La felicidad de respirar a fondo la libertad que uno siente al moverse en el Cielo de la misericordia (7 C 2019)


A ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, oren por los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien a quien se los hace a ustedes, ¿qué gracia tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tienen? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente.Ustedes amen a sus enemigos, hagan bien y presten sin esperar nada a cambio; así su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. Porque él es bueno para con los ingratos y malos. 

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.

No juzguen, y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará. Den, y Dios les dará. Les verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes (Lc 6, 27-38).

Contemplación

            Lucas no había puesto la bienaventuranza de los misericordiosos y la desarrolla ahora de un modo particular, no tanto como un «comportamiento» sino más bien como un modo de ser. «Sean misericordiosos como el Padre vuestro es Misericordioso».

            Cuando entendemos la misericordia como un mandamiento, como un deber, por una parte suena como algo muy difícil de cumplir y por otra parte, intuimos que por ahí va la felicidad y la única solución a los males que nos asedian. No es dificil «sentir misericordia y compasión» por alguien que está herido o ha sufrido una desgracia. Si es un niño o un pobre inocente, la compasión brota espontaneamente y a uno se le enternecen las entrañas. Si se trata de un enemigo, en el doble sentido de la palabra (extrós), es como antinatural. Pasivamente, enemigo significa «odioso», es alguien que nos causa rechazo; activamente, significa la persona hostil, que busca hacernos daño. La misericordia no parece la actitud apropiada, sobre todo para el que se muestra  activamente hostil. Por eso el Señor baja a los detalles: bendigana los que los maldicen, orenpor los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnicaDaa quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.

Son actitudes muy concretas que especifican con precisión qué significa misericordia ante una actitud hostil. Pero si prestamos atención tienen algo que rompe la lógica del deber y de la mera acción. Van más hondo, van a una manera de ser de la cual la hostilidad nos quiere sacar, haciéndonos reactivos y miméticos. Devolver mal por mal, ojo por ojo, insulto por insulto, puede ser justo, pero practicando esa justicia nos perdemos algo propio de nuestro ser. Somos creados a imagen de un Ser Misericordioso, nuestro Padre. Y a Él tenemos que dirigir nuestra mirada para descubrir quiénes somos, cómo podemos ser más «nosotros mismos», que es la única manera de ser felices. Por eso el Señor usa la comparación: si aman al que los ama, qué gracia tienen?

Dice «gracia» (Jaris, como en Eujaristía) no «mérito». 

Si leemos en clave legalista, esto de saludar al que no nos saluda es ir más allá del mandamiento justo y hacer un acto «extra» para ganarse un mérito. Sin embargo lo que el Señor quiere hacer notar es otra cosa: si prestas dinero solo al que te lo puede devolver te estás moviendo en un plano de paridad en el que se mueven también los que no conocen a su Creador (y por tanto no saben que ellos mismos «son algo más»). Al hacer un bien al que nos es hostil, damos cauce a un modo de ser nuestro que es propio de los que «son hijos del Altísimo», del Misericordioso, que esbueno con ingratos y malos. 

Luego de este «crescendo» de acciones de misericordia bien concretas, que van más allá de lo «equivalente», el Señor pone la máxima más fuerte de todo el Evangelio: «Sean misericordiosos como el Padre vuestro es misericordioso». Dios es misericordioso. No es un modo de actuar condescendiente que guarde algo detrás. Detrás de la Misericordia no hay nada más porque la Misericordia es todo lo que Dios es. Simplemente. El es así. Ama a todos los que creó, más allá de cómo se comporten. 

En el fondo, esto es un discernimiento que podemos formular así: cuando una creatura actúa mal, cuando siente odio y realiza acciones hostiles que dañan a los demás, no «es ella misma», no actúa de acuerdo con su ser, con aquello que se le regaló por gracia y que es la vida. La vida no odia, la vida es movimiento de amor, de unión, de cordialidad, de integración. Odiar es actuar contra la vida, contra el propio ser. 

Al no dejarse arrastrar miméticamente por el mal y por el odio, nos mantenemos en nuestro propio ser. Somos hijos del Altísimo y del Misericordioso. 

Esto es como decirle al otro con actitudes prácticas -saludar, rezar, ofrecer la otra mejilla, prestar, no reclamar- yo te trato así porque «estoy hecho así», soy y quiero ser así. No quiero terminar siendo otra cosa por reaccionar mal al mal que me haces. Mi modelo para saber y gustar quién soy, como puedo ser más auténticamente ser humano, es nuestro Padre. Y Él es, fundamentalmente, incondicionalmente, Misericordioso. Y en su modo de actuar, en todas sus acciones que tienen un más y un menos, se guía por esta Misericordia que es su actitud última. Cuando siembra, por ejemplo, siembra semilla buena. Y lo hace en todos los terrenos. No siembra una de menos calidad en el terreno menos bueno. Y cuando ve que hay cizaña, Él cuida la semilla buena por sobre todo. Por eso no corta inmediatamente la mala semilla, para no arruinar ninguna buena. Estas actitudes que ponen la Misericordia como criterio absoluto e innegociable, tienen consecuencias. Algunos no se bancan lo concreto de la misercordia, la sienten como injusta. Al hijo mayor le resulta intolerable que su padre haya hecho matar al ternero alimentado a grano! Es demasiado. Le brota toda la hiel comparativa: a mí nunca me diste ni un ternerito para comer con mis amigos y a este hijo tuyo que se gastó la herencia en mala vida lo festejas con un asado con el ternero alimentado a grano! El Padre responde en la línea de lo que todos son, no de lo que hicieron. «Vos estás siempre conmigo. Sos mi hijo. Todo lo mío es tuyo. Y este es tu hermano, que estaba muerto y ha revivido». 

La Misericordia nos sitúa en el ámbito de lo que somos. Desde allí se resetea todo y se parte de nuevo, desde nuestro «progama» original. 

Misericordia significa amor incondicional allí donde el amor se partió en dos y quedó dividido en amores egoistas que luchan uno contra otro. Es como decirle a uno que lucha contra alguien: tanta pasión, tanto odio, implica un gran amor, un amor que diriges mal, porque amas lo tuyo -tus cosas, tus ideas, tu vida- como si quitándoselas al otro las pudieras aumentar o conservar. Y esta lógica no funciona, es contradictoria. Para vivir más, para gozar más y crecer más, tienes que hacerlo en vos mismo, no contra nadie. Más bien favoreciendo gratuitamente a los demás como un modo de «pagar tu deuda con El que les dio gratuitamente la vida a los dos».

La misericordia es un modo de ser que se apoya sobre el plus, eso «de más» que a uno se le regala poder libremente dar. 

Si nos comparamos con los animales, vemos que ellos no pueden ir contra su naturaleza. Solemos fijarnos en que no pueden «excederse» en el mal: un toro no puede convertirse en un tigre. No tiene dientes para encarnizarse con su presa, a la que, a lo sumo, puede dar un topetazo. Mortal, quizás, pero nunca encarnizado porque no es carnívoro. Pero el animal tampoco puede excederse en el bien. Al hacer de modo constante el bien debido, muchas veces nosotros interpretamos como compasiva alguna actitud suya. Y lleva el sello, ciertamente, porque todo amor actúa misericordiosamente. También los animalitos son a imagen de su creador. 

Pero a nosotros se nos da la gracia de poder redoblar este amor que está en nuestro ser natural y elegir ser misericordiosos allí donde podríamos ser solo justos. Al actuar así, dice Jesús, tomas conciencia de que sos hijo del Altísimo, tomas conciencia de que puedes recrear tu vida y hacerla libremente más a imagen del que te creo. Puedes ser bueno con buenos y malos. Puedes sembrar semilla buena en todos los terrenos. Puedes recibir en tu casa como iguales a todos los hombres como hermanos. Puedes buscar hacer lo que «más le agrada» a tu Padre y a los demás, sin medir de acuerdo a tus propias conveniencias. 

Este «actuar superando las oposiciones» despierta posibilidades nuevas, te permite ser plenamente lo que sos y desarrollar todo lo que hay en tu interior sin quedar trabado por «lo que te hicieron o te hacen los otros». O por lo que tú mismo hiciste en el pasado y estás habituado a hacer.

* A imitación de Jesús, la conciencia de «ser misericordioso como lo es un hijo del Altísimo», te vuelve más sensible y más atento a discernir «lo que más le agrada al Padre» (cfr. Rm 12, 2), no contentándote con la mediocridad o con solo lo justo y necesario.

* La palabra del Evangelio se convierte así, para tí (cuando tu deseo es ser como nuestro Padre) en «lámpara para mis pasos» como dice el Salmo 119).

* Y sientes que crece tu deseo de ser más auténtico, dejandote guiar no por la espontaneidad instintiva y psicológica, sino por la espontaneidad evangélica, que más allá de lo que sientes y haces por instinto o por hábito, te estimula a acciones nuevas, hechas en la pura gratuidad de la fe, por el puro gusto de alegrar a nuestro Dios y al prójimo.

* Cierta búsqueda adolescente de gratificaciones humanas va dejando más lugar a la satisfacción que te da la gratuidad del verdadero amor, ese que desciende de lo Alto y se nos dona como gracia.

* Cuando te dejas guiar por este «instinto espiritual de la misericordia» experimentas siempre más y más la sensación de estar caminando en su Presencia, como «a la sombra de sus alas». Y que Él, cada vez que «bajas de nivel», te pone sobre sus plumas y te reconduce a las alturas, como hace el águila con sus pichones.

* La misericordia hace crecer en tu interior el deseo de gustar el sabor profundo de la Palabra, de la oración y de la vida interior. No se trata de usar técnicas o de saber más cosas, sino de profundizar en esa misericordia, es decir: es sentir y gustar internamente la riqueza, la profundidad y la textura concreta que la Misericordia adquiere en contacto con la realidad de cada situación en la que están involucradas las personas.

* De la infelicidad de hacer todo lo que se debe hacer (con las acostumbradas escapadas y transgresiones de los pecados de cada uno) se pasa a la felicidad que uno siente al respirar la libertad que da moverse en el Cielo de la misericordia.

Diego Fares sj

La palabra que les falta al Padre nuestro y a las bienaventuranzas (6 C 2019)

Bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea, de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano, y alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. 

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

 En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!

Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26). 

Contemplación

            Me quedaron resonando en el corazón las palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles pasado, 13 de febrero. Fueron sobre el Padre nuestro y, más que decirlas, las dramatizó con preguntas, como se suele hacer en las clases de catecismo a los niños: «Hay una ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro» -así comenzó diciendo-, y agregó: «Y si yo les preguntara cuál es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro…? No les resultará fácil responder (…) Piénsenlo, qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo».

            Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. «Yo» no, no va. 

            Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padre nuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo».

            Acá me detuve, al sentir que las bienaventuranzas tienen el mismo espíritu que el Padre nuestro. De hecho el Papa decía el otro día en Santa Marta: «Para rezar el Padre nuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas». Es el «odre nuevo», el «estilo» comunitario que nos enseña Jesús, para poder vivir bien el contenido del evangelio. 

            Jesús no dice «feliz de ti, que eres pobre», sino «felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios». Jesús nos ve, felices o desdichados, juntos. 

            Nadie es pobre solo, nadie tiene hambre solo. En una mesa donde hay muchos comiendo uno solo no pasa hambre. Quizás por eso a los pobres los van juntando entre ellos, para que vivan en villas miseria, en zonas más pobres, en países y continentes enteros más pobres. Siempre recuerdo a una familia amiga que vivía en la villa del barrio Sancalal, junto a las vías del Belgrano. Un plan de viviendas ofreció casas prefabricadas a unas cien familias por el lado de Trujuy y se fueron. Las casitas estaban lindas y el barrio bien demarcado. Pero me quedó grabado lo que dijo una mamá: «Acá no hay quién pedirle una taza de azúcar». Estaba aislado y eran todos igual de pobres. Para comprar tenían que salir caminando por la ruta como tres kilómetros.

            Continuaba Francisco: «No hay que olvidarlo, en el Padre nuestra falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No se olviden. Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, «nosotros».

Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: «Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo?» Y yo, ingenuo, dije: «Tú». «Este es el principio de la guerra -me dijo-. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, porque estamos todos juntos». Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura».

            Estoy haciendo la prueba en estos días de entrar en la oración usando el nosotros, como si rezáramos en grupo. Con distintos grupos. Me di cuenta (con el estremecimiento que provoca siempre que uno da un paso de conciencia y se da cuenta de lo ciego que ha vivido!) de que siempre he rezado diciendo «yo». Es cierto que pido por los demás y que cuando digo yo lo hago diciendo «yo soy un pecador» y también «quiero ser mejor para los demás». Pero el «yo» está ahí, como una estatua. Empecé a tratar de rezar usando el nosotros y en el primer «nosotros» en el que me sentí identificado fue este -amplísimo- de los pobres. Acá estamos Señor, los que te pedimos limosna hoy día… Y me hacía la composición de lugar de la fila que hacen los pobres para entrar al Hogar a la mañana, al desayuno y luego al almuerzo. Acá estamos, Señor: los pobres. Los que venimos a pedirte «danos la limosna de oración de cada día». Cuando uno no hace fila, aunque esté en medio de una multitud, por ahí no se siente «nosotros». Y en cambio, ponerse en fila nos constituye como «nosotros». Y ese nosotros hace que nuestra hambre se modere a su ración, que no nos pongamos avarientos con el mensaje de la sociedad de consumo, que estimula hambres innecesarios, deseos de cosas que no podemos consumir. Felices los pobres que hacen fila y siendo ese «nosotros» se les sacia el hambre con su ración común y gozan «siendo parte» del Reino de Dios, en el que ninguno es solo yo sino que cada uno se siente con un solo corazón.

            Me decía un matrimonio amigo que fue a esta audiencia del «yo» y del «nosotros», que el Papa pasaba saludando a los que estaban adelante y que «uno veía que había tanta gente y que él tenía que pasar rápido, y entonces uno elegía bien lo que le quería decir, lo más importante». Cuando el Señor pasa, ese «nosotros» en el que uno está nos hace discernir lo importante y no andar dando vueltas. Estar en fila con los demás nos ayuda a discernir lo esencial, a elegir las palabras que nos importa comunicar.

            Otro «nosotros» en el que me pongo a rezar es el familiar. Sintiendo nuestras penas familiares comunes. Esto es algo que sale natural. Las lágrimas son familiares. No es que uno se tenga que hacer a la situación. Si uno ve llorar a sus hermanos, a su madre, a sus primos, se conmueve inmediatamente. El nosotros está inscrito antes que el yo en nuestra carne que es familiar. 

            La familia es ese nosotros que el Señor ve cuando dice «ustedes» y que nos enseña a declinar al rezar el Padre nuestro. El es el Padre de nuestra familia, antes que nada. En esa «habitación familiar» debemos entrar para estar a solas con Él, no aislados sino como el que reza por todos. El papa lo describía así: «Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón ¿cómo está? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. «Ablanda, Señor, mi corazón». Es una oración hermosa: «Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás»»

            El nosotros familiar es el que debemos recuperar. Está tapado por el individualismo. Pero basta escarbar un poquito para que brote el agua fresca del manantial familiar. Rezar como hijo, como hijo pequeño en brazos de su madre, rezar como hermano, rezar como primo hermano, compañero de juegos. Qué extrañas posturas adoptamos a veces en la oración entendida como deber o, peor, como técnica! Jesús nos remite al «Abba» -papito- de la infancia, al hermanito y a la hermanita con quien se compartían los regalos y las tareas, al hijo mío que toca el corazón a la hora de responder a algún pedido. El nosotros familiar no permite que se convierta algo tan precioso como la oración en un bien más de consumo.

            «Podemos preguntarnos -prosigue el Papa-: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿o pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese «nosotros» que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas».

            Por fin, la bienaventuranza de las persecuciones, los insultos y las exclusiones. Salten de gozo, dice Jesús. Así trataron a los profetas. Ser profeta -que la palabra que uno dice y el testimonio que da, deje huella, le haga algún bien concreto a otros- es la gracia propiamente evangélica. La señal de que uno fue evangelizado (por un profeta de palabra eficaz y fecunda) es que uno la comunica y la anuncia también proféticamente, de manera que incide en la vida y deja marca. En este ámbito de la profecía, del martirio (porque se es profeta por el testimonio de vida y no solo porque uno habla o escribe) el nosotros adquiere una dimensión misteriosa. Impresionan los «compañeros mártires», esos mártires que dan la vida en grupo, sin distinguirse quién era «más santo» o tenía tal cualidad. Es el hecho duro y neto de haber dado la vida junto con los demás el que hace a nuestros mártires santos la causa de que nos haya llegado al fondo del corazón la fe. Es la multitud de testigos la que transmite la fe. Testigos anónimos, que amaron y dieron la vida, sin reclamar nada para sí. Esta entrega constituye ese nosotros al que gozosamente nos sumamos. Silenciosamente nos sumamos, cada uno cuando le llega su tiempo. No hay otro orgullo más grande que el que se siente al poder formar parte de ese nosotros: uno más, en medio de nuestro pueblo. No entramos en este nosotros dichoso por ningún reconocimiento externo. Entra el que lo vive y lo goza de adentro, el que desea ser «nosotros», el que se esfuerza interiormente por dejar de ser «yo, me, mi, conmigo» y ama sentirse uno más de los que «aman a Jesús aún sin haberlo visto». Uno forma parte cuando busca sólo la ayuda y la aceptación del Señor, que es el que pronuncia ese «felices ustedes» y ese «vengan ustedes, benditos de mi Padre», que justifican la vida. 

            No hay otro pecado para pedir perdón sino este -fundamental, clarísimo, inexcusable- de no estar a la altura de este nosotros. El pecado de ser solo «yo». 

            No hay otra gracia para agradecer más que la de ser invitado -sin mérito alguno, por pura gracia- a formar parte de los que entran a este banquete y forman parte de este reino. 

Ir aprendiendo cada vez que digo «yo» a corregirme y agregar «nosotros» es la gracia. Nosotros los hombres. Nosotros los de nuestro pueblo. Nosotros los de nuestra familia. Nosotros… 

Dichosos nosotros, si apuntamos en esa dirección, enderezando el rumbo empecinadamente hacia un nosotros abierto, al que pueden venir a habitar todos los hombres de buena voluntad. Ay! de nosotros si vamos para el otro lado: para el nosotros que se achica y se encierra. 

Diego Fares sj

Contemplar es pescar, es echar las redes en su Nombre (5 C 2019)


            Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada, pero en tu palabra, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón:
–No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación 

«En tu palabra echaré las redes». En boca de Simón la palabra «palabra» (ῤῆμα), no es algo abstracto: es algo que dijo Jesús, un «dicho» con un significado preciso, algo que se dice en un momento concreto a viva voz e indica y manda algo que hay que hacer enseguida. Cuando Pedro responde «en tu palabra echaré las redes» está diciendo: nos ponemos en marcha mar adentro y lanzamos de nuevo las redes «porque Tú lo dices» (solo porque Tú lo dices), «ahora que lo dices» y «como Tú lo dices». Así lo hicieron y pescaron una gran cantidad de peces. Tanto que las redes se rompían y tuvieron que pedir a ayuda a los compañeros de las otras barcas.

Rezar es pescar. Contemplar es pescar. Como quien se va mar adentro -el mar del Evangelio, el mar de la realida, el de su corazón y su mente- y echa las redes allí donde le dice Jesús, en la escena y en la frase de Jesús en la que el Espíritu le hace sentir y gustar las cosas un poco más.

La pesca tiene mucho de limosna, de aventura, de «a ver qué me dará hoy ese mar». No es algo que se pueda planificar totalmente. Aún con los medios tecnológicos de hoy, los grandes barcos pesqueros tienen que ir detrás de los peces… Ni qué decir en aquella época. 

En tu palabra echaré las redes fue toda una confesión de fe por parte de un pescador experimentado como Simón que se fió -aunque no pudiera formular bien por qué- de la orden precisa que le dió aquel Jesús de quien sabían que era carpintero y que venía de las montañas de Nazaret. 

El diálogo podría haber terminado ahí, como tantas veces en que algún desubicado pretende enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo y le decimos sí, cómo no; ahora mismo nos embarcamos de nuevo, navegamos mar adentro y nos ponemos a pescar como si no hubiéramos estado haciendo eso toda la noche. 

Sin embargo, Simón se fió. Él mismo habrá contado tantas veces la escena… Podemos imaginar la satisfacción con que la contaría. Él, un pescador que no había pescado nada en toda la noche, haciéndole caso a un nazareno, a un Rabbí… 

Jesús le enseñó después a reconocer en esas frases suyas, que le salían espontáneamente cuando hablaba Jesús, la voz del Padre. El Maestro le enseñaría a discernir que poner en práctica inmediatamente un dicho de Jesús era una gracia del Padre, no cuestión de su carne ni de su sangre, no un esquema mental suyo o algo cultural. 

Aquella mañana, en la barca, empezó a ser Pedro, la roca firme de la fe en la que el Señor fundaría su comunidad, su Iglesia. 

Todo por una frase. Por una respuesta suya que dijo sin pensar, porque ya se había puesto a dar órdenes a los otros que lo miraban sin poder creer que le estaban haciendo caso.

Es que las cosas de Jesús, eso que Él llama «su reino», son así: cuestión de palabra. 

Le preguntaban a un teólogo por qué la Iglesia tenía necesidad de un estado como el Vaticano y el respondió que, según su opinión, no tenía necesidad. Y entoces por qué lo tiene, le retrucaron. Y él dijo que era una herencia histórica. Pero que la Iglesia tiene «personería jurídica» reconocida internacionalmente (la santa sede) sin necesidad de tener un estado. Conserva algo mínimo, pero podría prescindir. Porque de hecho en lo que se funda es en un «codigo lingüístico común». Es decir en una Palabra recordada en común y puesta en práctica en común. Como hizo Simón Pedro y sus compañeros cuando aquella primera vez le hicieron caso al Maestro que les había pedido permiso para subir a su barca y predicar desde allí a la gente. Allí comenzó la pesca milagrosa que es la Iglesia, institución, sí, pero pescada cada día y que pesca con la sola red de la Palabra. Palabra testimoniada con estilo y obras, se entiende.

Decía que la Palabra de Jesús, sus dichos, sus indicaciones y mandatos, no son palabras abstractas. Son como las redes de esos pescadores, con su cuerdas anudadas y fuertes, que hay que limpiar y desenredar. La palabra de Jesús pesca, recolecta realidades vivas como los peces del lago de Genesaret. 

Hoy en día hay redes más amplias, redes virtuales, que abarcan toda la realidad pero cuando la sacás no te pescaron nada concreto. Las de los amigos de Jesús son más modestas, pero pescan peces reales. Pescan hombres y cada uno que pescan se convierte en pescador. 

Hay que poner en práctica la eficacia de esta «red echada en los dichos de Jesús». Cada mañana, hay que salir mar adentro a pescar en su Nombre, que está bendito.

Cada tanto, cuando uno siente que no pesca nada, que trabaja en vano, hay que extender las manos como una red, implorando al Señor que «en su Nombre», lo que estamos haciendo de fruto, pidiendo ánimo y eficacia apostólica, pidiendo ayuda contra el cansancio de la esperanza.

La red echada en la palabra de Jesús supone una pesca personal y otra comunitaria. Hay que pescar solos y hay que saber pedir ayuda y pescar en red. Es así. Tirar la red -la redecita en el lago pequeño de la propia vida- y pescar la palabra concreta para el momento en que se está. Luego, con esos dos peces y esos pancitos que el mismo Señor nos cocina a las brasas de su Eucaristía cotidiana, se cobra ánimo para las pescas más grandes, las que hay que hacer en común.

Así como el Señor nos hace pescadores de hombres, la metáfora dinamiza otras y podemos decir que hay palabras-peces que se convierten en palabras-red. Palabras que pescamos como un pescadito en el lago de nuestra contemplación personal, que se convierten en palabras-red que pescan a muchos otros y ayudan a comprender la realidad.

Hay redes que ya están consolidadas para el uso. Si bien la pesca de cada día es siempre una aventura nueva, no hay que inventar redes si ya tenemos unas bien trajinadas y expertas ,que han pasado por las manos de Pedro y de sus compañeros. Son redes llenas de pescas milagrosas, curtidas por los vientos de tantas noches de pesca, redes que «pescan solas» si se puede decir así. 

Lo que quiero decir es que la Palabra de Jesús no son palabras aisladas, son palabras con historia, entretejidas con otras, que han sido pasadas y repasadas por muchos corazones. Comenzando por nuestra Señora, que las guardaba todas en su corazón, siguiendo por la gente, que se bebía las palabras de Jesús y lo escuchaba con gusto, continuando por los apóstoles, que le preguntaban luego en privado al Maestro lo que significaba cada cosa que había dicho en sus parábolas y consejos, hasta llegar a nuestra época, en la que cada palabra del Señor se ha convertido en un carisma gracias a los santos y en una obra de misericordia concreta gracias a tantos colaboradores que abrazan en sus manos-red a tantos necesitados y pobres de este mundo.

Contemplar es echar estas redes de nuevo -cada vez, muchas veces, las más que podamos- en el nombre de Jesús. Y pescar, pescar. Cada día. Personas, gente, creando cercanía, projimidad, encuentro, como dice y hace Francisco, el Pescador. Con esta manera tan especial de pedir como limosna lo que nos ganamos con nuestro trabajo. Que eso es la pesca, una limosna ganada con trabajo. Limosna, porque no está dicho que si echamos la red el mar nos dará sus peces. Trabajo, porque el Señor quiere servirse de nuestra barca y de nuestras redes para hacer sus milagros. Siempre requieren colaboración los milagros de Jesús: manos que llenen de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembren semillas buenas, manos que echen en su Nombre, una vez más, las redes. Contemplar es pescar.

Diego Fares sj

La autoridad del Señor le viene de adentro, de su corazón (4 C 2019)

             Jesús comenzó a decirles: Hoy se ha hecho real escritura en sus oídos. Todos daban testimonio en su favor y se maravillaban de las palabras de gracia que salían de sus boca. Y dijeron: ¿Pero no es éste el hijo de José?

            Él les dijo: Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo». Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria. Sin embargo añadió: – De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo  que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

            Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero Él, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación

            Con la expresión «esta escritura se ha cumplido en sus oídos», el Señor le dice a sus paisanos: Ustedes han entendido perfectamente que esto que he leido no son simples palabras. Esto que he leído es una profecía cumplida: la profmesa que el Señor nuestro Dios hizo por labios del profeta Isaías y que al escucharla, ustedes han percibido que «el Espíritu del Señor está sobre mi» y que «me ha enviado a evangelizar a los pobres». 

            El Señor entra en contacto con el corazón de los que lo escuchan y les dice que eso que están sintiendo, esa admiración que no pueden dejar de  testimoniar, es la confirmación de que están viviendo un momento muy especial, un acontecimiento profético, en el que la palabra de Dios incide en la historia con tal fuerza que no solo se vuelve real, sino que crea una realidad nueva. No se trata, por tanto, de que Jesús «después» vaya a comenzar a predicar. Ya en esta primera prédica está contenida toda su predicación posterior. Por eso Lucas resume en un solo acontecimiento lo que pudieron ser distintos encuentros de Jesús con sus vecinos de Nazaret. En la palabra «enviado a evangelizar» está todo su evangelio: todas las cosas que Jesús anunciará y enseñará. En esos pobres, ciegos y paralíticos, están todos los milagros del Señor; en esos prisioneros, están todas las personas que el Señor liberará del poder del maligno; el año de gracia es la vida entera de Jesús en medio de su pueblo.

            Y nosotros que leemos esta escritura casi dos mil años después – así como Jesús leyó a Isaías que había recibido de Dios y escrito esa profecía 700 años antes, con la gracia, podemos dejar que la palabra se realice en nosotros de la misma manera que se realizó en Jesús.

El modelo es María: el «hágase en mí lo que dice tu palabra» que pronunció María en la anunciación. El mismo Jesús, de quien decimos -misteriosamente y con el respeto que supone decir algo que nos excede-, que es la Palabra, entra en esta dinámica, que es la que dinamiza toda la Escritura. La dinámica de dejar que la palabra se realice, entre como la semilla en la tierra más buena de nuestro corazón, y allí arraigue y de frutos: el treinta, el sesenta, el ciento por uno. 

            El Señor se deja inspirar por la palabra sembrada por el Padre en su pueblo elegido, gracias a los profetas que la acogieron y le dieron espacio total en su vida. Eso significa la afirmación «el Espíritu está sobre mí y me ha ungido». Significa que el Señor se deja inspirar. Él que «expirará», entregando su Espíritu al morir en la cruz, Él, que lo insuflará a todos una vez resucitado, no teme inspirarlo de boca de Isaías, no teme hacer suya una palabra que viene creciendo misteriosamente en el alma de Israel y que ahora «se cumple» en sus labios. 

            Este movimiento de «encontrar la palabra», como Jesús «encontró» el pasaje de Isaías, de hacerla propia -leyéndola y comprendiéndola-, es un ejercicio espiritual que viene de lejos, y llega a nosotros pasando por la vida y la práctica del mismo Jesús. Él nos enseña así a «contemplar en la acción» y a «actuar contemplativamente», partiendo de la palabra para hacer todas las cosas, no cosas extraordinarias, sino las mismas que hacemos cada día, pero en este espíritu; también las cosas nuevas que nos propone el Señor y que el Espíritu nos mueve a realizar. Son cosas ligadas todas siempre al bien de nuestros hermanos, especialmente de los que nombra Jesús, los más pobres, los ciegos, los lisiados, los prisioneros.

            Sabemos que «hay palabras y palabras». Aunque vivamos inmersos en este océano de palabras que nos llegan a cada instante y que pueblan nuestro espacio mental, sabemos que no todas son lo mismo. De alguna manera, lo que ha sucedido, es que las palabras se han salido de nuestra mente y han adquirido consistencia propia en eso que bien llamamos la nube. Es una especie de mente común que «guarda» las palabras en distintos dispositivos y las repite -gráfica y sonoramente- todo el tiempo, a la velocidad de los algoritmos, haciendo que «alguien anónimo» esté hablando todo el tiempo. 

            Los seres humanos, en una época eramos dueños de nuestras palabras y de nuestros silencios, hablábamos cuando queríamos y callábamos cuando no queríamos decir nada. Si deseábamos que una palabra nuestra se conservara, la poníamos por escrito, para que otro, cuando quisiera leerla, se comprara el libro y lo abriera. Hoy, que hemos puesto todas nuestras palabras en la nube, todos nuestros libros, las letras de todas nuestras canciones y las copias digitalizadas de todos nuestros films, asistimos al fenómeno cada vez más consolidado de que un algoritmo sin rostro ni pausa, pronuncia todo el tiempo todo lo que hemos dicho, escrito, cantado y filmado. Cuando hablamos, en vez de escuchar lo que dice nuestro corazón, vamos a buscar donde «está dicha» esa palabra en internet. Buscamos quién dijo lo que queremos decir.

            Realizamos, así, quizás sin saberlo, el mismo antiguo acto de «actualizar» la palabra. Solo que debemos esta atentos a que el algoritmo no reemplace al Espíritu. Porque el algoritmo repite como el loro. Solo que a gran velocidad. Es verdad que al tener todas las palabras y al poder analizarlas y compararlas a velocidades inimaginables puede parecer que está reemplazando nuestra inteligencia. Decía un jesuita experto en bioética, que en este momento, cuando se da un diagnóstico médico, parece que el médico es «asistente» del algoritmo, que es el que en realidad «da el diagnóstico» teniendo en cuenta todos los análisis. El punto es que ese sujeto anónimo que habla todo el tiempo y que, teniendo en cuenta la música que hemos escuchado nos propone una playlist que va de acuerdo con nuestros gustos, ese sujeto anónimo, digo, actúa en clave de pasado. 

            El algoritmo tiene todo lo que hemos dicho y hecho. Lo repite, lo recicla y lo proyecta y, probablemente cree cosas nuevas en base a lo que tiene. De lo humano tiene el número, digamos. Lo cual es mucho, porque todo se puede cuantificar! Hasta el misterio de Dios lo numeramos: el Dios uno y trino, la Santísima Trinidad. 

            … Y sin embargo. Escuchemos cómo reza Santa Isabel de la Trinidad: 

«Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, inmensidad donde me pierdo! yo me entrego a Ti como una presa». 

            El algoritmo no tiene eso que expresan el signo admirativo y el pronombre posesivo: «¡Oh, mis Tres!» en quienes «me pierdo», a quienes «me entrego». Santa Isabel pide como limosna: «Siento mi impotencia y te pido (…) Ven a mi como Adorador, como Reparador, como Salvador».

            La escritura que se actualiza al leer Jesús la profecía de Isaías es, antes que ninguna cosa, lo que sucede cuando el Espíritu está sobre ese «Mi» -palabra con la que Jesús revela todo lo que importa. Que el Espíritu esté sobre Él es lo que reconocemos y eso nos basta. Él se hace cargo de ese Espíritu y de la misión de hacerlo llegar a todos. 

            Alguien que se hace cargo, ese es el punto donde se diferencia lo humano de lo técnico. Nada más. Pero nada menos. 

            Por eso el Señor pesca la tentación que insidiosamente deslizó alguno con aquella frase que quedó picando en el aire (como todas las frases insidiosas que dicen algo a medias y no se hacen cargo, dejando que produzcan su efecto venenoso arraigando en la mezquindad de cada uno): «Pero no es este el hijo de José?» 

            La falacia está en desviar la atención hacia «algo que autorice externamente» lo que está diciendo Jesús. Porque lo que está diciendo es, precisamente, que Él habla con Autoridad». Con una Autoridad que le viene de adentro, de su corazón, de su vida, del dar la vida en testimonio de su amor.

            Esto es lo que les decía el Papa a los jesuitas de Centroamérica hablando de Rutilio Grande, el jesuita martirizado en El Salvador en 1977, cuya muerte convirtió a San Oscar Romero: «Rutilio fue profeta por el testimonio«. Antes que por ninguna palabra -aunque dijo todo lo que tenía que decir sin «bandearse» nunca de la sana doctrina, su profecía fue el don de su vida. 

            Jesús está «dando su vida» proféticamente, tanto cuando lee como cuando realiza un milagro. Siempre está dando la vida. 

            Un detalle nos ayuda a ver esto. Jesús parece que «adelanta» los milagros que hará en Cafarnaún, que Lucas contará después. Es que el evangelista médico une dos visitas de Jesús a su sinagoga, una en la que fue alabado y otra en la que fue echazado. Compone así esta «escena inaugural» de todo el ministerio del Señor. 

            El evangelio entero, y esta escena en particular, se sitúan en un tiempo que es más que el tiempo cronológico: Jesús en el «ahora» suyo actualiza no solo lo que Isaías profetizó 700 años antes, sino lo que él hizo/hará en Cafarnaún y lo que hará a lo largo de toda la historia: Él está Evangelizando a los pobres cada vez que sale una palabra de gracia de su boca y cae en un oído que la acoge. Y aún cuando sea rechazada, esa Palabra se cumple, misteriosamente, y crea historia de salvación.

            Por eso asistimos en Lucas a una arremetida del Señor contra los que lo ningunean. Vemos que no dejó pasar la frase, como a veces hace uno cuando,  midiendo el grado de aprobación general, deja pasar la crítica de alguna persona. 

            «Acaso no es este el hijo de José» es una de esas frases todos  comprendemos sin necesidad de conocer lo específico del caso. Sabemos que se usó para desacreditarlo como profeta, es decir como uno que realiza la palabra. Y por eso Jesús se despacha con todo su arsenal profético contra los murmuradores. Porque están pecando contra el Espíritu Santo que está sobre Él y están pecando contra los pobrecitos que, si queda desautorizado, no recibirán su palabra sanadora!

            El Señor resitúa lo que está sucediendo -el movimiento de espíritus, diría san Ignacio, ese paso de una consolación a una desolación que experimentan sus paisanos- citando el proverbio «médico curate a tí mismo». Remite además lo que sucede a dos hechos de la vida de los profetas anteriores: Elías y Eliseo. Son dos hechos en los que se resalta que la acogida o el rechazo de la Palabra es algo personal. Así como la frase insidiosa se la agarra con Jesús personalmente, aludiendo a que «es hijo de José», el Señor responde mostrando que la acción profética, desde el comienzo, tuvo que ver con cuestiones personales. Dos «pequeños» de Yahve, extranjeros para colmo, una viuda y un leproso, gozaron de los beneficios vivificantes y sanadores de la palabra de los profetas mientras que Israel en su conjunto la rechazó.

            Así también hoy, la palabra del Señor nos interpela al corazón. A cada uno. La suerte de la palabra se juega, no en lo que dicen los diarios y la radio, no en lo que se mensajea por twitter, sino en lo que cada uno -prestando atención a los oídos de su corazón- decide recibir, cultivar y poner en práctica. Hoy se realiza esta escritura en tus oídos, en los oídos de tu corazón. 

            Si te sentís evangelizado, alegrado y consolado como un pobre por la buena noticia, es que la recibiste. 

            Si te sentís como un ciego al que le devolvieron la vista, es que el Espíritu de Jesús se posó también sobre tí. 

            Si sentís que volvés a caminar, que te pones de nuevo en camino hacia lo que siempre presentiste y soñaste que podías ser, es que te diste cuenta de que Jesús te está hablando a vos. 

            Si alguna puerta se abrió y te saliste de alguna situación que te tenía aprisionado -como Jesús que pasó en medio de los que querían desbarrancarlo-, y respirás el aire de la libertad, es que el contacto que Jesús busca con cada persona te tocó y rompió alguna de tus cadenas: «El lazo se rompió y escapamos, como un pájaro de la trampa del cazador» (Sal 123, 7).

Diego Fares sj