Al fin y al cabo, lo que hizo Dios al decirnos que Jesús es el Predilecto fue mostrarnos su Corazón (Cuaresma 2 C 2019)

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Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que la figura de su rostro era otra y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. He aquí que dos hombres hablaban con Él. Eran Moisés y Elías que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros, estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él.

Y aconteció que al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: –Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías. Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube. Y se dejó oír una voz de la nube que decía: –Este es mi Hijo elegido; escúchenlo. Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto (Lc 9, 28b-36).

Contemplación

El Señor se lleva a sus tres discípulos y amigos al monte Tabor porque quiere que vean su gloria, que tengan acceso a la vida que Él vive en ese ámbito misterioso de su intimidad. Le llamo así «ámbito misterioso de su intimidad» para señalar algo que, por una parte nos excede totalmente, pero por otra, es enteramente accesible desde el momento en que el Señor decide manifestarlo. La vida interior de Jesús es rica de relaciones: dialoga con Moisés y Elías, el Padre hace sentir también su voz, el Espíritu cubre toda la zona con su Nube. La belleza de su rostro que brilla como el sol y de sus vestidos, que resplandecen de blancura como la nieve, hacen sentir a Pedro que «es hermoso estar allí». Pero más allá de lo puntual de cada uno de estos signos, lo que traspasa los siglos y toca el corazón de todo el que cree en Jesús, es la maravilla de que Él haya vivido con esta riqueza y esta luz interior en medio de la vida cotidiana sin que se trasluciera en todo su esplendor como sucedió solo en lo que llamamos «la transfiguración».

La transfiguración, al revelar la riqueza interior de Cristo, es piedra de toque para leer todo lo demás: la vida oculta, la vida pública, la pasión y la resurrección. Pablo expresa como deseo para todos los cristianos lo que el Señor les dio a sus amigos en la transfiguración:

«Que (el Padre) les dé, conforme a las riquezas de su gloria,

el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu.

Que habite Cristo por la fe en sus corazones;

para que, arraigados y fundados en amor,

puedan comprender bien, junto con todos los santos,

cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura

y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento,

para que queden llenos de toda la plenitud de Dios» (Ef 3, 16 ss).

            Me llama la atención la frase de «ser corroborados con potencia en el hombre interior». Esta es la gracia mayor que se nos participa en la transfiguración: contemplar al «hombre interior» que es Jesús, fortalece nuestro «hombre interior». Es una gracia de Persona a persona, una gracia que fortalece lo personal en cuanto tal, no esta u otra facultad del espíritu, no solo nuestra voluntad o nuestra inteligencia…, sino nuestro ser cada uno la persona que es.

            Dentro de cada uno de nosotros hay lo que Pedro llama un «hombre escondido en el corazón» (1 Pd 3, 4). Es el hombre espiritual que somos, el que vamos siendo con la gracia de Dios, muchas veces sin siquiera darnos cuenta. El hecho de que Pedro diga que está «escondido en el corazón» indica que se trata de una realidad amable, cordial. No se trata de un yo superpoderoso o más perfecto o sin defectos, sino de un yo más cordial, más entrañable, más auténtico y sincero: de corazón.

Podemos decir que eso fue lo que se transfiguró en Jesús y no nos tienen que distraer lo del brillo del rostro y la blancura de los vestidos sino que, por el contrario, esa belleza nos tiene que hablar al corazón. Jesús se transfiguró así porque su Corazón es así: en él todo es cálido y luminoso como el sol y puro como la blancura de la nieve. Su Corazón hace hablar al Padre de su predilección porque eso es lo que el Padre siente por Jesús y de lo que abunda el corazón habla la boca. Y Moisés y Elías hablan con Jesús del éxodo, de la Cruz y la Resurrección y la Ascensión, porque ese era «el tema» de aquellos días en todos los diarios del Cielo. Ese era el sentido de todo lo que ellos habían vivido y profetizado en su vida prefigurando lo que iba a realizar Jesús: la redención. Pero más importante que todo esto es que en lo que hace y habla y en la predilección del Padre que experimenta, Jesús les revela su Corazón y en ese espejo podemos ver lo que le interesa del nuestro. Qué no es otra cosa que nuestro corazón mismo, tal como es. No le interesa tanto nuestra blancura ni nuestra calidez sino que le acerquemos nuestro corazón como es para que Él lo blanquee y le devuelva fervor y calidez. Y a nuestro rostro le contagie su sonrisa y a nuestros diálogos el interés por los temas esenciales.

La transfiguración transfigura a nivel del corazón. No las apariencias, sino el corazón. Este es el hombre escondido en el corazón que tenemos que aprender a descubrir en nosotros contemplando al Señor transfigurado.

En qué se traduce esto? Qué gracia tenemos que pedir contemplando la Transfiguración del Señor? Yo diría que la gracia de vivir, de rezar y obrar más de corazón, dejando que salga a flote, que se vea, que se transparente el corazón.

Vivir de corazón implica seguir más las corazonadas que los cálculos. Hoy el algoritmo ya nos sacó mil años de ventaja y todo lo que podamos «calcular» ya está recalculado. Nos lo dice el GPS y nos lo confirman los anuncios que nos aparecen en nuestro internet (sabían que a cada uno cuando busca una palabra no le sale en primer lugar la misma que a otro sino que le viene primero algo que tiene relación con todo lo que buscó antes?). Así que transfigurarse conlleva seguir más las corazonadas, donde aletea el Espíritu libremente y no puede entrar ningún cálculo frío y meramente estadístico.

Rezar de corazón implica discernir. Rezar reforzando las elecciones sólidas, las alianzas fieles que hemos hecho en la vida. Las alianzas de corazón con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestra patria, con nuestra Iglesia. Rezar discirniendo lo que nos une y lo que nos divide de los que amamos, de los que nos ayudan y los que ayudamos. Discernir por el corazón, no por lo que se dice en los medios, que nos hacen pisar el palito manejándonos los afectos, sobre todo las broncas! (Dice uno que lo conoce que la gran virtud de Trump es la de ser una persona particularmente sensible para captar «la furia de los demás». Es uno que hace enojar a sus adversarios y aglutina la furia de otros contra ellos transformándose en su conductor). Así que, atención a mimetizarme con cualquiera que coincidiendo conmigo en alguna furia legítima me contagia un montón de otras que no eran mías.

Obrar de corazón implica gestos. Gestos pequeños, concretos, en los que se note que le estamos poniendo corazón a las cosas y no meramente eficiencia o interés propio. Corazón. Los gestos y las acciones que se hacen de corazón son fecundas, dan fruto, duran, la gente se las acuerda.

Y así con todo: creer de corazón, esperar con el corazón en la boca, amar de corazón, sonreír de corazón, llorar de corazón, acercarnos de corazón, descansar el corazón… Por aquí va la gracia de la Transfiguración. Al fin y al cabo, lo que hizo el Padre al decirnos que Jesús es su Hijo elegido y que, por favor, lo escuchemos, más que comunicarnos una idea o darnos un mandamiento fue mostrarnos su Corazón.

Diego Fares sj

 

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