La atracción que solo el Padre puede hacernos sentir por Jesús (19 B 2018)

 

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:

‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.

Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?

Nosotros conocemos a su padre y a su madre.

¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:

‘No murmuren entre ustedes.

Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraigaa mí;

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.

No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:

Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.

Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.

Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.

Pero éste es el pan que desciende del cielo,

para que aquél que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

 

Contemplación

Atraer (“elkyse”) en griego significa también arrastrar, como en la escena de la pesca milagrosa, después de la resurrección del Señor, en la que Pedro “arrastra” hacia Jesús la red llena con los 52 peces grandes. Pero la atracción que impulsa el Padre de la que habla el Señor aquí es de otro orden: igualmente irresistible o más, pero no viene de afuera sino que se ejerce surgiendo desde nuestro interior. No solo nuestras pasiones sino también  nuestra libertad experimenta la atracción del amor y no por ser irresistible uno se siente menos libre sino que, por el contrario, la constatación interior de que algo o alguien nos resulta tan atrayente nos hace comprender su valor.

El Padre hace que sintamos atracción por ir a Jesús revelándonos su valor como Persona. Por supuesto que ser sujetos de una atracción así requiere de nuestra parte docilidad, es decir: “capacidad de ser enseñados” (enseñar es docere, de ahí la “docilidad”), ganas de aprender y de ser discípulos. Es en este sentido que el Padre revela las cosas de Jesús. Y se las revela a los pequeños, porque pareciera que a medida que uno se vuelve grande va perdiendo en muchos las ganas de ir a la escuela, el deseo de que un maestro nos enseñe. Los niños pequeños, en cambio, aprenden con gusto las cosas nuevas que la maestra les enseña en el colegio.

La atracción del Padre, entonces, tiene que ver con lo que Jesús es como Persona y con lo que deseamos ser nosotros. Ambas cosas se potencian mutuamente.

Jesús es la Palabra, y por eso, la atracción que genera el Padre consiste en despertar nuestro deseo de escuchar: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

Jesús es el Maestro -en duo con el Espíritu, Maestro interior-, y la atracción que promueve el Padre consiste en estimular nuestras ganas de ser alumnos, nuestro entusiasmo por salir a caminar con Él, maestro itinerante, que enseña a sus discípulos mientras van de camino por y en medio del pueblo fiel.

Jesús es el Buen Pastor, el Pastor hermoso, y por eso el Padre nos atrae hacia su redil, despertando nuestro gusto por ser pueblo, como dice Evangelii gaudium, por caminar como uno más con los otros, seguros bajo su bastón -su conducción espiritual-, defendidos de lobos y pastando entre lirios, como dice el Cantar: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí. El, que pastorea entre lirios”.

Jesús es pobre, manso, puro, misericordioso, pacífico, justo, alegre en las persecuciones, y el Padre nos atrae a Él haciéndonos sentir y gustar las bienaventuranzas.

Al explicar que nadie se le acerca si el Padre no lo atrae, Jesús nos aclara algo con esa frase de que “al Padre nadie lo ha visto y que es necesario que nos lo revele el Hijo”. Con esto nos quiere decir que sentir la acción del Padre -que nos haga sentir el gusto por Jesús- no es algo que nosotros podamos discernir solos, sin ayuda (la de Jesús y la del Espíritu).

La atracción la sentimos todos, porque somos hijos y todo hijo “siente” a su padre. Pero muchas veces se trata de un sentimiento indefinido, sin nombre, o interferido, tapado y mezclado con otros, lo cual impide que lo experimentemos en su pureza. Por eso Jesús nos revela al Padre en sus parábolas, para que luego podamos comparar lo que la parábola nos revela acerca del corazón de nuestro Padre y lo que sentimos interiormente.

Cuáles son las parábolas en las que Jesús nos revela el modo que tiene el Padre de atraernos hacia él? En todas hay algún indicio, sobre todo en las parábolas de “invitación”. Pongo dos como ejemplo.

Una es la del dueño de la viña que sale a contratar cosecheros invitando: “venga a mi viña”. En el llamado está incluida la imagen que Jesús usa para consigo mismo cuando dice que “Él es la vid y nosotros los sarmientos”. La atracción por trabajar y estar adheridos a Aquel de quien depende nuestra vitalidad, como la de un sarmiento para con la vid, es una atracción que brota connaturalmente, por así decirlo.

La otra es la parábola del Rey que invita a las bodas de su hijo. Allí resalta de manera particular la “gratuidad” de la atracción, gratuidad que menosprecian los invitados que tienen otros intereses y, por el contrario, aceptan encantados todos los pobres a los que los servidores del Rey salen al encuentro por los caminos. El Padre invita diciendo simplemente que “el banquete está listo”. Su amor por su Hijo, por la alegría de su Hijo que se casa, se expresa en lo magnífico del banquete y el Padre supone que eso habla por sí mismo. Pero los invitados tienen cada su excusa. No los atrae la fiesta, no se dejan atraer. En la parábola de la viña, la atracción suponía una carencia: la necesidad de trabajo, el deseo del salario… Aquí se trata de una atracción gratuita: el bien que se ofrece no “responde a ninguna necesidad nuestra”. Por eso requiere un tipo especial de corazón: un corazón capaz de alegrarse por la alegría de otro. Si este corazón no se ha formado porque está poseído por sus propios intereses, la atracción no surte efecto: no hay hierro para este imán. E incluso sucede que se llega a producir el efecto contrario: algunos se irritan de una invitación así, se sienten ofendidos de que el Rey insista y maltratan a los mensajeros.

En este cambio de época que vivimos, la defensa de valores como la vida, creo que la debemos hacer dando un paso adelante. Como dice Francisco, debemos hacer resonar una vez más el llamado a la santidad. Llamar significa atraer: debemos dejarnos atraer por Padre hacia Jesús, hacia un modo de vida como el suyo -pobre, pacífico, justo y sumamente misericordioso con todos-, de manera tal que nuestro seguimiento de Jesús suscite el deseo de seguirlo en el corazón de otros. No se trata de “imponer” ninguna ley sino de “atraer” a una vida mejor, más plena.

Si es un hecho de que el Padre siempre está “atrayéndonos” hacia su Hijo y que Jesús siempre está revelando “el modo de atraernos y llamarnos que tiene el Padre”, nuestra misión como discípulos debe ser crear entre nosotros, en nuestro modo de vivir juntos, de tratarnos, de rezar y de trabajar en el servicio de los más pobres, un ámbito donde la luz de Jesús ilumine no “cosas” sino un “sentimiento”: ilumine el sentimiento de atracción por su Persona. Este ámbito, en el que los que se sienten atraídos por Jesús viven esto como un Don del Padre, es lo que significa la palabra Iglesia. La Ecclesia es el lugar donde se juntan los convocados, los llamados, los que son atraídos. Ser iglesia es ser atraídos juntos por el Padre en torno a Jesús. En ese sentido, nadie viene a Jesús “solo”, en el sentido de “fuera” de un espacio comunitario, donde uno lo encuentra junto con los demás, junto con todo el pueblo de Dios.

En este sentido, cuando sucede como hemos visto en estos días, que se ataca la posición de algunos legisladores personalizando y diciendo que eso es “la Iglesia”, se pueden entender dos cosas en esta frase.

Una, el exabrupto de una frase politiquera que el senador que dice “la iglesia” (Picheto, por ejemplo) es porque se ha quedado sin argumentos jurídicos y políticos (en el sentido de la alta política, la que usa argumentos que brotan de la búsqueda del bien común), y por eso ataca a los otros diciendo que responden a “la iglesia”. El insulto a la madre siempre es el último recurso de los que se quedan sin argumentos y muestran su corazón rastrero.

La otra, el sonido de una verdad profética. Todos los que se juntan convocados por el cuidado y la defensa del otro -especialmente del más débil-, todos los que “honran la alteridad” son “la iglesia”, son “los atraídos y convocados por el Padre” para seguir a Jesús. Como personas y como grupos no son mejores que nadie. Es más, dejarse atraer por un llamado así, tan alto y  gratuito y poco pragmático, un llamado a honrar la vida del otro aunque no sea deseada y complique la propia, hace que se vean más las incoherencias personales y obligan al que defiende este llamado tan bueno y tan alto, a tener  que confesarse pecador en muchas ocasiones. Pero dejarse convocar por lo más alto en vez de resignarse a lo más bajo, indica una calidad de corazón que no renuncia a la esperanza de que este mundo pueda ser salvado de ese egoísmo tan triste que no conoce el gozo de la misericordia.

 

Diego Fares sj

 

 

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