Los preparadores de caminos (Adviento 2 C 2015)

 

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El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César,

cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,

siendo Herodes tetrarca de Galilea,

su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide,

y Lisanias tetrarca de Abilene,

bajo el pontificado de Anás y Caifás,

vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán,

anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados,

como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:

“Voz de que clama en el desierto diciendo:

Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos.

Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.

Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano.

Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación

La sola mención de los nombres y lugares nos hace ver que la geografía política en la que viene a la historia el Señor fue siempre, y sigue siendo, un espacio de conflictos. En aquella época, luego de la muerte de Herodes el Grande, sus hijos se habían repartido el territorio, pero los romanos tuvieron que poner un Procurador en Jerusalén, ya que allí los conflictos eran mayores y los mismos judíos no podían resolver sus problemas internos. Actualmente sucede lo mismo, vemos la región en disputa entre judíos, palestinos, sirios, libaneses… y las potencias mundiales que intervienen.

Se da en Jerusalén una lucha por los espacios que es como un espejo en el cual se pueden contemplar todas las luchas por espacios políticos: las que se dan en grande, a nivel de imperios, las que se dan a escala de cada país, las que se dan en la Iglesia y también en nuestras instituciones.

La imagen opuesta a luchar por espacios es la de preparar un camino: “preparen el camino del Señor”, como predica Juan.

Esto solo debe bastar como imagen fuerte y clara para orientar el corazón del que se desanima en medio de los conflictos y luchas de poder en medio de los cuales le toca vivir y trabajar. Donde sea que uno esté y donde quiera que uno se vea tentado de “tomar parte” la opción sigue siendo entre “ocupar espacios” o “mejorar caminos”.

Qué le agrada al Señor? nos podemos preguntar con la ingenuidad de Santa Teresita. Al Señor le agrada la gente que anda ocupada en prepararle caminitos. Especialmente para que los recorran los más pequeños. No le interesa al Señor que le demos un territorio conquistado. El precio de los espacios conquistados suele ser la exclusión de muchos.

Al Señor no le interesan los territorios sino los corazones. El “pasa” por nuestra vida, camina con nosotros, nos acompaña y conduce y, en el camino, nos va transfigurando el corazón a imagen del suyo. Por eso le gustan los “preparadores de camino”. Porque le permiten andar un trecho acompañando a los pequeños de su pueblo, los que caminan por caminitos que abrieron otros.

Los caminos se preparan “caminándolos uno primero”.

Y yendo y viniendo, no sólo yendo.

Los que preparan camino sienten que el espacio es de todos, que no es para poseerlo sino para caminarlo. Por eso…:

Preparar un caminito es respetar los senderos que trazaron otros.

Preparar un camino es arreglárselas para caminar sorteando los obstáculo que tocan. Preparar un camino es mejorar un poco lo que uno recorrió, para el que viene atrás.

Hoy, mirando a los que nos prepararon los caminos que transitamos, me vinieron ganas de releer a Mamerto Menapace. Es uno de esos baqueanos, como decimos, que en la febril contemplación de muchas madrugadas en nuestra pampa nos ha abierto caminos y es un gusto andar por ellos.

El primer cuento es el de La Burra, que él llama “Los dos burritos”. Y hace a los conflictos que tenemos cuando queremos ser fieles a los senderos que trazaron otros.

Erase una vez una madre – así comienza esta historia encontrada en un viejo libro de vida de monjes, y escrita en los primeros siglos de la Iglesia -. Erase una vez una madre – digo – que estaba muy apesadumbrada, porque sus dos hijos se habían desviado del camino en que ella los había educado. Mal aconsejados por sus maestros de retórica, habían abandonado la fe católica adhiriéndose a la herejía, y además se estaban entregando a un vida licenciosa desbarrancándose cada día más por la pendiente del vicio. Y bien. Esta madre fue un día a desahogar su congoja con un santo eremita que vivía en el desierto de la Tebaida. Era este un santo monje, de los de antes, que se había ido al desierto a fin de estar en la presencia de Dios purificando su corazón con el ayuno y la oración. A él acudían cuantos se sentían atormentados por la vida o los demonios difíciles de expulsar. Fue así que esta madre de nuestra historia se encontró con el santo monje en su ermita, y le abrió el corazón contándole toda su congoja. Su esposo había muerto cuando sus hijos eran aún pequeños, y ella había tenido que dedicar toda la vida a su cuidado. Había puesto todo su empeño en recordarles permanentemente la figura del padre ausente, a fin de que los pequeños tuvieran una imagen que imitar y una motivación para seguir su ejemplo. Pero, hete aquí, que ahora, ya adolescentes, se habían dejado influir por las doctrinas de maestros que no seguían el buen camino y enseñaban a no seguirlo. Y ella sentía que todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando. ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos de la escuela, era exponerlos a que suspendidos sus estudios, terminaran por sumergirse aún más en los vicios por dedicarse al ocio y vagancia del teatro al circo. Lo peor de la situación era que ella misma ya no sabía qué actitud tomar respecto a sus convicciones religiosas y personales. Porque si éstas no habían servido para mantener a sus propios hijos en la buena senda, quizá fueran indicio de que estaba equivocada también ella. En fin, al dolor se sumaba la dura y el desconcierto no sabiendo qué sentido podría tener ya el continuar siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto. Todo esto y muchas otras cosas contó la mujer al santo eremita, que la escuchó en silencio y con cariño. Cuando terminó su exposición, el monje continuó en silencio mirándola. Finalmente se levantó de su asiento y la invitó a que juntos se acercaran a la ventana. Daba esta hacia la falda de la colina donde solamente se veía un arbusto, y atada a su tronco una burra con sus dos burritos mellizos.

-¿Qué ves? – le preguntó a la mujer quien respondió:

-Veo una burra atada al tronco del arbusto y a sus dos burritos que retozan a su alrededor sueltos. A veces vienen y maman un poquito, y luego se alejan corriendo por detrás de la colina donde parecen perderse, para aparecer enseguida cerca de su burra madre. Y esto lo han venido haciendo desde que llegué aquí. Los miraba sin ver mientras te hablaba.

-Has visto bien – le respondió el ermitaño-. Aprende de la burra. Ella permanece atada y tranquila. Deja que sus burritos retocen y se vayan. Pero su presencia allí es un continuo punto de referencia para ellos, que permanentemente retornan a su lado. Si ella se desatara para querer seguirlos, probablemente se perderían los tres en el desierto. Tu fidelidad es el mejor método para que tus hijos puedan reencontrar el buen camino cuando se den cuenta de que están extraviados. Sé fiel y conservarás tu paz, aun en la soledad y el dolor. Diciendo esto la bendijo, y la mujer retornó a su casa con la paz en su corazón adolorido (Menapace, Cuentos rodados).

El segundo más que un cuento es una reflexión y nos enseña a discernir que a veces la bronca es buena y lo malo es el desánimo.

“La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla.

En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza (Menapace, La sal de la tierra).

El tercero es muy simpático y me parece que habla por sí mismo, se llama “Un tropiezo” y sirve para las críticas que recibimos por el camino. De última, lo que más sirve para mejorar el camino a los que vienen, es el modo como enfrentamos los tropiezos y las persecuciones.

El Chaco ardía en el algodonal. Mediaba enero, y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para pegar la última carpida al tabloncito de algodón que tenía en un claro del monte, como a siete cuadras de las casa. Comenzaban ya a preñarse los capullos tratando de reventar en una mano abierta que regalaba la blanca fibra.

Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio se desparramaba por su cuerpo lo mismo que el sudor que lo deshidrataba dejándole huellitas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuando antes a su rancho para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.

Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la huella que bordeaba un rastrojo viejo lleno de malezas, lo cortó derecho por entre los yuyos altos y la gramilla espesa. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar por entre el malezal donde el año anterior había tenido la chacra. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni tiempo tuvo de darse cuenta, cuando sus pies tropezaron en un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.

No hubo manera de evitar la costalada. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más flojo posible, para evitar quebraduras. Se dio un tremendo golpe que apenas si lograron mitigar las ramas del yuyo colorado que lo recibió, junto con algunas rosetas traicioneras. Desde adentro le nació la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!

Pero se contuvo. Si había tropezado, con algo sería. ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. Y efectivamente, allí entre la gramilla alta y los yuyos frondosos, estaba una hermosa sandía con la guía medio seca. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre el rastrojo, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.

A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su rancho. Y mientras de antemano saboreaba la sorpresa que le daría a su patrona, se iba diciendo a sí mismo:

-¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!

Anthony de Mello S.J. cuenta en la página 205 de su libro El Canto del Pájaro:

“Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un sabio. El hombre lo recogió, bebió su dulce jugo, comió la pulpa y se hizo una taza con la cáscara.

-Gracias por criticarme”.

Les añado un comentario mío. Yo no juzgo la intención del mono. Soy de otra raza. Pero admiro la actitud del sabio (Menapace).

Hace bien y es un gusto caminar un rato por los senderos que uno más baqueano nos abrió. Espero que lo disfruten.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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