La misericordia como mentalidad (Cuaresma 3 C 2016)

 

higuera-de-arriba-2 En aquel momento llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les dijo:

–¿Ustedes creen que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? Les digo que no; más aún, si no se convierten y cambian de mentalidad, también ustedes perecerán de manera similar. Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé,

¿creen que eran más deudores que los demás habitantes de Jerusalén?

Les digo que no; y si no se convierten y cambian de mentalidad, todos perecerán de manera similar.

 Y Jesús les propuso esta parábola:

Un hombre había plantado una higuera en su viña,

pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró. Entonces dijo al viñador:

«Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro.

¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?»

El viñador le respondió:

«Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás» (Lc 13, 1-9).

 

Contemplación

Hace unos días un cura amigo que está en Roma me regaló el librito de Stella Morra “Dios no se cansa” (espero lo traduzcan pronto), en que habla de la Misericordia como “categoría generatriz”, que da forma a la totalidad de la experiencia cristiana y la hace visible y vivible. En palabras simples: de qué tenemos que dar testimonio visible? Se nos envía a dar testimonio de la misericordia puesta en obras.

Qué nos pide Jesús que vivamos, cómo nos manda bajar a nuestra vida el mandamiento del amor a Dios y al prójimo? Nos manda que nos dejemos amar y que amemos con misericordia.

Y nuestra oración… Cómo tenemos que rezar? La oración centrada en la misericordia implica un cambio completo de mentalidad.

Esa nueva mentalidad que nos pide Jesús en el evangelio de hoy.

Un ejemplo: tenemos una mentalidad que se podría describir escuchando esas palabras tan comunes: “A ver, cómo me explicás esto?”

“Si Dios existe, cómo es posible que suceda esto?”

Es un tipo de mentalidad que aparece por muchos lados. En nuestra patria Argentina, por ejemplo están de moda estos “cómo me explicás” a propósito del Papa Francisco. “Cómo me explicás que el Papa Francisco le regale un Rosario a Milagro Sala?”

Solo para el que no conozca, Milagro Sala es una activista social a la que pusieron presa en Jujuy por un delito habitualmente (en especial para funcionarios públicos) “excarcelable” y luego de encarcelada, le van sumando causas. Un periodista que no es de los suyos, digamos, hacía notar que si se la acusaba de mal uso de fondos del Estado, tenía que ser juzgado al mismo tiempo el Ministro del Interior que se los proporcionaba sin supervisar.

Pero bueno, cito el caso sólo para remover el avispero y que cada uno tome conciencia de una mentalidad de fondo que “muestra la cola de mono” del mal espíritu después que uno se indignó.

Por qué me indigno de una cosas y no de otras?

Esa es la pregunta que me lleva a la mentalidad de fondo.

Los paisanos de Jesús le pusieron también un caso escandaloso para su época. Pilato (con el que después negociarían ellos contra Jesús!) había matado a unos galileos y luego había mezclado su sangre con la de los sacrificios que se ofrecían a Dios. Algo escandaloso. Tanto o más que usar el dinero de los pobres para beneficio propio. En realidad mucho peor, ya que mató gente y violó las costumbres sagradas de un pueblo como el de Israel.

Entonces estos van y le dicen a Jesús: A ver cómo explicas esto? Cómo Dios permite estas cosas?

Jesús aprovecha el asunto para ir más a fondo. Les dice que se conviertan ellos porque si no les pasará lo mismo. Y agrega otra cosa que nos escandaliza contra Dios o contra la vida, como es la tragedia de la caída de una torre, para instar a todos a cambiar la mentalidad.

Cuál mentalidad?

Esa mentalidad que cuando encuentra “un chivo expiatorio” tranquiliza la propia conciencia.

Jesús en cambio apunta a no tranquilizar la conciencia, a hacer que todos nos arrepintamos, cada cual de sus culpas y todos de las de todos.

Es como si nos dijera: a vos también te pueden meter preso por los impuestos que no has pagado o que si pudieras no habrías pagado, o de las limosnas que no diste, porque eso también es desviar fondos comunes para tu beneficio propio.

Como dijo el Papa en la cárcel de CeReSo 3 a los detenidos:

“Ustedes sienten el dolor de las caídas (y agregó fuera de texto) y ojalá todos sintamos el dolor de las caídas escondidas y tapadas”.

Fue muy fuerte esto dicho allí, ante los que están presos efectivamente: mis caídas escondidas y tapadas.

La nueva mentalidad que trae una lectura misericordiosa de la realidad y de la propia vida nos hace mirar los hechos pasados no buscando culpables, chivos expiatorios de nuestros males presentes, gente que ya no puede defenderse y a la que acusamos como peores que nosotros. La misericordia nos hace mirar el pasado agradeciendo que todavía tengamos una oportunidad, que no nos haya pasado lo que a muchos, que ya fueron juzgados duramente.

San Ignacio, en la meditación de los pecados, nos hace hacer un “coloquio de misericordia”, una charla con Dios sobre la misericordia, “razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor, porque me ha dado vida hasta ahora, proponiendo enmendarme con su gracia para adelante” (EE 61).

Esta es la mentalidad que mira el tiempo, nuestro tiempo de vida, con el lente de la misericordia: el pasado se agradece, no es un mapa donde uno pone la lupa buscando culpas y culpables. Se agradece, no porque no haya habido nada malo, sino porque la síntesis es que –con todo lo que me pasó- Dios me dio vida hasta ahora.

Y el futuro, bajo la mirada de la misericordia, es un tiempo para escribir una historia mejor. No es el tiempo que me queda para pasarla bien yo, dejando que otros se hagan cargo de lo que yo hice mal, sino el tiempo que me regalan para reparar, para hacerme cargo bien de lo más mío y mejorarlo.

Allí se sitúa Jesús. Justo donde la vida me podría dar un hachazo con todo derecho, ya que estoy “ocupando el terreno inútilmente”. Chupando el jugo a la tierra sin dar fruto. Así contaba un cuento de la época del Señor, en el que la historia de la higuera estéril terminaba mal: la cortaban. Porque, como ya se sabe, las higueras “consumen” muchos minerales de la tierra y se los sacan a las viñas, así que si no dan higos, mejor cortarlas. Allí, en ese momento, entra Jesús en mi historia (cuántas veces ha entrado) y dice esa palabra mágica: dejalo, “afes”, perdonale la vida, dejalo un poco más, dale otra oportunidad.

Es la misma palabra del Padrenuestro: “afes”, deja de lado nuestras deudas y ofensas, así como nosotros dejamos de lado y perdonamos las de los demás.

La misericordia nos dice que “el tiempo es superior al espacio”, que no hay que quedarse con la foto que nos ponen los diarios y nos dicen “mirá, mirá, no ves?”. La misericordia nos dice: hacé memoria, la historia de cada persona es más que una foto. Y mirá para adelante, da otra oportunidad. Date otra oportunidad a vos mismo y a los tuyos, a los demás, a tu patria, al mundo.

Ah! Y lo lindo que tiene esta mentalidad es que, como higueras para cortar hay por todos lados, si uno quiere acción, si uno quiere cosas concretas, la misericordia nos las pone al alcance de la mano cada día. Si se trata de “hacer” obras de misericordia, cada día es de verdad una oportunidad. Por eso la cuestión de cambiar de mentalidad, para poder encontrar rápido todo lo bueno que podemos hacer dentro de este “nuevo paradigma” que nos propone Francisco.

El cuentito “Ojos embrujados” de Menapace, ayuda mucho a abrir los ojos (especialmente en nuestra patria en la que desde hace un tiempo todos tenemos “los ojos embrujados” y vemos a los otros no diría con “una mirada mala” sino con “muchas miradas” pero en las que la misericordia no es lo primero.

Ojos embrujados

El Abad Arsenio hacía muchos años que vivía en el desierto. Se había retirado a la soledad a fin de luchar contra todos los engaños del diablo, y así poder mirar las cosas con ojos simples y ver sólo lo que Dios veía. Muchos años le había costado esa lucha, hasta que finalmente Dios en su misericordia le había concedido la gracia de ver la realidad de las cosas. Es decir, ver las cosas con los ojos de Dios, simple y puramente. Vivía desierto adentro, tres días de camino.

Al borde del desierto había una ciudad. Y en ella vivía un matrimonio de personas ya mayores, que tenían sólo una hija adolescente, por la que estaban más que preocupados. Permanentemente se sentían angustiados por la jovencita, a la que tenían acobardada a consejos, tratando de evitarle los peligros propios de su edad. La verdad era que su hija daba bastantes motivos para que sus padres se preocuparan, ya que estaba en esa etapa de la vida en que se vive sin ver los peligros reales e imaginándose todas las oportunidades como posibles.

Un día la angustia se les hizo espesa. Había llegado el rumor de que se acercaba a la ciudad una compañía de brujos, con su circo de animales, sus camellos llenos de campanillas, y toda su hechicería a cuestas. Sobre todo se hablaba mucho del Brujo Mayor, hombre de poder maléfico, que con su sola mirada era capaz de seducir a una joven y convertirla en una animal que luego utilizaba para sus pruebas en el circo. En aquella época se creía que los animales amaestrados, eran en realidad personas convertidas en tales por arte de encantamiento, y que por ello junto a su nueva forma animal les quedaban restos de comprensión humana.

Imagínense el terror que se apoderó de los padres de la muchacha al saber que la compañía de brujos se acercaba al poblado, y que su hija no se hallaba en casa. Comenzaron a temer lo peor. Sabía de la imprudencia de ella, y no podían sacarse de la imaginación lo que ocurriría si llegaba a encontrarla en su camino la caravana se aproximaba. Angustiados y con el corazón oprimido cerraron la casa trancando puertas y ventanas. Y cuando sintieron el tropel de las pisadas y el tintinear de las campanillas, no pudieron resistir el acercarse a la puerta espiando por el agujerito del visor lo que pasaba justo frente a su casa. Lentamente fueron desfilando las jaulas con los animales y luego las carretas con los equipajes apilados. Detrás del cortejo, venía el Brujo Mayor, en su camello negro, erguido y escrutando con ojos de fuego a su alrededor. No pudieron sacarle la vista de encima. Cuando pasaba frente a su puerta detrás de la que ellos estaban como encandilados mirándolo, vieron que lentamente fue girando la cabeza, hasta que su mirada se clavó en la de ellos a través del pequeñísimo espacio de la mirilla. Un terror frío les corrió por el cuerpo e instintivamente retrocedieron como quemados por aquella mirada.

Ya no les cabía duda. Algo terrible le habría pasado ciertamente a su hija. Esta obsesión se les fue metiendo en el alma a medida que crecía la noche. Sintieron ruidos raros que golpeaban sus puertas y ventanas. Voces misteriosas e incomprensibles que pedían se les abriera. Todo inútil: arrimaron aún más muebles a las trancas y se mantuvieron quietos y templando en el rincón más oscuro de la habitación. Así pasaron aquella horrible noche de vigilia, pensando en la joven que en algún lugar estaría convertida en bestia por encantamiento del Brujo.

Cuando supusieron que sería de día, fueron lentamente retirando muebles y camas, y por último destrancaron las puertas para mirar el mundo exterior. Y allí se confirmaron sus temores y ansiedades. Dormida en el atrio de su casa, estaba tirada su hija convertida en una asna. No hay para qué describir la reacción de gritos, reproches y barbaridades con la que sus padres rubricaron lo que veían sus ojos. Inmediatamente pusieron a la bestia un bozal, y a empujones y latigazos la fueron empujado hasta el corral donde la dejaron amarrada al palenque sin agua y sin comida. Así la tuvieron todo el día, mientras desahogaban su angustia con reproches y reconvenciones.

-¡Viste – gritaban – tenía que sucederte al fin! Nosotros te habíamos dicho. Pero es inútil. Ustedes los jóvenes no quieren escucharnos. Y ahora ¿qué vamos a hacer?

Finalmente, desesperados, decidieron ir a consultar al abad Arsenio; quizá él con su poderosa intercesión pudiera desembrujar a su hija para que recobrara su ser original. Y diciendo y haciendo, emprendieron el viaje.

Atada con su cabestro por el bozal, y a gritos y empujones, fueron haciendo los tres días de camino desierto adentro hasta llegar al lugar en que Arsenio habitaba. Al ver de la colina su celda, dejaron allí atada a la asna y fueron corriendo y llorosos a postrarse a los pies del anciano suplicándole que desembrujara a su hija que había quedado convertida en una asna por encantamiento maléfico. Le contaron todo lo sucedido, detallándole el momento en que se sintieron flechados por la mirada terrible del Brujo Mayor que pasara frente a su casa, y que no les viera más que los ojos ansiosos detrás de la mirilla.

Con calma Arsenio los consoló y les pidió que lo acompañaran hasta el lugar donde habían dejado atada a la joven. Al acercase les preguntó:

-¿Dónde está la asna, de la que hablan? Yo no la veo.

-¿Cómo no la ves? Está delante tuyo – le respondieron.

Pero el anciano insistió en que él no veía asna alguna. Lo que sus ojos veían era una muchacha aterrorizada, castigada y humillada a la que tenían atada con un bozal y cabestro, y que lo miraba con miedo, sin entender nada. Entonces el anciano levantó sus ojos al cielo y oró. Y Dios lo iluminó para que de pronto comprendiera todo. Miró profundamente a los ojos atemorizados de los padres y les ordenó que se arrodillaran. Y entonces suplicó:

-Padre Santo. Señor de la luz y la verdad. Dígnate librar a estos tus hijos de la mentira que hay en sus ojos, para que vean la verdad de su hija.

Y diciendo esto trazó sobre su vista la señal de la cruz. Como si un velo se les hubiera quitado, ellos vieron desaparecer la imagen de la asna, y reencontraron la de su hija maltrecha y asustada.

La que estaba embrujada no era la muchacha, sino los ojos de sus padres, obsesionados por el miedo y la angustia.

En mi vida de monje, he visto muchas veces el reverso de este cuento. He conocido muchos jóvenes que tenían los ojos embrujados y eran incapaces de ver la verdad de sus padres. Donde ellos no descubrían más que seres celosos y chapados a la antigua, que nada comprendían, la verdad demostraba una pareja de padres cariñosos y sinceramente responsables del bien de su hijo.

Muchas veces me he visto obligado a trazar la señal de la cruz sobre los ojos. Los míos propios. Y a veces sobre los de los demás (M. Menapace, Cuentos Rodados, Patria Grande).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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