Parábola del que sabe elegir a quiénes invita (22 C 2019)

Pasó que Jesús fue a comer un sábado a casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. (…) 

Al notar Jesús cómo los invitados se elegían los primeros asientos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te pongas en el primer lugar, porque puede pasar que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.» 

Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete,  invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Serás bienaventurado, porque ellos no tienen cómo retribuirte, se te retribuirá en la resurrección de los justos!»(Lc 14, 1. 7-14).

Contemplación

El evangelio de hoy nos presenta dos parábolas del Señor que trataremos de leer como una sola. La Biblia de Jerusalén las llama la parábola de la elección de asientos y la parábola de la elección de invitados. 

El tema sobre el que Jesús «paraboliza» es la elección: lo que elegimos, a quién elegimos. No sé de dónde me salió esto de «parabolizar», pero al imaginar a Jesús en medio del banquete y de toda la gente, se me ocurrió que Él pensaba así, parabolizando, es decir: observando el modo de actuar de la gente, leyendo, por un lado lo profundo de las intenciones de los corazones, y por otro lado, teniendo en cuenta el dinamismo de la situación en su conjunto, de modo tal de poder establecer comparaciones significativas y fecundas con el dinamismo de su Reino. 

Se me hace que esta es una manera de pensar distinta de la habitual. No le comenta, por ejemplo, a Pedro o a Juan: «miren a esos, cómo eligen los primeros puestos». Ese tipo de comentarios deja algo picando y se queda ahí, en la complicidad y el gusto de notar una actitud y hacerla ver. A veces termina en un juicio: «qué hambre que tiene aquel»; siempre buscando trepar…». 

El Señor va más hondo, contempla la situación en su conjunto. No solo se fija en lo que elige cada uno para sí, guiado por su interés, sino que tiene en cuenta al que organizó la fiesta. 

Ese es el personaje principal de las dos parábolas: en una, porque se ve que es él el que elige sobre las elecciones de los invitados y en la otra, porque es a quien se dirige personalmente Jesús. 

Este personaje «que invita», les hace ver a los otros que eligieron lugares dentro de un contexto relativo ya que son sus invitados y lo que ellos elijan depende, en última instancia de él, que los invitó y puede decirles: «déjale el sitio a este» o «amigo, acércate más». 

El punto está, entonces, en la segunda parábola, la que Jesús nos dirige a todos allí donde podemos hacer una elección distinta. 

Invita a los que no tienen cómo retribuirte, le dice al que lo había invitado. Y concluye la parábola diciendo: «Se te retribuirá en la resurrección de los justos. Quién retribuirá? El que nos invitó a todos al banquete de la vida, el Padre de todos. Él es el que retribuye -con amor, no con bienes externos- las acciones que hacemos con amor en «lo secreto».

Cuando elegimos, tenemos que elegir cosas sobre las cuales que el que nos eligió pueda obrar mejorando su creación. Si elegimos egoístamente los primeros puestos, no le quedará otra que corrernos. Si elegimos el último lugar, como no podrá mandarnos más abajo, solo podrá, en su infinita misericordia, hacernos subir un poco… 

Es como si el Señor nos mostrara el límite último, el escalón más bajo, para asentar allí -negativamente- el deseo de elegir algo que nadie nos pueda quitar. E inmediatamente nos lleva a poner la atención en elegir no «puestos para nosotros mismos» sino «personas a las que hacer un bien gratuitamente». 

La oposición de fondo es entre elegir cosas interesadamente o elegir personas  desinteresadamente. Esta elección de los pobres mirados como personas valiosas cada una en sí misma y no considerados como medio para lograr otro fin (que me retribuyan el favor), es la elección a cuyo nivel nos quiere hacer subir el Señor. 

«Acercate más, amigo», no es una invitación a «trepar» por el camino de elecciones que son intercambio de favores, sino que es la invitación a elegir como elige el Padre.

El nos eligió a nosotros que no se lo podemos retribuir y nos dio el don más grande que existe, el don de poder elegir hacer cosas por los demás como las hace Él: gratuitamente, por amor. 

Las parábolas van leídas en esta dinámica: la de las elecciones gratuitas del bien absoluto que es cada persona, y no en la otra dirección, la de hacernos los humildes para que nos ensalcen o de elegir a los pobres para obtener un premio que no sea el mismo amor de las personas. 

El premio es poder elegir gratuitamente! Y el Señor lo orienta mostrando los únicos bienes absolutos: los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. No es que los oponga a «tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos» en cuanto personas, sino que opone dos «objetos (o sujetos) de elección», dos «bienes» que me hacen discernir la altura de mi elección. 

Cuando elijo a alguien que no me puede retribuir, lo elijo como persona que vale por sí misma y mi elección me hace caer en la cuenta de mi propia dignidad: yo también soy uno que ha sido elegido por puro amor, no para que retribuya algo, no con el fin de que sirva para otra cosa. 

De esta manera, lo que hace el Señor es calibrar la libertad, recalibrar nuestra capacidad de elegir. El Don de la vida y de la libertad no se puede pagar con nada que no me haya sido dado, solo se paga «honrando al otro».

Dicho en criollo, Dios no nos creó libres para que elijamos bienes menores, sino para que elijamos los bienes más altos y gratuitos y eligiéndolos y amándolos, se dilate nuestro corazón y crezca en libertad. 

El corazón se va transformando en lo que elije, por eso cada vez que elijo interesadamente bienes menores, que son medios para pasarla bien, se me va achicando el corazón en los límites de mis propios deseos egoístas. En cambio, cada vez que elijo amar gratuitamente a los demás, se me va ensanchando el corazón en cada gesto, según la medida del amor que los otros me brindan, al ser amados gratuitamente. 

No hay límite en el crecimiento de este amor personal. Yentra allí Dios mismo como persona, que potencia infinitamente con su amor estos gestos de amor gratuito con que sus hijos imitamos su Misericordia y su Bondad, eligiendo con predilección a las más pequeñas de sus creaturas, que no tienen con qué retribuirnos el amor.

Diego Fares sj

La puerta estrecha de la caridad o cómo el Señor quiere descolocarnos de las certezas que cierran puertas y hacen difícil nuestra entrada a disfrutar del Reino de Dios (21 C 2019)

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras avanzaba hacia Jerusalén. Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que serán salvados?» El respondió: «Luchen con empeño para entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos.» Y él les responderá: «No sé de dónde son ustedes.» Entonces comenzarán a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.» Pero él les dirá: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que obran la iniquidad!» Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y seránadmitidosen el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 22-30).

Contemplación

            En el así llamado «Crismón», el antiguo símbolo con la X y la P (las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, la Xi y la Ro –Xristos-), el «ojal» de la P es símbolo de la puerta estrecha o ventanita por la que se entra al Reino.

            La puerta angosta significaba para Israel el camino preciso y bien definido de la Ley, cuyo cumplimiento fiel hacía ganar al justo la aprobación del Señor. Jesús interiorizó la puerta estrecha centrando la multitud de mandamientos y preceptos de la Ley en el único esencial: el doble mandamiento del amor. La puerta estrecha es la puerta que abre el corazón a la ley interior de la caridad. 

En abstracto, es una puerta fácil de discernir: hasta los fariseos asintieron cuando Jesús afirmó que el Amor a Dios y el amor al prójimo resumía toda la Ley y todo lo que dijeron los profetas. Pero en la práctica se trata de una «puerta» que nos descoloca, en el sentido de que no es la primera que uno elegiría como la mejor ya sea para entrar a un corazón -al de una persona o al de un pueblo-, ya sea para salir de una situación en la que se ve encerrado. 

            En el Evangelio, el Señor hace una serie de afirmaciones en las que se ve que su intención es descolocarnos. Descolocarnos de las certezas que cierran puertas y hacen difícil nuestra entrada al Reino, que nos hacen quedarnos afuera, sin disfrutar de la plenitud de los dones que el Espíritu distribuye abundantemente a los que entran en él.

El Papa Francisco usa esta palabra «descolocar» en la Carta que nos escribió a todos los sacerdotes para darnos ánimo y consuelo en medio de la tribulación que la vida sacerdotal experimenta en estos tiempos, por nuestros propios pecados y también por la persecución externa. Dice así Francisco: «Conocemos esa tristeza que lleva al acostumbramiento y conduce paulatinamente a la naturalización del mal y a la injusticia con el tenue susurrar del “siempre se hizo así”. Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad. «Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo Resucitado» y para la que fuimos llamados. Hermanos, cuando esa tristeza dulzona (la acedia) amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado» (Gaudete et exsultate 137) .

Sintamos cómo nos «descoloca» el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado:

Luchen con empeño por entrar por la puerta estrecha!! Este es el primer «grito» de Jesús. Como cuando se hunde un barco o se incendia un edificio y alguien grita señalando la única salida: por la puerta estrecha! Luchen por entrar por ella. Uno dirá: «Pero no se está incendiando nada! Hay tiempo  para entrar…».

Les aseguro, retruca Jesús, que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. El segundo grito es para despertarnos a la situación real. El Señor quiere descolocarnos de la falsa certeza de que uno puede entrar al Reino cuando quiera. Pero no es así: no es que la puerta del Reino esté abierta naturalmente o que nosotros tengamos la llave. Es una puerta que abre y cierra «el Dueño de casa». Y entonces, si Él nos dice que es mejor que entremos ahora, es mejor confiar en que Él sabe por qué lo dice. 

El tercer grito del que es Palabra viva y eficaz apunta a que no nos confiemos en el hecho de que «conocemos al Dueño de casa». Jesús dramatiza la escena: Ustedes dirán: «Señor, ábrenos.» Y él les responderá: «No sé de dónde son ustedes.» Entonces comenzarán a decir: «Pero nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.» Pero él les dirá: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que obran la iniquidad!»

Qué es esa iniquidad? Qué mal han obrado estos que no se apuraron a entrar por la puerta estrecha?

Aquí el Señor nos descoloca del todo, porque dice: «Entonces habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y serán admitidos en el banquete del Reino de Dios». Jesús nos pone a sus oyentes en la situación de tener que ver cómo algunos «ya están» en el Reino – Abraham y los justos de la Antigua alianza- y otros «son admitidos» y nosotros quedamos afuera. Para colmo, los últimos a los que se les deja entrar no pertenecen a la Iglesia, digamos! Vienen de todas partes, de multitud de países, culturas y religiones y el Dueño de casa los deja entrar! Por qué entonces no nos deja entrar a nosotros?

Recordemos que todo este discurso del Señor empezó con una pregunta que le hizo una persona. La pregunta era: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que serán salvados?». Meditemos un poco en la pregunta. Sabemos que el Señor aprovechaba algunas preguntas para explayarse a gusto en la revelación del Reino. Esta es una de esas en las que pareciera que el que preguntó, si lo hizo solo para plantear un tema abstracto, debe haber quedado bien descolocado. Porque el Señor lo sacudió haciendo ver lo dramático de la situación. La reflexión que me viene es que uno no puede plantear la pregunta por «la salvación» de manera estadística: serán muchos o pocos… Jesús le hace ver que esta pregunta, si uno la hace, si es algo que le preocupa de verdad, es una pregunta que se debe hacer personalmente y uno debe asumir todo lo que conlleva de conversión. La salvación tiene una puerta estrecha y cuando surge esta preocupación en mi corazón, debo comenzar a luchar con todas mis fuerzas para entrar por ella. Si no lo hago, me pasará todo lo que dramáticamente afirma Jesús que me  pasará.

No se puede hacer «sociología» con el Reino: no se puede discutir si serán muchos o pocos los que irán al cielo o al infierno. Debo saber que esta posibilidad es real para mí. Si uno piensa: «Si se salva tanto por ciento de gente es probable que yo me salve también!», este razonamiento no es evangélico. Jesús desarma este tipo de lógicas. Nos hace pensar así: «Podría suceder que se salven todos, menos yo!» 

El punto es razonar con ideas que me movilicen a entrar ya en el Reino y no con ideas que me mantengan cerca de la puerta pero fuera de la fila.

Por eso el «grito» final, la afirmación que se ha vuelto un refrán, pero a la que no le prestamos siempre la atención que merece: «Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos». Esta lógica del Señor es la lógica del amor. Solo el amor hace que los que por afuera son -parecieran ser- los últimos, sean -puedan ser realmente- los primeros. 

Ahora sí, retomamos la frase de «los que obran la iniquidad». La «iniquidad» o injusticia de que habla el Señor es, específicamente, la maldad o inequidad que hace mal a los otros. Esta iniquidad tiene que ver, especialmente, con dos cosas. A nivel práctico, tiene que ver con el uso del «dios dinero» -con mamón, como se lo llama-. Lucas habla de «hacernos amigos con el dinero de la iniquidad» (Lc 16, 9), es decir, con el dinero o injustamente adquirido o no bien repartido; con el dinero acumulado más allá de lo que uno puede usar. En este sentido, la puerta estrecha de la salvación es una puerta que uno tiene en su bolsillo. Paradójicamente, el dinero sí puede «comprar la salvación»: si se reparte con amor y generosamente a los más pobres! Si se aprovecha bien para hacer obras de misericordia y ganar amigos que nos abran las puertas del cielo.

A nivel de lenguaje, la iniquidad se opone a la Verdad. Tiene que ver con un modo de hablar hipócrita, abstracto, falaz, mentiroso y engañador, que se opone a la Verdad. Juan dice que «el que habla de sí mismo, busca su propia gloria; en cambio el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia» (Jn 7, 18). Los que «obran la iniquidad», a los que el Señor no dejará entrar en el Reino una vez que cierre la puerta, son los que hablan buscando su propia gloria. Terminan usando todo, hasta las palabras más santas, para provecho propio y esto hace que esas palabras se contaminen en su lengua y hagan daño confundiendo a los demás. Si interpretamos que el Señor discernió algo de esto en la pregunta que le hizo esta persona, podemos comprender por qué le respondió tan extensamente y tratando de «descolocarlo». Era uno que hablaba de temas religiosos y hacía estadísticas sobre la salvación, pero no le interesaba salvarse él, relacionarse sinceramente con Jesús como maestro de vida.

Diego Fares sj

El fuego que encendió Jesús y el corazón de María (20 C 2019)

Jesús dijo a sus discípulos: 

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡qué me queda por desear, si ya está encendido? Hay sin embargo un bautismo con el que tengo que ser bautizado y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53). 

Contemplación 

Las palabras del Señor en el Evangelio de hoy, el fuego, el bautismo y la división, encuentran en el corazón de María un lugar especial para ser contempladas y entendidas de manera justa.  

El fuego de Jesús!  

En ningún lugar mejor encendido y custodiado que en el corazón de María. En el corazón de nuestra señora, el fuego del Espíritu que trae Jesús a esta tierra, enciende lo que debe arder y brillar -la luz del evangelio, la fe, la esperanza y la misericordiosa caridad, y quema lo que tiene que purificar -el egoísmo-. 

Me pasó que buscando imágenes de María relacionadas con el fuego me encontré con todas las que representan su corazón: en su corazón inmaculado está encendida la llama con que el Espíritu se posó sobre ella y los apóstoles en Pentecostés. Y me pasó al revés de lo que me sucede con las imágenes del Corazón del Señor, que me cuesta encontrar una que no tenga detalles que me resultan “melosos» estéticamente hablando. Es que los símbolos a veces pierden fuerza cuando pasa de moda la imagen externa y deja de irradiar en ella la gracia interior. Con las imágenes de nuestra señora en cambio, no me pasó lo mismo, sino que encontré una gran variedad en las que se expresa bien su ternura y la paz mansa que irradia del fuego de su corazón. Es una cuestión mía, pero sé que a otros les sucede lo mismo y que hay imágenes del Señor y de sus santos que no dicen nada a nuestro gusto actual. 

El fuego es el fuego del Espíritu. Es un fuego discreto, que discierne y divide sin concesiones y sin maltrato lo que le agrada al Señor de lo que no le agrada. Es un fuego que quema el pecado, sacude la tibieza encendiendo cada carisma y cada misión en lo que tienen de único y personal.  

En María vemos que esa llama de fuego encuentra su vela perfecta, e ilumina con luz mansa, desde el candelero, toda la Iglesia, cada alma y cada casa familiar.  

En María vemos que esa llama encuentra su horno, donde se cuece el pan de nuestro corazón en el tiempo justo para quedar crocante y fuerte en su corteza y tierno en su miga, como debe ser un corazón.  

En María, el fuego que purifica y limpia el corazón, quema sin dañar, sin maltratar, más haciendo gustar el aroma del bien que insistiendo en lo feo del mal. Es fuego que sana más por la atracción que tienen la luz de la verdad y la calidez de la bondad, que por crítica o amenaza contra la maldad del mal. 

Es el fuego manso del magníficat de María, de su alabanza mañanera que se levanta a rezar y se pone en camino para ir a servir.  

Es el fuego de una mirada comprensiva de madre, sin falsas concesiones y siempre alentadora, que hace reaccionar y estimula a ir adelante.  

El fuego que arde en el corazón de María es fuego que enciende otros fuegos, como bien decía San Alberto Hurtado. Y los enciende a mano, uno a uno, artesanalmente, transmitiendo la llama de la fe de corazón a corazón.  

El bautismo de Jesús.

Es la inmersión del Señor en la pasión: en el dolor, en la angustia, el sufrimiento y el pecado. Un sumergirse que lo lleva a beber el cáliz de la cruz hasta el fondo. María se sumerge junto con su Hijo en la pasión: así como es la “llena de gracia” o “Gracia-Plena”, también es la dolorosa. María nos enseña a vivir apasionadamente, de todo corazón, todo lo que se refiere a Jesús. Primero se tira de cabeza y luego reflexiona y medita en su corazón.  

Su fe es bautismal: es sumergirse y abandonarse enteramente en Dios sin calcular. Con la simplicidad de una madre. 

La división que trae Jesús.

Es esa que el anciano Simeón profetizó a María cuando le habló de la espada que le abriría el corazón. Que se lo traspasaría. Es la única división buena, por decirlo así: la que discierne todo en términos de lo que me acerca o me aleja de Jesús. María nos enseña a ejercitarnos en esta única división. El fruto es que dividiéndonos de todo lo que nos separa del amor de Cristo, sumamos y multiplicamos bien. Incluimos a todos en este amor profundo. 

Contemplando el corazón inmaculado y encendido de caridad y ternura de María, meditamos estas cosas y dejamos que el Espíritu las haga dar fruto en nuestro corazón. 

Diego Fares sj 

El buen trato y el servicio como «lugar» donde se guarda y al que viene el Reino (19 C 2019)

Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. 

Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y cámaras del tesoro que no fallen en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. 

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su cámara del tesoro allí está también su corazón. 

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. 

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. 

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.» 

Pedro preguntó entonces: 

«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?» 

El Señor le dijo: 

«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Lesaseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. 

Pero si este servidor piensa en su corazón: «Se demorará la llegada de mi señor», y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. 

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. 

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

«Donde uno tiene su tesoro, allí está su corazón». Lo valioso es el Reino que el Padre ha dado a su rebaño pequeño. Y el asunto es cómo cuidamos este reino. Las bolsas y el tesoro son el «receptáculo de las cosas valiosas» (eso significa literalmente «thesaurus»). Es la caja fuerte, el lugar seguro de la casa. En la época de los bienes virtuales el Señor recomendaría guardar las cosas en la nube en un servidor seguro; y de tener backups… 

si son bolsas, que no envejezcan, que no se agujeren; si es la cámara del tesoro o la caja fuerte, que no pueda ser vulnerada por los ladrones ni entre la polilla. Si es lugar de almacenamiento virtual que tenga claves anti-hackers y que sea anti-virus.

El lugar donde se guardan las cosas valiosas siempre es importante. Y el Señor une dos imágenes de «receptáculos»: el cielo y el corazón. El Reino es Reino de los cielos y se guarda en el corazón. En el Cielo, lo protege Dios. Nuestro corazón lo tenemos que cuidar conjuntamente. No dejar entrar ladrones… El Papa Francisco siempre nos advierte acerca de que no nos dejemos robar los bienes del Reino. En Evangelii gaudiumexclama:

¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! 80.
¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! 83.
¡No nos dejemos robar la comunidad! 92.
¡No nos dejemos robar el Evangelio! 97.
¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! 101.
¡No nos dejemos robar la fuerza misionera! 109.

Es importante clarificar bien las cosas: el Reino es regalo, es Don. El Padre ya nos lo ha dado a nosotros, su pequeño rebaño. Lo llevamos en vasijas de barro y hay quien nos lo quiere robar. Proteger estas cosas valiosas -la alegría, la esperanza, la comunidad, el amor fraterno, el celo apostólico, la fuerza misionera- es la tarea.

Dichas estas cosas sobre el receptáculo, sobre el corazón especialmente, el Señor pasa a una imagen dinámica del Reino. El Reino -la Persona de Jesús y los valores espirituales que trae- «vienen». No son solo cosas que se nos han regalado y que hay que meter en un depósito sino dones vivos, valores que se dinamizan y actualizan con las visitad del Señor. 

La Iglesia ha cultivado la imagen del «depósito»: se habla del depósito de la fe, por ejemplo, y hay que cuidar que la verdad revelada se conserve íntegra, sin defecto, sin herejías… También la unidad de la Iglesia se cuida como un ámbito en el que se practican las mismas costumbres y se observan los mismos mandamientos. Este cuidado «estructural», de los espacios, diríamos, es importante y hace a la integridad del tesoro. Pero también es importante el dinamismo del tesoro. Como vemos en la parábola de los talentos, no se trata de enterrarlo y devolverlo intacto sino de hacerlo crecer y producir. Y aquí entra el aspecto más personal de los valores del Reino. No se trata, por ejemplo, de una alegría que se conserva en la intimidad de la propia alma solamente, sino de una alegría efusiva, que se contagia anunciando el evangelio y saliendo a misionar. Y la primer imagen es la del Señor que viene a nuestra casa, del Señor que nos evangeliza y nos misiona para que luego salgamos nosotros con Él a llevar esa alegría a los demás.

El Reino, los valores del Reino, se cuidan estando atentos y preparados a esas venidas del Señor, a sus visitas que se dan «a cualquier hora», en el momento menos pensado. Esta característica, que Jesús resucitado dejó impresa en el corazón de los discípulos, que aprendieron que no podían convertir a Jesús en objeto de posesión sino que tenían que estar atentos a ver cómo y de qué forma «venía» y se les «aparecía», implica toda una conversión espiritual. No solo se trata de estar «construyendo» depósitos seguros para guardar el Reino, sino de tener puertas abiertas para que el Señor entre y también para que pueda salir, junto con nosotros, a entrar en la vida social del mundo actual, para ir a evangelizar a todos los pueblos con sus culturas.

El Reino no es solo algo valioso para guardar sino también algo que se actualiza y se renueva, un regalo que viene a nosotros, más que como «cosas» viene con lo que genera la visita y la presencia del Señor resucitado. 

Y aquí, el modo de preparar y de recibir este Reino que viene con la visita personal del Señor, es estar cuidando personas más que gestionando espacios.

El Señor responde a Pedro con el ejemplo del que reparte la ración de comida a cada uno a su tiempo y con la imagen contraria del que maltrata a los más pequeños de la casa. La imagen del «lugar seguro» y de la «bolsa que no se rompe» pasan a las imágenes del que trata bien a las personas. Es en el trato donde se juega lo más profundo del Reino. Ese es el tesoro, el lugar donde se conserva el Espíritu y donde se lleva íntegro: el buen trato.

Escuchemos de nuevo: «Si el servidor a quien se le han confiado los bienes del reino piensa en su corazón: «Se demorará la llegada de mi señor», y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles».

Feliz en cambio «el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo», de tratar bien a todos.

Imperceptiblemente, con las situaciones que narra y describe, el Señor nos hace caer en la cuenta de que «el lugar a prueba de ladrones y polillas» donde se guardan los bienes del Reino y «las bolsas que no envejecen» donde se transportan, «y lo que hay que tener preparado para cuando Él viene» no son «cosas físicas», no son «estructuras» ni dogmáticas ni jurídicas, sino que es «el servicio a su tiempo y con buen trato». Nos quiere encontrar sirviendo al personal su ración a su tiempo y tratando con caridad a todos. El servicio y el buen trato es «el lugar espiritual» donde nadie nos puede robar los bienes del Reino. 

Qué lejos quedan los que piensan que el Reino se defiende solo cuidando «estructuras» formales. Al poner allí el tesoro, se les vuelve «estructura» el corazón. 

En cambio, al sentir que el mandato del Señor es a cuidar como tesoro el «ambiente espiritual» que se crea con el buen trato y el servicio, el corazón se va volviendo lugar más apto para recibir más bienes, para recibir al único Bien, que es el mismo Señor.

Decálogo del bueno trato

RESPETEMOS
Te respeto porque eres persona y mi compañero en el trabajo.

RECONOZCÁMONOS
Valoremos y visibilicemos el aporte de los demás.

EMPATICEMOS
Me pongo en tus zapatos.

SEAMOS AMABLES
Sonríe, saluda, se amable… es gratis.

ESCUCHEMOS
Escuchemos activamente a los demás y pongámonos en su lugar.

COLABOREMOS
Aporta y participa del trabajo en equipo.

SOLIDARICÉMONOS
Apoyémonos en la dificultad.

HUMANICÉMONOS
Somos personas que trabajan con personas.

TOLEREMOS
Acepto al otro como un legítimo otro en la convivencia.

COMPROMETÁMONOS 
Somos responsables de lo que hacemos, respetando al otro.

Diego Fares sj

La postura de Jesús ante nuestros conflictos humanos (18 C 2019)

            Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» 

Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» 

Después les dijo: «Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.» 

Les dijo entonces una parábola: «Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: «¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?». Dijo entonces: «Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparaste ¿para quién será? 

Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios» (Lc 12, 13-21).

Contemplación

            Me impresiona ver cómo rechaza Jesús este pedido espontáneo que le surgió a uno de la multitud al oírlo hablar. Veamos un poco el contexto. Jesús acababa de decir: «El Espíritu Santo les enseñará en ese momento (de la persecución) lo que es necesario decir» (Lc 12, 12). Justo ahí le brota a este hacerle este pedido, no propiamente inspirado por el Espíritu. No es que haya pedido algo malo, sino que fue un pedido indiscreto. Si el Señor hubiera accedido, no sé si hubieran quedado contentos con su modo de repartir…

Pero Jesús no deja la cosa así nomás, sino que aprovecha para elevar la conversación. Primero aclara que él no es juez ni árbitro en cuestiones de herencia. Luego va a la raíz de las disputas económicas y políticas la avidez (que como dice un obispo amigo es el mal actual de la Argentina). Y por último, cuenta Jesús la parábola del que atesoró cosas para sí en vez de atesorar lo que nos hace ricos a los ojos de Dios.

Contemplamos primero la Persona de Jesús. Cómo se sitúa frente a nuestros conflictos humanos.

No es uno que «no se meta» en los conflictos. Se mete. Pero no como juez y repartidor de bienes, sino como uno que va a la raíz de las luchas y discierne que  el problema está en la avidez, y como uno que habla en parábolas, no dando definiciones sino abriendo un espacio narrativo para que uno piense por sí mismo las cosas. 

El Señor es Juez. Pero juzga nuestras obras de misericordia, en las que se muestra la intención última y libre de un corazón. Otras cosas no las juzga, más bien las perdona. 

El Señor es repartidor, pero de talentos para servir a los demás, no de puestos y menos de dinero. 

El punto por tanto es mirar bien Quién es Él, para alzarnos a la altura de lo que puede hacer por nosotros, de la Vida que nos puede comunicar y de los dones que nos puede dar para el bien común, y no para bajarlo a opinar y juzgar de las cosas que hacemos por interés propio. 

Cómo miramos a Jesús dice mucho de nosotros mismos. La tarea contemplativa es tratar de considerarlo a partir de lo que Él mismo nos revela de sí en el Evangelio. Y allí vemos cómo el Señor va mostrando quién es Él en la acción, en sus respuestas espontáneas a las cosas que le dice la gente. Cuando se trata de los enemigos, que le hacen preguntas capciosas, el Señor se muestra prudente. Pero con los que le hablan sinceramente, aunque sean indiscretos, Jesús responde también con mucha franqueza y saca una enseñanza para todos. De ahí el «hombre! quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes». El otro le habló francamente y el Señor le respondió de igual modo. Con una frase lo ubicó, pero no es que consideró banal su problema. Por el contrario, por eso aprovecha y profundiza en la avidez y le regala al auditorio una parábola.

Por lo que juzga Jesús acerca de la avidez y por lo que dice sobre los bienes que uno «posee», podemos profundizar un poco más y decir que Jesús lo siguiente: Jesús es uno que se ocupa de las actitudes subjetivas de las personas. Si habla de los bienes objetivos -la herencia, la cosecha- es para ayudarnos a reflexionar acerca de lo que esas cosas despiertan en nuestra alma. 

Esto es así porque el uso de los bienes va moldeando nuestro corazón. Cuando compartimos nuestros bienes con generosidad los otros nos abren su corazón y el nuestro experimenta el tipo de bien que es una persona, un bien que está infinitamente por encima de los bienes que son cosas. 

Gustar el «bien en sí  y por sí mismo» que es una persona dilata nuestro corazón, lo hace crecer, lo enriquece. Y Dios mira con asentimiento de Padre este amor entre hermanos que nos hace crecer como personas. 

Por el contrario, cuando obramos solo siguiendo nuestro propio interés, le damos a gustar a nuestro corazón bienes que son «menos» que él. Esto lo va angostando, endureciendo, insensibilizando. No se trata aquí de cosas malas contra cosas buenas, sino simplemente de la diferencia que hay entre una cosa y un corazón. 

Nuestros ojos atesoran imágenes, nuestra mente ideas…,  pero nuestro corazón puede atesorar todo, en el sentido de apegarse afectivamente. Esa es su grandeza y también su maldición. Porque el corazón se va haciendo semejante a lo que ama, y si se adhiere a cosas que son «menos» que otro corazón, se va reduciendo. No es que las cosas sean malas, sino que nuestro corazón está para más. 

Uno lo ve en la gente que ama con envidiable ternura a una mascota. Toda creatura es digna de amor. El asunto es si lo que aprende de sí el corazón amando a una creatura lo hace abrirse a amar a las demás, a cada una según su dignidad, o si, por el contrario, lo encierra en un amor tan exclusivo que termina siendo amor a sí mismo más que al otro. 

San Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión interesante: «Ponderar – dice- con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consecuentemente (cómo ) el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina» (EE 234). 

Este «en cuanto puede», siendo Dios todopoderoso, nos debe llevar a reflexionar. El poder no se ejerce de la misma manera cuando se trata de personas que cuando se trata de cosas. Uno puede dar muchas cosas a otros y hacer muchas cosas por él, pero «darse» sólo se puede según una medida que es compartida. 

De aquí viene la unión que el Señor hace de los dos mandamientos: amando al prójimo nuestro corazón crece en este nivel interpersonal, que es con el que puede interactuar un Dios que es Amor. Si nuestro corazón ama poco a las personas y mucho a las cosas (a sí mismo en ellas) es pobre en esta dimensión de un amor que va creciendo entre dos, en comunidad, y entonces el Señor le «puede» dar poco. En este sentido dice Jesús que «al que tiene, se le dará». 

Ser rico a los ojos de Dios es ser rico en este amor, que late en el centro de la vida compartida, lejos de los extremos de la avaricia de bienes y de la indiferencia ante las personas, especialmente las más necesitadas, que son dos de los grandes males actuales.

Diego Fares sj