Resucitar en una comunidad (Pascua 2 C 2016)

 

Institución del sacramento de la penitencia del P. Rupnik

(Cuando) llagado también llegue yo a verme,

Deja a tus dulces llagas acercarme,

Y en sus íntimos claustros esconderme

Y en su divina suavidad curarme.

 

 Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

–La paz esté con ustedes.

Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

–La paz esté con ustedes.

Y añadió:

–Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.

Sopló sobre ellos y les dijo:

–Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.

Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos:

–Hemos visto al Señor.

Tomás les contestó:

–Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.

Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

–La paz esté con ustedes.

Después dijo a Tomás:

–Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.

Tomás contestó:

–¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

–¿Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.

Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20, 19-31).

 

Contemplación

Prestemos atención a este encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos.

Juan condensa todo en un momento. Pentecostés se adelanta al mismo Domingo de la Resurrección por la tarde.

“Presentándose en medio de ellos”, nos dice. Ya solo con ese modo tan suyo de situarse en medio de la gente, el Señor abre y establece el espacio eclesial. De ahora en más, donde dos o más nos juntemos a rezar o salgamos a misionar en su Nombre, Él estará en medio de nosotros.

Con el saludo de paz bendice y protege contra toda inquietud y contra todo mal este nuevo espacio. Es el espacio de la presencia y de la paz. En ese ámbito somos la Iglesia de Jesús.

La imagen de Tomás marca otro espacio posible. “No estaba con ellos cuando se les apareció Jesús”.

Hay un espacio de paz comunitaria que Jesús bendice con su presencia y un espacio individualista, que Tomás expresa a su manera, pero que puede tomar una forma distinta en cada uno de nosotros. En todo caso, será un espacio sin paz.

Tomás lo llena con su escepticismo y sus condiciones. Los de Emaús lo llenarán con su desilusión…

Son espacios de “no estar” y de “tomárselas”, espacios de fuga de la comunidad.

Una vez ganado el espacio de la paz, que es como el aire que se respira en el Reino, su clima, el ambiente, el buen espíritu…, el Señor lo moviliza todo.

El simple gesto de mostrarles las manos y el costado, crea lo que llamamos “el Memorial de la Pasión”.

Esas llagas no se borrarán nunca –ni en el cielo- de la memoria de la humanidad.

“Por sus llagas fuimos curados”.

E incluirán todas las llagas que se abrirán después en la carne de todos los que hayan sido traspasados por algún dolor y estén crucificados en algún tipo de cruz.

Una llaga no se hace en un momento ni se cura en un momento. Por eso las llagas abiertas y a la vez curadas de Jesús nos hablan del tiempo.

En esas llagas luminosas de las que brota la Misericordia se esconde el secreto de todo lo que “nos pasa” y deja huella en nuestra vida.

El dolor es una llaga abierta.

La pasión es una llaga abierta.

El gozo es una llaga que se cura…

Pero lo importante es que el Señor “les mostró sus manos y su costado”.

Se mostró a sí mismo como el que se entregó por nosotros.

Se mostró como el que nos da su en Carne el remedio contra todo mal.

Es entonces cuando les dice que los envía como el Padre lo envió a Él y les da su Espíritu para que perdonen los pecados. Eso se lo dice mostrándoles las manos y la herida del Corazón.

El gesto es claro: esto fue para esto. Estas llagas son para que ustedes puedan ir a perdonar y a sanar.

Y todo esto como comunidad y en total familiaridad con el Padre y con el Espíritu que ahora es de la comunidad. Todo con un solo Espíritu. Todo en Común.

Con esto contrasta la figura de Tomás.

No es solo cuestión de fe o de escepticismo. Diría que es más bien cuestión de individualismo o de comunidad.

Porque si nos fijamos bien, aunque el Señor toma en consideración a Tomás y sus problemas y le concede la experiencia que él quería tener, no se nos dice que le dé la misión del Padre y que le insufle su Espíritu de modo particular.

Tomás pasa a ser así el nexo con nosotros, con los que recibimos la misión y el Espíritu no directamente de Jesús, sino a través de la Iglesia, a través de la comunidad.

El es uno de “los que no estaban con ellos cuando se apareció Jesús”.

Igual que nosotros, aunque él se lo haya perdido teniendo la oportunidad de haber participado en ese momento único. Fijémonos que se perdió el estar en ese Momento único en la historia, el momento en que Jesús resucitado les compartió la misión del Padre y les dio su Espíritu para el perdón de los pecados! No hay comparación que encaje. No podemos decir: es como si se hubiera perdido un encuentro con el Papa o un acontecimiento histórico… Se perdió el momento más creativo de la historia por haberse ido vaya a saber a qué, embolado quizás de la espera en la que sus compañeros se mantuvieron unidos, aunque tuvieran las puertas cerradas por el miedo.

Pero gracias a este Tomás y a que después estuvo, nosotros recibimos esa bendición: “Bienaventurados los que creen sin haber visto”.

Ese “creer” me parece que es más amplio que un creer que Jesús resucitó. De hecho el Señor quiso que lo vieran. Es verdad que solo se apareció a sus amigos, a los que podían interpretar bien el sentido de su vida. Pero se mostró, se presentó, les hizo ver sus manos y su costado, comió con ellos y los acompañó por el camino…

Es decir: se hizo ver físicamente, pero para realizar en ellos, como comunidad, algo mucho más grande que una experiencia física individual. Se apareció para abrirles los ojos de la fe a su Vida y misión salvadora junto al Padre y al Espíritu.

En el rostro de sus compañeros que habían visto al Señor y que habían recibido la misión del Padre y el Espíritu para el perdón, Tomás debería haber sido capaz de “creer” que ya estaba inaugurado el Reino, que ya estaban activos y eficaces los frutos de la resurrección.

En esa primera tarde, el Señor inauguró la Vida nueva de su Iglesia. Abrió la puerta y brotó como un torrente la misión de llegar a todos del Padre y la fuerza perdonadora del Espíritu. Esto, aunque se aparecerá de nuevo, el Señor no lo repetirá.

Con la doble aparición, sin Tomás y con Tomás, san Juan nos enseña que hay algo que ya se dio de una vez para siempre y que recibimos sólo por la fe, y otras cosas que se pueden repetir o no, que se pueden ver o no y que el Señor dice que “si no las vemos individualmente es mejor para la fe”. Seremos más felices de “no ver” individualmente lo que podemos “ver” comunitariamente, con los ojos de la fe común.

Este es el punto. Porque la resurrección como hecho puntual, si se puede hablar así, pasó una vez, fue un momento y los que estaban preparados para “verla” en sus efectos momentáneos, digamos, fueron esos primeros testigos. A partir del primer momento –que en Juan se da en una mañana y en una tarde, lo que vendrá después será una resurrección con todos sus frutos comunitarios. Será un Jesús ya “junto al Padre” y actuando a través de un Espíritu que ya ha hecho florecer la primera Iglesia e incorpora gente de manera inaudita.

Este “Resucitado” – al que María Magdalena quiere agarrarle los pies y Él le dice que lo suelte porque aún no ha ido al Padre- es un Resucitado comunitario.

Han comenzado a resucitar con él los suyos que viven como resucitados y dan frutos de resurrección. Por eso es que somos más felices sin ver ese Jesús en tránsito, camino al Padre. Porque podemos ejercitarnos en una nueva forma de “visión”, la de los ojos de la fe que ven comunitariamente, que ven creyendo junto con otros.

Y aquí podemos volver a la figura de Tomás y a su enseñanza.

La verdad es que Tomás reaccionó muy bien y pasó de estar borrado a estar siempre en primera línea. A la semana siguiente estaba con la comunidad y se ve que no se escondía porque Jesús lo vio ahí nomás. Y estará al lado de Pedro en la barca cuando, como el Señor se hacía desear, Pedro “pescó” que había que volver a pescar, que lo encontrarían volviendo a la vida cotidiana.

Pero por ahí nos viene bien mirar a ese Tomás que da un poco de pena. Da pena porque se perdió algo tan grande y porque tardó ocho días en aprovechar una gracia que ya estaba actuando en la Iglesia.

Basta imaginarse la cara de alegría que tendrían los discípulos al anunciarle esas palabras que dos mil años después nos siguen consolando: “Hemos visto al Señor”. El escucha esto y ve el ambiente indescriptible –mezcla de serenidad y de gozo- que hay en la comunidad y les sale con ese discursito triste de si no veo las señales… y lo de meter el dedo en las llagas…

 

Me detengo aquí porque puede haber una enseñanza para nosotros en este tiempo de gracia que estamos viviendo en el año de la Misericordia que ha inaugurado el Papa Francisco.

Ayer le decía a un amigo que lo más triste con el Papa Francisco no son sus enemigos sino esos amigos que no se juegan por la alegría que se manifiesta en medio del pueblo fiel de Dios.

Ese es el discernimiento: no se juegan con todo su corazón por la alegría del pueblo, de las familias sencillas, de los enfermos que se le acercan, de los chicos, de los jóvenes y de los pobres, de los alejados

Hay gente que está viendo en la plaza un pueblo fiel que exulta de gozo y llora de emoción ante su pastor y ellos andan con discursitos tipo “está bien”, “vamos a ver”, “la verdad es que en este tema no veo bien qué quiere este Papa…”.

La verdad es que dan un poco de pena esos Tomás de hoy a los que no les basta la alegría de su pueblo para alegrarse. Como si la alegría de sus ovejas fuera de segunda. Como si ellos, al igual que Tomás, necesitaran experiencias más tocantes, dinámicas más de moda y teologías con definiciones un poquito más complicadas.

 

Qué decirles? A mí me ayuda mirar a la Comunidad tal como comenzó a ser a partir de aquel día.

La comunidad estaba tan consolada que nadie le reprochó nada a Tomás.

Y se ve que él algo vio de este nuevo clima, porque a la semana siguiente estaba con ellos. No se hizo el interesante, ni el escéptico, ni el superado, sino que se quedó con los suyos y recibió el cariñoso reproche del Señor con toda humildad y para provecho nuestro.

 

Ahora, el problema es cuando Tomás no es uno o dos sino que hay “Comunidades-Tomás”, grupos enteros de “Obispos-Tomás”, de “curas-Tomás”, de “Congregaciones religiosas-Tomás”… Grupos que se cuentan a sí mismos su escepticismo y no  corren de corazón a encontrar su propio puesto en la Misión del Padre y en la Misericordia que el Espíritu quiere derramar a través de sus manos.

Aquí no hay con qué darle. Cuando la “tentación de Tomás” invade el aire que respiran grupos grandes de gente, el único remedio es el pueblo fiel de Dios. En el Evangelio está  representado por las primeras discípulas que fueron a anunciar con alegría la buena noticia a una Comunidad que las recibió con “cara de Tomás”.

Estas simples mujeres de pueblo tampoco le reprocharon nada a los discípulos. Esperaron a que el Señor mismo los consolara con la alegría del Evangelio. Esa que comienza por darse comunitariamente a los de corazón simple; a los que la reciben inmediatamente y no ponen peros; a los que enseguida la comunican y, sin pensar en sí, se ponen a ayudar ellos mismos, incondicionalmente, a los demás.

Si te sentís raro, como si te hubieran robado en Pascua la alegría del Evangelio, seguro que te contagiaron el virus de Tomás. Mezclate en algún lado con tu pueblo, allí donde reza o ayuda, y vas a ver que enseguida se te pasa.

 

Diego Fares sj

 

 

 

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