En el corazón de las mujeres (Pascua C 2016)

Santas mujeres

Las mujeres fueron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: « ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.»» Y se acordaron de sus palabras. Vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa, admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

Qué es lo que acontece en la Resurrección del Señor?

Acontece la Buena Noticia.

Donde acontece primero? En el corazón de las mujeres.

La anuncian los ángeles a las discípulas y esta corren a anunciarla a los apóstoles.

Después, por un tiempo limitado y sólo a los testigos elegidos, se aparecerá el Señor Resucitado en carne y huesos. Pero el primer acontecimiento –el que permanece en el tiempo- no fue una aparición sino la alegría del Evangelio anunciado por las discípulas.

Como aconteció en la Anunciación y en la visita de la Virgen a Isabel, la Buena Nueva es acogida por corazones de mujeres creyentes. Mujeres que con docilidad y alegría de buenas discípulas dan los pasos necesarios para que la Resurrección del Señor acontezca en nuestro corazón: acogen, recuerdan y anuncian.

Una vez desencadenada esta dinámica propia de la Palabra –acoger, recordar y anunciar lo que el Señor había dicho-, el Señor Resucitado les (nos) saldrá al encuentro.

Y digo “al encuentro” y no “se nos aparecerá”, porque la Resurrección de Jesucristo se percibe, se vive y se goza en el ámbito de los encuentros.

Quizás otras personas vieron al forastero que caminaba junto a los discípulos de Emaús o a ese hombre que preparaba un fuego a la orilla del lago de Genesaret. Pero con Jesús Resucitado sólo se encontraron sus amigos y sus amigas.

Y ellos mismos, aún teniéndolo delante o al lado, no terminaban de “verlo”.

Es que el Señor Resucitado no se “ve” en la dimensión inmediata del presente sino que se lo encuentra en la apertura de la propia casa que lo hospeda, de la memoria que recuerda la Escritura y de los pies que salen a anunciarlo a la comunidad y a todas las fronteras.  En algún momento de este tiempo dilatado, la fe se encuentra con el Señor Resucitado y lo confiesa. María cae en la cuenta cuando él la nombra; los de Emaús, al partirles el pan, después de que le abrieron la puerta, Juan al ver el sudario bien doblado y al escuchar su voz desde la orilla, Pedro mientras se zambulle en el lago para ir (¿caminando sobre el agua?) a su encuentro.

Decíamos que las primeras en ser involucradas en este acontecimiento de una resurrección que acoge, se recuerda y se anuncia son las discípulas.

Notemos que la resurrección no necesita, como necesitó la Encarnación, un corazón inmaculado como el de María. La vitalidad de la Resurrección del Señor entra en comunión con cada corazón como está, como es. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en la carne sin pecado de María y ahora ya está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe y en un corazón comunitario.

Así son los corazones de estas amigas que lo fueron a lavar y a perfumar en su sepulcro.

Y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.

El Señor quiso que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.

Después necesitaría también que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran.

Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que acontecer: “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse, con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta a los acontecimientos.

Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.

Es que el corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella.

Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con mezcla de gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real, vivificante, alegradora, en este mundo nuestro, tan virtual, tan poco vive, tan triste muchas veces.

Acoger y hospedar, recordar y anunciar, estos son los verbos para conjugar en el Encuentro con Jesús Resucitado. Y los conjugamos eclesialmente, en el seno de la Iglesia que, como recuerda siempre Francisco, es mujer. Por eso sabe de acoger y hospedar con calidez, recuerda las cosas importantes de sus hijos y sabe decirlas con el tono justo, el del lenguaje materno.

Recibir al otro y disponer para él un espacio en nuestra casa, como María en su seno y en la interioridad de su sí; como las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, en su casa de Betania; como la pecadora que con su perfume y sus lágrimas, abre un espacio de casa propia en la casa fría de formalidad del Fariseo; como las tres amigas, que van de mañana a dar al sepulcro, frío de muerte, la última calidez de sus vendas y perfumes; como los discípulos de Emaús –que algunos íconos representan como un discípulo y una discípula- que invitan al Señor: “Quédate con nosotros, porque atardece. Y Él entró a quedarse con ellos” . En ese versículo 29 de Lucas se abre el espacio infinito en el que pueden entrar todos nuestros atardeceres. Allí se dio ese tiempo que va entre invitar a entrar y que el otro acomode sus cosas, entre que se lave y prepararle la cena…

En algún momento “cuando les parta el pan” se abrirán los ojos. Y ellos recordarán y correrán a anunciar. Como nuestra Señora, que va a casa de Isabel y recuerda cantando todas las maravillas del Señor en le historia de su pueblo; como las tres discípulas, que escuchan atentamente a los ángeles y se acuerdan de lo que había dicho Jesús y corren a anunciarlo; como María Magdalena, que desbordada por la conmoción de lo que sucede en el exterior –no sabe donde han puesto el cuerpo del Señor- no reconoce a Jesús aunque lo tiene enfrente. Como los de Emaús, Magdalena está en su mundo y aunque “su mundo es Jesús”, como al que busca es a un Jesús que le mataron ayer, no puede ver al Jesús resucitado que tiene delante ahora. Igual es capaz de dialogar con los ángeles y con el Señor y en ese diálogo, su nombre, el tono con que Jesús le dice María, hacen que lo reconozca. Recordará el encuentro yendo a anunciar a los discípulos las palabras que le había dicho el Señor.

Hizo falta menos de un día para que la Pasión del Señor se quedara grabada en todas las cruces que pueblan nuestra historia. Del jueves a la noche en que fue arrestado, hasta las tres de la tarde del viernes en que expiró en la cruz y bajaron su cuerpo para ponerlo en el sepulcro, transcurrieron menos de 24 horas.

Para que aconteciera la resurrección en la comunidad de las discípulas y los discípulos, el Señor tuvo que dilatar el tiempo hasta Pentecostés. Los 50 días de la Pascua, son un único espacio de Encuentro comunitario, eclesial, del Señor. Se integran todos los encuentros –con los grupos de las mujeres, con los discípulos y con las personas en particular- como un único Encuentro. Abierto, esencialmente, a todos los encuentros futuros, que encuentran espacio en él. Todos los atardeceres, acontecen en el atardecer de Emaús; todas las madrugadas acontecen en el amanecer junto al lago: en todos está Jesús partiendo el pan.

Entremos también nosotros en esta ámbito del encuentro con Jesús resucitado, acogiendo y hospedando, recordando y anunciando. Acogiendo y hospedando al Jesús “otro”, al Jesús “desconocido”, al Jesús “cualquiera”, extranjero, empleado del cementerio, con llagas en las manos, en los pies y en el costado, al Jesús “de la otra orilla”, al Jesús “que hace ademán de seguir de largo”. Recordando y anunciando al Jesús del evangelio, al Jesús que tiene historia con nosotros, al Jesús cuyas palabras, cada una, son para los otros, para los que no lo han escuchado todavía.

Diego Fares sj