El lenguaje duro de Jesús. En qué sentido (21 B 2018)

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:

– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’

Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:

– ‘¿Esto los escandaliza?

¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?

El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.

Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.

Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.

Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían

y quién era el que le había de entregar.

Y decía:

– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre’.

Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás

y no andaban ya en su compañía.

Dijo pues Jesús a los Doce:

– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’

Le respondió Simón Pedro:

– ‘Señor ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.

Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Juan dice que a muchos de los discípulos de Jesús, les resultó “duro” (skleros) el lenguaje de Jesús, tanto que “se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía”.

En la espiritualidad de los Ejercicios, “andar en compañía de Jesús” es una experiencia de la que no se puede hablar con categorías de dureza o comodidad, como si uno midiera si es fácil o difícil. Se trata de otra cosa, de algo más radical, más íntimo y total, algo que abarca “salud y enfermedad, honores y críticas, buenas y malas”. Es una alianza que se fortalece en todas las circunstancias de la vida. Como cuando en la fórmula de la alianza matrimonial se dice “en las buenas y en las malas”.

La verdad es que con tal de poder andar en compañía del Señor – de los amigos que se hacen en el Señor-, uno hace lo que sea, deja lo que tenga que dejar y se aguanta con gusto lo que haya que aguantar.

La respuesta de Simón Pedro “A quién iremos”, dio en el blanco y sigue siendo actual. Pedro pone las cosas en términos personales. No dice “en qué otro proyecto nos embarcaremos” sino “A quién iremos”. Quién hay como Jesús! A qué otro Dios serviremos! Como dice el pueblo en la primera lectura, del libro de Josué: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!”

En aquel momento de crisis de “lenguajes”, Simón Pedro se jugó por la Persona del que hablaba: “Tú” tienes palabras de vida eterna. No se trata sólo de “lo que se dice” sino de quién es el que lo dice. Y en la iglesia -en el pueblo fiel al que el Señor convoca y llama y alimenta con su vida, que es misericordia, pan y palabra- el lenguaje no es solo el de las palabras y estructuras sino que es sobre todo el lenguaje de los gestos y el del testimonio de las personas. En la iglesia amamos y respetamos a todos, pero seguimos sólo a los Santos. Los de altar y los de la puerta de al lado.

Cabe la pregunta: qué les resultó duro a aquellos discípulos del lenguaje de Jesús, que frase les cayó mal? Algunos dicen que tomaron muy literalmente lo de “comer su Carne”. Puede ser, pero creo que pescaron bien que la exigencia de comulgar con Él era algo radical. Entendieron que no se trataba de seguirlo yendo a una marcha o defendiendo alguna idea, sino de “vivir por Él”. Ese maestro, ese Rabbí, les estaba invitando a una comunión de vida total, como la que Él mismo tenía con el Padre del Cielo. A la gente le gusta coincidir, juntarse a comer un asado, participar en empresas comunes, pero cada uno quiere vivir su vida. Vivir por otro, de otro, con otro, es algo que hay que pensarlo bien. Sólo es posible con Alguien como Jesús -Alguien que se nos puede dar por entero porque es Dios y hombre- y en aquel momento no todos veían con claridad Quién era este Maestro. Pero esto es así siempre: si uno no se juega por una persona, nunca llega a conocerla plenamente. Para conocer a Jesús hay que andar en su compañía. Toda la vida.

A los que amamos la Eucaristía, el hecho de que Jesús nos diga que para andar con Él tenemos que comulgar con Él, es más premio que otra cosa, es la fuente del consuelo. Sin el alimento de la Eucaristía no nos sería posible seguirlo, no podríamos permanecer en su amor. Jesús no es un jefe que da consignas a sus seguidores y luego los envía a sus tareas mientras él se dedica a otras cosas más importantes. Todo lo contrario, el Señor es uno que desea vivir en nuestra compañía. Nos espera cada amanecer a orillas del lago de nuestras pescas (las milagrosas y las infructuosas) con el pan sobre las brasas; nos acompaña cada atardecer por el camino de vuelta a casa (contentos o desilusionados) para partirnos el pan si lo invitamos quedarse con nosotros. Aunque parezca obvio, no solo se trata de andar nosotros en “su” compañía, sino de que Él desea andar en “nuestra” compañía. La comunión es un sacramento de ida y vuelta.

De todas maneras, el hecho es que si miramos el momento que estamos viviendo, vemos que hoy también a mucha gente el lenguaje de Jesús, tal como lo predicamos los cristianos, les resulta duro. Las razones son muchas y tienen su verdad. A unos les resulta duro porque sienten que hablamos un lenguaje impositivo, que la iglesia amenaza con el miedo al infierno, que impone una ley y no respeta la libertad y los procesos que conlleva. A otros, porque sienten que decimos una cosa y hacemos otra. A otros, porque no pueden tolerar nuestros escándalos. En todo esto debemos hacer un examen de conciencia y convertirnos. Pero Jesús mismo envió gente común a anunciar el evangelio en Nombre suyo. No quiso dejar un mensaje abstracto, escrito o grabado en piedra, sino que puso su palabra en diálogo con la nuestra y nos mandó a predicar su Palabra con nuestras palabras! Esto, precisamente, es lo más duro para muchos. Para los que quieren mensajes puros, palabras no contaminadas con la vida de gente pecadora. Claro, es verdad que cuando las bienaventuranzas del Señor se mezclan con nuestras palabras dichas como nos salen y, peor aún, cuando se ven las incoherencias de nuestra vida, pareciera que esas palabras tan hermosas del Señor se devalúan. Pero también es verdad que cuando se mezclan con la vida de un Brochero o de un Hurtado, cuando la que anuncia el Evangelio tiene la sonrisa de una Teresita y la determinación de un Ignacio de Loyola, uno agradece que Jesús haya querido “encarnar su lenguaje”.

La opción sigue siendo de cada uno: el que quiere discursos puros, los encuentra. El precio es la abstracción: deben abstraerse de la persona y de la historia de quien los pronuncia. El lenguaje de Jesús es de otro tipo: siempre vendrá encarnado en la vida de sus predicadores. Para entrar en diálogo con Él, hay que entrar en diálogo con todos. No solo con toda la historia de la Iglesia sino con todo ser humano. Y cada uno debe entrar en diálogo sincero consigo mismo, porque es en la tierra de nuestro corazón donde crece la Palabra que el Señor ha sembrado para nosotros.

El lenguaje de Jesús resultaba duro para los fariseos y escribas, a los que el Señor les decía de frente que eran unos hipócritas. No le resultaba duro a la gente común, sino todo lo contrario, se alegraban cuando Jesús les hablaba y experimentaban, en sus palabras ciertamente exigentes, todo su cariño y su misericordia. Esta es una clave para nuestro modo de hablar como seguidores de Jesús. Debemos examinar con quién somos duros y con quién tiernos. No podemos ser como el empleado que es obsecuente y meloso con sus jefes y luego en casa es duro con sus hijos y con su esposa. No podemos ser condescendientes al hablar del dinero (que es el estiércol del demonio, como le dice el Papa) y duros e intransigentes con los que quieren formar familia. Hay que estar atentos a las proporciones, no solo a lo que es justo en sí.

Y en el mismo lenguaje duro de condena a toda hipocresía, de defensa de la fe y de la vida y en la denuncia de toda exclusión de los más débiles, debemos estar atentos a no mimetizarnos con el lenguaje mundano y los recursos de los malvados. Es mejor perder en una discusión a escandalizar con nuestro tono y nuestras formulaciones a los más pequeños.

Aquí es donde entra una dureza “especial” del lenguaje de Jesús: se trata de la dureza del Señor para con sus seguidores más cercanos. No es la dureza que usaba con los corruptos. Es la dureza con los que pueden dar más y ayudar a muchos y para ello necesitan purificarse mucho mediante la corrección fraterna. Un ejemplo es la dureza del Señor cuando llama a Simón Pedro “satanás” porque este, con toda la buena intención, quería apartarlo de la Cruz. Otro ejemplo es la dureza con que retó a los discípulos cuando discutían acerca de quién era el mayor en vez de estar pensando en servir. Otros ejemplos pueden verse en la dureza del Señor contra la falta de fe: de Tomás, de los de Emaús a quienes llama “duros de entendimiento y tardos de corazón”, del conjunto de los discípulos antes de la Ascensión, a los que les reprocha su falta de fe. La dura calificación de Judas en el evangelio de hoy es significativa. Era uno de los elegidos y sin embargo se convirtió en un diablo.

La dureza del Señor es caridad, él sabe que la corrupción de los mejores es algo pésimo. No solo malo sino pésimo.

Por eso el lenguaje del pan es un lenguaje exigente. Diríamos que no exige mucho sino “todo”: exige el corazón. Y esta gracia hay que pedirla al Padre que es el Creador de nuestros corazones.

Diego Fares sj

La Eucaristía no es un suplemento alimentario. Es el modo de vivir que tienen el Padre y Jesús y que nos quieren participar (20 B 2018)

Jesús dijo a los judíos:

Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.

Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,

vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,

No como el que comieron sus padres y murieron.

El que coma de este pan vivirá eternamente.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 51-59).

Contemplación

“Este hombre”. Discutían los judíos diciendo: cómo puede “este hombre” darnos a comer su carne? Verlo como un hombre común hacía que no le creyeran. Para nosotros, que Jesús pueda ser Dios siendo un hombre común nos lo acerca y nos maravilla. Nos abre el corazón y nos amplía la mirada a considerar otra manera lo que significa “ser hombres”, la dignidad del ser humano.

Y si reflexionamos sobre la Eucaristía, comulgar con Jesús Pan del Cielo no significa comulgar solo con Dios, no significa recibir algo divino, especial, único, celestial. También significa comulgar con el hombre, con algo humano, común, terrenal.

Cuando Jesús elige hacerse Pan, lo hace porque encuentra en el Pan algo que expresa la relación que Él tiene con el Padre y que quiere compartir con nosotros. Por un lado, encarna las cosas de Dios en medio de la vida cotidiana. Pero este es un camino de bajada y de subida: en el Pan vivo la vida cotidiana se vuelve espiritual, adquiere un significado fecundo y hondo.

Lo que quiero decir es que Jesús se hace pan humano y que el pan humano se hace Jesús.

El pan es alimento común, sencillo, diario. Pero en su sencillez tiene algo extraordinario, no es cualquier alimento.

Que el pan se pueda hacer Jesús significa que hay realidades humanas que, en su simplicidad, tienen algo más.

José y María eran personas sencillas, gente “de la puerta de al lado” como dice el Papa. Pero lo ordinario lo vivían “de modo extraordinario”. Y en esto consistía su santidad. Extraordinario no en el sentido de algo maravilloso o extraño, sino en el sentido de un “extra”, un plus de amor, de alegría, de fe, de espíritu de oración y de servicialidad con los demás.

Jesús durante su vida oculta era sencillo como el pan, pero la intensidad con que vivió sus años de Nazaret, fue algo extraordinario. Me gusta pensar que el Señor “inventó” sus parábolas en aquella época, viendo a su madre amasar el pan, con ese poquito de levadura que fermentaba toda la masa…Y que aprendió de su padre San José el modo de partir el pan que se convirtió en la característica de los cristianos.

El ser profundamente humano Jesús lo aprendió viviendo la vida cotidiana en su casa, en su barrio y en medio de su pueblo, como uno más. Por eso, en el pan de la Eucaristía podemos saborear y gustar los olores y las texturas de Nazaret, las relaciones simples de la gente de un pueblo pequeño con historia y con memoria.

En la comunión entramos en relación con Dios, pero estemos atentos: no se trata del Dios del Cielo sino del Dios que ha bajado del Cielo. Antes de “subir” a algún tipo de experiencia devota o mística, hay que aprender a bajar y comulgar con la Carne entregada y la Sangre derramada del Señor. Y antes de eso, antes de que pudiera entregarla y derramarla, la Carne y la Sangre del Señor crecieron y circularon por los días y las noches de Nazaret, caminaron y trabajaron codo a codo con la carne y la sangre de sus paisanos.

Comer la Carne que nos da “este hombre” es comulgar con lo más humano de Jesús. Comulgar con una vida de la que el evangelio no nos da muchos detalles no porque no se hubieran podido conocer sino por que eran tan comunes que cualquiera puede imaginarlos sin temor a equivocarse.

El Pan de Jesús tiene las cualidades simples y comunes de nuestra vida como hombres y mujeres de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.

Señalo dos características de este Pan. Es un Pan que ha bajado del cielo. Comerlo gustando su verdadero sentido es comerlo “bajando”, al encuentro de los heridos que están al costado del camino que baja de Jerusalén a Jericó. Es verdad que es Pan del Cielo, pero es Pan bajado del Cielo. Nosotros solemos comerlo intentando subir, intentando tener deseos elevados. Y más bien se trata de comulgar animándonos a ir a lo más bajo hasta donde ese Pan ha querido llegar: comulgar con la carne de los más pobres, de los más desposeídos, de los que están abajo. No solo muy abajo sino también un poquito más abajo que nosotros. En clase social, en jerarquía, en saber, en cultura… en todo. Comulgar es gustar a Dios en lo más bajo.

La otra característica es también relacional: Jesús dice que si lo comemos viviremos por Él. Y -agrega- así como Yo vivo por el Padre.

El Padre es Pan para Jesús! Y por eso Jesús se hace Pan para nosotros. Pensar en que el Señor también comulgaba, nos hace bien. Pensar que cuando nos enseñó a rezar diciendo: “Padre nuestro… danos hoy nuestro pan cotidiano”, hacía referencia a su modo de estar en relación con el Padre, hace bien.

No es que nosotros tenemos que comulgar para tener vida eterna como si esta vida fuera un añadido, un suplemento alimentario. Jesús es Dios y su modo de serlo es “vivir por el Padre”. Comulgar, vivir por otro, alimentarse de otro, no es solo porque “carezcamos” de un bien, sino que es un modo de relacionarse de seres plenos que comparten su plenitud.

Cuando ya tengamos vida eterna seguiremos comulgando, eso quiero decir. La vida eterna el Señor la describe con la imagen del Banquete y eso significa que seguiremos comiendo y comulgando con Él, viviendo por Él.

El Jesús con el que comulgamos es un Jesús Pan que se alimenta del Pan del Padre, como hombre y como Dios. Me detengo en esto para complementar o para cambiar una imagen de la Eucaristía como algo inventado por Jesús para nosotros, algo que resulta un poco extraño. A los de su época, porque lo veían muy “este hombre” que conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de María… A nosotros porque nos parece algo “especial”, algo que rodeamos de una liturgia particular y que sólo es para algunos, para los pocos que practican.

Pensar la Eucaristía como algo muy íntimo y propio de Jesús y del Padre, que nos quieren compartir, es muy consolador. La relación entre ellos es “Eucarística”. Jesús siempre está agradeciendo y bendiciendo al Padre y el Padre siempre está regocijándose en su Hijo predilecto. Ellos se comulgan entre sí. Al comulgar, nosotros nos hacemos semejantes a ellos. Y entonces sí, podemos convertirnos en pan para los demás. Vivir comulgando con otros. Todos de igual a igual, con la igualdad que da la mesa y el pan compartidos.

Diego Fares sj

La atracción que solo el Padre puede hacernos sentir por Jesús (19 B 2018)

 

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:

‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.

Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?

Nosotros conocemos a su padre y a su madre.

¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:

‘No murmuren entre ustedes.

Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraigaa mí;

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.

No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:

Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.

Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.

Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.

Pero éste es el pan que desciende del cielo,

para que aquél que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

 

Contemplación

Atraer (“elkyse”) en griego significa también arrastrar, como en la escena de la pesca milagrosa, después de la resurrección del Señor, en la que Pedro “arrastra” hacia Jesús la red llena con los 52 peces grandes. Pero la atracción que impulsa el Padre de la que habla el Señor aquí es de otro orden: igualmente irresistible o más, pero no viene de afuera sino que se ejerce surgiendo desde nuestro interior. No solo nuestras pasiones sino también  nuestra libertad experimenta la atracción del amor y no por ser irresistible uno se siente menos libre sino que, por el contrario, la constatación interior de que algo o alguien nos resulta tan atrayente nos hace comprender su valor.

El Padre hace que sintamos atracción por ir a Jesús revelándonos su valor como Persona. Por supuesto que ser sujetos de una atracción así requiere de nuestra parte docilidad, es decir: “capacidad de ser enseñados” (enseñar es docere, de ahí la “docilidad”), ganas de aprender y de ser discípulos. Es en este sentido que el Padre revela las cosas de Jesús. Y se las revela a los pequeños, porque pareciera que a medida que uno se vuelve grande va perdiendo en muchos las ganas de ir a la escuela, el deseo de que un maestro nos enseñe. Los niños pequeños, en cambio, aprenden con gusto las cosas nuevas que la maestra les enseña en el colegio.

La atracción del Padre, entonces, tiene que ver con lo que Jesús es como Persona y con lo que deseamos ser nosotros. Ambas cosas se potencian mutuamente.

Jesús es la Palabra, y por eso, la atracción que genera el Padre consiste en despertar nuestro deseo de escuchar: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

Jesús es el Maestro -en duo con el Espíritu, Maestro interior-, y la atracción que promueve el Padre consiste en estimular nuestras ganas de ser alumnos, nuestro entusiasmo por salir a caminar con Él, maestro itinerante, que enseña a sus discípulos mientras van de camino por y en medio del pueblo fiel.

Jesús es el Buen Pastor, el Pastor hermoso, y por eso el Padre nos atrae hacia su redil, despertando nuestro gusto por ser pueblo, como dice Evangelii gaudium, por caminar como uno más con los otros, seguros bajo su bastón -su conducción espiritual-, defendidos de lobos y pastando entre lirios, como dice el Cantar: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí. El, que pastorea entre lirios”.

Jesús es pobre, manso, puro, misericordioso, pacífico, justo, alegre en las persecuciones, y el Padre nos atrae a Él haciéndonos sentir y gustar las bienaventuranzas.

Al explicar que nadie se le acerca si el Padre no lo atrae, Jesús nos aclara algo con esa frase de que “al Padre nadie lo ha visto y que es necesario que nos lo revele el Hijo”. Con esto nos quiere decir que sentir la acción del Padre -que nos haga sentir el gusto por Jesús- no es algo que nosotros podamos discernir solos, sin ayuda (la de Jesús y la del Espíritu).

La atracción la sentimos todos, porque somos hijos y todo hijo “siente” a su padre. Pero muchas veces se trata de un sentimiento indefinido, sin nombre, o interferido, tapado y mezclado con otros, lo cual impide que lo experimentemos en su pureza. Por eso Jesús nos revela al Padre en sus parábolas, para que luego podamos comparar lo que la parábola nos revela acerca del corazón de nuestro Padre y lo que sentimos interiormente.

Cuáles son las parábolas en las que Jesús nos revela el modo que tiene el Padre de atraernos hacia él? En todas hay algún indicio, sobre todo en las parábolas de “invitación”. Pongo dos como ejemplo.

Una es la del dueño de la viña que sale a contratar cosecheros invitando: “venga a mi viña”. En el llamado está incluida la imagen que Jesús usa para consigo mismo cuando dice que “Él es la vid y nosotros los sarmientos”. La atracción por trabajar y estar adheridos a Aquel de quien depende nuestra vitalidad, como la de un sarmiento para con la vid, es una atracción que brota connaturalmente, por así decirlo.

La otra es la parábola del Rey que invita a las bodas de su hijo. Allí resalta de manera particular la “gratuidad” de la atracción, gratuidad que menosprecian los invitados que tienen otros intereses y, por el contrario, aceptan encantados todos los pobres a los que los servidores del Rey salen al encuentro por los caminos. El Padre invita diciendo simplemente que “el banquete está listo”. Su amor por su Hijo, por la alegría de su Hijo que se casa, se expresa en lo magnífico del banquete y el Padre supone que eso habla por sí mismo. Pero los invitados tienen cada su excusa. No los atrae la fiesta, no se dejan atraer. En la parábola de la viña, la atracción suponía una carencia: la necesidad de trabajo, el deseo del salario… Aquí se trata de una atracción gratuita: el bien que se ofrece no “responde a ninguna necesidad nuestra”. Por eso requiere un tipo especial de corazón: un corazón capaz de alegrarse por la alegría de otro. Si este corazón no se ha formado porque está poseído por sus propios intereses, la atracción no surte efecto: no hay hierro para este imán. E incluso sucede que se llega a producir el efecto contrario: algunos se irritan de una invitación así, se sienten ofendidos de que el Rey insista y maltratan a los mensajeros.

En este cambio de época que vivimos, la defensa de valores como la vida, creo que la debemos hacer dando un paso adelante. Como dice Francisco, debemos hacer resonar una vez más el llamado a la santidad. Llamar significa atraer: debemos dejarnos atraer por Padre hacia Jesús, hacia un modo de vida como el suyo -pobre, pacífico, justo y sumamente misericordioso con todos-, de manera tal que nuestro seguimiento de Jesús suscite el deseo de seguirlo en el corazón de otros. No se trata de “imponer” ninguna ley sino de “atraer” a una vida mejor, más plena.

Si es un hecho de que el Padre siempre está “atrayéndonos” hacia su Hijo y que Jesús siempre está revelando “el modo de atraernos y llamarnos que tiene el Padre”, nuestra misión como discípulos debe ser crear entre nosotros, en nuestro modo de vivir juntos, de tratarnos, de rezar y de trabajar en el servicio de los más pobres, un ámbito donde la luz de Jesús ilumine no “cosas” sino un “sentimiento”: ilumine el sentimiento de atracción por su Persona. Este ámbito, en el que los que se sienten atraídos por Jesús viven esto como un Don del Padre, es lo que significa la palabra Iglesia. La Ecclesia es el lugar donde se juntan los convocados, los llamados, los que son atraídos. Ser iglesia es ser atraídos juntos por el Padre en torno a Jesús. En ese sentido, nadie viene a Jesús “solo”, en el sentido de “fuera” de un espacio comunitario, donde uno lo encuentra junto con los demás, junto con todo el pueblo de Dios.

En este sentido, cuando sucede como hemos visto en estos días, que se ataca la posición de algunos legisladores personalizando y diciendo que eso es “la Iglesia”, se pueden entender dos cosas en esta frase.

Una, el exabrupto de una frase politiquera que el senador que dice “la iglesia” (Picheto, por ejemplo) es porque se ha quedado sin argumentos jurídicos y políticos (en el sentido de la alta política, la que usa argumentos que brotan de la búsqueda del bien común), y por eso ataca a los otros diciendo que responden a “la iglesia”. El insulto a la madre siempre es el último recurso de los que se quedan sin argumentos y muestran su corazón rastrero.

La otra, el sonido de una verdad profética. Todos los que se juntan convocados por el cuidado y la defensa del otro -especialmente del más débil-, todos los que “honran la alteridad” son “la iglesia”, son “los atraídos y convocados por el Padre” para seguir a Jesús. Como personas y como grupos no son mejores que nadie. Es más, dejarse atraer por un llamado así, tan alto y  gratuito y poco pragmático, un llamado a honrar la vida del otro aunque no sea deseada y complique la propia, hace que se vean más las incoherencias personales y obligan al que defiende este llamado tan bueno y tan alto, a tener  que confesarse pecador en muchas ocasiones. Pero dejarse convocar por lo más alto en vez de resignarse a lo más bajo, indica una calidad de corazón que no renuncia a la esperanza de que este mundo pueda ser salvado de ese egoísmo tan triste que no conoce el gozo de la misericordia.

 

Diego Fares sj

 

 

El “Pan del cielo del día” y su precio caro: el de nuestro hambre espiritual (18 B 2018)

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Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,

subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:

«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.

Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre,

porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »

Ellos le dijeron:

«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron:

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús:

«Yo soy el pan de la vida.

El que venga a mí, no tendrá hambre,

y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Señor, danos siempre de ese pan!

La petición de la gente del pueblo que buscaba a Jesús es verdadero deseo que se transmite de generación en generación entre los que tienen fe.

Si existe ese pan, pienso yo en mi interior, deseo recibirlo, comerlo y compartirlo. Dame siempre de tu pan es la petición cotidiana para ir a comulgar y nos muestra con qué actitud debemos entrar en relación con Jesús.

 Cuando vemos cómo se presenta una persona podemos darnos cuenta de la manera como quiere ser tratada. De las palabras de Jesús podemos pensar que quiere ser tratado como pan del cielo.

Al igual que un pan que se ofrece sencillamente, el Señor quiere ser tratado sencillamente. Aunque hoy hay panes de muchos tipos, el pan expuesto en la panadería o en el supermercado siempre se presenta fundamentalmente como pan. Su mismo envoltorio, más simple que otros, lo muestra en esa propiedad suya de tener que ser “pan del día”. Puede que haya pero yo no he visto panes en envases herméticos como la leche “larga vida”. Creo que iría contra su esencia y aunque el envase asegurara que lo conserva fresco, yo si compro pan, prefiero que sea un pancito recién horneado a cualquier otra propuesta más sofisticada. Hasta el pan dulce bien envasado y conservado, fuera de su tiempo propio, no sabe igual.

Jesús, por tanto, al presentarse como pan, quiere ser tratado como pan: El es pan fresco del día y quiere un hambre también fresco y del día.

Entre muchas otras cualidades del pan, todas simples y esenciales -rico, calentito, blando, tierno, con miga, compañero, bueno como el pan- me quedo con esta de ser pan del día.

Con esta parábola acerca de quién es Él, Jesús nos ubica las expectativas. Uno tiene muchas expectativas y ante Jesús-Pan, las que debe privilegiar son las más simples, las del día.

Por ejemplo: si ponemos esto en clave intelectual, de “respuestas”, el Señor-Pan nos responderá a la pregunta de hoy y lo hará a la manera del pan: acompañando.

Aquí entra la segunda parte de lo que nos revela Jesús acerca de cómo quiere ser tratado: Él se nos ofrece como Pan del cielo. Esto nos modifica el hoy de nuestro deseo y de nuestra ansia de respuestas. Las saca del nivel superficial y va al fondo: a las preguntas y deseos  de hoy pero no a cualquiera sino a las que no se sacian con otro pan que no sea del cielo. La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.

Del cielo quiere decir “espiritual”. Y espiritual quiere decir “persona”, alguien -no algo- que es por sí mismo, que no depende de otros, que se nos puede ofrecer libremente si quiere, pero no podemos manipular ni consumir.

            Nuestra actitud para con este Jesús Pan del cielo debe ser algo solo mío, la actitud que tengo allí donde yo soy mi yo más yo, allí donde tengo ese hambre espiritual de ser más yo mismo, más auténtico y donde solo deseo lo más auténtico del otro.

Lo que quiero expresar no es posible hacerlo mejor de lo que lo hizo Jesús al definirse a sí mismo como pan. Se pueden dar algunos rodeos, pero solo para hacer sentir que nada mejor que lo que dijo Jesús. Como si uno para mostrarnos lo que es el pan nos hiciera elegir y gustar primero lo que quisiéramos de todos los demás alimentos del mundo, con su infinita variedad de consistencias y sabores, y luego esperara que una mañana nos despertáramos con hambre y nos ofreciera para comer solo un pan, un rico pan junto con el mate o el café.

Es lo que expresa el dicho popular: para el hambre no hay pan duro.

No hay Jesús para el que no tiene hambre del pan del cielo. Aquí quería llegar. Y no es que existan personas que no tengan este hambre. Pero en muchos está tapado. No tanto por comidas malas, si no por comidas rápidas. Por eso me detuve en esa cualidad del pan de gozar siendo “pan del cielo del día”. Este es el punto donde quiere situar Jesús su pan, como si quisiera poner un producto en el mercado, lograr instalarlo. Su lugar es precisamente allí donde los que no son Él, nos dicen que “no pude ser que exista algo así como un pan del cielo del día. Si es pan, es pan -y entonces hay ofertas mejores- y si es del cielo no es del día, debe ser eterno y solo se podrá expender en puestos de venta eclesiásticos con misas largas y aburridas.

Sin embargo, uno puede probar y ver por sí mismo que esto es real. Que Jesús Pan del cielo del día se encuentra en puntos de venta cotidianos. No digo gratuitos, porque este tipo de Pan tiene un precio alto. Cuesta caro. Y el precio no es plata ni cosas. El precio es nuestra hambre. Para olerlo en medio de la ciudad, así como desde la terraza de La Civiltà Cattolica en Roma se huelen las medialunas (los cornetti) que hace Adela en el Bar Lembo de Via Crispi, cuya chimenea da varias vueltas hasta poder salir al cielo abierto por el patio de la casa de al lado, hay que tener las narices con el hambre de la oración que se hace tempranito. Después se mezclan olores y sonidos y cambia el hambre y un pan calentito deja de ser algo único y se convierte en algo más, hasta la mañana siguiente.

Algo de esto quiere decirnos el Señor al presentarse como Pan del Cielo del día. Algo así como que sólo lo podremos saborear tal cual es en el horario preciso en que nuestro hambre de Dios tiene la panza vacía de la oración de la mañana. Y si no te acostumbrás a rezar de mañana, cuando se te despierta cada día el hambre del pan calentito y fresco, no podrás saborear a Jesús. Después tu hambre ya medio saciado no identificará a Jesús entre los otros panes.

El otro momento del pan es el atardecer. El pedazo de pan que uno come con hambre mientras llega la cena. Aquí puede ayudar la imagen de un hambre distinto como precio a pagar. Se trata del hambre de descanso y compañía. Es el hambre del que llega del trabajo y solo quiere tirarse a descansar un momento y luego compartir lo que vivió durante el día con sus seres queridos. Aquí Jesús se muestra como uno que comparte nuestro pan, si lo invitamos a entrar en nuestra casa. Lo reconocemos al partir el pan, el pan nuestro, el que le ofrecemos a Él, porque nosotros también somos pan. Pan de la tierra que se comparte con el Pan del cielo.

            El pan de la tierra del atardecer es pan para otro hambre básico, el de compartir lo que hubo, lo que se logró ganar con el trabajo. Este pan Jesús lo comparte. Aquí no entra lo de “pan con pan comida de sonso”, porque son dos panes que se esposan bien: el pan del cielo que trae Jesús y el pan de la tierra que ponemos nosotros. Hay que probar. El de la mañana es puro Pan del cielo para el hambre personal y exclusivo de cada uno. El del atardecer es pan familiar, compartida del pan que cada uno trajo con el de Jesús, que es uno más. Hay que estar atentos más que a los panes, al modo de partirlos que tiene él, a su modo de hace comunidad, dando a cada uno lo suyo y apreciando lo que cada uno trajo.

Diego Fares SJ