“Con mis ojos sin culpa, recién modelados por Jesús, lo defendía yo contra los opinadores” (El ciego)

 

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»        

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: 

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. 

 

Me presento: yo soy el que se lavó y volvió viendo, el “(ex) ciego de nacimiento”.

Perdón por no poner mi nombre. Puede parecer contradictorio hablar en primera persona y firmar con un nombre genérico, el de mi enfermedad. Espero que sea para gloria de Dios y sirva de modelo, para que todo el que “no ve” las cosas de Jesús, pueda meterse en mi pellejo y personalizar el relato. Testifico que vale la pena. Estamos de acuerdo entonces: que hable yo contando las cosas desde adentro, es un recurso para que ustedes se puedan meter en la escena. A favor de esto hago notar que tiene un fundamento evangélico. Soy uno de los sanados qué más habla en el evangelio. Y les confieso que cuando comencé a hablar de Jesús y a defenderlo contra los “opinadores”, como llamo yo a los fariseos de mi época, me entusiasmé. A todos nos gusta hablar de lo que vemos. Y cuando hemos sido ciegos y lo que vemos son las cosas que hace Jesús, imagínense!

Esto de hablar en primera persona, ajustándose a lo que uno va viendo en realidad, creo que es importante. Lo de los que opinan por boca de otro o de modo interesado, es algo que se ha dado en todas las épocas. Pero en la de ustedes, se ha convertido en un problema. Por la amplitud del fenómeno. Hay mucha gente no ve, o que ve lo que le conviene, y opina constantemente. De esos hay que defenderse. También hay gente como yo, ciegos a los que nos abrieron los ojos y comenzamos a hablar. Tenemos menos prensa. Pero no damos opiniones. Damos testimonio del que nos regaló la fe.

Perdón si parezco un poquito soberbio, no se me vayan a enojar ustedes también como se me enojaron los fariseos que creyeron que les quería dar cátedra… Comprenderán que cuando uno pasa de “oír” la realidad a “verla”, la ve con mucha fuerza y es más difícil que se la vendan prefabricada.

Si uno ha sido ciego, el oído fino para distinguir los tonos de voz sinceros de los falsos, se conserva y, encima, se le agrega el poder mirar a la gente a los ojos… Por eso es difícil engañar a un ciego que ha recuperado la vista.

Vuelvo a lo que dije de entrada, a lo que me motiva a hablar: veo que entre ustedes también hay un montón de opiniones acerca de Jesús, de sus palabras y de sus seguidores… En torno a lo que dice y hace el Papa Francisco, esta gente –como los virus en internet- se concentra con una malignidad pertinaz. En mi caso, descubrí cómo este tipo de personas, para los que un pobre ciego que comienza a ver por sí mismo se les convierte en una amenaza, trataban de desautorizar a Jesús por todos los medios. Le tendían trampas con planteos legalistas, tergiversaban sus dichos, se le burlaban, buscaban ensuciarlo… Comenzaron por cerrarle los oídos. Esto les endureció el corazón y les hizo perder fidelidad. Se volvieron ciegos y confundieron a Jesús con el diablo. Su modo de hablar, capcioso al principio, terminó en gritos de blasfemia.

En la época de ustedes veo que los temas que se discuten son otros, pero la actitud es la misma. Están los que quieren creer, los que van creyendo y defienden su fe en el que les hace bien. Y están los que no creen en nada, opinan de todo y terminan blasfemando. Es un detalle al que hay que estar atento: hay gente que dice defender la noble causa de la ley divina, pero su lenguaje está plagado de blasfemias. Son juguetes del demonio, que no por nada es llamado el acusador, caricatura del Espíritu Santo, que dice la verdad, pero siempre como Defensor misericordioso y bueno.

La cuestión es que, en mi humilde opinión, no hay que perderse la gracia de ver a Jesús con los ojos de nuestra propia fe por dar crédito a “lo que se dice” buscando ponerlo en duda. Yo quisiera que todos tuvieran la gracia de oírlo y de verlo por sí mismos, como la tuve yo. Dejen, pues, que los guíe de la mano un humilde ex ciego de nacimiento y vean si les resulta.

 

Para mí todo empezó cuando me di cuenta de que Él me estaba mirando. Juan dice: Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Bueno, ese era yo. Y yo, que viví esto desde adentro, les confieso que me di cuenta de que Él me estaba mirando.

Cómo te diste cuenta, me dirán.

Me di cuenta porque los ciegos nos damos cuenta siempre cuando alguien se nos queda mirando un rato. La persona respira distinto. Se hace un silencio alrededor… Algo pasa y uno se da cuenta. Pero yo me quedé expectante y silencioso porque esta mirada era distinta a todas. No lo conocía, pero digo Él porque esa fue la experiencia: la de Alguien que me resultaba tan familiar que era como si me hubiera estado mirando toda la vida.

También percibí enseguida que estaba con otros y que hablaban de mí.

Y agucé el oído para escuchar, por que trataban de que no los oyera.

Discutían mi caso.

Y, como suele suceder con los casos como el mío, todos opinaban.

En mi época la gente pensaba que una ceguera como la mía era fruto de algún pecado. Sé que ustedes son más modernos y ya saben que si uno nace ciego es por una cuestión genética o por alguna enfermedad y no hay que preguntarse mucho más… Pero la cuestión es que uno se lo pregunta igual ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quién tiene la culpa? Y para los que sufren la cosa, como me pasó a mí, todas las explicaciones son igual de inútiles.

Pero en eso, lo escuché a Él. Al que me había estado mirando.

Dijo que no era culpa de nadie…

Eso se me quedó grabado.

Y también dijo que Él era la luz del mundo.

Las otras cosas no me las acuerdo, pero pueden verlas en el evangelio de Juan.

Yo seguía callado y quieto.

La verdad es que escuchar que no era culpa de mis padres, fue un gran alivio. Yo sentía mucha pena por mi papá y por mi madre. Culpa de mi desgracia, la gente los discriminaba a ellos (esa es la palabra que me dijeron que usan ustedes y la verdad es que es una palabra muy clara). Yo sabía que no era culpa de ellos, pero no me atrevía a formularlo. Es difícil ir contra las opiniones de la gente con la que vivimos.

Ya me han contado que ustedes tienen muy elaborado esto de las culpas. Que hay gente que se dedica exclusivamente a este tema…

La cuestión es que escuchar que alguien dijera que no era culpa de nadie, ni de mis padres ni mía, me pareció tan liberador, tan encantador, tan refrescante que creo que ahí ya comencé a ver. A ver de otra manera, digo. No desde la culpa sino desde eso que dijo Él después: “Esto es para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

Qué manera linda de ver las cosas: esto que pasó es “para que se manifiesten en mí las obras de Dios”. Les digo que por eso me quedé callado y lo dejé hacer. Dejé que escupiera y me untara con barro y obedecí cuando me mandó a ir a lavarme a Siloé: lo hice todo como automáticamente. Yo ya iba curado. Como si supiera que iba a poder ver. Porque lo que más nubla los ojos es la culpa (me imagino que esto ustedes ya lo saben, con todos los especialistas en el tema que tienen). Las culpas no dejan ver. Tanto las propias como las de los demás. Las culpas que uno no quiere ver y las culpas que uno ve demasiado claro: en uno mismo y en los demás. En cambio, cuando uno mira al Señor y le pregunta “Cómo puede servir esto para gloria tuya”, todo se aclara.

Lo que sí recuerdo ahora es cómo se me acercó: de pronto Él me tocó un brazo. Actuaba como los médicos que saben infundirte confianza cuando te tocan. Y enseguida me untó los ojos con barro. Yo no decía nada. Escuchaba su respiración, sentía sus manos apretando bien mis párpados… Confieso que fue como si me los moldeara. Después he andado leyendo la Escritura y cada vez que puedo, me detengo en el libro del Génesis, cuando dice que Dios formó al hombre de barro. Yo no sé cómo se habrá sentido Adán, si es que sintió algo, porque cuando lo modelaron todavía no tenía espíritu, pero a mí me quedó la experiencia de cómo Dios me modelaba de nuevo los ojos. Me los modelaba desde adentro.

En eso creo que yo salí distinto a todos (digo esto, por las discusiones que vinieron después. Era como si solo yo viera claras las cosas y todos los demás las vieran distintas, confusas…).

Claro, es que yo pasé de un extremo al otro: de no ver nada a ver con los ojos nuevos que me abrió Jesús… Y ya se sabe que el que mira con ojos nuevos, lo ve todo nuevo: una nueva creación!

“Ve a lavarte a la piscina del enviado” le escuché decir. Eso fue lo único que dijo. Y yo no discutí. Aunque me hubiera gustado quedarme allí para siempre y que me siguiera modelando “mis ojos sin culpa” –como yo digo-, le obedecí y me fui.

Conocía el camino. El evangelio no cuenta nada de cómo llegué a la piscina y cómo me lavé los ojos… sólo dice que volví viendo. Y fue así. Lo que yo sentí se los puedo contar en otro momento, pero no es lo importante. El asunto es que me volví, porque quería ver a Jesús, pero… como suele suceder, me agarró la gente. Los opinadores… Creo que ustedes tienen la experiencia cuando los periodistas le meten los micrófonos a una persona y no lo dejan hablar, sino que opinan ellos. Bueno, igual.

Les pongo ahora el texto que sigue, para no perder objetividad. Porque, la verdad es que, misteriosamente, lo que empecé a ver coincide con el punto de vista del evangelista. Esto es muy lindo, cuando uno ve que el evangelio expresa las cosas, sencilla y perfectamente, desde el mismo punto de vista con que uno mira desde su interior.

 

Los vecinos y los que antes me habían visto mendigar, se preguntaban:

 «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?» 

Unos opinaban

«Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.» 

Yo decía: 

«Soy realmente yo.» 

Ellos me dijeron: 

« Y cómo se te han abierto los ojos?» 

Yo respondí: 

«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Dónde está?»

Yo respondí: 

«No sé.»

Yo que había sido ciego fui llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y me abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, me preguntaron cómo había llegado a ver.     Yo les respondí: 

«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» 

Algunos fariseos decían: 

«Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» 

Otros replicaban: 

«¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» 

Y se produjo una división entre ellos. Entonces me dijeron nuevamente: 

«Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» 

Yo respondí: 

«Es un profeta.» 

Sin embargo, los judíos no querían creer que yo había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a mis padres y les preguntaron: 

«¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» 

Mis padres respondieron: 

«Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» 

Mis padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» 

Los judíos me llamaron por segunda vez a mí que había sido ciego y me dijeron: 

«Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»

«Yo no sé si es un pecador, respondí; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»

Yo les respondí: 

«Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»

Ellos me injuriaron y me dijeron: 

«¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.» 

Yo les respondí: 

«Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»

Ellos me respondieron: 

«Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y me echaron. 

 

Como ven, al contarles de nuevo el evangelio en primera persona, no hay que agregarle nada. Esto es obra del Espíritu Santo y en esto, los evangelistas se distinguen de los “opinadores”. No sé qué les llame la atención a ustedes de mis diálogos con los opinadores. Cada uno puede quedarse en la parte del evangelio que más le llegue al corazón, en la escena o en el diálogo que más le guste. Yo, al rememorar una vez más ante ustedes lo que me pasó, me gustaría compartirles algo que no está escrito, pero que surge del texto: la atmósfera que había.

Todo el mundo hablaba y discutía y el ambiente se iba calentando. Yo, sin embargo, estaba tranquilo. No sé si lo notaron, pero yo no necesitaba gritar ni hablar mucho. Ellos en cambio me insultaban, iban de aquí para allá, discutían entre ellos… Habrán notado, eso sí, mi tonito irónico… Creo que eso terminó de sacarlos. Pero no me iban a hacer enojar a mí, que ahora veía!

Eso quería comentarles, nada más. Cuando uno ve las cosas con los “anteojos de Dios” como dice un monje de ustedes, adquiere cierto buen humor y no discute enojado. Yo aprendí eso, escuchándome hablar a mí mismo (después leí que Jesús decía que es el Espíritu el que nos hace hablar en esas situaciones), aprendí a mantener el buen humor y a desconfiar cuando por defender a Dios me comienzan a brotar frases agrias, quejumbrosas, enojos, iras y blasfemias…

Bueno, pero ya hablé demasiado. Les cuento el final del evangelio que fue muy lindo, porque Jesús me vino a buscar por segunda vez y nuestro diálogo fue emocionante… Espero que mi testimonio les ayude a desear esos ojos nuevos, ojos puros, ojos sin culpa, que miran con buen humor…. Esos ojos que Jesús regala y que son, sobre todo, para verlo a Él.

 

Jesús se enteró de que me habían echado y, al encontrarme, me preguntó:

 «¿Crees en el Hijo del hombre?»

Yo respondí: 

«¿Quién es, Señor, para que crea en él?» 

Jesús me dijo:

 «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»

Entonces exclamé:

 «Creo, Señor», y me postré ante él  (Juan 9, 1-41).

Diego Fares, 4 A Cuaresma 2017.

 

Al Padre la agrada la gente que adora… y que enseña a otros a adorar (3 A Cuaresma 2017)

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Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo (de Jacob). Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: Dame de beber” (pues sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: ¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le respondió: Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tú le habrías pedido a Él y te habría dado agua viva.

Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva? Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Le respondió Jesús: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él fuente de agua que brota para vida eterna.

Le dice la mujer: Señor, dame de esa Agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.

Jesús le dice: Ve, llama a tu marido y vuelve acá.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido.

Le dice Jesús: Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no marido tuyo; en eso has dicho la verdad.

Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es donde se lo debe adorar.

Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo adoren. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad.

Le dice la mujer: Yo sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga nos anunciará todo.

Le dice Jesús: Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y quedaron sorprendidos de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. La mujer dejando su cántaro, corrió a la ciudad, y dijo a la gente: Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿No será éste el Cristo?” Y salieron de la ciudad y venían donde él.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Adelanto de Pentecostés

“Si conocieras el Don de Dios…”.

La Samaritana “adelantó” algo que el Señor tenía planeado para después de su ascensión al Cielo. Ella le pidió a Jesús el Don del Agua viva, al mismo tiempo que charlaba y le daba de beber. La Samaritana confesó su pecado y fue instruida por el Señor –el Cristo, como ella dice- en lo que respecta a la adoración en Espíritu y en verdad.

El evangelio nos dice que hubo un momento en el que se juntaron muchas cosas. Contemplemos la secuencia:

* Jesús apura la charla. Apenas ella le dice “Dame de esa Agua”, el Señor cambia de tema: le manda que se vaya, que llame a su marido y que regrese.

Es como hacer ver que la cosa puede ir para largo.

Pero la mujer confiesa directamente: “No tengo marido”.

Es una frase seca.

Como era ella, se ve que tenía la ocasión servida en bandeja para comenzar a dar vueltas y explicarle al Señor lo complicada que había sido su vida…

Sin embargo, le larga su verdad más honda con una sola frase: No tengo marido.

*Jesús se ve que se admira, porque cambia de nuevo la marcha.

Ya no le insiste en que vaya a buscar su marido, sino que con infinita delicadeza le habla siguiendo esa pedagogía del “dulce, salado, dulce”. La alienta con un dulce: “Bien has dicho”; mete la salada explicitación de los cinco maridos, que dejan clara una vida tumultuosa, no solo para la vida de un pequeño pueblo; y concluye con el dulce: “En eso has dicho la verdad”, que no solo es un elogio sino una invitación a decir la verdad en otras cosas profundas suyas, no solo en su pecado.

Y ella se anima y nos sorprende a todos sacando el tema de la adoración!

Debo decir que creo que es la primera persona que le saca este tema a Jesús.

* Y se ve que al Señor le encanta, porque no solo cambia de marcha, sino que acelera. Como hizo en Caná, motivado por ese diálogo con su Madre que lo llevó a adelantar su hora. Pero ante el alma abierta de la Samaritana, en la que siente el agrado del Padre, el Señor adelanta nada menos que Pentecostés.

Vemos como le empieza a decir que “llegará la hora” de un nuevo modo de adorar y de golpe –como si Él se diera cuenta de lo que está sucediendo, de lo que ha desencadenado la Samaritana- le dice: “ya estamos en esa hora, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad”.

Ella le ha dicho la verdad y el Señor le revela que al Padre le agradan las personas que lo adoran en la verdad. Que el Padre quiere personas como ella, como la Samaritana, eso es lo que le está diciendo.

* Y a continuación agrega el Señor la frase: “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”.

Al decir esta frase, vemos que las cosas se precipitan: la mujer insinúa su confesión acerca del Mesías y Jesús, que a nadie le confesaba esto, sino que más bien pedía que se guardara el secreto, a ella se lo confiesa claramente: “Yo soy, el que habla contigo”.

* En ese instante llegan los discípulos y se corta el diálogo, porque todos quedan sorprendidos.  Mientras ellos miran a Jesús y de alguna manera le “hacen sentir” que algo no encaja, la samaritana aprovecha, deja su cántaro y sale corriendo a llamar a su pueblo.

En alguno de esos instantes, el Don de Dios –el Espíritu- descendió sobre ella en este Pentecostés interior.

Y nuestra querida Samaritana, convertida, perdonada e instruida en la fe, corrió a evangelizar a todo un pueblo y se lo trajo a Jesús.

* La gente recibió el Espíritu Santo. No recibieron sólo un anuncio previo… Le dicen: “Ahora nosotros mismos hemos oído y sabemos que Jesús es verdaderamente el Salvador del mundo”. Tiempo después, en su carta, Juan dirá: “En esto nos damos cuenta de que estamos en Él y Él en nosotros: en que nos ha hecho Don de su Espíritu” (1 Jn 4, 13).

Decíamos que la palabra Don es el mejor nombre para esta Tercera Persona que Jesús y el Padre nos anuncian que nos donarán. En el pasaje de la Samaritana lo vemos como Don en acción. No como una cosa que se nos regala sino en el acto de donarse. Y lo vemos porque la Samaritana se transforma en una persona que se dona. Es decir, se convierte en una persona espiritual, lo cual no quiere decir en una persona que pone cara de devota o es muy compuesta y nos mira desde arriba, sino en una persona que se dona entera. Que sale corriendo a anunciar el evangelio y arrastra con su entusiasmo a la gente hasta ponerla con Jesús.

Don es el mejor nombre para nombrar la Persona del Espíritu Santo 

“Qué debemos hacer, hermanos” -preguntaba la gente con el corazón compungido a los apóstoles, cuando salieron a predicar luego de Pentecostés. “-Conviértanse… y recibirán el Don del Espíritu Santo”-, les dijo Pedro (Hc 2, 38).

Don, por tanto, pero no como una cosa que se nos pone en las manos, sino como “don de sí”. El Espíritu es el que, donándosenos Él mismo, nos hace comprender que Dios es el Padre que nos donó la vida y que Jesús es Pan que se nos dona y Hermano que nos enseña a vivir donándonos a los demás. Esto, que Dios es Don, nos lo enseña y comunica el Espíritu dándosenos personalmente.

A nosotros nos resulta difícil imaginar a una persona que sea “puro don”. Nosotros tenemos necesidad de “guardarnos” algo, por así decirlo. Si nos donáramos enteros, desapareceríamos. Nosotros necesitamos recibir, no podemos ser “puro don”.

Quizás por eso es que el Espíritu “se nos escapa”. No lo podemos imaginar como ese tú tan humano, que es Jesús: uno que se sienta a hablar con la Samaritana y le pide “dame de beber”.

En ese sentido, el Espíritu es lo “menos humano” y lo “más Dios” de Dios. No quiero decir que sea “inhumano”. Todo lo contrario. El Espíritu es el que nos humaniza, enseñándonos a ser para los demás. Pero ser Espíritu es lo más propio de Dios y en este sentido es lo más misterioso: no lo podemos “cosificar”. Es puro viento-fuego-agua; pura pasividad y pura acción, puro amor.

No quiere decir que no tenga rostro: pero es más bien “todos los rostros”, es el rostro del pueblo de Dios en marcha, el rostro que, para poder tener los rasgos de todos los rostros, no se dibuja de modo particular.

Se nos escapa, pero no es porque sea como esas amas de casa que nos invitan a comer y no paran de servir, de modo que en cierto momento uno les dice: “Sentate un poco. Vení a charlar”. No es que el Espíritu no tenga tiempo para sentarse a charlar de “sus cosas”.

Lo que pasa es que no “tiene cosas suyas”, no tiene cosas para decirnos que no sean las de Jesús. Una, porque en Jesús el Padre nos dijo todo. Otra, porque bastante trabajo tiene con hacer que cada cosa sea comprensible y eficaz en cada momento, en cada situación y para cada persona.

Nosotros no entendemos a Alguien que diga que “no tiene algo propio para decir”. Porque en toda conversación, si no tenemos algo nuestro para decir o no nos dejan decirlo, perdemos interés. Pero en el Espíritu se ve que esto funciona diferente: él estuvo en el origen de todo lo que dijo y reveló Jesús y es el que está en el origen de que nosotros lo entendamos. Es como un buen maestro que no nos cuenta su vida, sino que nos enseña las materias; y nos enseña también el modo de aprender y a leer, a escribir y a  pronunciar… Y no por eso es menos un tú, aunque acalle lo suyo personal y se haga a nosotros, para enseñarnos lo que necesitamos aprender.

Cuántos maestros y maestras en los que no pensamos todo el tiempo, pero que apenas hacemos memoria, vemos dibujarse su rostro o escuchamos su voz. Rostros y voces que están indisolublemente mezcladas con las materias y las técnicas que nos enseñaron.

Al Padre le agrada la gente que adora

El Espíritu nos enseña a creer, y a Jesús le encanta la gente que confía en Él. El Espíritu nos enseña a donarnos, en el servicio y en la adoración. Y al Padre le agrada la gente que sirve a sus pequeñitos y que adora.

Le agrada especialmente la gente que se siente pequeñita y poca cosa, y por eso lo adora a Él como un hijito pequeño adora a su mamá y a su papá.

Al Padre le agrada la gente que lo adora al levantarse, besando el crucifijo y tocando con la frente el suelo.

Al Padre le agrada la gente que lo adora en medio del trabajo, que se para un instante y le muestra su rostro sonriente a Dios (como si uno se sacara una selfie sólo para que la vea el Padre en lo secreto, para que vea que su hijo o su hija están contentos con él).

Al Padre le agrada la gente que lo adora a la noche, dándole gracias por el día y poniéndose en sus manos.

Al Padre le agrada la gente que lo adora sirviendo a los demás, que trata a los demás como a hijos de Dios y los ayuda en todo. Especialmente le gusta la gente que enseña a otros a adorar. Como hizo la Samaritana, acerca a su pueblo a Jesús. Así hacemos nosotros cuando enseñamos a nuestros hijos a adorar a Dios.

Diego Fares sj

 

 

Este es mi Hijo amado, el predilecto. Escúchenlo, les pido: es mi Hijo (2 A Cuaresma 2017)


Jesús tomó (en su compañía a sus amados discípulos),

a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,

y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos:

su rostro resplandecía como el sol

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra

y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión,

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

Contemplación

¡Escúchenlo!

Esta es la Palabra del Padre para todos los hombres: Escuchen a mi Hijo, escuchen a Jesús.

Toda la escena de la transfiguración apunta a inculcar para siempre este mensaje: tomar aparte a sus amigos, llevarlos consigo al monte Tabor, la transfiguración del Señor que se muestra en toda su gloria, la aparición de Elías y Moisés charlando con Jesús, la Nube luminosa que los cubre con su sombra (el Espíritu Santo) …, todo ayuda a que se grabe en los discípulos la Voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

En esto nos va la vida: en escuchar a Jesús.

¿Es fácil escuchar a Jesús? Siempre me impresionó la respuesta que dio un jesuita a uno que preguntaba si habían estado lindos los Ejercicios que había hecho. “Los ejercicios no son ni lindos ni difíciles –le dijo-: los ejercicios hacen mucho bien”.

Creo que se puede aplicar a Jesús: escuchar a Jesús nos hace bien, mucho bien. A veces será fácil, a veces difícil. A veces será agradable escucharlo, a veces será como tomar un purgante o cauterizar una herida… Pero “escuchar a Jesús” siempre nos hace bien.

San Ignacio, en el centro de los Ejercicios que es la meditación del Llamado del Rey, hace pedir esta gracia: “no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 91). No ser sordo… No hacerme el sordo, como bien decimos.

Como en muchas cosas del evangelio, hay que estar atentos a un detalle: aquí se trata de una reduplicación. Se trata de “escuchar al Padre” que nos dice que “escuchemos a Jesús”…

Siempre me acuerdo de un hecho de mi formación que, recordado después de tanto tiempo, tiene un sabor simpático, pero que en el momento me zarandeó la fe en mis formadores. Eran nada menos que mi provincial de entonces y mi rector (Bergoglio). El provincial me había misionado a hacer el magisterio en Ecuador y fui a Bergoglio para pedirle plata para sacar el pasaje. Estaba ocupado y me dijo que le pidiera al Provincial, que estaba en la oficina de al lado con el secretario. Fui y estaban ocupados también. El provincial apenas levantó la vista y me dijo que eso se lo pidiera al rector. Volví a Bergoglio y le dije que el provincial me mandaba que eso se lo pidiera a él y me respondió que volviera a pedirle al provincial. Yo me disgusté y le dije: Pónganse de acuerdo entre ustedes, porque si no, yo no sé a quién obedecer. El me miró y como uno a quien le parece evidente que allí no había ningún problema, me aclaró: “Vos no te preocupés, vos obedecé a los dos”.

La verdad es que no “entendí” la formulación y salí medio queriéndome enojar, pero a los dos pasos se me quitó el enojo. Así que fui de nuevo al provincial, y le pedí lo mismo, con buen humor. Y él se rio y me hizo dar la plata para el pasaje.

Después de haber visto tantos problemas con respecto a la obediencia a lo largo de mi vida, creo que fue la lección práctica que más me ha servido para no enroscarme en esas tentaciones que tanto dañan y complican la vida de la iglesia. Si tenés que obedecer a este superior o a aquel, a la ley escrita en papel o a tu conciencia, al concilio Vaticano o al de Trento. “Vos obedecé a los dos”, ha sido siempre la fórmula que me ha puesto en el presente concreto y me ha llevado a dejar las cosas en manos del Espíritu. Nunca me olvidaré ese momento en que salí de la pieza de Bergoglio y caminé por el patio del Máximo aquellos diez o doce pasos que me llevaban a la Secretaría, cómo me hizo sonreír el pensamiento de que me podía pasar la mañana entera yendo y viniendo sin la plata, obedeciendo a los dos, de a uno por vez.

Esta anécdota es para introducirnos en esta especie de juego entre el Padre, que nos dice que escuchemos a su Hijo, y Jesús, que nos dice que hagamos la voluntad del Padre… Mientras vamos de uno al otro, el Espíritu nos acomoda las cargas de la vida y nos hace discernir.

Escúchenlo. Escuchar a Alguien como Jesús no es “escuchar nomás”.

En el escuchar, la intención lo es todo. Uno puede oír como quien oye llover o escuchar guardando en el corazón cada palabra –con sus tonos y sus énfasis-, como escuchaba María, según Lucas.

Uno puede oír apurado, ya sabiendo lo que viene y preparando la respuesta, o escuchar bien atento, como salido de sí y volcado en lo que dice Jesús, para tratar de que le pesen las palabras como le pesan a Él. Apurado lo escuchó Pilato, que ya tenía decidido hasta dónde se podía extender en la justicia y hasta donde no. Bien atento lo escuchó Zaqueo, que sin que Jesús le dijera nada, él solito se dijo lo que tenía que hacer, cuánto iba a devolver, cuánto iba a regalar.

Uno puede escuchar las cosas con el “oído teórico”, como aquel escriba que le dio la razón a Jesús (¡!) cuando el Señor citó los mandamientos como están “escritos”. Y también se ve que escuchó lo del prójimo, porque juzgó bien al decir que el que “se había hecho prójimo había sido el samaritano”. Pero a Jesús hay que escucharlo también con el “oído práctico”, que no se queda teorizando, sino que pasa directo a la acción, como lo escucharon los discípulos cuando “dejaron las redes y lo siguieron”.

Uno puede escuchar como escucha el mal espíritu –el acusador- o como escucha el Paráclito, nuestro abogado defensor. El Abogado defensor nos escucha atentamente, buscando la verdad, pero para salvarnos. El acusador en cambio, no se fija en si usa verdad o mentira, pero lo que quiere es hundir y condenar.

Ayer fui a renovar el permiso de estadía en Italia, que te renuevan por dos años. El lugar es un campo militar, bien en las afueras de Roma y para llegar hay que cambiar subte y luego tomar un colectivo. La cuestión es que no venía el micro y me tuve que tomar un taxi para llegar. El tipo se hizo el tonto y arrancó con el reloj en 6 euros en vez de en 3. Como me di cuenta a los dos minutos le pregunté “elegantemente” si variaba la tarifa “di partenza” (yo le dije “di partita” y habrá pensado que hablaba de la partida de fútbol). Se hizo el tonto y me respondió en abstracto: diciendo que dependía de si era horario nocturno o diurno y si era feriado. Yo le dije que me refería a la de ahora, porque había arrancado en 6 euros y no en 3 y me dijo que no importaba porque el viaje hasta el “ufficio immigrazione” eran 15 euros siempre. Me mostraba el reloj como diciendo “ahí está” pero no tiene nada que ver. En esto de hacerse los que no entienden los tanos son especialistas. La cuestión es que no me quería bajar porque tenía el turno fijo (que te lo dan 2 meses antes y si lo perdés es complicado) así que me dispuse a hacer lo del evangelio y pagarle de más. El reloj marcó 16,10. Le di 50 y le dije que me cobrara 20. Ahí no entendió de veras, porque me pidió monedas. Le insistí que cobrara 20, pero me dijo que no tenía cambio y entonces le di 15. Aceptó. Le dije: te quería dar 20 pero como parece que no nos entendemos bien, te doy los 15 que decís que cuesta. Ahí se le abrieron los ojos y me dijo un poco avergonzado: Está bien padre, está bien así. Le di una bendición y quedamos todos contentos.

Al salir del trámite, luego de dos horas compartidas con cientos de inmigrantes africanos, norteamericanos, chinos, suecos y de otros lados que no reconocí, como había tenido que llegar en taxi, no sabía cómo volver. Así que le pregunté a dos militares que estaban mirando un videíto en el celular, si sabían cómo podía llegar a la estación de Termini. Me miraron como si les hubiera preguntado cómo se hacía para llegar a González Catán o algo así y sacando por un instante la mirada del jueguito uno me dijo que la verdad es que ellos no sabían estas cosas. Pero que fuera hasta la esquina que por ahí pasaba un bus y que seguramente a alguna parte me iba a llevar. Con un poco de ironía le dije que estaba muy bueno eso de que “seguramente a alguna parte me iba a llevar”. “É buona questa!” – agregué y me parece, por la cara que pusieron, que dudaron un poco si yo era infradotado o si los estaba mandando “va fan c…”, como dicen aquí. Pero se olvidaron de mí y volvieron al jueguito. En ese mismo momento escuché una voz de atrás que me decía que el colectivo de la esquina a donde iban ellas me llevaría hasta el subte… Mientras me seguía explicando, me di vuelta y vi que era una señora, que resultó ser brasilera de Bahía, que escuchó mi conversación al pasar y con dos palabras me orientó al micro. Iba con una amiga cubana y charlamos todo el viaje, primero en el micro y después en los dos subtes. La señora brasilera, mamá de dos hijos ya grandes y que trabajaba en Italia desde hacía 12 años…, me dijo que era raro estar charlando, porque ella no solía hablar con nadie en la calle, pero que conmigo había sentido confianza. Y yo le dije que ella me había escuchado primero y me había hablado…

Digamos que hay gente que escucha, que quiere escuchar y con la que te hacés amigo… Y gente que no escucha, o se hace la que no entiende… Se evitan algunos problemas, es verdad, pero se pierden oportunidades, de ganar 5 euros o de hacer amigos. Cuento todo esto porque el Padre dice que escuchemos a Jesús y Jesús dice que él habla a través de los pequeñitos.

Diego Fares sj

Ha desaparecido una palabra: la que expresa lo que significa ser conducidos por el Espíritu (Cuaresma 1 A 2017)

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Entonces Jesús fue conducido (anago) por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.  Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’».

Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:

«Todo esto te daré si postrándote me adoras».

Le dice entonces Jesús:

«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’».

Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

 

Contemplación

Hoy vamos a contemplar la “desaparición de una palabra”: anagogía.

En castellano ha quedado la palabra “analogía”, que usamos para explicar algo “por analogía”, es decir con otra cosa semejante. Pero “anagogía” no se usa más.

Es parecida a la otra, porque las dos señalan “hacia arriba” (aná). Pero anagogía incluye la acción (ago) no solo la idea (logos).

En tiempo de Jesús era una palabra muy común. Se usaba para decir que alguien te “impulsaba a la acción”, te “lanzaba”, te “conducía”, “te llevaba a un lugar más alto” (Lc 4, 5), “hacía zarpar una nave hacia alta mar” (Lc 8, 22).

Esta palabra sencilla y común se empezó a utilizar para expresar un sentido de la Escritura que va más allá de lo literal: el sentido espiritual (San Clemente de Alejandría -150-215 dC).

Si uno toma la Palabra de Dios solo a la letra puede terminar muy mal, como les pasó a los escribas y fariseos. El Señor les decía: La ley hay que cumplirla, por supuesto; pero es para dar vida! Si viene a mí uno que está enfermo, yo lo curo, aunque tenga que hacer un paréntesis en la ley que dice que el sábado no se puede trabajar.

La Palabra de Dios, por tanto, hay que interpretarla espiritualmente. (Nuestro Padre General, en una entrevista que le concedió a uno de estos fundamentalistas, dijo que “en la época de Jesús no existían grabadores”. Esto hizo enfurecer a algunos, que comenzaron a predecir que se está por terminar la Iglesia porque se “relativiza todo. Hasta las palabras de Jesús”. No entienden que “interpretar” no siempre es relativizar o disminuir. Es entender bien. Jesús mismo pide que lo entendamos bien, cada vez que dice “el que pueda entender que entienda” o cuando explica las cosas una y otra vez a sus discípulos o cuando les dice que ni siquiera Él les puede explicar todo en ese momento, pero que cuando venga el Espíritu, Él les (nos) enseñará toda la verdad”. Interpretar puede ser descubrir un sentido más profundo y exigente todavía, no solo un sentido más comprensivo y misericordioso. Interpretar es “interpretar con buen espíritu” y no con burlas, odio y desprecio. Estos son “científicos del evangelio”. Se contagiaron de las ciencias positivistas, que pretendían definir todo “objetivamente”. Lo terrible es que la ciencia evolucionó a posturas más humildes y estos “científicos del evangelio” se quedaron en el tiempo).

Dentro de los sentidos espirituales de la Escritura, el sentido anagógico es el más alto. Más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el dogma, que te dice la verdad; más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el sentido del deber moral, que te dice lo que hay que hacer.

El sentido anagógico es místico (enciende el fuego del fervor),

está tensionado por la Esperanza,

te impulsa a dar un paso adelante en el bien,

te hace madurar,

te lleva a discernir el bien concreto en el momento presente sin temor a infringir ninguna ley.

Este sentido tan fuerte y tan importante –el más importante diría yo- que se le atribuyó a esta humilde palabra, hizo que sufriera la burla y el menosprecio de las palabras cultas y, directamente, la hicieran “desaparecer”.

Sentido espiritual, anagógico, pasó a ser “sentido espiritualoide”, sentido idealista, sentido no “científico”.

Se trata de una palabra “mártir”, de una palabra “desaparecida”.

Dicen algunos: “Cómo vas a decir que la realidad no solo se “puede explicar” con números y conceptos científicos sino que, además, tiene un sentido anagógico, un sentido más alto y más noble! Nada de eso! La realidad es materia, economía, números, estadísticas, intereses, pasiones.

Y todo lo explican por “katagogía”, no por “anagogía”. (Katá quiere decir abajo).

Todo se explica por lo más bajo, no por lo más alto.

Ese es nuestro mundo. Lo más alto es “magia” o “ilusiones”, “expresión de deseos”, “sentimentalismo”…

Uno de los pocos que siempre usó este “modo de pensar” anagógico, es el Papa Francisco.

En sus cuatro principios – si escuchamos bien-, de lo que nos habla es de dejar que el Espíritu nos impulse a interpretar las cosas desde un nivel más alto –superior, dice él-.

Interpretar las cosas desde la altura (aná) del tiempo, que es superior al espacio.

Pero ojo, que no es una altura como la de la terraza del templo, a donde el mal espíritu lleva a Jesús para tentarlo de “tirarse abajo”, de interpretar su misión desde los deseos bajos de la vanidad y de las expectativas de aplauso. No se trata de la altura del monte, desde la que se ven todos los reinos de la tierra, a donde el demonio lleva a Jesús para que –curiosamente- “se agache” y lo adore. La superioridad del tiempo es una superioridad que nos pone a caminar, que no nos instala en el lugar de dominio más alto, sino que humildemente nos saca a caminar.

Lo mismo hace el papa en los otros tres principios: la realidad es superior a la idea porque es bien concreta y no se deja dominar. Las ideas se pueden ordenar y retocar a piacere y por eso cada pensador inventa su sistema de pensamiento (esto sólo –que haya tantos sistemas distintos- nos debería llevar a sospechar de su verdad…). La realidad, en cambio, supera nuestras ideas porque nos pone a su servicio, nos hace estar disponibles y atentos a lo que viene porque si no perdemos el tren. Y bien que cuando viene un tren real todos dejan de lado sus trenes ideales y se suben y van…

También los conflictos. El Papa dice que se resuelven desde el plano superior de la unidad, no quedando metidos en ellos. No enredándonos. No “llevando como si fuera un ícono, un conflicto que se dio una vez, a lo largo de toda la historia”, como dijo en la catedral anglicana. Y así con todo (el todo es superior a las partes).

El Papa Francisco usa este modo de pensar “anagógico” que nos pone en salida, nos impulsa a las fronteras, nos saca de la autorreferencialidad…

Es el “modo de pensar y de obrar” del Espíritu Santo. El que le inspiraba a Jesús y a la primera Iglesia, que era capaz de decir, con mucha sencillez: “Nos ha parecido, al Espíritu Santo y nosotros… no imponerles más cargas” (Hc 15, 28).

En todo el libro de “Los hechos de los Apóstoles… con el Espíritu Santo” la Iglesia siente que “interpreta las cosas desde este nivel espiritual”.

Y esta interpretación es lo que llamamos “discernimiento”.

El discernimiento del momento, del que habla el Papa.

Ese momento en el que el Espíritu Santo nos impulsa a dar un paso (porque no se trata de definir en un papel, sino dar un paso, como el que dieron los Apóstoles cuando decidieron con el Espíritu Santo no imponer más cargas a los gentiles) y jugarnos por lo que el Espíritu nos inculca en el corazón para hacer un bien concreto.

Ese paso “anagógico”, superior, es un paso práctico.

No es para congelarlo luego y convertirlo en una definición abstracta.

Lo propio de lo anagógico es abrirse a nuevos pasos, es seguir interpretando la realidad no en sentido literal sino espiritual, abiertos a la dinámica del Espíritu, a sus sorpresas, siempre orientadas hacia el bien común, hacia el bien concreto de los más pobres.

Es lo que el Espíritu le hace discernir –anagógicamente- al Señor, cuando responde a las tentaciones “rastreras” con el sentido espiritual de la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios: no tentarás al Señor tu Dios (actuando según las pasiones más bajas). Solo a Dios adorarás, sólo ante él te arrodillarás.

Cuando el Evangelio nos dice que el Espíritu “impulsó a Jesús al desierto”, no está diciendo que lo condujo allí y luego lo dejó. El Espíritu conduce e inspira al Señor en todo el diálogo contra el tentador. Le hace encontrar el sentido espiritual a cada cosa, la palabra justa que no nos deja “caer en la tentación” y que nos impulsa a dar un paso más en el camino de la salvación. Toda nuestra vida, con sus tentaciones, está contenida en esa “oración del Señor en el desierto” que ahora es “oración del Señor en el Cielo”.

Diego Fares sj