Jesús se sentó a mirar cómo la gente «se ponía» (32 B 2018)

Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y contemplaba atentamente cómo ponía plata la gente en la alcancía. Muchos ricos ponían mucho. Llegó una viuda pobre y puso dos moneditas. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 

─ «En verdad les digo  que esta viuda pobre puso más que todos los que ponen en la alcancía, porque todos los demás pusieron de lo que les sobra, pero ella, de su indigencia, puso todo cuanto tenía, todo el sustento del día» (Mc 12, 38-44).

Contemplación

            El pasaje de hoy es importante. No es la anécdota de la viejita santa que dio sus moneditas de limosna. Tampoco la de la viuda heroica que se inmola dando todo lo que tiene. Hay que contextualizar bien y precisar. 

            Un punto es tener claro lo que dio. «Bios» «victus» dice Marcos; «vida». La palabra vida se traslada para nombrar «lo que nutre la vida», el alimento y el salario para comprarlo, como cuando decimos «ganarse la vida». Aquí en italia, en el presupuesto personal se pone entre otras cosas «vitto», «comida», para señalar la comida diaria.

            El salario en aquella época tenía que ver con lo que se necesitaba para vivir un día. Era el jornal. Y por las moneditas que eran solo «parte de un jornal», se ve que la mujer trabajaría por horas y dió todo lo que había ganado en un trabajo, seguramente para irse al otro. La suma sería como la de una hora de trabajo que alcanza para tomar un café y una tortita a la media mañana. 

            En la otra punta, tenemos a Jesús que «se sentó a mirar». Es una imagen fuerte. Pensemos que Marcos la usa para dejarnos la Figura definitiva del Señor, cuando dice que Jesús, después que ascendió al cielo, «se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,19). 

            Históricamente, el hecho transcurre en un momento clave en la vida del Señor. Ha hecho su entrada real en Jerusalen, sentado sobre el burrito. Ha echado a los vendedores del templo y ha discutido con saduceos y fariseos sobre la resurrección y sobre el mandamiento principal. Le cuestionan qué es lo que quiere hacer, qué pretende, por qué parece que subvierte los valores. Y se ve que Jesús anda buscando un ejemplo para dejar un mensaje claro y entonces elige a alguien del pueblo fiel. 

            Qué hace? Va y se sienta frente a la alcancía del Templo. Era una alcancía importante, como sería para nosotros la de San Cayetano, por ejemplo. Y se pone a observar cómo pone la gente. Uso esta expresión porque Marcos utiliza varias veces la palabra «ballein», en griego. A algunos traducen como «echar», «arrojar», porque la plata eran monedas y se ve que algunos las «arrojaban» -vaciaban una bolsita- de modo que las monedas grandes hacían un poco de ruido. Pero pienso que «poner» es más significativo. Nosotros la usamos con un gesto de las manos -del puño cerrado y con el pulgar sobre el índice, golpeandonos la otra palma- en señal de que «hay que ponerse». Pues bien, eso es en lo que se fija el Señor: en cómo «se pone» la gente. 

Algunos «ponen» -y mucho- pero de lo que les sobra. La viuda -que no era necesariamente anciana- «se pone entera, pone todo». Se da en lo que pone, que era lo que acababa de ganar.

            Me gusta imaginar la escena: que salió de un trabajo (de limpiar una casa, digamos), se corrió hasta el Templo a rezar un ratito y puso todo lo que había ganado como limosna. 

            Es algo entre ella y Dios. No sabemos qué rezó, si había hecho una promesa, qué fue de su vida después… Si fuera hoy y los diarios registraran las cosas de Jesús y seguían a la gente en la que se fijaba, esta mujer se habría hecho famosa. Imaginémonos! Ejemplo de aquello en lo que Jesús -el mismo Dios en Persona- se fija! Ejemplo de lo que importa en la vida. Ejemplo de lo que es una vida realizada, santa. Una simple mujer que, en la diaria, en medio de la vida cotidiana, une contemplación y acción en un simple gesto que la muestra entera. 

            Sin embargo, la viuda se perdió entre la gente del templo, apurada seguramente por ir a su otro trabajo. Ni siquiera tuvo un cruce de miradas con el Señor (o a lo mejor sí. Quizás entró apurada, concentrada en su oración y en sus pensamientos y, después de dar la limosna, advirtió que Jesús la había visto y se saludaron con una leve inclinación de cabeza, como diciendo, cada uno a lo suyo, ella a su trabajo y Jesús al suyo, de explicar la parábola que acababa de ver. Porque el Señor no solo enseñaba parábolas sino que las aprendía de la gente sencilla. Como esta parábola de la mujer que puso todo lo que tenía para vivir ese día y el Señor constató, como Juez y tasador, que había dado más que todos los demás). Me gusta pensar que sí se miraron. O que la mujer «sintió la mirada buena -creadora, afirmadora- de Jesús». Como dice Jean Lafrance: «Tú existes y vives de la mirada de amor que Dios te dirige». La mirada amorosa del Dios que te crea -cada mañana- llamándote a darte entero (Cfr. Ora a tu Padre en el secreto).

            No es menor este detalle de que el Señor no haya llamado a la mujer ni esta se haya acercado a Él a pedirle algo o a agradecerle. Nada. 

            Impresiona este nivel de conexión entre el Señor y la mujer -una madre sencilla, una de tantas, anónima, una más del pueblo fiel-. 

            No dice algo el hecho de que no crucen una palabra y sin embargo el Señor diga tanto de ella? A mí me confirma que es verdad que el Padre se revela a sus pequeños. Hay en este mundo una multitud de gente que tiene internalizado el evangelio, que lo vive desde adentro y no necesita ejemplos ni mandamientos externos porque lleva la ley del amor escrita en su corazón, porque es gente que «se pone». 

            El Señor descubría estas personas a cada rato en su camino e interactuaba con ellos complicemente. De lo que se hizo público está tejido el evangelio. Pero hubo y hay mucho más. Hay que sentarse a mirar, nomás. A mirar a la gente allí donde vive (y no solo a través de lo que registran los medios, que se suelen perder muchas de estas noticias, aunque de vez en cuando aparece alguna: alguno que devolvió una billetera que encontró, alguno que tuvo un gesto solidario… -ayer leí la noticia de un hombre joven, soltero, que adoptó a una nena con síndrome de down que habían rechazado siete familias. El declaró que la nena era un sol en su vida, que comprendía a las familias que la habían rechazado, porque no todo el mundo está preparado para algo así. Y que el juez no le había preguntado sobre su orientación sexual. Uno puede opinar en abstracto, pero el tiempo pasa y esa niña tiene alguien que, hoy, le está dando todo lo que tiene para vivir-). Hay que sentarse a mirar en los lugares por donde pasa la vida, por donde pasa al gente, como hacía un cura amigo, que ahora es obispo, y que rezaba en la calle: un día se sentaba en una parada de micros, otro frente a la maternidad Sardá, otro frente a un Banco, otro en un café… Y rezaba contemplando a la gente, como Jesús hoy, que se sentó a «rezar», no a chusmear. Hay que sentarse a contemplar en la acción, como dice San Ignacio. 

            Con esto, el Señor nos enseña algo más que el ejemplo de «como hay que ponerse» con la limosna. Nos enseñó a rezar mirando a la gente sencilla. Nos enseñó cómo rezaba Él, cómo aprendía de la gente, cómo era capaz de percibir las enseñanzas de su Padre hablándole al corazón de sus pequeñitos. Por las acciones y los gestos de los pobres, Jesús aprendía las lecciones que el Padre le daba para enseñarnos a nosotros. Jesús rezaba mirando a su pueblo, hablando con el Padre de las cosas de su pueblo y escuchando lo que su pueblo le dice -le suplica, le pide, le agradece y le cuenta- a su Padre. 

Todo esto en un simple gesto, en el que la viuda humilde, unió limosna y oración al poner esas dos moneditas en el Tesoro del Templo. 

            Esto de unir oración y limosna es significativo. Saber unir una oración con la que uno va a Dios -pidiendo por alguien, buscando luz sobre alguna decisión que debe tomar, agradeciendo y alabando por lo linda que es la vida…- con una limosna a un pobre, con una ofrenda puesta en la alcancía de la Iglesia. Porque no solo es que la limosna ayuda a los pobres y cubre multitud de pecados, sino que al «ponernos» caemos en la cuenta de que Dios también es Uno «que se pone». 

            Jesús se sintió identificado en esa mujer que «se ponía entera» en lo que daba, que daba de todo corazón las monedas. En el mismo gesto que uno da, recibe. El que se da mezquinamente, recibe mezquinamente. No porque Dios no se de entero, sino porque el recipiente que uno usa para dar es el mismo que tiene para recibir. Y si uno no lo vacía entero, luego recibe menos, puede ser llenado menos. 

            La palabra «todo» es de nuevo clave en este evangelio, como lo fue en el que Jesús explicó el mandamiento principal: el de amar a Dios con todo: todo el corazón, toda el alma, toda nuestra inteligencia y todas nuestras fuerzas. Aquí lo concreta la viuda «poniendo todo» lo que tenía para vivir ese día. 

            Arrojar todo, poner todo, no es solo un gesto activo sino también pasivo: deja el lugar vacío -sin nada- para poder recibir el Todo que da Dios, que es Uno que se pone entero. Más que el contenido, lo que importa es el gesto. Por eso, en una confesión, más que los pecados que uno confiesa, el punto es que al confesarlos, uno se pone entero, como es. Y con eso el Señor puede hacer mucho.

            La viuda se ve que este ejercicio de dar todo, lo tenía incorporado. No fue, segurísimamente, un hecho aislado, algo de ese día, sino que se ve que era su forma habitual de vivir: de vaciarse para ser llenada, de poner todo para recibir todo. 

            Se ve esto en la gente que vive al día, que gana lo justo para comer hoy o este mes, y que sabe abrir el corazón -y dar su tiempo y compartir lo poco que tiene- cada día y enteramente. 

            Y que ella era así, se ve en que el Señor no necesitó confirmarle nada: ni perdonarle los pecados ni decirle tu fe te ha salvado ni toma tu camilla ni vete a presentarte a los sacerdotes ni no peques más ni hacé vos otro tanto… La mujer ya tiene su ritmo de caridad, su vida entre el trabajo su casa y el Templo, su medida para dar -han visto que hay gente que «se pone», directamente, que sabe que «hay que ponerse» y se ofrece, se pone a tiro, se presenta a colaborar y recibe las instrucciones fácilmente..?.- bueno, la viuda es de estas y eso se ve que no le hace falta que Jesús le diga nada más. Ya trabaja de asistente de parábolas y si el Señor la siguiera un poco, o la hubiera seguido alguno de sus discípulos evangelistas, encontrarían parábolas para llenar dos evangelios, porque es de esa gente con la que el Espíritu escribe una parábola por día o más, seguramente. 

            Como vemos, el ejemplo de la viuda -poner dos moneditas en la alcancía- no es solo cuestión de dinero sino de «ponerse», que es mucho más. 

Jesús se fija en cómo pone la gente, en si se pone toda. Porque recién ahí él puede trabajar (aprendiendo de lo que uno «es»). 

            Todos tenemos momentos en que «nos damos enteros» en que «ponemos todo». Ahí donde está nuestro corazón, está nuestro tesoro. Y de ahí tenemos que partir, para aprender de nosotros mismos, para ponernos ante el Señor y para darnos a los demás. No tiene que ser desde donde nos sobra, eso quiere decir el Señor. Y a algunos «nos sobra mucho» -porque la vida nos ha dado tanto- y nos podemos pasar la vida administrando talentos sobrantes. Al Señor le interesa que nos conectemos con el punto donde somos pobres. Como dice de la viuda: de su indigencia, dio todo.

            Ahí se posa la mirada del Señor: en nuestra pequeñez, en nuestra indigencia. Para mendigarnos que, de esa indigencia, lo pongamos todo.

Diego Fares sj

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