Santidad familiar, en equipo y popular (Todos los santos – 31 B 2015)

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Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver Jesús a la gente, subió al monte, se sentó, sus discípulos se le acercaron, y Él, tomando la palabra, se puso a enseñarles, diciendo:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se los llamará los hijos de Dios.
Dichosos los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Dichosos ustedes, cuando los insulten y persigan, y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y regocíjense entonces, porque su recompensa será grande en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 4, 25 -5, 12).

 

Contemplación

Los santos se nos han quedado un poco lejos. Pensaba en esto durante la canonización de los papás de santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Martín y Santa Celia Guerin.

Dice la crónica: “Es la primera vez que la Iglesia canoniza juntos a unos esposos reconociendo que vivieron la fe, la esperanza y la caridad “en grado heroico” en el matrimonio y en la vida familiar, como esposos y padres”.

En la ceremonia de canonización realizada en la Plaza de San Pedro, en el marco del Sínodo de la Familia, el Papa afirmó que los “santos esposos […] vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor”, de donde “brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”.

 

Creo que por aquí va la verdadera “reforma de la Iglesia” con que el Señor está bendiciendo el trabajo del Papa Francisco: está reformando nuestra manera de pensar y sentir la santidad.

Con las canonizaciones de los santos evangelizadores, Francisco nos ayuda a contemplar una santidad que brota del amor a las ovejitas más alejadas del pueblo de Dios, a las que los santos desean con todo el corazón llevarles a Jesús para que las cure, las evangelice y las conduzca por caminos de vida plena. Centró la santidad en cumplir la misión de Jesús de evangelizar a todos los pueblos. Dejó un poco en segundo lugar lo de los milagros constatables médicamente, que siendo parte de un proceso que ayuda a la Iglesia a formarse una idea justa de la santidad especial de alguien, no tiene que ser el centro. Si no esa imagen nos inclina como es lógico a buscar en los santos milagros particulares del mismo tipo por el que fueron canonizados. Sin quererlo, se mira la santidad de manera muy parcial y la consecuencia es que los santos se nos alejan de la vida cotidiana, o entran a formar parte de momentos especiales, como peregrinar a sus santuarios o pedir una gracia en momentos difíciles.

Que el milagro sea enseñar a alguien a amar el evangelio es algo que está al alcance de todos. Porque el evangelio se compone de pequeños anuncios de gracias y cada uno tiene “sus evangelios”, sus buenas noticias –pequeñas, a medida de su familia o de sus amigos- de las que puede dar testimonio. Poder decirle a alguien que Jesús lo ama y que el Espíritu Santo confirme al otro en la fe y lo consuele, es el milagro que atrae todos los demás.

Con la canonización de Luis y Celia, Francisco nos ayuda a contemplar la santidad en su fuente familiar.

Cuentan que la mamá de Teresita, en su taller de costura, enseñaba a sus hijas a ofrecer su corazón al Señor cada mañana y a aceptar con sencillez las dificultades diarias “para contentar a Jesús”. Este es un manantialcito de esa fuente de donde brota la espiritualidad de Teresita, que tanto bien nos hace con su caminito de pequeñez. Su mamá le hizo gustar que las dificultades de cada momento podían aceptarse sencillamente y servir para contentar a Jesús.

Este es el milagro más “teresiano” de Teresita: haber hecho santos a su papá y a su mamá. Haberlos hecho, digo, en el sentido de que se lo debe haber pedido directamente a Jesús y a la Virgen y a San José y lo debe haber hecho pensando en nosotros, en nuestras familias, y además, hizo que los canonizara Francisco, que tanto la quiere y a quien ella tanto mima y confirma con esas rosas que siempre le hace llegar como respuesta a sus pedidos.

En la misa, en que estuvimos con el Padre Alejandro y su madre en la plaza (teníamos un lugar arriba, en lo que se llama “el sagrado”, pero nos hicieron esperar porque se habían llenado todos los lugares y, al final, resultó mejor, porque nos hicieron ir más enfrente a un sitio que estaba reservado y desde el que se veía mejor y como después al papa se le ocurrió hacer la recorrida en el jeep, lo pude saludar, porque como no estaba prevista, creo, esa passeggiata  no había muchos guardias y todos nos acercamos de manera que nos viera) en la misa, decía, se podía percibir , mirando la imagen del matrimonio Martin-Guerin, que Teresita andaba por ahí, haciendo de las suyas.

El mensaje es claro, pero “necesito alguien que me limpie mi cabeza”, para airear los prejuicios. Cómo va a ser santa una como Teresita y que no lo sean sus papás. Uno dirá: pero hay muchos santos que lo fueron con la oposición de su familia y a veces sin que la familia tuviera nada que ver… Yo respondo que pueden ser todos los santos y santas que responden a la bienaventuranza de la persecución, que es la última. Pero también están los santos los que responden a la bienaventuranza de la pequeñez, como nuestra Señora, cuyos padres San Joaquín y Santa Ana, fueron, ellos sí, el primer matrimonio canonizado, no por decreto sino por el culto del pueblo fiel de Dios, primero en oriente y luego, más tardíamente en occidente. La historia de Joaquín y Ana se cuenta en el Protoevangelio de Santiago, que es considerado apócrifo, pero que en los primeros siglos se leía en las fiestas de la Virgen y tiene cosas muy lindas (como el detalle de la vara florecida de José en el “concurso” de varones grandes y viudos que se hizo para ver quién desposaría a María), narraciones que hay que leer en espíritu de mística popular y no de exégesis científica.

Los santos evangelizadores de pueblos y las familias santas tienen en común este carácter “social”, comunitario, de la santidad. Distinto y complementario al carácter individual, que es el que ha sido más acentuado, exageradamente quizás, o como necesidad de una época.

Lo cierto es que nos viene bien, en esta época individualista y consumista, atraída por los espectáculos extraordinarios que la sacan del aburrimiento de la vida cotidiana, una santidad familiar, comunitaria y sencilla, tejida con el amor puesto en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

Cuales serían las características de esta santidad.

Una va por el lado de los sujetos: el culto a “todos los santos y santas”, nos habla de un sujeto colectivo, de una multitud incontable, cuya santidad necesariamente es una “santidad popular”, que huele a peregrinación a Luján y a fila para tocar a San Cayetano… Decir “todos los santos” es decir “el santo pueblo fiel de Dios”.

Por otro lado, este sujeto que abarca al “pueblo en su conjunto”, está compuesto no de individuos aislados sino más bien de familias y de grupos. El Espíritu santifica a una familia entera, en todos sus miembros. Si hay uno que se destaca, lo suyo se refiere inmediatamente a los demás como fuente y se revierte a ellos como gracia.

El Espíritu también santifica nuestras obras de caridad y nuestros grupos de oración como grupo, como equipo. La gracia toma la forma de un “promedio” diría y nadie es más santo que su grupo. Siempre me consoló esta idea de no querer ser más santo que mis compañeros colaboradores y que los pobres del comedor, sino de querer ir creciendo con ellos, partiendo desde el más antipático y desde el más necesitado de ayuda en su cronicidad. Se trata de una santidad que crece como por vasos comunicantes, no embotellada en envases especiales. Para ver esta santidad hay que mirar con perspectiva. No se ve bien en medio de la lucha diaria, pero si uno mira el Hogar o la Casa de la Bondad con una mirada que abarque diez años, por decir, se ve inmediatamente que la santidad ha crecido “comunitariamente”: que son casas que tienen mayor capacidad de realizar “milagros colectivos”, de recibir más y mejor a las personas. Como los individuos somos los mismos y nuestras decisiones más egoístas suelen apoderarse momentáneamente del espacio común, con peleas y celos y chismeríos, a veces parece que no se crece. Pero si uno mira la “santidad institucional” y se alimenta de ella, encuentra una fuente real de vida plena. Y las “dificultades” como decía la mamá de Teresita, Celia, se pueden “aceptar para contentar a Jesús”.

 

Que en el día de todos los santos la Virgen y sus Papás, Teresita y los suyos, nos den la gracia de abrirnos el deseo a beber de esta nueva fuente de santidad familiar, de equipo y de pueblo fiel, que el Espíritu hace brotar allí donde dos o más se juntan de modo estable –familiar, comunitario y popular-.

Es la gracia que todos sentimos cuando el Papa se pone en medio del pueblo fiel de Dios, cuando recibe a un grupo como cuando fuimos con Manos Abiertas y todos sienten que estaban presentes, cuando llama por teléfono a una familia, como el domingo pasado que era el cumpleaños de un amigo con cuya familia Bergoglio compartía algunos almuerzos cuando iba a Roma, y cuando llamó en medio del almuerzo toda toda la casa quedó feliz.

 

Mientras la sociedad de consumo nos invita a exclusivizarnos para vendernos más cosas, el Espíritu Santo nos regala una santidad común, que se recibe y se actúa en familia –no solos-, en equipo –promediándonos los frutos- y junto con todo el pueblo de Dios –donde gozamos siendo uno más y por ahí, al mirar al que tenemos al lado, nos damos cuenta por un instante, antes de que se nos mezcle de nuevo con la multitud, de que al Señor le encanta andar por la vida como uno más de su pueblo.

Diego Fares sj