Dense cuenta (Domingo 33 B 2015)

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(Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?)

Y Jesús comenzó a decirles….:

-En aquellos días, después de la tribulación

(en que los discípulos serán perseguidos

y aborrecidos por todos a causa del nombre de Jesús)

el sol se entenebrecerá

y la luna no dará su esplendor,

las estrellas irán cayendo del cielo

y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.

Entonces verán al Hijo del Hombre

viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.

El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos

desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:

cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,

ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.

Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,

dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de los cielos).

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

En cuanto a ese día y a la hora,

nadie las conoce,

ni los ángeles del cielo

ni el Hijo, nadie sino el Padre (Mc 13, 24-32).

Contemplación

Dense cuenta. Es una de esas frases de Jesús que por ahí pasan de largo y, precisamente esta, es de esas de las que “hay que darse cuenta”. Este “darse cuenta” integra ese universo del “velar” por los que tenemos a cargo, estar atentos a la venida del Esposo, vigilar porque el diablo siempre busca por donde entrarnos… Pero el “dense cuenta” tiene algo especial. Es de algo que sólo el Padre conoce. Nadie más. Ni los ángeles, ni Jesús! Es un sentido para darse cuenta cuando sucede algo único, desacostumbrado. Porque el último día –tanto el último último como el de cada época, el de cada familia y el de cada vída, siempre es “desacostumbrado”. Así como un nacimiento les cambia todo a los papás, y aunque el mundo sigue igual con un niño más a ellos les cambió la vida totalmente, así también sucede cuando muere un ser querido. El mundo sigue más o menos igual, con uno menos, pero el que ama sabe que su mundo terminó. Aunque luego pueda renacer y seguir adelante, pero un mundo terminó (en el atentado terrorista de anoche en Francia, una argentina decía que París ya no era una fiesta, que trágicamente eso había terminado).

El Señor aprovecha esta “sentido del momento único” que todos tenemos, para enseñarnos a usarlo para descubrir la llegada del Reino. Por eso este evangelio no es “del fin del mundo” solamente ni es eso lo más importante, porque a los que les toque lo compartirán con todos en general y de manera íntima sólo con el que tengan al lado.

Jesús es Maestro, pero más que un maestro de costumbres morales es el Maestro del tiempo.

Nos enseña a captar los signos de los tiempos con ese “dense cuenta”, tan simple.

El está siempre con nosotros, como prometió. Pero no de una manera ostensible.

Su modo de estar es “hacerse sentir” cuando hace falta que “nos demos cuenta”.

Por si no lo sabíamos, es Él el que nos hace dar cuenta. No sos vos ni tenés que decir “qué bárbaro! Menos mal que me di cuenta” o “qué cosa. No me había dado cuenta”… Es Él, el Maestro, que en muchos momentos importantes “hace que te des cuenta”.

Desaparece rápido, como en Emaús. Pero es Él.

Dense cuenta de que está cerca el Reino.

Estas son las palabras que “no pasan”. Porque Jesús las dice en el momento justo y luego se va. Pero son esas palabras “centro”, que coagulan una historia entera, que deciden la vida de un país o de una familia, son de esas palabras que le bastan a un santo para hacerse tal.

Son palabras giratorias, que nos hacen cambiar de dirección.

Son palabras como un sol, que amanece y lo ilumina todo mansamente y palabras relámpago, que en un instante lo iluminan todo y bastan para orientarse luego en la oscuridad de los tiempos.

Jesús usa este dense cuenta también en el lavatorio de los pies. Allí lo hace en forma de pregunta: “Se han dado cuenta de lo que he hecho?”. Se habían dado cuenta, por supuesto, pero el Maestro quiso reforzarlo para que tomaran conciencia y no se les olvidara más.

La Iglesia es fiel en esto de “compartir” con todas las generaciones esas cosas de las que Jesús quiso que nos diéramos cuenta para que las conserváramos para siempre.

No son cosas para escribir un tratado de moral acerca de la humildad o el servicio. Son algo más grande: es el Reino que Jesús hace presente y el que se da cuenta, atesora ese momento y él mismo lo va convirtiendo en vida. Las palabras del Señor no son para escribir tratados abstractos. Tomemos por ejemplo la respuesta de Jesús a los que le plantean la cuestión del divorcio. El Señor dice: “dense cuenta, en el principio no era así…” Estas son palabras para que cada pareja de jóvenes que se quiere casar, se avive de que el amor es para siempre, de que el amor es fiel. No son palabras dirigidas a los “escribas de la historia” que transforman en letra muerta lo que es espíritu y vida.

El papa Francisco lo dijo al finalizar el sínodo y viene bien leerlo aquí, con este espíritu de “démonos cuenta”. Dice al terminar:

“Queridos Hermanos: La experiencia del Sínodo también nos ha hecho comprender mejor (darnos cuenta) que los verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra sino el espíritu; no las ideas, sino el hombre; no las fórmulas sino la gratuidad del amor de Dios y de su perdón. Esto no significa en modo alguno disminuir la importancia de las fórmulas: son necesarias; la importancia de las leyes y de los mandamientos divinos, sino exaltar (darnos cuenta de) la grandeza del verdadero Dios que no nos trata según nuestros méritos, ni tampoco conforme a nuestras obras, sino únicamente según la generosidad sin límites de su misericordia. Significa superar las tentaciones constantes del hermano mayor  y de los obreros celosos. Más aún, significa valorar más las leyes y los mandamientos, creados para el hombre y no al contrario. (Démonos cuenta de que) El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas sino proclamar la misericordia de Dios, de llamar a la conversión y de conducir a todos los hombres a la salvación del Señor”.

……….

Cuáles son esas “cosas” principales sobre las cuales Jesús quiere que nos avivemos?

Jesús nos habla del Espíritu: dice que el mundo “no se da cuenta” pero nosotros sí, lo conocemos, porque él habita en nosotros.

Jesús también nos habla del Padre: si se dan cuenta quién soy Yo también se darán cuenta del Padre.

También nos aviva de las persecuciones, para que no nos quiten la paz: dense cuenta de que si el mundo me odió a mí también los odiará a ustedes…

Dos grandes apóstoles nos comparten su experiencia de Cristo en este sentido, haciéndonos ver lo central de lo que ellos se dieron cuenta.

Pablo, en la carta a los Corintios, nos aviva del empobrecerse de Jesús para enriquecernos a nosotros: Ustedes saben que Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza…

Y Juan nos comparte el criterio cristiano por excelencia: En esto ustedes se pueden dar cuenta de lo que es Espíritu de Dios: el que confiesa que Jesús vino en la carne, ese es de Dios.

Así, “nos damos cuenta” de lo que hay que darse cuenta para ser cristiano. Nos damos cuenta cómo es Jesús: que Él mismo nos enseña a darnos cuenta. Jesús que se quedó “encarnado” y por eso “es pobre” su modo de hacer que vayamos entendiendo. Hay que avivarse que Él está (eso es “venido en carne”, eso es la Eucaristía de cada domingo).

Si aprendés a leer esos signos pequeños, en los que Él se empobrece y te enriquece en un momento, si te das cuenta, es tan linda la vida! Pasa a ser un Reino. De verdad.

……..

Me permito un excurso que viene a cuento de este deseo del reino.

Ahora que hay elecciones uno percibe en la gente esas ganas de vivir en un reino, donde alguien se haga cargo de los problemas y con los más buenos y capaces se ponga a trabajar. Eso nos basta. No pretendemos uno que arregle todo, sino que uno sienta que se levanta y se pone a trabajar a nuestro lado, como uno más. Uno ve las ganas del pueblo de vivir en un reino de paz y justicia, de trabajo y fiesta, de salud y cuidado de los más pobres, de esperanza de buenas escuelas para los chicos y un hogar digno para las mamás jóvenes y para los abuelos.

Ojalá se den cuenta los políticos que los votamos a ellos, a uno en concreto, porque son lo que hay. Pero cuando un pueblo vota, vota mucho, muchísimo más. Votamos el deseo de vivir en un reino y no en un país del sálvese quien pueda ni en un país por la mitad, el de la mitad más uno contra la mitad menos uno. Ganará el que más sintamos que es el capaz de “darse cuenta” de lo que votamos y ojalá que si se dio cuenta (que no puede no darse cuenta) se deje transformar por el sueño de su pueblo y no mire sólo a los cuervos y muertos vivientes que se le querrán pegar.

….

Terminamos agradeciendo a los santos.

Los santos nos enseñan, cada uno, algo de “lo que se dieron cuenta”…

Hurtado, que “el pobre es Cristo” (y que el sentido del pobre es la esencia del cristianismo).

Teresita, que Dios se ha enamorado de nuestra pequeñez y en las pequeñas cosas podemos agradar al Padre.

Madre Teresa, que tocar la carne de los pobres es como tocar la Eucaristía y que se pueden hacer cotidianamente pequeños gestos con gran amor.

Ignacio, que uno puede discernir las alegrías duraderas de las que solo pasan y que el buen espíritu siempre nos da paz (y que no hay que hacer mudanza en tiempo de desolación).

Fabro, que si uno tiene vida activa, es bueno rezar en medio de las cosas, pidiendo las gracias que uno necesita para hacer bien su tarea, y no querer rezar como si uno fuera un contemplativo.

San José, que él sueña con nuestros problemas y vela por todos y por todo.

La Virgen, que sus ojos ven lo que se nos perdió, si nos falta vino, si se nos escapó Jesús…

Los ojos de la Virgen hacen que “nos demos cuenta”, que nos acordemos, que veamos, que encontremos,  dónde está eso de Jesús que se nos perdió.

Y vos, ¿de qué te diste cuenta que nos pueda ayudar a todos a querer más a Jesús?

 

Diego Fares sj