Para poder ser discípulos de Jesús -con todas las exigencias que tiene su seguimiento- debemos «negociar» con Él su paz (23 C 2019)

            Caminaban con Jesús grandes muchedumbres acompañándolo, y él, dándose vuelta, les dijo: «Si alguna persona viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. 

El que no carga con su cruz y se viene en mi seguimiento, no puede ser mi discípulo. 

¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y mira si tiene para terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda terminar y todos los que lo vean se burlen de él y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.» 

¿Y qué rey, si marcha para entrar en guerra contra otro rey, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus haberes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-33).

Contemplación

            El evangelio de hoy es para todos. Lucas nos habla de grandes muchedumbres que caminaban acompañando a Jesús: había grandes y chicos, familias enteras, gente de toda condición social, cada uno en un momento particular de su vida y de su proceso interior. Y el Señor, dándose vuelta, le habló a todos. 

            Lo que quiero decir es que no era «una clase de gente» -los que buscan un maestro o un referente en un momento de su vida, por ejemplo-, sino toda la gente, movida en ese lugar particular del corazón humano que responde a su Pastor, a su Creador. Sólo Alguien como Jesús puede convocar a todos solo con «pasar», solo con «contar una parábola» o tener un gesto, como el de multiplicar el pan.

            El Señor ve que lo siguen y «dándose vuelta», hace estas cinco advertencias. Son eso, advertencias. Un género literario que usa mucho el Papa Francisco. Siempre hace advertir algo, notarlo, caer en la cuenta. La advertencia no es solo amenaza, es también decir «mirá aquel paisaje, qué hermoso» o «notaste lo que pasó?»… 

            Pero antes de volver a escucharlas y para que no nos suenen remanidas (hay que cargar la cruz!; hay que dejarlo todo…!) tengamos en cuenta que Jesús hace estas advertencias a los que por su propia cuenta salieron a seguirlo. 

            Digo esto porque el cristianismo se ha convertido en muchos lugares en costumbres y creencias que se heredan culturalmente, es decir en cosas en que uno ya encuentra instaladas en su vida, y entonces las advertencias pueden ser motivo de rebelión Que uno diga: «por qué siempre esto de cargar la cruz», «por qué esto de renunciar a mis haberes…». Por eso advirtamos que Jesús le habla a todos pero en cuanto han salido de sus ciudades y se han puesto por su cuenta a caminar con Él. No se les metió en su casa con propaganda ni les habla como a un público cautivo. Les habla -nos habla- solo cuando nos ponemos en camino! Y allí las advertencias, que suenan a amenaza si uno está quieto, se convierten en ayuda cuando uno va en camino.

            Esto es algo en lo que tenemos que reflexionar, en primer lugar, los que somos cristianos. Aunque muchos de nuestros valores se hayan vuelto parte de nuestra cultura e incluso estén en nuestra constitución, no se los podemos imponer a nadie. Y para proponer estos valores debemos hacerlo «al estilo de Jesús». 

            Cómo propone Jesús sus exigencias? Podríamos decir que las propone en sangüiche, poniendo la exigencia entre dos actos de libertad: el acto de libertad inicial que hace el que se pone a seguirlo y el acto de libertad renovado, ese que el mismo Jesús nos hace renovar una y otra vez. Su frase preferida es «el que quiera seguirme (y se la dice a uno que ya empezó a seguirlo)… que cargue su cruz y me siga».

            Las «advertencias», de Jesús son llamados de atención que se dirigen a nuestra libertad, para interpelarnos y despertarnos. Él no solo recuerda las exigencias sino que, cuando la exigencia se hace sentir, aprovecha para preguntar de nuevo si de verdad queremos seguirlo. No dice: ustedes ya se comprometieron, ahora se aguantan. Recordemos el momento en que habla de «comer su carne» y muchos de sus discípulos dejan de seguirlo porque consideran duro su lenguaje. El Señor aprovecha la crisis para preguntarles a los más amigos: «Y ustedes… también quieren irse?» (Jn 6, 68). 

Otro momento fuerte es cuando, ya resucitado, le encarga a Simón Pedro el cuidado del rebaño. Aún allí, o «precisamente allí, el peso que conlleva la misión no lo carga sobre el sentido del deber de Pedro sino sobre su elección de amarlo más que los otros, de amarlo simplemente y de amarlo como amigo, dejándose amar por Él «que lo sabe todo». 

            Esta es la piedra angular que pone Jesús: sus exigencias se apoyan en el amor y sólo en el amor. En un amor por el que podemos optar de nuevo cada vez que nos encontramos en la encrucijada de poder elegir «otros amores». El Papa decía antes de ayer que esa era la diferencia entre hacer proselitismo y evangelizar. El que hace proselitismo manipula tu libertad, el que evangeliza te ayuda y te exige a ser siempre más libre.

            En el evangelio de hoy, Jesús desglosa estos «otros amores» y pone ejemplos de personas, cosas y situaciones que pueden ser impedimento para seguir a Alguien como Él.

Pone primero el amor a nuestros seres queridos y a nuestra propia vida. Son amores naturales básicos, instintivos, incuestionables. Pero si se adueñan de nuestro corazón de manera tal que no nos dejan caminar en seguimiento de Jesús y «crecer» en su amor, debemos aborrecerlos. No aborrecer las personas sino nuestra afección desordenada a ellas con un amor que no les corresponde, ni reclaman, porque ninguna creatura reclama para sí ese amor absoluto que solo se le debe a Dios. Todos experimentamos un natural rechazo y hasta repugnancia cuando sentimos que alguien nos idolatra demasiado. 

            Luego pone el Señor la cruz. Puede ser que uno «ame» una cruz de manera desordenada y que eso le impida crecer en el amor al Señor? Puede ser. Puede suceder que aquello que «nos crucifica», los clavos de un deber o una culpa que consideramos absolutos, nos traten de hacer sentir que «así», con «esta cruz», no podemos seguir al Señor. Pero Jesús nos dice que toda cruz se puede cargar y que lo importante es seguirlo… con la cruz a cuestas.

En último lugar vienen «los haberes», todo lo que ponemos en la columna de nuestro haber y que amamos como posesión nuestra. El Señor nos dice que, si queremos seguirlo, en la columna del haber quiere estar sólo Él. Esto no es por celos sino por realismo: Él es nuestro único tesoro, lo único que podemos «poseer»  en realidad -y poseer hasta el punto de poder comulgar con su Carne-, porque Él es el único que se nos puede dar enteramente. Las demás cosas «se nos escapan» -por decirlo de alguna manera- si las queremos poseer.

Para encarnar bien sus advertencias, Jesús cuenta dos ejemplos de situaciones en las que todos discernimos bien. Y si no lo hacemos, no hace falta que alguien de afuera nos corrija, nuestra misma razón práctica nos hace ver el error de cálculo.

            Los ejemplos del Señor a mi me gusta leerlos «personalmente», en cuanto dirigidos a mí, hoy y aquí. No en general. 

            El discipulado, el seguimiento de Jesús, se puede comparar con lo que sucede al que quiere edificar una torre y lo que le pasa al que emprende una guerra. Hay que calcular gastos y medir fuerzas. 

Jesús nos hace ver lo que le pasa al que calcula mal -que todos se le ríen, porque no pudo terminar lo que comenzó y lo que hace el que calcula bien sus fuerzas y se da cuenta de que tiene que negociar. Este final me parece que es para los dos ejemplos: para mí la enseñanza es que si quiero seguir a Jesús, tengo que aprender a negociar con él. Negociar suena mal, pero si uno «negocia» solo con Jesús, si uno le regatea a Él en la oración, como Abraham cuando intercedió por Sodoma y Gomorra, si uno le pide y le suplica como tantos pobres del evangelio, si uno le insiste y se salta las reglas , como los que metieron a su amigo paralítico por el techo, o la que le tocó la orla del manto entre la gente…, si uno negocia con Jesús en la oración, el discipulado «imposible» se vuelve posible. Porque no hay nadie que pueda calcular bien los gastos de una vocación si que pueda pensar que con sus fuerzas podrá contra el diablo y el mundo que siempre nos redoblan en número. Si quiero ser discípulo del Señor, debo renunciar también a esos «haberes» que son mis cálculos y mis fuerza humanas y «negociar la paz con el Señor». 

Y cuáles son las «condiciones» de paz que el Señor pone a sus discípulos?

La primera condición consiste en recibir su Paz como un don constantemente renovado. La paz es algo que el Señor da cada vez que sale al encuentro de los discípulos, una vez resucitado: la paz les dejo, mi paz les doy. Es una paz que nosotros tenemos que recibir como un don, no de una vez sino muchas veces. Cada vez que lo invocamos para algo, lo primero es «dejarnos dar su paz», entrar en el ámbito de paz que su presencia crea. 

La segunda es estar cerca de la fuente de donde brota su Paz: sus llagas. La Paz que da el Señor «no es como la que da el mundo», que suele ser una paz de conveniencia, que tapa cosas… La paz del Señor tiene como condición «ver sus llagas», acercarnos a ellas, curarlas en los pobres y enfermos… Es una paz que Él nos consiguió pagando el precio de quedar llagado y para experimentarla hay que acercarse a toda llaga, mirarlas con compasión, tocarlas con misericordia en los demás. 

La tercera condición es dejar que el Señor nos «lave los pies», nos perdone los pecados y nos calme ansiedades y culpas

La cuarta condición es «dar la paz» a los demás, como primera cosa, al evangelizar y al interactuar. Las cosas que hacemos en su nombre deben ser hechas cuidando la paz. Es el elemento en el que el Espíritu actúa.

Diego Fares sj