Las Bienaventuranzas: 9 bendiciones consoladoras de Jesús que forman al Pueblo fiel de Dios (4 A 2017)

 

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Al ver a las muchedumbres, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el

Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo» (Mateo 5, 1-12ª).

 

Contemplación

El Señor, al comienzo de su ministerio, retoma al profeta Isaías. Le dice a la gente que el Espíritu Santo lo ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y consolar a los afligidos.

Las bienaventuranzas son ese Anuncio.

Son las bendiciones consoladoras de Jesús a su pueblo.

Nos hará bien escucharlas de los labios de un Jesús sentado en medio de su pueblo.

Al ver a la gente que lo había seguido multitudinariamente –grandes y chicos, familias enteras que lo siguieron en procesión, esperando que el Maestro los juntara en algún lugar adecuado y se pusiera a enseñarles-, Jesús subió al monte y allí –rodeado de sus discípulos- se sentó tranquilamente y comenzó a “anunciar la buena noticia a los pobres”.

Su anuncio no es comparable a ningún tipo de anuncio o enseñanza humana. O mejor, es el más humano de los anuncios y la mejor de las enseñanzas.

Dos detalles. Se dieron cuenta de que, para empezar, toma la pobreza, las penas y el hambre y sed de justicia de la gente? Jesús no anuncia ni enseña lo que la gente “no sabe” sino que toma lo que la gente “vive” y eso es lo que ilumina.

 

Felices los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia. El reino es de ustedes, los pobres: serán consolados en sus penas, serán saciados en su sed de justicia.

Vemos como en la primera bendición consoladora está todo: Benditos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

El discurso es convocante: los está mirando a ellos, notando su pequeñez

¿Quiénes eran, uno a uno, esas personas que estaban escuchando aquel día?

¿Qué tenían de especial para ser destinatarios del anuncio más bello de la historia?

No eran nadie y, por eso mismo, eran todos.

Eran los más comunes. Ninguno pudo reivindicar “yo estuve allí, aquel día”, porque no había periodistas.

Eran las familias del pueblo, las mamás que salieron con sus hijas a ver si Jesús se las bendecía. Eran los hombres con sus hijos que estaban trabajando en su campito: dejaron el arado y se fueron con sus compañeros a escuchar a Jesús. Eran los viejos, que estaban sentados a la puerta de su casa y les decían a todos que estaba bien ir a escuchar al Rabí. Y, por supuesto, en primera fila estaban los mendigos que habían ido todos. Y los enfermos, los que el Señor había curado y los que tenían la esperanza de hacerse curar.

Felices los que tienen alma de pobres, los que no pretenden mucho para sí, solo poder estar sanos para trabajar por su familia…

Jesús anuncia que su Reino, el de los cielos que han bajado a ese monte y a esa pequeña multitud del pueblo fiel –en la que bien caben todos los pueblos de la historia, esos pueblos que somos todos cuando nos abajamos a estar juntos, contentos de ser uno más que escucha junto con todos a Alguien como Jesús, cuando convoca-, su Reino… les pertenece: es de ellos!

A veces uno se pregunta cómo llegaría el mensaje a tanta gente, qué escucharían, qué podrían entender… Yo creo que esto, lo entendieron todos. Perfectamente.

Uno presta atención cuando, en medio de una multitud, dicen “los que tienen asiento de la fila 20 a la 40 suben primero”; o “las personas con niños a cargo o personas ancianas, por este lado”. Cuando Jesús dijo “los que tienen alma de pobres”, nadie se movió, pero todos los que estaban allí, sentados en el suelo, después de haber dejado sus cosas para seguir a Jesús, sintieron que les estaba hablando a ellos. Y les decía que El Reino de los Cielos era de ellos.

Y apenas sintieron que les hablaba a ellos, que los pobres de espíritu eran ellos, los que “lo habían seguido para escucharlo y estaban allí sentados en el suelo”, el Maestro los contuvo con la bienaventuranza de la paciencia y les hizo sentir que comprendía su estado de ánimo y su sed. Como si hubiera dicho levanten la mano los que tienen alguna aflicción y los que están esperando que se haga justicia. No hizo falta que levantaran la mano. El anuncio era, indudablemente, para ellos.

Y entonces, después de escuchar esto, se les abrieron bien los oídos y entendieron todo lo demás, que les vino como un agua fresca para sus corazones y los consoló como el solcito de la tarde que los iluminaba haciendo que las palabras del Reino entraran en sus mentes y se fijaran para siempre en su memoria común.

Ustedes serán consolados, serán saciados. Eso vengo a anunciarles, esa es la buena noticia. Ahora cambian las cosas, se dan vuelta: lo mismo que los afligía se convierte en su bendición. Porque Yo estoy con ustedes, el Padre me ha enviado, y Yo los veo y los comprendo, yo los consuelo, yo les hago justicia.

Fue en ese momento, en el que todos estaban pendientes de sus labios porque se sentían comprendidos en su situación y en sus aspiraciones más hondas y comunes, que el Señor sembró La Bienaventuranza: Felices los misericordiosos porque alcanzarán Misericordia. Allí, en el corazón de su discurso, en el momento culminante de esa homilía que duró nueve minutos –porque el Señor hacía silencio luego de cada una y esperaba que se la dijeran unos a otros, especialmente a los que estaban más lejos- Jesús anunció y reveló que las dos Misericordias van unidas: la que damos a los demás con la que recibimos de Dios.

Esta es la más importante, si se puede hablar así, o mejor, es el corazón, que da vida a las demás, en ese latir que purifica todo, asumiéndolo, y oxigena todo, con sangre renovada. Por eso, ahí mismo, viene la que dice: Felices los de corazón puro, porque verán a Dios.

A continuación, todos comprendieron que el Señor les daba una tarea –la de trabajar por la paz, como buenos hijos de Dios. Y los precavía contra la tentación de pensar en un reino fácil o triunfalista. El Señor les enseña que, así como asume todas sus pobrezas, sus penas y deseos de justicia, también asume las persecuciones. Pone dos clases –y por eso se dice que estas dos últimas bienaventuranzas son una que se desdobla-: la persecución por practicar la justicia (por luchar por los pobres y oprimidos) y la persecución por causa suya (por confesar la fe). Así como unió las misericordias en una sola, también une los martirios en uno solo. La confesión de la fe y la lucha por la justicia van unidas en una misma bienaventuranza.

 

El asunto es que la gente entendió perfectamente estas bienaventuranzas.

La gente recibió estas bendiciones consoladoras de Jesús que los iban convirtiendo así, de mera multitud en el pueblo fiel de Dios.

Cuando Jesús dice que “de ellos –de los pobres de espíritu que lo escuchan allí sentados como Él en el suelo- es el Reino de los Cielos” está diciendo que son el pueblo de Dios, porque un Reino más que un territorio o una Constitución es un pueblo fiel a ese territorio y a esa constitución. Aquí el territorio es el del Cielo y la ley carismática e identitaria son estas bienaventuranzas.

El pueblo fiel de Dios es el de los afligidos –enfermos, pecadores y esclavos de alguna adicción que los somete al poder del diablo- a los que el Señor consuela.

El pueblo fiel de Dios es el de los que tienen hambre y sed de justicia y esperan pacientemente la herencia. Mientras tanto son el pueblo de Dios que el Señor alimenta multiplicando los panes y los peces y dándose a sí mismo como viático en la Eucaristía.

El pueblo fiel de Dios es el que practica y recibe la Misericordia en un mismo gesto: como es misericordioso y comprensivo con las debilidades de los demás y se compadece de sus miserias, con la misma grandeza de corazón recibe el perdón de Dios.

El pueblo fiel de Dios tiene el corazón purificado, no por muchas virtudes, que también las tiene, sino sobre todo por esa misericordia común e inclusiva, con que los más pobres acogen a todos y siempre tienen lugar para uno más.

El pueblo fiel de Dios está formado por las inmensas multitudes que trabajan por la paz. Siempre allí donde uno levanta un arma y hiere a otro, hay diez que tratan de contenerlo y que asisten al herido.

El pueblo fiel de Dios es el de los perseguidos (hoy también se persigue excluyendo o tratando como sobrante) por reclamar justicia para los hombres y por adorar a Dios.

El Señor convoca, armoniza y conduce a su pueblo

dándole pertenencia –sellada con su sangre y caracterizada en el bautismo-,

conteniéndolo y consolándolo,

saciando su sed de justicia

haciéndolo misericordioso y misericordiado,

revelando sus cosas a los más pequeñitos

otorgando a todos el don de trabajar artesanalmente por la paz (en todos sus trabajos, más allá de las distintas tareas que cada uno esté realizando, la gente sencilla siempre está construyendo la paz),

y alegrándolo en medio de las persecuciones y desprecios.

Bendito Jesús que dio las bienaventuranzas a su pueblo!

Diego Fares sj

 

 

El Reino está cerca de los lugares donde se mezclan –donde se amigan- las culturas (3 A 2017)

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Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido decapitado se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones (paganas)! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2).

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Galilea de las naciones paganas…,

orillas del mar…,

pescadores echando las redes…,

la gente con sus dolencias…

El papa Francisco usa la palabra “periferias”.

Periferias geográficas, culturales, existenciales.

Allí donde se mezclan las fronteras entre los pueblos: eso era Galilea.

Allí comienza el Señor a proclamar la buena noticia: que el reino de los cielos está cerca… Cerca de la vida de esa gente.

Esto hay que agregarlo y tenerlo claro. Jesús no va al Templo de Jerusalén a decir que el Reino de los cielos está allí, en medio de las paredes del templo. Jesús va al interior del país, a la frontera, que ahora es con Siria y el Líbano. Va a una región próspera de pesca y comercio, donde Israel se mezclaba con otras culturas.

Dicen que los Galileos “tenían acento” y en la capital se les burlaban, como sucede en todas las capitales con la gente que consideran más simple, con los extranjeros…

A ese pueblo Jesús le anuncia –recordando a Isaías- que les va a amanecer una luz. Linda expresión! De esperanza: Que te amanezca una luz. Que te despiertes contento y salgas a la vida y al trabajo pensando que te espera algo bueno.

Primera enseñanza para nosotros: el Reino está cerca de los lugares donde se mezclan las culturas.

Dije se mezclan porque es una expresión común, pero hay que ver bien dónde y cómo es que las culturas se mezclan. Hay que ver dónde es que no se levantan muros de piedras y acero afilado; dónde es que no hay aduanas con perros y militares; dónde es que no te piden documentos ni tarjetas, sin los cuales no tenés trabajo ni posibilidad de entrar a ningún lado.

Diría que las culturas se mezclan, por ejemplo, cuando te invitan a comer, cuando una familia o una comunidad te cocina sus platos nacionales, cuando los refugiados del Centro Astalli te ofrecen su café “touba” (el café de mis amigos senegaleses)…

Sí. Las culturas se mezclan intercambiando dones, palabras, recuerdos.

El miércoles pasado estaba charlando con Zia –afghano- y Ferozi -un iraní, al que le dicen que es peruano o mexicano, por la cara. Hablábamos como podíamos en nuestro medio italiano, y en cierto momento Zia, pregunta como cayendo en la cuenta de que no tiene ni idea: “¿pero dónde queda la Argentina?”. Mientras busco un mapa en Google, siento que es justo que él no sepa bien si Argentina está cerca de México, como intenta decirle Ferozi, o más al sur, porque yo no sé bien cuáles son las fronteras de Afganistán o las de Irán.

Esta experiencia de ignorancia compartida es básica para empezar a sentir que cada cultura es un mundo en el que las personas vivimos como en nuestra casa y que no vale más una que otra.

Cuando tu cultura es muy conocida –como les pasa a los europeos- es como que se da por sentado que hay una cierta superioridad. En cambio, cuando el desconocimiento es mutuo, como que se empieza bien.

Es que las culturas, más que mezclarse, se amigan.

Cuando uno abre el corazón a la amistad, apenas te hacés amigo de alguien, te interesa saber dónde queda su ciudad, cómo se saluda en su lengua, qué comida les gusta…

Yo siempre pregunto cómo se dice “amigo”. Los chinos dicen Peng You (y con los caracteres repetidos indican que “el amigo es como yo y yo como él”). Los senegaleses dicen “sama xarit” o “sama wei” (mi amigo). En dari y en pastún todavía no sé.

Aquí viene el punto que quiero invitarlos a contemplar: la relación que hay entre frontera y amistad. La relación que hay entre el hecho de que el Señor se vaya a la frontera con los paganos y allí empiece a anunciar que el reino está cerca, y el hecho de que elija a estos pescadores que eran hermanos y amigos entre sí.

La amistad entre pescadores se forja enfrentando los peligros del mar. Pero también es importante tener en cuenta que el suyo es un trabajo de frontera en el sentido de que el mar es un medio ajeno, que siempre hay que respetar, un medio que nunca se puede dominar. Se pueden dominar los espacios geográficos de un pueblo, no su cultura. Las culturas, por su propio ser, tienden a amigarse. Por eso, para formar “misioneros”, es importante este sustrato básico de “ser pescadores”. El pescador echa las redes… no controla lo que pesca. Entra al mar por un tiempo y luego tiene que salir de él. Esta interacción con un medio extraño, hace del trabajo de pescar algo especial. Y el Señor usa la metáfora de “pescadores de hombres”, que tenemos que asumir en toda su complejidad. No se trata de tirar un anzuelo y pescar un pez (o un zapato). La prueba es que hay hombres que no podemos pescar porque no hemos respetado el mar de su cultura y se nos han cerrado las puertas de países enteros, como la china. Y en otros países, en los que la Iglesia entró a caballo de culturas dominantes, o fue expulsada y perseguida, o se impuso no siempre paciente y respetuosamente, imponiendo costumbres “humanas” que no son necesariamente evangélicas, y que a la larga entran en crisis. Y aún así, muchas culturas se les amigaron a los cristianos. Donde dio fruto el cristianismo fue porque se dio esta amistad.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de los jesuitas que se habían establecido en Macao (esa zona clave del Asia, en el Delta del Río de las Perlas que es ahora la zona de mayor densidad de población del planeta y que perteneció al Portugal hasta 1999 y recién será totalmente china en el 2050), concibió un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual, sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reino en los cuales se había intentado introducir el cristianismo. Valignano había comprendido que no era posible acercarse con los métodos habituales de evangelización a un pueblo de una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa conocida en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía ninguna enseñanza de otros “pueblos bárbaros”. Los chinos pensaban que la región china más alejada del centro y sin gobernadores era superior a cualquier país extranjero. Por eso Valignano ordenó al padre Ricci y a un compañero que se dedicaran totalmente, libres de cualquier otro encargo, al estudio de la lengua oficial, el mandarín; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y mentalidad del pueblo, para transmitir desde el corazón de su cultura, convertidos ellos mismos en chinos, la verdad del cristianismo.

Y qué escribió el padre Ricci, en medio de una vida entera dedicada a “ser chino”? Un tratado sobre la Amistad! Un tratado que se valoró siempre y mañana se valorará más todavía.

Esto, que concibió Valignano y realizó el padre Ricci, es lo que se debería haber hecho en todas las culturas!! Es lo que está aún por hacerse. El hecho de que la cultura china estuviera más desarrollada no es, en el fondo, lo importante. Toda cultura, como toda persona, tiene esa identidad única a la que Jesús desea hablarle de igual a igual. Sin querer imponerle nada y ofreciéndole todo. El hecho de “hacerse todo a todos”, de encarnarse e inculturarse en otra cultura para anunciar el evangelio “en su lengua”, vale tanto para una cultura “desarrollada” como para una cultura “menos desarrollada”, así como vale para una persona que haya estudiado, igual que para una persona sin estudios especiales.

Si no nos dice nada sobre nuestra actitud ante las otras culturas, el hecho de que el Señor haya ido a predicar a la región de Zabulón y Neftalí y que, siendo del gremio de los carpinteros, haya tenido que aprender a lidiar con los del gremio de los pescadores, es que todavía estamos en pañales en lo que hace a la misión de ir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Estos dos mil años de cristianismo y el hecho de cómo ha crecido el mundo, nos tienen que hacer ver en perspectiva, que la Iglesia apenas si salió a misionar. Aunque haya habido valientes misioneros que llegaron a los extremos del mundo, salir a misionar implica mucho más que ir, implica un cambio de mentalidad siempre renovado y de todos y cada uno de los cristianos. Y ese cambio que comienza por “salir” de la propia cultura. Salir en el sentido de situarla en medio del concierto de todas las demás culturas como una más, de igual a igual con todas. Con las grandes civilizaciones que unificaron muchas culturas: la egipcia, la china, la griega, la roma, la maya y la azteca, la bantú… y con cada pequeña cultura que por estar aislada o por ser pequeña no cuenta menos y es en sí misma un universo al igual que las demás.

Se trata de salir y de poner, entonces, el evangelio en medio de cada cultura, como si pusiéramos al Niño Jesús en un pesebre, rodeado de pastores pobres y de magos venidos del extranjero, para comenzar a dejar que su luz ilumine a todos y a todo.

Se trata de navegar mar adentro –en ese océano inmenso de todas las culturas- y echar las redes humildemente, agradecidos como agradecen los pescadores con lo que el mar les da.

Se trata de establecer una cultura del encuentro, como dice Francisco, en la que la amistad es la clave. Y si cultivar una amistad personal les lleva toda la vida a dos amigos, cultivar una amistad entre culturas, lleva miles de años. La buena noticia es que la amistad, aunque requiera tanto tiempo para afianzarse, se goza y da frutos desde el primer instante. Como dice Ricci: “No hay nadie que ame las riquezas solo por las riquezas mismas, en cambio el que ama a un amigo, lo ama sólo por sí mismo” (Sobre la Amistad, 37).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Nunca tenemos que pensar al Espíritu Santo solo, aislado. Es el Espíritu que descendió sobre Jesús (2 A 2017)

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Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo:

“He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

En este tiempo estoy rezando con “El canto del Espíritu”, un libro de Raniero Cantalamesa, el predicador del Papa. En nuestra casa no faltan libros –la biblioteca tiene más de 400.000- pero este lo pesqué del escritorio del Hermano Rizzo (91 años muy activos) que lo tiene también en casetes y lo usa para hacer sus ejercicios cada año.

Al contemplar al Espíritu que desciende sobre el Señor, pensaba que puede ayudarnos decir “no” a dos imágenes del Espíritu Santo que lo alejan de nuestra vida cotidiana.

Primer no. Nunca tenemos que pensar al Espíritu Santo solo, aislado.  

Siempre tenemos que pensarlo “con” otros: con Jesús, con la Comunidad, tejiendo relaciones buenas entre las personas. Él es el Espíritu de Jesús. Es el Espíritu de la Iglesia.

Es verdad que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad y que es muy misteriosa la relación que se da entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo… Pero el evangelio de hoy nos lo  muestra “descendido”, aterrizado, posado sobre Jesús, acompañándolo durante toda su vida.

Se usan muchas imágenes para nombrar al Espíritu Santo: Viento, Fuego, Agua, Paloma… Son ideas muy lindas y buenas, pero no sirven si las pensamos aisladas. En cambio, tienen mucho sentido si las unimos al Jesús.

El Espíritu es Viento, pero no como el viento que mueve la copa de los árboles. El Espíritu es el Aliento que respiraba Jesús.

Es el Aire que exhaló Jesús en la Cruz: “Jesús inclinó la cabeza y entregó su Espíritu” (Jn 19, 30).

Es el Viento que Jesús les sopló a los apóstoles cuando les dijo: “reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

Entonces, focalicemos bien la imagen: el Espíritu Santo acompaña y conduce toda la vida de Jesús. También conduce y acompaña la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad. Si lo imaginamos de alguna manera no puede sino ser cercana!!

Cuando nos imaginamos el Espíritu como Aire y como Aliento de Vida, podemos imaginar a Jesús cuando suspira hondo porque las discusiones de los suyos lo impacientan; también cuando silba como un pastor que llama a sus ovejitas, cuando ronca durmiendo en la barca, o cuando canta rezando los Salmos…

Cuando decimos que el Espíritu “sopla” o “nos inspira” recordemos que el Espíritu:

+ sopla de los labios de Jesús

+ nos inspira buenos sentimientos desde el Corazón de Jesús.

+ renueva y refresca el Aire que respiramos en la Iglesia.

Segundo no. No tenemos que pensar al Espíritu Santo como algo puramente inmaterial.

Cuando decimos que una persona es muy espiritual muchas veces nos imaginamos a alguien que está alejado de las cosas carnales y terrenas.

Es un poco como si “espiritual” fuera cantar en la iglesia y “material” fuera trabajar en el supermercado.

Esta imagen no tiene nada que ver con el Espíritu Santo, porque Jesús es la Palabra hecha Carne y su Espíritu es un Espíritu que actúa en la carne, en la historia, en la vida cotidiana de la gente.

A veces pensamos que el Espíritu inspira sólo “ideas espirituales”. Pero la verdad es que las “ideas espirituales” suelen ser objeto de muchas tentaciones. Cuando discutimos y peleamos en familia y en la Iglesia, suele ser por causa de “ideas que uno cree que son mejores que las de los otros”, que son “la verdad”.

Esto es una gran tentación contra el Espíritu. Porque la verdad del Espíritu nunca es para pelear.

Por eso creo que, cuando pensamos en el Espíritu Santo –el Espíritu de Jesús- es bueno conectarlo con los sentidos antes que con las ideas.  Creo que al Espíritu Santo le cuesta mucho “hacernos pensar como Jesús”. Fácilmente las diferencias de ideas degeneran en peleas y no somos dóciles a la acción del Espíritu en cuestiones de ideas. En cambio, en la práctica, en las cosas que hacemos usando nuestros sentidos, suele ser más fácil dejarnos conducir por el Espíritu.

Podemos ejercitarnos en sentir al Espíritu actuando en el sentido del tacto:

cuando una mamá acaricia a su bebé: el suyo es un sentido totalmente del Espíritu Santo, porque es pura bondad y ternura.

Cuando una enfermera cura una herida y va tocando con la presión justa para curar haciendo doler lo menos posible y siendo rápida y eficaz, allí “toca” el Espíritu Santo.

Hace poco ví en YouTube un video de niños trabajando en una mina de “coltán” en el Congo. El coltán es ese material que usan nuestros Smartphone, por el cual a los que trabajan en las minas les dan un euro por kilo. El niño, después de haber roto la roca con una barra, separaba, con sus manitas embarradas, el coltán de otros materiales y sonreía.

Cómo es que sonreía en medio de ese trabajo extenuante y de esa explotación tan injusta?

Sonreía porque él trabajaba para ayudar a su familia. Y el mismo Espíritu que sonríe en sus manos que tocan el mineral que alimenta a su familia, debe llorar en nuestros ojos tocados por esa imagen que indigna el corazón.

Podemos ejercitarnos en escuchar al Espíritu. Se puede oír su paso, se lo puede escuchar en el silencio, no “entendiendo” todo lo que dice –porque más que hablar, gime con sonidos inefables- pero sí “sintiendo” que reza en nuestro interior. Podemos “sentir” su quietud y reposo.

Podemos ejercitarnos en gustar al Espíritu, sintiendo el buen sabor del evangelio, el gusto que dejan en la boca las buenas acciones, los cantos y oraciones de alabanza, las gracias bien dadas…

Podemos ejercitarnos en olfatear al buen Espíritu que deja sentir su presencia allí donde percibimos que alguien obra desinteresadamente, con amor y humildad. Y distinguirlo perfectamente del mal espíritu, que se huele allí donde hay soberbia, maltrato, mentira y falsedad.

Podemos ejercitarnos en ver al Espíritu de Jesús, pero no con ojos televisivos, que quieren ver todo rápido, pasando de una imagen a la siguiente, sino con ojos más lentos y serenos, con los ojos del corazón, que miran complaciéndose en agradecer y en desear el bien a los que amamos. En esta semana diremos muchas veces al Espíritu: “Ven Creador, Espíritu de Jesús, y enciende con tu luz nuestros sentidos.

Si nuestros sentidos lo buscan sepamos que el Espíritu:

puede llenar nuestra soledad, como un buen Amigo;

puede defendernos del maligno, que se aprovecha de nuestras debilidades;

puede suplir todo lo que nos falta cuando tratamos de rezar y no quedamos contentos y cuando queremos hacer bien al prójimo y no sabemos bien cómo;

puede perdonar y sanar nuestros pecados, si lo dejamos que nos trate bien, dándonos paz y serenidad y ayudando a que nos aceptemos a nosotros mismos y nos tengamos paciencia.

Diego Fares sj

 

 

Con el Bautismo la gracia actúa desde adentro y el demonio desde afuera – Diadoco de Fótice (Bautismo A 2017)

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Entonces llegó Jesús,

que venía de Galilea al Jordán

donde Juan, para ser bautizado por él.

Pero Juan trataba de disuadirlo diciendo:

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti,

¿y tú vienes a mí?»

Jesús le respondió:

«Déjame ahora, pues conviene que de este modo

cumplamos toda justicia.»

Entonces le dejó.

Después de ser bautizado, Jesús salió del agua;

y he aquí que se abrieron los cielos

y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.

Y se oyó una voz que salía de los cielos que decía:

«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17).

 

Contemplación

Siempre impresiona ver a Jesús haciendo fila en medio del pueblo de Dios, como si fuera un pecador más, para hacerse bautizar por Juan. El estar metido de lleno en las costumbres populares, no solo en las más puras sino en todo, como cuando comía con los pecadores o tocaba a los leprosos o charlaba con la samaritana, son como “bautismos cotidianos” en los que Jesús se sumerge y se deja purificar por lo humano. Uso a propósito esta frase “se deja purificar” por lo humano, se deja tocar, se deja conmover, dialoga… y así redime.

Por eso elegí esta foto en que al Papa Francisco le salió del corazón agacharse a tocar el agua y remojando los dedos en ella se hizo la señal de la Cruz, como hace cualquiera de nuestro pueblo fiel al entrar en un santuario y ver la pila de agua bendita.

Esto es obra del Espíritu Santo. Un Espíritu que el Señor enviará en Pentecostés no como desde un Cielo lejano, sino como el Espíritu que ya recibió sobre sí, como una Palomita-, en su bautismo en el Jordán. Se abrió el Cielo y el Espíritu de Dios bajó en forma de paloma y se vino al Señor que estaba con los pies hundidos en el barro del río, metido en sus aguas. Este Hijo, así metido en la humanidad y así bendecido por el Espíritu, es el Hijo amado del Padre, en el que se complace.

Esta “inculturación” del Señor en las costumbres de su pueblo –en este caso en una nueva, que Juan Bautista inventa proféticamente como rito de purificación- viene de más hondo: su carne misma tiene un ADN de dos naturalezas, como dice la Teología: el de María y el del Espíritu Santo.

El misterio de la vida consiste en que una persona nueva y única nace de la unión de otras dos, pero de una unión que viene de adentro, no de afuera. Dentro mismo de cada ADN hay una intimidad más íntima que es a la vez única y compartible, abierta a hacerse una con otra, sin perder las características propias, pero combinándolas amorosamente de manera nueva. Hay una plasticidad en la materia que permite esto: que cada uno se apropie lo común y lo haga enteramente suyo, cuando somos engendrados, cuando comemos, cuando nos trasplantan un corazón…

Cuando el Señor manda que todos seamos bautizados en este Espíritu Santo que es Espíritu y Fuego, no se trata de un bautismo exterior –no es solo con agua, que purifica lo externo- sino interior, con la energía del Fuego. Así como Él se encarnó en nuestra carne y se bautizó en nuestra cultura y en nuestra vida cotidiana, así quiere que nuestra carne se bautice en su Espíritu, que seamos engendrados espiritualmente como hijos y nos hagamos un solo corazón con Él y con el Padre.

Lo importante es caer en la cuenta de que el Espíritu actúa desde adentro (y el mal espíritu sólo desde afuera).

El mal espíritu ha sido “expulsado” de la interioridad de la carne y de la historia por Jesús. Es un enemigo vencido. Actúa desde afuera. Y se nos mete sólo cuando lo dejamos. Pero siempre permanece como un cuerpo extraño, no logra “encarnarse”, digamos así.

Basta una buena confesión para barrerlo, basta cerrarle la puerta para que quede afuera, basta no dejarlo que nos enturbie el corazón.

Esta doctrina sencilla pone a salvo todo lo humano, en su fragilidad. Todo lo humano es limpio y ha sido limpiado desde adentro por Jesús.

Por eso el Señor no tiene problema en mezclarse con todo lo humano. No necesita “leyes” que lo protejan de los malos, ni ritos que no dejen que se contamine. Él no se contamina con nada y lo purifica todo. Lo hace por contacto, pero porque el contacto restablece la unión de corazón que el pecado bloqueaba, no porque tenga que ir avanzando con una limpieza externa que tendría que llegar a no sé qué interior manchado.

Este discernimiento –de que el mal espíritu actúa desde afuera- es fundamental. Porque el mayor engaño del demonio es hacernos creer que “dentro nuestro hay algo malo”.

Puede ser que en la medida en que el pecado se entrometió en la vida y en la cultura, el mal haya llegado a estratos muy profundos de nuestro ser y de nuestra sicología y de las estructuras sociales injustas que hemos creado. Pero la llamita de la conciencia, que nos atrae hacia el bien y nos manda buscarlo siempre de nuevo, es interior.

Con esa conciencia deseosa del bien, que es lo que nos constituye como personas (desde donde nos rearmamos, cada uno como puede, para construir su vida lo mejor que puede), con ese interior, se conecta Jesús, rompiendo toda barrera exterior que diga que “con ese no se puede juntar” o que “eso no se puede integrar”. El Señor vence el mal –externo- con el bien interior (el Suyo y el nuestro).

Bautizarse en el Espíritu es sumergirse totalmente en esa Interioridad misteriosa de Dios que no tiene nada malo porque no tiene nada externo a su propio Amor. Nos sumergimos con todo nuestro cuerpo y nuestra historia afectada en mayor o menor medida por el mal, pero desde ese interior bueno, de hijos amados y que quieren amar.

Y lo hacemos de modo tal que “nada nos robe la paz del corazón”. El corazón es ese interior bueno, el más íntimo, que el pecado no penetra ni contamina totalmente y que es donde podemos hacer pie para “arrepentirnos”.

Puede afectar el mal espíritu a nuestra mente –que se llena de imágenes e ideas que vienen de afuera y la contaminan y la llevan a pensar esto y aquello.

Puede afectar nuestras pasiones con bienes externos que hacen “reaccionar” y mueven a cada una según el objeto que se les pone delante. Pero todo esto está discernido como “exterior”.

Nuestro corazón sabe que no son su Bien. Que su Bien es sólo otro Corazón, otros corazones, bienes que no se poseen, sino que se nos dan y los aceptamos y amamos en esta libertad que nos nace de adentro.

Cuando somos bautizados, nuestro nuevo ADN de Hijos de Dios, no es un componente “espiritual” que se uniría a uno “carnal”, de modo tal que surgiría es engendro que algunas teologías desarrollan, en el que el cuerpo es lo impuro y el espíritu –protegido por la letra de leyes abstractas- sería lo puro.

El ADN de Hijos es el de Jesús, que ya integró en sí nuestra carne –gracias a su carne heredada de la carne purísima de María- y también todo lo que es “extensión de lo humano” –léase cultura, costumbres, estructuras sociales, paradigmas…-. Ese ADN de Jesús es ya unión del Espíritu con la carne y es capaz de sanar y convertir desde adentro enteramente a todo el que se injerte en él y se le una, como un sarmiento a una Cepa de Vid buena.

Esta conexión de corazones de hijos, que nos hace hermanos, se dio una vez en el Bautismo y se renueva cuantas veces queramos en cada confesión y crece y fructifica en cada nueva cosecha.

El mal no viene de adentro de la carne (Sí puede ser “elegido” desde adentro, por una decisión espiritual, pero no se convierte en parte nuestra si no queremos).

Esta es la Buena Noticia.

Aunque esté muy metido, aunque parezca que nace de las estructuras más íntimas de la sociedad, aunque parezca que, si un niño sufrió violencia de pequeño, ese mal se le habrá metido tan hondo que tendrá que repetirlo. No es así.

Sí es verdad que hace falta cambiar un país entero para que el ambiente favorable pueda ir incidiendo en la fragilidad herida de un pequeñito que nació entre bombardeos.

Sí es verdad que se necesitan mil años o dos mil para cambiar una cultura que considera inferiores a las mujeres y que es capaz de explotar a los niños y aislar en asilos a los ancianos.

Sí es verdad que para que alguien que quedó en situación de calle hace falta un hogar que sea como una pequeña ciudad, con todas las prestaciones gratis y todo el cariño gratuito que uno necesita para reconectarse con su deseo de vivir en comunidad y en sociedad.

Sí es verdad que para un enfermo terminal que no tiene contención haga falta toda una Casa de la Bondad en la que 150 cuiden solo a seis o siete por vez.

Sí es verdad que hay que cambiar de raíz la cultura del dinero –que es el Dios de lo externo y cuantificable- y que esto puede llevar diez mil años (dicen que el dinero nació con la acuñación de monedas entre los siglos VII y V antes de Cristo, por lo cual llevamos entre 7000 y 9000 años bajo este diosecito que, una vez acuñado (idolizado) comenzó a permitir que algunos más vivos se dedicaran a las finanzas en vez de trabajar). Así pues, lo que se construyó en diez mil años puede llevar otro tanto para cambiarse. No digo que volvamos al trueque, sino que lo que digo es que las estructuras en que vivimos no son “naturales” –no nacemos con un monto de dinero bajo el brazo- ni, mucho menos, sobre-naturales. Por tanto, se pueden cambiar y mejorar.

Que el Bautismo del Señor nos haga sentir deseos de ser bautizados en el Espíritu Santo, muchas veces, como nos enseñan nuestros hermanos pentecostales. Porque el Espíritu es todo bueno y sopla donde quiere y suscita adoradores del Padre, que vuelven a Él, como el hijo pródigo, y amigos de Jesús, que lo invocan como Señor y conectan con él de corazón a corazón.

Diego Fares sj