Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino (Domingo 30 B 2015)

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… Fueron a Jericó.

Y saliendo Jesús  de Jericó,

acompañado de sus discípulos y de una gran multitud,

el hijo de Timeo –Bartimeo-

un ciego mendigo,

estaba sentado al costado del camino.

Y oyendo que pasaba Jesús, el Nazareno,

comenzó a gritar y decía:

¡Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!

Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:

¡Hijo de David, ten piedad de mí!

Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran.

Entonces llamaron al ciego y le dijeron:

¡Animo, levántate! El te llama.

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús.

Y en respuesta Jesús le dijo:

¿Qué quieres que te haga?

El le respondió:

Maestro, que yo pueda ver.

Jesús le dijo:

Vete. Tu fe te ha salvado.

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

 

Contemplación

Jericó es la ciudad más baja del mundo, está a más de doscientos metros bajo el nivel del mar. Era el comienzo obligada, en tiempos del Señor, de la subida a los mil metros de altura de las montañas de Jerusalén.

Los datos son nada más para decir que la imagen de Bartimeo que comienza a seguir a Jesús, en el camino hacia Jerusalén, es la imagen de uno que estaba muy mal pero que ahora va «de bien en mejor subiendo» como dice San Ignacio. De estar sentado al borde del camino de la ciudad más baja del mundo pasó a caminar con Jesús que se dirige decididamente a la Ciudad Santa, situada en lo alto de los montes, a dar la vida por todos.

Bartimeo es la imagen contraria del herido al costado del camino de Jericó, al que el Buen Samaritano ayuda. Este pobre apaleado es el hombre que cae en la situación más baja, en manos de los ladrones que lo dejan medio muerto.

Bartimeo en cambio es el que está mal pero desea ir para adelante, el que quiere ver, el que quiere dejar de ser ese mendigo al que su condición de no vidente lo ha llevado como única opción para sobrevivir.

Bartimeo es el hombre que está atento a una nueva oportunidad, el hombre que grita pidiendo ayuda y es capaz de pegar un salto e ir hacia Jesús -ciego como está- y pedirle que le permita ver para poder seguirlo por el camino a la ciudad Santa.

Nos cae bien Bartimeo. Es un lindo testimonio el suyo; y sus fotos -la de ciego mendigando, esa cuando da el salto, la que lo muestra mirándose a los ojos con Jesús, sonriendo los dos, y en la que se lo ve siguiendo al Señor y a toda la gente mirándolos- son fotos que dan ganas de quedarse contemplando para sacar provecho de su evangelio. Ilustran la buen noticia: que Jesús vino a dar vista a los ciegos.

Uno puede contemplar toda la secuencia y quedarse en el momento que más le guste, cada uno de acuerdo a su situación. A mí hoy me gusta mirar cómo Bartimeo se va detrás de Jesús: «Al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino», dice Marcos.

 

Al instante comenzó a ver

Al instante, ahí nomás, inmediatamente… «Ixthus» es uno adverbio de los preferidos de Marcos. En su Evangelio aparece más de cuarenta veces.

Las cosas de Jesús se dan «al instante». «En el instante en que salió del agua del Bautismo en el Jordán, Jesús vio el cielo abierto y al Espíritu Santo que bajaba sobre él (Mc 1, 10) y «ahí nomás, en el otro versículo, el Espíritu lo empujó, dice Marcos, al desierto» (Mc 1, 12). Apenas seis versículos más y los cuatro hermanos pescadores, dejando las redes inmediatamente, lo siguieron» (Mc 1, 18-20). Jesús, entrando en Cafarnaúm, enseguida, se puso a enseñar (Mc 1, 21), unos minutos después curó al del espíritu impuro y acto seguido a la suegra de Simón…

La puesta en marcha de la misión de Jesús en Marcos está marcada por estas acciones salvíficas instantáneas y toda la vida pública del Señor es un ir para adelante en el que cada encuentro produce gracias y frutos inmediatos para todos los que le siguen el paso o le salen al encuentro con fe, como el leproso y el paralítico a los que cura al instante.

También son instantáneas las reacciones de sus enemigos.

Jesús pesca «enseguida lo que piensan los escribas» (Mc 2, 8) cuando le está perdonando los pecados al paralítico. Los fariseos irán «inmediatamente» a reunirse con los herodianos (Mc 3, 6) y no pararán hasta ese «consejo que formaron sin mucho trámite» la mañana en que mandaron a Jesús a Pilatos para que lo condenara a la muerte en Cruz (Mc 15, 1).

Qué provecho sacamos para nuestra vida de esta contemplación del tiempo de Jesús, de la instantaneidad de la gracia? A mí me hace pensar en que, por un lado, Dios es el Dios de la paciencia y prepara las cosas cuidadosamente a lo largo de toda la historia, pero, justamente por esta preparación, sus gracias están al alcance de la mano y las oportunidades hay que saber pescarlas al vuelo. Esa fue la gracia de Bartimeo, que había cocinado su deseo de ver durante años y años y, en el momento en que pasó Jesús, lo agarró con todas sus fuerzas y puso en juego todos sus recursos para ganarse su gracia.

La instantaneidad del Espíritu tiene una eternidad guardada dentro. No es algo improvisado.

Este saber, esta conciencia de que «el Señor tiene preparadas gracias enteritas y envueltas listas para llevar», tiene que encender nuestro deseo.

Por eso el Señor nos quiere «pescadores de hombres», porque el pescador es la imagen del hombre paciente que está con los cinco sentidos alertas porque sabe que «hay pesca» y que es cuestión de estar atento al momento justo.

 

Lo seguía en el camino

En el camino es donde se dan las enseñanzas y los milagros «instantáneos» de Jesús. El Señor se da a conocer y realiza las obras del Padre «caminando» en medio de los hombres y de la historia, metido en la vida cotidiana de su pueblo. En el camino les pregunta quién piensan que él es (Mc 8, 27); en el camino les enseña que es necesario que sea crucificado y que va a resucitar al tercer día, mientras ellos discuten quién es el mayor (Mc 9, 33). En Marcos Jesús es siempre «el que se les adelanta en el camino» (Mc 10, 32). Fue en este momento, en que los discípulos «se espantaban» dice Marcos, de la fuerza con que Jesús caminaba hacia su destino en Jerusalén, que Bartimeo se suma y lo sigue en el camino.

De última es esto «lo que hay que ir a ver»: cómo Jesús va a la Cruz por mí. Cómo se empobrece para enriquecernos con su pobreza, cómo nos mira con amor para que aprendamos a mirar, cómo pasa por nuestra vida para que nos vayamos caminando con él…

En este mundo que nos anestesia con tantas imágenes, la mirada de Jesús siempre es linda para ver. Y son lindas las miradas de sus santos, de la gente buena y de la gente que sufre y agradece tanto una mirada…

Señor, dame permiso para verte. Hacé que yo pueda ver.

En este mundo que apura y nos ilusiona con tener las cosa ya, Jesús nos las da de veras. Es tan lindo poder recibir el perdón ya, poder recibir la Eucaristía ya, poder leer una palabra buena ya, poder hacer una jaculatoria ya, poder dar una mano a alguien ya.

Señor dame tus gracias ahora, que sean gracias pequeñitas para que no me asuste y le tome el gusto a tu amistad.

En este mundo que nos propone tantos seguimientos a Jesús lo podemos seguir de veras. El se hace a nuestro ritmo, valora cada pasito adelante, abre camino y acompaña y también sabe ir a cierta distancia, sin molestar…

Jesús, enseñame a caminar: así como vas vos conmigo, que yo vaya con los demás.

Diego Fares sj

 

 

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