La lógica del buen ladrón, que lo convirtió en ciudadano del reino en un instante (34 C 2019 Cristo Rey)

            (Después que crucificaron a Jesús) El pueblo estaba allí mirando a ver qué pasaba. Y se burlaban también en medio de la gente las autoridades, frunciendo la nariz, y decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!» También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!» Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» 

Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.» Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lc 23, 35-43).

Contemplación

            Contemplamos a Jesús nuestro rey crucificado. Lucas nos presenta varias maneras de considerarlo. El pueblo, la gente, estaba allí -dice- expectante, mirando qué pasaba. Las autoridades estaban mezcladas con la gente y se burlaban de Jesús crucificado. Lucas usa la expresión “fruncir la nariz”, como cuando uno se burla de otro y expele aire por la nariz haciendo ruido en señal de desprecio e indignación. Los soldados también hacían befa de Jesús, pero además lo agredían, ofreciéndole vinagre. Antes de la crucifixión le habían dado vinagre mezclado con hiel, un anestésico que el Señor no quiso beber. Ahora le dan solo vinagre. Lucas no dice si bebió. Juan dice que sí, y que después de beber el vinagre entregó su espíritu. Juan es el que narra cómo comenzó Jesús su ministerio convirtiendo el agua en un vino excelente y ahora lo termina – “todo está cumplido” -, bebiendo un vino malogrado. 

Como decía Madre Teresa: el Señor tiene sed de todo lo nuestro, incluso de lo malogrado.

Uno de los ladrones lo mira descargando en él su rabia. El otro ladrón, lo mira de manera distinta. 

Si prestamos atención notaremos que todos los que miran mal al Señor usan la misma frase: salvate a ti mismo. El buen ladrón, en cambio, sigue otra lógica. Algo se despierta en él al escuchar los insultos de su compañero y al ver al Señor en la misma situación que ellos, sabiendo que no ha hecho nada malo. 

También nosotros nos “contagiamos” de las actitudes de los demás. Y podemos elegir con quién nos asociamos. Hay para todos los gustos. Pero es importante darnos cuenta de estos mecanismos sociales en los que hay frases que nos llevan a tomar postura. Frases que nos hacen sentir cosas y por eso nos parece que la postura es nuestra. Pero podemos ser más críticos y reflexionar cómo es que la misma idea -la de salvarse a sí mismo-, suscita actitudes negativas pero en distinto grado. “La gente” se queda expectante, pero la idea de que uno que no se salva a sí mismo no puede ser rey ni Dios la afecta: los que más quieren al Señor están shockeados; otros en cambio, se suman a los jefes que, luego de haber logrado la condena judicial y política del Señor, lo desprestigian públicamente. Para los soldados, la cuestión es más ejecutiva, de obediencia debida al que tiene el poder. Ellos simplemente desprecian a Jesús, como desprecian todo lo que pueden matar con sus manos. Pero lo que me resulta más curioso es que el más afectado, parece ser el ladrón que lo insulta con mucha bronca. Salvate a ti mismo y a nosotros, le grita, indignado por el hecho de que Jesús no se juegue por los de su bando. Y esto precisamente es lo que suscita una postura contraria en el “buen ladrón”. 

Los que miran a Jesús desde el poder, los que han logrado que lo condenen y los que lo ejecutan, simplemente se burlan. El que tiene todo controlado, se da el lujo de controlar también su ira. Los que lo miran desde el “no poder”, desde la vulnerabilidad compartida, tienen reacciones más genuinas: uno lo insulta y el otro le habla con cariño. 

Esta lógica del buen ladrón es la que nos interesa. Notemos que ni siquiera tiene en cuenta los argumentos de los poderosos. Tiene conciencia: ellos son los victimarios, los que los han puesto en la cruz a ellos tres, sin importar sus diferencias, por tanto, sea lo que sea que digan, son gente que piensa para su propio provecho y no tienen escrúpulos. No le interesa lo que digan. A él le interesa discutir con el otro ladrón. Piensa: los tres somos víctimas, pero Jesús no hizo nada malo. Por qué se enoja tanto mi compañero? 

Y en ese instante deja de tratar de convencerlo y comienza a hablar directamente a Jesús. Y Jesús, que estaba callado ante los insultos, a él le responde! 

Esta es la gracia del buen ladrón. Se da cuenta a qué gente no tiene que escucharar (a no ser para confirmar cuáles argumentos son seguramente falsos y usados con mal espíritu), se da cuenta hasta donde puede tratar de convencer a otro, que es víctima como él, y con quien sí es interesante hablar realmente: con Jesús, víctima como ellos, pero inocente. 

Le habla usando palabras que sabía eran suyas: usa la palabra Reino. Se ve que, como todos, algo conocía del mensaje del Señor, le había llegado de alguna manera eso de que Jesús era Rey y de que su reino era de los pobres, de las vulnerables como él. Tenía claro que no era para nada un reino como el de los poderosos que los estaban crucificando. 

No sabemos qué conciencia teológica tenía este buen hombre, pero sí podemos comprobar que en ese rato que pasó en la Cruz junto a Jesús, la desarrolló como para que le dieran un doctorado. Digo esto no solo por la manera como le habló a Jesús, sino también por cómo el Señor tomó en serio su petición. La teología que vale es la que conduce a la salvación y al buen ladrón, su teología, lo llevó derechito al reino. Me admira cómo por sí mismo, sin que nadie le diera argumentos, logró salir de la lógica de los poderosos, esa que usa la burla y la denigración del otro como instrumento de poder. 

Se salió también de los estragos que esa lógica (la del salvarse uno) ocasiona en las filas de las víctimas, haciéndolas odiar a otras víctimas e incluso a los mismos inocentes como Jesús que vienen a salvarlos! 

El ladrón teólogo discirnió la falsedad de estos argumentos y entró por sí mismo en la lógica de pedir ser salvado y de pedírselo al que corresponde, a Jesús que quiso ponerse a su lado en una cruz como la suya, pero viviéndola bien. 

Esa gente es la que hay que buscar: gente como el buen ladrón y como Jesús, que cargan bien su cruz. 

Esos son los pobres que poseen el Reino. Jesús es, quiso ser, uno más entre ellos. Le agregó sólo lo de ser inocente. Pero vivió en su reino como uno más. Sin querer salvarse a sí mismo de su cruz (y de hecho no se salvó, sino que la abrazó) y dando una mano a los demás.

El buen ladrón, con esa oración tan linda en la que le nace llamar a Jesús por su nombre, sin otros títulos, debe “despertar” nuestra oración. Porque por ahí, si  Jesús no lo sentimos o no nos responde, puede que sea porque sin darnos cuenta le estamos “gritando” al usar los mismos argumentos que nuestros enemigos; o quizás estemos mudos, que es también una manera de gritar (para adentro), porque nos ha colonizado la lógica del salvate a ti mismo y sálvanos a nosotros, los de tu grupo. 

Cada uno tiene que discernir dónde es que su lógica no funciona con Jesús, porque es la del enemigo. Acuérdese, eso sí, que como dice el Papa Francisco, no se disciernen la ideas sino los sentimientos. Puede que tus ideas sean muy razonables, pero si estás mudo, si te quedás de espectador cuando atacan a Jesús, si te burlás de los chistes y befas que hacen los poderosos, si le agregás vinagre a la situación…, es que estás contagiado de una lógica que no es la tuya (a menos que tengas poder, armas o dinero). Sos una víctima más y estás pensando como los victimarios! Amigo, que el buen ladrón te ayude a avivarte que en Jesús tenés un amigo, no un enemigo! Más aún, te hará sentir la dignidad de uno que puede ser parte de su reino. En su reino sos verdadero ciudadano, con tu tarea, con todos los cuidados que un ciudadano merece, con reconocimiento y respeto, con posibilidad de ser útil a los demás. 

Y si escuchamos cómo el Señor le aseguró al buen ladrón que estaría en el paraíso ese mismo día, comprendemos que el “hoy” de Jesús es un criterio de discernimiento: sus gracias son “hoy”, son en el mismo día, en lo que abarque la situación presente que estoy viviendo. Así como el enojo, el odio y la burla constituyen un “hoy” (real pero infecundo), también la gracia es “hoy”, pero fecunda. El enojo, el odio y la burla me quitan ciudadanía, me vuelven secta, me roban la pertenencia a mi pueblo, a mi Iglesia, a la humanidad. La amistad con Jesús, especialmente la que se da “en las malas”, me devuelve ciudadanía, me hace inclusivo, me da ser parte de un reino, de la comunidad de todos los que se dirigen a Jesús como a uno más y a cada uno de los demás como a Jesús. 

Diego Fares sj

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