Contra el odio, mucha Misericordia (Domingo 34 B Cristo Rey)

 

Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús.

Y le preguntó:

¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó:

¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió:

Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió:

Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato

¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

 

Contemplación

Jesús no quizo que “los suyos combatieran” para salvarlo. Jesús reina, va reinando a través de sus amigos y servidores, dando testimonio de la única Verdad: el amor del Padre al mundo. Un amor a todos; un amor para siempre, sin medida, sin condiciones, especialmente dedicado a los pequeñitos que más sufren, incansable a la hora de apostar de nuevo, siempre esperanzado de que los hijos que se alejaron vuelvan y quieran hacer fiesta y se dejen reconciliar; un amor preocupado por su viña, que sale a buscar trabajadores, un amor que confía en que haremos rendir los talentos con que nos dotó; un amor de sembrador que cuida el trigo y no se asusta por la cizaña, un amor de pastor que busca a su ovejita perdida y de madre que amasa el pan de cada día y encuentra las moneditas perdidas.

Por esta verdad Jesús da la vida. La da haciendo los mil pequeños gestos de amor que narran los evangelios y dejando que se la quiten, aunque Él ya la había dado toda y hasta la había convertido en Pan la noche anterior a la pasión, en una Cruz.

Por eso no quizo que los suyos combatieran, es más, los que había elegido ni estaban entrenados para combatir, aunque su amigo Simón Pedro hubiera tenido el gesto de desenvainar una espada que vaya a saber donde había conseguido. Jesús iba y va por otro lado, y los suyos también. Me encantó una frase del Padre Rossi sobre los que quieren “encasillar” al papa Francisco: “no lo entienden. El va por otros rieles”. Los rieles de la caridad que conducen a los hermanos y al Padre.

 

Digo esto porque en muchos corazones, al ver la violencia de los atentados como el de París, surge un espíritu de cierta ironía cuando el papa habla de “misericordia”. Hace unos días el padre Lombardi, su vocero decía “frente al odio, la misericordia”. En una charla de sobremesa, surgió la expresión de que era una frase, digamos “ingenua”, no sé si la frase en sí misma sino dicha a los medios, sin filtro, blanco sobre negro. La escena de Pilato y Jesús se me representó bajo esta luz contrastada. Lo imaginaba a Pilato tratando de hacer entrar en razón al Señor, buscando la manera de negociar algo para no tener que comprometerse matándolo, y el Señor que hace estas declaraciones: de que Él es la Verdad y que es Rey de un reino “paralelo” al romano, tan concreto… Pilato en un momento no lo puede creer y le pregunta si no se da cuenta de que él tiene poder para quitarle la vida o perdonársela, tan simple como eso. Y Jesús que pone las cosas en los términos que San Ignacio llamará mil quinientos años después de “las dos banderas”. O con la misericordia del Padre, que es la verdad que Jesús alza como bandera, o con el odio del demonio, que los violentos alzan como estandarte. Y no hablo solo de los que se inmolan matando inocentes sino también de los que los matan de lejos con sus aviones y sus bombas. Los malditos que fabrican armas y promueven las guerras.

 

“El que es de la verdad escucha mi voz”. Así habla Jesús en esa situación, en que, si no fuera por lo dramática, parecería un discurso ridículo para charlarlo con Pilato. Pero Juan le pone palabras inspiradas por el Espíritu a las escenas que contempló a cierta distancia y que “escuchó” en su corazón. Juan es de los que “escuchan la voz de Jesús” y “lo hacen hablar aunque esté en silencio”. En el evangelio “hablan las situaciones”, “hablan los hechos”. Y Juan, el discípulo predilecto, les ponen palabras porque conoce lo que habla Jesús en su corazón sin necesidad de que las pronuncie audiblemente. Juan es el que nos invita a escuchar todo lo que dijo e hizo Jesús y que no está narrado en su evangelio sino escrito en nuestro corazón y escribiéndose en la historia.

Y estas dos palabras contrapuestas –misericordia contra violencia- son dos palabras que tenemos que escuchar y “traducir” en nuestra vida.

Porque son palabras prácticas, que encarnan en gestos concretos el amor y el odio que pueden quedarse a nivel de sentimiento. La misericordia no deja tiempo a que sólo la sintamos. Si no la ponemos en acto, realizando algún gesto, se aborta y se convierte inmediatamente en oportunidad perdida, en quedarnos mirándonos a nosotros mismos con culpa o tratando de justificar que no hicimos nada, que se nos pasó. La violencia lo mismo: apenas ejercida, vemos con horror que su resultado es peor que lo que sentíamos. Tanto la violencia verbal como la física, producen “daños concretos”. Una palabra dicha con odio, una vez pronunciada, va como un misil: ya no se puede parar; se dirige hacia su objetivo y explota, causando daños que no podemos medir. En eso es igual a un ataque kamikaze, sólo que los daños físicos son más cuantificables.

Misericordia contra violencia. Dos cosas que se hacen con las manos y se sienten en las entrañas.

A partir de ellas se discierne la verdad de dos reinos contrapuestos. Son las palabras que disciernen claramente la realidad.

 

Hay obras de misericordia y obras de violencia.

 

Hay sentimientos de misericordia y sentimientos de violencia.

 

Hay pensamientos de misericordia y pensamientos de violencia.

 

El orden es inverso y el que es de la verdad y escucha la voz de Jesús –atado de manos ante Pilato- sabe ver la secuencia: todo pensamiento de misericordia, por fugaz que sea, repercute en las entrañas, se convierte en sentimiento de compasión y, apenas uno se deja llevar un poquito, da algún fruto, se convierte en gesto de cercanía y llega a ser una Obra, en el sentido de una Institución como nuestros hogares y casas de misericordia.

Lo mismo con la violencia: un pensamiento de violencia, por pequeño que sea –resentimiento o rencor, mal deseo o desprecio, bronca, rabia, odio- toca el higado, lo enciende y enfría el corazón, de manera tal que, si uno se deja llevar, se convierte en gesto, en cara de bronca, en distancia calculada, en comentario sarcástico, en planeamiento de venganza, y a veces se traduce en daños físicos.

 

 

 

En estos días la experiencia de vivir aquí en Europa ha sido particularmente fuerte para mí. Después de nueve meses me decidí a pedir trabajo como voluntario en el Hogar (aquí Centro de Accoglienza) que está en la Iglesia nuestra de San Saba (una de las más antiguas de Roma) donde se alojan 30 hermanos nuestros, la mayoría musulmanes, de paises como Afghanistán, Irán, Pakistán, Senegal, Mauritania y Mali, Niger, Etiopia Camerún…

Entre un miércoles que fui a visitar por primera vez el centro y este último en que comencé mi trabajo (que consiste en estar abajo, con las llaves colgadas al cuello por si hay que abrir o cerrar algo, charlando con la gente, lo cual le permite al encargado estar en la oficina de arriba, con coloquios u otras tareas), ocurrió el atentado en París.

Y es notable cómo hay que hacer un esfuerzo para mirar a las personas a los ojos y no mirar el estereotipo que los medios interponen ante la gente y mis ojos y que está configurado mitad con temor, mitad con sospecha.

Lo que quiero decir es que las obras de violencia están activas y si no se las enfrenta poniéndose uno mismo “manos a la obra” y practicando obras de misericordia, que llenan el corazón y la mente de buenos sentimientos y concentran nuestro pensamiento en mejorar la caridad, el efecto de estas “bombas” repercute en nuestra inteligencia y nos hace sentir sus efectos: los pensamientos de odio y los sentimientos de temor y de venganza, nos explotan dentro y ocupan nuestro interior.

Ante el amor del Señor en la Cruz uno no puede quedar indiferente o como mero espectador, que siente y hace sus razonamientos pero no mete las manos para ayudar. Tampoco ante la violencia extrema y los rostros de las víctimas inocentes. Hay que aumentar, urgentemente, cada uno, su tiempo de trabajo concreto en obras de misericordia. Y perder tiempo “compadeciendo” a otros en la oración y “pensando con juicios de bondad y perdón” (que su buen trabajo nos llevan) cada uno con aquellos con los que tiene diferencias o problemas.

Si no nos ocupamos en estas “obras, sentimientos y pensamientos de misericordia”, el campo lo ocupan los mártires de la violencia. De hecho, cada uno debe examinar cómo siente y como juzga, y ver en qué medida su interior ya es campo minado, listo para explotar en violencias de distinto grado, apenas alguien nos pise el pie.

 

Diego Fares sj