A la luz de la misericordia (Navidad 2 C 2016)

Al principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moises,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).
Contemplación
La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre…
Qué y cómo es esa luz?
El Papa decía, al comenzar el año, que “la misericordia es la luz para mirar el pasado y ver las huellas de Dios en nuestra vida”.
Esas huellas pueden ser sólo nostalgia de paredes que ya no están o mirada distendida que abarca muchos tiempos, capaz de percibir una presencia que no se puede hacer sentir en un tiempo solo “puntillar” –como dice un filósofo actual-, un presente hecho sólo de momentos, de flashes, de series de fotos que se suceden unas a otras.
La presencia de la misericordia es la de la Palabra hecha carne que pone su tienda, amorosamente, entre nosotros, y va cubriendo con su sombra toda nuestra historia. Es una presencia que requiere ser vista tanto en los detalles que pasaron como en el deseo y la ilusión de lo nuevo que vendrá.
La misericordia es omnipresente y pluriabarcativa. Repara lo que falta, suple lo que no se realizó, completa lo que hicimos a medias.
La misericordia renueva lo que se puso viejo, enciende la brasa entre las cenizas, hace brotar la semilla que parecía seca.
La misericordia es toda una manera de mirar: es un paradigma, como se dice hoy. Es decir, no solo una miradita, sino todo un horizonte, desde cuya luz interpretamos de manera distinta todo lo demás, todo lo que invitamos a entrar dentro de su ámbito bueno e indulgente.
Cuando uno mira juzgando duramente los ojos se ponen rígidos y miopes. La expresión “cegado por la rabia” no es una metáfora sino algo físico: la ira nos hace ver todo borroso y atacar disparando a ciegas. Uno, cuando está enojado, dice cualquier cosa con tal de herir. De hecho, la ira es muy autorreferencial. Uno es dolorosamente consciente de que está siendo herido y eso hace que vea confusamente la realidad del otro. Lo que se ve es que me han herido y el otro no es sino un “vos que me has herido aquí”. Y entonces uno busca contrarrestar atacando a mansalva, golpeando allí donde siente que al otro le duele.
En distintos grados de violencia, la visión de la ira se muestra parcial, focalizada en un punto, distorsionada en lo demás.
La misericordia en cambio ablanda los ojos y deja entrar más luz.
Mira las heridas mansamente, con cuidado para no lastimar más.
La misericordia se toma tiempo. Como no quiere herir sino que quiere curar, no escarba la herida; más bien se va acercando con delicadeza para ir aliviando el dolor desde las partes sanas.
La misericordia se deja guiar por lo que siente el otro para ayudar a curar.
Todo lo contrario de la ira, que se guía por el propio dolor para atacar.
Lo más propio de la mirada misericordiosa es que distiende el tiempo: uno tantea qué es lo que está herido para ver dónde hay que curar.
Si la herida es un trauma del pasado, la misericordia lo va rodeando de recuerdos buenos, también pasados, que permiten ampliar la visión y que la persona salga de su encierro en un solo punto, ese donde fue atacado. Hay mucho sano que pasó y que se puede agradecer.
Si el problema es algo actual, la misericordia ayuda diciendo que no hay que apurarse a juzgar, que se puede dar tiempo a las cosas y no contraatacar ya, porque sería echar leña al fuego.
Si se trata de un miedo al futuro, que paraliza o lleva a precipitarse, la misericordia ayuda a soplar los “futuribles” como quien sopla un globo, y alejarlos suavemente en vez de meterse en ellos.
Estas serían algunas diferencias: la primera, creo, es que el juicio duro es siempre puntual.
La mirada misericordiosa, en cambio, es amplia, como un horizonte sobre el mar.
La dureza de juicio es repetitiva, nos vuelve monotemáticos: siempre insistiendo en el punto herido por la ofensa.
La misericordia en cambio es capaz de variar, de hablar de otro tema, para suavizar…
La dureza de juicio es como un embudo: apunta todas las armas a un punto, pero no para salir, sino para taponar la vida allí y no dejar pasar.
La misericordia en cambio da vuelta el embudo y hace pasar el cuello de botella lo más rápido y mejor que se pueda. Sigamos adelante, dice, que si pasamos esto, no se cómo pero segurísimamente el horizonte se abrirá.

La misericordia es siempre concreta, porque es actuar con amor para reparar un mal. Y el mal se repara comenzando a juntar los pedazos por algún lado o taponando la herida que sangra y no diciendo ¡qué barbaridad!
La misericordia comienza por los demás. Uno tiene algún gesto para con un mendigo en la calle o para con algún enfermo desconocido en un hospital y cae en la cuenta de que puede ser más misericordioso en casa, con su familia, con sus hermanos y papás.
La misericordia con uno mismo tiene nombre: se llama “humildad”, la humilde vergüenza propia de volver a comenzar. Nada de “soy siempre el mismo…”, ni de “nunca voy a cambiar”. La misericordia es empezar de nuevo, la misericordia es reparar y hacer bien lo que hicimos mal.
La misericordia en la familia tiene nombre: se llama “emparejar”. Es cara de buen humor que sonríe y, al ver un defecto, dice: yo soy igual. Lo mismo que me molesta en vos, yo lo hago en otro momento, o de otra forma, pero es igual. La misericordia dice: no soy mejor que mis padres, soy igual a mis hermanos, con otra “tonalidad” quizás.
La misericordia en la política tiene dos nombres: se llama “no venganza” con el enemigo y “solidaridad” con los los que sufren más.
La misericordia con la tierra tiene nombre: se llama “ecología integral” y es llamar hermana a cada cosa y sentirla y tratarla como tal.

La misericordia de Dios tiene nombre: se llama Jesús y, paradójicamente, nos cura no “desde arriba” sino haciéndose con nosotros uno más, hasta el punto de hacernos sentir pena de que sea tan débil, tan poquita cosa su humanidad.
Podemos releer rezando el prólogo de Juan poniendo en lugar de la “Palabra”, Misericordia.

Al principio existía la Misericordia
y la Misericordia estaba junto a Dios,
y la Misericordia era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas con Misericordia
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En la Misericordia estaba la vida,
y la Misericordia era la luz de los hombres.
La luz de la misericordia brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Misericordia era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que reciben la Misericordia,,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Misericordia se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

De su plenitud de Misericordia, todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moises,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
El es la Misericordia del Padre.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es e Hijo, el Misericordioso,,
que está en el seno del Padre.

Que este año santo de la Misericordia nos traiga la gracia de recibirla plenamente en nuestro interior, dejando que sane todo pecado y corrija con indulgencia todo defecto, y de poder expresarla con obras a nuestros hermanos más necesitados.
Diego Fares SJ

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