La postura de Jesús ante nuestros conflictos humanos (18 C 2019)

            Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» 

Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» 

Después les dijo: «Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.» 

Les dijo entonces una parábola: «Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: «¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?». Dijo entonces: «Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparaste ¿para quién será? 

Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios» (Lc 12, 13-21).

Contemplación

            Me impresiona ver cómo rechaza Jesús este pedido espontáneo que le surgió a uno de la multitud al oírlo hablar. Veamos un poco el contexto. Jesús acababa de decir: «El Espíritu Santo les enseñará en ese momento (de la persecución) lo que es necesario decir» (Lc 12, 12). Justo ahí le brota a este hacerle este pedido, no propiamente inspirado por el Espíritu. No es que haya pedido algo malo, sino que fue un pedido indiscreto. Si el Señor hubiera accedido, no sé si hubieran quedado contentos con su modo de repartir…

Pero Jesús no deja la cosa así nomás, sino que aprovecha para elevar la conversación. Primero aclara que él no es juez ni árbitro en cuestiones de herencia. Luego va a la raíz de las disputas económicas y políticas la avidez (que como dice un obispo amigo es el mal actual de la Argentina). Y por último, cuenta Jesús la parábola del que atesoró cosas para sí en vez de atesorar lo que nos hace ricos a los ojos de Dios.

Contemplamos primero la Persona de Jesús. Cómo se sitúa frente a nuestros conflictos humanos.

No es uno que «no se meta» en los conflictos. Se mete. Pero no como juez y repartidor de bienes, sino como uno que va a la raíz de las luchas y discierne que  el problema está en la avidez, y como uno que habla en parábolas, no dando definiciones sino abriendo un espacio narrativo para que uno piense por sí mismo las cosas. 

El Señor es Juez. Pero juzga nuestras obras de misericordia, en las que se muestra la intención última y libre de un corazón. Otras cosas no las juzga, más bien las perdona. 

El Señor es repartidor, pero de talentos para servir a los demás, no de puestos y menos de dinero. 

El punto por tanto es mirar bien Quién es Él, para alzarnos a la altura de lo que puede hacer por nosotros, de la Vida que nos puede comunicar y de los dones que nos puede dar para el bien común, y no para bajarlo a opinar y juzgar de las cosas que hacemos por interés propio. 

Cómo miramos a Jesús dice mucho de nosotros mismos. La tarea contemplativa es tratar de considerarlo a partir de lo que Él mismo nos revela de sí en el Evangelio. Y allí vemos cómo el Señor va mostrando quién es Él en la acción, en sus respuestas espontáneas a las cosas que le dice la gente. Cuando se trata de los enemigos, que le hacen preguntas capciosas, el Señor se muestra prudente. Pero con los que le hablan sinceramente, aunque sean indiscretos, Jesús responde también con mucha franqueza y saca una enseñanza para todos. De ahí el «hombre! quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes». El otro le habló francamente y el Señor le respondió de igual modo. Con una frase lo ubicó, pero no es que consideró banal su problema. Por el contrario, por eso aprovecha y profundiza en la avidez y le regala al auditorio una parábola.

Por lo que juzga Jesús acerca de la avidez y por lo que dice sobre los bienes que uno «posee», podemos profundizar un poco más y decir que Jesús lo siguiente: Jesús es uno que se ocupa de las actitudes subjetivas de las personas. Si habla de los bienes objetivos -la herencia, la cosecha- es para ayudarnos a reflexionar acerca de lo que esas cosas despiertan en nuestra alma. 

Esto es así porque el uso de los bienes va moldeando nuestro corazón. Cuando compartimos nuestros bienes con generosidad los otros nos abren su corazón y el nuestro experimenta el tipo de bien que es una persona, un bien que está infinitamente por encima de los bienes que son cosas. 

Gustar el «bien en sí  y por sí mismo» que es una persona dilata nuestro corazón, lo hace crecer, lo enriquece. Y Dios mira con asentimiento de Padre este amor entre hermanos que nos hace crecer como personas. 

Por el contrario, cuando obramos solo siguiendo nuestro propio interés, le damos a gustar a nuestro corazón bienes que son «menos» que él. Esto lo va angostando, endureciendo, insensibilizando. No se trata aquí de cosas malas contra cosas buenas, sino simplemente de la diferencia que hay entre una cosa y un corazón. 

Nuestros ojos atesoran imágenes, nuestra mente ideas…,  pero nuestro corazón puede atesorar todo, en el sentido de apegarse afectivamente. Esa es su grandeza y también su maldición. Porque el corazón se va haciendo semejante a lo que ama, y si se adhiere a cosas que son «menos» que otro corazón, se va reduciendo. No es que las cosas sean malas, sino que nuestro corazón está para más. 

Uno lo ve en la gente que ama con envidiable ternura a una mascota. Toda creatura es digna de amor. El asunto es si lo que aprende de sí el corazón amando a una creatura lo hace abrirse a amar a las demás, a cada una según su dignidad, o si, por el contrario, lo encierra en un amor tan exclusivo que termina siendo amor a sí mismo más que al otro. 

San Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión interesante: «Ponderar – dice- con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consecuentemente (cómo ) el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina» (EE 234). 

Este «en cuanto puede», siendo Dios todopoderoso, nos debe llevar a reflexionar. El poder no se ejerce de la misma manera cuando se trata de personas que cuando se trata de cosas. Uno puede dar muchas cosas a otros y hacer muchas cosas por él, pero «darse» sólo se puede según una medida que es compartida. 

De aquí viene la unión que el Señor hace de los dos mandamientos: amando al prójimo nuestro corazón crece en este nivel interpersonal, que es con el que puede interactuar un Dios que es Amor. Si nuestro corazón ama poco a las personas y mucho a las cosas (a sí mismo en ellas) es pobre en esta dimensión de un amor que va creciendo entre dos, en comunidad, y entonces el Señor le «puede» dar poco. En este sentido dice Jesús que «al que tiene, se le dará». 

Ser rico a los ojos de Dios es ser rico en este amor, que late en el centro de la vida compartida, lejos de los extremos de la avaricia de bienes y de la indiferencia ante las personas, especialmente las más necesitadas, que son dos de los grandes males actuales.

Diego Fares sj