El espíritu y la letra del Padre nuestro (17 C 2019)

            Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a rezar, como Juan enseñó a sus discípulos.» 

La letra

Les dijo «Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación, (sino líbranos del maligno).» 

Los dos modos de insistir

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

Cuando vemos a alguien que reza bien se nos despierta el deseo de rezar así. Imaginemos lo que irradiaría Jesús rezando al Padre! Los discípulos le pidieron al Maestro que les enseñara a rezar. Y nos quedó de regalo el Padre nuestro. 

Una oración hermosa y única. Pero me temo que muchas veces nos quedemos con la letra y dejemos de lado el espíritu, es decir el modo de rezar y de insistir. Este modo hace al cariño y al afecto con que hay que pronunciar sus palabras entrañables y tan queridas. 

 Primero el Señor nos dice “lo que tenemos que decir” cuando rezamos. Pero inmediatamente dice algo más: añade la parábola de los amigos y la del padre que da cosas buenas a sus hijos.

Digo de “los amigos” en plural porque el Señor menciona cuatro veces -no dos ni tres!- la palabra “amigo”. 

Se trata de pedir al Padre que venga su reino, que nos de el pan, que nos perdone y en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno… Pero estas peticiones se deben hacer con la confianza y la insistencia con la que un amigo que tiene que atender bien a un amigo que le cayó de sorpresa, se anima a pedirle ayuda a otro amigo, aunque sabe que lo tendrá que molestar un poco porque es tarde. 

 Esta familiaridad y confianza que da la amistad el Señor la usa para decir que si falla, queda aún un recurso más. Después de contar la parábola la desarma, digamos así, y añade otra. Si la primera fracasa, si la amistad no alcanza para que un amigo salga de su zona de confort, como se dice ahora, hay que seguir insistiendo. Y hay que hacerlo -y aquí está el corazón de la enseñanza del Padre nuestro-, como hacen los chicos pequeñitos, que insisten e insisten. Esta petición hecha con insistencia de niños dice Jesús, es la que toca de manera infalible la fibra más tierna del corazón del Padre, que no se puede resistir a dar “cosas buenas” y menos aún “el Espíritu” a los que se lo piden insistentemente.

 Dos modos de insistencia, por tanto: la de los amigos y, si esta no alcanzara, la de los hijos pequeñitos con su papá. Ahí tenemos completo el caminito – diría Teresita – para aprender a rezar. La letra no cambia. Son las palabras trascendentales, que incluyen todo género de oración en sí: La alabanza y adoración en el “santificado sea tu Nombre”; el deseo apostólico de que venga a nuestro mundo su reino; el discernimiento de su voluntad -de lo que le agrada más- para que se concreten sus sueños en la tierra y en la historia así como se concretan en el cielo; la petición del pan nuestro, para todos, cada día; la súplica humilde del perdón que sabe perdonar también a los demás; y el pedido de que en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno. En estos “Odres nuevos” pueden transformarse en Vino todos nuestros deseos y peticiones al Padre, palabra última esta para llamar a Dios; palabra bendita y familiar que nos hace a todos hermanos en Jesús.

 Ahora bien, aprender el tono y el modo -el espíritu- de estas palabras santas, es todo un camino y lleva la vida entera. La clave, afirma con claridad Jesús, está en insistir. Insistir como los chicos, que cuando se trata de algo bueno, saben obtenerlo del corazón de la madre y del papá.

El Señor ha puesto atención en cómo los chicos son capaces de “cambiar” el corazón de sus padres y por eso “juegan” a insistir. No es solo por conseguir caprichos, cosa que puede ocurrir en la superficie de la relación, sino por la alegría que les da poder “ganarles a sus padres”, ganarles el corazón. La sonrisa de los niños cuando logran lo que quieren hace que eche raíces en sus corazoncitos la experiencia fundamental de la bondad y de la predilección. La insistencia que enternece el corazón del padre y de la madre y los hace cambiar, conceder lo que antes no concedían o lo que va más allá de lo debido, de lo necesario y conveniente, es una prueba de amor personal. 

En ese juego de pequeños dones y permisos extras, se va forjando la conciencia de un amor incondicional en el que uno puede pedir lo que quiera, y como sabe que se lo darán, en cierto momento uno comienza a regularse por sí mismo. Invierte la orientación del insistir en pedir y le toma el gusto a la insistencia en dar, también de más, también las cosas buenas que se dan gratuitamente, por amor. 

La experiencia de haber recibido algo que parecía imposible después de insistir es una experiencia de apertura. Paradójicamente, lo que podría parecer que es fruto de la propia voluntad que no se detiene ante nada, esa admiración que causa que otro “deponga” su voluntad y ceda ante la nuestra, abre la puerta a un nuevo tipo de relación, basado en el reconocimiento y en la lealtad, en el saberse considerado como persona y poder responder también de modo personal.

Por aquí va el Señor al enseñarnos a rezar. Una letra preciosa y profunda, para dirigirnos al Padre y un doble modo de insistir: como amigos y como hijos pequeñitos. La oración hecha así, no puede fallar. Y cuanto más uno insista y si algún pedido concreto se hace esperar, en ese espacio abierto del pedir y pedir, se posa el Espíritu Santo, que el Padre siempre envía -sin medida- a los que se lo piden.

Diego Fares sj