El lenguaje duro de Jesús. En qué sentido (21 B 2018)

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:

– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’

Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:

– ‘¿Esto los escandaliza?

¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?

El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.

Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.

Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.

Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían

y quién era el que le había de entregar.

Y decía:

– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre’.

Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás

y no andaban ya en su compañía.

Dijo pues Jesús a los Doce:

– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’

Le respondió Simón Pedro:

– ‘Señor ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.

Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Juan dice que a muchos de los discípulos de Jesús, les resultó “duro” (skleros) el lenguaje de Jesús, tanto que “se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía”.

En la espiritualidad de los Ejercicios, “andar en compañía de Jesús” es una experiencia de la que no se puede hablar con categorías de dureza o comodidad, como si uno midiera si es fácil o difícil. Se trata de otra cosa, de algo más radical, más íntimo y total, algo que abarca “salud y enfermedad, honores y críticas, buenas y malas”. Es una alianza que se fortalece en todas las circunstancias de la vida. Como cuando en la fórmula de la alianza matrimonial se dice “en las buenas y en las malas”.

La verdad es que con tal de poder andar en compañía del Señor – de los amigos que se hacen en el Señor-, uno hace lo que sea, deja lo que tenga que dejar y se aguanta con gusto lo que haya que aguantar.

La respuesta de Simón Pedro “A quién iremos”, dio en el blanco y sigue siendo actual. Pedro pone las cosas en términos personales. No dice “en qué otro proyecto nos embarcaremos” sino “A quién iremos”. Quién hay como Jesús! A qué otro Dios serviremos! Como dice el pueblo en la primera lectura, del libro de Josué: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!”

En aquel momento de crisis de “lenguajes”, Simón Pedro se jugó por la Persona del que hablaba: “Tú” tienes palabras de vida eterna. No se trata sólo de “lo que se dice” sino de quién es el que lo dice. Y en la iglesia -en el pueblo fiel al que el Señor convoca y llama y alimenta con su vida, que es misericordia, pan y palabra- el lenguaje no es solo el de las palabras y estructuras sino que es sobre todo el lenguaje de los gestos y el del testimonio de las personas. En la iglesia amamos y respetamos a todos, pero seguimos sólo a los Santos. Los de altar y los de la puerta de al lado.

Cabe la pregunta: qué les resultó duro a aquellos discípulos del lenguaje de Jesús, que frase les cayó mal? Algunos dicen que tomaron muy literalmente lo de “comer su Carne”. Puede ser, pero creo que pescaron bien que la exigencia de comulgar con Él era algo radical. Entendieron que no se trataba de seguirlo yendo a una marcha o defendiendo alguna idea, sino de “vivir por Él”. Ese maestro, ese Rabbí, les estaba invitando a una comunión de vida total, como la que Él mismo tenía con el Padre del Cielo. A la gente le gusta coincidir, juntarse a comer un asado, participar en empresas comunes, pero cada uno quiere vivir su vida. Vivir por otro, de otro, con otro, es algo que hay que pensarlo bien. Sólo es posible con Alguien como Jesús -Alguien que se nos puede dar por entero porque es Dios y hombre- y en aquel momento no todos veían con claridad Quién era este Maestro. Pero esto es así siempre: si uno no se juega por una persona, nunca llega a conocerla plenamente. Para conocer a Jesús hay que andar en su compañía. Toda la vida.

A los que amamos la Eucaristía, el hecho de que Jesús nos diga que para andar con Él tenemos que comulgar con Él, es más premio que otra cosa, es la fuente del consuelo. Sin el alimento de la Eucaristía no nos sería posible seguirlo, no podríamos permanecer en su amor. Jesús no es un jefe que da consignas a sus seguidores y luego los envía a sus tareas mientras él se dedica a otras cosas más importantes. Todo lo contrario, el Señor es uno que desea vivir en nuestra compañía. Nos espera cada amanecer a orillas del lago de nuestras pescas (las milagrosas y las infructuosas) con el pan sobre las brasas; nos acompaña cada atardecer por el camino de vuelta a casa (contentos o desilusionados) para partirnos el pan si lo invitamos quedarse con nosotros. Aunque parezca obvio, no solo se trata de andar nosotros en “su” compañía, sino de que Él desea andar en “nuestra” compañía. La comunión es un sacramento de ida y vuelta.

De todas maneras, el hecho es que si miramos el momento que estamos viviendo, vemos que hoy también a mucha gente el lenguaje de Jesús, tal como lo predicamos los cristianos, les resulta duro. Las razones son muchas y tienen su verdad. A unos les resulta duro porque sienten que hablamos un lenguaje impositivo, que la iglesia amenaza con el miedo al infierno, que impone una ley y no respeta la libertad y los procesos que conlleva. A otros, porque sienten que decimos una cosa y hacemos otra. A otros, porque no pueden tolerar nuestros escándalos. En todo esto debemos hacer un examen de conciencia y convertirnos. Pero Jesús mismo envió gente común a anunciar el evangelio en Nombre suyo. No quiso dejar un mensaje abstracto, escrito o grabado en piedra, sino que puso su palabra en diálogo con la nuestra y nos mandó a predicar su Palabra con nuestras palabras! Esto, precisamente, es lo más duro para muchos. Para los que quieren mensajes puros, palabras no contaminadas con la vida de gente pecadora. Claro, es verdad que cuando las bienaventuranzas del Señor se mezclan con nuestras palabras dichas como nos salen y, peor aún, cuando se ven las incoherencias de nuestra vida, pareciera que esas palabras tan hermosas del Señor se devalúan. Pero también es verdad que cuando se mezclan con la vida de un Brochero o de un Hurtado, cuando la que anuncia el Evangelio tiene la sonrisa de una Teresita y la determinación de un Ignacio de Loyola, uno agradece que Jesús haya querido “encarnar su lenguaje”.

La opción sigue siendo de cada uno: el que quiere discursos puros, los encuentra. El precio es la abstracción: deben abstraerse de la persona y de la historia de quien los pronuncia. El lenguaje de Jesús es de otro tipo: siempre vendrá encarnado en la vida de sus predicadores. Para entrar en diálogo con Él, hay que entrar en diálogo con todos. No solo con toda la historia de la Iglesia sino con todo ser humano. Y cada uno debe entrar en diálogo sincero consigo mismo, porque es en la tierra de nuestro corazón donde crece la Palabra que el Señor ha sembrado para nosotros.

El lenguaje de Jesús resultaba duro para los fariseos y escribas, a los que el Señor les decía de frente que eran unos hipócritas. No le resultaba duro a la gente común, sino todo lo contrario, se alegraban cuando Jesús les hablaba y experimentaban, en sus palabras ciertamente exigentes, todo su cariño y su misericordia. Esta es una clave para nuestro modo de hablar como seguidores de Jesús. Debemos examinar con quién somos duros y con quién tiernos. No podemos ser como el empleado que es obsecuente y meloso con sus jefes y luego en casa es duro con sus hijos y con su esposa. No podemos ser condescendientes al hablar del dinero (que es el estiércol del demonio, como le dice el Papa) y duros e intransigentes con los que quieren formar familia. Hay que estar atentos a las proporciones, no solo a lo que es justo en sí.

Y en el mismo lenguaje duro de condena a toda hipocresía, de defensa de la fe y de la vida y en la denuncia de toda exclusión de los más débiles, debemos estar atentos a no mimetizarnos con el lenguaje mundano y los recursos de los malvados. Es mejor perder en una discusión a escandalizar con nuestro tono y nuestras formulaciones a los más pequeños.

Aquí es donde entra una dureza “especial” del lenguaje de Jesús: se trata de la dureza del Señor para con sus seguidores más cercanos. No es la dureza que usaba con los corruptos. Es la dureza con los que pueden dar más y ayudar a muchos y para ello necesitan purificarse mucho mediante la corrección fraterna. Un ejemplo es la dureza del Señor cuando llama a Simón Pedro “satanás” porque este, con toda la buena intención, quería apartarlo de la Cruz. Otro ejemplo es la dureza con que retó a los discípulos cuando discutían acerca de quién era el mayor en vez de estar pensando en servir. Otros ejemplos pueden verse en la dureza del Señor contra la falta de fe: de Tomás, de los de Emaús a quienes llama “duros de entendimiento y tardos de corazón”, del conjunto de los discípulos antes de la Ascensión, a los que les reprocha su falta de fe. La dura calificación de Judas en el evangelio de hoy es significativa. Era uno de los elegidos y sin embargo se convirtió en un diablo.

La dureza del Señor es caridad, él sabe que la corrupción de los mejores es algo pésimo. No solo malo sino pésimo.

Por eso el lenguaje del pan es un lenguaje exigente. Diríamos que no exige mucho sino “todo”: exige el corazón. Y esta gracia hay que pedirla al Padre que es el Creador de nuestros corazones.

Diego Fares sj