El fuego que trae Jesús es el de la misericordia doble (20 C 2016)

fuegofuego

Ven, Espíritu Santo, enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor

 

Jesús dijo a sus discípulos:

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡y qué deseo si ya está encendido!

De un bautismo tengo ser bautizado. ¡Y cómo me angustio hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53).

Contemplación

El Señor viene a traer fuego y ese fuego, tiene un aspecto purificador. Decía Hurtado: tenemos que dejar que el fuego de Jesús elimine “todo lo que choca, molesta, apena, inquieta a los otros, todo lo que les hace la vida más dura”. Me gusta esto de que San Alberto ponga la purificación en clave social, en clave comunitaria. No se trata, en primer lugar, de que el Espíritu me purifique de lo que me molesta a mí de mí mismo, sino de lo que hiere, lastima y molesta a los otros, en especial a los más cercanos.

San Ignacio, en la primera etapa de los Ejercicios, luego de hacernos reflexionar acerca de que nuestra vida está hecha para la alabanza y la adoración y antes de llamarnos a la misión y al servicio, nos hace experimentar la Misericordia de Jesús sobre nuestros pecados. Pero no solamente sobre todos los pecados en general sino yendo a buscar el que es la raíz de mi pecado: mi pecado capital.

Por supuesto que, como solemos decir, menos matar los tenemos todos. Pero de lo que se trata en los Ejercicios es de que la Misericordia de nuestro Padre cauterice la raíz de donde crecen todos los yuyos de nuestros pecados.

Los pentecostales dicen algo así como que, si no hay reconocimiento, no hay salvación. El fuego del Espíritu Santo tiene que bautizarnos allí donde tenemos necesidad de nacer de nuevo, allí donde está nuestro pecado principal. Por eso, reconocer ese pecado que nos vence y nos domina, como nuestro mejor aliado para acercarnos a un Jesús real, es la clave de la vida cristiana. El vino para ese pecado mío.

Por eso se trata de una conversión: la misericordia me hace cambiar la mirada. Aquello que sentía que me apartaba de Jesús es en cambio lo que me acerca. Mi pecado es el receptáculo para su Misericordia, como dice Francisco. El pabilo de la vela para que él encienda su fuego. Mi pecado no es lo que me impide ser amigo de Jesús sino lo que me permite relacionarme con él de la manera justa, como alguien que ha sido salvado, como uno que tiene un agradecimiento personal y siente como una cuestión de honor ser fiel a quien lo salvó de veras.

Esto es lo contrario de esa actitud legalista que parece que quisiera que la acción salvífica de Jesús toque solo las partes sanas y limpias. Para recibir el perdón habría que estar perfectamente arrepentido. Para recibir el alimento de la Eucaristía habría que estar perfectamente perdonado. Esto es verdad si lo consideramos “en absoluto”, pero si no tenemos en cuenta el proceso que implica llegar a la perfección, las mismas palabras pueden ser vividas como trampa. El primer contacto con Jesús tiene que ser de confianza y cercanía total del Señor conmigo como estoy. No importa si estoy arrepentido del todo o solo medio arrepentido. Es su gracia la que me purificará plenamente. Si espero a estar bien para acercarme no lo haré nunca. Eso significa que Él vino para los enfermos y pecadores y no para los sanos y los justos. Esto es lo que valoramos de Amoris Laetitia, por ejemplo: que se dirige a las familias tal como son, con sus imperfecciones. No le habla a la familia perfecta sino a mi familia, en la situación en que está llevando adelante la vida.

Ayer, en una charla a jóvenes, salió una frase que no había pensado, pero que me parece que expresó este espíritu. Les decía que el Papa sitúa la familia –la abraza- entre dos grandes gracias: una, la seguridad de la Misericordia absoluta de Dios; la otra, la de su invitación a crecer en el amor familiar sin que haya un techo. Y lo de la misericordia lo expresé diciendo que, para el que lleva adelante una familia, la misericordia de Jesús para con sus pecados es doble. El doble que si está solo. Porque el papá y la mamá, si están bien, contentos, perdonados, en paz, son fuente de bien para sus hijos. Una chica dijo sonriendo: Me voy a tener que buscar alguien pronto, entonces.

La división de la que habla el Señor es una división que va por este lado: es entre los que conciben que la familia requiere y merece “doble misericordia”, contra los que exigen que la familia “sea perfecta o no sea nada”.

El fuego de Jesús es el de una misericordia doble para sus discípulos, que al seguirlo sienten la fragilidad de su pecado y la necesidad de la ayuda redoblada del Señor para llevar a cabo la misión que encomienda.

Diego Fares sj

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