Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor – Felices los que creen sin haber visto (Pascua 2 C 2019 y fiesta de Beatificación de los mártires riojanos)

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: La paz esté con ustedes. Y añadió: Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos: Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó: Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.
Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó: Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).


Contemplación
Entre dos alegrías plenas se desarrolla el pasaje del Evangelio de hoy: la que llenó el corazón de los discípulos al ver a Jesús y la alegría sellada con una bienaventuranza del Señor resucitado que llama felices a los que creen si haber visto, a los que se alegran en la fe.
Hablando de la alegría, en su diálogo radial de los viernes con Fernando Bravo en Continental, citaba el padre Ángel Rossi a nuestro poeta Leopoldo Marechal quien, en su «Didáctica de la alegría», exhorta a todos a visitar a alguna persona alegre si es que fuimos visitados por uno de esos tristes que eligen la tristeza como opción: «Buscarás en seguida la casa de un Alegre; pues en verdad te digo que vale más la rota pantufla de un Alegre que la sandalia nueva de los Tristes». A Fernando Bravo le nació compartir que él tiene una especie de receta para sí mismo cuando pasa por alguna prueba dura, como quien se encuentra en medio de una tormenta, que consiste en recurrir a las cosas que le dan alegría para poder seguir nadando, decía. Y Rossi le recordó que para eso había una regla de San Ignacio, que dice que en los momentos de desolación hay que hacer memoria de las gracias recibidas. La memoria agradecida activa ese reservorio de gracias que están en el alma ya que, por cada tristeza o dolor, la vida nos ha regalado dos o tres gracias y alegrías.
Esa reserva de Alegría se nutre de evangelios como el de hoy, que nos dice que «los discípulos se alegraron al ver al Señor». La alegría, como dice Rossi, es para dar. Por eso no hay que temer pedirla y experimentarla. Y la alegría que los discípulos sintieron al ver al Señor Jesús resucitado y al recibir su paz -esa paz que el Señor da de manera reiterada- es -lo fue y lo sigue siendo- para nosotros. En sí misma, la alegría es para dar, es contagiosa, expansiva, como la sonrisa, como el ánimo positivo, como el entusiasmo y la danza y el meterle para adelante. Las apariciones del Señor que alegraron a los testigos son el reservorio permanente de una alegría pascual que se transmite y se expande a lo largo de todas las generaciones. Por eso el Señor la «selló» con una bienaventuranza, diciendo expresamente que la alegría de los que creen sin ver, de los que la reciben a través de los ojos, el corazón y el anuncio de los testigos, es propiamente la Alegría que Él vino a traer, esa que nada ni nadie nos puede quitar.
La alegría es el fruto que brota del amor cuando está en presencia de un bien. El bien de la presencia del Señor resucitado se experimenta por el sentido de la vista, al que Tomás necesita -cree él- agregar el sentido del tacto: Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré». Jesús le concede esta experiencia pero, pensando en los que vendríamos, se la consolida fundándola en una experiencia más honda y estable todavía: la de la fe. Él es, si se puede hablar así, objeto de la fe. En el sentido de que su presencia interactúa no solo con nuestros ojos y con nuestro tacto, sino con todo nuestro ser. Así como la memoria de un ser amado activa nuestro amor aún estando lejos y la menor señal de su presencia -una palabra, un mensajito, algo que nos envía como regalo…-, basta para alegrarnos el día, así la memoria del Señor – de todo lo que nos dio y de todo lo que nos dará- se hace presente en esta fe, que es adhesión del corazón. Alegra la presencia de la persona amada, pero también alegra el amor que se le tiene, esté presente o esté ausente; alegra experimentar el propio ser como ordenado a otro, como don para el otro.

Tener fe, alegra. Así como nuestros ojos se alegran de la luz del día (de que «haya» luz) y, en la misma medida, se alegran de «verla» (de estarla viendo), así el corazón de los discípulos se alegra de que el Señor haya resucitado y también se alegra «al ver» al Señor, de estarlo viendo.

Esta alegría de ver con los ojos y de tocar sus manos y sus pies y la herida de su costado se fragua, como se fragua la alegría del que ha visto con sus ojos y tocado con sus manos el amor que otro le profesa, al hacer suyo interiormente ese amor en una alianza irrevocable de fidelidad para siempre. Lo que hace la fe es sellar una alianza entre dos. No es solo la alegría de ver y tocar a otro, sino la alegría de decidir que basta ese gesto externo para que el bien pase a ser la misma alianza, la fe fiel entre dos, que se alimenta a partir de ahora desde el interior y no desde afuera.

El signo de que esta fe mutua es un bien real, un amor operante que ha establecido una conexión que pasa de espíritu a espíritu, de interioridad a interioridad, es que no se necesitan gestos externos que lo prueben. Más aún, cambia el centro de gravedad: la dinámica del amor pasa a gozar más con los pequeños gestos que con los grandes, porque en lo más pequeño externo se da más lugar a la expansión del amor interno vivido en común, sobreentendido, adivinado, íntegro. La fe no se contrapone a la visión ni al tacto, como si actuara también ante un objeto «externo». La fe dirige la vista y todos los sentidos y virtudes del alma hacia un bien nuevo, que no es solo «otro» sino lo que une a dos personas, el mismo amor «compartido interiormente».
En el mismo reservorio en el que la memoria agradecida de la Iglesia guarda la experiencia de esta fe de los testigos, que se fraguó como un bien a compartir con todos los pueblos, mediante el bautismo que sumerge en el agua viva de esta fe común y la predicación del evangelio, se guardan las experiencias de fe de nuestros santos. Así, la fe es un bien que corre como una vena de agua interna por nuestros cerros y brota en vertientes aquí y allá.
La fe de nuestros mártires riojanos, Carlos Murias, Gabriel Longueville, Wenceslao Pedernera y Enrique Angelelli, se convierte hoy en vertiente que confirma nuestra fe, en ese Reservorio de Resurrección que corre por nuestra geografía y nuestra historia, aunque no siempre lo veamos externamente.

Y nos hace sentir más felices el hecho de no verlo, como no lo vieron ellos, seguramente en los momentos de martirio y persecución, porque así creemos mejor. Sin ver creemos mejor, porque la fe nos une de modo más interior y estable. Un signo de esta fe serán las campanas de Sañogasta. Hoy, en la fiesta de Beatificación de los cuatro mártires riojanos, sonarán con alegría de resurrección las Campanas de Sañogasta que bendijo Monseñor Angelelli en la Pascua de 1975.
Decía así nuestro obispo mártir: «En esta pascua del Señor bendeciremos en Sañogasta las campanas del templo parroquial, que está construido de piedra y recostado sobre el imponente cerro del Famatina. Las campanas llevarán este nombre: ‘AÑO DE GRACIA 1975’.
Estas campanas -decía, soñaba él en su fe- son el símbolo de una realidad cargada de esperanzas». Y agregaba como si las escuchara en este futuro suyo que nosotros vivimos hoy, unidos en la misma fe: «Ellas seguirán convocando al pueblo para anunciarles, precisamente esto: la Vida y la Esperanza. Convocarán al pueblo, sí, para celebrar la vida de cada día, en el corazón de cada uno de nosotros, en cada hogar y en cada pueblo; convocará a La Rioja a que no detenga su marcha y a que la festeje cada día con el esfuerzo confraternizado y con la esperanza de todos».
Hablaba luego el Pastor de los sufrimientos del pueblo riojano y terminaba con estas hondas palabras suyas sobre la paz, que es la forma básica y permanente de la Alegría cristiana, como el agua que va buscando siempre el bajo, para seguir andando nomás:
«Así se construye la paz:
Con una dolorosa maduración de la fraternidad como signo y anticipo del Reino de los Cielos en su plenitud.
Con la alegría de poder expresar y escuchar libremente los anhelos guardados en el alma de un pueblo.
Recobrando el sentido, la necesidad y la dimensión de adorar a Dios como Padre que ama a sus hijos y es operante para que ellos tengan vida y la tengan en abundancia.
Recobrando la eminente dignidad de los pobres.
Arriesgando la propia en el amor, hasta saber morir a uno mismo y entregar la vida como servicio para que los demás sean felices» (E. Angelelli, Mensaje de Pascua, 1975).
Que en este sábado-domingo de Pascua de la Beatificación de nuestros mártires riojanos, el Espíritu que nos donó el Señor Resucitado se interiorice en el corazón común que tenemos como pueblo, y al escuchar las campanas de La Rioja sonando a Resurrección, nos fundamos en ese encuentro, en ese «Tinkunaku» que solo la fe establece y alimenta en lo más hondo de nuestro ser, con «la alegría de poder expresar y escuchar libremente los anhelos guardados en el alma de nuestro pueblo», como decía Angelelli.

Diego Fares sj 

Las palabras de las mujeres (Pascua C 2019)


            El primer día de la semana, temprano de madrugada [las mujeres] fueron al sepulcro, llevando consigo las sustancias aromáticas que habían preparado. Encontraron que la piedra había sido corrida a un lado del sepulcro y, habiendo entrado, no encontraro el Cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaban que sentido tenía todo eso, de pronto se presentaron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Las mujeres, aterrorizadas, tenían el rostro vuelto hacia el suelo, pero ellos les dijeron: « ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.»» 

           Y ellas recordaron sus palabras y, regresando del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago. También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles. 

            Estas palabras le parecieron a ellos algo sin sentido y no creyeron en lo que decían. Pedro, sin embargo, se levantó, corrió al sepulcro y, agachándose, vio sólo las sábanas de lino fino. Y volvió a casa, lleno de estupor por lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

            Si se pudieran filmar los sentimientos, veríamos que en el corazón de las mujeres en la mañana de Pascua, el peso decisivo lo tenía su Señor Jesús. Su Cuerpo, lo que quedaba de Él, pensaban, era lo que las movía, antes que ninguna otra cosa. Por eso casi no habían dormido, preparando perfumes, y apenas se los permitió la costumbre, corrieron al sepulcro llevando los aromas para embalsamar el Cuerpo del Señor martirizado. 

            Saben que el cuerpo se corrompe, saben que está todo herido y lastimado, y quieren honrarlo limpiándolo, envolviéndolo en las sábanas, perfumándolo para que tenga digna sepultura. 

            Jesús está en el centro de sus pensamientos, es lo único que las mueve en medio de esa inimaginable desolación y pena que viven. Que Jesús, su Amigo y Señor, está en el centro, es algo que se puede ver por cómo actúan. Las discípulas se mueven con cosas concretas: las sustancias aromáticas, los lienzos, las vendas… Cosas que preparan con sus manos para no dejar que la tristeza y el dolor las paralicen. 

            Sienten miedo, seguramente, al ver la piedra corrida y el Cuerpo que no está… Pero no piensan en los soldados ni en lo que habrá pasado. Ellas entran directamente a buscar el Cuerpo del Señor. «No sabemos dónde lo han puesto», le dirá María Magdalena al Señor en persona, confundiéndolo con el  jardinero. No lo ve, pero por el exceso de la intensidad de su deseo de verlo. «No sabemos dónde lo han puesto». A las amigas seguidoras no les importa quién ni cómo se lo llevó, sino dónde, porque lo que les interesa es el Señor, no las circunstancias. Es más, experimentan terror ante el resplandor de los vestidos de los ángeles, que es tan fuerte que las obliga a bajar la vista al suelo; sin embargo, ni siquiera su terror les impide escuchar lo que les interesa. 

            Y aquí nos detenemos a contemplar, en el corazón de las mujeres, al Jesús que Ellas quieren, al que «vieron» desde el primer instante en que lo conocieron, cuando experimentaron su manera de tratarlas. 

            Les interesa ese Jesús, su Amigo. Solo y todo lo que se refiere a Él, a su Persona. Por eso siguen la indicación de los ángeles cuando las instan a recordar: «Recuerden cómo les hablaba cuando aún estaba en Galilea, las palabras que les dijo». Me admira que sean capaces de obedecer una orden tan concreta. Decirles que recuerden es como decirles que no busquen allí, delante de sus ojos, sino que busquen adentro. Es una indicación que las saca del momento apremiante que están viviendo y, al obedecer sin más, porque Lucas hace notar que «recordaron», nos regalan el primer acto de fe en Cristo Resucitado de la historia. Acto de fe simultáneo con el de otra mujer (si seguimos la intuición de Ignacio de que el Señor se apareció primero a su Madre) con el de María, Nuestra Señora, que de estos actos de fe que hacen vivir lo de afuera desde adentro, es el prototipo y el modelo que los precede e incluye a todos. 

            La obediencia -el oir bien al Otro- de la fe, las hace hacer memoria, las lleva a ir a buscar las claves de lo que les está pasando en algo que el Señor ya les había anunciado. Esta operación de la memoria es lo propio de la fe. El primer paso. Ante la palabra de los ángeles, ellas son capaces de dejar de mirar el vacío físico que ha dejado el cuerpo del Señor Jesús, que ya no está allí entre los muertos, y recordar las palabras del Señor que sí están impresas en su memoria.

            Si comparamos esto que ellas hacen inmediatamente -se acercan, escuchan, obedecen, creen y van a anunciar-, vemos que es lo mismo que a los discípulos y a Simón Pedro les llevará más tiempo. Ellos en un primer momento no creen a las palabras de las mujeres (que son las de los ángeles, que son las de Jesús!). Les parecen palabras sin sentido, porque son palabras que indican algo que uno tiene adentro y ellos en cambio tratan de vislumbrar algo afuera. No son capaces todavía de meterse adentro de sí mismos, no son capaces de recordar para entender, de hacer memoria de lo que Jesús mismo les había dicho.

            Este proceso de «recordar» las palabras del Señor, de «recordar» en realidad toda la Escritura, será lo que el Peregrino  Resucitado les ayudará a hacer a los discípulos de Emaús. 

            Las palabras de las mujeres! Son palabras que suenan sin sentido a los oídos de los discípulos. Porque ellos las escuchan como viniendo de «apariciones imaginarias» (es muy común cuando uno escucha a otro esta operación de identificar lo que dice como algo no suyo sino que ha tomado de otro). Y está bien, pero si uno da dos pasos más: constatar que esas palabras ya están dentro de uno, y recordar cuándo fue que a uno lo conmovieron porque fueron palabras que sintió de Jesús, de alguien que predicaba el Evangelio. La fe es recordar, es escuchar como uno escuchó en su primer amor, es escuchar como cuando uno se dejó conmover, como cuando uno creyó por primera vez.

            Todo este proceso, en el que las mismas palabras a unas las lleva a la fe, porque las conectan con lo que sintieron cuando Jesús en persona se las dijo, y a otros les parecen un sinsentido, porque tratan de analizar la situación y no entran en sí mismos, nos tiene que llevar a cuestionar nuestra fe. A cuestionar bien la fe que ya tenemos, en la medida -grande o pequeña- que la tengamos: agradeciéndola como un don. Constatando que esta fe está unida a alguna Palabra de Jesús que nos tocó, como sólo Él sabe hacer, en lo hondo del corazón. En torno a esta fe-semilla, que fue sembrada por alguien en nuestro corazón en algún momento de la vida, se confirman todas las demás. El Señor siempre suma y la fe se construye de fe en fe.

Ante lo que nos sucede hoy, ante las tumbas vacías y ante las palabras de los que nos dicen que Jesús está vivo, tenemos que «recordar» cuándo nos fue dicho que las cosas iban a ser así, para que el vacío que experimentamos hoy en vez de ser un hueco, sea una promesa nueva, algo que nos mueve a ir para adelante. Todo este proceso de las mujeres de interiorizar las palabras, nos debe llevar también a cuestionar la otra fe, la que nos falta, a cuestionarnos el por qué de nuestra poca fe. No será que a las palabras que tenemos que usar para ir adentro las usamos para parlotear de las cosas de afuera?

            No busques entre los muertos al que está vivo.Esta palabra es para instarnos a dejar de buscar a Jesús en las charlas de los muertos. Cómo sé si lo que estoy leyendo en el diario o en los twetts del celular son charlas de muertos? Esto no te lo puede enseñar enteramente nadie. El grado de vida de una palabra es algo interactivo: las mismas palabras, como vemos, dichas por los ángeles y comparadas con las que las mujeres habían conservado en su corazón cuando las escucharon de labios de Jesús, les bastan para creer que es verdad que Cristo vive; y dichas por las mujeres, a los discípulos, que las desprecian un poco y que a las palabras de Jesús las habían recibido poniéndolas un poco entre paréntesis, les parecen «sin sentido».

            Cada uno tiene que empezar desde donde está, como cuando se estudia un idioma nuevo. Hay que ir leyendo las Palabras de Jesús con humildad y con amor -pidiendo como limosna que nos de alguna palabra viva para sentir y gustar- y luego estar atentos durante el día, cuando esa misma palabra resuena en boca de alguien «vivo», de gente como estas discípulas amigas del Señor, que vienen cultivando en su interior las palabras de Jesús desde hace más tiempo y con ellas iluminan lo que sucede en la actualidad. 

Si uno en cambio se la pasa escuchando discursos de muertos, si se llena los oidos y la mente y los afectos con las palabras de los que no cultivaron nunca palabras vivas, estas palabras no solo no despertarán las que sembró y siembra siempre Jesús en nuestro corazón, sino que las ahogarán como las espinas y yuyos de la parábola de la semilla.

            Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.Esta palabra es para sacarnos del «no puede ser» y acompañarnos en el «era necesario». El «era necesario» es la palabra interior que nos lleva a aceptar todo como primer paso para que se convierta en arcilla en manos del Alfarero, que puede rehacer las cosas como mejor le parece. Pero para ello hay que aceptar todo: lo bueno y lo malo, la gracia y el pecado, lo justo y lo injusto… y el tiempo que pasé sin aceptar muchas cosas… todo. El modo como Jesús acepta todo lo que le pasó a Él es el recipiente en el que puede meter «todo lo que me pasó a mí», para que se fusione con lo suyo y comencemos de nuevo o demos un paso más, juntos. 

            También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles.Tomo esta última palabra como confirmación de este «camino y modo para tratar las palabras» que nos enseñan las mujeres. No solo las que son llamadas por nombre, María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago, sino también «las otras mujeres que las acompañaban». Esas que son parte del ejercito incontable de mujeres de fe, compañeras entre ellas, compañeras de Jesús, las primeras en adoptar el método de interiorizar la Palabra, de «recordarla», que despierta la fe y da frutos de caridad. Teólogas sin título (para los que miran las cosas desde afuera). Predicadoras de las cosas de Dios, para los que escuchan conectando las cosas desde adentro.

Diego Fares sj 

Diálogos de actualidad: el descanso y la Cruz de nuestro Amigo Jesús (Viernes Santo, 2019)


Javier Cámara: El otro día una persona conocida me decía que estaba triste porque su hijo y la familia de su hijo usaba el triduo pascual para irse de vacaciones… Así que lo primero antes que todo, que me parece que sería bueno es “recordar qué conmemoramos la Pasión, muerte y resurrección de Jesús». Porque a veces, nos puede pasar, que sea sólo rutina, como una fiesta más que uno “no puede evitar” y lo festeja así como así. O el otro extremo: que, con el argumento de acompañar al Señor en la conmemoración de su pasión y de su muerte, nos metemos en un velorio nosotros y arrastramos a los demás, sin el menor atisbo de esperanza, como si el Señor no fuera a resucitar.

Diego Fares: En estas charlas nuestras, vos trabajás tus preguntas y yo mis respuestas, tratando de meternos los dos, más allá de las palabras, en la lógica del corazón. Por eso por ahí te cambio un poco -no mucho- el orden, poniendo primero alguna expresión tuya que me tocó más. Hoy, Viernes Santo, fue l de ese conocido tuyo, la tristeza de un padre cuando ve que su hijo no hereda lo mejor de la fe -que es el tesoro de familia, el tesoro de la cultura de nuestro pueblo- y se queda con su partecita de la herencia, se toma la semana santa sólo para irse de vacaciones. 

                   Empezamos por aquí: por las vacaciones, por el descanso… y la Cruz. Ese sería el título.

Es una cuestión cultural, social, diríamos, esta de que un hecho significativo se convierta en una Fiesta -religiosa o patria- y que luego la gente lo aproveche para irse unos días de vacaciones. 

Sale afuera la cuestión del deber, que dice: no hay que vaciar de sentido las fiestas importantes. También habla la culpa: si te vas de vacaciones, aunque sea andá a alguna ceremonia o meditá un rato, no te la pases en el casino!

Pero dejando de lado estos pensamientos, nosotros agarremos fuerte este deseo de vacación. Responde a la necesidad que todos tenemos de cortar, de hacer un clic, de resetear el alma sobrecargada con tantas obligaciones y problemas… El deseo de un espacio verde. Pues bien: la semana santa es uno de esos «espacios verdes del alma» como los llamaba Martín Descalzo. Es un regalo que nos hizo Jesús y a un regalo, cada uno lo usa como quiere.

La cruz del Señor es el único espacio verde no contaminado del planeta; la Cruz es lo único que «descontamina» todo.

La dinámica cultural es así: un hecho irreversible, esencial, se convierte en Fiesta. Y la fiesta consiste en poner en el centro un acto, una ceremonia, un rito, al que se lo rodea de un tiempo amplio, sin obligaciones. La gente, por ahí, se salta el rito, la estatua y el himno y se queda con el tiempo libre. Pues bien, no sé si será políticamente correcto, pero esto es lo más auténtico de todo el asunto: el descanso, el tiempo libre para estar con la familia.

Y en la Cruz está el único tiempo libre, donde nadie me va a ir a molestar para querer robármela, sacármela.  

El descanso es una de las dimensiones más profundas de la vida: de la creación y también de la redención. Dios creó el mundo y al séptimo día descansó. Se dedicó a ver cómo todas las cosas eran hermosas y buenas. Y la redención sigue la misma lógica: es un regalo. 

Los grandes hombres -los héroes, los santos, los artistas y creadores- con sus gestos y obras nos hacen un regalo. Y para festejarlos nos tomamos un tiempo de vacación. Más allá de «lo que hicieron» y «lo que conmemoramos», todos les agradecemos este regalo de un tiempo libre para nosotros, para que cada uno lo pase descansando como quiera. La vida está bien hecha y el que descansa bien luego está de humor positivo y trabaja mejor. Así que gracias al Señor por permitir que todos nos conectemos gratuitamente con esto que es humano básico, sin necesidad de añadirle deberes ni culpas. Amigos oyentes, descansen bien en estos días. El Señor no chicanea sus dones, no dice «si van a separar Iglesia y Estado, nos quedamos con los feriados». El Señor sabe que estamos fatigados y se alegra porque sabe que en el descanso el Espíritu nos hará sentir su brisa y su Palabra, sin duda.

                   Ahora bien. El descanso que nos regala Jesús es un descanso más profundo que los demás. Su muerte y resurrección no fueron un hecho puntual que luego tuvo un eco, como una batalla o un descubrimiento, pero ya han quedado en el pasado. Lo que conmemoramos -lo que el Señor mismo nos mandó que hiciéramos en memoria suya- es que Él, que era el único que se podría haber librado de la cruz en este universo, no lo hizo. 

                   Él había salvado a tantos y no quiso salvarse a sí mismo. Recordamos que Él, que se podría haber borrado o podría haber derrotado a sus enemigos con un simple gesto de su mano, como cuando hizo caer en tierra a los soldados que lo arrestaban, no lo hizo sino que abrazó su cruz con amor y dio su vida por nosotros. Lo recordamos y lo festejamos, comiendo su pan y bebiendo el vino de su Sangre bendita derramada por nosotros, para el perdón de nuestros pecados. Este «por nosotros» es importante, pero lo meditaremos luego. Lo que quiero resaltar es que conmemoramos que exista Alguien así, como Jesús, Alguien que pudiendo salvarse Él solo, no lo hizo, sino que abrazó libremente su cruz y entregó su vida hasta el final. Él es así, es uno que elige ser así y, para nosotros, esto es un descanso, porque nos abre otro espacio verde, el espacio verde de una esperanza: la vida no es «escaparle a la cruz», la vida no es ir contra reloj tratando de zafar, desesperados por parar de sufrir, atentos a que no te caiga la mala fortuna, rogando que no te toque a vos la enfermedad, la muerte, el dolor. Vivir así, escapandole al miedo, es lo más común. Pero hubo uno que no lo hizo, que pudiendo, no se escapó. Gracias a Él tenemos estos tres días de vacaciones largas. 

Pero entendámonos bien, Jesús no fue que abrazó la cruz por que sí o porque la quisiera. La suya es una historia especial, es el espacio verde de una historia de amor, dramática, con un final injusto y una muerte cruenta e indigna, de Alguien que la aceptó por ser fiel a lo que era: Él era especial y le decían que no, que era uno más, que no podía ser ese Hijo amado del Padre que decía ser. Y aceptó pasar por lo que fuera con tal de dar testimonio de quién era en verdad Él. 

Festejamos y conmemoramos que exista Alguien así, incontaminado, puro, fiel hasta la muerte. Es un descanso saber que existe Alguien así, como Jesús, que abrazó la cruz por amor. Por amor a sí mismo, en primer lugar. Por amor a sí mismo. Esto es lo que quiero resaltar. Porque Jesús es un don entero, toda su vida es el Regalo que el Padre nos hizo a la humanidad. Y por amor a ese «ser un regalo», por fidelidad a ser quien era, el Señor se mantuvo firme, fue auténtico hasta el extremo, no solo se animó a pasar por la cruz, sino que la abrazó con todo su corazón. Fue lo que le impusieron -le imponemos- como condición para ser creíble. Y él agarró. Eso festejamos. A Él. Más allá de lo que hizo por nosotros. Festejamos que sea así. Que no sea como nosotros que vivimos de la comparación: yo no soy como ese, yo no soy como esa, que son peores que yo, como esos, que son peores que nosotros. Festejamos que Jesús abrazó la cruz porque con Él también nosotros podemos ser gente así. Gente que sabe que es un regalo para los demás y se mantiene fiel a este «ser don». Tomarse unas vacaciones es conectarse con esta dimensión. Entonces: la Cruz y el descanso: Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, que yo les daré descanso.

Florencia Barzola: Y en este descanso, que es algo básico ¿cómo podemos darnos cuenta-discernir- si estamos conmemorando bien la pasión, muerte y resurrección del Señor? Con qué sentimientos tenemos que entrar en la semana santa? 

DF: San Pablo nos anima a pedir al Espíritu: «dame la gracia -una limosna de gracia- de poder tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús». De mi Amigo Jesús, agrego yo. Porque tener los mismos sentimientos de otro, si es amigo, se puede. Aunque sea alguien tan grande como el Señor. 

                   En muchas cosas esta gracia implica «incrementar» sentimientos naturales, digamos, como es la compasión con los pobres, con alguien que sufre. Todos sentimos la compasión en alguna medida y Jesús siente lo mismo sólo que más hondamente, más entrañablemente, como un hermano, como una madre. Ante la Cruz, en cambio, los sentimientos del Señor son algo que nos es enteramente desconocido y sentir como Él es puro don que Él sabe a quién se lo da, cuando y cuanto. Recuerdo que a los veinte años el padre jesuita que me acompañaba en el discernimiento de mi vocación sacó el tema de la cruz y yo, espontáneamente, le dije que no sentía que el Señor me cargara con «el peso de la cruz». El hizo una pausa y luego, con mucha delicadeza, me dijo una frase que cuarenta y cinco años después todavía me descoloca: «Capaz que es porque no tenés espaldas para llevarla, todavía». Esa frase signó mi vida. Sobre todo cuando veo a tantos que cargan una cruz más pesada… Hace poco, Francisco sin saber de aquella frase, en medio de una conversación, hizo que la recordara. No recuerdo qué le había dicho yo y él, como de pasada, metió una frase: «pedile la cruz al Señor. Por ahí te la regala». Lo sugirió y pasó a otro tema, como suele hacer cuando dice algo importante que no es suyo sino algo que lo tiene que confirmar el Señor interiormente.

                  Aquí es donde, para discernir bien, no hay que mirar ni la propia cruz ni la de los otros, sino la de Jesús. Sólo Él es el que carga La Cruz, el que convierte las cruces de todos en Su Cruz y el que nos enseña a cada uno a llevarla. Tenemos que pedir la gracia, cada uno en la medida en que le de el cuero y reciba la gracia, de dejarlo al Señor resumir y fusionar toda cruz en su Cruz. 

Él lo hace a lo largo de nuestra vida. Sin palabras, como seres humanos vamos dejándolo meter mano en nuestra cruz, dejándolo que haga suyos nuestros sufrimientos. Nadie es del todo consciente de este proceso constante, pero sí podemos darle una mano concreta de vez en cuando, como el Cireneo, que se debe haber sorprendido enormemente cuando, obligado a ayudarle al Señor a cargar su Cruz, se encontró luego paradójicamente más liviano y ligero para llevar la suya. 

Una señal de que estamos «en otra onda», de que no sentimos y pensamos con la lógica de la cruz, se puede ver en algo muy concreto. En nuestro estado de ánimo, por ejemplo: si siento a menudo un descontento difuso sobre mi mismo, sobre mi familia y los otros, si alimento un pesimismo generalizado sobre la existencia y tengo una irritabilidad fácil, son signos de que estoy sintonizando otra radio. No es la radio que me habla de la lógica de la cruz. Capaz que sintonicé a Longobardi que me hace reír burlándose del Calvario, pero luego me queda este mal sabor en la boca y en el corazón. Cuando siento estas cosas el discernimiento tiene que ser inmediato: «Me está faltando la Cruz. En este ambiente, en esta charla, están dejando de lado la Cruz o, lo que es peor, se están burlando de ella.  

Si en cambio advierto en mi los signos totalmente opuestos a estos, como ser la paz honda en medio de las dificultades y la lucha de cada día, la alegría incluso en la soledad, sin necesidad de evadirme, la prontitud para mortificarme en pequeñas cosas, la alegría en hacer alguna renuncia que alegra a otro sin miedo a «perderme la vida», es señal de que estoy caminando con el Señor en la vía de la cruz, cargando con Él su yugo que es liviano y llevadero con su ayuda.

Entonces: darnos cuenta, discernir cuando nos olvidamos la cruz. Tendría que ser como cuando uno salió y se da cuenta de que se olvidó el celular. Sin la cruz estamos desnudos, desconectados de la vida verdadera. En ella el Señor nos da «acceso al Padre en un mismo Espíritu». 

JC: Ayer me llamó la atención una aparente “contradicción” entre lo que dice Jesús en el texto de la Pasión, y algo que dijo el Papa en la homilía del Domingo de Ramos. En el texto de la Pasión, el Señor les dice a sus apóstoles, en un momento, algo así como que “es el tiempo del demonio”, o del maligno, pero el Papa, en su homilía, dijo que “es la hora de Dios». Qué me podés decir de esto? 

DF: Vos citás primero el pasaje en que el Señor les dice a los que lo arrestan: esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Pero el Señor siempre habla de esa hora como de «su hora» y le dice: Padre la hora ha llegado, glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17, 1). Es el misterio de que el Señor, externamente, queda a merced del poder de los hombres y del demonio, que hacen con él lo que quieren, pero, interiormente, Él está siempre en manos del Padre, que es el que conduce todos los acontecimientos de la historia. 

         Pero me quedó la palabra «contradicción». Es importante estar atentos a estas contradicciones aparentes que uno experimenta al leer la Pasión del Señor. Porque si no se siente ninguna contradicción es que estamos leyendo solo con la cabeza, es señal de que hemos intelectualizado la cruz. La cruz la experimentamos realmente sólo allí donde se contradicen las cosas, donde no las podemos «solucionar». Por eso, allí donde no sabemos si la hora es de Dios o del demonio, allí Jesús nos enseña a abrazar esa contradicción, a abrazar la cruz. Y como dijo hace poco el Papa: la Cruz no se pueden negociar, o la abrazás o la rechazás.

Eso que vos expresás de «sentir contradicción» es lo que experimentó Pedro cuando vio que Jesús afirmaba que era la hora del poder de las tinieblas pero no se defendía ni dejaba que lo defendieran. Como que todo lo dejaba en las manos del Padre. Allí Pedro siente que ya no entiende más nada. Y eso fue quizás lo que lo llevó a alejarse del Señor, a quedarse dormido en el Huerto, para no verlo sufrir angustia, y luego a negar que lo conocía: es que no sabía «cómo defenderlo». Cuando Jesús lo mira, y cante el gallo, Pedro llorará amargamente. Comprenderá que no era él el que tenía que hacer algo por Jesús, sino que su Amigo estaba dando la vida por él. La Cruz es de Jesús, es donde Él nos salva. Si aceptamos esto, luego sí, como Pedro, podemos ayudar a otros, confirmar a otros en la fe, consolarlos en sus desolaciones.

FB:El Papa hizo referencia a esto el Domingo de Ramos, cuando habló del «encarnizamiento» contra Jesús y del impresionante silencio del Señor en su Pasión. Dijo que el Señor vence la tentación de responder a la furia del demonio, de ser «mediático». Cómo es eso de que no bastan los argumentos y medios humanos?

DF: Cuando hay encarnizamiento, cuando es la hora de las tinieblas, no bastan los medios humanos, hacen falta también los medios espirituales, los que permiten obrar «solo a Dios». En el viaje de regreso de Marruecos, Francisco habló de esto y recomendó leer Las Cartas de la Tribulación: Para este problema «existen dos publicaciones que recomiendo: un artículo de Gianni Valente, creo que en “Vatican Insider”, donde habla de los donatistas. El peligro de la Iglesia es hoy de convertirse en donatista haciendo prescripciones humanas, que se tienen que hacer, pero limitándose a estas y olvidando las demás dimensiones espirituales, la oración, la penitencia, la acusación a uno mismo, que no estamos acostumbrados a hacer. Se requieren ambas. Porque para vencer al espíritu del mal es necesario no “lavarse las manos” diciendo: “es obra del diablo”. No. Nosotros debemos luchar también contra el diablo, como debemos luchar también contra las cosas humanas. La otra publicación es de la “Civiltà Cattolica”. Yo había escrito un libro, en el 87, las Cartas de la tribulación, que eran las cartas del Padre General de los Jesuitas cuando estaba por ser disuelta la Compañía. Hice un prólogo, e hicieron un estudio sobre las cartas que había escrito al episcopado chileno y al pueblo de Chile, acerca de cómo actuar sobre este problema; los dos aspectos, el humano, científico y también legal, para combatir el fenómeno; y también el aspecto espiritual. Lo mismo hice con los Obispos de Estados Unidos porque las propuestas eran demasiado centradas en la organización, la metodología, y sin quererlo se descuidaba la segunda dimensión espiritual. Con los laicos, con todos… quisiera deciros: la Iglesia no es una iglesia “congregacionista”, es una Iglesia católica, donde el obispo debe hacerse cargo de las cosas como pastor. El Papa debe hacerse cargo como pastor. ¿Cómo? Con las medidas disciplinares, con la oración, la penitencia, acusándose a sí mismos. Y en esa carta que escribí antes que ellos [los presidentes de las Conferencias episcopales] comenzaran los Ejercicios espirituales, también esta dimensión está bien explicada. Os agradecería que estudiaseis las dos cosas: el aspecto humano y también el de la lucha espiritual (Francisco, Conferencia de prensa en el viaje de regreso de Marruecos 31 de marzo de 2019).

         La lucha espiritual es así: «En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Creerá que es «su momento», el de su victoria, y en cambio será «el momento de Dios», el momento de gracia. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección» (Francisco, Homilía del Domingo de Ramos 2019).

Entonces: discernir el momento. Allí donde parece ser el peor momento, allí es cuando hay que confiar todo a Dios.

JC: La cruz del Señor está en el centro de la contemplación de hoy, viernes. Pero siempre es -o debe ser- la cruz con Jesús. Está bueno preguntarnos porqué el Señor eligió la Cruz, o porqué Dios eligió el dolor de su hijo para redimirnos? ¿Es el dolor de Jesús el “valor de cambio”, la “moneda con la que compra nuestra salvación”, o es su “Amor”? ¿Es el dolor, el afrontar el dolor, la forma más contundente de demostrar amor? ¿Jesús sigue hoy “sintiendo” el dolor por nuestros pecados? ¿Nos ayudaría para nuestra vida de fe, diferenciar estos dos elementos que están presentes en la Pasión del Señor?

DF: Como bien decís, la Cruz está en el centro. Y ahí tiene que estar. Tenemos que fijar los ojos en ella – en Jesús que está en la cruz-, y dejarnos atraer interiormente a ella, a Él. Es nuestro Amigo que está en la Cruz. Así lo sienten Juan y María Magdalena. Por eso estaban allí. Y también sus amigas, las mujeres que lo habían seguido y «contemplaban» todas estas cosas a distancia. 

Vos hacés las preguntas por la cruz, por el dolor. Cada persona tiene sus preguntas personales frente a la cruz. Y no le sirven las respuestas de los hombres. Hay muchas teologías y filosofías detrás de estas preguntas. Pero hay que saber que ninguna la resuelve. Todas pueden ayudar, pero ninguna «soluciona» la Cruz. Y a veces no hacen sino bloquear la mirada. Ante la cruz y el dolor nosotros solemos preguntamos en primer lugar «por qué» o «para qué» o «cómo fue» o «quién tiene la culpa» … Pero en el momento en que uno hace una de estas preguntas hay que discernir:  esta pregunta me centra la mirada en Jesús crucificado y me abre el corazón como se abrió el Suyo o me hacen apartar la mirada del Señor y me endurece el corazón? 

Cada época formula sus preguntas y las tiene que reformular discirniendo la gracia de la tentación. A mí me ayudan las preguntas que el Papa plantea en clave de amistad

Decíamos que Jesús va a la cruz por amor a sí mismo, por fidelidad a lo que Él de verdad es. Y lo que de verdad es Amigo. 

El Papa toma toma de las preguntas de Jesús resucitado a Simón Pedro y nos dice: «Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada persona (él está hablando a los jóvenes particularmente) es ante todo su amistad. 

Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad» (CV 250).

Por eso, al mirar la Cruz, el Papa nos hace mirar allí a nuestro Amigo crucificado en el centro y nos dice: «Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidadque nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (CV 119).

Y ante el Señor Amigo nos hace formular la pregunta por nuestra vocación, nuestra misión. 

«Para quién soy yo? Es la pregunta. No tanto quién soy yo o para hacer qué estoy en esta vida, sino «para quien soy yo?» (CV 286) 

Cuando uno mira a Jesús en la Cruz, esta pregunta encuentra su respuesta: soy para él, mi Amigo. A los amigos si se les regala algo, se les regala lo mejor, nota Francisco (CV 287). Que no es lo más caro o difícil sino lo que uno sabe que le agradará al amigo. Y presenta a Jesús como el que, «por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20) (CV 118).

Ante la cruz, no respondemos en teoría sino que respondemos existencialmente: «yo estoy junto a la Cruz de Jesús porque Él está allí y es mi Amigo». Punto. Para él fue importante no rechazar la cruz que le imponían, dar testimonio de su amor hasta el fin por coherencia hacia lo que Él era y es: un regalo para nosotros. Murió en la cruz por fidelidad a sí mismo, por fidelidad a ser «todo para nosotros». Por tanto, yo no quiero saber otra cosa sino a Jesús crucificado, como sentía Pablo.

El Misterio de la cruz es que hay algo en el crucificado nos atrae irresistiblemente. Algo nos dice que tiene que ver con nosotros, conmigo en primera persona. Está allí por mí. Pero no funcionalmente por mí, sino porque Él es así, Él era todo para los demás y dio testimonio de ese ser para los demás hasta el final. Tampoco es un por mí metafísico, necesario: para salvarme, porque había que pagar el precio del pecado, porque es necesario atravesar el dolor… Estas causas son explicaciones abstractas de algo vivo mucho más radiante y luminoso. Jesús «abrazó siempre la cruz de los demás» porque Él era así. Y dio testimonio de este modo suyo de sentir y de actuar hasta el final. Por eso, aceptar su cruz, es aceptarlo a Él. Aceptar que allí donde se pierde, el Padre lo salva. Y de su mano, nuestra historia goza de las mismas gracias. La cruz es previa a todo funcionalismo. En la cruz está mi Amigo y por eso yo estoy allí. Para él fue lo más importante de su vida y yo quiero estar allí. Estando al pie, voy comprendiendo su enseñanza, recibiendo los efectos benéficos más que especulando teologías.

Entonces: la Cruz está en el centro porque Jesús es así. Y yo voy a ella porque mi Amigo está allí.

FB: Cada vez que meditamos la Pasión, el Vía Crucis, la cruz, se me viene a la cabeza la escena de la película La Pasión, en la que Jesús, con la cruz a cuesta, ensangrentado, cae nuevamente y en el piso se encuentra con su madre, la Virgen, y le dice las palabras del Apocalipsis: “¿Ves, Madre, que yo hago nuevas todas las cosas?” Yo siento que en esa escena está contenida toda la historia de salvación y, sin embargo, no puedo explicarlo… ¿Me ayudás?

DF: La novedad de Cristo, la novedad de la cruz! Abrazándola el Señor hace nuevas todas las cosas. Yo creo que lo que el Señor le dice a su Madre, lo que nos hace ver con su ejemplo al abrazar la Cruz, es que en ese gesto está «el punto de inflexión». Allí gira la historia, allí vence al mal y lo convierte en bien. 

Se me ocurren algunas «novedades» que suceden cuando Jesús abraza la Cruz (y cada uno de nosotros la suya!).

Una novedad es que las historias cambian a fuerza de abrazos. Dice el Papa: «Nosotros somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grandeque todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. (Una historia de amor siempre es novedosa).El Señor abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar» (CV 120).

Otra novedad, que solo revela el perdón incondicional del Señor en la Cruz, es que «no tenemos precio», que cada uno de nosotros es precioso a los ojos de Dios.

Dice el Papa: Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis.(Esta gratuidad es siempre novedosa!!!)Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) (CV 121).

«Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes«¡no tienen precio! (Que no tenemos precio es novedoso en este mundo en el que todo tiene su precio) ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús» (CV 122).

Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez.(El perdón que se renueva es novedoso, en un mundo que no olvida ni perdona)Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (CV 123).

Y la novedad más grande y que renueva todo es que Cristo vive, lo que anuncia el Papa al anunciar la resurrección del Señor.

«Hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior (que Jesús nos salva): ¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuelaes alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1 Co 15,17) (CV 124).

«Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, (de manera novedosa) para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo» (CV 125).

«Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. (La novedad es que:) En tu vida el mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive» (CV 126).

Diego Fares sj

Las cosas que el rey necesita (Domingo de ramos C 2019)

El Señor iba adelante(de sus discípulos) subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciendo: « Vayan al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontrarán un pollino atado, sobre el que no ha  montado todavía ningún hombre; desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», dirán esto: «Porque el Señor lo necesita.» » Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: « ¿Por qué desatan el pollino? » Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita. » Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús. Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron  a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: « Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas. » Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: « Maestro, reprende a tus discípulos. » Respondió: « Les digo que si éstos callan gritarán las piedras» (Lucas 19, 28-40).

Contemplación

Tres puntos, tres frases del evangelio de Lucas para entrar a nuestra Semana Santa -una entre las 54 semanas del año, acompañando al Señor, el humilde rey que va a la cruz para salvarnos de la autosuficiencia en la que el egoismo nos encierra

El Señor iba adelante. El Señor lo necesita. Si estos callan gritarán las piedras.

Las cosas que el Señor necesita… y que su pueblo le sabe dar.

            Betfagé y Betania eran pueblitos amigos. Jesús tenía a Lázaro, Marta y María en Betania y se ve que en el vecindario se sabía cuando iba y se habían creado lindas relaciones de amistad. Seguro que cuando iba a casa de Marta se cruzaba a más de uno por el camino, y luego la gente encontraba algún motivo para acercarse a verlo… El dueño del burrito o de la burra con su pollino, vivía a la entrada del pueblo y era pasaje obligado. El hecho es que Jesús actúa como un rey -rey humilde y buen amigo, pero Rey al fin- mandando a sus discípulos (que no eran tan conocidos) a que desataran el burro en la casa de esta familia. Como si hoy tomaran de tu garage las llaves de la camioneta! La relación que tenían con el Señor se puede ver en que basta que los discípulos digan la frase «Porque el Señor lo necesita» para que los dejen hacer. 

El Señor lo necesita! Hay cosas que Jesús «desea» – que seamos uno, que tengamos paz, que creamos y confiemos en Él…-, y otras que «necesita». Junto con el burrito, que necesita para entrar humildemente como Rey de Paz en la Ciudad Santa de Jerusalén, se me ocurren otras cosas, muy comunes. El Señor necesitaba un jarrito para tomar agua, porque no tenía, como le hizo notar la Samaritana; necesitó la barca de Simón y de su hermano para poder predicar, apartándose un poco de la orilla, ya que la gente lo apretujaba; necesitó que le llenaran las tinajas de agua para el milagro del vino en Caná; y que el pibe que vendía sangüiches le diera sus cinco pancitos para multiplicarlos…

Cosas que el Señor necesita… Y que la gente sencilla le sabe acercar. 

Contemplando el tipo de relación de Jesús con esta gente de la entrada del pueblo de Betfagé, se me ocurre que Jesús es rey de la gente sencilla. Que la gente lo reconoce y lo trata como a un verdadero rey es algo que se nota en el trato que le brinda a sus discípulos. Quizás en esto se pueda percibir la diferencia entre un rey y una autoridad de otra jerarquía: en cómo trata uno a sus enviados. Podemos decirnos a nosotros mismos: en cómo trato a los empleados, a la gente que trabaja y que sirve, se nota quién es mi rey. Esta sería la máxima. Viendo cómo tratas al colectivero, al que te lustra los zapatos, al mozo, al del kiosko, al del banco, a la maestra de tu hijo, al portero del trabajo…, se puede deducir quién es tu rey. En síntesis, están los que ni siquiera «ven» a los que cotidianamente nos sirven, y los que los tratan como a inferiores o directamente ‘tratan mal’, y esto es señal de que se tienen por reyes a sí mismos (o lo que es peor: al dinero); y están los que tratan bien, como a iguales e incluso como a superiores a los sirvientes, y esto quiere decir que tienen por rey a alguien más grande, a Alguien como Jesús. 

También se puede expresar con la imagen del reino: en qué reino vives? En el reino que baila al son de la flauta del dólar o en el reino donde cotizan los valores del evangelio? Tener por rey a Jesús es algo que se juega en el mundo concreto de las cosas que el Señor necesita y que van unidas, por su voluntad expresa, a las cosas que necesitan sus discípulos, sus amigos, los pobres, los pequeños. Tuve hambre y me diste de comer. Necesitaba un abrigo y me lo regalaste. Necesitaba consejo y me pusiste la oreja. Necesitaba compañía y me viniste a ver y te quedaste a mi lado. 

La gente de Jesús tiene esta natural predisposición a servir donde se la necesita. Es gente de su reino, desinteresada, servicial, trabajadora. Es la mayoría silenciosa que habita el planeta. Quizás no todos conozcan directamente al Señor o, si son cristianos, quizás no «vayan a misa» todos los domingos, pero «son practicantes», en el sentido que «practican las obras de misericordia» comunes, en su vida y trabajo de todos los días. Son gente atenta a lo que «el Señor necesita». Dependen, sí, como todos, del dinero. Pero no lo sirven. No es su rey. Esto se ve fácilmente, se nota, en cómo tratan a los empleados, en cómo tratan a los clientes.

Si estos callan, gritarán las piedras

            El reino de Dios se juega en el servicio y también en el anuncio. Por eso a lo anterior se le suma la cuestión de la publicidad, de las noticias que «se gritan» públicamente.

Podemos decir así: por las noticias que consumes y más aún, por las noticias que compartes y que difundes, se puede ver quién es tu rey. 

Hoy pesa mucho la cantidad, lo que se vuelve «viral». Es un fenómeno nuevo. Antes, la realidad era más maciza: se distinguía fácilmente entre un «hecho» y una «opinión». Hoy se juntan unos cuantos miles de opiniones y adquieren la consistencia de un «hecho». Hay gente que cuantifica el «humor de la gente» (el malhumor, más bien) y como sabe que es decisivo a la hora de «votar», por ejemplo, o de quitar apoyo a alguien, transforma esto tan volatil en un hecho, más real e inmediato que el voto en papeleta que se hace una vez cada cuatro años. 

Pues bien, Jesús fue el primero que «consagró» esta volatil expresión de las multitudes e hizo notar que también se puede tomar como un «hecho» -y profético- este entusiasmo de los niños de Israel que lo alababan y le cantaban llenos de alegría: «Santo, Santo, Osanah el Rey de Israel, bendito el que viene en nombre del Señor!» 

El Espíritu Santo crea también estas ondas de alegría y de entusiasmo comunitario capaces de unificar en una gran consolación a todo el pueblo fiel de Dios y hacerlo cantar las alabanzas al Señor su único Dios. 

Los medios que sirven al dios dinero, cuando se encuentran con una expresión popular así, que peregrina a Lujan o que se junta para defender un valor como la vida, por ejemplo, tienden a minimizarlo. Tratan de acallar estas voces como los fariseos trataban de que Jesús hiciera callar a sus fans. 

También hay personas de buena voluntad que no aprecian estas consolaciones y, acostumbrados a interpretar las cosas con mentalidad mundana, no ven sino expresiones superficiales de  un entusiasmo pasajero de la gente. 

Exteriormente pueden ser iguales una peregrinación a Luján y una maratón, e incluso puede pasar que la segunda convoque más cantidad de gente. Pero espiritualmente no pesan igual. Las consolaciones del Espíritu, los actos de fe, las oraciones de alabanza y adoración, los deseos alegres de pertenecer enteramente a Dios, los actos de servicialidad, pesan en el alma y cotizan en el reino con el peso del amor, que no solo inclina el corazón y lo hace adherirse al Bien -al Bueno, a Jesús nuestro Rey eterno-, sino que lo recrean, lo hacen un corazón nuevo. 

Jesús, que discierne perfectamente una alabanza interesada de una suscitada por el Espíritu y por el Padre que «atrae a todos hacia Él», defiende este publicidad y este voto popular masivo contra toda hipocresía e interés propio de los escribas y fariseos, y dice que si los pequeños callan el Espíritu hará gritar de júbilo a las piedras.

La lección que saco como provecho de la contemplación de este pasaje, en el que Jesús defiende una alegría que se volvió viral por un momento y la consagra como algo santo, de peso, como algo del Espíritu que renace en cada generación ante la presencia de Jesús que entra humildemente en Jerusalen para dar la vida por los hombres, es una lección de marketing: hay noticias que hay que gritarlas, cantarlas, compartirlas y viralizarlas. Y otras a las que no hay que darles bola, como se dice vulgarmente. Esta difusión es un acto no solo religioso sino también ciudadano, que cada uno debe cumplir todos los días en la intimidad de su celular, en los whatsapp y los tweets que lee y que comparte. Es un ejercicio de discernimiento mediático en el que hay que dar el like a lo que es del buen espíritu y el buhh a lo que es del malo.

El Señor iba adelante

            Uno esto con la imagen del Papa besando los pies de los políticos sudaneses. Hace unos días en una charla en Milán, un periodista me preguntaba acerca de «cuando darán fruto estos gestos que el Papa siembra» porque – notaba –  «hay muchas cosas suyas que crean malhumor en mucha gente». Yo le decía que el Papa es uno que va adelante, que los malos humores recaen sobre el que los tiene, y no sobre él, que es uno que está concentrado ciento por ciento en cumplir con su misión y, cada día como si fuera el primero, «le mete para adelante». 

Por eso, quizás, me tocó el pasaje de Lucas en este evangelio del Domingo de Ramos donde  que dice que Jesús se adelantaba, iba decididamente a Jerusalén a cumplir con su misión. 

A la cuestión de los frutos, le decía yo al periodista, se les puede aplicar lo de la parábola de la semilla. En los pobres y en la gente de buena voluntad, la semilla da el ciento por uno. Una misionera comboniana que trabaja en Sud Sudán decía que los sudaneses estaban conmovidos por el gesto del Papa besando los pies de sus políticos. E invirtiendo la pregunta, más que preguntarse por el valor de la semilla, lo que se puede juzgar por los frutos es la calidad del terreno. Hay gente en la que la semilla da un fruto pobre y otros a los que se las roban las aves del cielo apenas cae en ellos, y esto es porque unos tienen corazón superficial y otros porque tienen el corazón duro como una ruta asfaltada. 

Una cosa me llamó la atención. El papa besó los pies a cuatro dirigentes, pero no encontré el nombre del cuarto por ningún lado. Quizás como son sudaneses, no interesa. Sí se mencionan los nombres del presidente de la República de Sudán del Sur, Salva Kiir, y del jefe rebelde de la oposición Riek Machar, ex-enemigo, y de la vicepresidente electa Rebecca Nyandeng De Mabio, que se ve emocionada hasta las lágrimas. A uno ni lo mencionan, pero el Papa le besó los pies igual. Lo más importante fueron las palabras que Francisco selló luego con un gesto de tal magnitud, que algún diario tituló: «primera vez que un papa besa los pies a dirigentes políticos»: les dijo que si se dan la mano «serán padres de pueblos». 

Los pueblos necesitan, desean, líderes así: reyes que sean verdaderos padres de pueblos, que los sirvan y los ayuden a vivir en paz y con dignidad.

Nosotros pedimos tres gracias: una, la de saber reconocer y seguir al Rey en los «que van para adelante»; la segunda, la de ser como los de Betfagé y Betania, gente que está pendiente de lo que el Rey necesita, en la persona de sus enviados y pequeños; la tercera, la de saber discernir y difundir las noticias de los que saben cantar y alabar al Rey verdadero.

Diego Fares sj

«De ahora en adelante…»: el examen de conciencia de la novedad que Dios tiene para mi vida (Cuaresma 5 C 2019)


Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?

Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo.

Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. 

Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:

– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.

 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada.

Levantando la cabeza Jesús le dijo:

– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella dijo:

– Ninguno, Señor.

 Dijo entonces Jesús:

– Yo tampoco te condeno. 

Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación 

«A partir de ahora» (apo to nun) es una de las frases más hermosas pronunciadas por los labios de Jesús. De ahora en adelante, de ahora en más… Es lo que les dice a Simón Pedro y a sus compañeros luego de la pesca milagrosa, cuando Pedro le había dicho, cayendo de rodillas, «alejate de mí Señor, que soy un pecador». No temas, le dijo Jesús, «a partir de ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). Es una de esas frases que cuando solo las pronunciamos nosotros muchas veces es solo una expresión de deseos, como cuando uno dice «a partir de ahora no fumo más» o hace alguna promesa. En la vida de algunas personas, de gran convicción y con la fuerza de voluntad que da una causa grande, es posible visualizar el momento a partir del cual cambió su vida», el momento de su conversión. Todos sentimos agitarse dentro nuestro este deseo de un tiempo nuevo, esta esperanza de que todo sea distinto a partir de un hecho significativo en nuestra vida. Pero la realidad suele mostrarnos que las cosas no son tan así, que en nuestro camino damos pasos adelante pero también hay retrocesos. Y si bien miramos siempre para adelante, al mismo tiempo miramos también las circunstancias presentes y, a medida que pasan los años, tiene más peso la mirada atrás, a lo que en realidad fuimos.

No hace falta abundar en ejemplos. Cada uno puede hacer sus propias cuentas y ver cuántas veces dijo «a partir de ahora» haré, seré, dejaré, comenzaré… y qué frutos dio ese deseo de cambio.

Pero hay algo más en torno a esta frase, lo interesante es escucharla en labios de Jesús y dejar que adquiera su verdadera dimensión. El Señor no es un iluso, conoce nuestras idas y venidas, nuestros entusiasmos y nuestras traiciones. Y sin embargo, pronuncia esa frase con mucha seguridad. Se la dice a la mujer sorprendida en adulterio, se la dice a los pescadores… 

  En Cristo Vive, el Papa Francisco toca este tema hablando a los que acompañan a otros en un camino espiritual cuando se trata de discernir y elegir la propia vocación. Él hace notar que para acompañar a otro se requiere una sensibilidad especial. O más bien «tres tipos de atención». Y una de ellas es la sensibilidad para captar «los impulsos que el otro experimenta “hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro” (CV 294). Y agrega Francisco: «es la atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón» (Ibíd.).

Me «pega» (en italiano se dice «mi colpisce» que el Papa diga: «porque existe Alguien como Jesús». Es decir: los deseos «hacia adelante», los deseos «a partir de ahora» arraigan y adquieren consistencia no en nosotros sino en otra tierra: en la tierra del Corazón del Señor. Si no existe Alguien como Él, estos deseos son para poner entre paréntesis. Pero si «Cristo Vive», si existe -y gracias a Dios que nos lo envió y nos lo resucitó y junto con Él nos envió el Espíritu que da testimonio de que Jesús es el Señor de nuestra vida práctica, la real, la de hoy y «a partir de hoy»- este deseo es lo más valioso y concreto que cada uno de nosotros tiene en sus manos cada día. El punto es «enraizarlo» en Otro: es un deseo para ofrecérselo a Jesús y pedirle que Él lo cuide. Es decir: en el momento en que uno siente esta novedad dentro suyo, en el momento en que surge el pensamiento «y si a partir de ahora cambio… (tal cosa)», antes de que venga el «desilusionador», el mal espíritu, y diga «ni lo pienses, que ya sabés cómo terminan estas fantasías tuyas», antes de eso, digo, hay que presentárselo inmediatamente a Jesús. El es el custodio de nuestros «a partir de ahora», de nuestros «a partir de mañana» como cantaba el querido Alberto Cortez que falleció en estos días, en esa canción tan linda, tan de buen espíritu. 

Jesús «está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que reconozca (la real posibilidad de este anhelo último del corazón) y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!” (Ibíd.).

 Paradójicamente, los que mejor perciben y aferran como algo real esta posibilidad de ser distintos «a partir de un momento» son los que más han «fracasado» -digamos así- en su pasado, no los que van llevando la vida con sus más y sus menos. En términos absolutos es lo que quiere decir el Señor cuando dice que no traga a los tibios, que prefiere a los fríos o a los calientes. La capacidad de jugarse todo en un momento tiene que ver con el habérselo jugado, con el no tener nada que perder y con el tener todo por ganar.

Nadie mejor que la mujer, del evangelio, que ha sido salvada de una condena a muerte (y de la condena de su propia conciencia, porque el adulterio es pecado de traición a la propia promesa, no solo al otro), puede comprender mejor lo que significa la oportunidad de poder «mirar para adelante». 

Atrás todo es degradación, culpa, tristeza… Pero gracias a que existe Alguien como Jesús, es posible dejar atrás el pasado y correr hacia adelante, vivir de otra manera. Este es el regalo más grande del perdón: no lo que obra «hacia atrás» sino que permite vivir de nuevo «hacia adelante». Y el Papa dice que para poder vivir bien el momento presente, lo pequeño de hoy, para poder caminar dando pasos adelante, es necesario estar reconciliados con nuestro pasado. 

San Ignacio nos proporciona un instrumento precioso para poder vivir de manera real y cotidiana nuestra conexión con este «a partir de ahora confiado a Jesús»: el examen de conciencia, le llama él. Es algo que recomienda mucho Francisco, tanto en Gaudete et exsultate como en la última exhortación a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios –Cristo Vive-. Se pueden encontrar fácilmente los textos y lo que destaco es que se trata de un examen «para adelante» no «para atrás». Lo que hay que contemplar y discernir cada día (o cada medio día, como recomendaba Ignacio, alzando la mente por unos minutos para mirar cómo está mi corazón) es este «impulso hacia adelante». Qué gracias, qué deseos me dio el Espíritu para descubrir y seguir la novedad que Dios tiene para mí en este día? Por ahí va la pregunta que uno se puede hacer en esta reflexión sobre su día. Es una reflexión sobre la novedad que Jesús me propone: de ahora en adelante… serás pescador de hombres, de ahora en adelante no busques más tus intereses sino los de los demás, los de Cristo…

Diego Fares sj