En el corazón de las mujeres (Pascua C 2016)

Santas mujeres

Las mujeres fueron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: « ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.»» Y se acordaron de sus palabras. Vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa, admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

Qué es lo que acontece en la Resurrección del Señor?

Acontece la Buena Noticia.

Donde acontece primero? En el corazón de las mujeres.

La anuncian los ángeles a las discípulas y esta corren a anunciarla a los apóstoles.

Después, por un tiempo limitado y sólo a los testigos elegidos, se aparecerá el Señor Resucitado en carne y huesos. Pero el primer acontecimiento –el que permanece en el tiempo- no fue una aparición sino la alegría del Evangelio anunciado por las discípulas.

Como aconteció en la Anunciación y en la visita de la Virgen a Isabel, la Buena Nueva es acogida por corazones de mujeres creyentes. Mujeres que con docilidad y alegría de buenas discípulas dan los pasos necesarios para que la Resurrección del Señor acontezca en nuestro corazón: acogen, recuerdan y anuncian.

Una vez desencadenada esta dinámica propia de la Palabra –acoger, recordar y anunciar lo que el Señor había dicho-, el Señor Resucitado les (nos) saldrá al encuentro.

Y digo “al encuentro” y no “se nos aparecerá”, porque la Resurrección de Jesucristo se percibe, se vive y se goza en el ámbito de los encuentros.

Quizás otras personas vieron al forastero que caminaba junto a los discípulos de Emaús o a ese hombre que preparaba un fuego a la orilla del lago de Genesaret. Pero con Jesús Resucitado sólo se encontraron sus amigos y sus amigas.

Y ellos mismos, aún teniéndolo delante o al lado, no terminaban de “verlo”.

Es que el Señor Resucitado no se “ve” en la dimensión inmediata del presente sino que se lo encuentra en la apertura de la propia casa que lo hospeda, de la memoria que recuerda la Escritura y de los pies que salen a anunciarlo a la comunidad y a todas las fronteras.  En algún momento de este tiempo dilatado, la fe se encuentra con el Señor Resucitado y lo confiesa. María cae en la cuenta cuando él la nombra; los de Emaús, al partirles el pan, después de que le abrieron la puerta, Juan al ver el sudario bien doblado y al escuchar su voz desde la orilla, Pedro mientras se zambulle en el lago para ir (¿caminando sobre el agua?) a su encuentro.

Decíamos que las primeras en ser involucradas en este acontecimiento de una resurrección que acoge, se recuerda y se anuncia son las discípulas.

Notemos que la resurrección no necesita, como necesitó la Encarnación, un corazón inmaculado como el de María. La vitalidad de la Resurrección del Señor entra en comunión con cada corazón como está, como es. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en la carne sin pecado de María y ahora ya está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe y en un corazón comunitario.

Así son los corazones de estas amigas que lo fueron a lavar y a perfumar en su sepulcro.

Y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.

El Señor quiso que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.

Después necesitaría también que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran.

Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que acontecer: “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse, con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta a los acontecimientos.

Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.

Es que el corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella.

Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con mezcla de gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real, vivificante, alegradora, en este mundo nuestro, tan virtual, tan poco vive, tan triste muchas veces.

Acoger y hospedar, recordar y anunciar, estos son los verbos para conjugar en el Encuentro con Jesús Resucitado. Y los conjugamos eclesialmente, en el seno de la Iglesia que, como recuerda siempre Francisco, es mujer. Por eso sabe de acoger y hospedar con calidez, recuerda las cosas importantes de sus hijos y sabe decirlas con el tono justo, el del lenguaje materno.

Recibir al otro y disponer para él un espacio en nuestra casa, como María en su seno y en la interioridad de su sí; como las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, en su casa de Betania; como la pecadora que con su perfume y sus lágrimas, abre un espacio de casa propia en la casa fría de formalidad del Fariseo; como las tres amigas, que van de mañana a dar al sepulcro, frío de muerte, la última calidez de sus vendas y perfumes; como los discípulos de Emaús –que algunos íconos representan como un discípulo y una discípula- que invitan al Señor: “Quédate con nosotros, porque atardece. Y Él entró a quedarse con ellos” . En ese versículo 29 de Lucas se abre el espacio infinito en el que pueden entrar todos nuestros atardeceres. Allí se dio ese tiempo que va entre invitar a entrar y que el otro acomode sus cosas, entre que se lave y prepararle la cena…

En algún momento “cuando les parta el pan” se abrirán los ojos. Y ellos recordarán y correrán a anunciar. Como nuestra Señora, que va a casa de Isabel y recuerda cantando todas las maravillas del Señor en le historia de su pueblo; como las tres discípulas, que escuchan atentamente a los ángeles y se acuerdan de lo que había dicho Jesús y corren a anunciarlo; como María Magdalena, que desbordada por la conmoción de lo que sucede en el exterior –no sabe donde han puesto el cuerpo del Señor- no reconoce a Jesús aunque lo tiene enfrente. Como los de Emaús, Magdalena está en su mundo y aunque “su mundo es Jesús”, como al que busca es a un Jesús que le mataron ayer, no puede ver al Jesús resucitado que tiene delante ahora. Igual es capaz de dialogar con los ángeles y con el Señor y en ese diálogo, su nombre, el tono con que Jesús le dice María, hacen que lo reconozca. Recordará el encuentro yendo a anunciar a los discípulos las palabras que le había dicho el Señor.

Hizo falta menos de un día para que la Pasión del Señor se quedara grabada en todas las cruces que pueblan nuestra historia. Del jueves a la noche en que fue arrestado, hasta las tres de la tarde del viernes en que expiró en la cruz y bajaron su cuerpo para ponerlo en el sepulcro, transcurrieron menos de 24 horas.

Para que aconteciera la resurrección en la comunidad de las discípulas y los discípulos, el Señor tuvo que dilatar el tiempo hasta Pentecostés. Los 50 días de la Pascua, son un único espacio de Encuentro comunitario, eclesial, del Señor. Se integran todos los encuentros –con los grupos de las mujeres, con los discípulos y con las personas en particular- como un único Encuentro. Abierto, esencialmente, a todos los encuentros futuros, que encuentran espacio en él. Todos los atardeceres, acontecen en el atardecer de Emaús; todas las madrugadas acontecen en el amanecer junto al lago: en todos está Jesús partiendo el pan.

Entremos también nosotros en esta ámbito del encuentro con Jesús resucitado, acogiendo y hospedando, recordando y anunciando. Acogiendo y hospedando al Jesús “otro”, al Jesús “desconocido”, al Jesús “cualquiera”, extranjero, empleado del cementerio, con llagas en las manos, en los pies y en el costado, al Jesús “de la otra orilla”, al Jesús “que hace ademán de seguir de largo”. Recordando y anunciando al Jesús del evangelio, al Jesús que tiene historia con nosotros, al Jesús cuyas palabras, cada una, son para los otros, para los que no lo han escuchado todavía.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Sentencia de muerte para el individualismo y germen de resurreción en una comunidad (Pasión 2016)

comunidad

Al elegir seguir a Jesús, nuestra decisión contiene “una sentencia de muerte para el individuo y un germen de resurrección en una comunidad” (G. Fessard, La dialéctica de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola).

Contemplamos la pasión del nuestro Señor Jesucristo en diez escenas desde esta perspectiva de contraponer individualismo y comunidad.

Gracias a la Pasión del Señor, que nos incorpora a sí, podemos tener la libertad de renunciar, una y otra vez, a nuestro individualismo y abrazar una comunidad: podemos elegir, cada día nuevamente, ser familia. Elegimos ser comunidad, elegimos ser pueblo fiel de Dios, elegimos ser humanidad.

Morir al hombre viejo para ser hombres y mujeres nuevos lo hemos interpretado mucho tiempo en clave de “yo tengo que”.

Yo tengo que morir a mi yo carnal para resucitar a un yo espiritual.

La frase del jesuita Gastón Fessard, que pone el acento en la libertad de elegir lo que elige Jesús y lo hace contraponiendo individualismo y comunidad, nos puede motivar de manera más honda a algo que es vivible y practicable. Quién no puede ser “más comunitario”?

Ver el pecado como eso individualista que me roba la dicha de ser comunidad, me lleva a detestarlo.

Voy con Jesús a la pasión no como un héroe solitario que se inmola por el deber.

Voy con Él porque Él va por todos.

Voy con él porque van con Él sus amigos, aunque por un rato lo abandonen.

Voy con Él porque va la Virgen con las discípulas, aunque sólo les permitan contemplar de lejos.

Voy con Él porque a su paso acude la gente y se le une: la Verónica que le limpia el rostro, el Cirineo que le ayuda a cargar la cruz, las santas mujeres que le expresan su cariño con el llanto. Van también, obligados, los dos ladrones pero uno le expresará su compasión. Van los centuriones y se reparten sus vestiduras, pero uno confesará que era el Hijo de Dios.

Voy con Jesús porque va todo el pueblo y se golpea el pecho.

Y le pido que me ayude a dictar sentencia de muerte a mi individualismo y haga brotar esa semilla de resurrección en una comunidad, en mi comunidad. Para no ser más “autorreferencial”, para ser de mi familia, para ser del Hogar, para ser Manos Abiertas, para ser Compañía de Jesús, comunidad de los que hacen los Ejercicios y de los que trabajan en obras de solidaridad, para ser Iglesia de Francisco, para ser de nuestro pueblo fiel, para ser de la humanidad de los más pobrecitos y pequeñitos que necesitan que estemos con ellos y que les hagamos compañía con neustra oración y servicio.

Pasión según san Lucas

 I. Individualismo extremo de Judas

“Se acercaba la fiesta de los Azimos, llamada Pascua. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo hacerle desaparecer, pues temían al pueblo”. Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce; y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia del modo de entregárselo. Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero. El aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera.

Vemos cómo los enemigos actúan en grupo y lo hacen contra el pueblo. No hay individualismos en el mal. El mal necesita cómplices. Y encuentran uno en Judas, que deja el grupo de los doce y actúa aisladamente. Termina sin ser ni de un grupo ni de otro: eso es el suicidio puntual. El demonio le roba toda pertenencia, incluso esa temporal que da la complicidad para el mal. Y pierde todo gusto por la vida, pierde identidad, y por eso se borrará de la vida.

II Una Comunidad que ha sido preparada con tiempo y dedicación

Llegó el día de los Azimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua; y envió a Pedro y a Juan, diciendo: « Vayan y preparennos la Pascua para que la comamos. » Ellos le dijeron: « ¿Dónde quieres que la preparemos? » Les dijo: « Cuando entréen en la ciudad, les saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua; síganlo hasta la casa en que entre, y diran al dueño de la casa: «El Maestro te dice: ¿Dónde está la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?» El les enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; hagan allí los preparativos. » Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.

La preparación de la Eucaristía se ve que le había ocupado a Jesús toda su vida. De ahí ese conocimiento del hombre que iba con el cántaro a buscar agua y del lugar donde se podía tener una cena todos juntos. Se ve que ya conocía al hombre y lo tenía hablado. La comunidad “en la que resucitamos” si elegimos morir a nuestro individualismo es una comunidad preparada. Preparada en todo: en el lugar, en la comida y los ritos, en la gente… Uno entra en una comunidad que viene de siglos, en la que la gente prepara la Eucaristía para los demás. Los mejores ritos se recuerdan, las mejores ofrendas se preparan…

III. Anhelo de una Comunión total con Jesús

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: « Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque les digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. » Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: « Tomen esto y repartanlo entre ustedes porque les digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios. » Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes, hagan esto en recuerdo mío. » De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: « Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes.

El Señor hace suya toda la preparación que mandó realizar a sus discípulos y revela “el ansia con que ha deseado comer esta Pascua con nosotros antes de padecer”.

En esas palabras se encierra el secreto de Jesús: su corazón es todo ansia y deseo de darse. Es el corazón que se ofrece en la mano, como en la imagen del Sagrado Corazón del Gesú. Somos comunidad íntegra porque recibimos al que nos hace un cuerpo y una sangre consigo. Pasar a ser gente que está en comunión, que se comunica, que comulga con los demás. Gente que no vive ya para sí sino para Aquel que se entregó por nosotros. Deseamos también esta muerte a lo individual que es resurrección actual en una comunidad. Desde que Jesús hizo la Eucaristía, morir no es ir a la nada, es abrir una puerta y entrar en una sala llena con todos los que amamos y ponernos allí a servir y a disfrutar de la fiesta. Morir al individualismo es regresar a casa y entrar a una fiesta, como la que el Padre Misericordioso le preparó a su hijo pródigo.

IV. Individualismos que salen a la luz en la crisis y confianza de Jesús

« Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado! » Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. El les dijo: « Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así ustedes, sino que el mayor entre ustedes sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. « Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre lo dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. « ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha  solicitado el poder cribarlos como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos. » El dijo: « Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte. » Pero él dijo: « Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces. » Y les dijo: « Cuando los envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿les faltó algo? » Ellos dijeron: « Nada. » Les dijo: « Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada; porque les digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: «Ha sido contado entre los malhechores.» Porque lo mío toca a su fin. » Ellos dijeron: « Señor, aquí hay dos espadas. » El les dijo: « Basta.»

La discusión de esta escena y el alboroto que se arma, es en realidad sanador. Jesús provoca la situación para que salgan todos los sentimientos individualistas quelos discípulos tenían en el corazón. El individualismo comparativo que hace mirar a los otros no como comunidad sino desde un sentimiento de superioridad; el individualismo pretencioso de Simón, que se cree fiel y está seguro de sí; el individualismo del sálvese quien pueda que los hará dispersarse. Jesús los mira no el momento sino a largo plazo. El los considera como “los que han estado con él en sus pruebas” y le dice a Simón que ha rezado para que cuando pase la crisis individualista vuelva y confirme a sus hermanos, para que rearme la comunidad.

 V. La tentación es no acompañar a los demás en la oración

Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: « Pidan para no caer en tentación. » Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: « Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. » Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: « ¿Cómo es que estan dormidos? Levantense y oren para que no caigan en tentación. » Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: « ¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre! » Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: « Señor, ¿herimos a espada?» y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: « ¡Dejen! ¡Basta ya! » Y tocando la oreja le curó.  Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: « ¿Como contra un salteador han salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con ustedes y no me pusieron las manos encima; pero esta es su hora y el poder de las tinieblas. » Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote.

La tentación muchas veces nos suena a pecado carnal –pereza, sensualidad, riquezas-. Pero en la escena del Huerto el Señor nos hace ver que caer en la tentación es no acompañarlo a Él. El está rezando por todos y se lo vendrán a llevar. Y nos pide que lo acompañemos con nuestra cercanía y oración. Nuestra oración es estar un rato con Él mientras Él reza.

Así como la Eucaristía es juntarnos porque Él nos da su Cuerpo. No somos los protagonistas de la Eucaristía ni de la Oración. El Señor entra en comunión con todos y con el Padre y nos invita a estarle cerca, a acompañar. En vez de decir: tengo que rezar más, puedo decir: voy a acompañar al Señor que está rezando por nosotros al Padre, voy a unirme a la Iglesia en la que siempre hay algunos hermanos y hermanas acompañando al Señor que ora.

VI. Pedro nos enseña a llorar nuestro individualismo que nos aleja de la fidelidad con Jesús

Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: « Este también estaba con él. »Pero él lo negó: « ¡Mujer, no le conozco! »Poco después, otro, viéndole, dijo: « Tú también eres uno de ellos. » Pedro dijo: «hombre, no lo soy! » Pasada como una hora, otro aseguraba: « Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo. » Le dijo Pedro: « ¡Hombre, no sé de qué hablas! » Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: « Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces. » Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.

Pedro lo seguía de lejos. Esta lejanía no es sólo la de aquel momento tan especial. Es lejanía que se revela en la mirada de Jesús que lo hace llorar amargamente. Pedro estaba con Jesús pero mirándose a sí mismo, tenía sus planes, sus proyectos personales… Todo eso queda destruido con la detención de Jesús y él no se da cuenta de lo patético de su situación. Los otros lo ven claramente como “uno de los que estaban con él” y él está a años luz de Jesús. Las negaciones y la mirada del Señor le haran llorar su individualismo y entrar en comunión con su Amigo, sea lo que sea que le pase o le hagan o digan. Quedará en pie, en su pecado no reprochado, en su traición por la cual el Señor ya había rezado, solo la comunión con Jesús. Y por eso se convertirá en hombre de comunión, porque sabrá comprender las fragilidades de los demás.

VII. Los amigos se dispersan y los enemigos se unen

Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: « ¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado? » Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas. En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hiceron venir a su Sanedrín y le dijeron: « Si tú eres el Cristo, dínoslo. » El respondió: « Si os lo digo, no me creerán. Si les pregunto, no me responderán. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios. » Dijeron todos: « Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios? » El les dijo: « Ustedes lo dicen: Yo soy. » Dijeron ellos: « ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca? »Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías.» Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» «Tú lo dices» – le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:  «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena.» Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí.» Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.  Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.» Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!» A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:  «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.» Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

El Sanedrín, los guardias, Pilato, Herodes, Barrabás, la multitud… todos van coincidiendo en condenar a Jesús. Mientras sus amigos se han dispersado, los enemigo se unen y logran su objetivo: Pilato entrega a Jesús al arbitrio de los que lo odian. No hay lugar neutral: uno está en la comunidad que ama a Jesús o en las componendas counturales de los que lo odian.

VIII. En la mezcla de gente ante el Señor recorre el via crucis se revelan los corazones

Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»  Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.          Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»  Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ello     El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!» También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!» Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.» El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Lucas nos muestra un via crucis tumultuoso: “muchos del pueblo lo seguían”. “El pueblo permanecía allí y miraba”. En esa comunidad de la pasión, comunidad del camino de la cruz, se van mostrando los corazones: el corazón de simón de cirene –corazón obligado-, el de las santas mujeres, -corazones que aman y lloran- el de los soldados –corazones de piedra-,  el de los burlones –corazones sucios, oscuros, sin nobleza-, el corazón de los dos ladrones –uno, corazón de un desesperado, el otro, corazón que muestra su belleza más honda, su humanidad-.

La división va por el lado de los que se aislan en su maldad y la de los que se unen en la comunidad de la pasión, los que se dejan atraer, como imantados, por la fuerza atractiva del Señor crucificado, que los fusiona consigo en el dolor y los hace uno con Él.

IX. Jesús en comunión con su Padre

Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»

Y diciendo esto, expiró.

Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:

«Realmente este hombre era un justo.»

X. La comunidad del pueblo fiel unido por la necesidad de misericordia y de las mujeres y amigos unidos en la contemplación

Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido (Lc 22, 14-23, 56).

Diego Fares sj

 

 

Dios no se ahoga o «los tres años de pontificado de Francisco» (Cuaresma 5 C 2016)

 

la pecadora perdonada (1)

Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Jesús se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?

Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:

– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.

E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada. Levantando la cabeza Jesús le dijo:

– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella dijo:

– Ninguno, Señor.

Dijo entonces Jesús:

– Yo tampoco te condeno.

Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

 

Contemplación

Mañana celebramos tres años del Pontificado de Francisco. Digo “pontificado” y primero me suena solemne. Pero pienso un poco en la palabra misma y me viene la imagen de una “red de puentes” que se han tendido entre el Papa Francisco y la gente y los pueblos de todo el mundo. Puentes de mil años como el que tendieron con el Patriarca Kirill.

Puentes lejanísimos, como el de la puerta santa en Banghí, en el corazón de un África olvidada. Puentes a donde nadie quiere ir desde Europa y al que todos quieren llegar desde el África, como el de Lampedusa.

Puentes con lugares de frontera existenciales enterrados en la frontera misma geográfica, como el del Centro de Readaptación Social (CeReSo) 3, de Ciudad Juárez.

Puentes sobre muros, como el de Jerusalen.

Puentes virtuales, como ese mensajito de texto que le hizo llegar al celular a un amigo con cáncer y que recibió mientras manejaba, apenas unos minutos después que le había hecho llegar al papa un mail pidiéndolo oraciones. Y se tuvo que parar, en medio de la calle.

Puentes que se tienden con una mirada buena al pasar en el auto por en medio de la plaza. Puentes de un apretón de manos, que no se quieren soltar.

Puentes y puentes…

En la película El puente de los espías se ve lo que cuesta atravesar esos puentes rodeados de alambres de púas y barreras, reflectores, perros y soldados armados.

Así son las relaciones entre algunos países.

Con bloqueos navales, fronteras cerradas y muros dentro de las ciudades o a lo largo de kilómetros de desierto.

Y nuestro papa ha tendido puentes En muchos casos los ha creado, se los ha inventado.

Los puentes de Francisco, por todos lados.

Muchos penden de un hilo, es cierto.

Pero nadie podrá decir que al menos una vez no fue posible caminar de ida y de vuelta por ellos.

Hay también abismos infranqueables que Francisco pasó con un saltito, con una frase, con un pequeño gesto.

Como cuando no se cambió los zapatos negros,

como cuando dijo quien soy yo para juzgar a nadie,

como cuando se dejó un momento el rosario que le tiró alguno y se le quedó en la oreja.

Así, el 13 de marzo celebramos los tres años con un pontífice.

Es una celebración para todos los que están dispuestos a su mitad –porque sabemos que un puente es mitad y mitad-. Una celebración que festeja el que está dispuesto a construir su mitad, a mantener las bases en su territorio, a salir hacia la otra orilla.

Y con esta celebración también hacemos una condena: no solo a todos los que dinamitan puentes, también a los que piensan que no vale la pena construirlos.

Y hacemos una mención especial de condena a los que convencen a otros que el puente es demasiado largo para caminarlo o que es demasiado duro el pavimento y frío el aire que lo surca (me acordé de una mañana de invierno en Washington en que nos largamos a cruzar el puente que atraviesa el Potomac, que estaba hecho hielo, y a mitad del puente el viento casi nos congela. Igual pasamos al otro lado).

Bueno, me quedé con los puentes.

En estos días me pidieron entrevistas sobre los tres años del papa y no me animé. Las preguntas que se hacen por ahí me inhiben y más en italiano. Siento que las cosas que tengo para decir no son para un público “en general”. Estas contemplaciones son un puente tendido de muchos años a muchos corazones. Y desde cada uno sale por ahí un puente a otro, a quien se las envían. Pero un puente siempre tiene dos bases de contacto precisas.

Para no crear puentes en el aire, como dice la expresión popular.

….

En el evangelio de hoy el Señor escribe en el suelo “el ABC” del evangelio, una de las cabezas de puente firmes desde donde salir y a donde desembarcar en el corazón del otro.

El ABC es “la no condena”.

Es una base que por ahí no se ve, pero está en como una roca firme en el corazón del que actúa distinto, del que no tira piedras sino que las usa para cementar una base sólida para relacionarse bien con los demás. Dios no condena. Jesús hasta en su Nombre mismo lo dice: Dios Salva. Dios no condena.

Siempre hay una mano tendida del lado de Dios, desde su corazón hacia nuestra miseria.

La misericordia es una palabra pontifical, una palabra puente entre el amor compasivo y la triste miseria.

Mujer, donde están? Ninguno te ha condenado?

Ninguno, Señor.

Yo tampoco te condeno.

Anda. Y de ahora en adelante ya no peques más.

Rupnik en su mosaico de Jesús y la adúltera, pone las piedras en montoncito y la mano de Jesús que es como que las tiene ahí, a raya, y con su otra mano, con el dedo, señala la tierra.

Quizás le muestra a la mujer lo que había escrito.

A mí la expresión de las dos manos me hace sentir un puente invisible tendido entre un pasado sin culpa y el mirar para adelante, el de ahora en más.

Como que el Señor abre un espacio para la mujer y la envía: anda!

Ese puente invisible tendido entre las manos del Señor es nuestra vida, el caminito que podemos recorrer cada día, desde cada cuaresma a cada pascua, desde cada conversión a cada comenzar de nuevo, desde una vida bajo el juicio de la mirada ajena a una vida libre bajo la mirada buena de Jesús.

Rezamos, pues, por este regalo de Dios de los tres años de Francisco entre nosotros. Agradecemos a toda la gente que le tiró y le tira puentes desde su lado, que lo invita, que lo recibe, que lo escucha, que le hace caso.

El pueblo de Dios ama peregrinar por los puentes que le tiende su Señor.

Lo vemos en las peregrinaciones a los santuarios, puentes humanos entre la gente y su Virgencita, entre el pueblo de Dios y sus santos.

La gente sencilla de nuestro pueblos más pobres huye desesperadamente de las guerras y la miseria y se lanza a esos puentes frágiles de las barcazas que muchas veces se hunden.

La gente busca puentes que la lleven a una oportunidad.

Nuestras obras solidarias nos enseñan que cuando uno tiende la mano no se ahoga, el otro no lo arrastra, el otro empuja y luego ayuda.

No hay que tragarse el mensaje implícito de la sociedad de consumo de que “si das una mano no alcanzará para todos”. Es el mensaje antipuente, el mensaje perverso que corroe lo más sagrado que tenemos, que es dar la mano, poner al otro de pie, abrazarlo y caminar juntos.

La sociedad tirapiedras es la única que “se ahoga” sola. En un mar de confort, por supuesto. Pero el egoísmo ahoga. La solidaridad, en cambio, aunque por ahí te tire al agua, te hace nadar.

En estos días ha salido el libro Querido Papa Francisco, en el que el papa responde a las cartas que jesuitas de todo el mundo le pidieron a chicos de sus colegios y parroquias que escribieran. Una de las nenas, Natasha, de Kenia, le pregunta: cómo es que Jesús camina sobre el agua. Y el Papa le responde que Jesús camina naturalmente…, y al final termina con un contundente: “Dios no se hunde. Sabes?”

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Esta es quizás la enseñanza más fuerte de estos tres años de Francisco: Se largó al agua con toda la Iglesia y nos ha hecho perder el miedo. Vemos que nuestro Dios no se hunde. No se ahoga por las aguas del mundo. Y que si nos tiramos con él, de su mano, también podemos ir adelante.

Goethe decía que la imagen del Pedro, caminando por el agua, es la imagen del hombre, el “mito” por así decirlo, que mejor simboliza nuestra realidad humana: lanzados al océano de la vida en medio de este universo y caminando sin “seguridades” hacia la esperanza de una orilla. La mano de Jesús, tendida a nuestra poca fe, es la gracia amiga que necesitamos. Y la esperanza en Él no defrauda. Porque Dios no se hunde. Sabes?

 

Diego Fares sj

El amor de nuesto padre (Cuaresma 4 C 2016)

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Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírlo. Y murmuraban los fariseos y los letrados diciendo:–Este a los pecadores los recibe y come con ellos. Entonces Jesús les propuso a ellos esta parábola diciendo:

–Un hombre tenía dos hijos. Y el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Y el Padre les repartió el patrimonio. Después de no muchos días, el hijo menor juntando todo, se marchó a tierras lejanas y allí dilapidó su herencia viviendo licenciosamente. Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella región, y él comenzó a padecer necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella región, quien le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y él ansiaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi Padre le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de  ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Y levantándose fue a su Padre.

Cuando aún estaba muy lejos, su padre lo vio, y se conmovió en sus entrañas, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus criados: «Rápido, saquen el mejor vestido y vístanlo; pónganle también un anillo en su mano y sandalias en los pies. Y traigan el ternero cebado, mátenlo y alegrémonos (celebremos un banquete de fiesta), porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron a alegrarse (festejar).

Su hijo mayor estaba en el campo. Y cuando volvió, al acercarse a la casa, oyó la música y los coros, y llamando a uno de los criados y le preguntó qué eran estas cosas. El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano». Se indignó, entonces, y no quería entrar… pero su padre saliendo comenzó a rogarle. Pero él respondiendo le contestó: «Resulta que hace tantos años que te sirvo sin haber traspasado jamás tus mandatos, y nunca me diste un cabrito para alegrarnos (festejar) con mis amigos. Pero apenas llegó ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y mataste para él el ternero cebado». Pero el Padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15, 1-3.11- 32).

Contemplación

Seguramente el hijo más chico sentía que su padre no lo amaba, al menos como él quería. Igual que el más grande, que le reprocha “tantos años que te sirvo haciendo todo lo que me mandás y nunca me diste un cabrito para festejar con mis amigos”. Nunca “traspasé tus mandatos”, le dice. Se ve que obedecía los “mandatos paternos”, como se dice, y no era transgresor como su hermano, pero eso lo había vuelto un resentido. El otro pidió su parte y se fue antes. No le dio tiempo al resentimiento a que anidara en su corazón. Pero por el discurso que iba preparando en su interior, se ve que tampoco sentía el amor de su Padre. Porque iba con eso de “que pequé contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo, tratame como a uno de tus jornaleros”. Ni siquiera empleados, dice, sino los jornaleros. Él también sentía la “transgresión” a los mandatos como una falta y había traspasado todos los límites, los del cielo y los de su casa. Se ve que pensaba que el ideal de hijo era su hermano, que cumplía todo. Lo que me impresiona de sus discursos interiores, de lo que hablan consigo mismo y que en un momento sale afuera y se lo expresan a su papá, es que son discursos que no los dejan sentir el amor de se Padre. No sé si el Padre era un padre perfecto. Como la mamá no aparece en la parábola, algo faltaría en esa casa, que creó estas “distancias afectivas”, estas dos orfandades, esta falta de cariño. No sabemos si era perfecto el Padre. El Papa dice que “las familias perfectas no existen”. A veces esta imagen está instalada: la de padres perfectos. La imagen que tenemos-pretendemos de nuestros padres y la que nos mandamos realizar a nosotros mismos. Pero los diálogos interiores que surgen de estas “imágenes ideales” de padres no ayudan. En la parábola vemos que esas imágenes hacen que un hijo se vaya mal y el otro se quede mal. ¿Y el Padre? El Padre de la parábola tampoco habla hasta el final. Al hijo menor, no le habla. Solo lo abraza y lo besa. Les habla a los servidores. Les dice que traigan el anillo y las sandalias y que maten el corderito engordado. Se ve que no sabe qué decirle a ese hijo, porque cuando le pidió su parte de la herencia, tampoco le dijo nada. Con el mayor se ve que tampoco habían hablado. Lo podemos imaginar –que ese tema del hijo menor no se tocaba en la mesa- por la carga de reproche acumulado que el mayor le vomita. A este sí le habla. “Comenzó a rogarle”, dice Jesús en la parábola. Son esos ruegos que no son frases lógicas. “Hijo! Dale! Vení, por favor. Te pido que entrés. No te pongás así. Vení que volvió tu hermano…” Medias palabras que son expresión de un cariño que no sabe cómo hablar, cómo decir las cosas. En la última frase, cuando por fin el padre puede hablar y decir lo suyo, vemos un poco por qué no podía hablar. Cuál era su discurso interior. Escuchemos lo que dice: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Vamos despacito porque hay mucho. Tanto, diría que se ve por qué se quedaba mudo.

Hijo. La primera palabra del Padre es “hijo”. Bastaba esa, como cuando uno dice “Hijo…”, en el sentido de “pero, hijo, cómo me decís eso”, o “no te das cuenta?” “te tengo que explicar?”. Es decir: hay en el fondo una sola palabra entre padre e hijo. Es una palabra que expresa un mismo amor desde dos sujetos distintos. El padre lo expresa diciendo “hijo”. Y el hijo diciendo “padre”. “Hijito…”, “papá…”. Jesús nos enseñó a decir “Papá –Abba”. Tenemos que aprender a escuchar la contraparte de este amor hecho palabra íntima. Escuchar que el padre nos dice “Hijo-hijito mío”. Esta es también la revelación. Jesús viene a contarnos que nuestro Padre, ese con el que no podemos hablar, ese que nos parece que no nos dice nada, tiene una palabra –hijito, hijo mío- con la que nos nombra todo el tiempo. Ese tiempo en el que se sube a la terraza y mira a ver si volvemos. Y si somos el hijito mayor, ese tiempo que él lo vive como un siempre: “vos estás siempre conmigo”.

Esta es la segunda palabra. Hay palabras más amorosas que estas cuatro? Primero “vos”, al final –abrazando el “siempre estás”- vos “conmigo”. Se lo dice saliendo él a la puerta de casa, se lo dice rogando, suplicando. Una imagen que no tiene nada que ver con la de ese al que el hijo mayor veía cuando “no traspasaba ninguno de sus mandamientos”. Este es un padre frágil, conmovido, que se desvive yendo de un hijo a otro. Un padre que abraza, que corre a abrazar y sale a charlar. Quizás nunca se había mostrado así. Quizás nunca lo habían visto así. Por eso se quedan mudos. La parábola no nos dice cuál fue la respuesta de los hijos. Jesús sólo nos muestra cómo reacciona ese padre ante dos actitudes límite de sus hijos. Ante dos hijos que han llevado la pelea entre ellos hasta lo último. Uno yéndose de casa, el otro quedándose. Uno trasgrediendo todo límite, el otro sin traspasar ninguno. Uno gastándose toda la plata en festicholas, el otro ahorrando todo y no festejando nunca. Uno considerándose indigno de ser llamado hijo, el otro considerando que ha sido tratado indignamente como hijo. Y así podemos seguir metiendo todas las imágenes contrapuestas de hijos que queramos. Jesús nos revela solamente cómo actúa el Padre ante estos hijos. La respuesta de los hijos la deja abierta, para que cada uno rece meditando cuál hijo es y, en consecuencia, escuche cómo le habla el padre y cómo lo abraza y sepa qué responder.

Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». La tercera palabra del padre es, ahora sí, una frase que articula causas y efectos explicando las cosas. Lo primero que me viene es que el amor no se explica lógicamente. El padre su amor lo muestra con su carrera, con sus abrazos y besos, con su salir hacia el otro y con sus ruegos. El amor está puesto más en las obras que en las palabras, como nos hace ver Ignacio. El amor es comunicación íntegra, que hace que las palabras sean “una” mediación más –junto con los gestos y lo que se da-. Cuántas veces un hijo, si se siente enojado con sus padres, debería parar un poco de pensar y mirar alrededor: su casa, sus cosas… Como les digo a los chicos cuando se confiesan que le contestaron mal a su mamá: “ponete una mano en la panza”. “Pensá ahora en la panza de tu mamá”. No ves que vos venís de ella. Cómo le vas a contestar mal. A ella le tenés que contestar todo bien. Porque sin ella vos no existirías…” Y así, hasta que se dan cuenta de que el amor de su mamá va más allá de las cosas que piense o de cómo se las diga.

Lo que explica el padre es “lo oportuno” de “alegrarnos”. El padre sabe captar el momento justo. Por eso es padre. Es más, un padre está siempre atento sólo a  esto. Al momento justo. A veces se equivoca mucho y puede que hasta muchísimo. Suele ser lo que más reprochamos los hijos a los padre, que sean “inoportunos”. Pero los padres se corrigen, vuelven a pensar, esperan, prueban de nuevo. Como este padre que esperó tanto a que su hijo volviera. Lo propio de los padres –al menos de este- es que están abiertos al momento oportuno del amor. Y saben deponer todo lo demás para dar un abrazo y hacer un asado, si sus hijos vuelven.

Esta revelación de Jesús con la parábola del Padre oportuno, diría yo, ya que siempre se le pueden agregar títulos a las parábolas dado que Jesús no se los puso, esta revelación, digo, es tanto para mirar a nuestro Padre del cielo con ojos distintos, solo con ojos de amor, y también para mirarnos a nosotros mismos y pensar nuestra paternidad desde estos criterios del amor y del tiempo oportuno.

Yo me quedo con escuchar lo lindo que es que el Padre me diga “hijo mío; m’hijito”. Y también que diga “nosotros”, que estaba bien que nos alegráramos juntos por mi hermano.

Y, como siempre, un aterrizaje en nuestra actualidad. Por ahí esta parábola ayuda a recibir bien los gestos y las palabras del papa, que en estos días hemos mirado desde la perspectiva de interpretar “a quién quiere y a quién no quiere”. Como dijo nuestro presidente al “Corriere della Sera”: “Creo que hay algunas voces de personas que tienden a sembrar la desconfianza, que atribuyen cosas que suponen que el Papa piensa sin estar autorizados. Me parece que Francisco no necesita intérpretes”.

A comienzos de enero, charlando, le expresaba que ahora estaba más tranquilo con respecto a él, que había estado ansioso pensando en cuándo ir a verlo, en cómo me recibía… Y él hizo un gesto que no se puede explicar, pero que fue ese de abrir un poco las manos e inclinar la cabeza y suspirar negando apenas, como diciendo, cómo te planteás siquiera eso. “Ya lo sé, le dije. Pero es que vos sos el Papa”.

Uno, como hijo, da estas vueltas y necesita expresarlo a veces. Si es un reclamo de cariño, está bien. Y el padre tiene la paciencia de salir a buscarnos y dar otra prueba de que “todo lo suyo es nuestro”. Si alguno, detrás de estos reclamos de cariño del pueblo argentino, de cada hijo como es, alimenta intenciones que no son de hermanos, eso es otra cosa. Entre hermanos peleamos y discutimos y no está bien. Pero no pasa nada. Pero no “sonreímos” al ver la pelea. Si alguno goza de que se instale en otros la desconfianza de que nuestro papa pareciera que no quiere a algunos argentinos, no es un hermano. Martín Fierro diría que es de “los de afuera”.

Creo que la respuesta de todos debe ser esa tan básica y primitiva que usábamos de chicos cuando alguno nos insultaba a la madre o hablaba mal de nuestra familia: con el cariño del papa, no te metás. Esta lógica es bien callejera, pero es eficaz para discernir el mal espíritu. Como le dije una vez a uno que estaba haciendo cola para entrar al Hogar y como no había lugar para todos, empezó a insultar. Yo le dije “hermano, vos tenés razón hoy, otro se te coló y nosotros no pudimos organizarnos bien. No te podemos dar todo lo que vos necesitas, pero nosotros no te quitamos nada. Yo no te hago el bien como vos querés pero no te hago mal. Si vos no nos tenés cariño y paciencia, si no sabés distinguir la mano del que te da de comer y la del que te quiere cagar, estás mal. Y en eso yo no te puedo ayudar. Te tenés que dar cuenta vos solo”. El pibe no solo bajó un cambio sino que me miró a los ojos, me dijo “está bien, cura” y nos dimos la mano.

Diego Fares sj

Impresiones sobre una expresión (contemplación fuera del domingo)

 

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Una cosa tiene de buena las opiniones tan contrastantes que se suscitaron en nuestro país a raíz del encuentro del presidente Mauricio Macri con el Papa Francisco. Digo, una cosa buena, porque creo que hubo muchas expresiones que no hacen bien ni al que las tiene que escuchar ni al que las dice. Hablo de insultos, burlas irrespetuosas, muestras de desprecio… que un disenso respetuoso no necesita para mostrarse en desacuerdo con alguien.

 

La cosa buena es que se puede “ver” un proceso, un dinamismo que está presente en la manera de dialogar (o de no dialogar sino de gritarnos unos a otros nuestras ideas y sentimientos) que tenemos los argentinos, quizás desde siempre, pero que ahora se amplifican por los medios.

Este proceso, digo, es importante tratar de verlo, porque suele quedar tapado, luego que un tema se agota, para renacer, fresquito, dinamizando otro tema candente.

Enuncio algunas características, que cada uno tendrá que completar.

  1. La primera, la acabo de decir: es un dinamismo explosivo (puntual), que le da energía a un tema y después pareciera que la pierde, para volver a encarnarse en otro tema, con la misma carga pasional.
    1. Esta pasión, que tiene una carga futbolera y que se traslada fácilmente a la discusión entre “partidos” (tengamos en cuenta la palabra) políticos, se muestra exagerada si el objeto de la carga emotiva es “la cara de Francisco”.
    2. Aquí, el dinamismo extrapolado mostró la hilacha. No se puede discutir sobre una cara como se discute sobre un partido de fútbol (o una elección). Evidente que lo hacemos, porque le decimos al otro “pusiste una cara…”. Y con el Papa, como le sacan ráfagas de diez fotos por segundo grupos de entre diez y 100 fotógrafos (a veces más), desde distintos ángulos, quedan registradas “todas sus caras”. Lo cual tiene su ventaja en esto del “proceso” del que hablo. Porque con otras personas, uno se queda con “una cara” – “te ví el gesto”, decimos. No me lo niegues”. Con el papa están quedando registradas todas sus expresiones y eso, un caso único en el mundo, creo, le da historicidad al proceso.
  2. Esta historicidad (no puntual, sino parte de un proceso) de las caras, el poder ver todas las expresiones que tuvo en el encuentro, que fueron muchas y variadas (seriedad al primer contacto visual, expresión de atención respetuosa, deseo de mantenerse formal conteniendo las expresiones, sonrisas al introducir el presidente a su esposa, caras de circunstancia con los regalos, aprecio sincero ante el poncho de las tejedoras de Catamarca y la Cruz de Matará… etc., etc.,) hace ver la trampa de la “explosividad puntual” del proceso del que hablo.
    1. Cuál es la trampa? Es la de un recurso periodístico que utiliza el principio de que “la primera impresión es la que queda”. Los dos primeros tweets fueron de La Nación. A las 10:39: “El encuentro cara a cara entre Macri y Francisco duró 22 minutos”; el segundo tweet, a las 10:48 fue: “Hubo un clima serio en el encuentro”. Estas dos primera impresiones, junto a dos fotos con “caras”, imprimieron su sello a lo que luego quedó. Porque todo lo que se dijo después apareció como “intentos de explicar” que oscurecían. Por más que salieran otras fotos y que se mostrara que el tiempo estaba acordado. El punto es: este dinamismo periodístico, digamos, es verdadero: la primera impresión “queda”.
    2. Pero es solo eso: una impresión. Es posible “registrar” una cara y que quede la impresión de esa expresión. Ese dinamismo “vende”, porque permite seguir hablando. Pero luego se agota el tema. Y entonces? El periodismo pasa a otro. Y nosotros? Que nos metimos en una discusión sobre “impresiones”? Quedamos con mal sabor. Por qué?
  3. Porque creo que es algo sabido que el “dinamismo” que genera una foto tiene mucho de subjetivo. Como en esos tests que te ponen la misma imagen y cada uno ve algo que le resalta más y cuenta historias distintas (la suya). Uno, en esto, queda con mal sabor porque siente que le pusieron algo “objetivo” y uno se deschavó contando sus sentimientos, mostrando su bronca con los demás, su alegría revanchista, sus rencores acumulados… y toda una serie de cosas como las que aparecen en los comentarios de internet. El mal sabor es por sentir que nos dejamos usar por un mecanismo destinado a vender para expresar cosas que tenemos dentro no del todo elaboradas. Es curioso lo de una persona que mostraba dos fotos, una suya, llorando de alegría por la elección del papa y otra de un gesto del papa que la hacía enojarse mucho y sentirse “decepcionada”. El mal sabor viene de que nos sentimos que estamos actuando “por fotos”. Que nos tiran “fotos” de la realidad y nos hacen discutir, gritarnos, pelear. Incluso con los que queremos, en la propia familia y entre amigos!!!
  4. Qué podemos hacer? Eso lo veremos en “otro capítulo” que se llamará “opiniones sobre cómo opinar en la argentina de hoy”. Por hoy, basta con haber “sentido” la fuerza de este dinamismo “extrapolado”. Es decir, ni bueno ni malo, pero que es propio del que quiere causar impresión para vender noticias y desencadena estos mecanismos que dejan mal sabor cuando uno quiere interpretar los hechos políticos trascendentes, los encuentros entre grandes personalidades, las intenciones del corazón de un Papa Francisco, las preocupaciones de un gobernante que nos preside a todos por un período constitucional…

Baste con sentir que si cuando algo “explota” en internet y se “viraliza” nos contagiamos de su dinamismo (y lo volvemos “trending”) estamos en una dinámica “neutra” que devora videos curiosos de un perro que baila, memes ridículos de uno que ganó el oscar y sonrisas del papa. Una dinámica que a todo lo hace “objeto” de su necesidad de llenar esa “carencia” de novedades que todos tenemos y que mueve el mundo del espectáculo.

Tomar conciencia de que aunque todo esté en los medios no todo es “espectáculo” y hacer “resistencia interior” a ese dinamismo, deja buen sabor. Cómo se hace resistencia?

Veremos. A ver si se nos ocurre algo. Por ahí no. Por ahí no se puede.

Diego Fares sj