Bartimeo: el discípulo mendigo ciego de Jesús «su Rabbuní», el que quería recobrar la vista – la había perdido!- y volver a ver las cosas con altura, con fe, para poder seguir a Jesús en vez de estar tirado al costado del camino (30 B 2018).

  Fueron a Jericó. Y saliendo Jesús  de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo-  un ciego mendigo, estaba sentado al costado del  camino. Y oyendoque pasaba Jesús, el Nazareno, comenzó a gritar y decía: – ¡Hijo de David, Jesús¡Ten piedad de mí! Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: – ¡Hijo de David, apiádate de mí! Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: – ¡Animo, levántate! El te llama. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús. Y en respuesta Jesús le dijo: – ¿Qué deseas que haga para ti? El le respondió: – Maestro –Rabbuní-, que vea. Jesús le dijo – Vete. Tu fe te ha salvado. Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52). Contemplación «Rabbuní, mi Maestro! Me gusta imaginarlo a Bartimeo, al costadito del camino, con su tacita para las limosnas entre las manos, sumido en sus meditaciones de ciego, con el oído atento a todos los sonidos de alrededor. El evangelio en dos renglones hace entrar y salir a Jesús de Jericó. Como adoptando la perspectiva del ciego, que se perdió todo lo que Jesús hizo en la ciudad. Lo sintió entrar y pasar junto a Él y, como si todo hubiera durado un instante, lo sintió salir). Habrá habido un intercambio de pensamientos entre ellos? Seguro que sí. Porque Jesús leía los corazones de la gente y Bartimeo, que como buen ciego  se daba cuenta cuando lo miraban,  habrá sentido que Jesús leía el suyo. Por eso Marcos hace ver que todo pasó como en el mismo momento. Imagino que Bartimeo habrá comenzado a pensar, sopesando bien las palabras, con qué títulos se dirigiría al Señor cuando se encontraran frente a frente (porque de eso no había duda: él no dejaría pasar la ocasión, que presentía -y con acierto- como la última oportunidad de su vida). Hijo de David, Jesús…, Maestro. Esos serían los nombres y los títulos. En ese orden: primero Hijo de David, con el cariño incondicional del pueblo que lo reconocía como el Mesías. Simple y puramente. Mientras los escribas y fariseos argumentaban y examinaban la doctrina de Jesús y con quién se juntaba, la gente le enseñaba a los chicos, a sus hijos, que Jesús era el Hijo de David, el Mesías que esperaba el pueblo. Por eso los niños cantaron espontáneamente en la entrada de Jesús en Jerusalen. Después, Bartimeo había pensado en reforzar la cosa llamándolo Jesús. Directamente. Como hacemos los conciudadanos de un Papa llamándolo por su nombre cuando pasa para que le resuene familiar y nos mire. Así hacían los polacos con san Juan Pablo II -Karol! le gritaban-, y nosotros con Francisco. Pero estos nombres eran para llamar la atención del Señor. El último era el más importante. Maestro. Pero no usaría «Rabbí» sino «Rabbuní» que era más solemne y se usaba para dirigirse a Dios. Rabbuní solo lo usan Bartimeo y María Magdalena y es toda una profesión de fe, como cuando Tomás dice «Señor mío y Dios mío». Rabbuní es «mi» Maestro. Y con esto Bartimeo se presentaba a sí mismo y le daba pie al Señor para que comprendiera -si es que hacía falta- el sentido de la curación que le pedía. «Mi Maestro, que yo vuelva a ver». Anablepo es que yo recobre la vista y también que «vea hacia arriba». La pregunta del Señor fue a propósito (porque le había leído los pensamientos y sabía que tenía enfrente un discípulo, uno de esos incontables «discípulos anónimos» que tiene el Señor en cada pueblo y a lo largo de la historia). El Señor lo escuchó en medio de la multitud, escuchó los nombres con que lo llamaba y le dio pié para que allí, delante de todos, Bartimeo, el mendigo ciego, hiciera su confesión de Fe llamándolo familiarmente «mi Maestro» y nos diera a todos la lección de lo que un buen discípulo debe pedir cuando el Maestro le pregunta en medio de la clase «qué quieres que haga por tí». Esa respuesta hay que tenerla preparada, bien rumiada, como la tenía Bartimeo. Y además de «la cosa» que pediremos hay que tener bien elegido el modo de tratar a Jesús. En eso, la gente sencilla como Bartimeo nos enseña. Porque la gente común, el pueblo sencillo, sabe tratar. Sabe mantenerse a distancia humilde y también sabe protagonizar cuando el Señor quiere interactuar con un colaborador para enseñar algo a los demás.  Llamar al Señor «Rabbuní» fue un título audaz. Porque fue como decir de sí mismo que él no era nada más que un mendigo ciego, el hijo de don Timeo, sino un discípulo, un verdadero discípulo. Fue decirle a Jesús y a todos los presentes, los discípulos que Jesús había llamado personalmente y la gente de la ciudad que lo veía mendigar en esa esquina todos los días: «mirá que este pobre ciego se considera discípulo tuyo interiormente». Fue como decirle: «Te he seguido siempre Señor, y te sigo. Y si hacés que vea de nuevo, te seguiré» -cosa que efectivamente hizo como nos dice Marcos: porque «lo seguía por el camino». Él, que había estado gran parte de su vida «sentado al costado del camino», ahora, puesto en pié y con la vista recobrada, seguía a su Maestro por el camino. Bartimeo, el discípulo. Decía que la gente sencilla sabe tratar porque con una palabra lo dice todo. Del otro y de sí. La gente sencilla se juega con las palabras. No es bocona ni habla por hablar, como a veces hacemos los predicadores (por eso el Papa insiste en que prediquemos corto, para que al menos por la humildad de la cantidad no se note lo que falta de calidad). Y junto con el título, la cosa que pidió Bartimeo, lo que más deseaba, que fue «volver a ver». Pareciera obvio para un ciego, sin embargo no es así. Porque Bartimeo no pidió simplemente ver sino «recobrar la vista», lo cual fue hacer una confesión de vida, porque fue decir que lo suyo no era un defecto natural, digamos, sino que él había tenido vista y la había perdido, vaya a saber por qué. Y como la palabra que usó no solo dice «re-cobrar» sino también «ver hacia lo alto», comprendemos que la vista que pedía era la de «ver las cosas como las ve El de arriba», el que bajó para revelarnos las cosas de Dios. Por eso, cuando Jesús le dice «Tu fe te ha salvado», no es una frase hecha sino la respuesta justa de un diálogo más profundo de lo que se ve de afuera. Lo aceptó como discípulo, quiere decir. Y aunque le dijo «vete», Bartimeo, que como muchos mendigos se ve que era original, se fue pero para donde Jesús iba, no para otro lado. Por eso digo que es de esos discípulos especiales, de los que no hay que llamarlos para que vengan sino que vienen solos. Funcionan por atracción no por insistencia. Tienen  convicción propia. Porque la verdad es que a algunos hay que llamarlos varias veces y después hasta «disciernen» si el llamado fue verdadero y si en realidad tenían vocación… Bartimeo es de los que la vocación de ser discípulo y la vocación de servicio la tienen de fábrica. Y si algo les preocupa es «recobrarla», porque sienten que el único problema es que esta visión uno la pierde. Y recobrarla «mejorada», más «alta». Porque ni se les pasa por la cabeza poner en duda esto que el Papa llama «el llamado a todos a la santidad». Resumiendo: para meditar y contemplar tenemos lo de la gente «que sabe tratar» y lo de «tener claro lo que queremos que Jesús haga por nosotros» y que es que recobremos la vista de discípulos y seguidores suyos para bien de todos, especialmente de los que también desean «volver a ver» y «ver las cosas con la mirada alta de la fe». Para terminar digo que lo que más me gusta de Bartimeo, es cómo se fue convirtiendo en una persona que «parte de la oración». Del deseo de rezar. Digo que se fue convirtiendo porque le debe haber llevado todo el tiempo de su ceguera y de su tener que mendigar. Porque eso es rezar: rezar es «llamar a Jesús mi Maestro», rezar es pedirle «recuperar la vista» y «ver con los ojos de la fe», que ven un poco más alto que las visiones rastreras a las que nos hemos acostumbrado. Ser discípulo es «partir de la oración». Cada día, de cero, en el mismo banco, con la misma escudilla entre las manos, que le serviría para todo: para recibir las monedas y para tomar agua y comer. Partir de la oración pedida como una limosna de misericordia de Jesús, no como un deber. La oración de pobre como algo que se recibe de quien nos la quiere regalar y no como un «tengo que rezar». Partir de la oración, eso es ser discípulos. Es la alegría de aprender, siempre de nuevo, una vez más, sin cansarse de los errores y olvidos. Partir de la oración es partir no de mi inteligencia ni de mi voluntad ni de mis culpa y planes, sino de lo que el Otro – mi Maestro- me quiera enseñar. Y habiendo tan grandes Maestros, como Jesús -mi Rabbuní- y nuestro Espíritu Santo, que es el Maestro interior que nos enviaron el Padre y el Señor…, habiendo maestros como «los de Jericó» (porque allí además de Bartimeo vivía Zaqueo y parece que también vivía o trabajaba el buen Samaritano), habiendo maestros así, digo, que saben tratar, que saben lo que quieren y saben bien adónde van en la vida, ser discípulos -partir de la oración cada día- es la gracia Mayor que uno pueda tener y pretender. Ser discípulos, toda la vida. Discípulos misioneros, por supuesto, porque Jesús enseña yendo de camino a su misión e involucrándonos en ella a los que lo queremos seguir. Diego Fares sj

No hay que dejar que nuestro sueño «de ofrecerle al Señor una entrega más bella cada día» (GE 163) se devalúe por los delirios de los necios con poder (29 B 2018)

  Iban por el camino, subiendo a Jerusalén. Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo. Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión) Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir nos lo concedas. El les dijo: ¿Y qué quieren que haga con ustedes? Ellos le dijeron: Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria. Jesús les dijo: No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado? Podemos – le respondieron ellos. Pero Jesús dijo: El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado. Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan. Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran como jefes de las naciones tratan despóticamente a la gente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes de las naciones las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes: sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes, será su servidor(diakono) y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo(doulos) de todos. Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45). Contemplación Hoy la contemplación va en diálogo con Javier Cámara y Florencia Barzola ya que ayer hicimos un programa juntos en Radio María meditando sobre el Evangelio de hoy. Decían ellos: En Argentina, por estos días, parecen haberse exacerbado algunas de nuestras características negativas. Por ejemplo, la del internismo, la del enfrentamiento, la del enojo y la indignación entre las personas. Por eso te proponemos que nos ayudes a reflexionar sobre estas cosas “tan” argentinas. Y nos dimos con que el Evangelio del próximo domingo, el de los hijos de Zebedeo: Santiago y Juan, que le piden a Jesús sentarse a su derecha y a su izquierda cuando esté “en la gloria”, es muy propicio porque habla un poco de todo esto; y de que, casi siempre, los conflictos, las divisiones, las “indignaciones” entre los hombres se generan por la búsqueda de poder, de honores, de prestigio, de riquezas. Y de allí surgen también las murmuraciones, los chismes y las críticas hacia los demás. 
  • Por eso la primera pregunta es, ¿por qué nos atrae tanto el “poder”,  el “prestigio”, el “tener” (había un jesuita que hablaba de “las tres P”- “plata, prestigio y poder”-, como las cosas que más buscan las personas a pesar de que Dios nos propone otras cosas totalmente distintas…
Está bueno partir del Evangelio. En el pasaje que citan del Evangelio de este domingo, se ve que Santiago y Juan vieron en Jesús una puerta abierta para entrar al Reino. Y la palabra Reino se ve que les resonó -como a nosotros- junto con otra: con la de “tener un puesto”. Pero resulta que en Jesús la única puerta abierta era y es la puertita de servicio. La puerta de atrás, no la principal! Jesús no distribuye puestos, sino tareas para hacer por los demás. Tareas, obrasde misericordia, que vienen cada una con su cruz, porque la vida de los que se meten a servir a los demás “se complica maravillosamente” (EG 270), como dice el Papa Francisco. E incluso – para colmo!- vienen con persecuciones.  Eso sí, aceptado este «cáliz», como les dice Jesús, las tareas que Él encomienda vienen  también con el ciento por uno: ciento por uno de rostros queridos, ciento por uno de personas con las que te hacés amigo para siempre en medio de esos servicios humildes que se realizan en nuestras obras de caridad, ciento por uno de alegría en esas cruces a las que le ponés el hombro. En las tareas de Jesús, al final te quedás con las manos vacías y con el corazón lleno de rostros.
  • Y lo de las tres P -plata, prestigio y poder-?
Yendo a las tres P que mencionan, aunque se entiende lo que se quiere decir, creo que no hay que simplificar. No sirve hacer discursos moralizantes, como si la plata, el prestigio y el poder fueran “malos” en sí mismos. El único Malo es el Maligno y actúa en el ámbito de la libertad humana, en el modo como usamos las cosas. San Ignacio habla de tres escalones por los que el Maligno nos tienta a “trepar”. Trepar. Anotemos esa palabra. Ignacio no habla solo de riquezas sino de “codicia de riquezas”; no habla solo de fama y honores sino de “vano honor del mundo” -la mundanidad espiritual de la que siempre habla el Papa y  que consiste en treparse a la propia gloria en vez de hacer que resplandezca la mayor gloria de Dios; y por fin, habla San Ignacio del último escalón, al que nos tienta el Demonio a subirnos, que es el de una “crecidasoberbia”. Crecida en sentido de creérsela y también de “creciente”, como cuando en las sierras decimos que se viene “la crecida”. La soberbia crecida es la que se auto-alimenta y en vez de aprovechar las humillaciones ordinarias que la vida nos ofrece cada día, usa todo para auto-justificarse, para volverse más y más soberbio. Los soberbios se comparan con otros más soberbios que ellos, nunca con la gente común. Y yo digo que se deprimirán eternamente cuando se enfrenten a la soberbia del Demonio, al lado de la cual cualquier soberbia humana queda chiquita -no pasa de desplante-. Entonces, el tercer escalón es el de la soberbia del poder, no el poder a secas, porque el poder cuando se lo usa para servir, es muy bueno.
  • ¿Hay de verdad un “poder” que sea bueno, que nos haga bien, que “merezca” ser buscado? (Guardini hablaba del “poder” como uno de los atributos del hombre que lo asemeja a Dios…). 
Claro que hay un poder bueno! Pensemos en el poder político: bien usado no solo es bueno, merece ser buscado y debe ser usado, sino que llega a ser la forma más alta de la caridad, como decía Pablo VI. Porque llega a mucha gente! La política trabaja con el Bien Común. Hay tantas cosas buenas que se hacen desde la política! Pensemos en la ley que por fin se votó en el Senado en estos días sobre la Donación de Alimentos. Estuvo trabada años. Los que en los Comedores nos hemos organizado para saber aprovechar los alimentos y las cosas que otros no usan y que están en buen estado y no vencidas, sabemos de la importancia que tiene liberar de posibles reclamos al que quiere donar. La ley supone la buena voluntad de las dos partes del que dona y del que recibe para hacer las cosas bien. Es verdad que hacen falta reformas estructurales de fondo y no es bueno institucionalizar que los pobres vivan de lo que sobra y no de lo que tienen derecho por justicia. Pero en el corto plazo, esta ley abre una posibilidad de aprovechar mejor los alimentos que se tiran. Juan Carr hacía tomar conciencia de que en la Argentina se tiran alimentos que podrían alimentar a 85 millones de personas! La política puede quitar obstáculos a las buenas prácticas de las sociedades intermedias y favorecer todo lo bueno que está activo en la sociedad. Lo mismo la justicia, cuando funciona bien, es motivo de gran esperanza, como hemos visto en el caso del juicio a los responsables de la tragedia de Once. La lucha de los familiares, que se hicieron «especialistas» en la ley, en sus tiempos, en lo que es posible probar, en aceptar las sentencias de acuerdo a lo que marca la ley y no pretender una justicia absoluta, que en esta vida no es posible, muestran que con el control y el seguimiento ciudadano, la justicia funciona. Cuesta dar la vida, porque los poderosos no te regalan nada. Pero funciona. El poder bien usado es un don maravilloso. Sobre todo en el mundo actual en que la riqueza y los recursos están. Es la primera vez en la historia de la humanidad que «hay» cosas para todos. Solo hay que dictar leyes inteligentes, que comprendan bien la complejidad de las relaciones que están en juego, aplicarlas ejecutivamente, y juzgar luego si se cumplen las cosas con equidad.
  • ¿Cuándo, en qué circunstancias la búsqueda de poder es moralmente desordenada? (No sólo la búsqueda de poder político, sino también de poder o de dominio sobre los demás, como suele darse en la vida familiar, en el trabajo, etcétera?
La riqueza se convierte en mala cuando es objeto de codicia. Es la parábola del rico necio… El problema no es la riqueza sino la necedad de codiciar lo que uno no podrá gozar. Con el poder, el problema es “la crecida soberbia”, no el poder en sí mismo. Pero discernir aquí es más complicado que con la riqueza. No se debería juzgar si uno que es poderoso es soberbio o no «mientras está ejerciendo el poder». Mientras está mandando el que manda -en medio de la batalla, del partido, de la ceremonia…-, el que obedece debe estar concentrado en obedecer, no en juzgar si el otro es soberbio o no. San Ignacio, cuando iba a ayudar en la cocina, le decía al cocinero que lo mandara, no que le estuviera pidiendo «por favor». Nada de “por favor, su reverencia, sería tan amable de pasarme el cucharón, si no le es molestia…». No! Si sos jefe de cocina, decís “Cucharón!!!”. Si estás operando, decís “bisturí!”. «Ese no, el otro!!!» El juicio se puede hacer después, mirando cómo el que manda revisa lo mandado, cómo corrige los errores y pide perdón…, viendo cómo consulta para seguir adelante. No en medio de la batalla. En nuestra democracia esta «evaluación» se hace cada cuatro años. Mientras, hay que tirar todos para el mismo lado, obedecer al que manda y no desautorizarlo. Por ahí, en esto, yo soy muy jesuita y no todos están de acuerdo en el bien que es la obediencia. Pero por los frutos se puede comprobar que «desautorizar al que manda a mitad del río» es siempre peor que obedecer. En todo caso, cuando se desobedece, se salva quien puede. Pero para los más pobres, siempre es peor si no hay una cabeza que mande. Entonces: la búsqueda de poder es moralmente desordenada cuando se usa el poder para beneficio propio y no se mira el bien común. El signo es la soberbia, porque el bien común, si lo buscás, te vuelve humilde. Pero lo que digo es que este juicio no se puede hacer «todo el tiempo», ni lo puede hacer cualquiera y menos sin respetar las instancias. – A veces uno trata de pensar como político, y advierte que los políticos, incluso los buenos políticos, no tienen otro camino que el de recorrer el que propone el sistema impuesto: el que “enseña” que, para ser elegido gobernante, se debe ser famoso, tener prestigio, y tener dinero… ¿Cómo salir o evitar ese camino y ese “formato” de político? Ese formato es parte de lo que Jauretche describía como «Zonceras argentinas». Vale tanto para el político como para toda la sociedad que juzga, porque las dos cosas -los políticos y la sociedad- funcionan en espejo, en paralelo. Jauretche cuenta el juicio que hacía un amigo suyo. Decía que: «El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento. Quería significar que, paralelamente, somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y zonzos cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen al país, a la nación, a todo nuestro pueblo y a largo plazo». Lo de que para hacer política hay que tener caja, prestigio y estar matando todo el tiempo enemigos, es parte de esa «viveza de ojo que es zoncera de carácter». Viene de no creer en la gente, de pensar que la gente es zonza. Puede ser que en el momento sí, que muchas veces la gente se engañe con los más vivos. Pero a la larga no. Por eso la política tiene que apostar al corazón y a la sabiduría de nuestro pueblo, el que piensa en sus hijos y cuida a los abuelos y ayuda solidariamente a los más pobres. No digo que sea una sabiduría infalible en todo. Pero no se equivoca en lo esencial. Si no se apuesta a eso, si los políticos no apuestan a que el pueblo «entiende lo bueno para sus hijos», todos los formatos son «vivos de ojo y zonzos de temperamento».
  • ¿Cómo debe ser el servicio de un político para que sea “santo”? Hoy pareciera que es imposible que un político, alguien que ejerce el poder político en un estado pueda ser santo… (quizá en esto está el fin lamentable que Maquiavelo le depara al “príncipe” porque siempre alguien lo odiará)…
Aquí viene bien recordar el tipo de santidad de la que habla el Papa. Un político nunca será santo de estampita, eso está claro. Pero hay una manera. Gaudete et exsultatelo dice expresamente: «Tenés autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14). Un político es santo si queda en la historia, en el juicio de su pueblo, como uno que fue honrado y que luchó por el bien común. La renuncia a defender intereses personales es un signo. Muchas veces es el único posible. Es San Martín renunciando a participar en las luchas internas. Se tuvo que ir! Pero él no era político sino un militar. La santidad política, la lucha por el bien común y no por los intereses personales, debe ser de las más difíciles, creo yo. A mí me ayuda pensar esto poniendo en relación -no simétrica, pero sí en relación- la santidad del político y la santidad del pueblo que gobierna. Porque la materia con que se plasma la santidad política es el bien común y en eso avanzamos o retrocedemos juntos, político y pueblo. No puede gestionarse un bien común que no es muy amado por todos. No sé cuál sea la proporción. Quizás el pueblo tenga que ser tres veces más santo que sus políticos, para que estos se encaminen bien y no se tuerzan. Hay una escuela en Concordia, en Benito Legerén -la Escuela San Roque González-, que la empezó un jesuita y se sostiene con el trabajo voluntario que donan los padres y los mismos alumnos con muchas horas de trabajo a la semana. Hay que ver lo que es! Allí todos trabajan con mucha buena onda. Como decía el padre Nardín en el Encuentro que tuvimos de Manos Abiertas, allí nunca se dio un «curso de voluntariado» para los jóvenes, ni hay que mandarlos mucho para hacer las cosas. Bastó con que ellos se fijaran en lo que hacían los grandes. Otras veces el político tendrá que poner diez veces más amor por el bien común que el que encuentra en la sociedad que le toca en un momento dado…
  • A veces, las actitudes de los demás (en nuestra familia, en nuestras relaciones, pero también la política -lo que hacen los políticos o los dirigentes-) nos “indignan”,como se indignaron los demás apóstoles ante el pedido de Santiago y Juan. ¿Indignarse siempre es “enojarse”? ¿Qué tenemos que hacer con lo que nos “indigna” para que no se convierta en una “interna” o en un “odio” que nos haga mal?
Creo que en este momento hay que aprovechar la onda de indignación ante el robo. El primer servicio político al bien común (que santifique políticamente a los políticos y a los ciudadanos de a pie) en este momento creo que  pasa por «no robar». Pero cuando digo no robar hablo de todas las formas que tenemos de robar, que son muchas y a veces indirectas. No hay que robar efectivo con bolsos pero tampoco hay que robar a futuro con bonos que darán beneficios inicuos a los que se aprovechan y los pueden comprar hoy. No robar teniendo dólares afuera, ni siendo descuidados en compartir ese 12 % que tiramos… No robar. Trabajar. No ser «ventajita». Creo que hoy nos hace bien poner límites absolutos en esto del robo, que ha tomado mil formas en nuestra sociedad (y que no era así en la vida de nuestros abuelos o bisabuelos). Es un primer paso de santidad en común en nuestra patria, de santidad política hoy: no robarnos. Dar. Hacer algo demás por nuestra patria. Aunque parezca que se lo llevan los vivos. Hay lugares donde podemos servir y dar de más y se aprovecha bien. Son «territorio nacional», patria. Y lo que allí se hace es Política: servicio del bien común.
  • Por último, me llama la atención cuando Jesús les dice:  “No saben lo que piden”. ¿Ante qué tipo de nuestros pedidos de hoy, te parece que el Señor puede decir lo mismo?
El Señor les dice eso porque el puesto que pedían -a su derecha y a su izquierda- no iba a ser precisamente un puesto para sentarse. Él iba a la cruz y los que iban a estar a su lado iban a ser otros crucificados. Uno de ellos fue el buen ladrón, que se animó a pedirle que se acordara de él en su reino, y él sí recibió la promesa del premio: «Esta tarde estarás en mi reino». Pensando en nosotros hoy, pensando en mis pedidos al Señor, lo que siento es que si uno pide la gracia de dar una mano, de poder ayudar al bien común, hay que saber que uno ayuda de verdad si cambia uno, sin esperar a que cambien los demás. El Papa dice que para combatir bien por la santidad «no hay que dejar de soñar con una entrega más bella» (GE 163). Ese es el poder real, el que uno puede ejercer sobre su propia vida, orientando sus sueños a esto que solo uno puede hacer real: a entregarnos más bellamente hoy de lo que hicimos ayer.
  • Una historia,  para terminar?
Sí, para terminar una fábula, como siempre, en este caso sobre algo a lo que hay que escaparle. Es de Castellani y la titula «Huida». Una vez atraparon a un monje que venía huyendo a toda furia mirando hacia atrás. -¡Párese! ¡Párese, don! ¡Adonde va! El anacoreta estaba que no lo sujetaban ni a pial doble. -¿Qué le pasa? ¿Quién lo corre? -¿Lo persigue alguna fiera? -Peor -dijo el ermitaño. -¿Lo persigue la viuda? -Peor. -¿Lo persigue la muerte? El anacoreta dio un grito: -¡Algo peor que la demencia! -y siguió huyendo. Venía atrás al galope un necio con poder. Como San José cuando huye a Egipto, no hay que dejar que nuestro sueño «de ofrecerle al Señor una entrega más bella cada día» (GE 163) se devalúe por los delirios de los necios con poder. Siempre hay que tener a mano algún «Egipto» donde exiliarnos y refugiarnos para que nuestros sueños y nuestra entrega den fruto a pesar de lo malo de los tiempos. Las obras de misericordia siempre están abiertas, esperando gente que  quiera ejercitar su poder sirviendo. Diego Fares sj

Los pobres primero reciben: agarran la moneda y después miran cuánto les diste. Los ricos piensan que siempre les vienen a pedir. Por eso desconfían… Y Dios es uno que solo viene a dar… (28 B 2018)

Cristo Misericordioso -Museo de Berlín – Mosaico

      Cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna? Jesús le dijo:¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre. El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico. Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.  El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los que posean riquezas entrar en el  Reino de Dios! Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: ¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse? Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: Para los hombres, es imposible; pero no para Dios. Todas las cosas son posibles  para Dios. Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).  

Contemplación         

El Señor dice que el Reino de Dios “es” de los pobres. Y de los ricos dice que les será muy difícil “entrar”. Lo dice no por nada sino a raíz de este jóven rico que lo fue a buscar y que se ve que tenía buena voluntad… hasta ahí. Porque el Señor “lo miró y lo amó”. Pero él no lo registró. No vió la mirada del Señor! Y eso que era buena gente. Había cumplido todos los mandamientos desde que era chico y tenía ganas de dar un paso más. Pero el Señor le planteó un paso definitivo, radical: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme. Ante esto él “le puso cara”. Frunció el ceño. No preguntó nada más. No dijo algo así como: Señor, no se puede… Como le dijeron luego, en casa, los discípulos. No. Este se quedó mudo. Quizás porque no entendió. O porque entendió perfectamente y no estaba dispuesto a tanto. Él hablaba de la vida eterna y Jesús le decía que se viniera con él ahora. Será que le dió miedo regalar sus bienes… o habrá sido lo de “seguir a Jesús” lo que lo trabó.  La cuestión es que se fue triste, dice el evangelio. No entró. Los pobres en cambio parece que ya están dentro. El Reino es de ellos. Es importante este posesivo. Después el Señor lo explicará de modo bien explícito: los que dejen todo “recibirán” el ciento por uno. Poseeran el Reino. La palabra aparece varias veces: del jóven rico se dice que poseía muchos bienes. Y Jesús afirma que es dificil entrar en el Reino a los que poseen riquezas. En Radio María me preguntaban el viernes pasado “por qué Jesús prefería a los pobres”. Y yo decía que me parecía que ese es uno de los «defectos» de Dios. Uno de esos defectos que hacen tan amable a Jesús. El obispo Van Thuan decía que lo que más le gustaba de Jesús eran sus defectos: que no supiera matemáticas (una oveja  para él valía lo mismo que 99); que no supiera de finanzas ni de economía: su Padre contrataba gente a toda hora y les pagaba a todos lo mismo, comenzando por los últimos! Por eso decía que esto de preferir a los pobres era como el defecto básico, el que explicaba todos los demás. Yo creo que el Jesús prefiere a los pobres y pequeños, por un lado, porque lo entienden (y el Padre también: que por eso se siente cómodo revelándoles a su Hijo amado a los pobres y pequeñitos y no a los letrados). Con los pobres Jesús no tenía necesidad de muchas explicaciones. En cambio los ricos -sobre todo los ricos de espíritu, los autosuficientes- lo impacientaban: siempre pidiendo razones, que por qué curaba en sábado, que con qué autoridad perdonaba los pecados… Los pobres en cambio entendían perfectamente de qué se trataba. Por eso con los pobres el Señor puede hacer maravillas, como dice nuestra Señora en el Magnificat. Por otro lado, yo creo que Jesús, que Dios, prefiere a los pobres porque Él es uno que viene a dar. Es «don Dios». Y los pobres entienden enseguida cuando es que uno les quiere dar o cuando es que empieza a explicar muchas variables económicas porque no les va a dar nada. Los ricos en cambio siempre creen que Dios les viene a pedir. Y por eso son tan desconfiados. No entienden que Dios es puro don, que es tan Rico en misericordia que lo único que quiere es dar. Que no necesita nada de ellos. En todo caso, sí que les den sus riquezas a los pobres. Pero Él no pide nada. Aunque esto, para los ricos, es lo mismo. No les pedirá para Él pero les pide que den sus cosas a los más pobres! Y bueno, esta diferencia -entre uno que no te pide nada para sí y que te da todo y que te mira con amor, si no la pesca uno por sí mismo, no hay quién se la explique. Alguna anécdota…? me preguntó Javier Cámara. Siempre hay alguna anécdota del Hogar (mis alumnos dicen que yo doy clases para tener una excusa para contar cosas del Hogar)! Me acuerdo un año que decidí ir a agradecer personalmente a las panaderías que nos regalaban el pan y las facturas al Hogar. Todas las mañanas iban nuestros huéspedes, con una notita firmada, a pedir el pan del día anterior que nos habían guardado. Esta vez, en vez de la nota, llevaba la tarjeta de Navidad. Entro a la primera panadería, sobre la calle Entre Ríos, y la dueña que estaba en la caja, sin dejarme explicar nada, me mira la tarjeta y me dice que ya han dado. Le digo que soy el padre del Hogar y que les quiero dejar una tarjeta… pero antes de que siga me dice que No, que gracias, pero que no hace falta (!). Recién a la tercera y antes que me corte  de nuevo le digo: Hey! escúcheme. No le vengo a pedir nada. Es una tarjeta de agradecimiento. Le quiero agradecer lo que nos dan. No me tiene que dar nada! Tiene que recibir! Ahí la agarró y cuando vio el pesebrito y el Feliz Navidad, sonrió. Se dió cuenta. Los pobres, en cambio, primero agarran la moneda y después miran a ver cuánto les diste. Pero primero reciben. Saben recibir! Por eso creo que Dios los prefiere. Pero el problema no es discutir quién es rico o con cuánto comienzo uno a ser rico. El punto es mirar cómo anda mi capacidad de recibir. Porque con tanta posesión y  consumo uno va perdiendo la capacidad de recibir!  Y Dios -Jesús, el Espíritu, nuestro Padre- es solo don. Puro Don. Se nos da todos los días. Como el Padre Misericordios que se da entero en ese abrazo -cuando se le echó al cuello a su hijo, como dice Lucas-, sin reproches por que no se dejó abrazar antes y sin condiciones sobre lo que tendría que hacer después, en el futuro. Y nuestra vida, como la de Jesús, es girar en torno al Padre como nuestro centro de gravedad, que atrae el peso del amor que late en nuestro corazón. En la cercanía del abrazo, el Amor rico en Misericordia del Padre, nos atrae como a un planeta el Sol, y si entramos en su órbita ya nada nos podrá separar de él. Jesús se nos da todos los día. Él es totalmente Eucaristía, porque es Don al Padre -acción de gracias en el Gozo del Espíritu Santo-, y Don a cada uno de los que lo recibimos en nuestras manos y en nuestra boca al comulgar. El demonio es cambio es “ausencia de Eucaristía”, posesión de sí mismo siempre insatisfecha, buscando a quién tentar con posesiones vanas, que lo alejan de mendigar, cada día, el don de la Eucaristía, haciéndonos ilusionar con que somos ricos y no necesitamos comulgar tan seguido (como la cajera de la panadería, le decimos al Señor: No, muchas gracias. No me hace tanta falta). El Espíritu Santo es puro Don. El Don del Padre y de Jesús para nosotros. Es Don que se multiplica en siete dones -Sabiduría, Entendimiento, Fortaleza, Ciencia, Consejo, Piedad y Temor de Dios- y en nueve frutos, con respecto a los cuales San Pablo dice “que no hay ley”, ellos mismos son “ley interior que hace actuar bajo la guía del Espíritu”: amor (agape), gozo (jará), paz (eirene), paciencia (macrotimía), amabilidad (jrestotes), bondad (agatosyne), fidelidad (pistis), dulzura-mansedumbre (prautes), señorío de sí (enkrateia). Dios es puro don. Y con Él la cuestión central de la vida gira en torno a aprender a recibir. No cosas sino personas. Saber recibir -hospedar, acoger, hacer sentir bien, comprender, dar tiempo, escuchar…- personas.  

Diego Fares s.j.

De verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (27 B 2018)


            Y levantándose de allí (de Cafarnaún) se va a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntan muchedumbres en el camino y de nuevo Jesús les enseñaba como solía.

Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: 

─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?

Él, respondiendo, les dijo:

─ ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: 

─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo:

─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:

─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: 

─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

            Habían vuelto a casa luego de la discusión con los fariseos en torno al tema espinoso del divorcio y los discípulos le preguntaban a Jesús sobre el tema. Como siempre, la gente se enteraba de que Jesús estaba en la zona y varias mamás le trajeron a sus hijitos para que Jesús se los bendijera. Los discípulos se impacientaron porque les pareció que no era el momento, pero cuando Jesús vió que las estaban echando a las familias, se indignó -dice Marcos-. Se ve que el Señor aprovechó para salir de una discusión abstracta, de esas interminables que siempre salen de nuevo, y comenzó una catequesis sobre recibir el reino con actitudes de niño, mientras bendecía a los pequeñitos. Es un lo que hace el Papa en cada catequesis de los miércoles: primero da vueltas a la plaza, saludando a la gente; se detiene solo para bendecir y besar a los niños pequeñitos que le presentan los papás, y luego da la catequesis «hablada». 

            La imagen que me viene es la reino como una sala llena de juegos. Solo los niños «la poseen». Solo los niños se maravillan al entrar e inmediatamente se apoderan de los juguetes y juegan. Los adultos quedamos afectivamente un poco «afuera», aunque juguemos con los chicos. Ya hemos perdido esa capacidad de sumergirnos enteramente en un salón de juegos, sin conciencia del tiempo, apasionados con cada juguete y compartiendo o compitiendo con los otros chicos. 

            El contraste entre la discusión de un tema serio y el ponerse a abrazar y bendecir a los chicos tiene que ver ya que el tema era el divorcio y los que pagan las consecuencias -más allá de si es lícito o no separarse entre adultos- son los chicos. Por eso el Señor se sale de la discusión abstracta y legalista, se desprende incluso de su postura que es superadora de lo legal y bucea en el corazón de la Biblia y en los orígenes de la institución familiar, como base de la vida, para meterse de lleno en un amor concreto a los niños.

            En Amoris Laetitia (el Papa insiste siempre en que hay que leer entera. Ayer, en el Sínodo hizo reír a todos cuando dijo que los documentos que sacan «son leidos por pocos y criticados por muchos»), Francisco afirma que Jesús «conoce las ansias y tensiones de las familias» y las incorpora a su vida y a sus parábolas (AL 21). Pensemos en el mal momento de Caná, cuando en medio de la fiesta se dan cuenta de que falta el vino. Recordemos la parábola del padre misericordioso y de los hijos difíciles… Esto sin hablar de las angustias que vivió Jesús en su infancia, las ansiedades de San José al huir a Egipto y luego al regresar a Nazaret, siempre preocupado por la situación política, por Herodes… El Papa hace notar que por algo Jesús da su doctrina sobre el matrimonio en medio de una discusión sobre el divorcio. La familia – donde la alegría del amor tiene su fuente más fresca y pura- siempre está amenazada por el Maligno. A veces da fatiga predicar sobre este evangelio, porque el tema del divorcio (y hoy los temas de las familias diversas y del «poliamor!!») hacen que el tema se vuelva farragoso. Pero si uno acepta «la belleza de la lucha espiritual», si uno se regocija por cada «triunfo» del Señor en nuestra vida de familia, este evangelio, que empieza mal, como todos los temas que empiezan los fariseos de siempre, se vuelve un tema lindo porque Jesús lo remite, por un lado, al origen, a la creación de Dios que hizo todas las cosas buenas, remite el tema al sueño de fidelidad y amor que está en el comienzo de toda familia. Y luego de sentar doctrina sana el Señor termina el tema, o más bien da un puntapie inicial para otra manera de sentir y gustar las cosas, poniéndose a bendecir a los niños pequeños que le traían las mamás y los papás jóvenes o que venían de la mano de una abuela.

            La lección del tiempo y la alegría que el Señor dedica a estas familias que, como todas las familias, más allá de cómo anden los adultos entre sí, quieren lo mejor para sus hijos y por eso se meten entre la gente para lograr que Jesús se los bendiga, es una lección del Reino. Es una parábola en acción, de esas que se complacía en «actuar» (en «jugar» como se dice en otras lenguas) Jesús. El reino de los cielos se parece a unos hombres adultos que estaban discutiendo sobre la licitud del divorcio y la discusión no terminaba más. Aprovechando que unas madres traían a sus hijitos para que el Señor los bendijera, éste aprovechó la ocasión para hacer notar a los que querían resolver el tema con definiciones legales que la vida de la familia se alimenta de la bendición a los hijos. Y que esa bendición Dios la da abundantemente y a todos, no importa si la familia tiene todos los papeles o le falta alguno. 

Y dentro de esta actitud de bendición a «todos los que le acercan a sus niños», el Señor aprovecha para revelar algo fundamental de su Reino. No tanto cómo es o a qué se parece, como hace en otras parábolas, sino algo más práctico: cómo se recibe. Cómo se entra en él.

Aquí es donde toma un niño, lo abraza en medio de todos, lo bendice y dice que el reino hay que recibirlo como los niños. 

            Volvemos a la imagen del salón de juegos. Al reino no «se entra» y no «se lo posee» si uno no tiene actitudes de niño. Si uno no es capaz de dejarse fascinar y atrapa apasionadamente por el juego, un salón de juegos no le dice casi nada. Al reino de Jesús hay que recibirlo así, como los niños reciben los juguetes, para desempaquetarlos inmediatamente y ponerse a jugar. Sin miedo a que se rompan y sin demasiadas instrucciones. El reino hay que jugarlo, hay que meterse en él y posesionarse de todos sus dones y ponerlos en práctica. 

            En la familia (y en la Iglesia y en las obras de misericordia, que son las obras del reino) «hay que mantenerse como niños, delante de Dios y de los demás. Esto vuelve posible una comprensión y benevolencia recíprocas entre los esposos, entre los fieles y la jerarquía, entre los voluntarios y colaboradores de una obra de caridad, que superan la inevitables tensiones de la existencia. 

            Esta es la lección del Señor: las tensiones de la familia y de la Iglesia no se resuelven con discusiones abstractas sino poniendo en práctica actitudes de infancia espiritual. Cuáles serían?

            No hay que inventarlas. Cada pareja las practica cuando atiende a sus hijitos, cuando les enseña, cuando juega con ellos, cuando los cuida y planifica su futuro, lo que les hará bien. 

Basta que los padres abracen juntos a sus hijitos pequeños, los bendigan y los besen y, estando así, con sus hijos en medio de ellos, se miren a los ojos y dejen que salgan palabras de su corazón, para que tomen conciencia de qué distintas son las palabras que dicen estando así de las que dicen cuando se «enfrentan» en una discusión. 

            Lo mismo sucede en las instituciones: cuando ponemos en medio a las personas para las cuales hemos fundado nuestra obra -los comensales o los niños del Hogar, los enfermos de la Casa de la Bondad, las personas presas o solas a las que visitamos…- se dulcifican los tonos, se serenan los sentimientos y se aclaran las ideas. Poner en medio y bendecir a los pequeños, los convierte en nuestros «patroncitos» y eso hace que salgamos de nuestras posiciones de poder, que son las que crean tensiones, y entremos -como niños- en el Reino del Señor, que es de paz y de alegríservicio.

Diego Fares sj