Un Dios encontrable (Sagrada Familia C 2015)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua.

Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que se dieran cuenta sus padres.
Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada,
y le buscaban entre los parientes y conocidos;
pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo
sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;
todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.
Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.
(Lc 2, 40-52).

Contemplación
Ningún lugar mejor para mí, para contemplar a Jesús en su familia, que el patio de casa en Mendoza, tomando unos mates. Después de la varías misas de Nochebuena celebradas con mis queridas comunidades de Buenos Aires, en el patio de la infancia dejo que “la paz actúe de árbitro en mi corazón”, como dice Pablo, y le vaya dando permiso a los sentimientos que acuden a buscar cobijo: vos sí, vos por ahora no.
En todos lados es bueno que la paz sea el árbitro, pero en la familia más.
Si algo no viene con paz, si trae otras cosas bajo el brazo, ahora no lo puedo atender, no puede entrar. Como hacemos en familia, si alguno saca un tema y se ve que otro empieza a alzar la voz, alguien, discretamente, cambia el tema. Una conversación que rompe la paz de la mesa familiar, no hay que seguirla mucho rato. No importa si es una hermosa idea religiosa o una verdad política comprobable estadísticamente. Como al entrar en el pesebre, o en cualquier pieza donde hay una cuna con un bebé, cuidar que haya paz es lo primero. Y si una palabra agita los ánimos y nos hace alzar la voz, no es el momento.
“Hijo, aquí estamos tu padre y yo que te andábamos buscando, angustiados…”
María nos enseña la única “angustia”: que Jesús se nos pierda. Cada uno puede traducirlo a su realidad y pensar la vida en clave de padres a los que se les pierde un hijo, en clave de pastor al que se le pierde una ovejita. Jesús nos da la clave de lo único que le angustia al Padre, si se puede hablar de “las angustias del Padre”, que no quiere que se le pierda nada, ninguno de sus pequeñitos, ni un pajarito siquiera de lo que ha creado por amor. Somos un bien para nuestro Padre y a esa “angustia” que él siente si nos perdemos, debemos referir nuestra oración, sea como sea que cada uno diga esos “Dios mío” con suspiro hondo que son verdadera oración en Espíritu y en Verdad como le gusta al Padre que lo adoren.
Esta es la única angustia, la de que se nos pierda el hijo: un hijo concreto y todo lo que en la vida es “hijo”, fruto de nuestro amor compartido, fruto de nuestro haber dado vida a alguien, de haber dado a luz y traído a la existencia algo que no existía y que hemos cuidado y a lo que queremos por puro amor para que siga adelante por sí mismo.
Y es lindo notar que Jesús no dice “por qué andaban angustiados” sino “por qué me buscaban”. En otros asuntos el Señor corrige la angustia: no se angustien por la comida o el vestido, diciendo qué comeremos o con qué nos vestiremos… Su Padre del Cielo sabe bien que necesitan estas cosas… Miren los lirios del campo…”. En cambio aquí no dice “no se angustien” sino algo así como “no saben acaso que a mí siempre me pueden encontrar?”. Yo estoy siempre en “las cosas de mi Padre”.
Esta es la linda noticia de Navidad. Se lo dijeron los ángeles a los Pastores: “encontrarán a un Niño recostado en un Pesebre”. El Evangelio se resume en “encontrar a Jesús”. Encontrar la Palabra hecha carne. Después el irá diciendo todo lo demás que queramos saber. Pero Jesús es el Dios encontrable.
Lo podés encontrar en el pesebre, ahí cerquita de donde pasás tu noche en vela por el trabajo, como los pastores, o siguiendo esa estrella que descubriste en el cielo, como los magos.
Lo podés encontrar junto al pozo de tus deseos, que te dan tanto trabajo, donde vas a buscar agua como la samaritana, y te podés poner a charlar con él.
Lo podés encontrar sin que nadie te vea, si vas como Nicodemo a algún lugar donde vos sabés que el Maestro está.
Lo podés encontrar en medio de la gente, como Zaqueo, que se animó a pasar un poco de vergüenza y se subió a la higuera para que lo viera al pasar.
Lo podés encontrar de oído, como Bartimeo, que se animó a gritar cuando sintió que pasaba cerca, saliendo de Jericó.
Lo podés encontrar como los dos primeros discípulos que le hicieron caso a Juan Bautista en quien confiaban cuando les dijo que de ahora en más siguieran a Jesús.
Lo podés encontrar como el Cireneo, siempre que veas pasar a alguno cargando algo que es demasiado pesado para él, cosa que se ve todos los días.
Estas son las cosas del Padre y a Jesús se lo encuentra en ellas.
Ojalá que esta paz que da saberlo siempre a mano, siempre cercano, siempre prójimo Señor, Salvador, Amigo, Compañero, nos quite toda angustia y sea Jesús como ese punto fijo de nuestro GPS interior que nos reorienta hacia su mirada buena sea donde sea que nos encontremos.
Diego Fares SJ