Felices los Pedros que necesitan que les confirmen la fe para confirmar a los demás (21 A 2017)

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

Lo que nos dilata el corazon vs las razones para cerrarlo (20 A 2017)

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela concediéndole lo que pide, porque nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y le dijo:

– “Señor, socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No queda bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”.

Entonces Jesús le dijo:

-“¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

Siempre me conmueve el pasaje de la mujer “siro-fenicia”, como la llama Mateo, porque Tiro y Sidon son parte del Líbano – tierra de mis abuelos – y la composición de lugar -el meterse en la escena, en el territorio- se me hace familiar. Siria es también para nosotros la tierra de donde estamos tratando de traer familias que escapan de la guerra. La hermana Marta me contaba las dificultades burocráticas interminables que enfrentan los que quieren conseguir ayuda oficial para comprar los pasajes de una familia que ya tiene todo en orden para venir a la Argentina. Son tantas las postergaciones que Manos Abiertas decidió pagar directamente los pasajes que faltan para traer a cinco personas a nuestra patria. La realidad es que los gobiernos de buena voluntad, que abren sus puertas a los refugiados, al ver que otros las cierran directamente, comienzan a poner restricciones.

A la simple compasión ante el sufrimiento de los que se ven obligados a dejar su tierra y sus cosas y emigrar se le van agregando otros sentimientos. Miedo a los extraños, sentirse invadidos, conciencia de los propios necesitados… Me contaba Marta cómo le había impresionado que gente de nuestras propias obras de misericordia, influida se ve por esta mentalidad, le dijera “no saben lo equivocados que están”. Es curioso que entre las razones para no emprender esta empresa (porque traer una sola familia de refugiados sirios es toda una empresa), se use la de: “Y cuantos traen? Una sola familia, nada más?”.

En Italia, que es de los paises que mas solidariamente acoge a los refugiados e inmigrantes, se siente como se van consolidando, entre la gente común, las objeciones a recibir a esta pobre gente que busca una vida mejor. Las razones son de peso -la dificultad para integrar tanta gente de culturas diferentes en una época donde escasea el trabajo…- pero a lo que voy es a que son razones para cerrar el corazón.

Resuena la frase de los discípulos ante los gritos de mi paisana que persigue a Jesús suplicándole que tenga compasión de ella porque su hija está atormentada por un demonio: “saquémonosla de encima”. Aunque con cierta generosidad practica, porque le dicen a Jesús que le conceda lo que pide, la actitud es la de sacársela de encima: despídela.

Y el Señor no es de los que se saquen de encima a nadie. Al contrario, no solo no le molesta que los pobres lo persigan sino que Él es de los que salen a buscar al que necesita. Esta es la tendencia, el dinamismo, el espíritu de nuestras obras de misericordia: construir estructuras que salgan al encuentro de las necesidades, sabiendo que la gente vendrá.

Y hay que estar muy atentos a que el mal espíritu no nos erosione esta actitud radical, de simple y pura misericordia, con razonamientos falaces que se instalan poco a poco y terminan por cambiar totalmente nuestros comportamientos prácticos. Cuando se llega al punto de que la misma gente que está trabajando en obras de misericordia (no hablo de gente que solo piensa en su interés sino de gente que piensa en los demás) se vuelve selectiva y temerosa, es que estamos en presencia de una tentación y hay que discernir por donde sé metió. San Ignacio dice que cuando algo que era bueno termina en algo menos bueno hay que revisar el proceso de los pensamientos y ver donde fue que el mal espíritu entró con la nuestra y nos llevó a sus acostumbrados engaños.

No se trata de no ser razonables en cuanto a los recursos y posibilidades de ayuda que una institución tiene. Pero sí de tomar conciencia que si una institución atiende a 2000 personas por obra y gracia de la divina providencia que motiva a tanta gente a donar trabajo, tiempo y dinero, si la misma providencia lo desea, podrá ayudar a 2005 -incluir a una familia siria-. Podrá también multiplicarse la ayuda, como los cinco pancitos, si el Señor así lo quiere. Y si falta, se achicara la cantidad de lo que se de, pero no el corazón! Este es el punto: las razones que dilatan el corazon y las razones que lo angustian, lo cierran y lo quieren achicar.

Si uno ve el sufrimiento del mundo, lo razonable siempre es darse cuenta de que no alcanza. Aunque de ahora en adelante pusiéramos todo el dinero del mundo al servicio de los mas pobres (que alcanza y sobra), no llegaríamos a ayudar a los que ya nacieron desnutridos, por ejemplo. Pero esta pobreza y limite de los recursos puede tomar dos direcciones: la de dilatar el corazon o la de cerrarlo. El que dilata el corazon, como la mamá del evangelio, no deja de luchar por los que ama y reza con mas fuerza al Señor, buscando conmover su corazón. El que lo cierra, se va volviendo como los discípulos que siempre tenían a flor de labios esa frase: “despide a la gente”.

La creatividad para dialogar con Jesús, para pedirle de manera que no se pueda resistir, es signo de un corazon dilatado. Dilatado por la compasión frente al que sufre y por la fe en Jesús.

Los problemas reales son complicados. Los razonamientos generales tienen, todos, su parte de verdad. Pero el que abre su oido a una necesidad concreta, el que dialoga con el que le pide ayuda y pone manos a la obra para resolver el caso que se le presenta cada día, experimenta que el corazón se le dilata. Pasa a formar parte de los que tienen mas corazón que recursos, mas compasión que manos (y por eso buscan otras manos y trabajan junto con otros). En cambio el que se queda en las consideraciones generales y no se arremanga, seguramente encontrará razones que lo justifiquen. Pero pasara a formar parte de los que tienen mas razón que corazon, mas recursos que manos, porque dudando como gastar mejor se quedaron sin dar todo lo que podían.

San Alberto Hurtado, que dejo que se le dilatara el corazon al ritmo de cada necesidad que le salía al encuentro cada día es patrono de los que desean tener un corazón mas grande que sus recursos. Y como buen patrono, intercede por los que pedimos esta gracia, que es la que mas necesitan los pobres: encontrarse con gente que los recibe con un corazon mas grande que la limosna o la ayudita que les brindan.

Decía Hurtado:

“No hay sólo que darse, sino darse con la sonrisa. No hay sólo que dejarse matar, sino ir al combate cantando.

Hay que hacer amar la virtud. Hacer que los ejemplos sean contagiosos,

de otra manera quedan estériles. Hacer la vida de los que nos rodean sabrosa y agradable.

Esto es triunfar sobre el egoísmo sutil, que una vez expulsado de la

trama de nuestra vida, tiende a refugiarse en los repliegues, es decir, en nuestra sensibilidad egoísta haciendo sentir que uno es un mártir o al menos una víctima, alzándose sobre un pedestal y buscando el ser consolado.

Canta y avanza, la abnegación total es alegría perpetua. ¿Es la cuadratura

del círculo? No. Porque hay un vínculo secreto entre el don de sí, por amor, y la paz del alma”.

Diego Fares sj

Una Barca en la que no está Jesús y un Pedro que se tira al agua para ir a su encuentro (19 A 2017)

Después de esto, Jesús ordenó a los discípulos: «Suban a la barca y vayan a la otra orilla del lago. Yo me quedaré aquí para despedir a la gente, y los alcanzaré más tarde.» Cuando toda la gente se había ido, Jesús subió solo a un cerro para orar. Allí estuvo orando hasta que anocheció. Mientras tanto, la barca ya se había alejado bastante de la orilla; navegaba contra el viento y las olas la golpeaban con mucha fuerza. Todavía estaba oscuro cuando Jesús se acercó a la barca. Iba caminando sobre el agua. 26 Los discípulos lo vieron, pero no lo reconocieron. Llenos de miedo, gritaron: —¡Un fantasma! ¡Un fantasma!

Enseguida Jesús les dijo: —¡Cálmense! ¡Soy yo! ¡No tengan miedo!

Entonces Pedro le respondió: —Señor, si eres tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

Y Jesús le dijo: —¡Ven! 

De inmediato Pedro bajó de la barca. Caminó sobre el agua y fue hacia Jesús. Pero cuando sintió la fuerza del viento, tuvo miedo. Allí mismo empezó a hundirse, y gritó: —¡Señor, sálvame! Entonces Jesús extendió su brazo, agarró a Pedro y le dijo: —Pedro, tú confías muy poco en mí. ¿Por qué dudaste?

En cuanto los dos subieron a la barca, el viento dejó de soplar. Todos los que estaban en la barca se arrodillaron ante Jesús y le dijeron: —¡Es verdad, tú eres el Hijo de Dios!

Contemplación

Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

La frase de Simón Pedro nos enseña algo que él ha aprendido del Señor: para discernir a Jesús de los fantasmas hay que jugarse.

Lo mismo vale para «las cosas de Jesús»: si uno quiere saber si una misión es del Señor, si una obra es de Iglesia, hay que tirarse al agua; ponerse en camino, comenzar a trabajar como voluntario, involucrarse con los otros en un proyecto… Son cosas que, si uno las mira desde la seguridad de su barca, pueden dar miedo. Y el mal espíritu aprovecha el temor para causar confusión, suscitar dudas y robarnos la alegría y la esperanza.

Así fue la tentación que tuvieron los discípulos: al ver a Jesús venir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta, el demonio aprovechó su miedo y les hizo ver como un fantasma al que era su mejor Amigo y Salvador. En vez de dar lugar a la gracia más grande de sus vidas, como era la de contar con Alguien como Jesús, y saltar de alegría dejándose llenar del Espíritu Santo, dieron lugar a la tentación, que se sirvió de sus miedos para hacerles proyectar fantasmas. Pedro, sin embargo, al escuchar la voz de su Maestro, mantuvo la cordura y sobreponiéndose al griterío de sus compañeros, centró su corazón en Jesús.

Con la ayuda de Simón Pedro podemos reflexionar y sacar provecho de la escena.

Es una lección sobre los fantasmas y los miedos. Una lección para crecer en el discernimiento, que afirma  lo siguiente: No siempre que uno ve fantasmas y se asusta por la fuerza de vientos en contra y de un mar agitado, se trata de algo negativo. Puede que sea todo lo contrario. Que uno esté viviendo un tiempo de gracia espectacular y que por eso mismo se desaten las tormentas y el mal espíritu quiera aprovechar para tentarnos y meternos miedo.

Pedro resuelve la cosa dirigiéndose directamente al Señor-fantasma (no lo tiene claro del todo y por eso dice: «si eres Tu») y pronunciando una de esas frases que Jesús le enseñó a discernir como «la voz del Padre» (esto no son ideas tuyas sino que esto te lo ha revelado mi Padre).

Sabemos cómo siguió la cosa: el Señor le dijo «ven», Pedro se tiró al agua y allí experimentó de nuevo la tentación del miedo y se le apocó la fe. Pero ya tenía la clave y en el mismo vértigo de estar hundiéndose, gritó «Señor, sálvame», y Jesús, que estaba bien atento a todo el proceso, ahí nomás le extendió su mano salvadora y lo confirmó en su fe inicial, la que le había hecho sentir el Padre: «Se te apocó la fe» -le reprochó cariñosamente-. Por qué dudaste».

Pedro aprendió a fiarse de esa voz interior que invita a dar un pasito hacia Jesús en todas las circunstancias de la vida.

Podemos formular así la lección: en toda situación -de tormenta o de paz, de certezas o de confusión-

la voz interior que te dice «jugate por Jesús», siempre es del Padre,

y el paso concreto que se te ocurre dar para acercarte a Jesús, es del Espíritu Santo.

Eso sí, tenes que saber que estos dos discernimientos son personales. Ni siquiera en el grupo de los doce se tiraron al agua todos. Solo Pedro se animó y luego todos gozaron de los beneficios de que el Señor subiera a la Barca y calmara la tormenta. Allí también ellos se arrodillaron y lo adoraron diciendo «Es verdad, Tu eres el Hijo de Dios». Tuvieron que hacer su acto de fe y discernir su miedo anterior como tentación y corregir su juicio acerca del fantasma.

El Evangelio nos dirá que esta experiencia de sentir que  «a uno le vienen dudas» y que hay cosas que no entiende, se mantendrá incluso ante Jesús resucitado. No hay que extrañarse: Es el Señor mismo el que produce este movimiento de espíritus. Su venir a nuestro encuentro suscita movimiento de espíritus. Su presencia no es para que nos sentemos a mirarla como quien mira la vida por tv. Ante las cosas de Jesús todos sentimos la provocación a dar un paso de conversión en nuestra vida. Ahí sentimos -instintivamente- que se nos mueve el piso y el demonio aprovecha para meter todo tipo de frases e interpretaciones como la de que es un fantasma.

Hagamos un replay y contemplemos de nuevo la escena: los discípulos se encuentran en medio de una tormenta. Hay vientos contrarios, olas y peligro de hundirse. Interiormente sienten que Jesús los dejó solos. Los apuró para que se fueran y le obedecieron, aunque como gente de mar, sabían que se venía una tormenta. La realidad, como se supo después, es que el Señor se había quedado solo rezando por ellos y que, atento al momento justo, había decidido ir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta. Algo totalmente impensable. Sin embargo, ahí donde todos actúan de manera lógica juzgando que si alguien viene sobre las aguas no puede ser sino un fantasma, Pedro juzga de otra manera. Intuye que esta locura viene de su Maestro, le hace caso a la voz interior del Padre y se deja conducir por el Espíritu que lo lleva a jugársela para poder discernir: pide a Jesús que, si es él, le mande acercarse caminando sobre las aguas.

Pedro sabe que se discierne caminando, que se discierne experimentando el movimiento de espíritus contrarios, que se discierne metiéndose en una situación de fragilidad que solo Jesús puede resolver, se discierne dando uno un paso adelante. Por eso no se puso a tratar de convencer a sus compañeros de que podía tratarse de Jesús… Pedro se tiró al agua. No le fue de todo bien, porque se pegó un remojón y se llevó un flor de susto. Pero el  Señor lo bendijo.

Hay algunas situaciones que se viven en la Iglesia que se pueden interpretar amplificando los momentos de esta escena evangélica. Me gusta imagina, por ejemplo, algunos momentos (que a veces duran mucho tiempo) en los que Jesús no está en la Barca de la Iglesia. Para meterse en una situación así hay que dejar de lado, por un rato, la idea de que Dios está en todas partes.  En esta escena contemplamos a un Jesús que no se sube a la Barca, que deja que navegue sin Él. El se queda con la gente a la que había dado de comer los panes y peces y a la que quiso despedir personalmente.

Es un Jesús sin su Iglesia, un Jesús que se dedica personalmente a esos «otros rebaños»  que también son suyos.

Un Jesús que se dedica a la gente directamente sin intermediación de los discípulos.

Primero sí, les hizo distribuir los cinco pancitos multiplicados. Pero después los mandó a que lo dejaran solo y se despidió de la gente sin ellos. Y por si fuera poco, subió a la montaña a rezar a solas con su Padre. Aunque desde allí los veía, dejó que se alejaran sin él y que quedaran a merced del viento en contra.

La imagen de la Iglesia como una Barca sin Jesús y en medio de la tormenta. Pienso que algo así fue lo que vivimos en ese espacio de tiempo que medió entre la renuncia del Papa Benedicto y la elección de Francisco.

Cuando es elegido (antes, en realidad, porque eso fue lo que dijo y por eso lo eligieron) Bergoglio discierne que la Iglesia tiene que salir. Discierne que Jesús viene a la Iglesia desde afuera y que hay que salir a su encuentro.

En el evangelio, para los otros discípulos al igual que para  muchos en la Iglesia actual, un Jesús que viene de afuera, de un afuera tormentoso y líquido, como la cultura moderna, es un fantasma. Para Pedro no. Y como prueba, pide que le mande salir de la Barca y caminar sobre las aguas.

Para mí esto es lo que ha hecho y está haciendo el Papa Francisco: ha discernido que Jesús no estaba en la Barca y se ha largado al agua. Le ha pedido al Señor que le mande ir a Él poniéndose en su misma situación: la de uno que camina sobre las aguas. La de uno que no se refugia en definiciones sino que se larga al encuentro con la gente. Y el Señor se lo ha concedido. Y si de vez en cuando se pega un remojón el Señor le tiende la mano, lo ayuda y lo bendice.

Muchos de los que se quedan en la Barca, ahora igual que entonces, no están todavía en el momento en que el Señor y Pedro se suben de vuelta a ella y les permiten tener una misa de acción de gracias y adoración. Muchos están paralizados por sus miedos a dar un paso adelante también ellos y desde la barca piensan: encima que no sabe si es el Señor o un fantasma, este le pide que le mande caminar sobre las aguas y se tira nomás! Veremos…

Este «veremos como sigue la cosa» está detrás de todas las opiniones sobre Francisco, cada vez que se tira al agua, cada vez que «se mete», cada vez que sale al encuentro de un Jesús que ciertamente no está en nuestra barca sino dando de comer y charlando con la gente, rezando al Padre a solas en la montaña, y que viene a nosotros caminando sobre la liquidez de la cultura actual, en la que se han perdido fundamentos y caminos.

El punto para mi y para vos es si nos tiramos al agua con Pedro y Francisco para ir al encuentro de este Jesús, o nos quedamos en la barca a ver programas de periodismo y gritamos y nos lamentamos por los fantasmas en vez de dar el pasito adelante al que nos invita el Señor diciendo «Ven!».

Diego Fares sj

La transfiguración del Señor

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

—«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

—«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

—«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Contemplación

Escuchadlo!

Ese es el único mandato del Padre a Pedro, Santiago y Juan: que escuchen a Jesús.

Por qué? Por que es "su Hijo amado, su predilecto".

Qué supone el Padre en ellos, los testigos, para confiarles sus cosas así?

El supuesto general de la escena es que los discípulos saben que les está hablando Yahve, el Señor su Dios. Su voz les entra en el corazón como en casa propia.

Les dice que escuchen a su Hijo.

No hace falta que les mande directamente que lo obedezcan. En sus oídos habrá resonado el "Escucha Israel", que es el modo en que el Señor hablaba a su Pueblo.

El Padre se sitúa en ese lugar tan especial que es donde uno escucha a otro. Como cuando uno le dice a alguien "escucha esto" e insiste, escucha, como diciendo yo se que si escuchas te va a gustar, te va a convencer, te va a hacer bien.

Esto supone conocimiento y confianza en ellos, en su capacidad de discernir por ellos mismos la verdad de lo que les dice.

Para ellos, que sentían la amistad y predilección de Jesús, que los había llevado aparte con Él y se les había transfigurado, el argumento del Padre, que les habla de predilección y amor por su Hijo, los hizo sentirse identificados con Jesus.

La amistad del Señor con nosotros nace de su amistad con el Padre.

Este es el mensaje que está detrás de las palabras, como la nube que los cubre con su sombra -el Espíritu Santo-.

Que Jesus se transfigura fisicamente es el efecto de la transfiguración interior: se transfigura a sus ojos como predilecto y amado. Y esta revelación del porqué de su bondad -Jesus se muestra tan bueno porque es muy amado y ese amor que recibe redunda en beneficio de todos- les hace comprender lo que el Señor está haciendo con ellos al mostrarles su amor preferencial. Los esta consolando y fortaleciendo interiormente para que, sintiéndose muy amados, puedan consolar y hacer sentir lo mismo a los demás. Así se expandirá el cristianismo… Esta será la alegría del evangelio, la alegría del amor que los testigos transmitirán con su palabra y su vida.

Diego Fares sj

Enternecer el corazón activa la lógica de Jesús, que es la lógica de un más concreto, posible, encarnado (18 A 2017)

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.
Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente
y se le enterneció con ellos el corazón
y se puso a curar a sus enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:
‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.
Pero Jesús les dijo:
‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.
Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.
‘Tráiganmelos aquí’, les dijo.
Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,
tomó los cinco panes y los dos pescados,
y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes,
los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse
y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,
sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación
Tomamos la escena en el punto donde los discípulos consideran que “ya está bien” y Jesús les sale con un “denles ustedes de comer”.
El Señor mira a su pueblo con la lógica del más.
Los discípulos siguen la lógica del “ya está bien”, la lógica del sentido común.

La lógica del más surge de un enternecimiento del corazón.
Jesús primero se deja tocar el corazón al ver la gente -la pobre gente- cómo lo sigue…
Se pone a curarlos…, se detiene a escuchar a cada uno que le cuenta lo que le pasa, mira a los ojos, los bendice… Y su corazón se va llenando del cariño y del agradecimiento de la gente. Entonces surge –espontáneo- el pensamiento de “qué más podemos hacer por ellos”.
Uno piensa distinto cuando se le enternece el corazón.
Los discípulos en cambio siguen los horarios: hora de comer, hora de irse a casa… Y estas necesidades corporales dan un tinte pragmático a su pensamiento. Su lógica no es la del que endurece su corazón y busca ávidamente su propio interés y bienestar.
Es una lógica normal, sensata… Pero puede llegar a anular la lógica de Jesús.
Sin hacer nada de malo. Solamente no haciendo nada de más.

El criterio de proponer algo más, concreto y bueno
Siguiendo nuestro tema de discernir los lenguajes tramposos, viene bien recordar aquí un tercer criterio de San Pedro Fabro que puede sernos útil. Tiene como punto central el “magis” que caracteriza la espiritualidad de los Ejercicios, pero que, como vemos, es la característica de Jesús. De un Jesús a quien se le enternece de compasión el corazón y siempre está dando de más, siempre está viendo qué puede hacer para acercarse a la gente, para dar la vida a pedacitos, como un Pan que se desmigaja para que todos coman.
¡El más del Señor!
La abundancia de vino en las bodas de Caná;
estar siempre soñando y creando parábolas nuevas
para ayudar a comprender cómo se vive en su Reino a los pequeñitos;
sus invitaciones a no pasar de largo ante el que necesita;
a no dar por perdida a ninguna oveja,
a sembrar en todos los terrenos…
Jesús siempre buscando cómo darse más, hasta el extremo de lavar los pies y de abrazar la Cruz, hasta darnos a su Madre… y al Espíritu, que es el “Plus” del don.
El Más de Jesus y del Padre es el Espíritu Santo, Creador y dador de Vida.

San Ignacio es el hombre del más, de la mayor gloria de Dios. Pero hay que entender bien el más ignaciano. No se trata de un más ideal, de una perfección en abstracto, escrita en los libros de mármol con que se retrata al santo. El más de Ignacio es el de Jesús: un “más” concreto, posible, encarnado en la vida de la gente, que tiene en cuenta tiempos, lugares y personas.
Es el pasito adelante del que siempre habla el Papa Francisco: ese más que le agrada al Padre, el más que nos sugiere en cada situación el Espíritu Santo.
Puede ser el más que proviene de una multiplicación de Dios, como en el pasaje de hoy.
Cuando el Señor multiplica su gracia, los discípulos tenemos más trabajo. No solo repartir la comida sino que hay que juntar después las doce canastas con lo que sobró.
Pero también es el más escondido y voluntario de las dos moneditas de la viuda y de la decisión de la pecadora de quebrar su frasco de perfume de nardo carísimo y la idea loca de ir a ungir los pies del Señor a la casa de un fariseo…
El paso adelante puede ser el de San Estanislao Kolbe en la fila de presos, un paso al martirio, y también un paso interior, como el de Teresita cuando decidió olvidarse de las “ofensas” que le hacían los demás y fue feliz. Un paso pequeño como el que dio el niño del evangelio de hoy para ofrecer sus cinco pancitos a Jesús.
Pequeños o grandes, estos son “un paso más en el Espíritu”.

La lógica del amor se alegra siempre con estos más.
Los sueña, los planea, los ejecuta y los saborea…
Y esta regla del más “mueve los espíritus” y permite discernir el buen espíritu del mal espíritu que, como veíamos, no siempre propone algo malo. Muchas veces lo que hace es proponer un “menos”. Un “hasta ahí” que no es inofensivo. Porque puede llegar a apoderarse de la entera religión.
Puede transformar el cristianismo en una religión del cumplimiento, del hasta ahí se puede y hasta ahí no. Puede modelar la mentalidad de generaciones enteras y durar mil años, aprisionando el vuelo amoroso del Espíritu, que quiere poner en acto las palabras de Jesús: denles ustedes de comer.
Esta lógica del “hasta ahí” puede llegar a enjaular al Espíritu, para que no haya excesos de carismas y a frisar a Jesús Eucaristía en el tabernáculo, a la espera de que los hambrientos cumplan con todas sus disposiciones legales para poder comulgar.
Es peligrosa la lógica del hasta ahí.
Y no se conforma con impedir a los que quieren dar un pasito más, sino que los ataca, los difama y trata de eliminarlos.

Fabro tiene una regla infalible que ayuda a hacer “que salte” este espíritu que suele estar muy calladito, tratando de que no se mueva nada.
Dice así: “En general, cuando se propone (a una persona o uno a sí mismo) cosas más altas o para obrar, o para esperar o desear, o para creer, o para amar, para aplicarse a ellas, con tanta mayor facilidad se tendrá experiencia de la diferencia entre el bueno y el mal espíritu (…): el que justifica y el que mancha, el que da fortaleza y el que debilita, el que ilumina y el que ofusca; en otras palabras, el bueno y el que es contrario al buen espíritu".

Para discernir hace falta “tener la experiencia de una diferencia”. Esta es la gracia.
No es que uno discierna todo ni saque todas las consecuencias inmediatamente.
A veces lleva años ver los frutos de una acción del buen espíritu que, al comienzo, parecía igual a lo que proponía el malo –como al comienzo parecen iguales el trigo y la cizaña-.
Lo importante es experimentar la diferencia.

La experiencia es más que tener una idea o un sentimiento.
Uno experimenta cuando de alguna manera recorre un camino –interior o exterior-, va y viene, toca el suelo, gasta un tiempo, nota los detalles del camino… Experimentar la diferencia entre cómo actúa el buen espíritu y cómo el malo, es algo que después se resume en una palabra o en un detalle, pero que revive la experiencia completa.

Al proponer “algo más”, uno experimenta la diferencia:
entre el buen espíritu que te justifica el paso adelante y el mal espíritu que te mancha (que te embarra la cancha, que te pone palos en la rueda, que te frena con la culpa y los habría que…);
entre el buen espíritu que te da fortaleza en el paso adelante y el malo que te debilita;
entre el buen espíritu que te ilumina (se te prende la lamparita y “ves”) y el mal espíritu que te ofusca y trata de confundirte con razones a medias, con falacias de programa de tv y verdades enojadas que te manda por mail.

Si uno escucha desde esta perspectiva las palabras del Papa Francisco, verá que este dinamismo de invitar a dar un paso adelante –posible y concreto- en el amor a Jesucristo y al prójimo, es una constante. Tanto cuando predica como cuando escribe, Francisco sigue una teología práctica, kerigmática: más que ayudar a definir ayuda a vivir.
Es una teología que quiere ayudar a personas concretas
A que “en todo puedan amar y servir a Dios nuestro Señor”;
a encontrar el “más” del Espíritu en su vida concreta,
en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno, si quiere escuchar.
Pare esto es que el Papa remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno y no a opinar qué está diciendo “en general”.
Por eso no es pertinente que, cuando trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, se critique que por qué no habla también de otros temas o se diga que si ese punto se “universaliza” no será factible de realizar. Como dicen en Europa cuando se trae una familia de refugiados en el avión. “Por que no trajo otras”. “Si todos hacemos lo mismo nos invaden…” Es curioso cómo una mentalidad consumista, que se cree que las promesas de la teología de la prosperidad y de las empresas tipo herbalife, que crean estructuras piramidales de vendedores a los que estafan, tenga miedo de multiplicar los pancitos para dar de comer a los pobres…
La táctica del mal espíritu es proyectar un “más abstracto” sobre un más concreto (abierto al más del Espíritu). Así termina por forzarlo y bloquear su dinamismo.
No son pertinentes las críticas que formulan las preguntan de este modo:
¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y varios países de América latina, pero no a su país?
La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es: si visita “todos” cómo no va a visitar “uno”, o: “por qué no privilegia al suyo, si lo quiere”. Son dos posibilidades, pero no las únicas. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento, no descartar otras posibilidades y plantear las cosas de otra manera: No será que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible? El que sigue libremente este camino de interpretación, se pone a preparar el corazón para la visita que vendrá. El que elige los otros caminos es probable que se enoje o se desilusione y que tire comentarios como el de la parábola de los obreros de la última hora, que murmuraba porque se les pagaba primero a los últimos. Jesus le dice: acaso yo soy malo porque tu ojo es envidioso?

Para discernir hay que animarse a “dar un paso más ” en nuestra vida de cristianos.
No es un paso moral, en el sentido de que se nos pida que demos mas limosna o hagamos un sacrificio… Este es el oido rutinario con que el termino medio de la gente escuchamos e interpretamos cada vez que se nos dice “un paso mas”. No se trata de eso.
Se trata de un paso más en el ejercicio de nuestra libertad de pensamiento.
A veces es un paso atrás: antes de optar y de manifestar lo que pienso, animarme a examinar mis pensamientos y preguntarme si estoy de buen espíritu o estoy tentado. Más allá del tema de que se trate y de si tengo razón o no. Animarme a preguntarme si el dinamismo que me empuja lo sopla el buen espíritu o el malo. El paso atrás es doble: me lleva a no meterme directamente con los otros y a ser crítico conmigo mismo. En mi interior puedo experimentar la diferencia entre el buen espíritu y el malo.
Este paso más implica un cambio cualitativo. No solo miro “cosas” sino dinamismos. “Si digo esto ahora, va a ser para mal”. Uno lo sabe. Y si da un paso atrás y espera el momento oportuno en que el otro este bien, la misma palabra que antes era para mal se convierte en una palabra buena.
Denles ustedes de comer!
El que dice esta palabra, el que nos manda que demos de comer a la gente, no solo pan sino su palabra (y no seamos de los que reparten pescado podrido), es Jesus:
Un Jesús al que la ternura y la compasión le han dilatado el corazón (el cura de Ars decía que “rezar es dilatar el corazón).
Un Jesús que antes de actuar sitúa su acción entre el agradecimiento al Padre y el buen deseo con el que bendice los panes que multiplica.
Esos panes así deseados, agradecidos y bendecidos, son los que tenemos que dar de comer a la gente de nuestro pueblo. Esos que el Señor multiplica y que nos dan más trabajo. No solo material, sino el trabajo de discernir si estamos dando el pan de la Palabra.
Diego Fares sj