Emaús: Antes de verlo lo escuchamos, antes de reconocerlo lo hospedamos. Después volvimos corriendo a la comunidad

“Aquel día, el primero de la semana, Cleofás y yo volvíamos a nuestro pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablábamos sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversabamos y discutíamos, el mismo Jesús se nos acercó y siguió caminando con nosotros. Pero nuestros ojos estaban retenidos, de modo que no podíamos reconocerlo.

El nos preguntó: «¿Qué conversación es esa que tienen entre ustedes mientras van caminando?» Nosotros nos detuvimos, con el semblante triste, y Cleofás le respondió: «íTú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» «¿Qué cosa?», nos preguntó él. Nosotros le respondimos: «Lo que pasó con Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

El nos dijo: «¡Qué necios son y qué tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, nos interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegamos cerca de nuestro pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero nosotros le insistimos: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con nosotros. Y estando sentado a la mesa con nosotros, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo nos lo daba.

Entonces se nos abrieron los ojos y lo reconocimos, pero él había desaparecido de nuestra vista. Y nos decíamos con Cleofás: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y abría para nosotros la interpretación de las Escrituras?»

En ese mismo momento, nos pusimos en camino y regresamos a Jerusalén.

Allí encontramos reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos nos dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Nosotros, por nuestra parte, contamos lo que nos había pasado en el camino y cómo lo habíamos reconocido al partir el pan” (Lucas 24, 13-35).

Contemplación

Se habrán dado cuenta de que el Evangelio, aunque sólo pone el nombre de Cleofás, nos considera como si fuéramos uno solo. Lucas siempre dice “los discípulos”. Y hace ver cómo  el Señor nos pregunta, nos reta, nos explica, nos parte el pan y nos ilumina los ojos a los dos al mismo tiempo: a nosotros. Y nosotros, aunque aquella tarde haya hablado sólo Cleofás y ahora sólo yo, siempre decimos “nosotros”.

No es un detalle menor. Si a alguno le interesan las estadísticas del Reino, les cuento que Lucas es quien más utiliza la palabra “nosotros”. 21 veces en su evangelio -3 en Emaús- y  57 veces en los hechos (78 veces sobre unas 300 que se utiliza en el Nuevo Testamento).

En Lucas todo es “nosotros”.

Él fue, quizás, el que mejor se dio cuenta de esta manera de proceder del Espíritu a impulsos del Cual comenzó a formarse nuestra pequeña comunidad.  En nuestro encuentro con el Señor Resucitado, Lucas adelanta lo que luego se convirtió en algo común. En los Hechos de los Apóstoles tanto las acciones como el lenguaje de los discípulos tienen siempre la forma del nosotros. Tan es así que en un momento llegamos a decir: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (Hc 15, 28)-. ¡El Espíritu Santo y nosotros! ¿Qué les parece?

Bueno, este extenso preámbulo es para decirles que si alguno de ustedes toma lo de que no se mencione mi nombre y el hecho de que siempre hablemos de “nosotros”, como una invitación a ponerse en mi lugar para ser parte del nosotros, es bienvenido.

Desde que invitamos al Señor sin saberlo, la hospitalidad se convirtió para nosotros en fuente de esperanza. Esperanza de volver a verlo de nuevo en toda su Gloria, como lo vimos en ese instante antes de que desapareciera, cuando nos partió el Pan. De hecho, no sé si sabían, el nombre de mi compañero lo expresa: Cleofas es ‘el que ve la gloria’. Mientras tanto, para nosotros cualquier “extracomunitario”, cualquier peregrino, cualquier persona que se nos ponga al lado, que se meta en nuestro evangelio y nos acompañe un trecho de camino es el mismo Jesús en persona…. Y en nuestra casa, el pan alcanza para todos.

Así que si quieren “meterse en la escena” –como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales- no hay problema.

Cada uno tiene su modo de entrar y de interactuar con nosotros. Hay un icono que nos representa como un discipulo y una discípula y les sirve para contemplar a las consagradas y a los consagrados. Hay otro icono en el que se nos representa como una familia, incluso con un bebé. Otros como esos discípulos que el Señor enviaba “de dos en dos”.

Como digo, es bienvenida toda persona que se sienta identificada con nosotros. Así que pasamos a usar el nosotros y esperamos que se sientan incluidos.

Nosotros, de lo que queríamos dar testimonio es simplemente de este “vivir y obrar en común” que nos regaló el Señor.

Él ya nos había enviado en misión juntándonos de a dos y ese hecho marcó nuestra amistad en el Señor para siempre. Tanto que no nos fuimos cada uno por su lado, como suele suceder en las huidas. Nos fuimos juntos. Y El nos vino a buscar también a los dos.

Hay algo muy propio de Jesús en esto de tratarnos a los seres humanos “de a dos” (quizás es porque El es “el dos” del Padre y todo lo hacen juntos, en un mismo Espíritu).

Su entrada en nuestra historia comienza ya con dos parejas: María y José y sus parientes más ancianos, Zacarías e Isabel. El llamamiento a los apóstoles comenzó con los hermanos: Simón y Andrés y Santiago y Juan. También los envíos: siempre fueron de a dos. Y la hospitalidad de Marta y María. Y la amistad de Pedro y Juan.

Esta manera de ver a la gente de a dos, de pensar las misiones de a dos, es propio del Señor. Y se trata de un dos que rápidamente vemos convertirse en tres. Cuando Jesús hablaba de pedir de a dos, lo expresaba así: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Es así. Es un dos abierto, un juntarse de a dos para formar familia, comunidad, equipo.

Pues bien, ese era nuestro problema. El nos pescó justo hablando de la comunidad. Era de eso de lo que veníamos conversando entristecidos… Si leen entre líneas lo que dice Cleofás, nuestro problema era la comunidad: ¿cómo podía ser que “nuestros” sumos sacerdotes y “nuestros” jefes lo hubieran condenado? ¿Y nuestro grupo? ¡Qué doloroso era ver ya despuntar las semillas de la disolución! ¿Qué otro cosa podía significar que algunas de las mujeres que andaban con nosotros, al no ver el cuerpo del Señor, hubieran comenzado a tener visiones de ángeles y que algunos de los nuestros les creyeran y otros no…? Acostumbrados a andar unánimes en torno a Él, vimos cómo se comenzaba a gestar la desunión y no queriendo ser cómplices, como suele suceder, nos abrimos. Y al final terminamos aumentando la división con nuestra huida.

Sí, el problema del que hablábamos con Cleofás era precisamente el de la comunidad. ¡Qué misterio, ¿no?! Cómo es que queriendo formarla la desgarramos. Nuestro reclamo era de fondo y estaba dirigido a Él. Nosotros habíamos esperado en Él y ahora no lo veíamos. Y sin Él no hay comunidad posible, eso estaba claro para nosotros y creo que vale también para ustedes.

Sin Él, no más de a dos, porque no hay grupo que aguante.

Sin Él, el recuerdo piadoso de las gestas vividas en común no es más que nostalgia sin futuro.

Sin Él, la mística de la comunidad se convierte muy pronto en política -como les pasó a nuestros saduceos- o termina siendo puro ritualismo y burocracia -una comunidad de sepulcros blanqueados-, como les pasó a nuestros fariseos…

Nosotros no intuíamos qué le pasaría a nuestra comunidad,  y no queríamos quedarnos a averiguarlo. Por eso nos fuimos. La teníamos tan clara, veíamos con tanta lucidez el problema de la comunidad, que nuestros ojos se fueron velando de una tristeza tal que se volvieron incapaces de reconocer al Maestro cuando se nos puso al lado por el camino.

Era un simple caminante, sin nada especial, si es que no es algo especial esa naturalidad con que se nos acercó y nos hizo hablar…

Eso fue lo más hondo que descubrimos luego, al recordar el ardor que nos encendió el corazón como una brasita nueva: justo en el punto del camino en el que la desilusión de la comunidad se volvía una lucidez, justo allí, donde nuestros ojos creían ver más claro lo que es la vida, se nos acercó Él, como a dos ciegos. Jesús, El que todo lo ilumina. Y antes de darnos la luz, nos encendió el fervor. Nos hizo comprender que para “ver su gloria” hacían falta esos tres días de pasión, en los que el amor es pura entrega.

Nosotros con la gracia oscura de su cercanía lo intuímos, y por eso, aún ciegos de tanta lucidez, dialogamos con Él y hasta nos animamos a hospedarlo en casa.

Antes de verlo lo escuchamos,

antes de reconocerlo lo hospedamos,

antes de entenderlo saboreamos el pan que nos partió.

Esta manera de entrar de nuevo en nuestra vida, este estilo suyo de establecer la comunión sin exigencias ni pruebas, sólo apelando al diálogo, a la hospitalidad y a la fe, nos marcó el camino de regreso a la comunidad.

A una comunidad en la que queríamos integrarnos tratando a los demás del modo como Él nos había tratado a nosotros.

Nos habíamos desilusionado de la comunidad por mirar muy críticamente a los que eran más grandes que nosotros y por despreciar muy escépticamente a las que eran más pequeñas que nosotros.

El hecho de que el Señor nos hubiera ido a buscar personalmente, a pesar de nuestra necedad y taradez de corazón, nos conmovió.

Por eso volvimos humildemente a la comunidad: dispuestos a escuchar cómo se le había aparecido a Simón Pedro y deseosos de valorar a nuestras hermanas como pares en pequeñez, equiparando el trato preferencial que nos había dado el Señor al igual que a  ellas.

Nos habíamos alejado de la comunidad enceguecidos por nuestras propias ideas, encerrados en la lucidez falsa de nuestros criterios y de nuestra manera de ver las cosas…

El hecho de que el Señor nos escuchara pacientemente antes de hablar, de que nos acompañara por el camino sin dejarnos ir solos, el hecho de que esperara nuestra invitación y luego la aceptara y nos partiera el pan… todo esto hecho con tanta paciencia y cariño, nos hizo arder el corazón.

Volvimos a la comunidad dispuestos a caminar con los demás, sin apurar el paso de nadie, siendo capaces de ir dos cuadras de más con el que nos pedía que lo acompañáramos una, abiertos a escuchar, deseosos de compartir primero antes de discutir…

En definitiva: volvimos corriendo a la comunidad.

Nos quedó claro que le hicimos hacer un trabajo extra al Señor.

Es verdad que los hijos pródigos sacamos lo mejor del corazón de Dios, su Divina Misericordia. Pero habiendo tantos pródigos y pequeñitos que se pierden en el mundo, la vuelta a lo común de la comunidad debe ser rápida, para poder salir todos juntos a buscar a otros que lo necesitan más.

Les confesamos que nuestra manera de estar en la comunidad, a partir de allí, fue un puro estar disponibles: para lo que quisieran mandarnos los más grandes y para la ayuda que necesitaran las más pequeñas.

No nos enganchamos nunca más en ninguna en ninguna interna (las internas son lujos que se dan los ricos y los poderosos).

No nos enroscamos más en ningún discurso desesperanzador (los discursos desesperanzados son para los que les gusta escucharse a sí mismos).

Pasamos a ser parte de esa infinita multitu de pequeñitos del pueblo fiel, los que todo lo creen, los que todo lo esperan, los que todo lo soportan.

Algunos nos ven ingenuos.

Pero nosotros sonreímos interiormente porque sabemos lo que es estar de vuelta del camino que se aparta de la comunidad.

Y nos gusta, considerarnos “de segunda”;

Nos encanta poder ser, dentro de la Comunidad grande, parte de “los que están de vuelta”:

de los perdidos que fueron encontrados,

de los pecadores que fueron perdonados,

de los escépticos que pasaron a ser fieles,

de los que que querían ser primeros y ahora quieren ser últimos,

de los que daban órdenes y ahora desean obedecer.

Esperamos que se entienda bien esto de “estar de vuelta”: no nos hizo de los que creen que se las saben todas, sino de los que sólo desean servir.

Diego Fares sj

 

Si lo veo, no lo creo o Las ondas gravitacionales y el lieto anuncio del Señor resucitado (Pascua 2 A 2017)

 

 

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:

– «¡La paz esté con ustedes!».

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

– «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

– «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

– «¡Hemos visto al Señor!».

Él les respondió:

– «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo:

– «¡La paz esté con ustedes!».

Luego dijo a Tomás:

– «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomas respondió:

– ¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

– «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!» (Jn 20, 19-31).

 

Contemplación

Estas contemplaciones, como de tanto en tanto digo, no son sino “media contemplación”. En el sentido de que lo que intentan son cosas tales como:

despejar el camino, quitando algún obstáculo;

contar una historia, que sirve para acompañar la marcha;

compartir una reflexión para que cada uno profundice en lo que el Espíritu le da a sentir y gustar.

Hoy vamos por el lado de la reflexión, por si ayuda a quitar el obstáculo de un lugar común. Ese de que “si no veo no creo”.

Felices los que creen sin haber visto no significa los que creen “imaginando” o “suponiendo” sino los que creen a impulsos del Espíritu Santo.

El Espíritu sopla, tú no lo ves, pero puedes experimentar su movimiento, escuchar su canto y su voz, que es como el canto y la voz del viento.

Digo “impulsos” en plural porque el Espíritu tiene su ritmo, sus buenas ondas, sus olas con distinta intensidad. A veces sopla bajito y es como el aire fresco de la mañana que imprime alegría al día nuevo. A veces sopla hondo, en lo profundo del corazón cuando se estremece de pena al contemplar a uno que ha dormido en la calle, apenas envuelto en una frazada. Y así: a veces es viento de altura, aire límpido de montaña, que permite ver lejos el horizonte; otras veces se transforma en voz íntima, que dice Padre, Abba; y Señor Jesús, Señor mío y Dios mío! Sólo el Espíritu puede hacer que escuchemos y digamos estas palabras y que las asintamos de corazón.

Esto para decir que no siempre hace falta ver.

Debería ser obvio para una cultura como la nuestra.

En esta época no tiene sentido eso de “si no lo veo no lo creo”.

Hoy vemos un exceso de imágenes, pero todos sabemos que son modificadas.

Uno mismo modifica las fotos que saca para que precisen un detalle o tengan más luz. Como decía una amiga: felices los que pueden cambiar su foto de Facebook cada semana. Otros, cuando conseguimos salir más o menos decentes en una, la dejamos por tres años.

Hoy vemos pocos rostros reales y muchos en las pantallas. Hoy una de las cosas que más tocamos son las pantallas táctiles de nuestros celulares.

El ver y el tocar, que para Tomás eran los sentidos de lo inmediato, de lo propio suyo, hoy ya no lo son más. Vemos y tocamos con pantallas de por medio, que no nos ensucian con sangre los dedos y, si nos hieren los ojos, bajamos el brillo. No es lo mismo tocar con el dedo las llagas del Señor, como quería Tomás, que tocar una pantalla táctil.

En nuestra época necesitamos, más que nunca, otros sentidos para creer en Jesús (y en los demás).

A la realidad no se sale mejorando la calidad de las pantallas para que sean 3D.  A la realidad se sale –paradójicamente- yendo primero para adentro, directo al corazón, a lo que uno siente –allí interactúa el Espíritu, con los afectos-, y conectándose de corazón a corazón.

A la realidad de los pobres se sale “sintiendo misericordia”, no leyendo estadísticas.

A la realidad se sale, como dice Francisco, tocando la mano al pobre al que le damos una moneda, mirándolo a los ojos, diciéndole “buenos días”, “cómo estás hoy”.

Si solo ves los noticieros, que te dan la imagen que justifica la estadística, verás lo que te hacen ver.

Cuesta ver noticias frescas. Las que te muestran tienen algo ya pre-armado, para corroborar algo que te quieren hacer sentir.

Por eso hoy quizás sea bueno decir, al revés que Tomás: Si lo veo, no lo creo.

“Si lo veo, no lo creo” en el sentido de: tengo que confrontar muchas imágenes y opiniones y no dar crédito a lo primero que veo (a lo primero que me hacen ver).

Yo suelo hacer así: cuando leo una noticia o veo algo por TV, primero trato de sentir bien lo que siento. Dejo que el mensaje me impacte. Y luego me examino a mí mismo y me preguntó: qué sentí? Por qué pensé esto? Por qué me pegó justo allí la noticia? Cuál es mi prejuicio, mi parte débil? Y suelo descubrir lo que llamo: “mis lugares comunes”.

Un lugar común afecta a los refugiados

Si uno lee los titulares de los diarios sin estar muy atento, la sensación es que los refugiados están invadiendo Europa. Este año han venido a Italia a través del Mediterráneo 43.000 personas y se han ahogado más de mil. Pero estamos hablando de países como Italia, con una estructura hotelera que en 2015, por ejemplo, registró 89.000.000 de llegadas. Por supuesto que los inmigrantes no se quedan un promedio de 3 noches, pero impacta cuando un ministro del interior dice que “no es simple gestionar la llegada de 10.000 personas por mes”. Las estadísticas hay que leerlas comparando muchas cosas, si no, si lo que ves son dos o tres datos, mejor decir: si lo veo, no lo creo.

Otro ejemplo, pero cualitativo.

Mamadhou Alfa, un chico de 20 años que está en el centro de refugiados de San Saba, me decía que subió al subte, se sentó en un puesto libre y la señora que estaba al lado se llevó la mano a la nariz. Él estaba recién bañado y bien vestido, pero ella lo vio -y lo olió! – sucio. Él decía que no era justo. Y lo repetía… Pero la señora “lo olió sucio”. Esto es muy impresionante. Por eso, si mi mentalidad está influida por estadísticas malintencionadas, aunque lo huela, no lo creo.

 

Dejamos ahora lo de los refugiados, que conmueve las entrañas y pasamos a otro campo: el de la astrofísica.

El año pasado, con la colaboración de una Cordobesa, un grupo de científicos confirmó la teoría de las ondas gravitacionales. Son ondas como las que produce una piedra al caer en un lago. La noticia decía así:

“Después de semanas de rumores, el equipo del observatorio Advanced LIGO (Advanced Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory) ha confirmado que, efectivamente, el 14 de septiembre de 2015 los dos interferómetros del experimento detectaron la sutil deformación del espacio-tiempo causada por el paso de ondas gravitacionales creadas por la colisión de dos agujeros a 1300 millones de años luz de la Tierra”.

La Cordobesa Gabriela González que es parte del equipo, dio una conferencia el año pasado: “Ondas gravitacionales: una nueva manera de admirar el universo”.

Lo que me impresionó es que estas ondas no se ven (como las electromagnéticas) sino que “se escuchan”. ¡Los científicos se pasaron un año confirmando con otros científicos si “el sonido” detectado eran esas ondas o si se trataba de algún hacker que había interferido el proyecto!

Esto puede servir para reflexionar acerca del trabajo que se toman los científicos antes de creer lo que experimentan. Pero mejor aún puede servir como metáfora de las cosas del Espíritu.

Vivimos en un universo que “se hace oír” lentamente, a un ritmo de millones de años luz, con un lenguaje que permite escuchar colisiones de estrellas que sucedieron miles de millones de años atrás… ¿Debería sorprendernos que el Espíritu Santo Creador, que aleteaba sobre las aguas de ese Universo, como dice el Génesis, y que descendió sobre nuestra Señora y los apóstoles con un fuerte ruido el día de Pentecostés, se siga haciendo oír en nuestros días?

¿Nos sorprende que pueda ser muy real y no solo algo poético afirmar que también hoy, gracias a ese delicado y sensible instrumento que es nuestro corazón humano, podemos “escuchar” el canto de ese Espíritu, cuyas ondas gravitacionales se expanden suavemente a través del espacio-tiempo, de generación en generación?

¡Decía un científico que, gracias a estas ondas detectadas e identificadas, podemos “escuchar” en vivo y en directo lo que pasó hace millones de años! Es decir: así como cuando uno ve una transmisión en directo, la voz se retarda un poco más que la imagen, pero uno sabe que está “en vivo”, así también con las estrellas, que vemos “en vivo” como eran hace millones de años a medida que se alejan, y así también en las cosas del Espíritu, que podemos vivir en vivo, agradeciendo incluso esa rugosidad y espesor que adquiere su voz al atravesar la historia pasando por otros corazones.

Los corazones de los santos testigos y evangelizadores son el instrumento vivo por el que se transmite esta voz del Espíritu –no por el aire ni por el mero paso del tiempo- y le dan, cada uno, su tono y su timbre especial, que enriquece el mensaje. El lieto anuncio de la Resurrección de Cristo –del que hablaba el Papa Francisco- no es un anuncio abstracto sino un anuncio en el que la voz del Señor se une a la voz de todos los suyos. Él quiere que sumemos la nuestra para anunciar al mundo que Cristo es el Señor y todos podamos decir como Tomás: Señor mío y Dios mío, sin necesidad de verlo, siguiendo los “impulsos” de su Espíritu.

Diego Fares sj

 

Las que anuncian una y otra vez que el Maestro ha resucitado y nos espera en Galilea (Pascua A 2017)

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“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, con María (la de Santiago), fuimos a ver el sepulcro. De pronto, se produjo un gran terremoto pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias se pusieron a temblar de espanto ante él y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a nosotras, las mujeres y nos dijo: «Ustedes no tengan miedo, yo sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba, y ahora vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles.» Nosotras, partimos a toda prisa del sepulcro, con mideo y gran gozo y corrimos a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús nos salió al encuentro y nos saludó diciendo: «Alégrense». Nosotras, acercándonos, nos abrazamos a sus pies y lo adoramos. Entonces Jesús nos dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán» (Mt 28, 1-10).

Contemplación

Aunque al narrar el evangelio así, en primera persona, saqué mi nombre, y dejé el de “la otra” María, como la llama Mateo, ya se habrán dado cuenta de quién es la que habla. La tradición se hace lío con tantas Marías en el evangelio. Las dos Marías que fuimos  al santo Sepulcro la mañana de Pascua. Las tres Marías que estabamos al pie de la cruz. María, la hermana de Lázaro… A mí me gusta recordar la primera vez que Lucas me nombra como “una más del pequeño grupo de mujeres” que acompañabamos al Señor y lo servíamos con nuestros bienes: “Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 2-3). Por esto de los siete demonios muchos me identifican con esa pobre mujer que fueron a ‘sorprender’ en adulterio, la que querían apedrear delante del Señor! También me confunden con la otra María, la hermana de Marta y de Lázaro, por lo de los perfumes… Y con la otra pecadora, a la que el Señor dijo que se le había perdonado mucho porque “había amado mucho”. A mí me hacen sonreir estas “confusiones” de nombre. Me gusta lo que dice Pablo, que: “Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo: y ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

Si ahora me identifico más es para que mi testimonio les llegue mejor a ustedes, no por otra pretensión, ni para satisfacer ninguna curiosidad.

Mi nombre cristiano, mi identidad, lo que soy por gracia, no me viene ni de afuera –del rol que teníamos las mujeres en mi época y que ha cambiado en la de ustedes-, ni de adentro –de mis heridas o de mis deseos-, sino de Otro, de Él. Fue el Maestro el que terminó de configurar y consolidó para siempre en mí la conciencia de lo que soy por su gracia cuando me llamó por mi nombre:

María -me dijo-,

y yo le respondí con el suyo para mí:  Rabbuní.

Y ahí está todo.

Lo que digan los demás, y lo que a veces yo misma cavilo, me tiene sin cuidado.

Pero lo que quería compartir con ustedes en esta mañana de Pascua, es que mis nombres más lindos no son nombres propios – al fin y al cabo, como decía, mi nombre propio es el más común-, ni tampoco nombres que signifiquen cargos o títulos jerárquicos dentro de la Comunidad. Mis nombres más lindos son nombres de los gestos que mi Maestro tuvo conmigo; nombres de lo que hizo conmigo y de lo que me permitió hacer por Él. Y en eso los invito a identificarse conmigo y con los otros discípulos y discípulas. Los invito porque es una verdad también para ustedes que, en el Maestro, todos nosotros podemos ser uno. Es como que juntándonos en torno a Él quedamos “revestidos” de Él.

El “hace nuevas todas las cosas” y lo primero que nos renueva es el nombre: nos regala nombres nuevos, nos reviste con los nombres de la resurrección.

¿Cuáles son estos nombres?

Son los nombres del evangelio. Hay una infinidad. Son tantos como los gestos y las obras de misericordia, de anuncio y de adoración…

Uno se los puede probar cada día y revestirse con uno de ellos. Tienen que ver con preguntarse no tanto “quién soy” (lo cual está bien, como dice su Rabbuní –Francisco-) sino primero: “para quién soy hoy”.

Los que nos da el Señor son nombres para otros. Nombres de acción. ¡Pruébenselos ustedes! Prueben lo que se siente, por ejemplo, luego de confesarse, ponerse como nombre “la-pecadora-perdonada” o “el-pecador-perdonado”.

Yo soy “La pecadora perdonada” (con el “la” como usa la gente del interior).

Para mí ese fue el primer nombre con que me bautizó el Señor y no lo cambio por nada, aunque le agregue otros nombres, también muy significativos, este siempre está en la base. Soy “La pecadora perdonada”, de la que salieron los siete espíritus impuros que poseían mi corazón y lo dejaron libre para que sólo fuera su Dueño mi Rabbuní.

Prueben también, en esta semana santa, llamarse “uno-o-una-de-los-que-están-junto-a-la-Cruz-de-Jesús”. Este nombre a mí también me encanta. Me lo puso Juan, que fue el que mejor me conoció. Los otros discípulos, a los que el Señor nos mando a anunciarles que había resucitado, siempre se quedaron un poco con la primera impresión –de locas- que se hicieron de nosotras al vernos llegar tan alborotadas. Y parece que de alguna manera la transmitieron, porque por lo que veo, en el imaginario eclesial, apenas si hay alguna imagen de nuestra “Anunciación”. A mí me pintan siempre llorosa y a los pies del Señor, penitente y sensual a la vez… Pero como alegre compañera de evangelización, poco o nada. No importa. Decía que Juan, en cambio, como habíamos estado juntas con él y María su Madre, al pie de la Cruz, nos miraba de otra manera. Haber estado allí aquellas interminables horas nos cambió todo, nos fundió en un solo sufrimiento los corazones. El gólgota nos quitó toda presunción, toda exageración, nos hizo “testigos veraces”…, nos hizo confiar entre nosotros. Por eso a Juan le bastó vernos a los ojos para creer.

“La pecadora perdonada” es un nombre íntimo. Un nombre con el que sólo el Maestro abre y cierra nuestra vida. El otro, en cambio, el de “uno de los que estamos junto a la Cruz de Jesús”, es un nombre “social”, de grupo. Es el nombre que ilumina nuestra pertenencia a la comunidad, nuestro quehacer solidario y nuestro compadecer junto con los demás. Es un nombre que nos pone junto a María, su Madre, que más que “una de las que estábamos” era “La que estaba”, “La que está siempre junto a toda cruz”. Este es un nombre que nos hermana a Jesús, un nombre que nos iguala con los pobres, con todos los que sufren. ¿Quién hay que no “esté junto a alguna cruz?”

Prueben también llamarse “uno-de-los-que-buscan-a-Jesús-el-Crucificado”. Este nombre nos lo puso el Angel y les confieso que me tocó en lo más profundo del corazón. Es tan propio nuestro andar “buscando (temiendo) a un Crucificado. Como si algo en lo más íntimo nos dijera “mirá que ahí termina todo: en una cruz”. “¿Cuál será la próxima desgracia?”, nos preguntamos. Y caminamos hacia ella resignados. Sin embargo este nombre tiene algo lindo. Es un nombre “puerta”, como yo le llamo. Es verdad que uno camina siempre al encuentro de alguna cruz, de algún sepulcro, de su cita personal con su muerte…Yo puedo dar testimonio de cuánto es verdad esto de que buscamos muertos. Acuérdense que tenía delante a mi Maestro Resucitado y mis lágrimas sólo me permitían pensar en su cuerpo muerto. De allí me vino otro nombre: el de “la-que-llora-porque-no-sabe-dónde-han-puesto-a-su-Señor”. Estos tres últimos nombres parecen medio fúnebres, es cierto. Pero hablan de fidelidad. Y desde que El Señor no faltó a su cita con la muerte, desde que Él abrazó la Cruz, esta se abrió y se convirtió en puerta hacia la vida. Fue por perseverar junto al sepulcro vacío que el Señor se me manifestó primero.

Y entonces me cambió el nombre -nos lo cambió a las dos- y fuimos: “Las-que-abrazan-a-los-pies-de-Jesús-y-lo-adoran”. En este nombre exageramos un poco con la efusividad y el Señor nos pidió que lo soltáramos, porque todavía no había ido al Padre. Pero ahora, gracias al Espíritu que nos hace “adoradores en Espíritu y en Verdad” podemos abrazar y adorar todo lo que queramos.

De todos estos nombres hay uno que le llama la atención a los demás y es “La-primera-a-la-que-se-le-manifestó-Jesús-resucitado”. Este sería un nombre sólo para mí… Pero lo de “la primera” va en la dirección de los títulos y los cargos y no pega conmigo.  Además, si uno lee bien Marcos dice: “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se manifestó primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (Mc 16, 9). Para mí, más que nombre mío es el Nombre de Él. Mi Maestro es: “El-resucitado-que-se-manifestó-primero-a-María Magdalena-y-a-las-otras-mujeres”. Porque de hecho, si bien Marcos y Juan me mencionan a mí sola, Mateo y Lucas nos mencionan a varias.

El asunto es que esto de que se manifestara primero a las mujeres siempre trajo cola. Con Pedro lo charlamos muchas veces, porque él y Juan nos creyeron. Al menos fueron a ver. Pero los otros! A los de Emaús pareciera que fue nuestro anuncio lo que terminó de convencerlos de que la cosa no daba para más y se marcharon. Se les veía en la cara lo de “esto es demasiado”. Lo lindo es que después a ellos les gustaba llamarse “Los que están de vuelta”, y eran de los más respetuosos con nosotras. Se nos ponían al lado, un paso atrás. Quizás por que comprendían lo que es sentir que los otros te envidian un poco por ser preferidos. Ellos habían tenido al Señor como compañero de camino y gracias a que siguieron la corazonada de invitarlo a quedarse aquella tarde, les partió el Pan! Nada menos.

Por cosas como esta yo digo que el que lleva la palabra “primero” no es nombre mío o nuestro sino del Señor: El lleva por Nombre “El que se manifiesta primero a los pequeños”. En todo caso, el nombre que nos queda a nosotras a partir de su acción es el de “testigos”. Simples y pequeñas testigos.

Este nombre, el de testigos, es clave en la Iglesia. Es el fundamento de la jerarquía apostólica. Cuando hubo que cubrir el lugar de Judas, se eligió, tirando los dados!

-con ese buen humor y esa simplicidad propios sólo de la Iglesia cuando está consolada-. Se sorteó entre los que “anduvieron con nosotros todo el tiempo que Jesús convivió con nosotros, para ser constituido “testigo de la resurrección” (Hc 1, 21). Es tan fuerte este nombre –“testigos del Resucitado”- que por ahí a alguno o a alguna se le sube a la cabeza. Se me sugirió –un poco a destiempo, por supuesto- desde la época de ustedes que por qué no reclamaba mis derechos. “Vos sos la primera testigo. Te tendrían que poner a vos en lugar de Judas”. “E incluso primero que Pedro”, se entusiasmó otro…

Yo pienso que, como reclamo, tal vez sería justo. Pero automáticamente me haría perder para adelante, lo que se me donó. Porque el Señor sigue siendo “El-que-se-manifiesta-primero-a-los-pequeños”, y a mí, lo que me interesa en la vida es que se me siga manifestando mi Rabbuní. ¿O acaso no está claro que “Él se manifiesta primero a los últimos”? Yo creo que el Señor dejó bien claro que este es el camino por donde viene su Don: viene primero por los más pequeños y se da siempre para beneficio de los más pequeños. La autoridad y la jerarquía es puro servicio de este Don. Y además, está en un lugar intermedio, que un día desaparecerá. Y yo no quiero perder “Lo que no desaparece”

Pero bueno, cada uno tiene que hacer su propio camino en esto del nombre que quiere tener y el nombre que le dan en la Iglesia.

Además, como dice San Ignacio, basta “tener entendimiento” del evangelio para darse cuenta de que la primera Testigo del resucitado fue su Madre. Como decía un padre español contemporáneo de ustedes y muy simpático: Esta es una verdad obvia. Al Señor le habían quitado la ropa y se habían sorteado su túnica. Así es que seguro que lo primero que ha hecho al resucitar es ir a casa de su Madre a buscar esa ropa de recambio que ella siempre le tenía lista”.

Así como la primera vez el Don vino a través de la pequeñez de “su servidora” –como le gusta a Ella que la llamemos-, así también en Pentecostés, el Don del Espíritu vino a los que estábamos reunidos en torno a Ella. Y si Ella no reclama…

En esta Pascua de ustedes, del 2017 dC, les deseo la gracia del Evangelio de hoy: que “El Señor les salga al encuentro y les diga, como a nosotras, ¡Alégrense!”.

Cumplo así con mi oficio y mi rol dentro de la Iglesia, que es el de consolar a los amigos del Señor, con el nombre que no acaba nunca de: “La-que-anunciauna-y-otra-vez-que-el-Maestro-ha-resucitadoy-que-los-espera-en-Galilea-y-que-sube-a-su-Padre-y-nuestro-Padre”, para que de esa alegría y de la contemplación de tanta gloria y gozo del Señor resucitado, sienta cada uno su pertenencia a la Iglesia de Cristo y descubra sus nombres: esos que se forman con los nombres de aquellos a los que el Señor nos envía cada día a consolar y misericordiar.

 

 

Betfagé. Domingo de ramos. Habla de Jesús y de su entrada en Jerusalén el dueño del asna y del burrito

 

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017