Amigos de Dios (Domingo 3 C 2016)

Lucas

 Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos

que se cumplieron entre nosotros,

tal como nos fueron transmitidos por aquellos

que han sido desde el comienzo testigos oculares

y luego servidores de la Palabra.

Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes,

yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo,

un relato ordenado, a fin de que conozcas bien

la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro (“Biblíon”) del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

 

Contemplación

Me gusta entrar en la contemplación por la puerta chica de algún detalle.

En este evangelio el detalle es un nombre: “Teófilo” –amigo de Dios-.

Lucas le dice que, después de haber escuchado a los “testigos oculares y, luego, servidores de la Palabra” ha decidido “escribir para él”.

Lindo esto de: “he decidido escribir para ti”. Después agrega: “Una narración ordenada, para que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido”.

Teófilo ya es amigo de Dios, ya ha recibido el Evangelio y los dones del Espíritu en la Iglesia. El relato ordenado de Lucas, que se ha “informado diligentemente de todo desde los orígenes” es una ayuda para conocer bien la solidez de lo recibido.

A mí me encanta esta introducción porque siento que mis contemplaciones nacen de esa dinámica de Lucas. Sus escritos son las “Contemplaciones del Evangelio y de los Hechos”. El modelo me imagino que lo tomó de la Virgen, a la que Lucas era muy cercano; Ella, “la que guardaba todas las cosas contemplándolas en su corazón”.

También el modelo de Lucas es el mismo Señor que abre la inteligencia a los discípulos de Emaús y “comenzando por Moisés y los profetas, les relata todo lo que en la Escritura se refería a Él”.

Lo que saco como fruto es que el Evangelio se escribe y se lee en clave de amistad. Si uno profundiza en algo, es para contarle mejor a los amigos. Esa es en definitiva la actitud de Jesús: todo lo que vivió fue para contárselo a sus amigos. Es que si uno da la vida por sus amigos, desea que lo sepan. Narrarlo es una manera de darlo. La vida no se da como “una cosa”. Al contar, uno ofrece al otro la clave, el sentido, con que fue viviendo su vida y haciendo las cosas “para él”. Un hijo puede “leer” en la vida de sus padres el amor que le tuvieron. Una mamá compra las cosas para la casa, elige la comida, por ejemplo, pensando en lo que le gusta a cada uno y lo que necesita, y luego la prepara, la cocina y la sirve… Así con todo: el amor se narra con pequeños hechos y hay que saber “leerlo”. Hay que guardar las cosas en el corazón y luego hacer memoria y saborear las palabras con que cada cosa fue hecha: esto lo elegí para vos, esto lo compré porque se que te hace bien, esto te lo cociné así porque sé que te gusta. Es ese “he decidido escribir para ti, querido Teófilo”, lo que da el sentido de amor a todo el Evangelio.

Lucas se nos revela así como uno a quien han fascinado “los Hechos” de los amigos de Jesús y desea contárselos a los que tienen este sentido de la amistad con Dios, a los que quieren ser sus amigos. A Lucas le impresiona cómo el ser “Testigos oculares” de la Vida de Jesús lleva a sus discípulos a convertirse en “Ministros de la Palabra”. Es decir: lo que acontece en la Vida de Jesús –su Amor hecho carne, gesto cotidiano- es de tal calidad y magnitud, que requiere que uno se convierta en servidor de la Palabra y narre esos hechos. No son cosas que uno pueda contar así nomás. Hay que contemplar e “informarse diligentemente de todo”, como le dice a Teófilo. El Evangelio como Amor contemplado y narrado es lo mismo que el Amor vivido. Esta es la gracia que sólo Jesús posee y da. El es La Palabra, por eso todo lo que vive y hace tiene un Sentido pleno, una palabra clara. Y cuando alguien nos cuenta lo que hizo Jesús, se ve enseguida la palabra Amor puro que motiva y envuelve cada gesto.

Nosotros entendemos esto porque tenemos experiencia de esta coincidencia plena entre un gesto y una palabra en el amor gratuito de quien nos ama bien. Basta que un amigo diga “estoy con vos” en un momento importante, para que uno sepa y sienta efectivamente que la otra persona está. Y las palabras claves suelen ser las que menos lo aparentan, las que dicen todo sin tener que explicar. En el caso del evangelio de hoy, Lucas lo dice todo al solemnizar el momento en que Jesús termina de leer. Dice: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».

Si a uno le abren los ojos, como a mí hace unos días, una de estas personas para las que “la amistad es lo primero”, cae en la cuenta de que Jesús cortó el versículo de Isaías. El profeta, luego de anunciar “un año de gracia del Señor” agregaba “y de venganza de nuestro Dios”. Jesús corta esta frase. Y lo hace de manera solemne, cerrando el libro y devolviéndoselo al sacristán y sentándose. A partir de este momento, dice el Señor, sólo gracia, sólo misericordia.

Curiosamente (o no) este anuncio de un Dios cuyo Nombre es Misericordia, como dice Francisco en el libro que salió hace unos días, atraerá la venganza sobre sí. Pero salvará a sus amigos.

Hablé de los que nos abren los ojos. Hace unos días participé de la presentación del libro “Francisco y los pentecostales”, al que le hice una reseña en nuestra revista. Estaban el Pastor Giovanni Traettino, amigo del Papa desde el encuentro en el Luna Park con los pentecostales al que asistió Bergoglio, el Obispo Rafaelle Nogarò, que habló de que lo primero en el ecumenismo es “hacernos amigos” porque así luego uno comprende lo profundo que el otro experimenta de Jesús y no discute por los modos de expresar las cosa, y el anciano ex director del diario L’Avvenire, que fue el que me hizo ver este significativo corte de la frase que hace Jesús explícitamente. Fue una experiencia del Espíritu sentir a todos estos cristianos, con distintas confesiones y modos de vivir el Evangelio, coincidir en la amistad. Treattino destacaba que el Papa había ido a visitar su Iglesia en Caserta porque quería ir a ver a su amigo y comer en su casa. Y cómo esto había traído problemas protocolares, ya que unos días antes era la fiesta patronal católica y entonces: “cómo el papa iba a ir con los protestantes y no con los católicos”. Al fin tuvo que ir dos veces en tres días: primero a las patronales y después a los pentecostales. Cosas que uno hace sólo por los amigos.

Todo esto para reafirmar que, cuando abrimos el Evangelio, o lo hacemos como quien va a leer la carta de un amigo o mejor que lo dejemos por un rato. El Evangelio no es el discurso de uno que viene a darnos lecciones de moral o de teología. Si lo leemos tiene que ser en clima de amistad, como algo escrito por un amigo que, al leerlo, uno siente el placer de quedarse en cada frase y de releer, saboreando las expresiones, leyendo entre líneas, imaginando la alegría de nuestro amigo mientras nos escribía pensando que lo leeríamos comprendiendo todo…

Si uno va a buscar una palabra de amigo, el evangelio siempre le resultará provechoso y agradable, y estará lleno de sorpresas. Si uno va a buscar otras cosas, seguramente encontrará, aunque no siempre sentirá ganas de leerlo. Sucede igual con las personas: sólo con los más amigos uno tiene siempre ganas de compartir un rato, en el momento que sea y como se de. Con otras personas uno cumple las obligaciones o arregla las citas.

La amistad es un don que se da simultáneamente en dos corazones. Pero se da “en fragilidad”: uno ofrece algo o tiene un gesto especial y el otro lo acepta y, cuando es oportuno, retribuye con otro gesto particular… Si uno de los dos corta esta dinámica, no la continúa ni la promueve, la amistad no echa raíces; se convierte en una buena relación, pero no en amistad de corazón.

Todos tenemos la experiencia o de haber rechazado o de que nos hayan rechazado, gentilmente, una demanda de mayor amistad, poniendo distancia.

Y también tenemos la experiencia de haber aceptado un ofrecimiento y de haberlo cultivado felizmente de modo tal que, con el tiempo, se convirtió en una gran amistad.

Con el Señor, la apuesta de radical y fuerte: o amistad de corazón, hasta dar la vida por los amigos, o… nada. No existe un acercamiento “más o menos” a Jesús.

Pero no hay que temer habérselo perdido muchas veces! Gracias a Dios Jesús nos ofrece su amista siempre de nuevo, toda nuestra vida.

Pero no nos ofrece una relación “políticamente correcta” o “de buenos modales”.

El Señor cada vez se nos ofrece como amigo.

Cada vez nos dice como le dijo a Simón Pedro: me amas como amigo?

Para entender por qué a veces no entendemos lo que Dios nos quiere decir o por qué no crecemos y maduramos en nuestra relación con él, la clave está en esto, en la amistad.

Uno se da cuenta perfectamente cuando una persona quiere ser nuestra amiga y uno no quiere o cuando nosotros queremos ser amigos de uno y el otro nos pone distancia.

En la relación con el Señor, de parte suya, siempre está ofrecida la amistad.

De nuestra parte, el problema es si pretendemos algo menos.

Durante algún tiempo, puede ser que el Señor se conforme con una relación “a medias” diríamos. Pero será cada vez menos. A medida que pase el tiempo su ofrecimiento será más íntimo y total y disminuirán otras gracias secundarias que quizás antes nos daba.

Si uno no comprende esto, por ahí se endurece, al ver que Dios “no responde a sus necesidades”.

Es que el Señor, de a poco, todo lo va poniendo en clave de amistad.

Si nos perdona los pecados, será como un amigo, que es capaz de perdonarnos todo pero no por eso consiente que no crezcamos.

Si nos exige, será como amigo: por nuestro propio bien, no por el suyo.

Si nos pide algo, será como amigo, no para que “cumplamos” meramente sino para que lo hagamos de corazón.

Diego Fares sj

 

 

 

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