Los discípulos y Jesús exultan del gozo de evangelizar a la gente (14 C 2019)

            El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. 

            Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!» Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes.»  Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: «¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.» Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

            Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.» 

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.» Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

            Dos cosas antes de empezar la contemplación de hoy sobre el gozo de salir a evangelizar”. Una es que, como estoy haciendo mis ejercicios, me entró una duda de si hacer la contemplación para compartir como todos los sábados o no hacerla para no distraerme (y de paso dejar que los que la reciben hagan la suya por su cuenta, que a eso quieren ayudar estas que son “media-contemplación” nomás). 

            Un pequeño discernimiento ayudó. Lo hice no por razones sino por consolaciones, sintiendo que me alegraba poder compartir este evangelio, que como es del gozo de evangelizar y yo estoy contemplando los misterios de la resurrección viene muy a cuento. Así que me levanté un rato antes, para no robarle tiempo a la evangelización que el Señor tiene que hacer conmigo en las oraciones de hoy. 

            La otra cosa es la foto. Buscaba fotos de discípulos misioneros alegres y las hay por miles. Así que elegí una linda de Manos Abiertas y cada uno puede buscar una suya personal, en la que se lo vea en una misión, en grupo y contento. Desde aquella primera misión famosa de los “Setenta y dos” los cristianos no hemos dejado de salir a evangelizar, siempre, por todas partes del mundo y de distintas maneras, y la alegría del evangelio brota siempre desbordante, como la primera vez.

            Compartiré algunos puntos sobre esta experiencia comunitaria de “volver llenos de gozo” de una misión.

            Se trata de una alegría especial con la que el Señor comienza a ejercer lo que San Ignacio se animó a definir como un oficio: “el oficio de consolar, que Cristo Nuestro Señor trae”. Y precisa que Jesús consuela “cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

            De esta experiencia de gozo, si uno tira como de un hilo, sale todo el evangelio. Siguiendo los pasos del evangelio, vemos que el Señor comienza a enseñar a los discípulos  “el discernimiento”. Es ese discernimiento en el que Francisco tanto insiste. A algunos les ha parecido una “particularidad jesuita” pero resulta que, como vemos aquí, más que de una particularidad se trata de una “universalidad evangélica”: es lo primero en lo que el Señor ejercita su oficio propio. Jesús les enseña a sus discípulos a discernir esa alegría verdadera de otra que se le quiere pegar y que no es tan pura. La enseñanza la da en caliente, en el fervor de la experiencia misma que acaban de vivir. Pareciera que Jesús pesca una tentación al vuelo en uno que, muy seguro de su experiencia, cuenta con sinceridad lo que más le admiró: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. No sé qué percibió el Señor. Una pizquita de autosatisfacción en el ejercicio del poder? Sea lo que sea, el hecho es que Jesús, por un lado, lo confirma, diciendo que es verdad que les ha dado ese poder, pero inmediatamente libera la alegría de su resultado frente al mal espíritu y la coloca en su sitio verdadero. 

            Digo que es un discernimiento porque se dan dos pasos: hay un “no” y un “más bien”: “No se alegren por eso, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”. Y luego, el otro paso del discernimiento, la confirmación. Como confirmación de su discernimiento el Señor mismo “exultó de gozo en el Espíritu Santo”.

            Qué sacamos de provecho nosotros? Una cosa es cierta: nuestra alegría evangélica “no es contra nadie”. Como dice el “Martín Fierro” en sus versos finales: Y si canto de este modo,/ Por encontrarlo oportuno,/ No es para mal de ninguno /Sino para bien de todos. 

            Este punto es importante. Me hacía ver el compañero jesuita que me da los Ejercicios que el Señor resucitado “no se aparece a sus enemigos. Nos hubiera gustado -me dice-, quizás para sacarnos las ganas y decirles ‘vieron?’. Pero Él solo se aparece a sus amigos”. Y aún estos tienen que profundizar en la fe y en la amistad, que si no ni ellos mismos lo ven aunque camine a su lado. 

            Podemos ver aquí un ingrediente de la evangelización: salir a evangelizar produce como fruto una alegría especial, la Evangelii gaudium, como dice Francisco. Pues bien, sobre ese fruto comienza a trabajar Jesús en nuestro corazón. El Señor necesita que experimentemos esta alegría, que la vivamos, y por eso es por lo que nos empuja a “salir a evangelizar”. Una vez que el discípulo se juega y, con la fe que tiene y lo que sabe sale a evangelizar (no es que los setenta y dos discípulos hubieran hecho un curso de teología!)-, el Señor le enseña a discernir esa alegría y a distinguirla de todas las demás. 

            Por qué es tan importante esta alegría? Porque cuando Él resucite, esa alegría será el signo! Por eso hay que tenerla discernida, separada, clasificada con el sello único de su calidad especial. Ella es la que nos permitirá reconocer a Jesús cada vez que nos “anuncie” algún evangelio, cada vez que haga destellar una palabra suya en medio de una situación o nos haga sentir y gustar algo de manera especial.

            Ignacio nos invita a colaborar con el oficio de Jesús de consolarnos pidiendo por nuestra parte su gracia: “Demandar lo que quiero, que será aquí pedir gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor (resucitado)” (EE 221).

            Damos un paso más en esto de la alegría y los amigos. El Señor les fue haciendo experimentar a los suyos, de muchas maneras, con sus enseñanzas, con su trato, con sus milagros, la alegría que da la buena noticia. Es una alegría distinta, pura, sin mezcla. Como la que uno siente cuando a un amigo le va bien. Es una alegría sin sombra de celos ni de envidia. Alegría pura por el otro, por el bien del otro que es al mismo tiempo bien mío, sin confusión ni división. 

            Dice Alberto Moravia que es verdad que los amigos se ven en las malas, pero que más se ven en las buenas. Podés decir que alguien es de verdad tu amigo cuando sentís que te podés alegrar de su triunfo sin sombra de envidia. Esta alegría tiene una doble raíz: enraíza en el bien del otro y enraíza en tu propio corazón, que se dilata al mismo tiempo que se dilata el del otro que experimenta el bien. Es la señal de que hay un solo corazón, es decir que hay verdadera amistad. Y cuando uno experimenta esta simultaneidad en alegrarse por el bien, sea de uno sea del otro, uno experimenta que la amistad es un don. Y se alegra por ello, más que por los bienes externos. 

            Pues bien, Jesús necesita este material -la luz de alegría de la amistad verdadera- para poder ejercer su oficio de consolar con su presencia. El está. Pero si uno no tiene ojos habituados a esta luz de la amistad, no lo ve. Sin esta luz de la fe -fe incondicional como la fe que uno tiene en un amigo-, los ojos están como los de los discípulos de Emaús: cubiertos por el velo del “ídolo invisible”, el ídolo del discurso propio y de las propias expectativas. Ese ídolo invisible hace que uno vea solo lo que el ídolo quiere ver.

            El Señor resucitado ha dejado de ser “objeto de posesión”. Es libre. Se hace presente cuando quiere y lo ven solo los que tienen fe. Una fe ejercitada en “ver objetos que no se pueden poseer”, como la amistad. Sería tonto querer “poseer una amistad”. 

Al no ser “objeto de posesión” Jesús no es objeto de visión ni de discurso. No pueden razonar sobre él los que no son sus amigos primero! 

            Así, la fe es el primer paso. No una fe “ilustrada”, sino

una fe simple, como la que uno tiene en sus amigos. 

            Partiendo de esta fe, poca o mucha, pero de uno, hay que animarse a “hacer algo en nombre de Jesús”. Y ver luego el resultado: la alegría que da jugarse así. 

            Jugarse en algo pequeñito, digo: basta dar un vasito de agua a uno, como dice el Señor. 

            Sobre esa alegría el Señor comenzará a ejercer su oficio de consolar, como los amigos consuelan a sus amigos.

            San Ignacio, con sus Ejercicios, nos da su ayuda para experimentar esta “consolación” verdadera, ayuda para discernirla bien y ayuda caminar en ella: de consolación en consolación en seguimiento del Señor, que ejerce con nosotros su oficio mientras vamos de camino a la gente.

Diego Fares sj