Felices los hombres y mujeres en los que Dios se complace (Nochebuena A 2019)

            En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, 

 ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia,  una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria en lo más alto a Dios, y en la tierra paz a los hombres en los que Dios se complace!»  (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

            Paz a los hombres en los que Dios se complace! Eudokía significa que son “los que le caen bien”, “con los que se siente a gusto”, “en los que se deleita”, “aquellos de los que tiene una buena opinión”. 

            Y quiénes son estos? Aunque no lo parezca, aunque muchos no lo crean y otros no sientan que está bien, somos todos. En principio Dios se complace en todos, ya que como Padre, Dios no rechaza a ninguno de sus hijos. No quiere que se le pierda ninguno y se alegra de modo especial por los ‘peores’ hijos cuando se convierten, lo cual significa que en su corazón siempre nos estuvo esperando. 

            El punto somos, pues, nosotros: si somos capaces de encontrar algo para poder pensar bien de todos. Y esto tiene que ver con el hecho de que nos perdonemos a nosotros mismos y perdonemos a los demás. 

            No se ustedes, pero yo ciertamente no me complazco en todas las personas, ni mucho menos. Con mucha gente me resulta fácil sentirme bien en su presencia. Pero con otros, no tanto y con algunos me resulta insoportable. Tanto que los esquivo lo más que puedo. 

            En la oración, suelo encontrarle la vuelta cuando el rechazo espontáneo que me suscitan algunas personas por sus comportamientos se dirija a esos comportamientos y no a la persona misma. De igual manera, creo que como todos, me doy cuenta cuando a alguna gente le resulto desagradable, cuando mis ideas o comportamientos causan rechazo a alguno y también cuando a muchos les resulto totalmente indiferente. Uno registra a la gente que no te registra.

            Meditando cómo puede ser que Dios encuentre en todos algo en qué complacerse, busco en el evangelio los criterios. 

            Lo primero que surge es que el Señor se complace en la fe. En los que tienen fe en Él y en los demás, en los que se confían de corazón. 

            Es un buen criterio para mí. Cuando miro a la gente me fijo en qué cree. En qué cree de verdad, es decir al punto de apasionarse y jugarse por ello. Aunque no comparta el objeto de su fe, sí siento que puedo compartir su pasión y la coherencia que cada uno busca tener entre lo que cree y cuánto se juega por ello. 

            Me viene al corazón el pasaje en que a Jesús le cayó bien el centurión. Este romano fue capaz de razonar que a Jesús le debía agradar que creyeran en Él, así como a él le agradaba que le obedecieran sus soldados. El comienzo de la fe va por este tipo de razonamientos que solo puede hacer cada uno partiendo de su propia experiencia.

            Como decía, el Señor se complace en los que tienen fe. Y me animo a decir que nosotros también: al menos a mucha gente que conozco nos cae bien la gente que tiene fe.

            Otra cosa que a Dios le complace son “los que dan con alegría”. Por eso, dice Pablo: “Que cada uno haga lo que ha decidido en su corazón, y no dé de mala gana ni a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” ( 2 Cor 9, 7). 

            Una imagen linda es la de Jesús que se complace al ver la limosna que hizo la mujer viuda. Pero la imagen primordial de este “dar con alegría” es la de Dios encarnado: es la imagen del Niño Jesús en el pesebre, contento y en paz de estar allí y en el regazo de su madre y en el de José. Esta es la señal que Dios dio a los pastores: “Encontrarán un niño recostado en un pesebre y envuelto en pañales”. Es una imagen en la que todo ser humano se complace y se deleita: un niño en brazos de su madre, en el seno de su hogar… Aunque cause tristeza el entorno pobre y miserable, el amor familiar modifica el entorno, al menos lucha por modificarlo, protegiendo y alimentando la vida.

            Lo que causa complacencia no es la magnitud del don -de la limosna-, sino el acuerdo entre lo que uno decidió dar en su corazón y lo que da efectivamente. Esto se nota en la cara de la gente que hace bien el bien. Sin celos y con humildad. 

            Sin embargo, vivimos insatisfechos y rodeados de gente insatisfecha. Una causa es el desajuste entre el deseo profundo y lo que se busca y posee afuera. La sociedad de consumo estimula este desajuste, porque es lo que nos mueve a salir a comprar, a consumir, a cambiar de modelo. Pero el desmadre de esta tensión, que cuando es sana es buena, causa profunda insatisfacción.      

            En la vida de oración se nota cómo esto se proyecta. En la dirección espiritual recibo muchas expresiones de esta insatisfacción: gente que dice que “no reza bien”. Les suele ayudar mucho cuando se dan cuenta de que se trata de una insatisfacción “extrapolada”. No puede haber insatisfacción en la oración! Es contradictorio. Es como decir, le sonreí a mi hijo y me devolvió una hermosa sonrisa, pero no quedé satisfecho; o mi hijo me dio la mano espontáneamente para cruzar la calle y se la tomé, pero no quedé satisfecho. Si alguien dice algo así, él solo se da cuenta de que la insatisfacción se proyecta de otro lado. La mano y la sonrisa tendida y regalada son un bien en sí mismas. Rezar, conversar con Jesús, ponerse en las manos del Padre, es un bien en sí mismo. Y como de parte de Ellos no hay sino amor incondicional y absoluto, dado que se complacen en la gente que adora en espíritu y en verdad, no puede ser que el resultado sea “insatisfacción”. Si ese sentimiento se instala, es que uno cedió a una tentación que viene de otro lado, del mal espíritu. No viene de Dios ni tampoco del fondo de nuestro corazón de creaturas, de hijos, de amigos del Señor.

            Por eso a los que tienen esta enfermedad de la insatisfacción en la oración les suelo recomendar la oración de pobre -rezar con la limosna de oración que Dios les de, cada día, según le pidan-, y que recen “con algo que les gusta”. No solo esto, sino que recen “donde les guste, el tiempo que tengan ganas y del modo que quieran”. Empezar y echar raíz en lo que el Espíritu nos da a sentir y gustar -aunque sea un poquito más que otras cosas- es el buen remedio para después extenderse en la oración más allá de gustos y sequedades, afirmados en la roca del gusto de la Persona misma de Jesús y de su Amistad. 

            Un tercer tipo de personas que le caen bien a Dios son los samaritanos: los samaritanos agradecidos, como el leproso, y los samaritanos buenos, que se compadecen de los que están al costado del camino de la vida y actúan con misericordia. A todos nos cae bien la gente así. 

            Bueno, son tres simples pensamientos que pueden ayudarnos esta Noche a contemplar al Niño sintiendo que Dios se complace en nosotros, pequeños seres humanos. Se complace de nuestra pequeñita fe, de nuestra oración que balbucea y de nuestra poco poderosa misericordia, más corazón que manos. Se complace sin razones y sin medida, como un Niño en brazos de su Madre.

Diego Fares sj