Los verbos de la Anunciación a José (Adviento 4 A 2019)

La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su madre María con José, antes de que estuviesen juntos, 

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.  José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, 

resolvió abandonarla en secreto. 

Estando metido en estos pensamientos cargados de afectividad,

el Ángel del Señor 

se le manifestó en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»  Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel,  que traducido significa: «Dios con nosotros.»  Al despertar, José 

hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado 

recibió consigo a su mujer”(Mt 1, 18-24).

Contemplación 

“El pesebre nos educa a contemplar a Jesús (…), nos cuenta el amor de Dios que se hizo Niño para decirnos cuán cercano está a todo ser humano, en cualquier situación en que se encuentre” (Admirable signo 10).

“El pesebre” es “el pesebrito y todas las personas, animales y cosas que reúne y contiene: estrellas y ángeles, burro, buey y pastores, María y José, por supuesto, y el Jesús recién nacido”.

José, además de ser justo, era un hombre silencioso, y la parte que le toca de educarnos a contemplar a Jesús, la realiza más con obras que con palabras. 
Por eso, para contemplar su persona, elegimos los verbos de la anunciación a José.

Se encontró-tomó consigo

Mateo hace referencia directa a María cuando nos dice que “se encontró con que había concebido”. Pero el verbo expresa bien lo que les pasó a los dos. También José “se encontró” con que su prometida estaba embarazada. 

Todos “nos encontramos” en situaciones, a veces buscadas, otras inesperadas, esto es parte de la vida humana; pero hay modos y modos de “encontrarse”. El de José lo comprendemos juntándolo con los dos últimos verbos: “hizo” como el Ángel le había dicho, y “tomó consigo” a su esposa.

Para aprovechar las lecciones de José, que con su acción nos educa a contemplar a Jesús, nos interesa el proceso que vivió entre estas dos acciones: una que lo afectó involuntariamente: se encontró con una situación que era como era, algo tan ineludible como un embarazo; la otra, que lo tuvo como protagonista: obedeció y se hizo cargo de su familia, recibió a María y la tomó consigo.

En medio, tenemos un discernimiento. 

Que es justamente eso, un proceso entre una realidad que uno se encuentra y una decisión bien tomada, según Dios, según su modo y su estilo, de la que uno se hace cargo enteramente y elige y lleva a cabo con todas sus consecuencias.

Así son las cosas con Jesús. A Jesús se lo discierne. Si no, todo encuentro queda a medias. Siempre, en primer lugar, a Jesús “uno se lo encuentra”. Él es “el que viene”, el Dios que pasa, el Dios que se nos acerca por el camino y nos acompaña, el Dios que nos espera en las orillas del trabajo y de la vida, el que toca a la puerta y llama… 

A Jesús nos lo encontramos y sus venidas siempre tienen algo de esta mezcla revulsiva como la que debe haber sentido José al “encontrarse” con que María estaba embarazada. 

Las venidas de Jesús no son tranquilas, se dan en medio de la lucha más contrastante de sentimientos. Los encuentros con Jesús provocan “movimiento de espíritus”, como dice San Ignacio. 

Y esto es bueno que sea así, es signo de que es verdaderamente Jesús. 

Los sentimientos encontrados que provoca su venida no son simples. 

Dependen de Él, en primer lugar. El es el Dios creador, el Resucitado que da Vida. Y la vida siempre es movimiento. 

Pero dependen también del mal espíritu, que ante la presencia del Señor se agita, se inquieta, sale a la luz si estaba mimetizado, reacciona. 

Y también dependen de nosotros, de cómo sea la disposición de nuestra alma. A los que van obrando bien en su vida, el encuentro con Jesús provoca sintonía. San Ignacio usa la imagen de una gota de agua que entra en una esponja: dulce, leve y suavemente. 

Así entró Jesús en el alma de María, con apenas un momento de turbación, que le hizo preguntarle al Ángel cómo sería posible eso. 

En el alma de José, que era justo, terminó también entrando dulce y suavemente, pero esto fue una vez que eligió bien, con la ayuda de lo que el Ángel le reveló. Su primera decisión, cuando “resolvió” repudiarla en secreto, fue revulsiva, le provocó toda esa lucha en sueños que lo angustió y desveló. 

Aquí tenemos una lección honda que nos enseña José. Veamos si logro explicitarla bien. 

Yo diría así: el primer encuentro con Jesús, no es con Jesús Jesús, sino con lo que provoca en nosotros. Sucede con todas las personas que nos encontramos, pero con Jesús de manera más fuerte e ineludible. Uno cuando encuentra a alguien por primera vez, registra los efectos que esa persona le causa: agrado, desagrado, expectativas, prejuicios… Esto se va luego modificando y uno progresa en el conocimiento del otro como tal. Cuanto más sincera y franca es la persona, si uno también lo es, más se abre y se adapta uno a conocerla tal como es, dejando de lado prejuicios. 

Con Jesús, como se revela siendo plenamente tal como es, en cada mínimo gesto y en todo su conjunto, siempre produce un shock. Y aquí es donde la disposición última de cada alma entra en juego y se pone en movimiento. Los sencillos “se pliegan espontáneamente” a Jesús: sintonizan, se le abren, se dejan influenciar por la brisa fresca de su presencia, como una barca que hincha sus velas al viento y se deja conducir por él, gozan de su acción vivificante, como quien come un pan o bebe un vino rico o se deja ungir por sus manos que sanan y bendicen lo que toca. Los fariseos, en cambio, ante su sola presencia, levantan todas sus barreras, endurecen sus prejuicios, ponen en estado de alarma todos sus esquemas mentales. Y esta actitud, hay que decirlo, no es un paso neutral de simple  sentido común, sino que hace misteriosa alianza con el demonio, que a cada una de estas actitudes, que podrían parecer de natural precaución, las cristaliza y fogonea para que se conviertan en rechazo explícito del Señor. Con Jesús no se puede ser neutral. Con la belleza, el bien y la verdad ser neutral equivale a convertirse, rápidamente, en enemigo. 

Con José, con lo que José “se encuentra” y con lo que el embarazo de María provoca en sus esquemas mentales (obligación de repudiarla, posible lapidación), nos hallamos ante lo que la venida de Jesús provoca en una persona justa que tiene el coraje de resolver lo que considera justo y en vez de cerrar la cosa, abrirse “en sueños” a que su amor por María y su decisión tomada según la ley, entren en conflicto y Dios meta allí su Ángel bueno. 

Esta es la lección de José, la lección de cómo se hace un discernimiento: poniendo el cuerpo, exponiéndose a la lucha espiritual, al dilema entre ideas y sentimientos encontrados, dando tiempo a esta experiencia desgarrante de ser “campo de lucha espiritual”, a esta decisión de no “poner la lucha afuera”. 

No se puede discernir si uno no se cuestiona sus convicciones más profundas y arraigadas, si uno no se deja conmover y afectar por lo que sus ideas y principios causan si son aplicados a las personas reales. 

En José vemos como la lucha más grande no se da entre el bien y el mal considerados en absoluto, sino entre la decisión más justa humanamente posible, de “repudiar a María en secreto” y la decisión totalmente contraria de “tomarla consigo públicamente y haciéndose cargo como padre de Jesús”.

Lo más “justo”, lo más “legal”, lo más “prudente”, lo más “generoso de parte suya”, se ve totalmente desbordado por un amor sin medida que se hace cargo enteramente de la persona de María y del Niño que lleva en su seno y los hace parte de su vida abrazando íntegramente su destino para siempre. 

Junto con la primera enseñanza, que es la de que para “encontrarse con Jesús vivo” y no con nuestros esquemas mentales, proyecciones y prejuicios, hay que animarse a “ser campo de lucha” y no “poner la lucha afuera”, la segunda enseñanza es que el discernimiento siempre termina en un abrazo, en un tomar consigo personas concretas. 

Es lo más opuesto a abrazar “causas” e “ideales” que es como abrazar el vacío (cuando no la propia conveniencia). En todo discernimiento se suele “perder” una verdad (abstractamente formulada) para ganar una verdad personal, que se mostrará en su plenitud solo con el tiempo. 

San José no elige a “Dios”, sino a una jovencita frágil y embarazada de un niño que “proviene del Espíritu Santo” y al que él pondrá el nombre de Jesús. 

San José no abraza a “Dios” -lo pongo entre comillas porque me refiero al “Dios” explicado con conceptos teológicos elaborados a partir de deducciones-. El Ángel le revela muchas cosas, pero no un tratado de teología. En el siguiente versículo, el evangelista hace teología recordando la Biblia, definiendo a Jesús como “Dios con nosotros”. Pero en el versículo anterior, en que Mateo cita las palabras textuales del Ángel, escuchamos un lenguaje más básico, más de Dios adaptado al carpintero que eligió como padre de su Hijo. El Ángel le dice que no tema abrazar personas, a María, al Espíritu Santo, al Niño -poner el Nombre de Jesús es abrazar su vida y su misión-, al pueblo fiel al que ese Niño salvará. El lenguaje de Dios es lenguaje de abrazos y de nombres concretos. Y San José lo entiende perfectamente. Esa es la concretez del discernimiento que permite que la Palabra se haga carne, en personas y situaciones concretas. No es la palabra abstracta que se queda en los libros sino la palabra que uno encarna con sus decisiones de jugarse por las personas, a veces incluso más allá de la ley que manda apedrear o repudiar en secreto. 

Cuántos repudios en secreto abortan la encarnación de Jesús en la vida! 

Cuántos repudios secretos hechos por hombres justos que no disciernen sino que aplican automáticamente normas que se han alejado de la vida concreta de la gente, con la que uno “se encuentra” en situaciones siempre difíciles, complicadas, que requieren no tener miedo a abrirse al discernimiento para que Dios pueda meterse allí, en el pequeño espacio que le brinda un simple pesebre.

San José se hizo cargo de las personas -de María y de Jesús-. Terminó en que sólo puedo brindarles un pesebre, una estructura provisoria (no sólida como un templo ni como un tratado de teología dogmática o moral-. Sin embargo, allí Jesús nació. Y en los ambientes provisorios que José le fue brindando, en pesebres, casas para refugiados, casita humilde pero propia en Nazaret, el Niño fue creciendo en estatura y gracia, delante de Dios y en medio de su pueblo, al que había venido a salvar. Si no hubiera tenido el coraje de discernir cada vez cual era la estructura provisoria en la que tener consigo a María y a Jesús, San José se hubiera quedado fuera de la historia (y Jesús, fuera de nuestra vida).

Diego Fares sj