Se propicio conmigo, el pecador. Propicio como solo son los amigos (30 C 2019)

            Refiriéndose a algunos que tenían la íntima presunción de ser justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo también esta parábola: 

«Dos hombres subieron al Templo para rezar; uno era fariseo y el otro, publicano. 

El fariseo, estando de pie, rezaba así: 

«Oh Dios, te agradezco porque no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; y tampoco como ese publicano. Yo ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.» 

El publicano, en cambio, estando a distancia, no quería ni siquiera los ojos alzar al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: 

«¡Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador!» 

Yo les digo que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se empequeñece a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

Contemplación

            Me tocó que Lucas no diga que el publicano “no osaba” sino que “no quería” levantar los ojos. Y el orden de la frase lo enfatiza más: “No quería ni siquiera los ojos alzar al cielo”. Lo único que quiere el publicano al que Jesús alaba es que Dios le sea propicio: “Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador”. 

Se queda a distancia. No quiere ni siquiera alzar los ojos. Se golpea el pecho. No se detiene a enumerar sus pecados… (podría haberse puesto a hacer la lista contraria al fariseo: soy ladrón, injusto, adúltero…, un fariseo como aquel de allá adelante). 

Pero no. Nada de eso. Solo “Se propicio conmigo, el pecador”. 

Me impresiona también que diga “el pecador”. No “que soy un pecador” o “porque soy un pecador”. 

Y el verbo que usa va más allá que decir “se compasivo” o “perdoname mis pecados”. “Ilasthemi”  significa “se propicio conmigo”, en el sentido de: muéstrate favorable, aplacate y no me retes ni me castigues sino convertite y mirame con benevolencia.

            La parábola nos invita a profundizar. Hay mucho para aprender de esta actitud del publicano que a él le sale de una, espontánea, mostrando en cada gesto toda su persona. Hay mucho allí y se puede entrar. 

La actitud del fariseo en cambio como que no tiene mucho misterio. Cada uno sabe lo que es estar lleno de sí mismo, esa íntima presunción de ser justo y ese desprecio por los demás que si la consentimos se apodera de nuestro rostro como una máscara y que, aunque “actuemos” desde allí, en el fondo sabemos que hay algo que no funciona. Nos quisiéramos arrancar la máscara, aunque solos no podamos. 

Esto es quizás lo que el publicano tenía ya aprendido y por eso simplifica las cosas: el tiene sed de que Dios le sea propicio. El “Tú” ha crecido en su oración -Oh, Dios, (Tú) se propicio conmigo-; y el “yo” ha desaparecido: se define como “el pecador”. No es que se justifique, sino que no se detiene en ese nivel de la culpa que es auto referencial (yo hice esto, cómo es posible que yo, siempre yo….), sino que el acento lo pone en que Dios le sea propicio. Esto es lo que comprendió Pablo y le cambió la vida. 

            Él, que primero rezaba como el fariseo, aprendió que lo importante era ganarse a Cristo, ganar su favor. Escuchemos qué bien se lo dice a los Romanos: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? (…) Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rm 8, 31-37).

Ganarse a Jesús!

Aprovecharlo!

Si para eso vino!

Acaso no comprendemos que vino para que nos lo ganemos? Que su amistad se la puede ganar cualquiera que quiera? A Él le encantaba la gente que se lo ponía simple, que iba directo a “querer verlo”, como Zaqueo subido de la morera, como Bartimeo y su pedido: “Señor, que yo vea”. Le encantaba la gente que se animaba a romper un frasco de perfume y ungirlo en público, como si fuera su mejor amiga, o los que le metían por el techo a su amigo paralítico en camilla, interrumpiendo la conferencia, para que se los curara. En los modos de pedirle que les fuera propicio se veía el corazón de los que habían comprendido esta mano abierta de Jesús a la amistad, la invitación a ser amigos en Dios.

En la parábola del fariseo y el publicano Jesús también lo pone fácil. Uno salió justificado y el otro no. Salió justificado el que le pidió -con todo su ser- que le fuera propicio. Que es como pedir que sea amigo, porque los amigos siempre nos son propicios.

Dos hombres entraron al Templo a rezar. Cuando vamos a rezar no vamos ni para discutir hablando de los demás, ni para justificarnos ni para culparnos. Rezamos para que Él nos sea propicio, para que nos haga sentir que camina a nuestro lado, que nos cuida y nos valora, que nos anima siempre de nuevo a crecer en el bien y nos da fuerza para luchar en lo que nos toca. Si rezamos, tenemos que ir directo al grano y rezar como el publicano, que se ganó el favor de Dios. No “un favor”, sino su amistad, que es “el favor”, porque los amigos siempre son “a favor”. 

La amistad tiene esa gracia tan inexpresable que hace que uno disfrute sintiendo qué buen amigo es el otro con uno; se disfruta la conciencia de que el otro es mejor amigo que uno. 

A mi me gusta expresarlo con algo que una vez salió en broma y después quedó. Hablando de la oración con un amigo que decía que no sabía si estaba rezando bien me acuerdo de que le dije: 

– La verdad es que vos rezás muy bien, mejor que yo! 

– Cómo es eso?

– Y sí. Fijate que vos rezás por mí y yo he mejorado tanto en este tiempo, en cambio yo rezo por vos y vos no has mejorado casi nada. Así que es evidente que vos rezás mejor y Dios te escucha más.

Él siempre lo recuerda y lo cuenta. Y nos reímos.

El coraje de creer, sin descorazonarse (29 C 2019)

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo: 

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. 

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: 

«Hazme justicia frente a mi adversario.» 

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: 

«Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.

Y el Señor dijo: 

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?  Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha con magnanimidad, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación

La parábola de la mujer corajuda, Jesús la cuenta para mostrarnos a sus discípulos que es necesario que recemos como ella, “echando tu corazón adelante” y sin descorazonarnos (coraje viene de corazón). El coraje tiene que ver con la pasión de la ira, con la bronca y la agresividad. Pero no con las que vienen del hígado sino con la que viene de otra víscera: del corazón. Es la indignación noble que brota ante la injusticia, la bronca lúcida que se centra y se modera para luchar por la justicia siendo uno mismo justo. No es la ira que se descontrola y se descarga emotivamente con palabras y acciones agresivas sino la ira que pone su fuerza en perseverar en la lucha a lo largo del tiempo, el que haga falta para lograr justicia. En esta virtud del coraje, del no descorazonarse nunca, las madres del dolor -de todos los dolores y de todas las injusticias sufridas por sus hijos- son ejemplo ayer y hoy. Sin dejarnos distraer por las ideologías, que pueden ser variadas, el Señor nos invita a que nos concentremos en el coraje de esta viuda que pide justicia a un juez corrupto. Va todos los días hasta que el juez juzga bien su coraje y se da cuenta de que no se va a cansar. No se va a cansar porque lo suyo es algo que le toca el corazón. El Señor no cuenta cuál era su caso, pero sabemos que tocaba su corazón, tocaba su dignidad. Por eso el juez teme que lo abofetee en la cara, como termina haciendo el más débil cuando defiende su dignidad ante el más fuerte y sabe que no puede ganar pero sí mostrarle al otro, con una bofetada, que por tener más poder no es más digno y puede ser tratado vilmente en el mano a mano. Esto era lo único que temía el juez inicuo: la bofetada de una mujer digna, esa capaz de revelar en un gesto toda su bajeza humana y su corrupción.

La palabra que responde al “no descorazonarse” humano es la “magnanimidad de corazón” con la que nos escucha y está atento a nosotros Dios. 

Aquí nos da Jesús los parámetros en los que se mueve la fe, esa fe que da fortaleza al corazón y lucidez al discernimiento: el parámetro del coraje que nos mete decididamente en el corazón magnánimo de Dios. Magnánimo en el sentido que tiene hablar de un ánimo grande, que es una manera de decir que Dios tiene en sus manos nuestra vida entera y por eso espera pacientemente el momento justo para “hacernos justicia en un abrir y cerrar de ojos” como dice Jesús. El que tiene todo un proceso en sus manos es el que no se desanima por una derrota o un problema y sabe tirar del hilo justo en el momento preciso. La fe, nos dice el Señor, es ese poner por delante el corazón, ese jugarse con entera confianza de que uno no se tira a ningún vacío sino a las manos de nuestro Padre que conduce la historia y la vida de cada uno hacia sí, hacia su abrazo. Esta es la audacia en la oración de la que siempre habla el Papa: cuando rezás tenés que pedir mucho, tenés que insistir mucho. Si no, no es rezar. Para rezar hay que rezar con coraje, como la viuda valiente y corajuda. Esa fe es la que espera encontrar Jesús cuando vuelva. Porque es una fe que hace honor a Dios. Una fe que discierne que no puede ser que nos haya creado para poco. Y menos para soportar toda la injusticia e iniquidad como la que anda desatada por el mundo. 

………….

Hablando del coraje de la fe cuento una pequeña historia. Es de una mujer también, pero no se trata de una viuda sino de una preadolescente corajuda, hija de una familia amiga, que expresamente le preguntó a su papá “si me había contado lo que le pasó en la escuela”. Quería contarme y después que la escuché, cenando en su casa, le escribí una cartita, que transcribo tal cual, sin más explicaciones: 

La fe

Ciao Miriam, 

Te escribo algunas reflexiones que pensé en la oración recordando lo que me contaste. Decime vos si comprendí bien lo que pasó en tu escuela 

Diego

La profesora te preguntó por qué creés o cómo es que vos creés en Dios 

Vos le respondiste que a Dios lo sentís, y luego “te fiás”. “Si no te fiás…” – le dijiste- e hiciste un gesto como diciendo: si no te fías, no lo sentirás y yo no puedo hacer nada. Y te quedaste en silencio. 

Este silencio me conmovió.

Vos no tenés muchos argumentos, pero lo tuyo fue un verdadero testimonio.

Por qué hablo de testimonio?

Porque te fue pedido en público (y de manera hostil por parte de una adulta) que dieras razón de tu fe y pienso que lo hiciste con coraje e inteligencia.

Lo primero que me viene en mente es que, sin decirlo, les hiciste sentir a los otros que la fe es cuestión de libertad y de coraje. Hablo de “los otros” porque también algunos de tus compañeritos te hicieron experimentar cierto encarnizamiento tirando argumentos comunes que escuchan sin reflexionar e insistiendo sin mucho respeto por tus convicciones (cosa que no se hace, por ejemplo, con los que profesan otra religión).

Ellos no comprendieron bien que vos hablabas de libertad y la profesora argumentó que “como hacés para fiarte si a Dios no lo ves”. Un compañero agregó que la ciencia “ha demostrado muchas cosas”…

Vos a la profesora le respondiste insistiendo de nuevo: “Si no te fiás…”.

Esto me recuerda el evangelio de Juan, cuando Jesús le dice a Tomás: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae también tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27). El imperativo “no seas” “no quieras ser incrédulo”, habla a la libertad. Incluso viendo a Jesús y metiendo los dedos en sus llagas uno puede decidir no fiarse. 

A tu compañerito, a continuación, le preguntaste si él había “visto” todo lo que dicen las ciencias”. Estuviste bien! 

La profesora dijo que “como hacés para fiarte si cuando tenés necesidad Dios no te habla”

Vos dijiste algo del Evangelio como Palabra de Dios y un compañero retrucó con ironía (todos hablaban juntos y te contradecían): “Y si son todas fábulas?”

Yo te conté de cómo cuando tenía más o menos tu edad, ante una discusión similar que se dio en clase acerca de la veracidad del evangelio, me puse a estudiar y di testimonio en mi clase acerca de cómo había comprendido que el Evangelio, antes de ser palabra escrita había sido palabra viva dentro de la primera comunidad, testimoniada con la vida de los mártires. Creemos libremente a personas que viven lo que predican y no a deducciones abstractas de una ciencia anónima!

Fue aquí donde -hablando de los testimonios- vos dijiste que no entendías qué tenían tus compañeros y la profesora en la cabeza, qué habían aprendido en su familia. Sentiste que eran sus familias que no le habían dado testimonio vivo de la fe y habían dejado que la cabeza de estos niños se llenara de medias verdades y de fábulas pseudocientíficas (porque la verdadera ciencia es muy consciente de sus límites, de sus hipótesis y no confunde el ámbito de la demostración científica con el de la fe). La fe se inculca en la familia, viendo a los padres rezar y fiarse de Dios. Esta fe viva no tiene problema en investigar las cosas con instrumentos científicos, pero esto no es obstáculo para fiarse de la Persona de Jesús testimoniada con su vida por los santos, los mártires y todos aquellos que tienen la valentía de creer, como vos.

Diego Fares sj

Y los otros nueve? Dónde están? (28 C 2019)

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea. Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, 

Los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:  «¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!» 

Luego que los vio, Jesús les dijo: «Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.» 

Y sucedió que mientras iban quedaron purificados. 

Uno de ellos, al ver que se había curado, 

volvió atrás 

glorificando a Dios a grandes voces 

y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, 

le daba gracias (euchariston).

Era un samaritano. 

Respondiendo Jesús dijo entonces: «¿Acaso no quedaron limpios los diez?  Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» 

Y agregó:   «Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación

            Jesús pregunta por los otros nueve: “Acaso no quedaron limpios los diez? Los otros nueve, dónde están que no vuelven a dar gloria a Dios?”.

            Desde la perspectiva de estos nueve, esta escena vendría a ser como el complemento de la parábola de la oveja perdida, en la que el Señor hace notar cómo 

el pastor deja las noventa y nueve y va en busca de la única perdida. Aquí, aprovechando la fe del samaritano agradecido, Jesús pone el acento en que los perdidos son los otros nueve. 

            Son dos maneras de insistir en la totalidad, en la importancia de todos y cada uno de los hombres. El Señor viene del Padre que “no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos”. Eso incluye tanto a la única oveja que se perdió como a los nueve leprosos curados que no volvieron a agradecer.

            Nos detenemos un momento en estos nueve. Qué les pasó que no volvieron a dar gloria a Dios ni a agradecer a Jesús que los limpió?

            Martín Descalzo afirma que esa es la proporción del agradecimiento -o más bien del desagradecimiento-: nueve a uno. Pero también dice que ese uno vale mucho, porque da mucho fruto. Como la semilla que cae en tierra buena (el agradecimiento es tierra buena para las semillas de Dios), que a veces el treinta, otras el sesenta y otras el ciento por uno!

Pero qué pasa con ese noventa por ciento que pasa de largo en la vida y no se vuelve, no se detiene siquiera, a pensar en dar gloria a Dios por lo bueno ni conecta lo que le sucede con la persona de Jesús. Cuando sucede algo malo, sí, bien que nos detenemos a quejarnos y a cuestionar que Dios no esté. Pero todo lo bueno que nos pasa, el milagro de cada día, lo tomamos como si fuera lo más natural. Y Jesús, que es uno que se queja poco por no decir nada, de esto sí se lamenta: de la falta de agradecimiento. 

            Su pregunta es significativa: “Dónde están?” No pregunta por qué no vinieron, como quien juzga las intenciones del otro, sino que pregunta dónde están, en qué piensan, que tienen en la cabeza que no se dan cuenta? 

            Del samaritano agradecido, si lo quisiéramos definir, podemos decir que era uno que tenía en cuenta las personas. Lucas dice que se volvió “glorificando a Dios” y que “cayó sobre su rostro a los pies de Jesús” y que “le daba gracias”. Estamos ante una persona que conecta lo que le pasó en su cuerpo leproso con El que le dijo que fuera a presentarse ante los sacerdotes. Y como conecta bien, es libre para postergar el mandato ritual y dar prioridad al deber de agradecer primero a la persona que lo curó. 

            Dónde están, entonces, los otros nueve? Por contraste con este único agradecido podemos deducir que los otros nueve están “en las cosas (formales) que hay que hacer” más que “en las personas (reales) a las que hay que agradecer”. 

            También podemos decir, considerando su “estar” de modo dinámico, que son gente que orienta su camino impulsada por el deber en vez de ser gente que vuelve sobre sus pasos atraída por la posibilidad de agradecer. 

            Para ser justos digamos que ninguno de los diez eran personas que se miraban a sí mismas. Al verse curados no se olvidaron de su mal para dedicarse a seguir sus propios intereses. También podemos pensar que, seguramente, el leproso agradecido habrá ido después a presentarse a los sacerdotes, como Jesús les había mandado. Pero la diferencia está en que este fue más libre, primero volvió a agradecer. Y de eso se trata cuando está en juego la fe, que es lo que le interesa despertar a Jesús tanto cuando cura a alguien como cuando predica o simplemente sirve dando ejemplo. La fe sigue los pasos que dio el samaritano, que fueros pasos atrás, hacia un Jesús con el que se encontró por el camino y al que tuvo que volver para dimensionarlo bien. 

            Los pasos de la misericordia nos los enseña el samaritano misericordioso. Los pasos de la fe que salva, nos los enseña este samaritano misericordiado. Pongo estos adjetivos porque el de “buen samaritano” les corresponde a los dos. Uno se vuelve bueno y agradecido y se le abren los ojos a la fe y las manos se vuelven activas para la caridad tanto cuando recibe como cuando practica la misericordia. 

Podemos decir que la primera bondad -la de la fe y la del agradecimiento- es más para con Dios Salvador; y la compasión, es bondad para con el prójimo herido.

Los pasos de la fe

Salir al encuentro de Jesús. El primer paso de la fe es el de un deseo y una decisión: de salir al encuentro. Lo habrían planeado, lo habrían soñado y charlado entre ellos tantas noches desde el momento en que escucharon hablar de Jesús. La esperanza de que alguna vez se les cruzara en el camino fue haciendo que este deseo se convirtiera en la decisión firme de no dejarlo pasar sin hacerle su pedido.

Detenerse a distancia. El segundo paso de la fe es el de la reverencia y el temor de Dios. Es un paso de toma de conciencia: conciencia de la propia indignidad, conciencia del posible contagio… y de no querer hacer mal a nadie. Detenerse a cierta distancia y esperar -fiándose- a que esa distancia será colmada.

 Alzar la voz. El tercer paso es de audacia, esa caradurez interior que impulsa a hacerse escuchar por Jesús que pasa. Es la audacia de Bartimeo y la de todos los pobrecitos que no se hacen notar ante el mundo pero sí ante Jesús.

Hago aquí una disgresión. Todos somos de alzar la voz. Algunos lo hacen solo por internet, haciéndose notar por sus tweets, mostrando sus fotos en Instagram, gritando en manifestaciones a favor de alguna causa, o alzando la voz entre los suyos, discutiendo entre amigos e incluso en familia… Estos diez leprosos tenían claro que ante el único que valía la pena alzar la voz era ante Jesús. Es que para ellos no había posibilidad alguna de que otro los escuchara. Eso era la lepra. Hoy, en cambio, los abusados y los excluidos de todo tipo, por ser distintos, por tener alguna lacra social, pueden hacerse escuchar de muchas maneras. Sin embargo, es bueno darse cuenta de que para escuchar de verdad ciertas cosas el único oído capaz es el oído infinitamente atento y deseoso de salvar de Jesús. Los demás, aún los de los que tienen buena voluntad, no bastan para escuchar los gritos más profundos de tantas miserias de todo tipo como son las que aquejan a gran parte de la humanidad.

Tener preparada “la frase”: compadécete de nosotros. Este es un paso muy personal. Se ve en el hecho de que a la frase “compadécete de nosotros” le agregaron dos apelativos: Jesús y Maestro. Primero Jesús. Como si fueran conocidos. Como si fueran amigos. Luego Maestro: un título que esconde un deseo, el de ser sus discípulos. Deseo pretencioso para unos pobres leprosos, pero que habrá sonado de manera especial en los oídos de Jesús (y habrá hecho parar la oreja a los otros doce discípulos, haciéndoles aprender esta lección dada en la cátedra de la calle acerca de “donde está uno” y de “los pasos que se requieren” para ser verdadero discípulo de Jesús).

            Compadecete de nosotros, dicen. No dice cada uno “compadecete de mí”. Como vamos viendo, estos diez leprosos no eran ese “cualquiera”, ese sujeto indefinido que se esconde detrás de la cantidad -los diez leprosos…-; eran gente que pensaba a fondo, como todos los enfermos que se reúnen en los grupos de los que tienen alguna dependencia, en las antesalas de los hospitales y de las quimios…; gente que charla acerca de las palabras justas para decir. Y esta frase que encontraron y seguramente consensuaron -porque no es que cada uno gritaba la suya- es “la frase”. 

            Reflexionaba sobre esto hace poco, al ir a esperar a mi tía Olga -la última hermana de papá- al Hospital Español ya que se había descompensado en el geriátrico y la llevaban a internar. Cuando la bajaron de la ambulancia la camilla parecía que se desarmaba al avanzar por el piso empedrado del estacionamiento. Le di la mano y ella, quejándose con un hilo de voz por el zamarreo, atinó a decirme: “Ayudame!”. Me conmovió y lo compartí tres días después, en la misa del funeral. Reflexionaba en la misa que esa palabra “ayudame” – ten compasión de mí, compadécete de nosotros -, es la palabra y la frase que todos debemos tener preparada. Porque es la que nos expresa y expresa quién es Dios, en definitiva. Es la frase que simplifica la complejidad de nuestra vida. Para la tía, la ayuda de Jesús se manifestó en nuestra compañía, en la unción de los enfermos que recibió con deseo y muy consciente, en la oración que rezamos con mis primos y primas a su lado. 

Darse cuenta. Este último paso de la fe es un paso que incluye muchos en un instante. Más que un paso es una carrera con toda el alma. El samaritano se dio cuenta de que había sido misericordiado. Lucas expresa todo en una frase: “Al ver que se había curado, volvió atrás glorificando a Dios a grandes voces y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le daba gracias”. Todo sucede en un único movimiento que, de un golpe, lo saca de sí mismo -no se queda examinando parte por parte su cuerpo, como hubiera sido lo natural- y lo proyecta en dos direcciones simultáneamente, hacia Jesús que viene por el camino y ante quien cae rostro en tierra, dándole gracias, y hacia el Dios Altísimo, a quien glorifica con gritos de alabanza. Todo esto es la fe, esa fe de la que el Señor dirá: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva’. El decía esto del Espíritu, que los que habían creído en El habían de recibir” (Jn 7, 37-39). 

Y los otros nueve? Donde están? Cómo es que no se dan cuenta de que, sea donde sea que estén y cualquiera sea la dirección en la que están corriendo, la misericordia del Señor ya los ha alcanzado, porque ya ha habido quienes los incluyeron en esa oración comunitaria que dice “compadécete de nosotros”. Basta que en algún momento se den cuenta de que han sido limpiados para que brote en ellos esa fe viva que el Espíritu hace saltar en el interior de los corazones.

Diego Fares sj

Una fe que aumenta y un aforismo ignaciano (27 C 2019)

Los apóstoles le dijeron al Señor:

– Auméntanos la fe.

El respondió:

-Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí: Erradícate y trasplántate en el mar, y les obedecería.

¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice: Ven pronto y siéntate a la mesa?

¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan: Somos servidores inútiles, sólo hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 5- 10).

Contemplación

Los apóstoles piden al Señor “auméntanos la fe”, y el Señor les responde hablando no solo de la fe, sino también del servicio.

Hay una relación entre cuánto cree uno y cómo sirve a los demás; hay relación estrecha entre creer sin dudar, hasta el punto de hacer que se erradique una morera y se trasplante en el mar, y la imagen que uno tiene de sí mismo como un servidor inútil que solo hizo lo que tenía que hacer (cuando erradicó la morera en el Nombre de Cristo, por ejemplo).

A San Ignacio se le atribuye un aforismo sobre la fe y el servicio: «Fíate de Dios como si el suceso de las obras que vas a llevar a cabo dependiera totalmente de ti y en nada de Dios; sin embargo, pon las cosas por obra como si todo tuviera que ser hecho por Dios y nada por ti”. Esta es una traducción casera del latín (por si alguno sabe y me la traduce mejor): “Sic Deo fide, quasi rerum successus omnis a Te, nihil a Deo penderet; ita tamen iis operam omnem admove, quasi tu nihil, Deus omnia solus sit facturus».

Este tipo de aforismos suscita problemas de traducción a los mejores pensadores. Está formulado así a propósito, para hacer pensar. Yo me lo apropio a mi manera y lo que veo es que habla del fiarse en Dios como en tres tiempos: uno al rezar, otro al mirar algo ya realizado y otro, intermedio, mientras uno está actuando, metiendo manos a la obra.

Para iluminar estos tres momentos de la fe (y ayudar a que el Señor nos la aumente), más que los razonamientos ayudan las parábolas. Una parábola para cada frase.

Para la primera frase, “fíate de Dios así: como si todo el suceso de las cosas dependiera totalmente de ti y en nada de Dios”, ayuda la luz que brota de lo que dice Jesús acerca de tener una fe como un granito de mostaza, una fe que puede hacer que uno diga a una higuera “erradícate y trasplántate”, y ella nos obedezca. El Señor dice que ten la fe hay un momento en el que hay que creer y mandar sin dudar, como si uno fuera omnipotente.

La otra frase hay que desdoblarla en dos momentos. La parábola del servidor inútil ayuda a comprender la actitud de fe que hay que tener cuando una cosa ya ha sido realizada. La parábola lo expresa con la imagen del servidor que, luego de haber trabajado en el campo, se dispone a servir la cena a su patrón y encima dice al final: soy un servidor inútil, no hice más que lo que tenía que hacer. Esto significa que la fe, que al comenzar una acción debe ser omnipotente y mandar como si todo dependiera de uno, una vez realizado algo en nombre de Jesús, esa misma fe debe ser humilde y referir todo lo hecho a Dios: él es el que hizo todo, todo es para Gloria suya!

Para el tiempo intermedio, ese que se da mientras uno está actuando -mandando a la morera que se trasplante y viendo cómo obedece…- puede ayudar otra parábola o más bien un milagro de Jesús. Me refiero a lo que fue pasando en Caná cuando los servidores iban echando agua en los cántaros y el Señor lo transformaba en vino. Ellos estaban actuando en la fe, siguiendo la orden de Jesús de realizar una acción un poco extraña como era la de llenar de agua las vasijas de piedra, y Él actuaba misteriosamente junto con ellos transformando esa agua en vino. Trabajaban, como dice el aforismo, como si todo dependiera de ellos y confiando en que lo de fondo lo estaba haciendo Jesús. No sabían lo que iba a hacer pero confiaban en que algo bueno saldría. Se pusieron a cumplir la acción con fe absoluta, haciéndole caso a nuestra Señora, que les dijo que hicieran cualquier cosa que Jesús les dijera; y mientras lo hacían, trabajaban confiados en que era Jesús el que estaba haciendo algo a través de la acción de sus manos. Al finalizar habrán sentido con toda claridad que ellos habían sido servidores inútiles, que solo habían hecho lo mandado, ya que el milagro era enteramente del Señor. Pero a su vez, habrán sentido la satisfacción de haberle creído y de haber trabajado así, fiándose de Él.

Como reflexión para sacar provecho pienso que el Señor quiere hacernos sentir que, cuando rezamos, debemos hacerlo con una fe absoluta, confiando en que Dios nuestro Padre sabe lo que necesitamos y nos dará cosas buenas -su Espíritu Santo, sobre todo- porque somos sus hijos. El nos va a conceder todo lo que le pidamos en nombre de Jesús, como lo ha prometido el mismo Señor: Lo que pidan en mi Nombre, el Padre se los concederá. En la oración, como dice Francisco, hay que ser audaces. Pedir que se convierta el mundo entero, que se den vuelta las situaciones totalmente, como expresa la imagen del trasplante de la morera. En la oración la fe tiene que actuar sin dudar. Jesús mismo recomienda y manda que recemos así. Vemos cómo a la gente que se acerca a pedirle un milagro les dice: ten fe, basta que creas.

Vemos también cómo elogia la fe cuando es audaz: tu fe te ha salvado! Nunca vi tanta fe en Israel como en este pagano. Y cómo reprocha cuando ve poca fe: por qué dudaste! Hombre de poca fe.

Luego de haber actuado impulsados por esta fe, la actitud que recomienda el Señor es totalmente distinta. Cuando has obrado con fe y algo resultó bien, no digas “qué bueno que soy” o “cuánta fe tengo” sino di “soy un servidor inútil. No hice más que cumplir con mi deber”. Reconociendo que fue Dios el que lo hizo todo.

Estas dos actitudes o estos dos momentos de la fe redundan en bien mientras uno está actuando. En medio del baile, mientras actúo, la mezcla virtuosa de fe en Dios que me mueve y Gloria de Dios que me atrae, produce esa rara seguridad de que Dios mete la mano en lo que voy haciendo y lo hace él, como hizo en el milagro de Caná.

El Maestro Fiorito decía comentando esta frase: “Debemos guardar el equilibrio entre la naturaleza y la gracia. La colaboración entre una y otra es un misterio (Jer 15, 20): el equilibrio es difícil de expresar sin caer en cualquiera de los dos extremos que podrían ser el espiritualismo o el naturalismo; pero se lo puede lograr. ―De tal manera fíate de Dios, como si todo el suceso fuera a depender de ti y nada de Dios; pero de tal manera pon manos a la obra, como si nada fueras a hacer tú, sino solo Dios. Frase difícil de explicar, pero que puede querer decir que antes de obrar hay que pensar en todos los medios humanos posibles como si todo dependiera de mí y mientras se está obrando hay que confiar sólo en Dios.Fíate de Dios como si el éxito de tus trabajos dependiese en todo de ti y en nada de Dios; pero también, una vez realizado todo ese trabajo, como si tú no hubieses hecho nada y Dios solo todo”.

Diego Fares sj