«… Que alguien como usted se tome el tiempo para escuchar a alguien como yo» (3 C 2019)


            Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros,  tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.  

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. 

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

Contemplación

            Francisco fue, como es su costumbre, a un centro de detención de jóvenes, esta vez a «Las Garzas», en Pacora, Panamá. Es un centro modelo que ofrece procesos de resocialización a jóvenes que han delinquido. Allí es obligatorio participar en cursos de formación profesional y de desarrollo humano. Trabaja con ellos un equipo de asistentes sociales, psicólogos y educadores. Algo que siempre soñamos en El Hogar de San José para nuestros jóvenes en situación de calle. 

            El chico, cuyo rostro no se ve porque no está permitido por ley, le contó su historia al Papa: que desde pequeño siempre había sentido un vacío interior, el de una mirada cariñosa de padre, hasta el día en que encontró esa mirada en Dios. Pero después tropezó -así dijo- y ahora estaba allí cumpliendo su condena. Le contó con voz alegre que soñaba con llegar a ser un gran chef. Algo posible en un instituto como ese. 

            Francisco lo miraba con mucho cariño y unos oídos así de grandes, como mira y escucha él. En un momento el joven le dijo con toda naturalidad una frase que agarré empezada: «… Que alguien como usted se tome el tiempo para escuchar a alguien como yo, un joven privado de la libertad. No sabe la libertad que siento en este momento!».

            Quizás haya que ser un detenido para valorar quién es el Papa y lo que hace. Quizás es así. A veces pareciera que sólo esta gente entiende lo que significa que alguien como él se tome tiempo para nosotros… El Papa Francisco es consciente. Le decía a estos chicos que «Jesús no tenía miedo de acercarse a aquellas personas que por mil razones cargaban con el peso del odio social, como en el caso de los publicanos, por su oficio, o porque habían cometido algún error en su vida, equivocaciones, culpas, y por eso eran llamados pecadores. Y mientras había personas que se limitaban a murmurar o indignarse porque Jesús se encontraba con las personas marcadas por algún error social y les cerraban la puerta a la conversión y al diálogo con Jesús, Jesús se acerca y se compromete. Jesús pone en juego su reputación e invita siempre a mirar un horizonte capaz de renovar la vida».

            Al ver y escuchar estas cosas, mientras sigo por Vatican News el viaje del Papa gracias a mi trabajo para La Civiltà, sentía el contraste entre el modo como lo reciben y qué piensan de él personas como este chico y lo que expresan (o ni siquiera expresan) otros. La imagen me vino al imaginar a Jesús en Nazaret, con la gente que lo conocía. Cómo primero todos alababan al Señor y después la cosa cambió. 

            Es así, parece. La imagen pública de Francisco está manchada. Los mismos que al comienzo lo aplaudían, exageradamente quizás, como hace no el que te quiere bien sino el que se quiere burlar de otro con el que te contrasta, hoy se ensañan, exageradamente quizás, con él. Y no es que Francisco haya cambiado (en lo que ha cambiado ha sido para mejor!). 

            A veces me vienen ganas de discutir con los que hablan de él sin respeto. Pero no es el caso. Sin embargo hay cosas que decir. Y hoy, leyendo a  san Juan Crisóstomo en el oficio de lecturas sobre la conversión de San Pablo, encontré una reflexión sobre Pablo que describe algunas gracias que se ve que el Espíritu le da también al sucesor de Pedro. Vale la pena leerlo. 

            «Lo que es el hombre, cuan grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que veo por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Alégrense conmigo; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo muy contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas «armas de justicia», significando con ello que le servían de gran provecho.

            Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono celebrativo de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, agradece a Dios, diciendo: Sean dadas gracias a Dios, que en todo tiempo nos lleva en el cortejo triunfal de Cristo

            Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en conseguir honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue.   La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. 

            Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios. Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los de renombre; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los detenidos y condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

            Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable. Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los santos y de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves. Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y a la gente que se enfurecía contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito. Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo».

            Si a alguno le resulta exagerado atribuir a Francisco estas cosas de Pablo, lo comprendo. Pero también Pablo presumía un poco de sus gracias cuando hablaba con los  corintios, al ver que estaban tentados de ningunearlo. «Me disculparán si digo algún que otro desatino… pero no creo valer menos yo que esos súperapóstoles (a los que ustedes siguen). Ustedes, tan inteligentes, que soportan de buen grado a los insensatos. Aunque los tiranicen y los exploten y los despojen y los traten con arrogancia y los golpeen en el rostro, todo lo soportan». Y agregaba: «Si actúo y seguiré actuando de este modo, es para desenmascarar a esos que presumen. En realidad, esos tales son apóstoles falsos, obreros fraudulentos disfrazados de apóstoles de Cristo. Y no hay que sorprenderse, pues si el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz, es natural que, quienes le sirven se disfracen de agentes de salvación. Pero tendrán el final que merecen sus acciones.» (2 Cor 11, 1-15).

            La verdad es que no podía dejar de decir estas cosas ya que cada vez que releo las reflexiones del Crisóstomo sobre Pablo y a Pablo mismo, más me parece que se clarifica lo que sucede con las tribulaciones en las que «se mete» Francisco. 

            El martes saldrá su libro «Las cartas de la Tribulación», en italiano y en español. Tribulaciones de ayer y tribulaciones de hoy. Francisco en el prólogo recomienda «rezar con ellas». Explicitan una gracia que viene de lejos y que habla de estar en mucha paz en medio de las contradicciones de la vida. Y es verdad lo que dice el Señor, que son Palabra que se cumple «hoy». En nuestro ahora. Para los que no se dejan enturbiar la mirada que se abre cuando uno mira con su corazón.

https://www.periodistadigital.com/religion/libros/2019/01/26/religion-iglesia-libros-cartas-tribulacion-papa-francisco-spadaro-fares-hanvey-herder-abusos-desolacion-verguenza-tolerancia-cero.shtml

Diego Fares sj

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