Un Dios encontrable (Sagrada Familia C 2015)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua.

Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que se dieran cuenta sus padres.
Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada,
y le buscaban entre los parientes y conocidos;
pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo
sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;
todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.
Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.
(Lc 2, 40-52).

Contemplación
Ningún lugar mejor para mí, para contemplar a Jesús en su familia, que el patio de casa en Mendoza, tomando unos mates. Después de la varías misas de Nochebuena celebradas con mis queridas comunidades de Buenos Aires, en el patio de la infancia dejo que “la paz actúe de árbitro en mi corazón”, como dice Pablo, y le vaya dando permiso a los sentimientos que acuden a buscar cobijo: vos sí, vos por ahora no.
En todos lados es bueno que la paz sea el árbitro, pero en la familia más.
Si algo no viene con paz, si trae otras cosas bajo el brazo, ahora no lo puedo atender, no puede entrar. Como hacemos en familia, si alguno saca un tema y se ve que otro empieza a alzar la voz, alguien, discretamente, cambia el tema. Una conversación que rompe la paz de la mesa familiar, no hay que seguirla mucho rato. No importa si es una hermosa idea religiosa o una verdad política comprobable estadísticamente. Como al entrar en el pesebre, o en cualquier pieza donde hay una cuna con un bebé, cuidar que haya paz es lo primero. Y si una palabra agita los ánimos y nos hace alzar la voz, no es el momento.
“Hijo, aquí estamos tu padre y yo que te andábamos buscando, angustiados…”
María nos enseña la única “angustia”: que Jesús se nos pierda. Cada uno puede traducirlo a su realidad y pensar la vida en clave de padres a los que se les pierde un hijo, en clave de pastor al que se le pierde una ovejita. Jesús nos da la clave de lo único que le angustia al Padre, si se puede hablar de “las angustias del Padre”, que no quiere que se le pierda nada, ninguno de sus pequeñitos, ni un pajarito siquiera de lo que ha creado por amor. Somos un bien para nuestro Padre y a esa “angustia” que él siente si nos perdemos, debemos referir nuestra oración, sea como sea que cada uno diga esos “Dios mío” con suspiro hondo que son verdadera oración en Espíritu y en Verdad como le gusta al Padre que lo adoren.
Esta es la única angustia, la de que se nos pierda el hijo: un hijo concreto y todo lo que en la vida es “hijo”, fruto de nuestro amor compartido, fruto de nuestro haber dado vida a alguien, de haber dado a luz y traído a la existencia algo que no existía y que hemos cuidado y a lo que queremos por puro amor para que siga adelante por sí mismo.
Y es lindo notar que Jesús no dice “por qué andaban angustiados” sino “por qué me buscaban”. En otros asuntos el Señor corrige la angustia: no se angustien por la comida o el vestido, diciendo qué comeremos o con qué nos vestiremos… Su Padre del Cielo sabe bien que necesitan estas cosas… Miren los lirios del campo…”. En cambio aquí no dice “no se angustien” sino algo así como “no saben acaso que a mí siempre me pueden encontrar?”. Yo estoy siempre en “las cosas de mi Padre”.
Esta es la linda noticia de Navidad. Se lo dijeron los ángeles a los Pastores: “encontrarán a un Niño recostado en un Pesebre”. El Evangelio se resume en “encontrar a Jesús”. Encontrar la Palabra hecha carne. Después el irá diciendo todo lo demás que queramos saber. Pero Jesús es el Dios encontrable.
Lo podés encontrar en el pesebre, ahí cerquita de donde pasás tu noche en vela por el trabajo, como los pastores, o siguiendo esa estrella que descubriste en el cielo, como los magos.
Lo podés encontrar junto al pozo de tus deseos, que te dan tanto trabajo, donde vas a buscar agua como la samaritana, y te podés poner a charlar con él.
Lo podés encontrar sin que nadie te vea, si vas como Nicodemo a algún lugar donde vos sabés que el Maestro está.
Lo podés encontrar en medio de la gente, como Zaqueo, que se animó a pasar un poco de vergüenza y se subió a la higuera para que lo viera al pasar.
Lo podés encontrar de oído, como Bartimeo, que se animó a gritar cuando sintió que pasaba cerca, saliendo de Jericó.
Lo podés encontrar como los dos primeros discípulos que le hicieron caso a Juan Bautista en quien confiaban cuando les dijo que de ahora en más siguieran a Jesús.
Lo podés encontrar como el Cireneo, siempre que veas pasar a alguno cargando algo que es demasiado pesado para él, cosa que se ve todos los días.
Estas son las cosas del Padre y a Jesús se lo encuentra en ellas.
Ojalá que esta paz que da saberlo siempre a mano, siempre cercano, siempre prójimo Señor, Salvador, Amigo, Compañero, nos quite toda angustia y sea Jesús como ese punto fijo de nuestro GPS interior que nos reorienta hacia su mirada buena sea donde sea que nos encontremos.
Diego Fares SJ

Tantos años de Jesús con nosotros (Navidad C 2015)

… Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. La generación de Jesucristo aconteció de esta manera: 
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Estando él en estos pensamientos, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar José del sueño, hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado:

y recibió en su casa a su mujer, y sin que hubieran hecho vida en común,

ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús (Mateo 1, 18-25). 

Contemplación

Mateo sitúa a San José y a María al final de 42 generaciones de abuelos y abuelas que vivieron esperando que naciera el Mesías.

2.000 años han pasado desde que Abraham “se regocijó pensando en ver el día de Jesús; lo vio y se alegró” (Jn 8, 56).

1.500 desde que Moisés le diera al pueblo el maná, a la espera del verdadero “Pan del cielo” (Jn 6, 32).

1.000 años han pasado desde el Rey David (Mc 12, 35 ss.).

700 años han pasado desde que Isaías profetizó que “la Virgen daría a luz al Emmanuel” (Mt 1, 23);

Y desde el Nacimiento del Señor en Belen han pasado 2015 años para nosotros.

Podríamos marcar hitos de cumplimiento de promesa desde Jesús hasta ahora?

1600 años desde que San Agustín escribió “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,. tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y por fuera te buscaba.

800 años desde que san Francisco nos enseñó a amar a todas las criaturas y a alabar a Dios en pobreza y fraternidad con todos los hombres. Laudato si mi Señor.

500 años desde que San Ignacio nos dejó su cuadernillo de Ejercicios Espirituales para aprender a amar a Dios en todas las cosas y a discernir cuál es nuestro lugar preciso de servicio en esta vida donde podemos en todo amar y servir.

65 años desde que San Alberto Hurtado nos enseñó que el pobre es Cristo y que podemos andar contentos con nuestro Señor en todas las ocasiones (aunque no siempre estemos contentos con la situación o con nosotros mismos, con él sí).

25 años desde que madre Teresa nos enseñó que la paz comienza con una sonrisa y que se puede trabajar más por los pobres si uno deja que Jesús lo consuele más en la contemplación.

3 años desde que Francisco sonrió en el balcón de San Pedro y dijo “Queridos hermanos y hermanas, Buonasera”, y realizó los dos movimientos que cambiaron el aire entristecido de la Iglesia por un bocanada de aire fresco: un movimiento de abajamiento, cuando inclinó la cabeza para pedirnos como pueblo la bendición, y un movimiento de salida, cuando comenzó a recorrer la plaza saludando a todos y a salir a las periferias más pobres con su sonrisa y benevolencia.

16 días desde que comenzó este año santo de la misericordia.

Hoy, en que celebramos la Nochebuena, le pedimos al Niño que ilumine nuestra noche con su lucecita, la de sus ojos buenos y su sonrisa, esa que la sonrisa de su madre le enseña a dibujar.

Si las maravillas de Dios antes de la venida de Jesucito fueron muchas, las que ha hecho en medio de nosotros, todos los días, en estos dos mil años, son incontables.

Uno comienza a dar gracias por los santos y encuentra más y más.

Cada persona puede mirar su vida y encontrar en cada etapa –de niñez, de jóvenes, de adultos y mayores- gracia sobre gracia, como dice Juan.

Cada amistad en el Señor, cada misión que nos dio, cada obra de misericordia que realizamos junto con otros colaboradores…

Cada confesión, cada Eucaristía, cada retiro espiritual…

…….. (Nos quedamos rellenando…)

Que este año de la Misericordia, al pasar cada uno muchas puertas santas, por sí mismo y por sus seres queridos, para ganar indulgencia para ellos, sea para nosotros la oportunidad de dejar huella, para que la vida “después de la venida de Jesús” se llene de gestos y de obras de misericordia, de manera tal que cumplamos lo que vio María mientras cantaba su Magnificat:

que los pobres son colmados de bienes y los ricos se quedan con las manos vacías (no por castigo sino para que, siendo ellos pobres puedan recibir los bienes de Jesús);

que los humildes son aplaudidos y exaltados y los poderosos derribados de sus tronos (no por maldad de tirar a alguien abajo sino para que humillado pueda recibir la caricia y la felicitación de Dios);

que Dios se acuerda de su pacto de Misericordia con nosotros, lo cual quiere decir que se acuerda de tenernos misericordia siempre y que se acuerda de cada pequeña obra que hacemos misericordiosamente, de cada pequeño gesto que realizamos con mucho amor, porque nuestro Dios, como dice el Papa, es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez.

Diego Fares sj

Que nadie se de cuenta, pero que Jesús nazca (Adviento 4 C 2015)

 

 

puerta santa (1)

 

Levantándose María en aquellos días

se encaminó con premura

a la montaña, a un pueblo de Judá

y entró en la casa de Zacarías

y saludó a Isabel.

Y sucedió que, apenas oyó Isabel el saludo de María,

Saltó de gozo el niño en su seno,

e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,

y levantó la voz con gran clamor y dijo:

– «Bendita tú entre las mujeres

y bendito el fruto de tu vientre!

¿De dónde a mí esto: que la madre de mi Señor venga a mí?

Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,

exultó de alegría el niño en mi seno.

Dichosa la que ha creído

que llegarán a cumplirse plenamente

las cosas que le han sido dichas de parte del Señor» (Lc 1, 39-45).

 

Contemplación

“María nuestra Señora cuida la gracia levantándose tempranito y yendo a servir”. Este pensamiento me consoló en la acción de gracias de la misa de 6,30 hs., en la Iglesia grande, solos el Hno Rizzo y yo. El agradece tener cura que le diga la misa cuando el Superior no está, y yo agradezco tener pueblo fiel (la broma siempre es la misma, él pregunta si no me molesta decir la misa tan temprano y yo le digo que no si él hace la colecta).

Jesús encarnado –e inculturado- crece solo y va dando fruto sin que nos demos cuenta, expandiéndose en nuestra vida como un árbol al revés, como decía Fabro, un árbol que tiene su raíz en el Padre y da fruto sobre nuestra humilde tierra. Vemos cómo sin decir nada a nadie, ni siquiera a José, María despierta la fe en Jesús escondido en su vientre.

Hoy Isabel reconoce al Salvador por los movimientos interiores –físicos- que Jesús le hace experimentar: “Apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, exultó de alegría el niño en mi seno”.

Son, por tanto, dos gracias a recibir en Navidad: una la de cuidar la gracia “yendo cada uno a servir”, allí donde tenemos a nuestra “Isabel”. La otra, la gracia de reconocer a Jesús escondido por la alegría que hace brotar en nuestro corazón.

Ayer, al abrir la Puerta Santa del Hogar de Caritas en la Estación de Términi, el Papa Francisco decía: “El Señor nació totalmente escondido, totalmente humilde. Las grandes ciudades del mundo no sabían nada. Y así es Dios entre nosotros. Si tú quieres encontrar a Dios, búscalo en la humildad, búscalo en la pobreza, búscalo allí donde está escondido: en los necesitados, en los más necesitados, en los enfermos, en los hambrientos, en los encarcelados”.

Mientras el Papa estaba predicando esto, que leí después, yo estaba yendo a la misa y me encontré con Constantino, el mendigo que vive en Términi, en su silla de ruedas, con esos ojos y esa sonrisa cada vez más linda y su estado general más deteriorado. Había ido a Santa Marta a buscar unas cosas y ví que el auto del Papa estaba esperando afuera. Pregunté a donde iba y me dijeron que a Términi, al Hogar de Cáritas, así que me fui rápido en el 64, pero tardó una enormidad, así que llegaba tarde. Hay que caminarse unas cuadras largas por via Marsala, que está al costado de la estación, para llegar al Hogar y al dispensario médico de Caritas. Y en el rinconcito acostumbrado me lo encontré a Constantino que me recibió con una linda sonrisa, aunque nos vimos sólo dos veces. Está en medio de la estación pero metido entre unos paneles, de manera tal que tiene su privacidad cuando quiere. Estaba al tanto de todo: “lástima que hoy no puedo ir porque viene el Papa, pero…” –hizo un gesto como mostrando su situación, la silla… Si quiere lo llevo, le dije. Gracias, pero hay que bajar por Marsala… y está frío. Dígale que haga una “preghierina per me” y que yo rezo por él. Le dije que sí, aunque no lo vería de cerca al Papa y le pedí que rezara por mí, que yo era el Padre Diego. El Padre de Diego! me dijo mirándome. No el cura, le dije. Ah! El cura. Pero entonces nos conocemos de toda una vida! Ahí me hizo emocionar, porque son esas cosas que uno sabe quién es el que está hablando, escondido en la fragilidad de la memoria de un anciano. Le di un beso, diez euros, que le parecieron “bien”, “para tomar algo después”, y me fui a la misa. Estaba lleno de gente y no se podía entrar, así que estuve afuera con la gente. En la comunión, una monja salió a la calle y como no le alcanzaban las hostias empezó a partirlas, con gran delicadeza, hasta que las dos o tres últimas las fragmentó –literalmente- en diez pedacitos cada una y esos pedacitos en dos, así que al final alcanzaron como para cincuenta más. Todos extendíamos la mano y recibíamos una hostia tan chiquitita que había que comerla de la mano misma, sin agarrarla con los dedos. Fue una linda comunión allí en el Hogar, mendigada, como corresponde.

Antes de irse del Hogar, le cantamos el feliz cumpleaños y el Papa resumió su prédica: “Está cerca la Navidad, está cerca el Señor. Y el Señor, cuando nació estaba allí, en aquel pesebre, y nadie se daba cuenta de que era Dios. En esta Navidad deseo que el Señor nazca en el corazón de cada uno de nosotros, escondido…, de manera tal que ninguno se de cuenta, pero que el Señor esté. Les deseo esto, esta felicidad de la cercanía del Señor”. Eso de que “nadie se de cuenta” pero “que esté”, fue lo que me llevé. Y el modo es el que nos indica nuestra Señora: yendo a servir. Allí el reconocimiento viene de los pequeños. Y ese reconocimiento sí que nos hace bien. A la Virgen también le agrada este reconocimiento y con Isabel le decimos, espejándonos en sus ojos limpios y en su alma que es cielo abierto: Dichosa la que ha creído que se le cumplirían todas las cosas que le fueron anunciadas de parte del Señor.

Diego Fares sj

 

Nuestro quehacer y la Virgen (Adviento 3 C 2015)

La gente le preguntaba a Juan:

– «¿Qué debemos hacer entonces?»

El les respondía:

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos

vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:

– «Maestro, ¿qué debemos hacer

El les respondió:

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer

Juan les respondió:

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa

y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,

él tomó la palabra y les dijo:

– «Yo los bautizo con agua,

pero viene uno que es más poderoso que yo,

y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;

él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.

Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era

y recoger el trigo en su granero.

Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»

Y por medio de muchas otras exhortaciones,

anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

 

Contemplación

En el día de nuestra Señora de Guadalupe, los tres “qué debemos hacer” de la gente se conjugan en el “hágase en mí lo que dice tu Palabra” de María. Qué puedo hacer, qué hago, qué tengo que hacer… son preguntas normales que acompañan nuestra vida y tienen todos los tonos y matices que el correr mismo de la vida les da. Qué puedo hacer es a veces un sencillo “en qué te puedo ayudar”, como el de María que piensa en su prima Isabel y parte de mañana, con prontitud, nos dice Lucas, para darle una mano. Qué puedo hacer es, otras veces, una constatación de que uno no puede hacer nada y aquí es bueno recordar lo que le dice el Arcángel a la Virgen: “no hay nada imposible para Dios”. De la mano cálida y amiga de María podemos siempre sumergirnos en la intimidad de esa fe en que para Dios nada es imposible. Podemos preguntar humildemente por el “cómo”, que siempre estará ligado a la humildad y a la cruz de Jesús y en esa sombra amorosa y nublada con que el Espíritu Santo vela su acción y la desvela.

Qué hago, qué hacemos, la pregunta tiene para nosotros sabor a Caná. Dónde María se da cuenta de que falta el vino en la boda de sus amigos y va a Jesús con esta pregunta implícita: no tienen vino, le dice y queda flotando un qué hacemos? Es más lindo tener a mano el “qué hacemos” dirigido de tú a tú a Jesús, que el “qué hago” tan autorreferencial, tan limitado. Qué hacemos, Señor, pronunciado junto con María, produce esa linda trinidad en la que estamos incluidos si queremos involucrarlos a ellos dos. En este qué hacemos la mayor parte del milagro será de Jesús, como en Caná, pero nuestro esforzado y humilde aporte de poner agua en las tinajas, será nuestro y tan parte del milagro como la conversión de ella en vino. El consejo atento de María actuará mediando bien, para que el “hágase lo imposible” de Dios se vuelva posible gracias a nuestro “hacer todo lo que Jesús nos diga”, especialmente en los detalles.

Qué tengo que hacer es la pregunta del deber que el evangelio mejora pero no descuida. Hay un mínimo y un límite, un horario y una cuota que hacen a la justicia, que nos igualan a todos. Jesús mismo hizo lo que tenía que hacer según la ley y se bautizó con Juan. Aquí es bueno que la pregunta se haga en singular y cada uno se lo responda a sí mismo y se someta al juicio de Dios y de los demás, según la ley común. Antes de señalar lo que “deben” hacer los demás, es bueno aclararme lo que debo hacer yo, según mi conciencia ante la ley exterior y ante lo que yo se que he recibido y que me obliga en lealtad.

San José nos puede ayudar en este nivel, con sus sueño angustiado frente a su deber ante el embarazo de María, su prometida. El Señor le ayuda con ese “no temas” en el que abrazar a su esposa con el hijo que lleva en su seno y hacer frente a la situación que los deja mal parados socialmente, es bendecido por el Señor, con la gracia más grande de su vida. José “toma todo”, se compra el campo entero, y gana el tesoro escondido. Vende toda su fama y su futuro y se compra la Perla preciosa que es María con Jesús y los lleva a su hogar. No achica el amor a la medida del deber mínimo, de lo tolerable y razonable, sino que se juega entero por la persona que ama y decide bien.

………

Hace 29 años, el 12 de diciembre de 1986, fuimos ordenados sacerdotes seis jesuitas –todos conocen al padre Rossi y muchos al padre Yañez y al padre Cantó…-. Al pedirles que den gracias por nuestro sacerdocio y rueguen a nuestra Señora para que nos bendiga y nos dé la mano para que respondamos bien a estos qué hacemos, que más podemos hacer y cada uno a su qué debo, comparto tres gracias.

Una, que hoy celebraremos en San Pedro junto con Francisco. Aquel 12 de diciembre fue mi  padrino de ordenación y su paternidad espiritual, desde entonces, no ha hecho más que crecer y renovarse de manera tal que el sentimiento lindo de ser hijo, cuánto más crece en mí más grande lo siente a él. Sentir que el padre de uno es el Padre de todos, es lo que nos regaló Jesús al traernos a su Padre. Contemplar este misterio grande encarnado en la medida humana pequeña de la propia vida, es una gracia, muy de uno y muy de todos. Compartible, como todo lo de Jesús.

Otra gracia de ese día fue la que recibí al ir en procesión junto con todos los jesuitas por los corredores del Máximo. El Padre Marangoni que iba detrás me preguntó si había pedido la gracia. Sin darme vuelta del todo y sintiéndome en falta porque no tenía idea de qué había que pedir le pregunté “qué gracia?”. Y me dijo: “la que se pide el día de la ordenación. El Señor no nos niega nada este día. Pedila, zonzo! Y yo rebusqué en mi corazón a ver qué pedido tenía y me salió no sé de donde (aunque sí se que fue de Ella) un: “Señor dame la gracia de hablar bien de tu Madre a tu Pueblo”. En el mismo instante que se formuló así, tan clara (y que hoy veo mejor formulada con esos dos “tú”) me vino la duda, como pasa cuando uno ya pidió y no puede volver atrás. Me pareció “poca cosa”, como si el maligno me dijera: te perdiste una oportunidad y pediste poca cosa. Yo respondí interiormente con lo que fue una especie de “defensa de María”, y dejé en sus manos la cuestión de la gracia porque ya estábamos llegando a saludar el altar y yendo a nuestros puestos, en el pasto, junto a la fuente, y el coro cantando “ya no los llamo siervos, sino amigos”.

Con el tiempo, esta gracia de la Virgen, y de hablarle bien de ella a su Pueblo fiel (que no lo “necesita” porque la ama tanto o más que el que les habla, pero que “le encanta”) ha sido siempre fuente de fecundidad. Es un “hablar bien” que no es solo hablar: en lo chiquito, por ejemplo, es un hacer practicar a muchos el pedido a “los ojos de la Virgen” cada vez que uno pierde algo, y recibir luego la alegre exclamación de alegría cuando se los hace encontrar. En las cosas prácticas es un dar testimonio de su ayuda, que va tan unida a San José, que parece que es gracia sólo de él siendo que es Ella la que pone todo en sus manos, como hace con Jesús. Este testimonio de que es Ella, cuanto más escondida más presente, con sus buenos deseos de benevolencia para con nosotros, es también un modo de “hablar bien”. Y así tantas cosas, como estar hablando ahora de una gracia que sé que ya conté y cada vez que la cuento de nuevo lo renueva todo y llega al corazón y sale en lágrimas mansas.

 

La tercera gracia sacerdotal, además de la del padrino y de la Virgen, fue de Chela, una querida misionera del Barrio de Sumampa, donde misioné tantos lindos años construyendo con la gente la ermita de la Virgen, primero, el quincho luego y la Iglesia por fin. Luego de la ordenación la gente nos vino a saludar y al bajar por las escaleras del Máximo, nos esperaba a cada uno su “porción del pueblo de Dios”. Mi gente me abrazaba y estrujaba por todos lados (era más “abarcable” en aquella época) y Chela que era grandota, me plantó un beso en las manos y me dio un abrazo de oso con tanto cariño y alegría que me hizo decirle con toda confianza lo que venía sintiendo como de reojo en el corazón: “están más alegres ustedes que yo”. “Y claro Nene, si vos sos para nosotros”, me dijo y me miró a los ojos como diciendo “te das cuenta qué lindo”. Allí me terminó de caer la unción del Espíritu, que desciende con las palabras del Obispo y la imposición de sus manos y se multiplica luego en las palabras de su pueblo fiel y en esa imposición de manos que son abrazasos: el sacerdocio es para los demás. Con esa fe es que comparto estas cosas para que cada uno se las apropie todo lo que pueda y de gracias por el sacerdocio que el Espíritu suscita en el Pueblo Sacerdotal de Dios.

Diego Fares sj

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Los preparadores de caminos (Adviento 2 C 2015)

 

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El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César,

cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,

siendo Herodes tetrarca de Galilea,

su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide,

y Lisanias tetrarca de Abilene,

bajo el pontificado de Anás y Caifás,

vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán,

anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados,

como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:

“Voz de que clama en el desierto diciendo:

Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos.

Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.

Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano.

Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación

La sola mención de los nombres y lugares nos hace ver que la geografía política en la que viene a la historia el Señor fue siempre, y sigue siendo, un espacio de conflictos. En aquella época, luego de la muerte de Herodes el Grande, sus hijos se habían repartido el territorio, pero los romanos tuvieron que poner un Procurador en Jerusalén, ya que allí los conflictos eran mayores y los mismos judíos no podían resolver sus problemas internos. Actualmente sucede lo mismo, vemos la región en disputa entre judíos, palestinos, sirios, libaneses… y las potencias mundiales que intervienen.

Se da en Jerusalén una lucha por los espacios que es como un espejo en el cual se pueden contemplar todas las luchas por espacios políticos: las que se dan en grande, a nivel de imperios, las que se dan a escala de cada país, las que se dan en la Iglesia y también en nuestras instituciones.

La imagen opuesta a luchar por espacios es la de preparar un camino: “preparen el camino del Señor”, como predica Juan.

Esto solo debe bastar como imagen fuerte y clara para orientar el corazón del que se desanima en medio de los conflictos y luchas de poder en medio de los cuales le toca vivir y trabajar. Donde sea que uno esté y donde quiera que uno se vea tentado de “tomar parte” la opción sigue siendo entre “ocupar espacios” o “mejorar caminos”.

Qué le agrada al Señor? nos podemos preguntar con la ingenuidad de Santa Teresita. Al Señor le agrada la gente que anda ocupada en prepararle caminitos. Especialmente para que los recorran los más pequeños. No le interesa al Señor que le demos un territorio conquistado. El precio de los espacios conquistados suele ser la exclusión de muchos.

Al Señor no le interesan los territorios sino los corazones. El “pasa” por nuestra vida, camina con nosotros, nos acompaña y conduce y, en el camino, nos va transfigurando el corazón a imagen del suyo. Por eso le gustan los “preparadores de camino”. Porque le permiten andar un trecho acompañando a los pequeños de su pueblo, los que caminan por caminitos que abrieron otros.

Los caminos se preparan “caminándolos uno primero”.

Y yendo y viniendo, no sólo yendo.

Los que preparan camino sienten que el espacio es de todos, que no es para poseerlo sino para caminarlo. Por eso…:

Preparar un caminito es respetar los senderos que trazaron otros.

Preparar un camino es arreglárselas para caminar sorteando los obstáculo que tocan. Preparar un camino es mejorar un poco lo que uno recorrió, para el que viene atrás.

Hoy, mirando a los que nos prepararon los caminos que transitamos, me vinieron ganas de releer a Mamerto Menapace. Es uno de esos baqueanos, como decimos, que en la febril contemplación de muchas madrugadas en nuestra pampa nos ha abierto caminos y es un gusto andar por ellos.

El primer cuento es el de La Burra, que él llama “Los dos burritos”. Y hace a los conflictos que tenemos cuando queremos ser fieles a los senderos que trazaron otros.

Erase una vez una madre – así comienza esta historia encontrada en un viejo libro de vida de monjes, y escrita en los primeros siglos de la Iglesia -. Erase una vez una madre – digo – que estaba muy apesadumbrada, porque sus dos hijos se habían desviado del camino en que ella los había educado. Mal aconsejados por sus maestros de retórica, habían abandonado la fe católica adhiriéndose a la herejía, y además se estaban entregando a un vida licenciosa desbarrancándose cada día más por la pendiente del vicio. Y bien. Esta madre fue un día a desahogar su congoja con un santo eremita que vivía en el desierto de la Tebaida. Era este un santo monje, de los de antes, que se había ido al desierto a fin de estar en la presencia de Dios purificando su corazón con el ayuno y la oración. A él acudían cuantos se sentían atormentados por la vida o los demonios difíciles de expulsar. Fue así que esta madre de nuestra historia se encontró con el santo monje en su ermita, y le abrió el corazón contándole toda su congoja. Su esposo había muerto cuando sus hijos eran aún pequeños, y ella había tenido que dedicar toda la vida a su cuidado. Había puesto todo su empeño en recordarles permanentemente la figura del padre ausente, a fin de que los pequeños tuvieran una imagen que imitar y una motivación para seguir su ejemplo. Pero, hete aquí, que ahora, ya adolescentes, se habían dejado influir por las doctrinas de maestros que no seguían el buen camino y enseñaban a no seguirlo. Y ella sentía que todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando. ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos de la escuela, era exponerlos a que suspendidos sus estudios, terminaran por sumergirse aún más en los vicios por dedicarse al ocio y vagancia del teatro al circo. Lo peor de la situación era que ella misma ya no sabía qué actitud tomar respecto a sus convicciones religiosas y personales. Porque si éstas no habían servido para mantener a sus propios hijos en la buena senda, quizá fueran indicio de que estaba equivocada también ella. En fin, al dolor se sumaba la dura y el desconcierto no sabiendo qué sentido podría tener ya el continuar siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto. Todo esto y muchas otras cosas contó la mujer al santo eremita, que la escuchó en silencio y con cariño. Cuando terminó su exposición, el monje continuó en silencio mirándola. Finalmente se levantó de su asiento y la invitó a que juntos se acercaran a la ventana. Daba esta hacia la falda de la colina donde solamente se veía un arbusto, y atada a su tronco una burra con sus dos burritos mellizos.

-¿Qué ves? – le preguntó a la mujer quien respondió:

-Veo una burra atada al tronco del arbusto y a sus dos burritos que retozan a su alrededor sueltos. A veces vienen y maman un poquito, y luego se alejan corriendo por detrás de la colina donde parecen perderse, para aparecer enseguida cerca de su burra madre. Y esto lo han venido haciendo desde que llegué aquí. Los miraba sin ver mientras te hablaba.

-Has visto bien – le respondió el ermitaño-. Aprende de la burra. Ella permanece atada y tranquila. Deja que sus burritos retocen y se vayan. Pero su presencia allí es un continuo punto de referencia para ellos, que permanentemente retornan a su lado. Si ella se desatara para querer seguirlos, probablemente se perderían los tres en el desierto. Tu fidelidad es el mejor método para que tus hijos puedan reencontrar el buen camino cuando se den cuenta de que están extraviados. Sé fiel y conservarás tu paz, aun en la soledad y el dolor. Diciendo esto la bendijo, y la mujer retornó a su casa con la paz en su corazón adolorido (Menapace, Cuentos rodados).

El segundo más que un cuento es una reflexión y nos enseña a discernir que a veces la bronca es buena y lo malo es el desánimo.

“La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla.

En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza (Menapace, La sal de la tierra).

El tercero es muy simpático y me parece que habla por sí mismo, se llama “Un tropiezo” y sirve para las críticas que recibimos por el camino. De última, lo que más sirve para mejorar el camino a los que vienen, es el modo como enfrentamos los tropiezos y las persecuciones.

El Chaco ardía en el algodonal. Mediaba enero, y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para pegar la última carpida al tabloncito de algodón que tenía en un claro del monte, como a siete cuadras de las casa. Comenzaban ya a preñarse los capullos tratando de reventar en una mano abierta que regalaba la blanca fibra.

Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio se desparramaba por su cuerpo lo mismo que el sudor que lo deshidrataba dejándole huellitas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuando antes a su rancho para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.

Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la huella que bordeaba un rastrojo viejo lleno de malezas, lo cortó derecho por entre los yuyos altos y la gramilla espesa. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar por entre el malezal donde el año anterior había tenido la chacra. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni tiempo tuvo de darse cuenta, cuando sus pies tropezaron en un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.

No hubo manera de evitar la costalada. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más flojo posible, para evitar quebraduras. Se dio un tremendo golpe que apenas si lograron mitigar las ramas del yuyo colorado que lo recibió, junto con algunas rosetas traicioneras. Desde adentro le nació la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!

Pero se contuvo. Si había tropezado, con algo sería. ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. Y efectivamente, allí entre la gramilla alta y los yuyos frondosos, estaba una hermosa sandía con la guía medio seca. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre el rastrojo, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.

A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su rancho. Y mientras de antemano saboreaba la sorpresa que le daría a su patrona, se iba diciendo a sí mismo:

-¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!

Anthony de Mello S.J. cuenta en la página 205 de su libro El Canto del Pájaro:

“Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un sabio. El hombre lo recogió, bebió su dulce jugo, comió la pulpa y se hizo una taza con la cáscara.

-Gracias por criticarme”.

Les añado un comentario mío. Yo no juzgo la intención del mono. Soy de otra raza. Pero admiro la actitud del sabio (Menapace).

Hace bien y es un gusto caminar un rato por los senderos que uno más baqueano nos abrió. Espero que lo disfruten.

Diego Fares sj