Enternecer el corazón activa la lógica de Jesús, que es la lógica de un más concreto, posible, encarnado (18 A 2017)

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.
Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente
y se le enterneció con ellos el corazón
y se puso a curar a sus enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:
‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.
Pero Jesús les dijo:
‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.
Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.
‘Tráiganmelos aquí’, les dijo.
Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,
tomó los cinco panes y los dos pescados,
y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes,
los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse
y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,
sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación
Tomamos la escena en el punto donde los discípulos consideran que “ya está bien” y Jesús les sale con un “denles ustedes de comer”.
El Señor mira a su pueblo con la lógica del más.
Los discípulos siguen la lógica del “ya está bien”, la lógica del sentido común.

La lógica del más surge de un enternecimiento del corazón.
Jesús primero se deja tocar el corazón al ver la gente -la pobre gente- cómo lo sigue…
Se pone a curarlos…, se detiene a escuchar a cada uno que le cuenta lo que le pasa, mira a los ojos, los bendice… Y su corazón se va llenando del cariño y del agradecimiento de la gente. Entonces surge –espontáneo- el pensamiento de “qué más podemos hacer por ellos”.
Uno piensa distinto cuando se le enternece el corazón.
Los discípulos en cambio siguen los horarios: hora de comer, hora de irse a casa… Y estas necesidades corporales dan un tinte pragmático a su pensamiento. Su lógica no es la del que endurece su corazón y busca ávidamente su propio interés y bienestar.
Es una lógica normal, sensata… Pero puede llegar a anular la lógica de Jesús.
Sin hacer nada de malo. Solamente no haciendo nada de más.

El criterio de proponer algo más, concreto y bueno
Siguiendo nuestro tema de discernir los lenguajes tramposos, viene bien recordar aquí un tercer criterio de San Pedro Fabro que puede sernos útil. Tiene como punto central el “magis” que caracteriza la espiritualidad de los Ejercicios, pero que, como vemos, es la característica de Jesús. De un Jesús a quien se le enternece de compasión el corazón y siempre está dando de más, siempre está viendo qué puede hacer para acercarse a la gente, para dar la vida a pedacitos, como un Pan que se desmigaja para que todos coman.
¡El más del Señor!
La abundancia de vino en las bodas de Caná;
estar siempre soñando y creando parábolas nuevas
para ayudar a comprender cómo se vive en su Reino a los pequeñitos;
sus invitaciones a no pasar de largo ante el que necesita;
a no dar por perdida a ninguna oveja,
a sembrar en todos los terrenos…
Jesús siempre buscando cómo darse más, hasta el extremo de lavar los pies y de abrazar la Cruz, hasta darnos a su Madre… y al Espíritu, que es el “Plus” del don.
El Más de Jesus y del Padre es el Espíritu Santo, Creador y dador de Vida.

San Ignacio es el hombre del más, de la mayor gloria de Dios. Pero hay que entender bien el más ignaciano. No se trata de un más ideal, de una perfección en abstracto, escrita en los libros de mármol con que se retrata al santo. El más de Ignacio es el de Jesús: un “más” concreto, posible, encarnado en la vida de la gente, que tiene en cuenta tiempos, lugares y personas.
Es el pasito adelante del que siempre habla el Papa Francisco: ese más que le agrada al Padre, el más que nos sugiere en cada situación el Espíritu Santo.
Puede ser el más que proviene de una multiplicación de Dios, como en el pasaje de hoy.
Cuando el Señor multiplica su gracia, los discípulos tenemos más trabajo. No solo repartir la comida sino que hay que juntar después las doce canastas con lo que sobró.
Pero también es el más escondido y voluntario de las dos moneditas de la viuda y de la decisión de la pecadora de quebrar su frasco de perfume de nardo carísimo y la idea loca de ir a ungir los pies del Señor a la casa de un fariseo…
El paso adelante puede ser el de San Estanislao Kolbe en la fila de presos, un paso al martirio, y también un paso interior, como el de Teresita cuando decidió olvidarse de las “ofensas” que le hacían los demás y fue feliz. Un paso pequeño como el que dio el niño del evangelio de hoy para ofrecer sus cinco pancitos a Jesús.
Pequeños o grandes, estos son “un paso más en el Espíritu”.

La lógica del amor se alegra siempre con estos más.
Los sueña, los planea, los ejecuta y los saborea…
Y esta regla del más “mueve los espíritus” y permite discernir el buen espíritu del mal espíritu que, como veíamos, no siempre propone algo malo. Muchas veces lo que hace es proponer un “menos”. Un “hasta ahí” que no es inofensivo. Porque puede llegar a apoderarse de la entera religión.
Puede transformar el cristianismo en una religión del cumplimiento, del hasta ahí se puede y hasta ahí no. Puede modelar la mentalidad de generaciones enteras y durar mil años, aprisionando el vuelo amoroso del Espíritu, que quiere poner en acto las palabras de Jesús: denles ustedes de comer.
Esta lógica del “hasta ahí” puede llegar a enjaular al Espíritu, para que no haya excesos de carismas y a frisar a Jesús Eucaristía en el tabernáculo, a la espera de que los hambrientos cumplan con todas sus disposiciones legales para poder comulgar.
Es peligrosa la lógica del hasta ahí.
Y no se conforma con impedir a los que quieren dar un pasito más, sino que los ataca, los difama y trata de eliminarlos.

Fabro tiene una regla infalible que ayuda a hacer “que salte” este espíritu que suele estar muy calladito, tratando de que no se mueva nada.
Dice así: “En general, cuando se propone (a una persona o uno a sí mismo) cosas más altas o para obrar, o para esperar o desear, o para creer, o para amar, para aplicarse a ellas, con tanta mayor facilidad se tendrá experiencia de la diferencia entre el bueno y el mal espíritu (…): el que justifica y el que mancha, el que da fortaleza y el que debilita, el que ilumina y el que ofusca; en otras palabras, el bueno y el que es contrario al buen espíritu".

Para discernir hace falta “tener la experiencia de una diferencia”. Esta es la gracia.
No es que uno discierna todo ni saque todas las consecuencias inmediatamente.
A veces lleva años ver los frutos de una acción del buen espíritu que, al comienzo, parecía igual a lo que proponía el malo –como al comienzo parecen iguales el trigo y la cizaña-.
Lo importante es experimentar la diferencia.

La experiencia es más que tener una idea o un sentimiento.
Uno experimenta cuando de alguna manera recorre un camino –interior o exterior-, va y viene, toca el suelo, gasta un tiempo, nota los detalles del camino… Experimentar la diferencia entre cómo actúa el buen espíritu y cómo el malo, es algo que después se resume en una palabra o en un detalle, pero que revive la experiencia completa.

Al proponer “algo más”, uno experimenta la diferencia:
entre el buen espíritu que te justifica el paso adelante y el mal espíritu que te mancha (que te embarra la cancha, que te pone palos en la rueda, que te frena con la culpa y los habría que…);
entre el buen espíritu que te da fortaleza en el paso adelante y el malo que te debilita;
entre el buen espíritu que te ilumina (se te prende la lamparita y “ves”) y el mal espíritu que te ofusca y trata de confundirte con razones a medias, con falacias de programa de tv y verdades enojadas que te manda por mail.

Si uno escucha desde esta perspectiva las palabras del Papa Francisco, verá que este dinamismo de invitar a dar un paso adelante –posible y concreto- en el amor a Jesucristo y al prójimo, es una constante. Tanto cuando predica como cuando escribe, Francisco sigue una teología práctica, kerigmática: más que ayudar a definir ayuda a vivir.
Es una teología que quiere ayudar a personas concretas
A que “en todo puedan amar y servir a Dios nuestro Señor”;
a encontrar el “más” del Espíritu en su vida concreta,
en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno, si quiere escuchar.
Pare esto es que el Papa remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno y no a opinar qué está diciendo “en general”.
Por eso no es pertinente que, cuando trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, se critique que por qué no habla también de otros temas o se diga que si ese punto se “universaliza” no será factible de realizar. Como dicen en Europa cuando se trae una familia de refugiados en el avión. “Por que no trajo otras”. “Si todos hacemos lo mismo nos invaden…” Es curioso cómo una mentalidad consumista, que se cree que las promesas de la teología de la prosperidad y de las empresas tipo herbalife, que crean estructuras piramidales de vendedores a los que estafan, tenga miedo de multiplicar los pancitos para dar de comer a los pobres…
La táctica del mal espíritu es proyectar un “más abstracto” sobre un más concreto (abierto al más del Espíritu). Así termina por forzarlo y bloquear su dinamismo.
No son pertinentes las críticas que formulan las preguntan de este modo:
¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y varios países de América latina, pero no a su país?
La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es: si visita “todos” cómo no va a visitar “uno”, o: “por qué no privilegia al suyo, si lo quiere”. Son dos posibilidades, pero no las únicas. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento, no descartar otras posibilidades y plantear las cosas de otra manera: No será que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible? El que sigue libremente este camino de interpretación, se pone a preparar el corazón para la visita que vendrá. El que elige los otros caminos es probable que se enoje o se desilusione y que tire comentarios como el de la parábola de los obreros de la última hora, que murmuraba porque se les pagaba primero a los últimos. Jesus le dice: acaso yo soy malo porque tu ojo es envidioso?

Para discernir hay que animarse a “dar un paso más ” en nuestra vida de cristianos.
No es un paso moral, en el sentido de que se nos pida que demos mas limosna o hagamos un sacrificio… Este es el oido rutinario con que el termino medio de la gente escuchamos e interpretamos cada vez que se nos dice “un paso mas”. No se trata de eso.
Se trata de un paso más en el ejercicio de nuestra libertad de pensamiento.
A veces es un paso atrás: antes de optar y de manifestar lo que pienso, animarme a examinar mis pensamientos y preguntarme si estoy de buen espíritu o estoy tentado. Más allá del tema de que se trate y de si tengo razón o no. Animarme a preguntarme si el dinamismo que me empuja lo sopla el buen espíritu o el malo. El paso atrás es doble: me lleva a no meterme directamente con los otros y a ser crítico conmigo mismo. En mi interior puedo experimentar la diferencia entre el buen espíritu y el malo.
Este paso más implica un cambio cualitativo. No solo miro “cosas” sino dinamismos. “Si digo esto ahora, va a ser para mal”. Uno lo sabe. Y si da un paso atrás y espera el momento oportuno en que el otro este bien, la misma palabra que antes era para mal se convierte en una palabra buena.
Denles ustedes de comer!
El que dice esta palabra, el que nos manda que demos de comer a la gente, no solo pan sino su palabra (y no seamos de los que reparten pescado podrido), es Jesus:
Un Jesús al que la ternura y la compasión le han dilatado el corazón (el cura de Ars decía que “rezar es dilatar el corazón).
Un Jesús que antes de actuar sitúa su acción entre el agradecimiento al Padre y el buen deseo con el que bendice los panes que multiplica.
Esos panes así deseados, agradecidos y bendecidos, son los que tenemos que dar de comer a la gente de nuestro pueblo. Esos que el Señor multiplica y que nos dan más trabajo. No solo material, sino el trabajo de discernir si estamos dando el pan de la Palabra.
Diego Fares sj

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