No hay que dejar que nuestro sueño «de ofrecerle al Señor una entrega más bella cada día» (GE 163) se devalúe por los delirios de los necios con poder (29 B 2018)

  Iban por el camino, subiendo a Jerusalén. Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo. Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión) Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir nos lo concedas. El les dijo: ¿Y qué quieren que haga con ustedes? Ellos le dijeron: Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria. Jesús les dijo: No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado? Podemos – le respondieron ellos. Pero Jesús dijo: El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado. Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan. Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran como jefes de las naciones tratan despóticamente a la gente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes de las naciones las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes: sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes, será su servidor(diakono) y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo(doulos) de todos. Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45). Contemplación Hoy la contemplación va en diálogo con Javier Cámara y Florencia Barzola ya que ayer hicimos un programa juntos en Radio María meditando sobre el Evangelio de hoy. Decían ellos: En Argentina, por estos días, parecen haberse exacerbado algunas de nuestras características negativas. Por ejemplo, la del internismo, la del enfrentamiento, la del enojo y la indignación entre las personas. Por eso te proponemos que nos ayudes a reflexionar sobre estas cosas “tan” argentinas. Y nos dimos con que el Evangelio del próximo domingo, el de los hijos de Zebedeo: Santiago y Juan, que le piden a Jesús sentarse a su derecha y a su izquierda cuando esté “en la gloria”, es muy propicio porque habla un poco de todo esto; y de que, casi siempre, los conflictos, las divisiones, las “indignaciones” entre los hombres se generan por la búsqueda de poder, de honores, de prestigio, de riquezas. Y de allí surgen también las murmuraciones, los chismes y las críticas hacia los demás. 
  • Por eso la primera pregunta es, ¿por qué nos atrae tanto el “poder”,  el “prestigio”, el “tener” (había un jesuita que hablaba de “las tres P”- “plata, prestigio y poder”-, como las cosas que más buscan las personas a pesar de que Dios nos propone otras cosas totalmente distintas…
Está bueno partir del Evangelio. En el pasaje que citan del Evangelio de este domingo, se ve que Santiago y Juan vieron en Jesús una puerta abierta para entrar al Reino. Y la palabra Reino se ve que les resonó -como a nosotros- junto con otra: con la de “tener un puesto”. Pero resulta que en Jesús la única puerta abierta era y es la puertita de servicio. La puerta de atrás, no la principal! Jesús no distribuye puestos, sino tareas para hacer por los demás. Tareas, obrasde misericordia, que vienen cada una con su cruz, porque la vida de los que se meten a servir a los demás “se complica maravillosamente” (EG 270), como dice el Papa Francisco. E incluso – para colmo!- vienen con persecuciones.  Eso sí, aceptado este «cáliz», como les dice Jesús, las tareas que Él encomienda vienen  también con el ciento por uno: ciento por uno de rostros queridos, ciento por uno de personas con las que te hacés amigo para siempre en medio de esos servicios humildes que se realizan en nuestras obras de caridad, ciento por uno de alegría en esas cruces a las que le ponés el hombro. En las tareas de Jesús, al final te quedás con las manos vacías y con el corazón lleno de rostros.
  • Y lo de las tres P -plata, prestigio y poder-?
Yendo a las tres P que mencionan, aunque se entiende lo que se quiere decir, creo que no hay que simplificar. No sirve hacer discursos moralizantes, como si la plata, el prestigio y el poder fueran “malos” en sí mismos. El único Malo es el Maligno y actúa en el ámbito de la libertad humana, en el modo como usamos las cosas. San Ignacio habla de tres escalones por los que el Maligno nos tienta a “trepar”. Trepar. Anotemos esa palabra. Ignacio no habla solo de riquezas sino de “codicia de riquezas”; no habla solo de fama y honores sino de “vano honor del mundo” -la mundanidad espiritual de la que siempre habla el Papa y  que consiste en treparse a la propia gloria en vez de hacer que resplandezca la mayor gloria de Dios; y por fin, habla San Ignacio del último escalón, al que nos tienta el Demonio a subirnos, que es el de una “crecidasoberbia”. Crecida en sentido de creérsela y también de “creciente”, como cuando en las sierras decimos que se viene “la crecida”. La soberbia crecida es la que se auto-alimenta y en vez de aprovechar las humillaciones ordinarias que la vida nos ofrece cada día, usa todo para auto-justificarse, para volverse más y más soberbio. Los soberbios se comparan con otros más soberbios que ellos, nunca con la gente común. Y yo digo que se deprimirán eternamente cuando se enfrenten a la soberbia del Demonio, al lado de la cual cualquier soberbia humana queda chiquita -no pasa de desplante-. Entonces, el tercer escalón es el de la soberbia del poder, no el poder a secas, porque el poder cuando se lo usa para servir, es muy bueno.
  • ¿Hay de verdad un “poder” que sea bueno, que nos haga bien, que “merezca” ser buscado? (Guardini hablaba del “poder” como uno de los atributos del hombre que lo asemeja a Dios…). 
Claro que hay un poder bueno! Pensemos en el poder político: bien usado no solo es bueno, merece ser buscado y debe ser usado, sino que llega a ser la forma más alta de la caridad, como decía Pablo VI. Porque llega a mucha gente! La política trabaja con el Bien Común. Hay tantas cosas buenas que se hacen desde la política! Pensemos en la ley que por fin se votó en el Senado en estos días sobre la Donación de Alimentos. Estuvo trabada años. Los que en los Comedores nos hemos organizado para saber aprovechar los alimentos y las cosas que otros no usan y que están en buen estado y no vencidas, sabemos de la importancia que tiene liberar de posibles reclamos al que quiere donar. La ley supone la buena voluntad de las dos partes del que dona y del que recibe para hacer las cosas bien. Es verdad que hacen falta reformas estructurales de fondo y no es bueno institucionalizar que los pobres vivan de lo que sobra y no de lo que tienen derecho por justicia. Pero en el corto plazo, esta ley abre una posibilidad de aprovechar mejor los alimentos que se tiran. Juan Carr hacía tomar conciencia de que en la Argentina se tiran alimentos que podrían alimentar a 85 millones de personas! La política puede quitar obstáculos a las buenas prácticas de las sociedades intermedias y favorecer todo lo bueno que está activo en la sociedad. Lo mismo la justicia, cuando funciona bien, es motivo de gran esperanza, como hemos visto en el caso del juicio a los responsables de la tragedia de Once. La lucha de los familiares, que se hicieron «especialistas» en la ley, en sus tiempos, en lo que es posible probar, en aceptar las sentencias de acuerdo a lo que marca la ley y no pretender una justicia absoluta, que en esta vida no es posible, muestran que con el control y el seguimiento ciudadano, la justicia funciona. Cuesta dar la vida, porque los poderosos no te regalan nada. Pero funciona. El poder bien usado es un don maravilloso. Sobre todo en el mundo actual en que la riqueza y los recursos están. Es la primera vez en la historia de la humanidad que «hay» cosas para todos. Solo hay que dictar leyes inteligentes, que comprendan bien la complejidad de las relaciones que están en juego, aplicarlas ejecutivamente, y juzgar luego si se cumplen las cosas con equidad.
  • ¿Cuándo, en qué circunstancias la búsqueda de poder es moralmente desordenada? (No sólo la búsqueda de poder político, sino también de poder o de dominio sobre los demás, como suele darse en la vida familiar, en el trabajo, etcétera?
La riqueza se convierte en mala cuando es objeto de codicia. Es la parábola del rico necio… El problema no es la riqueza sino la necedad de codiciar lo que uno no podrá gozar. Con el poder, el problema es “la crecida soberbia”, no el poder en sí mismo. Pero discernir aquí es más complicado que con la riqueza. No se debería juzgar si uno que es poderoso es soberbio o no «mientras está ejerciendo el poder». Mientras está mandando el que manda -en medio de la batalla, del partido, de la ceremonia…-, el que obedece debe estar concentrado en obedecer, no en juzgar si el otro es soberbio o no. San Ignacio, cuando iba a ayudar en la cocina, le decía al cocinero que lo mandara, no que le estuviera pidiendo «por favor». Nada de “por favor, su reverencia, sería tan amable de pasarme el cucharón, si no le es molestia…». No! Si sos jefe de cocina, decís “Cucharón!!!”. Si estás operando, decís “bisturí!”. «Ese no, el otro!!!» El juicio se puede hacer después, mirando cómo el que manda revisa lo mandado, cómo corrige los errores y pide perdón…, viendo cómo consulta para seguir adelante. No en medio de la batalla. En nuestra democracia esta «evaluación» se hace cada cuatro años. Mientras, hay que tirar todos para el mismo lado, obedecer al que manda y no desautorizarlo. Por ahí, en esto, yo soy muy jesuita y no todos están de acuerdo en el bien que es la obediencia. Pero por los frutos se puede comprobar que «desautorizar al que manda a mitad del río» es siempre peor que obedecer. En todo caso, cuando se desobedece, se salva quien puede. Pero para los más pobres, siempre es peor si no hay una cabeza que mande. Entonces: la búsqueda de poder es moralmente desordenada cuando se usa el poder para beneficio propio y no se mira el bien común. El signo es la soberbia, porque el bien común, si lo buscás, te vuelve humilde. Pero lo que digo es que este juicio no se puede hacer «todo el tiempo», ni lo puede hacer cualquiera y menos sin respetar las instancias. – A veces uno trata de pensar como político, y advierte que los políticos, incluso los buenos políticos, no tienen otro camino que el de recorrer el que propone el sistema impuesto: el que “enseña” que, para ser elegido gobernante, se debe ser famoso, tener prestigio, y tener dinero… ¿Cómo salir o evitar ese camino y ese “formato” de político? Ese formato es parte de lo que Jauretche describía como «Zonceras argentinas». Vale tanto para el político como para toda la sociedad que juzga, porque las dos cosas -los políticos y la sociedad- funcionan en espejo, en paralelo. Jauretche cuenta el juicio que hacía un amigo suyo. Decía que: «El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento. Quería significar que, paralelamente, somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y zonzos cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen al país, a la nación, a todo nuestro pueblo y a largo plazo». Lo de que para hacer política hay que tener caja, prestigio y estar matando todo el tiempo enemigos, es parte de esa «viveza de ojo que es zoncera de carácter». Viene de no creer en la gente, de pensar que la gente es zonza. Puede ser que en el momento sí, que muchas veces la gente se engañe con los más vivos. Pero a la larga no. Por eso la política tiene que apostar al corazón y a la sabiduría de nuestro pueblo, el que piensa en sus hijos y cuida a los abuelos y ayuda solidariamente a los más pobres. No digo que sea una sabiduría infalible en todo. Pero no se equivoca en lo esencial. Si no se apuesta a eso, si los políticos no apuestan a que el pueblo «entiende lo bueno para sus hijos», todos los formatos son «vivos de ojo y zonzos de temperamento».
  • ¿Cómo debe ser el servicio de un político para que sea “santo”? Hoy pareciera que es imposible que un político, alguien que ejerce el poder político en un estado pueda ser santo… (quizá en esto está el fin lamentable que Maquiavelo le depara al “príncipe” porque siempre alguien lo odiará)…
Aquí viene bien recordar el tipo de santidad de la que habla el Papa. Un político nunca será santo de estampita, eso está claro. Pero hay una manera. Gaudete et exsultatelo dice expresamente: «Tenés autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14). Un político es santo si queda en la historia, en el juicio de su pueblo, como uno que fue honrado y que luchó por el bien común. La renuncia a defender intereses personales es un signo. Muchas veces es el único posible. Es San Martín renunciando a participar en las luchas internas. Se tuvo que ir! Pero él no era político sino un militar. La santidad política, la lucha por el bien común y no por los intereses personales, debe ser de las más difíciles, creo yo. A mí me ayuda pensar esto poniendo en relación -no simétrica, pero sí en relación- la santidad del político y la santidad del pueblo que gobierna. Porque la materia con que se plasma la santidad política es el bien común y en eso avanzamos o retrocedemos juntos, político y pueblo. No puede gestionarse un bien común que no es muy amado por todos. No sé cuál sea la proporción. Quizás el pueblo tenga que ser tres veces más santo que sus políticos, para que estos se encaminen bien y no se tuerzan. Hay una escuela en Concordia, en Benito Legerén -la Escuela San Roque González-, que la empezó un jesuita y se sostiene con el trabajo voluntario que donan los padres y los mismos alumnos con muchas horas de trabajo a la semana. Hay que ver lo que es! Allí todos trabajan con mucha buena onda. Como decía el padre Nardín en el Encuentro que tuvimos de Manos Abiertas, allí nunca se dio un «curso de voluntariado» para los jóvenes, ni hay que mandarlos mucho para hacer las cosas. Bastó con que ellos se fijaran en lo que hacían los grandes. Otras veces el político tendrá que poner diez veces más amor por el bien común que el que encuentra en la sociedad que le toca en un momento dado…
  • A veces, las actitudes de los demás (en nuestra familia, en nuestras relaciones, pero también la política -lo que hacen los políticos o los dirigentes-) nos “indignan”,como se indignaron los demás apóstoles ante el pedido de Santiago y Juan. ¿Indignarse siempre es “enojarse”? ¿Qué tenemos que hacer con lo que nos “indigna” para que no se convierta en una “interna” o en un “odio” que nos haga mal?
Creo que en este momento hay que aprovechar la onda de indignación ante el robo. El primer servicio político al bien común (que santifique políticamente a los políticos y a los ciudadanos de a pie) en este momento creo que  pasa por «no robar». Pero cuando digo no robar hablo de todas las formas que tenemos de robar, que son muchas y a veces indirectas. No hay que robar efectivo con bolsos pero tampoco hay que robar a futuro con bonos que darán beneficios inicuos a los que se aprovechan y los pueden comprar hoy. No robar teniendo dólares afuera, ni siendo descuidados en compartir ese 12 % que tiramos… No robar. Trabajar. No ser «ventajita». Creo que hoy nos hace bien poner límites absolutos en esto del robo, que ha tomado mil formas en nuestra sociedad (y que no era así en la vida de nuestros abuelos o bisabuelos). Es un primer paso de santidad en común en nuestra patria, de santidad política hoy: no robarnos. Dar. Hacer algo demás por nuestra patria. Aunque parezca que se lo llevan los vivos. Hay lugares donde podemos servir y dar de más y se aprovecha bien. Son «territorio nacional», patria. Y lo que allí se hace es Política: servicio del bien común.
  • Por último, me llama la atención cuando Jesús les dice:  “No saben lo que piden”. ¿Ante qué tipo de nuestros pedidos de hoy, te parece que el Señor puede decir lo mismo?
El Señor les dice eso porque el puesto que pedían -a su derecha y a su izquierda- no iba a ser precisamente un puesto para sentarse. Él iba a la cruz y los que iban a estar a su lado iban a ser otros crucificados. Uno de ellos fue el buen ladrón, que se animó a pedirle que se acordara de él en su reino, y él sí recibió la promesa del premio: «Esta tarde estarás en mi reino». Pensando en nosotros hoy, pensando en mis pedidos al Señor, lo que siento es que si uno pide la gracia de dar una mano, de poder ayudar al bien común, hay que saber que uno ayuda de verdad si cambia uno, sin esperar a que cambien los demás. El Papa dice que para combatir bien por la santidad «no hay que dejar de soñar con una entrega más bella» (GE 163). Ese es el poder real, el que uno puede ejercer sobre su propia vida, orientando sus sueños a esto que solo uno puede hacer real: a entregarnos más bellamente hoy de lo que hicimos ayer.
  • Una historia,  para terminar?
Sí, para terminar una fábula, como siempre, en este caso sobre algo a lo que hay que escaparle. Es de Castellani y la titula «Huida». Una vez atraparon a un monje que venía huyendo a toda furia mirando hacia atrás. -¡Párese! ¡Párese, don! ¡Adonde va! El anacoreta estaba que no lo sujetaban ni a pial doble. -¿Qué le pasa? ¿Quién lo corre? -¿Lo persigue alguna fiera? -Peor -dijo el ermitaño. -¿Lo persigue la viuda? -Peor. -¿Lo persigue la muerte? El anacoreta dio un grito: -¡Algo peor que la demencia! -y siguió huyendo. Venía atrás al galope un necio con poder. Como San José cuando huye a Egipto, no hay que dejar que nuestro sueño «de ofrecerle al Señor una entrega más bella cada día» (GE 163) se devalúe por los delirios de los necios con poder. Siempre hay que tener a mano algún «Egipto» donde exiliarnos y refugiarnos para que nuestros sueños y nuestra entrega den fruto a pesar de lo malo de los tiempos. Las obras de misericordia siempre están abiertas, esperando gente que  quiera ejercitar su poder sirviendo. Diego Fares sj

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