Contra los lenguajes tramposos II: saber discernir las trampas del menos

 

 

“Jesús dijo a la multitud:

Es semejante el Reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, al cual, hallándolo un hombre lo esconde y por la alegría del hallazgo va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

También es semejante el Reino de los cielos a un hombre de negocios que anda buscando perlas hermosas. Habiendo encontrado una perla de gran valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También es semejante el Reino de los cielos a una red echada al mar que junta todo género de peces. La cual cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que es discípulo formado en las cosas del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13, 44-52).

Contemplación

Las cuatro parábolas finales del misterio del Reino de los Cielos de Mateo, son contundentes. Iluminan la inteligencia espiritual del que es y quiere ser siempre “discípulo formado en las cosas del Reino”. Por eso, antes de la última parábola, Jesús les pregunta a sus discípulos “¿comprendieron todo esto? Les pregunta y nos pregunta no como quien duda de sus alumnos sino como quien se da cuenta de que enseñó algo claramente y fue comprendido. Por eso refuerza con la última parábola y dice que el “discípulo formado” es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.

Un padre de familia es uno que “sabe” enseñar a sus hijos. Tiene la gracia de estado y confía en ella. No porque se crea que sabe todo, pero sí sabe discernir lo que le hace bien a su hijo y lo que le hace mal. En esto no duda. Y cuando duda, es cuando tiene más claro que en ese ámbito no lo meterá a su hijo hasta que él vea bien si es buena o mala la cosa. Esta sabiduría y este discernimiento de padre de familia y de discípulo de Jesús es la inteligencia espiritual que el Padre del Cielo revela a los que se hacen como niños, a los pequeñitos. Y se la confunde a los que se creen que se las saben todas.

Pedimos al Espíritu Santo, nuestro fiel abogado, este discernimiento de madre y de padre de familia. Es un discernimiento como el de los papás del pequeño Charlie.

“Nuestro hermoso pequeño niño se ha ido, estamos tan orgullosos de ti Charlie”.

Estas fueron las palabras de sus papás al comunicar su partida.

La batalla judicial fue adquiriendo caracteres épicos y terminó con un juez decidiendo que el niño muriera en un lugar anónimo –bajo pena de infringir la ley-, dado que los padres y el hospital no se pusieron de acuerdo. Ellos querían que partiera en su cunita, querían llevarlo a casa!

Creo que se llegó al extremo en la lucha de los saberes con poder de decisión. Son los saberes de la ciencia, de la ley y el de los padres, entre los que un bebé que nace hoy se encuentra tironeado. No estoy en posición de juzgar los saberes en sí mismos. Es complicado y hay que estudiar medicina y derecho para opinar. Sí me animo a juzgar que cuando hay tironeo de un bebé, mejor que ganen los padres. De hecho, el tironeo de dos saberes –el de la ciencia del Great Ormond Street hospital y el de la ciencia del juez Nicholas Francis-, terminaron siendo el tironcito que desconectó al hermoso Charlie de su respirador. Una vez que se lo pusieron pasó a ser parte de su vida, como me dijo una mamá en una terapia que le había dicho a los médicos que le decían que no había que usar medios extraordinarios. No le pongan nada más, les dijo, pero no le saquen lo que le pusieron. Cuando se trata de un niño, él se queda siempre con el saber de sus padres. Sabe que sus tironeos –con todos sus defectos- son para abrazarlo.

Esta es la inteligencia espiritual a la que apela Jesús para juzgar las cosas del reino, que son las cosas de los pequeños, de los pobres, de los pecadores que quieren ser ayudados, de la gente buena, que desea gastar su vida ayudando a los demás.

Y no se trata para nada de una sabiduría de segunda, de un sentido común al que los que tienen las llaves de la ciencia y del derecho pueden hacer callar así nomás. San Pablo dice que la persona espiritual “tiene la mente de Cristo”, puede “juzgar todo y a él nadie lo juzga” (1 Cor 2, 14-16). Es ese juicio absoluto con que juzga el que tiene el poder de salvar, el juicio absoluto de la mamá y del papá que le dicen a su hijito esto sí y esto no. Si algunos en nuestro mundo ponen en duda esto, los que lo creemos, estamos mal, porque no tenemos poder para imponer nada, pero los que toman decisiones guiados por un saber que contradice al de este espíritu paterno, están perdidos en su propia humanidad.

…………..

Dicho esto sobre la inteligencia espiritual de padres de familia, dejamos que la iluminen las tres últimas parábolas de Jesús. Son las parábolas del tesoro, la perla y la red. O mejor, son las tres parábolas de la alegría del Reino. Así como están las parábolas de la semilla, las parábolas de la misericordia, las parábolas de los talentos y las parábolas de la fiesta, estas tres son las parábolas de la alegría.

La alegría es la característica que invade a los hombres de las tres parábolas: se la menciona expresamente en la parábola del que descubre el Tesoro, pero la podemos ver en los ojos del buscador de perlas, al examinar la que encontró, y en las manos de los pescadores, mientras eligen cantando los peces buenos y los ponen en canastas, y tiran los que no sirven.

Estas parábolas vienen muy bien para comprender y seguir al Papa Francisco, que en sus exhortaciones y encíclicas ha puesto la alegría como criterio de discernimiento. Criterio para ver si se está predicando bien el evangelio, criterio para ver cómo anda el amor en la familia y criterio para ver si estamos tratando como se debe a nuestra hermana madre tierra.

Cómo es esta alegría que produce la presencia del reino –del tesoro, de la perla y de saber tirar los pescados que no sirven y quedarnos con los buenos que pescamos?

Es una alegría “que nadie nos la puede quitar”. Al pueblo fiel de Dios nadie le puede quitar la alegría del evangelio, la alegría de tener un buen Pastor, la alegría del abrazo de nuestro Padre misericordioso, la alegría de nuestra Madre la Virgen y la Iglesia. Es una alegría completa, plena. San Ignacio en los Ejercicios nos hace ver que es duradera y la distingue de las alegrías pasajeras, que son mala imitación.

Tentaciones contra la alegría

Cuál es el peligro, entonces, si la alegría de fondo nadie nos la puede quitar? Qué táctica usa el enemigo, del demonio, padre de la mentira y del odio, el diablo que divide y acusa, usando incluso las palabras de la Escritura y de la tradición para confundir?

San Pedro Fabro, cuyas clases de discernimiento venimos siguiendo por indicación del Papa Francisco que lo tiene por maestro, nos proporciona un segundo criterio para discernir los lenguajes tramposos. El primer criterio era decir las verdades con buen espíritu, de modo tal que el Espíritu Santo las pueda usar para ayudar.

El segundo, dice así:

“Le pedía (al Señor) que: “me enseñase como hablar de cosas que yo u otros habíamos recibido como gracia bajo el influjo del buen Espíritu. Continuamente hablo, escribo y hago una cantidad de cosas sin prestar atención al espíritu con que las he sentido primero. Y así me sucede, por ejemplo, que expreso afablemente, con viveza y ánimo chistoso, algo que, por el contrario, había experimentado con un espíritu de compasión y de íntimo dolor: de este modo, el que escucha saca menos fruto, porque la verdad se le anuncia con un espíritu menos bueno de aquel con que fue recibida.

Fabro cayó en la cuenta de una tentación que tiene que ver con un “menos”. El demonio no le podía robar una gracia, pero hacía que cuando la comunicaba hiciera “menos bien” a los otros. Discierne que puede haber algo, en su lenguaje, en su manera de hablar de las cosas de Dios, que, si no está atento, depotencia la gracia que recibió. Y ese menor grado de bondad lo nota en lo que podemos llamar un “cambio de tono”. Algo que le había provocado compasión, lo expresó de modo chistoso.

Este criterio lo podemos aplicar a todos esos discursos en los que, para decirlo simplemente, a algo (o alguien) que es más (que es un tesoro), le roban algo para que sea (o parezca) menos.

No siempre el mal espíritu busca el mal mayor

San Ignacio expresa este tipo de tentación en una regla de discernimiento que hace ver que no siempre el mal espíritu busca el mal mayor. A veces se conforma con algo “distractivo, o menos bueno que lo que uno tenía propuesto hacer, o tira abajo el ánimo, o inquieta o turba, quitando la paz, la tranquilidad y la alegría que uno tenía antes. Todos estos “menos” son señal de mal espíritu.

Es más, este “mal menor” es a veces decididamente buscado y planificado por el que ve que, si apunta a un mal mayor, no tendrá éxito.

En el lenguaje de muchos discursos sobre el Papa y la Iglesia, esto es bastante común y es lo que más inadvertidamente se traga mucha gente.

Para discernir bien este lenguaje que apunta a un mal menor –pero efectivo porque “nos entra”-, hay que reconocer primero la disminución de un bien (el cariño o la confianza que le tenía al Papa, por ejemplo), y conectarla luego con algún “ruido” que hace el tono del discurso que leemos o escuchamos (el modo de descalificar, las palabras que se usan…).

El punto en algunos discursos es darse cuenta de que la estrategia no es lograr que uno odie al Papa o no le crea más nada, sino que la estrategia es, por ejemplo, que uno diga: “del papa mejor no hablar mucho ahora porque va a ser para discutir”. Si la trampa va por el lado del “menos”, eso es lo que hay que discernir. No digo que sea fácil, pero al menos darse cuenta de que el que me dice “quedate tranquilo que no te estamos robando la casa ni matando a tu familia» me está robando las zapatillas”.

Hace unos días salió en un diario argentino una editorial hablando del artículo de Spadaro y Figueroa sobre la tentación de un ecumenismo del odio que se advierte en el lenguaje de algunos evangélicos y católicos en EE.UU.

El autor se muestra ecuánime en cuanto a alabar algunas cosas y criticar otras haciendo reflexionar al lector con preguntas inteligentes y afirmaciones bien matizadas. En medio del discurso una frase que suena así: Dejemos de lado dura crítica (de Spadaro y Figueroa) a la “teología de la prosperidad” desarrollada por algunos de aquellos cristianos mesiánicos: a mí tampoco me gusta, pero no me suena peor que la «teología de la pobreza» tan en boga en la Iglesia Católica. Cuestión de gustos.

El tono que instala la frase “es cuestión de gustos” (una frase que todos usamos y que entra como gota de agua en la esponja, porque en cuestión de gustos no hay nada escrito…) a mí me hace ruido (como gota de agua que cae sobre la piedra). ¿Es verdad que es cuestión de gustos elegir entre una teología de la prosperidad y una teología de la pobreza? Dejo que cada uno se lo pregunte y se lo responda, no solo leyendo el evangelio, ya que el autor no es creyente, sino mirando la humanidad, simplemente. A mí, un discurso que me mete frases como esta, que rebajan la bienaventuranza a los pobres y pequeñitos y que son como una burla si se la tengo que ir decir a los niños que tienen hambre, me hace discernir un lenguaje tramposo que usa la trampa del menos. Y al que no solo no tira el pescado de baja calidad, sino que me lo quiere vender por bueno, no le compro, ni ese ni nada. Y menos si su discurso afecta a mis hijos:

“Quién de ustedes, si su hijo le pide un pescado le dará una serpiente?” (Mt 7, 9-10).

Quién de ustedes y en nombre de qué teología de la prosperidad y del presupuesto, si los papás del pequeñito Charlie Gard les piden unos días para despedirse de su hijo, les dará solo unas horas?

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para hacer contra a los lenguajes tramposos no hay otro camino que crecer en el discernimiento (16 A 2017)

“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

Oír la Palabra con el corazón, como se escucha crecer una semilla, no como quien usa un registrador (15 A 2017)

“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él,

de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella,

mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino

y los pájaros se las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos,

y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra

y dieron fruto:

unas cien,

otras sesenta,

otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

– ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

Él les respondió:

– ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’.

Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Las parábolas son siempre nuevas para el que tenga oídos y quiera oir, como dice el Señor.

Estos oídos y este oír son algo complejo. No es que cualquiera pueda oír lo que el Señor dice. Sus palabras están literalmente escritas en el Evangelio y en las palabras que la tradición de la Iglesia conserva en las oraciones, en los cantos, en la liturgia de los Sacramentos… Pero para que esas palabras “den fruto” hoy, en la tierra actual de nuestro corazón y de nuestra vida como pueblos, se requiere una mediación.

Jesús lo dejó claro: “El Espíritu de la Verdad, cuando venga, los guiará en toda la Verdad, porque no hablará por su cuenta, sino que, de lo que oiga, de eso hablará, y les anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13).

Así, la totalidad de la Verdad –la Verdad íntegra- de la que habla Jesús, no está en los libros. Es una Verdad viva, una Palabra Viva que el Espíritu está escuchando con su Oído y nos la dice a nuestro oído. Esa Palabra Viva no es que Jesús la esté inventando ahora y diciendo cosas que se le ocurren. Jesús no es que “habla de cosas” o “desarrolla discursos” sino que lo que tenía para decirnos lo encarnó, es una Palabra hecha carne. Tiene por tanto los límites de la carne. Caminó por una geografía y vivió una historia, dialogó con su pueblo y sus discípulos, padeció en la Cruz y resucitó. La narración de los testigos de esta Palabra encarnada que tocaron con sus manos, contemplaron lo que hacía con sus ojos y escucharon con sus oídos, está contenida en los Evangelios. Contenida en una integridad apta para suscitar la fe: es decir, para suscitar la escucha de lo que dice el Espíritu acerca de esas palabras. Porque el Espíritu “toma de lo de Jesús”, es decir, “toma de su vida entre nosotros” y nos introduce en esa Verdad total encarnada, guiándonos paso a paso, anunciando el paso que viene.

Nada más lejos, pues, de una Verdad abstracta, enlatada en fórmulas, que interpretan sólo algunos que estudiaron filosofía de escuela y que discuten interminablemente usando términos ininteligibles que definen de manera distinta en cada escuela. Este envase formal de la Verdad tiene un gran valor a la hora de definir algo en torno a lo cual se suscita una discusión. La Iglesia, en los Concilios, escuchando todas las opiniones, a veces en directa confrontación, definió algunos dogmas de fe, con las mejores palabras con que contaba. Lo hizo “escuchando al Espíritu”. Al igual que lo hace cuando elige un Papa o cuando habla de las cosas de fe y costumbre en los distintos documentos –Encíclicas, exhortaciones apostólicas…- y en cada homilía. Pero cada una de estas palabras deben ser leídas y actualizadas en una nueva escucha del Espíritu. ¡Imagínese! Si el mismo Jesús dijo que muchas cosas que Él decía no las podían entender los suyos, sino que necesitarían de la ayuda del Espíritu, cuánto más todo el resto. Ni Jesús con sus más fieles encontraba la palabra justa para iluminarles la mente a los que tenía delante! Ni qué hablar de sus detractores y enemigos, que le pedían y exigían que definiera esto y aquello, si era lícito o no apedrear a la adúltera y pagar los impuestos al César (qué curioso, no, que ya en aquella época todo lo que más les interesaba a estos personajes eran cuestiones legales sobre sexo y dinero). El Señor les respondía con gestos (muéstrenme la moneda, a ver quién tira la primera piedra…), les contaba una parábola, les respondía con otra pregunta o directamente pegaba media vuelta y se iba.

Y las cosas que “ya se definieron según el Espíritu Santo”?

Es increíble que haya gente que siga buscando, en el cristianismo, palabras como “cosas” (definidas en una fórmula como si fuera que las enlataron) para arrojárselas en la cara a los demás. Amoris Laetitia lo dice: Algunos, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas para lanzarlas contra los demás” (AL 49). Por eso el Papa a ciertas personas no les responde como ellos quieren, con “ulteriores definiciones”. Una porque “Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 3). Pero otra razón es porque mucha de esta gente, apenas logra “una definición”, la usa como una piedra!!!  Lo vemos todos los días en la red, cómo las personas se arrojan verdades y palabras evangélicas como piedras, con odio y furor, para herir y denigrar al otro.

Si las cosas de Jesús tenían la dinámica de la encarnación (qué es la encarnación de la Palabra sino un darle tiempo a que crezca, como la semilla), la dinámica del Espíritu, cuando enseña algo, es la misma. Es una tentación (una más pero muy sutil y escurridiza, porque tiene apariencia de bien) querer “enjaular” al Espíritu en jaulas abstractas. Es como decir: Jesús se encarnó, le dio otra oportunidad a los pecadores, hizo excepciones a la ley en un momento para permitir que las personas se convirtieran y reemprendieran su camino… pero ahora, una vez que el Espíritu definió toda la verdad (y citan encíclicas y documentos) en este tema, ya no hay nada más que tocar ni que decir. Todo el esfuerzo del Señor por poner su Palabra en contacto con la vida, toda su creatividad para inventar sacramentos concretos que tocaran a la gente –como el agua que moja, el aceite que unge y el pan que se saborea y la señal de la cruz que perdona todos los pecados- todo eso es ahora empaquetado y su uso reglamentado. En algunos puntos, la reglamentación es como la de esas aduanas, que te dicen que tu paquete llegó, pero es imposible sacarlo del depósito. Algunos tendrán cuenta de las absoluciones y comuniones con nombre y apellido que dejaron en suspenso, guardadas para que no se manchen, siendo que el Señor quería que llegaran a sus hijos en un momento determinado de su vida.

Escuchar, por tanto, es escuchar lo que escucha el Espíritu. Que con un oído escucha al Padre y al Hijo y con el otro a la humanidad, el llanto de cada bebé que nace y el canto de cada enamorado, el gemido de cada persona que sufre y el grito de todos los pueblos.

Así se escucha la Palabra de Jesús, así se escuchan las parábolas: con los Oídos del Espíritu, que son Oídos de Amor, atentos a lo que dice Jesús –a lo que ha dicho en el Evangelio-, y a las preguntas de los hombres. El Espíritu escucha de manera práctica, orientando su escucha a la concreción en la vida. Por eso es Maestro, porque baja una enseñanza a la capacidad de los alumnos que tiene delante.

Este escuchar lo que escucha otro es la esencia de toda enseñanza en la que, tanto el maestro como el alumno están con el oído atento a la Verdad.

“El que tenga oídos, que oiga” es la frase que resume la parábola.

El que tenga tierra buena que reciba la semilla. Si la semilla es una metáfora de la Palabra, la tierra buena es nuestro oído.

Prestemos atención que identifica Palabra con semilla. Oír una semilla requiere tiempo. Lo que se desarrolla en la semilla es algo preciso y concreto –cada planta es única en su especie- pero se va manifestando en formas distintas: raíz, tallo, ramas, hojas, flor, y fruto, que es nueva semilla. No compara el Señor su Palabra con un producto humano, con un grabador, en el que cada palabra queda registrada en una cinta o en un soporte digital y sintetizada en sus elementos principales (dejando de lado todos los matices reales) puede ser reproducida en otro aparato. Sabemos que los aparatos actuales “comprimen” el sonido y uno escucha sólo un pequeño porcentaje de lo que sonó en la realidad. El Espíritu en cambio es todo lo contrario. No sólo registra perfectamente todo lo que la Palabra del Señor dijo –dice- sino que lo transmite fielmente con todos sus matices y potencia nuestro oído para que oiga cada día mejor.

Por eso el Señor quiso que su palabra quedara registrada en corazones –que tienen memoria imborrable y reconocen una voz a través de los años- y no escribió usando las palabras de su lengua. Sus Palabras escritas por Él hubieran corrido el riesgo de ser usadas como “objetos”. En cambio, cuando uno escucha a Alguien en vivo, lo primero que escucha no es cada palabra sino la fuerza y el tono de la voz que modula las emociones y los afectos e imprime en la inteligencia la contundencia unitaria de un mensaje. Uno siente que el otro anuncia un kerigma de conversión. Después vienen las palabras, una por una, y cada frase… Por eso es que los evangelios que canoniza la Iglesia son cuatro y tienen sus diferencias de palabras: porque el registro de La Palabra necesita de esta multiplicidad de registros para situarnos como en medio de varias voces que nos cantan lo mismo en distintos tonos.

“El que tenga oídos como tierra buena” se contrasta con otros tipos de oído, duros como el camino, pedregosos y superficiales o en los que resuenan otras voces, como yuyos que distorsionan la Palabra. Son las dificultades que no permiten que la Palabra eche raíz suficiente y crezca con fuerza y ganando altura para no ser sofocada.

“Que oiga”. Esta frase apunta al otro momento de la Palabra. Estamos ya en un oído fiel que es tierra buena, en la que la Palabra puede crecer. Pero ese “que oiga” revela que se puede oír más y mejor. Que algunos “oyen a medias”. La Palabra da fruto con distinta fuerza. Es la misma semilla, pero en algunos oídos da fruto en un ciento por uno, en otros en un sesenta y en otros en un treinta. Nuestra Señora es la que, lo sabemos porque lo sentimos al gozar de esos frutos, da fruto en un ciento por uno. También los santos, dan mucho fruto. Este “que oiga” tiene relación con el Espíritu, que es el que hace oír con fruto la Palabra. Y el fruto es a medias, es fruto de dos libertades: lo que el Espíritu libremente nos quiere dar y lo que nosotros libremente queremos dar.

Dar fruto tiene un sentido doble: dar en el sentido de producir y dar en el sentido de compartir. Dar en el sentido de producir, dependemos más de nuestra naturaleza y de lo que el Espíritu nos quiera hacer producir para bien común, como hace con todo lo suyo. Dar en el sentido de compartir, depende más de nosotros, del trabajo previo que cada uno haya hecho y de la generosidad que tenga. Qué pena no haberme preparado mejor para poder dar más! Siempre queda la alegría de ser fundamentalmente un pobre al que el Espíritu hace dar frutos ricos para los demás de su misma pobreza.

Diego Fares sj

 

 

Termómetro de la humildad: Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, es que menos se la cree (14 A 2017)

“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

y concuerdo plenamente contigo en que

habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

 

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso dulce, pacífico y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

pues mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

 

Este pasaje tan consolador del Evangelio, en que Jesús homologa lo que hace al Padre, que oculta sus cosas a los sabios y prudentes y se las revela a los pequeñitos –al pueblo fiel de Dios-, Mateo y Lucas lo ponen en contextos diferentes.

Siempre lo he relacionado con la misión de los setenta y dos discípulos que regresan después de haber predicado el reino y Jesús, “lleno de gozo en el Espíritu Santo”, exclama: “Yo te bendigo, Padre”. Pero en Mateo, el contexto es diferente. Jesús dice estas palabras después de una dura crítica a su generación, a la que no hay “nada que les venga bien” y de una fortísima maldición: “Se puso a maldecir a las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20).

Jesús se da cuenta de que sólo la gente sencilla, los pequeñitos, lo reciben y lo escuchan, mientras que muchos que son gente de peso en la sociedad, lo cuestionan y no se quieren convertir. Entonces, toma la palabra y bendice al Padre. Lo “homologa” dice Mateo. No solo no se queja de que las cosas vayan así, de que haya desprecio y críticas de los “sabios y prudentes”, sino que le parece que esto es parte del plan de su Padre y concuerda plenamente con Él. Está bien que sea así. Lo importante es que lo acojan los pequeñitos.

Y como esos pequeñitos son los que están cansados y agobiados, oprimidos por el peso de la vida y la falta de ayuda de la sociedad, a ellos dirige el Señor toda la compasión, toda la ternura y la misericordia de su Corazón: “Vengan a mí, dice, todos los que están fatigados y agobiados, que yo los aliviaré”.

Veamos el accionar de Jesús: juzga, maldice, bendice y compadece.

Juzga a su generación duramente.

Maldice sin contemplaciones: “Y tú Cafarnaún, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

Bendice y alaba al Padre con toda la alegría de su corazón.

Y se compadece tiernísimamente, con dulzura y mansedumbre, de los más miserables y agobiados.

El corazón humilde y manso de Jesús posee una energía indescriptible que podemos vislumbrar en este “ponerse a maldecir” y en este “llenarse de gozo”. Es capaz de una ironía demoledora –“ustedes son como esos adolescentes a los que no hay nada que les venga bien- y de una pedagogía suave –“aprendan de mí, que soy dulce y pacífico de corazón”.

El Padre Cantalamessa pone este ejemplo: “Cuanto más alta es la tensión y más potente la corriente eléctrica que pasa por un cable, más resistente debe ser el aislante que impide a la corriente descargarse al suelo o provocar cortocircuitos. La humildad en la vida espiritual es este gran aislante que permite a la corriente de la gracia divina pasar a través de una persona sin disiparse, o lo que sería peor, provocar llamaradas de orgullo o de rivalidad”.

La humildad custodia los carismas. Hace que fluyan para bien común. El mal espíritu en cambio o trata de que su energía se disipe y se malgaste o tienta para que quemen al mismo agraciado, por el orgullo y la vanidad, o hace que susciten peleas de envidia, competencia y agresividades, con los que tienen otros carismas.

El Padre se revela a los humildes por medio de su Hijo humilde.

El pueblo fiel de Dios tiene esta gracia de encauzar bien la fuerza de la gracia para bien común y de resistir al mal pacíficamente. En estas actitudes se concreta esa gracia del Espíritu Santo que hace que el pueblo fiel sea infalible in credendo, como siempre recuerda el Papa Francisco.

No hay que interpretar esto como si se dijera que el pueblo fiel escribe o hace de árbitro en las discusiones de los teólogos.

Los sabios y prudentes se burlan un poco de la fe de la gente porque sus formulaciones y su estética les parecen poco elaboradas.

Sin embargo, bajo este “aislante” humilde de la religiosidad popular, que recicla lo que encuentra más a mano para revestir su vida, corre una corriente poderosa de revelación pura del Padre y un aprendizaje profundo de la caridad y la misericordia de Jesús.

La gente seria de la época del Señor consideraba que la gente lo seguía porque era un milagrero, un populista, diríamos hoy. Jesús en cambio, valoraba la fe de la gente como un don único del Padre.

Ahora bien, la categoría de pequeñitos hay que entenderla bien, literalmente. Los pequeñitos no son pequeñitos “de estampita”. Son los “nepioi”, que quiere decir los inmaduros, los ignorantes, la mano de obra no cualificada.

Se oponen a los “teleioi”, que son los perfectos, los más avanzados, los cultos y capacitados.

Estos defectos y virtudes comunes se transforman al “tocar” a Cristo. Lo que es positivo mundanamente hablando pareciera que se convierte en negativo. Y viceversa: lo que para el mundo no cuenta, pareciera que es lo que más ayuda a “descubrir” y “valorar” quién es Jesús.

Paradójicamente, son nuestros pecados los que nos ayudan a experimentar la misericordia de Jesús. El que considera que no tiene ningún pecado “grave” –como se dice-, se impermeabiliza para con la misericordia. En cambio, el que está “fatigado y agobiado”, encuentra en Jesús un descanso.

Una categoría que quizás ayuda es la de “ordinario”, con la carga negativa que puede contener. El Padre le revela a Jesús a la gente ordinaria.

Ordinaria en el sentido de que “no se la cree”: no se siente superior a otros.

Esto de creérsela es algo que atraviesa todas las clases sociales y todas las edades de la vida. Lo decimos: es un niño “creído”. Los futbolistas valoran a uno que juega bien y es humilde: “no se la cree”. La gente se da cuenta cuando el cura que predica “es creído”. Las modelos, cuando critican a otra dicen: “quién se cree que es esa”. Entre los compañeros de trabajo se distingue al que se cree superior, siendo que es un empleado como cualquiera.

En penúltima instancia, si uno se la cree o no sólo lo puede ir juzgando cada uno en la intimidad de su conciencia. Y, en última instancia, sólo el Señor nos lo puede hacer ver con su misericordia infinita.

Como lo de “creérsela” tiene mucho de comparativo, es fluctuante ver cuánto nos la creemos si solo nos comparamos con los demás. Por eso Jesús es la piedra de toque.

Jesús y también sus santos –los especiales, sí, pero sobre todo los santos ordinarios, la gente buena que da la vida con amor.

¿Qué quienes son los santos ordinarios?

Si usted es de los que hacen esta pregunta, entonces está en el horno (el de la credidurez). Porque el termómetro para ver hasta dónde uno es humilde o se la cree es uno que mide lo siguiente:

Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, menos se la cree.

Y cuanto menos gente mejor que uno reconoce uno, es que más se la cree.

Porque Jesús es un Jesús presente en los ordinarios, no hay otro Jesús que este.

Por eso hablo de la gente que nos rodea. Con la cual convivimos. No estoy hablando de reconocer que Messi sabe más de fútbol que un comentarista (y aquí hago un excurso porque hay comentaristas –profesionales y de café- que consideran que Messi juega mejor que ellos, por supuesto, pero que sus opiniones sobre el seleccionado son totalmente erróneas y parciales. He escuchado decir que se rodea solo de sus amigos y los protege, aunque el seleccionado pierda, y que en el fondo es un egoísta que no quiere a su patria. Por supuesto que te muestran una foto en la que se ve que no cantó el himno. Pero, digo yo, cuando alguien habla así, ¿de qué está hablando? Ciertamente, no de fútbol. Porque puede ser que Messi tenga sus ideas de lo que es mejor y puedan discutirse, pero pensar que “no sabe” es confundir un saber abstracto con el saber vital. Estos sabios y entendidos preferirían hacernos ver un partido de play-station, armado por ellos, a un partido real. Y pensar que no le gusta jugar, ganar y ganar con el seleccionado, es signo de una ceguera de tal magnitud que sólo la soberbia o el interés económico pueden justificar. Y, sin embargo, hay gente que se traga esos discursos y cuando lo ve a Messi cansado o deprimido en un partido en el que no le salen las cosas, en vez de sentir que a él le debe doler más que a uno, porque él está en la cancha, le viene a la mente el discurso perverso que le inocularon y dice: este no quiere a la Argentina).

La alegoría futbolística, si ayuda a discernir, bienvenida sea. Y si no, como decía mi abuela de la leche caliente con miel y cognac cuando uno tenía tos: aunque no te cure del todo, vos tomala que hace bien y es rica.

Hay una frase de Einstein que viene bien para terminar la contemplación de hoy. Decía el genio: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

No dudo de que al Señor, esta frase le habrá encantado.

Diego Fares sj

La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas sino como una compañera de viaje (13 A 2017)

 

 

 

“Jesús dijo a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mi.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentra su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará.

El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe a Aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de un profeta,

Y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber aunque sólo sea un vasito de agua fresca,

a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10, 37-42).

 

Contemplación

El que pierda su vida por Mí… la encontrará!

Perder la vida por Él. Por Jesús.

Perderla por la gente, por los más pequeñitos, por los demás.

Perder la vida en esas tareas pequeñas en las que se nos puede pasar una manaña, como cuando buscamos cómo dar mejor un vasito de agua fresca a uno de sus pequeños…

El agua fresca de la canilla.

El vastio de agua de un criterio evangelico, que nos hace mirar distinto.

O el agua fresca de las parábolas, esas fuentes de agua viva.

Las parábolas del Señor estan distribuidas a lo largo de nuestra vida como las fuentes de Roma. Lo más hermoso de Roma es que de sus fuentes se pueda beber. La gente lleva en sus mochilas una pequeña botella de plástico para cargarla cuando tenga sed.

Las parábolas… Urge discernir en qué parábola estamos viviendo en el momento presente. Y también a qué parábola nos invita el Señor a ir.

El Papa Francisco nos dice que la parábola del Buen Samaritano es clave en nuestros días. A su luz debemos leer las otras. El hijo pródigo, por ejemplo, no es tanto uno que vuelve por sí mismo suscitando la indignación de su hermano mayor que reclama justicia; hoy es un hijo pródigo que Jesús nos trae porque lo encontró tirado por el camino. Uno que ni siquiera puede llegar por sí mismo a la casa del padre. Uno al que los salteadores modernos lo suben a un gomón y en medio del mar lo tiran al agua o lo dejan a la deriva para que otros lo rescaten.

Desde la parábola del Buen Samaritano hay que leer también la parábola de la invitación a la Fiesta de bodas; ese momento en que –como los invitados con derecho no vienen- el padre manda a buscar a los pobres y enfermos y los sienta a su mesa, vistiéndolos con vestido de fiesta.

Lo que quiero decir es que la parábola del Buen Samaritano da el tono a las otras y hace descubrir en ellas ese momento en el que, por pura misericordia, somos puestos en las manos del Señor, que nos cuida y repara nuestras fuerzas.

Una Iglesia samaritana quiere decir una Iglesia de discípulos que salen a actuar “fuera de su cultura” e incluso “fuera de la ley”.

La imagen potente de la Iglesia hospital de campaña es la que el Papa profetiza para discernir actitudes. Compartimos un mundo con al menos 10 millones de niños en situación de “apatridia”, que no tienen ninguna nacionalidad porque han nacido en campamentos de refugiados. Es decir: los papás de esos niños ni siquiera pueden contar con un lugar legal donde registrar sus nombre para darles documento de identidad. Por eso el Papa responde a las preguntas de los cardenales no con definiciones magisteriales sino con actitudes magisteriales. Es que “la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis” (AL 22).

Perder la vida es salir de la parábola confortable en la que estamos instalados: a veces limitamos nuestra vida cristiana a repetir dos escenas: la del hijo pródigo que se va con su parte de la herencia y –después de un tiempo- la del hijo pródigo que vuelve a confesarse; o nos instalamos en esa escena en la que el hijo mayor “no quiere entrar a la fiesta”, y se nos va la vida en alimentar algún resentimiento que no nos deja vivir.

Perder la vida hoy es buscar alguna manera de entrar en la parábola del Buen Samaritano, buscando algún lugar de apostolado, alguna manera, de ayudar a los que están tirados al borde del camino, de invitar a los que se quedaron sin trabajo aunque sea la última hora, de salir a buscar a los pobres para que entren a la fiesta…

El otro día alguien comentó en la mesa algo de los mendigos de Roma. Fue un comentario “en general”, muy razonable. Y a mí me salió comenzar a nombrar a algunos que conozco con su nombre propio: a Elíe, el discapacitado en sus piernas que anda sentado en un skate y sube y baja nuestra calle Francesco Crispi empujándose con las manos, y a Gabriella, la que tiene el mismo problema que Elíe y pide en la Fontana di Trevi, que resultó ser hermana de Elíe; y a María, la rumena que pedía frente a nuestra puerta, y a María, que es de Moldavia y que pide en el subte, a la que todos los miércoles le llevo una limosna que me dan para ella y un día me dijo que querría que todos los días fueran miércoles, pero no por la plata sino por mi visita; y de Patrizia y Assunta, las dos abuelas que viven al aire libre en Piazza Spagna… y de Constantino, el de Términi, a quien no veo hace tiempo.

Siempre digo a los que hablan de los mendigos truchos y de toda la explotación y el negocio que se esconde detrás de la mendicidad en Roma, que si no fuera por los pobres, Roma sería una disneylandia espiritual, en la que todo sería un sueño de película en el que los turistas cumplimos el deseo de ver al Papa, comer tallarines y hacernos una selfie mientras tiramos la monedita que no le damos a los mendigos en la Fontana di Trevi.

Perder la vida por Él buscando amarlo más.

Más que a un padre y a una madre –dice Jesús-, más que a un hijo o a una hija.

Esto de las comparaciones parece un perdedero de tiempo. Si estamos en la parábola del Buen Samaritano, llevando gente al hospital de campaña, a qué viene esto de Jesús de que “lo amemos más”. Si ya sabemos que “no somos dignos”, que nunca lo seremos…

Este mandamiento de amarlo más hace que resuene en el corazón el tono con que Jesús le preguntó a Simón Pedro: “¿me amas más que estos?”.

Si estamos perdiendo tiempo en la tarea de “apacentar sus corderos” y “salir a buscar a sus ovejas perdidas”, es bueno que Jesús nos pregunte si lo amamos más y nos recuerde esa otra pérdida de tiempo: la que consiste en adorarlo a Él.

“Las comparaciones son odiosas”, dice el dicho. Y es verdad, pero con una excepción: comparar las cosas (todo, también las personas y hasta la propia vida) con Jesús  sopesando a quien o a qué amamos más, no solo no es odioso sino que hace mucho bien.

La comparación tiene su trampita, porque si amamos más a Jesús apacentaremos a sus ovejas. No es que tengamos que dejar de lado a nuestros seres queridos.

Lo que pasa es que se trata de una comparación y de un más especiales: amar más es “centrarse más” en Jesús, enfocar la mirada en Él, ir directo y primero a Él.

Entonces vemos que se trata de un Jesús en movimiento.

No es que estén todos sentados a la mesa, Jesús y nuestros seres queridos, y nosotros tengamos que servirle primero a Él, haciendo esperar a los demás. Para nada! Incluso es al revés, porque en las imágenes de banquetes, el Señor dice que Él está como el que sirve (y así estará en el cielo!!).

Si nos centramos en Jesús veremos que está en salida, que pasa.

Amarlo más es cultivar la actitud de “si viene, dejo todo y lo sigo”.

El otro día una parejita de mexicanos en luna de miel decía que para ellos “Francisco es el mismo Jesús que camina entre nosotros”. Los pequeños lo captan.

El mensaje del Papa, con sus gestos de salir, de caminar, testimonia y profetiza que Jesús camina entre nosotros.

Después cada uno tendrá que sacar las consecuencias y escuchar lo que ese Jesús le dice, pero se trata de un Jesús “en camino”.

Por eso hay que mirar a dónde va y por dónde caminó y anduvo.

Para leer bien sus gestos en el presente hay que hacer memoria de dónde los hizo primero y mirar a dónde irá a hacerlos de nuevo. Yo cuando lo veo lavar los pies en la cárcel de Roma recuerdo cuando se los lavó a los huéspedes de nuestro Hogar de San José, en el 2001, y miro que ahora que irá Colombia, en Medellín, visitará uno de los “Hogares San José”, para niños desplazados por la guerra.

Todas las “críticas” a Francisco nos lo muestran “en una foto”.

Basta mirarlo en camino –de donde venía y a dónde va luego de esa foto de algo que hizo o dijo y que es objeto de comentarios, enojos e interpretaciones- para que nos vuelva la alegría al corazón.Tenemos a un Papa en cuya persona Jesús camina con nosotros.

Nos da testimonio así de que la Palabra de Dios, para entenderla bien, hay que entenderla “en camino”. Hay que dejar todo (también las propias interpretaciones) y seguirla. Como sucede con las personas, que uno no puede seguir sino a uno por vez, también sucede con la Palabra. Hay que seguir de a una por vez, aplicarla y ponerla en práctica lo mejor posible. Y seguirla cada uno como está y como es. Si uno tiene una cruz (los pecados son una cruz, una familia separada a cuestas es una cruz…) tomarla y seguirlo con ella. Los que se dedican a discutir cuestiones abstractas más que malos o equivocados son gente que está sentada: no es que no tengan razón en algunas cosas que dicen de la moral o de la tradición, lo que pasa es que no hay tiempo para quedarse a discutir con ellos. Hay mucha gente que está esperando por un vasito de agua fresca, por esa Verdad que el Espíritu da a sorbos hasta que un día, uno mismo, se bautiza en Ella.

 

 

Diego Fares sj