Lo que nos transfigura es la misericordia (Cuaresma 2 C 2016)

 

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Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que el aspecto de su rostro parecía otro  y sus vestidos se volvieron de una blancura refulgente.

Y he aquí que dos hombre hablaban con El. Eran Moisés y Elías, que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros,  estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él.  Y aconteció que al retirarse ellos de El, Pedro dijo a Jesús:

Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías.

Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y se dejó oír una voz de la nube que decía:

–Este es mi Hijo elegido; escúchenlo.

Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto  (Lc 9, 28b-36).

 

Contemplación

 

Lo que nos transfigura es la misericordia. Lo único capaz de cambiarnos la cara y los gestos desde el corazón. Dos ejemplos, solamente, de estas transfiguraciones, tomados de la visita del Papa Francisco a México. Uno fue cómo se transfiguraron presos del Coro del Centro de Rehabilitación Social nº 3 cuando el Papa se acercó a saludarlos y a agradecerles. Por la tele, los presos vestidos todos iguales como dijo Evelia (y con orgullo agregó que el único “mérito” por el que estaba hablando allí era por su uniforme de presa), parecían un poco estáticos. Cuando vieron que el papa se acercaba, se pusieron en movimiento y les cambió el rostro. El que se lleva la mano al pecho lo hizo con tanta unción que seguramente fue porque estaba recibiendo un perdón y una misericordia como la de aquella mujer que fue a lavar los pies del Señor con sus lágrimas. El más grande, que está de rodillas, estuvo llorando todo el tiempo que el Papa hablaba. Y el que canta, siguió cantando, mientras sus amigos saludaban uno a uno al Papa. El no dejó de cantar para todos: fue su homenaje. Se acercó otro –gigante, que tocaba el violín. Si lo ves en la calle por ahí te cruzás de vereda. Cuando se acercó a saludar a Francisco parecía un chico.

 

Otro momento especial fue cuando el Papa vio a estas dos niñas con síndrome de down, que se ve que le gritaron de lejos, y las invitó a subir al altar en Morelos, y bajó él mismo a saludarlas. Los abrazos y las caras no tienen desperdicio. Alguien le preguntó al Papa si no se cansaba. El dijo: en mi tierra hay un dicho: sarna con gusto no pica. La verdad es que se dio todos los gustos en México y los mexicanos no se quedaron atrás en cariño y capacidad de hacer suyos a los Papas.

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http://www.unotv.com/especiales/noticias/visita-papa-en-mexico-2016/detalle/el-papa-abraza-a-ninas-con-sindrome-de-down-411724/

 

Non son simplemente “momentos emotivos”. Todo el mundo se emociona y sonríe cuando ve al Papa o lo saluda. Pero en estos casos –en los presos, en los pequeñitos- hay algo especial. Nos involucra a todos, porque todos somos pequeños y presos en algún lugar del corazón. El Papa se acerca especialmente a estas personas. Cuando se detiene a besar a los niños, abraza y besa a lo mejor de cada familia y de cada pueblo: a sus hijos. Es como abrazar la esperanza común. Por eso nos hace sentir involucrados. Nadie dice por qué no saluda a los grandes, que los niños no se dan cuenta (y algunos hasta lloran cuando los llevan en andas los guardias suizos). Cuando va a visitar a los presos de una cárcel perdida en el desierto mexicano, sólo alguno que todavía está un poco ciego dice que para qué se gasta tanta plata y no se construyen… qué?, más cárceles?. No debe haber habido plata mejor gastada en México que esta. Abrazar a los presos es abrazar los pecados de la sociedad y hacer sentir, como dijo Francisco, “que no hay ningún lugar que la misericordia no toque”, “ningún pasado en el que quedar presos”.

La misericordia es lo que nos transfigura. Por qué? Porque nos brota de las entrañas y se desborda en gestos y en obras. La misericordia va y viene, de las entrañas del corazón a la necesidad del otro y del otro al corazón. Nos hace salir, nos hace ver, nos hace amar, nos lleva a actuar. Ese es el “éxodo” del que hablaba Jesús transfigurado con Moisés y Elías. Su salida total de sí por misericordia. Tomó forma definitiva y total en la Cruz, pero Jesús estuvo saliendo de sí todo el tiempo de su vida.

Cuando el Papa Francisco nos dice que “salgamos” la invitación no es en el aire. No es un salir a ver qué pasa. Es salir a donde nos lleva la misericordia. La misericordia nos hace lúcidos y precisos. Uno sale a donde hay una necesidad y el bien que se puede hacer –pequeño o grande- siempre es concreto.

Los famosos cuatro principios de los que habla siempre el Papa, sólo tienen sentido pleno y valen en absoluto, cuando son expresiones de la misericordia. No es verdad que la realidad sea superior a la idea. Para la propaganda, por ejemplo, el principio es el contrario. La idea que te venden, las imágenes que usan, están mejoradas, agrandadas, te hacen sentir que el producto que comprás es más de lo que es en realidad. Por eso “las marcas” valen más que el producto en sí. En política tampoco es verdad siempre este apotegma. A veces uno vota más una idea linda, algo que desea que sea realidad, aunque los sujetos que encarnan esa idea, con su vida, digan a gritos que son otra cosa. Pero uno compra slogans (de una parte y de otra). La realidad es superior a la idea solo si se trata de una realidad “misericordiada”. La misericordia no disfraza la realidad, la abraza en su miseria, descubre las llagas, no las tapa. Y al abrazarlas, al perdonarlas y ayudar a sanarlas, permite que surja algo nuevo desde adentro de la realidad misma. Esto lleva tiempo, por supuesto. Y aquí, en el tiempo que regala la misericordia, en el tiempo que se toma para comprender al otro y para ayudar a sanar las heridas, se ve que el tiempo es superior al espacio. Solo para el Padre misericordioso, el tiempo le dio la razón. Su hijo regresó, arrepentido. El hermano mayor, que se había adueñado del espacio de la casa, no lo vivió así. Pensó que se repetiría la historia. Que la unidad sea superior a todo conflicto no es verdad para muchos. Hay gente que aprovecha muy bien los conflictos, que saca tajada. No quieren dialogar ni negociar porque no quieren “perder” nada. La unidad es superior a los conflictos solo allí donde rige como principio supremo la misericordia. Es mejor mantener la familia unida perdonando todo lo que haya que perdonar, que quedarse solos por querer tener razón. La unidad mantenida a fuerza de perdones y de comenzar de nuevo es una apuesta a las personas, no a las situaciones. Esta misericordia nos despoja de todo control, nos hace perder autoridad (como la pierde el padre a los ojos del hijo mayor), tira abajo muchas cosas que construimos: todo por darle una nueva oportunidad a una persona. Si Dios trabajara solo con los mejores, con los absolutamente fieles, su plan quizás iría adelante más eficazmente (pero ciertamente sería sólo de muy pocos). Que el todo sea superior a las partes, es verdad en las matemáticas de la misericordia. En economía suele ser al revés: una parte va adelante a cualquier costo y nos dice que “se irán derramando beneficios para las otras partes”. Si se atiende las necesidades de todos, pasará como en un bote, que si permite que suban todos se hunde. Esas imágenes se dan como “de sentido común”. La lógica de la misericordia en cambio es distinta: es de incluir a todos, confiando en que los incluidos remarán mejor y crearán sus propias condiciones para mejorar. A eso apuesta Dios cuando invita a todos y cuando perdona a todos.

La misericordia transfigura la realidad. Pero no de manera tal que una vez transfigurada, deje de necesitar recibir y dar misericordia. La misericordia vuelve nuestro corazón “más misericordioso”. Solamente eso.

No es fácil la misericordia. Por algo algunas veces decimos “prefiero que me odien a que me tengan compasión”. Por eso es que “nos cansamos de confesar los mismos pecados” y dejamos que se endurezcan, o los tapamos o nos resignamos a “ser así”. No es fácil la misericordia. Por eso cuando la ejercemos calculamos cuántas veces tendremos que volver a tolerar lo mismo.

La misericordia pone en acción un sistema de relaciones total y constante: como por vasos comunicantes, sube o baja, el recipiente que somos nosotros mismos (la misericordia que recibimos de los demás ) con los otros recipientes (los de la misericordia que damos a los demás). Y en este “los demás” se trata tanto de Dios nuestro Señor como de las otras personas.  Estamos diciendo que también le tenemos que tener “misericordia y compasión a Dios”? Y sí. Compadecernos de Jesús en Cruz, es tenerle misericordia. Sentir pena de que sea tan frágil e impotente para comunicarnos su amor que haya tenido que pasar todo eso. Compadecernos del Padre, también. Las imágenes que Jesús nos revela no son precisamente de un ser omnipotente. Es un padre a quien se le fue su hijo y lo espera cada día, es un padre que sale a buscar obreros a su viña y la gente no le responde inmediatamente, es un padre que hace la fiesta de bodas para su hijo y los invitados lo desprecian… Un Padre digno de compasión, digno de misericordia. No porque en sí mismo no sea poderoso, sino porque un padre nunca es alguien autosuficiente. Aunque sea un rey, si su hijito se enferma, es digno de compasión. Nuestro Padre es un padre que perdió a su hijo. Que tuvo que entregar a su hijo amado como precio a pagar por haber querido dar la vida a otros hijos que le resultaron pródigos.

Por este lado va la transfiguración de la misericordia. Nos cambia también la figura que nos hemos hecho de Dios. Un Dios Energía pura, un Dios Emperador, un Dios Empresario millonario, un Dios Juez supremo… no son dignas de compasión. Para nada. Quizás sea la primera cosa a volver a mirar, a ver si leyendo las parábolas de Jesús se nos transfigura Dios entero. No sólo se vuelve un poco más brillante Jesús, sino que se nos vuelve un poco más cercano ese Padre que nos confiesa su amor cuando nos dice que Jesús es su Hijo predilecto, y nos muestra su necesidad de comprensión cuando nos suplica: escúchenlo (por favor).

Quizás si nos da un poco de pena nuestro Padre, podamos aceptar mejor su misericordia para con nosotros y nos volvamos un poco más misericordiosos con los demás.

Diego Fares sj