La misericordia como mentalidad (Cuaresma 3 C 2016)

 

higuera-de-arriba-2 En aquel momento llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les dijo:

–¿Ustedes creen que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? Les digo que no; más aún, si no se convierten y cambian de mentalidad, también ustedes perecerán de manera similar. Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé,

¿creen que eran más deudores que los demás habitantes de Jerusalén?

Les digo que no; y si no se convierten y cambian de mentalidad, todos perecerán de manera similar.

 Y Jesús les propuso esta parábola:

Un hombre había plantado una higuera en su viña,

pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró. Entonces dijo al viñador:

«Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro.

¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?»

El viñador le respondió:

«Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás» (Lc 13, 1-9).

 

Contemplación

Hace unos días un cura amigo que está en Roma me regaló el librito de Stella Morra “Dios no se cansa” (espero lo traduzcan pronto), en que habla de la Misericordia como “categoría generatriz”, que da forma a la totalidad de la experiencia cristiana y la hace visible y vivible. En palabras simples: de qué tenemos que dar testimonio visible? Se nos envía a dar testimonio de la misericordia puesta en obras.

Qué nos pide Jesús que vivamos, cómo nos manda bajar a nuestra vida el mandamiento del amor a Dios y al prójimo? Nos manda que nos dejemos amar y que amemos con misericordia.

Y nuestra oración… Cómo tenemos que rezar? La oración centrada en la misericordia implica un cambio completo de mentalidad.

Esa nueva mentalidad que nos pide Jesús en el evangelio de hoy.

Un ejemplo: tenemos una mentalidad que se podría describir escuchando esas palabras tan comunes: “A ver, cómo me explicás esto?”

“Si Dios existe, cómo es posible que suceda esto?”

Es un tipo de mentalidad que aparece por muchos lados. En nuestra patria Argentina, por ejemplo están de moda estos “cómo me explicás” a propósito del Papa Francisco. “Cómo me explicás que el Papa Francisco le regale un Rosario a Milagro Sala?”

Solo para el que no conozca, Milagro Sala es una activista social a la que pusieron presa en Jujuy por un delito habitualmente (en especial para funcionarios públicos) “excarcelable” y luego de encarcelada, le van sumando causas. Un periodista que no es de los suyos, digamos, hacía notar que si se la acusaba de mal uso de fondos del Estado, tenía que ser juzgado al mismo tiempo el Ministro del Interior que se los proporcionaba sin supervisar.

Pero bueno, cito el caso sólo para remover el avispero y que cada uno tome conciencia de una mentalidad de fondo que “muestra la cola de mono” del mal espíritu después que uno se indignó.

Por qué me indigno de una cosas y no de otras?

Esa es la pregunta que me lleva a la mentalidad de fondo.

Los paisanos de Jesús le pusieron también un caso escandaloso para su época. Pilato (con el que después negociarían ellos contra Jesús!) había matado a unos galileos y luego había mezclado su sangre con la de los sacrificios que se ofrecían a Dios. Algo escandaloso. Tanto o más que usar el dinero de los pobres para beneficio propio. En realidad mucho peor, ya que mató gente y violó las costumbres sagradas de un pueblo como el de Israel.

Entonces estos van y le dicen a Jesús: A ver cómo explicas esto? Cómo Dios permite estas cosas?

Jesús aprovecha el asunto para ir más a fondo. Les dice que se conviertan ellos porque si no les pasará lo mismo. Y agrega otra cosa que nos escandaliza contra Dios o contra la vida, como es la tragedia de la caída de una torre, para instar a todos a cambiar la mentalidad.

Cuál mentalidad?

Esa mentalidad que cuando encuentra “un chivo expiatorio” tranquiliza la propia conciencia.

Jesús en cambio apunta a no tranquilizar la conciencia, a hacer que todos nos arrepintamos, cada cual de sus culpas y todos de las de todos.

Es como si nos dijera: a vos también te pueden meter preso por los impuestos que no has pagado o que si pudieras no habrías pagado, o de las limosnas que no diste, porque eso también es desviar fondos comunes para tu beneficio propio.

Como dijo el Papa en la cárcel de CeReSo 3 a los detenidos:

“Ustedes sienten el dolor de las caídas (y agregó fuera de texto) y ojalá todos sintamos el dolor de las caídas escondidas y tapadas”.

Fue muy fuerte esto dicho allí, ante los que están presos efectivamente: mis caídas escondidas y tapadas.

La nueva mentalidad que trae una lectura misericordiosa de la realidad y de la propia vida nos hace mirar los hechos pasados no buscando culpables, chivos expiatorios de nuestros males presentes, gente que ya no puede defenderse y a la que acusamos como peores que nosotros. La misericordia nos hace mirar el pasado agradeciendo que todavía tengamos una oportunidad, que no nos haya pasado lo que a muchos, que ya fueron juzgados duramente.

San Ignacio, en la meditación de los pecados, nos hace hacer un “coloquio de misericordia”, una charla con Dios sobre la misericordia, “razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor, porque me ha dado vida hasta ahora, proponiendo enmendarme con su gracia para adelante” (EE 61).

Esta es la mentalidad que mira el tiempo, nuestro tiempo de vida, con el lente de la misericordia: el pasado se agradece, no es un mapa donde uno pone la lupa buscando culpas y culpables. Se agradece, no porque no haya habido nada malo, sino porque la síntesis es que –con todo lo que me pasó- Dios me dio vida hasta ahora.

Y el futuro, bajo la mirada de la misericordia, es un tiempo para escribir una historia mejor. No es el tiempo que me queda para pasarla bien yo, dejando que otros se hagan cargo de lo que yo hice mal, sino el tiempo que me regalan para reparar, para hacerme cargo bien de lo más mío y mejorarlo.

Allí se sitúa Jesús. Justo donde la vida me podría dar un hachazo con todo derecho, ya que estoy “ocupando el terreno inútilmente”. Chupando el jugo a la tierra sin dar fruto. Así contaba un cuento de la época del Señor, en el que la historia de la higuera estéril terminaba mal: la cortaban. Porque, como ya se sabe, las higueras “consumen” muchos minerales de la tierra y se los sacan a las viñas, así que si no dan higos, mejor cortarlas. Allí, en ese momento, entra Jesús en mi historia (cuántas veces ha entrado) y dice esa palabra mágica: dejalo, “afes”, perdonale la vida, dejalo un poco más, dale otra oportunidad.

Es la misma palabra del Padrenuestro: “afes”, deja de lado nuestras deudas y ofensas, así como nosotros dejamos de lado y perdonamos las de los demás.

La misericordia nos dice que “el tiempo es superior al espacio”, que no hay que quedarse con la foto que nos ponen los diarios y nos dicen “mirá, mirá, no ves?”. La misericordia nos dice: hacé memoria, la historia de cada persona es más que una foto. Y mirá para adelante, da otra oportunidad. Date otra oportunidad a vos mismo y a los tuyos, a los demás, a tu patria, al mundo.

Ah! Y lo lindo que tiene esta mentalidad es que, como higueras para cortar hay por todos lados, si uno quiere acción, si uno quiere cosas concretas, la misericordia nos las pone al alcance de la mano cada día. Si se trata de “hacer” obras de misericordia, cada día es de verdad una oportunidad. Por eso la cuestión de cambiar de mentalidad, para poder encontrar rápido todo lo bueno que podemos hacer dentro de este “nuevo paradigma” que nos propone Francisco.

El cuentito “Ojos embrujados” de Menapace, ayuda mucho a abrir los ojos (especialmente en nuestra patria en la que desde hace un tiempo todos tenemos “los ojos embrujados” y vemos a los otros no diría con “una mirada mala” sino con “muchas miradas” pero en las que la misericordia no es lo primero.

Ojos embrujados

El Abad Arsenio hacía muchos años que vivía en el desierto. Se había retirado a la soledad a fin de luchar contra todos los engaños del diablo, y así poder mirar las cosas con ojos simples y ver sólo lo que Dios veía. Muchos años le había costado esa lucha, hasta que finalmente Dios en su misericordia le había concedido la gracia de ver la realidad de las cosas. Es decir, ver las cosas con los ojos de Dios, simple y puramente. Vivía desierto adentro, tres días de camino.

Al borde del desierto había una ciudad. Y en ella vivía un matrimonio de personas ya mayores, que tenían sólo una hija adolescente, por la que estaban más que preocupados. Permanentemente se sentían angustiados por la jovencita, a la que tenían acobardada a consejos, tratando de evitarle los peligros propios de su edad. La verdad era que su hija daba bastantes motivos para que sus padres se preocuparan, ya que estaba en esa etapa de la vida en que se vive sin ver los peligros reales e imaginándose todas las oportunidades como posibles.

Un día la angustia se les hizo espesa. Había llegado el rumor de que se acercaba a la ciudad una compañía de brujos, con su circo de animales, sus camellos llenos de campanillas, y toda su hechicería a cuestas. Sobre todo se hablaba mucho del Brujo Mayor, hombre de poder maléfico, que con su sola mirada era capaz de seducir a una joven y convertirla en una animal que luego utilizaba para sus pruebas en el circo. En aquella época se creía que los animales amaestrados, eran en realidad personas convertidas en tales por arte de encantamiento, y que por ello junto a su nueva forma animal les quedaban restos de comprensión humana.

Imagínense el terror que se apoderó de los padres de la muchacha al saber que la compañía de brujos se acercaba al poblado, y que su hija no se hallaba en casa. Comenzaron a temer lo peor. Sabía de la imprudencia de ella, y no podían sacarse de la imaginación lo que ocurriría si llegaba a encontrarla en su camino la caravana se aproximaba. Angustiados y con el corazón oprimido cerraron la casa trancando puertas y ventanas. Y cuando sintieron el tropel de las pisadas y el tintinear de las campanillas, no pudieron resistir el acercarse a la puerta espiando por el agujerito del visor lo que pasaba justo frente a su casa. Lentamente fueron desfilando las jaulas con los animales y luego las carretas con los equipajes apilados. Detrás del cortejo, venía el Brujo Mayor, en su camello negro, erguido y escrutando con ojos de fuego a su alrededor. No pudieron sacarle la vista de encima. Cuando pasaba frente a su puerta detrás de la que ellos estaban como encandilados mirándolo, vieron que lentamente fue girando la cabeza, hasta que su mirada se clavó en la de ellos a través del pequeñísimo espacio de la mirilla. Un terror frío les corrió por el cuerpo e instintivamente retrocedieron como quemados por aquella mirada.

Ya no les cabía duda. Algo terrible le habría pasado ciertamente a su hija. Esta obsesión se les fue metiendo en el alma a medida que crecía la noche. Sintieron ruidos raros que golpeaban sus puertas y ventanas. Voces misteriosas e incomprensibles que pedían se les abriera. Todo inútil: arrimaron aún más muebles a las trancas y se mantuvieron quietos y templando en el rincón más oscuro de la habitación. Así pasaron aquella horrible noche de vigilia, pensando en la joven que en algún lugar estaría convertida en bestia por encantamiento del Brujo.

Cuando supusieron que sería de día, fueron lentamente retirando muebles y camas, y por último destrancaron las puertas para mirar el mundo exterior. Y allí se confirmaron sus temores y ansiedades. Dormida en el atrio de su casa, estaba tirada su hija convertida en una asna. No hay para qué describir la reacción de gritos, reproches y barbaridades con la que sus padres rubricaron lo que veían sus ojos. Inmediatamente pusieron a la bestia un bozal, y a empujones y latigazos la fueron empujado hasta el corral donde la dejaron amarrada al palenque sin agua y sin comida. Así la tuvieron todo el día, mientras desahogaban su angustia con reproches y reconvenciones.

-¡Viste – gritaban – tenía que sucederte al fin! Nosotros te habíamos dicho. Pero es inútil. Ustedes los jóvenes no quieren escucharnos. Y ahora ¿qué vamos a hacer?

Finalmente, desesperados, decidieron ir a consultar al abad Arsenio; quizá él con su poderosa intercesión pudiera desembrujar a su hija para que recobrara su ser original. Y diciendo y haciendo, emprendieron el viaje.

Atada con su cabestro por el bozal, y a gritos y empujones, fueron haciendo los tres días de camino desierto adentro hasta llegar al lugar en que Arsenio habitaba. Al ver de la colina su celda, dejaron allí atada a la asna y fueron corriendo y llorosos a postrarse a los pies del anciano suplicándole que desembrujara a su hija que había quedado convertida en una asna por encantamiento maléfico. Le contaron todo lo sucedido, detallándole el momento en que se sintieron flechados por la mirada terrible del Brujo Mayor que pasara frente a su casa, y que no les viera más que los ojos ansiosos detrás de la mirilla.

Con calma Arsenio los consoló y les pidió que lo acompañaran hasta el lugar donde habían dejado atada a la joven. Al acercase les preguntó:

-¿Dónde está la asna, de la que hablan? Yo no la veo.

-¿Cómo no la ves? Está delante tuyo – le respondieron.

Pero el anciano insistió en que él no veía asna alguna. Lo que sus ojos veían era una muchacha aterrorizada, castigada y humillada a la que tenían atada con un bozal y cabestro, y que lo miraba con miedo, sin entender nada. Entonces el anciano levantó sus ojos al cielo y oró. Y Dios lo iluminó para que de pronto comprendiera todo. Miró profundamente a los ojos atemorizados de los padres y les ordenó que se arrodillaran. Y entonces suplicó:

-Padre Santo. Señor de la luz y la verdad. Dígnate librar a estos tus hijos de la mentira que hay en sus ojos, para que vean la verdad de su hija.

Y diciendo esto trazó sobre su vista la señal de la cruz. Como si un velo se les hubiera quitado, ellos vieron desaparecer la imagen de la asna, y reencontraron la de su hija maltrecha y asustada.

La que estaba embrujada no era la muchacha, sino los ojos de sus padres, obsesionados por el miedo y la angustia.

En mi vida de monje, he visto muchas veces el reverso de este cuento. He conocido muchos jóvenes que tenían los ojos embrujados y eran incapaces de ver la verdad de sus padres. Donde ellos no descubrían más que seres celosos y chapados a la antigua, que nada comprendían, la verdad demostraba una pareja de padres cariñosos y sinceramente responsables del bien de su hijo.

Muchas veces me he visto obligado a trazar la señal de la cruz sobre los ojos. Los míos propios. Y a veces sobre los de los demás (M. Menapace, Cuentos Rodados, Patria Grande).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que nos transfigura es la misericordia (Cuaresma 2 C 2016)

 

presos-de-juarez-lloran-con-el-papa

Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que el aspecto de su rostro parecía otro  y sus vestidos se volvieron de una blancura refulgente.

Y he aquí que dos hombre hablaban con El. Eran Moisés y Elías, que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros,  estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él.  Y aconteció que al retirarse ellos de El, Pedro dijo a Jesús:

Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías.

Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y se dejó oír una voz de la nube que decía:

–Este es mi Hijo elegido; escúchenlo.

Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto  (Lc 9, 28b-36).

 

Contemplación

 

Lo que nos transfigura es la misericordia. Lo único capaz de cambiarnos la cara y los gestos desde el corazón. Dos ejemplos, solamente, de estas transfiguraciones, tomados de la visita del Papa Francisco a México. Uno fue cómo se transfiguraron presos del Coro del Centro de Rehabilitación Social nº 3 cuando el Papa se acercó a saludarlos y a agradecerles. Por la tele, los presos vestidos todos iguales como dijo Evelia (y con orgullo agregó que el único “mérito” por el que estaba hablando allí era por su uniforme de presa), parecían un poco estáticos. Cuando vieron que el papa se acercaba, se pusieron en movimiento y les cambió el rostro. El que se lleva la mano al pecho lo hizo con tanta unción que seguramente fue porque estaba recibiendo un perdón y una misericordia como la de aquella mujer que fue a lavar los pies del Señor con sus lágrimas. El más grande, que está de rodillas, estuvo llorando todo el tiempo que el Papa hablaba. Y el que canta, siguió cantando, mientras sus amigos saludaban uno a uno al Papa. El no dejó de cantar para todos: fue su homenaje. Se acercó otro –gigante, que tocaba el violín. Si lo ves en la calle por ahí te cruzás de vereda. Cuando se acercó a saludar a Francisco parecía un chico.

 

Otro momento especial fue cuando el Papa vio a estas dos niñas con síndrome de down, que se ve que le gritaron de lejos, y las invitó a subir al altar en Morelos, y bajó él mismo a saludarlas. Los abrazos y las caras no tienen desperdicio. Alguien le preguntó al Papa si no se cansaba. El dijo: en mi tierra hay un dicho: sarna con gusto no pica. La verdad es que se dio todos los gustos en México y los mexicanos no se quedaron atrás en cariño y capacidad de hacer suyos a los Papas.

niñas con sd2

http://www.unotv.com/especiales/noticias/visita-papa-en-mexico-2016/detalle/el-papa-abraza-a-ninas-con-sindrome-de-down-411724/

 

Non son simplemente “momentos emotivos”. Todo el mundo se emociona y sonríe cuando ve al Papa o lo saluda. Pero en estos casos –en los presos, en los pequeñitos- hay algo especial. Nos involucra a todos, porque todos somos pequeños y presos en algún lugar del corazón. El Papa se acerca especialmente a estas personas. Cuando se detiene a besar a los niños, abraza y besa a lo mejor de cada familia y de cada pueblo: a sus hijos. Es como abrazar la esperanza común. Por eso nos hace sentir involucrados. Nadie dice por qué no saluda a los grandes, que los niños no se dan cuenta (y algunos hasta lloran cuando los llevan en andas los guardias suizos). Cuando va a visitar a los presos de una cárcel perdida en el desierto mexicano, sólo alguno que todavía está un poco ciego dice que para qué se gasta tanta plata y no se construyen… qué?, más cárceles?. No debe haber habido plata mejor gastada en México que esta. Abrazar a los presos es abrazar los pecados de la sociedad y hacer sentir, como dijo Francisco, “que no hay ningún lugar que la misericordia no toque”, “ningún pasado en el que quedar presos”.

La misericordia es lo que nos transfigura. Por qué? Porque nos brota de las entrañas y se desborda en gestos y en obras. La misericordia va y viene, de las entrañas del corazón a la necesidad del otro y del otro al corazón. Nos hace salir, nos hace ver, nos hace amar, nos lleva a actuar. Ese es el “éxodo” del que hablaba Jesús transfigurado con Moisés y Elías. Su salida total de sí por misericordia. Tomó forma definitiva y total en la Cruz, pero Jesús estuvo saliendo de sí todo el tiempo de su vida.

Cuando el Papa Francisco nos dice que “salgamos” la invitación no es en el aire. No es un salir a ver qué pasa. Es salir a donde nos lleva la misericordia. La misericordia nos hace lúcidos y precisos. Uno sale a donde hay una necesidad y el bien que se puede hacer –pequeño o grande- siempre es concreto.

Los famosos cuatro principios de los que habla siempre el Papa, sólo tienen sentido pleno y valen en absoluto, cuando son expresiones de la misericordia. No es verdad que la realidad sea superior a la idea. Para la propaganda, por ejemplo, el principio es el contrario. La idea que te venden, las imágenes que usan, están mejoradas, agrandadas, te hacen sentir que el producto que comprás es más de lo que es en realidad. Por eso “las marcas” valen más que el producto en sí. En política tampoco es verdad siempre este apotegma. A veces uno vota más una idea linda, algo que desea que sea realidad, aunque los sujetos que encarnan esa idea, con su vida, digan a gritos que son otra cosa. Pero uno compra slogans (de una parte y de otra). La realidad es superior a la idea solo si se trata de una realidad “misericordiada”. La misericordia no disfraza la realidad, la abraza en su miseria, descubre las llagas, no las tapa. Y al abrazarlas, al perdonarlas y ayudar a sanarlas, permite que surja algo nuevo desde adentro de la realidad misma. Esto lleva tiempo, por supuesto. Y aquí, en el tiempo que regala la misericordia, en el tiempo que se toma para comprender al otro y para ayudar a sanar las heridas, se ve que el tiempo es superior al espacio. Solo para el Padre misericordioso, el tiempo le dio la razón. Su hijo regresó, arrepentido. El hermano mayor, que se había adueñado del espacio de la casa, no lo vivió así. Pensó que se repetiría la historia. Que la unidad sea superior a todo conflicto no es verdad para muchos. Hay gente que aprovecha muy bien los conflictos, que saca tajada. No quieren dialogar ni negociar porque no quieren “perder” nada. La unidad es superior a los conflictos solo allí donde rige como principio supremo la misericordia. Es mejor mantener la familia unida perdonando todo lo que haya que perdonar, que quedarse solos por querer tener razón. La unidad mantenida a fuerza de perdones y de comenzar de nuevo es una apuesta a las personas, no a las situaciones. Esta misericordia nos despoja de todo control, nos hace perder autoridad (como la pierde el padre a los ojos del hijo mayor), tira abajo muchas cosas que construimos: todo por darle una nueva oportunidad a una persona. Si Dios trabajara solo con los mejores, con los absolutamente fieles, su plan quizás iría adelante más eficazmente (pero ciertamente sería sólo de muy pocos). Que el todo sea superior a las partes, es verdad en las matemáticas de la misericordia. En economía suele ser al revés: una parte va adelante a cualquier costo y nos dice que “se irán derramando beneficios para las otras partes”. Si se atiende las necesidades de todos, pasará como en un bote, que si permite que suban todos se hunde. Esas imágenes se dan como “de sentido común”. La lógica de la misericordia en cambio es distinta: es de incluir a todos, confiando en que los incluidos remarán mejor y crearán sus propias condiciones para mejorar. A eso apuesta Dios cuando invita a todos y cuando perdona a todos.

La misericordia transfigura la realidad. Pero no de manera tal que una vez transfigurada, deje de necesitar recibir y dar misericordia. La misericordia vuelve nuestro corazón “más misericordioso”. Solamente eso.

No es fácil la misericordia. Por algo algunas veces decimos “prefiero que me odien a que me tengan compasión”. Por eso es que “nos cansamos de confesar los mismos pecados” y dejamos que se endurezcan, o los tapamos o nos resignamos a “ser así”. No es fácil la misericordia. Por eso cuando la ejercemos calculamos cuántas veces tendremos que volver a tolerar lo mismo.

La misericordia pone en acción un sistema de relaciones total y constante: como por vasos comunicantes, sube o baja, el recipiente que somos nosotros mismos (la misericordia que recibimos de los demás ) con los otros recipientes (los de la misericordia que damos a los demás). Y en este “los demás” se trata tanto de Dios nuestro Señor como de las otras personas.  Estamos diciendo que también le tenemos que tener “misericordia y compasión a Dios”? Y sí. Compadecernos de Jesús en Cruz, es tenerle misericordia. Sentir pena de que sea tan frágil e impotente para comunicarnos su amor que haya tenido que pasar todo eso. Compadecernos del Padre, también. Las imágenes que Jesús nos revela no son precisamente de un ser omnipotente. Es un padre a quien se le fue su hijo y lo espera cada día, es un padre que sale a buscar obreros a su viña y la gente no le responde inmediatamente, es un padre que hace la fiesta de bodas para su hijo y los invitados lo desprecian… Un Padre digno de compasión, digno de misericordia. No porque en sí mismo no sea poderoso, sino porque un padre nunca es alguien autosuficiente. Aunque sea un rey, si su hijito se enferma, es digno de compasión. Nuestro Padre es un padre que perdió a su hijo. Que tuvo que entregar a su hijo amado como precio a pagar por haber querido dar la vida a otros hijos que le resultaron pródigos.

Por este lado va la transfiguración de la misericordia. Nos cambia también la figura que nos hemos hecho de Dios. Un Dios Energía pura, un Dios Emperador, un Dios Empresario millonario, un Dios Juez supremo… no son dignas de compasión. Para nada. Quizás sea la primera cosa a volver a mirar, a ver si leyendo las parábolas de Jesús se nos transfigura Dios entero. No sólo se vuelve un poco más brillante Jesús, sino que se nos vuelve un poco más cercano ese Padre que nos confiesa su amor cuando nos dice que Jesús es su Hijo predilecto, y nos muestra su necesidad de comprensión cuando nos suplica: escúchenlo (por favor).

Quizás si nos da un poco de pena nuestro Padre, podamos aceptar mejor su misericordia para con nosotros y nos volvamos un poco más misericordiosos con los demás.

Diego Fares sj

Disponibilidad activa para dejarse conducir (Cuaresma 1 C 2016)

 

Captura de pantalla 2016-02-13 a las 09.34.21 

 

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días, y fue tentado por el diablo.

En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo:

–Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió:

–Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo:

– A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió:

– Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo:

–Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito:

‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo:

–Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

 

 

Contemplación

Lucas nos dice que el Espíritu Santo “conduce” a Jesús y Jesús, lleno del Espíritu, se deja conducir. De una manera especial, porque después el Espíritu no aparece. Pero en las respuestas que da el Señor, en su tono, en los pasajes que recuerda, en su modo de hacerle contra con discernimiento claro y decidido, el Espíritu está presente, actuando con Jesús.

El mal espíritu en cambio no conduce sino que tienta, prueba por aquí y por allá, lo dice, lo eleva y lo lleva. No sabe adonde va, diríamos. Sólo busca –insidiosamente- algún punto débil por donde entrar en la interioridad del Señor para influenciarlo a su gusto, desviándolo de su misión.

 

Cuando escribí que Jesús “se deja conducir” enseguida me vino el deseo de encontrar otra palabra que explicara el modo de conducir del Espíritu. No es como quien conduce un auto, que “se deja conducir” mecánicamente, diríamos; tampoco vemos en Jesús que se trate de una conducción muy pautada. El Espíritu lo conduce al desierto y luego es Jesús el que, bajo la inspiración del Espíritu ciertamente y confirmado con la paz que le da luego de cada momento de lucha, va respondiendo. La conducción la veríamos en que es como si el Señor se fuera afianzando y ampliando pedagógicamente su ámbito de acción, hasta vencer al tentador en “todo género de tentación”.

 

En estos días tengo la increíble tarea de “seguir al Papa” por todos los medios en su peregrinación a México. Cómo los tiempos de la Revista son ajustados, tengo que hacer mi parte de un artículo conjunto con Spadaro, que como lo acompaña en el viaje no tiene el tiempo material de escribirlo. El vademécum que da el vaticano a los periodistas tiene todo detallado al minuto (algo especialmente útil por los cambios de hora). Los datos te marcan, por ejemplo: Sábado 13/2, a las 17,00 hs. mexicana/00,00 hs. italiana/20,00 hs. argentina el Papa celebrará en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Comparto que como escuché que les pidió a los mexicanos que por favor, cuando estuviera ante la Imagen de Nuestra Señora, lo dejaran solo ante Ella un ratito, yo me animé a pedirle antes de ayer, que se acordara de mí y que nos nombrara a los que nos ordenamos un 12 de Diciembre ya que ella es nuestra patrona. “Le voy a decir que los mire”, me dijo. Así que más que eso no se puede pedir. Y como en los ojos de la Virgen nadie se refleja solo sino junto con todos, como en esa “selfie” que se sacó Juan Diego con todos los presentes a través de esos Ojos que son como una cámara que nos mira desde el Cielo (la posición de las estrellas en el manto es la que ve Alguien que mira no desde la tierra sino desde lo Alto), estarán también reflejados todos ustedes que leen esto. Será por un segundo nomás, pero el tiempo no solo se dilata sino que también se concentra, y un segundo bajo la mirada de María se puede decir que queda grabado para siempre y es el camino para entrar en ese otro tiempo que es el del amor y mal llamamos eternidad.

(De paso aviso que nuestros hermanos mexicanos están muy bien en tecnología y han creado  el sitio papafranciscoenmexico.org  Como está adaptado para celulares se puede entrar en cualquier momento, aún sin wifi, solo con datos móviles, y seguir todo lo del viaje.)

Bueno, ya me “dejé conducir” para estos lados que tienen que ver con que otros puedan participar activamente de las cosas lindas que el Espíritu nos regala a través de uno que, como Francisco, se deja conducir por él. Y este era el punto: cómo conduce el Espíritu.

Ayer, al terminar el histórico y conmovedor Encuentro entre el Patriarca de Moscú y toda Rusia y el Papa Francisco, Raúl Castro estaba paradito a un costado, y el Papa quiso terminar agradeciéndole. Dijo: No quiero terminar este encuentro sin agradecer a todo el pueblo cubano y a su presidente por su “disponibilidad activa”. Si sigue así, Cuba será la capital mundial de la unidad”. Dijo esto sonriendo e hizo sonreír a todos, poniendo el tono de buen humor que termina de cerrar con moño una ceremonia única, de trascendental seriedad, que abre una nueva puerta a una relación que estaba congelada desde hace mil años. Francisco, que todo el tiempo estuvo reconcentrado, eligiendo las palabras que decía y con gestos de cercanía y de par, sin que hubiera ningún atisbo de superioridad o de preferencia para con el Patriarca Kirill, dejó brillar su autoridad moral –la que le conceden los demás por el cariño y el respeto que le tienen- diciendo con el humor de uno que es más abuelo- este elogio inmenso que logró hacer sentir a todos que “hay Alguien más grande que nos conduce a todos”. Que Cuba y su Presidente sean los que posibilitan un Encuentro de esta naturaleza es una paradoja que muestra la inaudita creatividad del Espíritu Santo, cuando hay hombres que se dejan conducir por él. Hay que notar la paciencia en los tiempos que llevó la realización de este Encuentro. Primero el Papa ayudó a Cuba a restablecer una mejor relación con los Estados Unidos y ahora, Cuba le ayuda al Papa a restablecer una mejor relación con los Rusos Ortodoxos. En los saludos de protocolo escuché a uno que hizo mención de cómo el Papa ya había hablado de este posible Encuentro en su anterior viaje a la Isla. Nuestro Papa es un hombre de Encuentros y los va gestando, impulsando, dando ideas, que cuando otros acogen con “disponibilidad activa” salen estas cosas maravillosas.

La cara de Raúl Castro, como un chico a quien elogia el maestro, lo dijo todo. Así como también la sonrisa con que Kirill se volvió para mirar al Papa. Es que el “si sigue así” tiene su historia. En la visita a Cuba Raúl Castro había dicho: «He salido de este encuentro verdaderamente impresionado por su sabiduría, por su modestia y por todas las virtudes que sabemos que tiene». «Si sigue hablando como lo hace, tarde o temprano voy a empezar a rezar de nuevo y volveré a la Iglesia católica. Y no estoy bromeando». Recién me doy cuenta ahora, ya que en la contemplación una palabra trae la otra, y veo cómo Francisco, que no deja pasar una, agarró la otra vez estas palabras y esperó a este momento trascendente para confirmar un deseo que viene del Espíritu con una frase de las que devolvía Jesús a la gente, cuando decía “tu fe te ha salvado”, sos vos mismo que has actuado siguiendo al Espíritu gracias a esa “disponibilidad activa” que bien podemos traducir simplemente como “fe”: la fe que obra por la caridad y, después de haber obrado bien, reconoce al Señor que inspiró su actuar.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Por qué será que alejamos a Jesús (Domingo 5 C 2016)

 

 PEDRO Llorando.jpg

Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret

y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios.

Vio entonces dos barcas a la orilla del lago;

los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, que era de Simón,

y le pidió que la separase un poco de tierra.

Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada,

pero como tú lo dices, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces.

Como las redes se rompían,

hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Entonces Jesús dijo a Simón:
No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

 

Contemplación

Dice el dominico Bernard Bro, en su conmovedor librito “Se necesitan pecadores” (en castellano pusieron “Dios necesita pecadores”) que Simón Pedro no comprendía cuál era su pecado porque no había visto el rostro de Jesús, la verdadera mirada con que Jesús lo miraba. No había visto esos ojos de amigo que vió después de haberlo negado, cuando Jesús lo miró al salir del Sanedrín. Ahí sí los vió y lloró amargamente.

Por eso Jesús lo terminará de curar examinándolo sobre el amor de amigo y no sobre otras cosas. Los otros pecados o eran insignificantes o venían de este, de haber mirado más la misión que el rostro de Jesús.

Pedro, dice el padre Bro, rechazaba perderse en la adoración de su amigo, como hizo Juan en la ultima cena. Rechazaba que Jesús le tuviera que lavar los pies, le daba vergüenza que los fariseos le dijeran que su Rabbí no pagaba los impuestos, sentía que era un escándalo que Jesús hablara de su pasión… Y por eso, aunque parecía que estaba dispuesto a dar la vida por él y hasta se procuró una espada e hirió a uno de los que fueron a detener a Jesús, apenas vio que lo estaban juzgando, lo negó ante una empleada.

Quizás todo nació aquí, luego de la pesca milagrosa. Pedro cayó a sus pies y le dijo espantado “apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”.

Simón tenía bien elaborada la definición de sí mismo. Un hombre y un pecador.

Uno podría decir: bueno, esa definición también la tengo yo de mí. Pero puede que no signifique para todos lo mismo. Hombre pecador.

Podemos ver algo de lo que siente Simón en la conclusión que saca de esa imagen de sí mismo: la conclusión es decirle al Señor “apártate de mí”.

Es curioso, porque otros –la prostituta que fue lavarle los pies con sus lágrimas, por ejemplo, y también los enfermos y endemoniados- al sentirse hombres y mujeres pecadores, se acercaban a Jesús o le pedían que se acercara él.

Este apártate de Simón quizás no tiene que ver con su pecado como persona, ya que es alguien que se deja corregir humildemente por el Señor, una y otra vez.

Creo que tiene que ver con la misión.

Pedro no soporta la misión que el Señor le quiere confiar, la misión que le confió de hecho apenas lo vio, cuando le cambió el nombre de Simón por el de Pedro.

Hay algo de rechazo en esto de que le dieran una tarea “sin conocerlo” que hizo que aprovechara este momento del milagro de la pesca para decirle al Señor estas palabras que había ido preparando en su interior: “alejate de mí”.

Como diciendo: Yo no me puedo alejar si vos sos quien sos. Alejate vos por favor. No me pidas que te siga.

Pero el Señor redobla la apuesta y como si no lo hubiera escuchado (primero lo había llamado “Piedra de mi Iglesia”) ahora lo bautiza “Pescador de hombres”. Y en el último encuentro lo llamará “Pastor de mis ovejas”.

La misión es la misión y el Señor llama a los que Él quiere. Sus pecados y fragilidades los tendrá que soportar y tratar de corregir Simón Pedro como cualquier otro, pero no tienen que ver con la misión, con pescar gente para Jesús, con ser roca donde otros se apoyen y sobre la que construyan, con pastorear cariñosamente a las ovejitas.

Es como cuando un papá o una mamá tienen un hijito. Se las tienen que arreglar con sus pecados y con la relación entre ellos, pero a la misión de hacer crecer bien, con cariño, a su hijito, no le pueden poner condiciones. Uno no puede decirle a un hijito: alejate de mí que no soy un buen padre. Porque el hijo dirá: no me importa. Vos sos mi mamá. Te quiero cerca.

Algo de esto intuyo en la actitud de Jesús, en que parezca que no lo escucha a un Simón que le dice que quiere huir, que lo deje tranquilo con su vida de pescador sin pescas milagrosas (aunque Simón deberá reconocer que también le gustaba eso de “caminar sobre el agua” y de que Jesús lo elogiara cuando acertaba a escuchar la voz del Padre).

Pero se ve que a Simón Pedro siempre le daba vueltas esta tentación de “alejarlo a Jesús”. Y tiene que ver, me parece, no tanto con Jesús sino con él mismo.

Con la imagen que Simón Pedro tiene de sí; con lo que encierran esas palabras: “soy un hombre” y “soy un pecador”. O con la suma de las dos características.

Algo hay ahí que no le deja ver el verdadero rostro de Jesús, esa cara de bueno que veían tan facilmente otros “hombres y mujeres pecadores”.

 

Quizás fue que Jesús lo apuró con el llamado y a él el entripado se le quedó adentro. Pero si no lo hubiera llamado, si Jesús hubiera esperado a que Simón resolviera sus cuestiones de imagen, no lo habría seguido nunca (y quizás no se hubiera conocido a sí mismo nunca, si su relación hubiera sido sólo con peces y compradores de pescado).

Y también hay que reconocer que si bien el Señor lo apuró con sus “sígueme” y con los títulos – Piedra, Pescador, Pastor… y Mayordomo,  Portero, Servidor fiel, y Definidor de quién es Jesús, y Portavoz de los otros…. (la verdad es que el Señor lo llenó de títulos a su amigo, no le aflojó en esto de “consolidarle el rol y la misión”) – también le tuvo una paciencia infinita.Así que vamos viendo que, si bien lo apuró, también le tuvo paciencia.

 

Son dos cosas estas que sólo hacen los amigos, que si bien a veces nos apuran, como si estuviera todo dado por hecho, también nos tienen total paciencia si ven que nos complicamos o nos atoramos.

Sea lo que se que se le atragantó a Simón, lo que resulta claro es que es algo que no le dejaba ver a Jesús como Amigo. Lo veía como Señor, pero no como Señor Amigo, como Cristo y Mesías, pero no como Cristo Amigo.

 

Decíamos que el problema parece estar en algo que Simón Pedro piensa de sí mismo. Quizás sea presunción. Una mirada muy alta de cómo tiene que ser alguien con una misión así.

O no querer que se vean sus miserias. Dicen que cuando uno sube más alto en la escalera más riesgo tiene de que se le vea al trasero.

Pero aunque todo esto pueda ser que le moleste un poco, Pedro es alguien que siempre se deja corregir. No se endureció como Judas. A regañadientes a veces, pero siempre volvió a Jesús, siempre tuvo ese “y a quién iremos”. Es decir: no quería (ni podía) alejarse de Jesús. Pero le pide que “se aleje Él”.

Como si no se soportara a sí mismo con Jesús cerca. La bondad del Señor le hace doloroso verse a sí mismo tan hombre pecador. Algo de esto sentimos cuando nos da vergüenza estar cerca de Jesús con nuestros pecados, como cuando nos revisa el médico o nos corrige la maestra o el entrenador. También sucede algo así cuando nos elogian en público.

No resulta algo facil de entender por qué Simón le pide al Señor que se aleje. Y no una vez sino que siempre tuvo esta tentación de “a mí nunca me lavarás los pies”.

Quizás si miramos a Jesús, cómo lo va curando, qué remedios le da…

Por ahí podemos ver mejor desde la mirada del Señor ya que la de Simón está oscurecida por lo mismo que le duele y lo aleja y entonces, en las palabras y gestos que tiene se da algo contradictorio, que no permite ver qué es en realidad lo que le pasa.

Jesús lo cura con un cariño y un bancárselo a toda prueba. Lo retó mil veces en privado y en público pero jamás puso en duda su apoyo incondicional ni su amistad. Nunca dejó de ser el Amigo de Simón y el que se dejaba representar por Simón Pedro.

Y los remedios?

Me animo a decir que lo curó de mirada y de palabra. Pero sobre todo de mirada.

Recordemos la escena: Pedro lo está negando, acorralado por los sirvientes, por tercera vez, y Lucas nos dice que “en ese instante cantó el gallo y Jesús, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó sus palabras y saliendo afuera lloró amagamente” (Lc 22, 60-62).

Jesús le había dado la clave.

Yo creo que no fue tanto la mirada, que Jesús siempre mira igual, con amor, sino el momento. Pedro se da cuenta de que el Señor no estaba mirando ese momento vergonzoso de su negación sino que ya lo había visto antes, sabía todo, y lo había preparado para que la termines con esto de escandalizarte de vos mismo y de decirme que me aleje de vos porque sos un hombre pecador como si Yo no lo supiera ya, dale, rearmate que necesito que me ayudes a cuidar a los demás, de vos lo sé todo y te perdono todo. Vamos.

Lucas dice que fue un remedio amargo, que el llanto fue amargo. Es decir, que lloró su amargura. Hay amarguras que hay que llorarlas para que se vayan, para que las lágrimas las diluyan y pasen.

La amargura de Simón Pedro debe haber ido por el lado de sentir que “se había perdido a Jesús”, no del todo, por supuesto, sino que le había puesto distancia a Alguien así, con el que había convivido, al que había seguido… En ese momento se dio cuenta de que por mirarse a sí mismo y definirse y tratar de hacer un buen papel se había perdido a Jesús y que ahora se lo llevaban a la pasión y no tenía tiempo de decirle nada.

Por eso, que luego de resucitado el Señor haya tenido la delicadeza de preguntarle tres veces y con distintos matices si lo quería, fue lo máximo. Porque esta vez no lo apuró con la misión, esta vez Jesús lo entendió del todo (si es que se puede decir que antes no lo había entendido, pero Pedro necesitaba esto) y le preguntó primero por lo suyo. No le dijo, ya sé que me querés, y que sos un hombre pecador. Le preguntó por su amistad. Y en esa clave, le confió tres veces las ovejas. Como amigo.

Dicen que algo le cambió a Dios por el hecho de haberse encarnado. Aunque por definición Dios no cambie, el haberse hecho hombre algo le habrá cambiado. Algunos dicen que experimentó en carne propia el dolor, la muerte, el pecado… No sé cómo sea, ya que la experiencia de estas realidades es algo intransferible. Cada uno conoce su propio pataleo. Lo que sí sabemos es que en esta historia Jesús y Simón Pedro se hicieron amigos. Y el que tiene esta experiencia sabe que el hacerse amigo de alguien hace que cambie no “algo” sino todo, al mismo tiempo que lo demás sigue su curso habitual.

Diego Fares sj