimiento preciso del punto en que ese gesto -sea una simple palabra, un rito sacramental o una entera estructura eclesial- se convierte en una puerta que se abre o, por el contrario, en una puerta que se cierra al Espíritu. 

Esto hará que a veces, el discernimiento nos lleve a arriesgarnos y a dar un paso más allá de lo formal, como cuando Jesús se saltaba la ley del sábado para curar a alguno. Otras veces, el discernimiento nos llevará a detenernos, a no decir una palabra de más, a no exigir en ese momento para no maltratar un límite y a esperar el tiempo propicio, como cuando el Padre misericordioso le dio al hijo pródigo su parte de la herencia y entró en el largo tiempo de la paciencia, hasta que su hijo regresó por sí mismo, arrepentido.

Si no puede sucedernos lo que cuenta José Luis Martín Descalzo en “El color de la sobrepelliz”.

     “Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas. Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo. (…) Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo. Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías.”  

Diego Fares sj

Las tinieblas que acechan a la única Palabra que cuenta: «hijo» (Navidad 2 A 2020)

En el principio era la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan.

Vino como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz,

sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera

que, al venir a este mundo,

ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 1-18).

Contemplación

            La contemplación del himno de Juan 1 hay que comenzarla por el final, con la imagen del Niño Jesús: la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros. Contemplando al Niño, Juan nos enseña a profundizar en el misterio: esa Palabra es la luz verdadera, la luz que ilumina la mente del que cree y le hace sentir, gustar y comprender que es hijo de Dios, creado por medio de esa Palabra. Esa Palabra es Dios.

El Papa, en un librito muy lindo que salió hace poco: “Sin mí no pueden hacer nada”, dice que la evangelización comienza con un encuentro al que después le vamos poniendo palabras. El ejemplo lindo que da es el de un niño que, al principio, no sabe cómo se llaman sus padres pero los conoce perfectamente y los distingue entre todos los que se le acercan. Luego aprende su nombre y después a entender todo lo que le enseñan. 

Con Dios podemos decir que es lo mismo: lo primero es conocerlo como Padre por experiencia de su bondad y su grandeza en nuestra vida, cada uno a su manera. Luego sí, aprender a llamarlo Padre, conocer cómo es, qué piensa y qué desea de nosotros. 

En el fondo de todo encuentro con Dios siempre está la Palabra, siempre está Jesús. 

Es una palabra que recibimos primero como caricia, como cercanía de abrazo, como mirada silenciosa, como el gesto de quien nos tiende una mano o nos sostiene. Pero sabemos que detrás hay una palabra porque los gestos de amor son precisos y concretos, se pueden nombrar y describir perfectamente. 

Lo que sucede es que se trata de una palabra “grande” por decirlo así, una palabra que incluye muchas, como un poema o una novela entera, y no una palabra que separa (abstraer significa separar). 

Esto es importante recordarlo: hay palabras y palabras y es vital discernir entre una y otra. El discernimiento básico responde a esta pregunta: se trata de una palabra que incluye o de una palabra que separa? 

Las palabras que incluyen son humildes, invitan al diálogo, desean ser completadas por otras… Las palabras que separan, en cambio, son soberbias, se creen la última palabra, la que cierra el asunto, la que lo dice todo. 

Las palabras que incluyen primero “se encarnan” y después “iluminan”. Encarnarse significa encontrar el tono, como el que aprende la pronunciación de las palabras de otra lengua, a los que nuestra boca no está habituada y necesita tiempo de practica. Encarnarse significa también encontrar el contexto adecuado en el que cada palabra se dice, porque en cada cultura cada palabra viene en frases hechas, como una ovejita en su rebaño. 

El tiempo que lleva encarnar las palabras hace que la verdad que cada palabra contiene como una luz en su interior, vaya brillando mansamente, sin pretensiones de acaparar toda la escena. 

Eso hizo Jesús, La Palabra, al encarnarse. Se tomó todo el tiempo de su vida para hacerlo y así como en su tiempo fue iluminando a los suyos de a poco, lo mismo hace en nuestra vida. 

Me quedo con lo del tono y el contexto. Son las dos cosas que más tiempo llevan cuando uno se incultura y aprende a hablar en otra lengua. El tono, porque uno tiene ya mecanizada la forma de la boca y la postura de la lengua y tiene que cambiarla para pronunciar bien. Uno se resiste porque los signos que son las letras están unidos en su mente a un sonido y a una pronunciación y “le suena raro” usar la misma letra para emitir otro sonido (que la misma letra “z” en argentino suene como una “s” y en italiano pueda sonar como “dz” o como “tz”). 

Esto tan elemental es lo que algunos no entienden: que la expresión de una verdad o de una ley, a una persona, por la formación que recibió y por sus experiencias de vida, le suene distinto que a otra, al punto de sentir gusto espontáneo o rechazo. El precepto de ir a misa el domingo, por ejemplo, le suena distinto al que de chiquito fue a misa con sus papás y al terminar los llevaban a tomar un helado o a pasear a la plaza, que a otro que ni siquiera sabe lo que es un domingo, porque sus papás cartonean todos los días o, peor, ni siquiera sabe lo que es un papá. Para que el mandamiento de adorar a Dios santificando las fiestas se convierta en el precepto de ir a misa los domingos se  requiere un contexto social en el que haya “días de fiesta” para todos. Por eso es que “las verdades” que las palabras del evangelio expresan, deben encarnarse para poder ir iluminando mansamente. Y esto requiere un doble trabajo: uno debe bajar los tonos fuertes de su cultura e ir haciéndose a los tonos de las otras, de modo tal que todos lleguen a sentir lo mismo: el amor de Dios que late en cada Palabra de su Hijo.

Y aquí llegamos a lo esencial, que lo expresamos usando la misma imagen del niño que primero reconoce a sus padres por su rostro, su sonrisa y la ternura de sus palabras y gestos y luego aprende a nombrarlos y a hablar y a aceptar las normas que le van dando. 

Hoy más que nunca, el que desee evangelizar tiene que estar dispuesto “perder tiempo”, como los papás, hablando con “palabras encarnadas”: esas que más que palabras son obras que le hacen sentir a la gente que el Padre los ama con Misericordia incondicional, que Jesús es su amigo fiel y que da la vida por ellos, que el Espíritu Santo los purifica de todos sus pecados y está a su lado, consolándolos y defendiéndolos en toda situación. Que la Virgen -la Iglesia- es nuestra Madre y en su casa todos somos bienvenidos, como estemos.

Estas palabras se tienen que pronunciar retomando cada día un discurso positivo que se muestre sosteniendo estructuras en las que se practican diariamente las obras de misericordia, sin pretensión alguna de “formular” las cosas de manera más elaborada, a no ser que el otro “pregunte”. Un discurso abstracto, sobre todo cuando se polariza, permanece en el mismo punto en que se dejó. El discurso concreto de una obra de misericordia, en cambio, cada vez que se retoma tiene la novedad de los rostros y de la vida de las personas y hace crecer a todos los que dialogan en torno a él.

Lo que quiero decir es que la guerra grande -entre la luz verdadera y las tinieblas- no se da en torno a las palabras secundarias, sino en torno a La Palabra principal.  

Podemos “perder” y quedarnos sin palabras, por ejemplo, ante la precisión técnica de las palabras que alguno mete en un protocolo, modificando subrepticiamente una ley constitucional. Pero por tratar de cuestionar eso no podemos “perder” las palabras esenciales, como son “madre” y “libertad”. 

No se me ocurre otra manera de explicar esto que recordando la parábola del hijo pródigo. Allí se ve que el Padre Misericordioso, por ejemplo, “perdió” y se quedó sin palabras cuando el hijo pródigo le dijo que se iba de casa y que quería su herencia. Es probable que ese dinero haya sido usado para financiar muchas cosas malas. Pero el Padre no le dijo: “Si hacés esto -si te vas o si malgastás la herencia-, no sos más mi hijo”. Tampoco le dijo: “Yo no te voy a dar esa plata porque no quiero ser cómplice de tus malas acciones”. 

Sin embargo, el Padre no perdió la palabra “hijo” ni la palabra “libertad”. Eso le supuso esperar mucho tiempo, hasta que el hijo usó para volver la misma palabra “libertad” que había usado para irse (Entrando en sí mismo dijo: me levantaré y volveré a mi padre” ).

Un detalle significativo es que vuelve usando la palabra “sirviente”, no “hijo”. Aunque le dice “padre” al padre, se refiere a sí mismo como indigno de ser llamado “hijo”. En la parábola Jesús nos revela el fondo de la cuestión: el Padre había conservado esa Palabra sagrada -hijo- en su corazón y se la regaló de nuevo. La usó además para dialogar con el otro, con el hijo mayor, que estaba resentido. 

Se trata por tanto de no perder, por nada del mundo, las Palabras esenciales! 

Y aquí hay una jerarquía. Podemos perder formulaciones que adquirimos con el tiempo y pasaron a formar parte de nuestra cultura y legislación y que hoy están cuestionadas. 

Podemos defenderlas, como un ciudadano más, es verdad. Pero por defender estas formulaciones no podemos perder una palabra más esencial, como es “libertad”. Y si la libertad alguno la usa para mal, no hay que tener miedo. Es de esas palabras que cuando uno la usa y defiende, aunque sea para algo no bueno, luego es corregido por ella misma.

Pero la palabra “hijo” es más esencial todavía. Y esta necesitamos que nos la diga amorosamente nuestro Padre. Si la hemos perdido, no la podemos recuperar solos. Aquí es donde vino a ayudarnos Jesús, nuestro hermano. Y nosotros los cristianos tenemos que dar testimonio de que esta Palabra es la principal. Aunque nos cueste mordernos la lengua como tendría que haber hecho el hermano mayor y entrar en la fiesta de su hermano prodigo, el hijo que estaba muerto y había vuelto a la vida.

La palabra “hijo” es la más combatida por el demonio. No es una palabra estática, sino todo lo contrario: es la más dinámica. Conlleva todas las etapas de crecimiento por la que pasa un hijo y, si como es el caso, el Padre es el Dios siempre Mayor, implica también el desafío de crecer siempre más, desafiados por Jesús a ser “perfectos” como el Padre es perfecto, misericordiosos como el Padre es infinitamente Misericordioso.

Las tentaciones pueden ir por el lado de no aguantarnos ser hijos, como le pasa al pródigo, y de irnos primero para luego sentirnos indignos de ser hijos, o por el lado agrandarnos y sentirnos más que el Padre como el hijo mayor, que pretende saber y hacer las cosas mejor que su padre. Entre estos extremos hay tantos matices como personas. Pero si vemos que una sociedad pierde el sentimiento de fraternidad y se vuelve violenta, calumniosa, insolidaria, individualista… significa que ha perdido muchas palabras pero sobre todo ha perdido la palabra “hijo”. 

Y antes de pretender que recupere otras palabras, hay que esperar a que pueda escuchar y aceptar esta, que es la fundamental. Para ello, el camino lo marca Jesús: el Hijo amado, el hermano fiel, la Palabra hecha carne que ilumina a todos los que lo reciben y a los a los que creen en su Nombre les da el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Diego Fares sj 

Ojos nuevos -de pueblo, como los de los pastores- para poder ver a Dios (Santa María Madre de Dios A 2020)

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. 

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, 

llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús,

nombre que le había sido dado por el Ángel 

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

Contemplación

Decía ayer el Papa en el Tedeum: “La presencia de Dios en la ciudad, también en esta ciudad nuestra, ‘no debe ser fabricada, sino descubierta, desvelada’ (Evangelii gaudium 71). Somos nosotros los que tenemos que pedir a Dios la gracia de ojos nuevos, capaces de ‘una mirada contemplativa, es decir una mirada de fe que descubra a Dios que habita en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestras plazas’ (Ibid.). Cuando Dios quiere hacer nuevas todas las cosas por medio de su Hijo, no empieza desde el templo, sino del vientre de una mujer pequeña y pobre de su pueblo”. 

Los “ojos nuevos” -contemplativos- no son los de los que leen muchos libros o ven mucha internet, sino los de los pastores, que al ver a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre, contaron lo que habían oído decir sobre este niño. Contaban de manera tal que todos los que los escuchaban quedaban admirados de lo que decían estos pastores. Qué contaban? Contaban que no había que tener más miedo, porque había buenas noticias, de gran gozo para todo el pueblo: que hoy había nacido un Salvador, Cristo el Señor y que la señal era ese Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Contaban que, cuando el Ángel les había terminado de dar esta buena noticia, habían comenzado a festejar una multitud de ángeles en el cielo, que alababan a Dios y cantaban: Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz entre los hombres en los que Dios se complace. 

La buena nueva se recibe y se comunica por atracción. Los que dan la noticia festejan y contagian su alegría. Es la presencia de los pastores que han acudido al humilde lugar del pesebre lo que atrae a la gente. Y los pastores cuentan lo que los atrajo a ellos, cuentan al Niño que los ángeles les hicieron ir a ver. 

Ver a un niño, alegrarse por ver a un niño es saber ver a largo plazo. Un niño no tiene nada de especial y lo tiene todo: depende quién y con qué amor lo mire, depende de cuál sea la grandeza desinteresada de sus sueños. Una abuela es capaz de ver en su nieto recién nacido el cumplimiento de sus sueños sin necesidad de verlo ya crecido y padre a su vez. El que mira a un niño con esos ojos ve mucho más de lo que se ve a simple vista. 

Los pastores ven con ojos de pueblo. Son capaces de ver en un niño el cumplimiento de sus sueños de paz y de justicia. Lo ven como ve las cosas el pueblo, con una mirada que dilata el tiempo, que recuerda promesas antiguas y sueña realizaciones futuras sin ansiedad por el presente. El presente les llena los ojos con la personita del niño, de su madre y de su padre allí en la humildad del pesebre. El presente les llena los ojos con lo que ellos tienen para regalar a ese niño que será su Salvador. Va unida esta capacidad de estar, de hacerse presentes con regalos allí donde se los necesita, con la capacidad de creer en una promesa. Es una manera de ver totalmente distinta a la del ver espectáculos o cosas para consumir y noticias con los chismes del día. 

Cómo se recibe la gracia de una mirada así? Cómo se recibe la gracia de ojos nuevos, capaces de descubrir a Dios en lo pequeño de signos como los que los ángeles dieron a los pastores?

Fueron rápidamente, dice Lucas. La primera condición para “ver” estos signos es mirar rápido: la rapidez. San José y María no estuvieron mucho tiempo, podemos presumir, en la gruta del pesebre. Quizás ya de mañana encontraron otro lugar mejor y desaparecieron de allí. Ciertamente a los ocho días ya estaban en Jerusalén, para circuncidar al Niño y ponerle el nombre de Jesús. 

Los signos de la presencia de Dios en nuestras calles y en nuestras plazas -en los rincones de nuestros pesebres actuales- es una presencia fugaz. Siempre está, pero cada vez hay que encontrarlo yendo rápido. O deteniéndonos cuando somos nosotros los que vamos rápido para otro lado, para otros lugares que no son pesebres. Hay un cruce de velocidades: la que llevamos nosotros, apurados por ir a nuestras cosas y la de los pobres y pequeños que buscan un lugarcito mejor. Estas dos velocidades en sentido contrario hace que la presencia de Dios en nuestras calles y ciudades sea breve, fugaz, pasajera como un cruce de miradas. Por eso la necesidad de rapidez: para ir adonde está ahora, esta noche, y ya no estará mañana. Rapidez para frenar y detenernos un momento a dejar que nos anide la compasión ante alguna miseria fugaz que vemos al pasar. No hace falta mucho para que se nos despierte la compasión, pero como digo, la velocidad contraria que imprimen a nuestra mirada los intereses propios hace que se vuelva doblemente invisible lo que el otro necesita y baste dar vuelta la cara o bajar los ojos un instante para que pase esta “presencia de Dios” como un mendigo que desaparece de nuestra vista y es reemplazado por alguna vidriera o algún semáforo en verde…

Encontraron, dice Lucas. La segunda condición, además de mirar rápido es la mirar para encontrar. Sabemos que a veces uno mira para no ver, mira no queriendo encontrar…, y efectivamente, nunca encuentra. Yo recibí la gracia de que, cuando yo o algún amigo perdemos algo, rezo a los ojos de la Virgen y lo encontramos. Siempre. Sí o sí (con el 100% de la efectividad evangélica que cuando no es cuantitativa, como en el caso de las cien ovejas y de las diez monedas, es cualitativa, como en el caso del samaritano leproso que volvió a agradecer y su agradecimiento, que fue del diez por ciento, valió cien por ciento en intensidad evangélica). La Virgen “me hace ver” donde dejé lo que perdí, o le hace ver al otro donde fue que perdió lo que busca. Pero la oración, muy simple, a la Virgen, es una oración para encontrar. Mucha gente se la pierde porque se le cruza el pensamiento de que “para qué molestar a la Virgen con estas pequeñeces” o de que “lo que se perdió ya se perdió y no vale la pena gastar esperanza en eso…”. Los que simplemente piden la gracia de “ver donde perdieron lo que buscan”, reciben la gracia de “verlo” y lo encuentran. Los que lo han experimentado, lo creerán sin ninguna duda y recordarán algo que les pasó y los llenó de alegría por haber encontrado lo que se les había perdido. Los que no lo prueban por miedo a “gastar esperanza”, nunca lo experimentarán. Es cuestión de cuánto uno quiera de verdad “ver para encontrar”. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre el Niño, dice Lucas. La tercera condición para ver con ojos nuevos es “contar para ver”. Las cosas de Dios se ven en la medida en que uno las cuenta, en la medida en que uno cuenta lo que le contaron. Dios se mete “en medio” del contar las  buenas noticias de su evangelio. Y la cosa se va contagiando, como los ángeles se contagiaron de la alegría del anuncio que ellos mismo hicieron a los pastores y los pastores se contagiaron de los ángeles y entre ellos -vamos, se decían y veamos lo que se nos ha anunciado-, y contagiaron a todo el pueblo. Es así: cuando uno cuenta algo admirable que le contaron y que le pasó, ve viendo más. Por eso el Señor manda a que salgamos a anunciar el evangelio y no que nos quedemos a estudiarlo. Contarlo es comprenderlo. Anunciarlo es recibirlo mejor. Son los oídos y los corazones de los oyentes los que hacen que la misma semilla de frutos iguales pero de distinta calidad y en diferente cantidad. El ciento por uno en algunos, y es la misma palabra! En un carisma nuevo para una nueva época, y es la misma palabra!

Volvieron alabando y glorificando a Dios, dice Lucas. La cuarta condición para mantener los ojos nuevos es alabar y glorificar a Dios en la vida a la que uno vuelve. Esto es importante. Porque los ojos nuevos ven nuevas todas las cosas, no solo a Dios en el pesebre sino en la propia cotidianeidad. Y la alabanza en la propia vida común y corriente es el signo de que uno conserva los ojos que el Señor nos regaló para verlo a Él. 

La última condición para los ojos nuevos nos la enseña María, que “rumiaba” todas estas cosas meditándolas en su corazón. La mirada nueva de Dios tiene esta “condición” un poco rara y es que necesita que se la renueve volviendo a ver en la oración lo que uno ya vio. La condición es la repetición o rumia, una rumia que “ve las cosas con el corazón”. Digo rara, pero no es tan así. Uno se acostumbra a las cosas y “deja de verlas”. A mí, por ejemplo, ver Roma desde mi terraza es algo que tengo que renovar aprovechando cuando viene alguno que la ve por primera vez. Su maravilla me despierta de nuevo los ojos, haciéndome recordar cómo fue que la vi por primera vez yo. Es que la mirada contemplativa es una gracia que proviene más de la Persona a la que miramos que de la fuerza de nuestros ojos. Solo mirando a Jesús se nos renueva la mirada. Si miramos mucho otras cosas, los ojos se nos apagan y dejamos de ser contemplativos. Esto lo digo con dolor y vergüenza, de perder tanto tiempo mirando pavadas y luego ser miope para ver las maravillas que Dios me hace pasar delante de las narices -fugazmente, eso sí- cada día. Gracias a Dios, Él no se cansa. Y un sorbo de contemplación prende los ojos para mil pesebres, donde el Niño siempre está, sonriente y envuelto en pañales, esperando que vayamos como los pastores a contemplarlo como Salvador.

Diego Fares sj