El coraje de creer, sin descorazonarse (29 C 2019)

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo: 

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. 

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: 

«Hazme justicia frente a mi adversario.» 

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: 

«Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.

Y el Señor dijo: 

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?  Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha con magnanimidad, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación

La parábola de la mujer corajuda, Jesús la cuenta para mostrarnos a sus discípulos que es necesario que recemos como ella, “echando tu corazón adelante” y sin descorazonarnos (coraje viene de corazón). El coraje tiene que ver con la pasión de la ira, con la bronca y la agresividad. Pero no con las que vienen del hígado sino con la que viene de otra víscera: del corazón. Es la indignación noble que brota ante la injusticia, la bronca lúcida que se centra y se modera para luchar por la justicia siendo uno mismo justo. No es la ira que se descontrola y se descarga emotivamente con palabras y acciones agresivas sino la ira que pone su fuerza en perseverar en la lucha a lo largo del tiempo, el que haga falta para lograr justicia. En esta virtud del coraje, del no descorazonarse nunca, las madres del dolor -de todos los dolores y de todas las injusticias sufridas por sus hijos- son ejemplo ayer y hoy. Sin dejarnos distraer por las ideologías, que pueden ser variadas, el Señor nos invita a que nos concentremos en el coraje de esta viuda que pide justicia a un juez corrupto. Va todos los días hasta que el juez juzga bien su coraje y se da cuenta de que no se va a cansar. No se va a cansar porque lo suyo es algo que le toca el corazón. El Señor no cuenta cuál era su caso, pero sabemos que tocaba su corazón, tocaba su dignidad. Por eso el juez teme que lo abofetee en la cara, como termina haciendo el más débil cuando defiende su dignidad ante el más fuerte y sabe que no puede ganar pero sí mostrarle al otro, con una bofetada, que por tener más poder no es más digno y puede ser tratado vilmente en el mano a mano. Esto era lo único que temía el juez inicuo: la bofetada de una mujer digna, esa capaz de revelar en un gesto toda su bajeza humana y su corrupción.

La palabra que responde al “no descorazonarse” humano es la “magnanimidad de corazón” con la que nos escucha y está atento a nosotros Dios. 

Aquí nos da Jesús los parámetros en los que se mueve la fe, esa fe que da fortaleza al corazón y lucidez al discernimiento: el parámetro del coraje que nos mete decididamente en el corazón magnánimo de Dios. Magnánimo en el sentido que tiene hablar de un ánimo grande, que es una manera de decir que Dios tiene en sus manos nuestra vida entera y por eso espera pacientemente el momento justo para “hacernos justicia en un abrir y cerrar de ojos” como dice Jesús. El que tiene todo un proceso en sus manos es el que no se desanima por una derrota o un problema y sabe tirar del hilo justo en el momento preciso. La fe, nos dice el Señor, es ese poner por delante el corazón, ese jugarse con entera confianza de que uno no se tira a ningún vacío sino a las manos de nuestro Padre que conduce la historia y la vida de cada uno hacia sí, hacia su abrazo. Esta es la audacia en la oración de la que siempre habla el Papa: cuando rezás tenés que pedir mucho, tenés que insistir mucho. Si no, no es rezar. Para rezar hay que rezar con coraje, como la viuda valiente y corajuda. Esa fe es la que espera encontrar Jesús cuando vuelva. Porque es una fe que hace honor a Dios. Una fe que discierne que no puede ser que nos haya creado para poco. Y menos para soportar toda la injusticia e iniquidad como la que anda desatada por el mundo. 

………….

Hablando del coraje de la fe cuento una pequeña historia. Es de una mujer también, pero no se trata de una viuda sino de una preadolescente corajuda, hija de una familia amiga, que expresamente le preguntó a su papá “si me había contado lo que le pasó en la escuela”. Quería contarme y después que la escuché, cenando en su casa, le escribí una cartita, que transcribo tal cual, sin más explicaciones: 

La fe

Ciao Miriam, 

Te escribo algunas reflexiones que pensé en la oración recordando lo que me contaste. Decime vos si comprendí bien lo que pasó en tu escuela 

Diego

La profesora te preguntó por qué creés o cómo es que vos creés en Dios 

Vos le respondiste que a Dios lo sentís, y luego “te fiás”. “Si no te fiás…” – le dijiste- e hiciste un gesto como diciendo: si no te fías, no lo sentirás y yo no puedo hacer nada. Y te quedaste en silencio. 

Este silencio me conmovió.

Vos no tenés muchos argumentos, pero lo tuyo fue un verdadero testimonio.

Por qué hablo de testimonio?

Porque te fue pedido en público (y de manera hostil por parte de una adulta) que dieras razón de tu fe y pienso que lo hiciste con coraje e inteligencia.

Lo primero que me viene en mente es que, sin decirlo, les hiciste sentir a los otros que la fe es cuestión de libertad y de coraje. Hablo de “los otros” porque también algunos de tus compañeritos te hicieron experimentar cierto encarnizamiento tirando argumentos comunes que escuchan sin reflexionar e insistiendo sin mucho respeto por tus convicciones (cosa que no se hace, por ejemplo, con los que profesan otra religión).

Ellos no comprendieron bien que vos hablabas de libertad y la profesora argumentó que “como hacés para fiarte si a Dios no lo ves”. Un compañero agregó que la ciencia “ha demostrado muchas cosas”…

Vos a la profesora le respondiste insistiendo de nuevo: “Si no te fiás…”.

Esto me recuerda el evangelio de Juan, cuando Jesús le dice a Tomás: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae también tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27). El imperativo “no seas” “no quieras ser incrédulo”, habla a la libertad. Incluso viendo a Jesús y metiendo los dedos en sus llagas uno puede decidir no fiarse. 

A tu compañerito, a continuación, le preguntaste si él había “visto” todo lo que dicen las ciencias”. Estuviste bien! 

La profesora dijo que “como hacés para fiarte si cuando tenés necesidad Dios no te habla”

Vos dijiste algo del Evangelio como Palabra de Dios y un compañero retrucó con ironía (todos hablaban juntos y te contradecían): “Y si son todas fábulas?”

Yo te conté de cómo cuando tenía más o menos tu edad, ante una discusión similar que se dio en clase acerca de la veracidad del evangelio, me puse a estudiar y di testimonio en mi clase acerca de cómo había comprendido que el Evangelio, antes de ser palabra escrita había sido palabra viva dentro de la primera comunidad, testimoniada con la vida de los mártires. Creemos libremente a personas que viven lo que predican y no a deducciones abstractas de una ciencia anónima!

Fue aquí donde -hablando de los testimonios- vos dijiste que no entendías qué tenían tus compañeros y la profesora en la cabeza, qué habían aprendido en su familia. Sentiste que eran sus familias que no le habían dado testimonio vivo de la fe y habían dejado que la cabeza de estos niños se llenara de medias verdades y de fábulas pseudocientíficas (porque la verdadera ciencia es muy consciente de sus límites, de sus hipótesis y no confunde el ámbito de la demostración científica con el de la fe). La fe se inculca en la familia, viendo a los padres rezar y fiarse de Dios. Esta fe viva no tiene problema en investigar las cosas con instrumentos científicos, pero esto no es obstáculo para fiarse de la Persona de Jesús testimoniada con su vida por los santos, los mártires y todos aquellos que tienen la valentía de creer, como vos.

Diego Fares sj

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