Las palabras de las mujeres (Pascua C 2019)


            El primer día de la semana, temprano de madrugada [las mujeres] fueron al sepulcro, llevando consigo las sustancias aromáticas que habían preparado. Encontraron que la piedra había sido corrida a un lado del sepulcro y, habiendo entrado, no encontraro el Cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaban que sentido tenía todo eso, de pronto se presentaron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Las mujeres, aterrorizadas, tenían el rostro vuelto hacia el suelo, pero ellos les dijeron: « ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.»» 

           Y ellas recordaron sus palabras y, regresando del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago. También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles. 

            Estas palabras le parecieron a ellos algo sin sentido y no creyeron en lo que decían. Pedro, sin embargo, se levantó, corrió al sepulcro y, agachándose, vio sólo las sábanas de lino fino. Y volvió a casa, lleno de estupor por lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

            Si se pudieran filmar los sentimientos, veríamos que en el corazón de las mujeres en la mañana de Pascua, el peso decisivo lo tenía su Señor Jesús. Su Cuerpo, lo que quedaba de Él, pensaban, era lo que las movía, antes que ninguna otra cosa. Por eso casi no habían dormido, preparando perfumes, y apenas se los permitió la costumbre, corrieron al sepulcro llevando los aromas para embalsamar el Cuerpo del Señor martirizado. 

            Saben que el cuerpo se corrompe, saben que está todo herido y lastimado, y quieren honrarlo limpiándolo, envolviéndolo en las sábanas, perfumándolo para que tenga digna sepultura. 

            Jesús está en el centro de sus pensamientos, es lo único que las mueve en medio de esa inimaginable desolación y pena que viven. Que Jesús, su Amigo y Señor, está en el centro, es algo que se puede ver por cómo actúan. Las discípulas se mueven con cosas concretas: las sustancias aromáticas, los lienzos, las vendas… Cosas que preparan con sus manos para no dejar que la tristeza y el dolor las paralicen. 

            Sienten miedo, seguramente, al ver la piedra corrida y el Cuerpo que no está… Pero no piensan en los soldados ni en lo que habrá pasado. Ellas entran directamente a buscar el Cuerpo del Señor. «No sabemos dónde lo han puesto», le dirá María Magdalena al Señor en persona, confundiéndolo con el  jardinero. No lo ve, pero por el exceso de la intensidad de su deseo de verlo. «No sabemos dónde lo han puesto». A las amigas seguidoras no les importa quién ni cómo se lo llevó, sino dónde, porque lo que les interesa es el Señor, no las circunstancias. Es más, experimentan terror ante el resplandor de los vestidos de los ángeles, que es tan fuerte que las obliga a bajar la vista al suelo; sin embargo, ni siquiera su terror les impide escuchar lo que les interesa. 

            Y aquí nos detenemos a contemplar, en el corazón de las mujeres, al Jesús que Ellas quieren, al que «vieron» desde el primer instante en que lo conocieron, cuando experimentaron su manera de tratarlas. 

            Les interesa ese Jesús, su Amigo. Solo y todo lo que se refiere a Él, a su Persona. Por eso siguen la indicación de los ángeles cuando las instan a recordar: «Recuerden cómo les hablaba cuando aún estaba en Galilea, las palabras que les dijo». Me admira que sean capaces de obedecer una orden tan concreta. Decirles que recuerden es como decirles que no busquen allí, delante de sus ojos, sino que busquen adentro. Es una indicación que las saca del momento apremiante que están viviendo y, al obedecer sin más, porque Lucas hace notar que «recordaron», nos regalan el primer acto de fe en Cristo Resucitado de la historia. Acto de fe simultáneo con el de otra mujer (si seguimos la intuición de Ignacio de que el Señor se apareció primero a su Madre) con el de María, Nuestra Señora, que de estos actos de fe que hacen vivir lo de afuera desde adentro, es el prototipo y el modelo que los precede e incluye a todos. 

            La obediencia -el oir bien al Otro- de la fe, las hace hacer memoria, las lleva a ir a buscar las claves de lo que les está pasando en algo que el Señor ya les había anunciado. Esta operación de la memoria es lo propio de la fe. El primer paso. Ante la palabra de los ángeles, ellas son capaces de dejar de mirar el vacío físico que ha dejado el cuerpo del Señor Jesús, que ya no está allí entre los muertos, y recordar las palabras del Señor que sí están impresas en su memoria.

            Si comparamos esto que ellas hacen inmediatamente -se acercan, escuchan, obedecen, creen y van a anunciar-, vemos que es lo mismo que a los discípulos y a Simón Pedro les llevará más tiempo. Ellos en un primer momento no creen a las palabras de las mujeres (que son las de los ángeles, que son las de Jesús!). Les parecen palabras sin sentido, porque son palabras que indican algo que uno tiene adentro y ellos en cambio tratan de vislumbrar algo afuera. No son capaces todavía de meterse adentro de sí mismos, no son capaces de recordar para entender, de hacer memoria de lo que Jesús mismo les había dicho.

            Este proceso de «recordar» las palabras del Señor, de «recordar» en realidad toda la Escritura, será lo que el Peregrino  Resucitado les ayudará a hacer a los discípulos de Emaús. 

            Las palabras de las mujeres! Son palabras que suenan sin sentido a los oídos de los discípulos. Porque ellos las escuchan como viniendo de «apariciones imaginarias» (es muy común cuando uno escucha a otro esta operación de identificar lo que dice como algo no suyo sino que ha tomado de otro). Y está bien, pero si uno da dos pasos más: constatar que esas palabras ya están dentro de uno, y recordar cuándo fue que a uno lo conmovieron porque fueron palabras que sintió de Jesús, de alguien que predicaba el Evangelio. La fe es recordar, es escuchar como uno escuchó en su primer amor, es escuchar como cuando uno se dejó conmover, como cuando uno creyó por primera vez.

            Todo este proceso, en el que las mismas palabras a unas las lleva a la fe, porque las conectan con lo que sintieron cuando Jesús en persona se las dijo, y a otros les parecen un sinsentido, porque tratan de analizar la situación y no entran en sí mismos, nos tiene que llevar a cuestionar nuestra fe. A cuestionar bien la fe que ya tenemos, en la medida -grande o pequeña- que la tengamos: agradeciéndola como un don. Constatando que esta fe está unida a alguna Palabra de Jesús que nos tocó, como sólo Él sabe hacer, en lo hondo del corazón. En torno a esta fe-semilla, que fue sembrada por alguien en nuestro corazón en algún momento de la vida, se confirman todas las demás. El Señor siempre suma y la fe se construye de fe en fe.

Ante lo que nos sucede hoy, ante las tumbas vacías y ante las palabras de los que nos dicen que Jesús está vivo, tenemos que «recordar» cuándo nos fue dicho que las cosas iban a ser así, para que el vacío que experimentamos hoy en vez de ser un hueco, sea una promesa nueva, algo que nos mueve a ir para adelante. Todo este proceso de las mujeres de interiorizar las palabras, nos debe llevar también a cuestionar la otra fe, la que nos falta, a cuestionarnos el por qué de nuestra poca fe. No será que a las palabras que tenemos que usar para ir adentro las usamos para parlotear de las cosas de afuera?

            No busques entre los muertos al que está vivo.Esta palabra es para instarnos a dejar de buscar a Jesús en las charlas de los muertos. Cómo sé si lo que estoy leyendo en el diario o en los twetts del celular son charlas de muertos? Esto no te lo puede enseñar enteramente nadie. El grado de vida de una palabra es algo interactivo: las mismas palabras, como vemos, dichas por los ángeles y comparadas con las que las mujeres habían conservado en su corazón cuando las escucharon de labios de Jesús, les bastan para creer que es verdad que Cristo vive; y dichas por las mujeres, a los discípulos, que las desprecian un poco y que a las palabras de Jesús las habían recibido poniéndolas un poco entre paréntesis, les parecen «sin sentido».

            Cada uno tiene que empezar desde donde está, como cuando se estudia un idioma nuevo. Hay que ir leyendo las Palabras de Jesús con humildad y con amor -pidiendo como limosna que nos de alguna palabra viva para sentir y gustar- y luego estar atentos durante el día, cuando esa misma palabra resuena en boca de alguien «vivo», de gente como estas discípulas amigas del Señor, que vienen cultivando en su interior las palabras de Jesús desde hace más tiempo y con ellas iluminan lo que sucede en la actualidad. 

Si uno en cambio se la pasa escuchando discursos de muertos, si se llena los oidos y la mente y los afectos con las palabras de los que no cultivaron nunca palabras vivas, estas palabras no solo no despertarán las que sembró y siembra siempre Jesús en nuestro corazón, sino que las ahogarán como las espinas y yuyos de la parábola de la semilla.

            Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.Esta palabra es para sacarnos del «no puede ser» y acompañarnos en el «era necesario». El «era necesario» es la palabra interior que nos lleva a aceptar todo como primer paso para que se convierta en arcilla en manos del Alfarero, que puede rehacer las cosas como mejor le parece. Pero para ello hay que aceptar todo: lo bueno y lo malo, la gracia y el pecado, lo justo y lo injusto… y el tiempo que pasé sin aceptar muchas cosas… todo. El modo como Jesús acepta todo lo que le pasó a Él es el recipiente en el que puede meter «todo lo que me pasó a mí», para que se fusione con lo suyo y comencemos de nuevo o demos un paso más, juntos. 

            También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles.Tomo esta última palabra como confirmación de este «camino y modo para tratar las palabras» que nos enseñan las mujeres. No solo las que son llamadas por nombre, María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago, sino también «las otras mujeres que las acompañaban». Esas que son parte del ejercito incontable de mujeres de fe, compañeras entre ellas, compañeras de Jesús, las primeras en adoptar el método de interiorizar la Palabra, de «recordarla», que despierta la fe y da frutos de caridad. Teólogas sin título (para los que miran las cosas desde afuera). Predicadoras de las cosas de Dios, para los que escuchan conectando las cosas desde adentro.

Diego Fares sj