Jesús no puede creer que las posesiones le hagan fracasar la mirada (Domingo 28 B 2015)

Heinrich-Hofmann (2)

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dígame: ¿qué tengo que hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?

Jesús le dijo:  ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.

El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.

Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos:

¡Qué difícil que los que posean riquezas entren en el  Reino de Dios!

Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.

Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:

¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.

Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?

Jesús, mirándolos a los ojos, les dijo:

Para los hombres, es imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles  para Dios.

Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.

Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

 

Contemplación

Jesús no puede creer que las posesiones le hagan fracasar la mirada.

Dos veces mira Jesús a los ojos: con amor al joven, para ganarle el corazón y con fijeza a los discípulos, para despejarles las dudas: todas las cosas son posibles para Dios.

¡La mirada de Jesús!

Juan usa la misma expresión para el diálogo entre Jesús y Simón, cuando el Señor -mirándolo- le dice: «tú eres Pedro…» (Jn 1, 42).

Hay otro pasaje que nos muestra uno de los efectos de esta mirada: es una mirada que te abre los ojos, y te hace «ver todo con claridad» como le sucedió al ciego de Betsaida al que Jesús se lo llevó aparte, lo curó con su saliva y le preguntó si veía algo.

Es la mirada «para ver las cosas» como las ve Jesús.

La más importante.

Por eso la mirada a los discípulos complementa la mirada al joven rico. Porque este «no la vió» y el Señor quiere que los suyos vean que no hay cosas imposibles para Dios… si uno se deja mirar así.

Se trata de una mirada con intención, de una mirada para hacer ver.

Pero la de Simón y la del joven rico son algo especial. No son para hacernos ver cosas sino para verlo a El. Aquella mirada a Simón y esta al joven rico son las miradas inaugurales de Jesús.

Son las miradas  que todo lo comienzan.

El Evangelio dice que Jesús lo miró con amor (egapesen). Es su mirada de amor de agape, de amor totalmente gratuito.

Pero tenemos que ir al fondo de la gratuidad porque en nuestro mundo del dios dinero lo gratuito está devaluado, se sospecha que no será tan bueno…

Lo gratuito significa, por un lado, que Jesús mira sin interés posesivo. No es que uno tenga alguna cualidad que a él le interese para engancharnos en su seguimiento, para conseguir voluntarios, diríamos. Este es el primer obstáculo (que el mal espíritu convierte en tentación agregando «seguro que algo te va a pedir») para dejarnos mirar gratuitamente por Jesús. Por eso lo lindo de nuestras obras es que nacen o de los Ejercicios, donde todo lo que se nos da es puro don, o de ver a otros voluntarios con la alegría que trabajan con los más pequeñitos. Después que uno se engancha sí que se nos piden cosas -y muchas- pero no hay que olvidarse que el primer flechazo fue gratuito.

Gratuito significa que el interés viene de Jesús, es un interés «creativo». No que busca obtener un beneficio sino que busca alguien a quien darle un beneficio.

Es cierto que hay mirada cuando dos miradas se cruzan. Si no se da ese contacto -que puede ser un instante pero que permanece para toda la vida- la mirada se pierde en el vacío. Pero el interés mutuo aquí no es el de dos que andan buscando amor sino el de uno que Es el Amor y nosotros que lo andamos mendigando y deseando.

Mendigamos una mirada de amor que sea pura misericordia, que nos perdone todo lo de siempre, todo lo de una y otra vez.

Deseamos una mirada de amor que sea puro don, que nos permita mirar para adelante y comenzar siempre todo de nuevo.

Esa mirada sólo es de los ojos de Jesús. No tiene el peso del tiempo. No nos «hace historias» ni nos «planifica», aunque es la fuente de todas las historias nuevas que saldrán y de una única historia: la que todo lo que pasó lo recuerda como un paso de salvación.

Nuestra miradas son cargadas, la suya es liviana.

Nosotros miramos cargados de pasado, de experiencias que nos dicen esto ya lo viste.

Nosotros miramos cargados de futuribles, que nos dicen, esto será más de lo mismo.

El Señor mira libre: si querés, no hay nada imposible para Dios.

El joven rico algo de esto sintió, porque si no no hubiera corrido a Jesús. Los ricos tienen esta gracia de «saber correr» cuando ven una oportunidad. Lo malo está en que corren tras objetos que en el fondo son espejismos de sus deseos no bien mirados.

Ver a Jesús como «una oportunidad» es algo humano. Pero rápidamente hay que pescar que su mirada es algo más grande. No es «una oportunidad», es mi vida.

Hay que tener la agilidad para un doble movimiento: el de dejarme mirar por Él con ese amor que me está ofreciendo su amistad (y con ella todas las cosas que tiene y que vendrán con él, y que más que cosas son todos sus amigos y todas sus obras en bien de los demás) y de mirarme a mí mismo como uno que siempre quiso venderlo todo para experimentar lo valioso que uno es sin nada agregado.

Mirada y pobreza

Y aquí viene una relación de la mirada con la pobreza.

La riqueza y la pobreza antes que en las manos están en la mirada.

La cuestión es si uno mira ojos o «precios» (todas las cosas valiosas tienen precio. Incluso el cuerpo de las personas, pero no su mirada).

(Les comparto ahora una parte linda de mi trabajo para el Congreso sobre «La reforma de la iglesia que hicimos esta semana en la Civilta Cattolica con 30 teólogos-as de todo el mundo).

Hay una frase de Pablo que expresa el amor de Jesús -su mirada de amor- en términos de pobreza y riqueza y puede ayudarnos en esta contemplación a «ver lo que hay que ver».

La frase es la de 2 Corintios:

«Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que se empobreció -siendo rico como era- para enriquecerlos con su pobreza» (2 Cor, 8,9).

El hacerse pobre del Señor para ir enriqueciéndonos con su pobreza no es un resultado -como podría indicar la expresión «se hizo pobre»- sino el dinamismo propio de su modo cotidiano de amarnos.

El motivo -«para enriquecernos»- le da un carácter dinámico al «hacerse pobre».

Cada vez que el Señor quiere «darnos lo que tiene o algo de lo que tiene o puede» (EE 231), como dice San Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, el modo como lo hace, sigue el camino del «abajarse y empobrecerse».

Esto lo vemos en toda la vida de Jesús pero de manera especial en su modo de salir al encuentro de la comunidad como resucitado pobre, con el aspecto de un hombre cualquiera, que mendiga techo en Emaús y pide «algo para comer» a orillas del lago.

No hay medida para el «empobrecerse» del Señor sino la de darlo todo, hasta la propia vida en la Cruz, para quedarse bajo la forma del empobrecerse renovadamente en cada Eucaristía, como un pobre pancito y en el perdón incansable de nuestros pecados rutinarios.

Pero es el tercer elemento de la frase de Pablo lo que más nos asombra: el hecho de que nos enriquezca «con esa pobreza suya». Destacamos que es la pobreza de la que viene hablando la frase: no una pobreza de todas las cosas sino esa que se ajusta a lo que enriquece al otro.

Una pobreza tan a medida que a veces no notamos que nos enriqueció.

Lo que se nos dona y comunica no es, por tanto, la riqueza de Cristo como si fuera una cosa, sino un dinamismo en el que podemos sumarnos, entrar, participar, empobreciéndonos para enriquecer a otros.

El mandato del Señor «ámense como yo los amé» puede leerse en esta clave:

«empobrézcanse para enriquecer a otros como lo hago yo».

El ejemplo de la viuda pobre que dio sus dos moneditas -todo lo que tenía para vivir ese día- no es solo un ejemplo edificante. En los pequeños gestos cotidianos que practican los más pequeños del pueblo fiel de Dios el Señor ve ya activo este dinamismo propio de su amor y por eso se alegra de que «el reino de Dios le haya sido revelado a los pequeños» como dirá varias veces en los evangelios.

Los empobrecimientos de Francisco que enriquecen al pueblo de Dios

Si por algún lado va a ir -o está yendo ya- el paso adelante que puede dar Francisco en una así llamada reforma de la Iglesia, es por el lado de «enriquecernos con su pobreza».

¿No nos llama la atención la alegría indescriptible que generan en casi todos esos pequeños gestos de despojo del Papa Francisco? (Y no digo todos sino «casi todos» porque siempre hay un Judas que se queja agriamente cuando ve que alguien rompe el frasco de perfume).

La gente capta que no son gestos de ascetismo personal sino que son gestos que enriquecen al pueblo de Dios, personalizado en cada uno de aquellos ante los que el Papa se abaja a lavar los pies, por ejemplo o pierde tiempo llamando por teléfono.

El Papa  enriquece a la Iglesia todos los días con sus gestos de abajamiento por amor, que se están volviendo más «despojados» si se puede decir así, y no salen en los diarios como cuando renunció a los zapatos rojos o se quedó a vivir en la habitación de tránsito de Santa Marta. Hay que saberlos leer en pequeños detalles: el modo, por ejemplo, de pedir que recen por él luego de la primer misa en Cuba: «les pido -y dejó caer los brazos- como un mendigo, que recen por mí». En el mismo sentido van sus pedidos a los periodistas de que «por favor, lo interpreten bien, teniendo en cuenta el contexto». Francisco «empobrece» un lenguaje papal que por pretender ser infalible en cada frase se había vuelto inteligible solo para especialistas, para entrar en diálogo con la gente, confiado en que el que tiene buena voluntad «salvará la proposición del prójimo», como aconseja San Ignacio. Detrás de ese simple «a este Papa lo entiendo» que repiten los sencillos, se esconde la experiencia de haber sido «enriquecidos».

Viene bien aquí citar una de las interpretaciones que hizo el Papa de este versículo de Pablo, en su mensaje de Cuaresma del 2014. Destacó que en esa frase está el estilo y la lógica de Dios, el modo de amarnos de Jesús, «con su rica pobreza y su pobre riqueza», que son «como las de un niño que se sabe amado por su padre». Decía el Papa Francisco:

«Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). No se trata de un juego de palabras -continúa el Papa- ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente» (…).

Mirada y comunidad

«Estar en medio de la gente» es otra de las expresiones que Francisco siempre repite. El  hecho de haberse quedarse a vivir en Santa Marta decía que era para él una cuestión de sanidad sicológica, porque en el espacio de «embudo invertido» del palacio Vaticano no podía entrar en relación espontánea con la gente. Algunos interpretan esto como algo un poco folklórico y seguramente pasajero. Sin embargo la gente, el pueblo fiel de Dios del rebaño eclesial y el de «los otros rebaños»- ama este contacto personal con el Papa y lo busca como algo de lo que tenía verdadera sed.

La secuencia del mensaje paulino interpretado por Francisco sería: no se puede enriquecer a otro por amor sin empobrecerse por amor y no es posible empobrecerse amorosamente sino en medio de la gente que se ama, en medio de la familia, en medio de un pueblo, en medio de la Iglesia.

Sin esta pertenencia comunitaria no hay pobreza evangélica sino miseria, exclusión. Incluso en el ascetismo más sublime, si se practica sin referencia a la dimensión social y comunitaria, hay algo «extraño», como en el don de lenguas del que decía Pablo que si nadie traducía quedaba como algo incomprensible, para beneficio de uno solo, siendo que los dones del Espíritu siempre son para el bien común.

La mirada buena de Jesús la experimentamos en la mirada de sus pequeñitos, cuando nos empobrecemos para enriquecerlos. Por eso la recomendación del Señor de «vender todo y darlo a los pobres» tiene su trampita. No es un acto económico que se hace de una sola vez. Vender y dar todo es un programa de vida, de ir dando en la medida en que enriquece a los que amamos, como se hace cotidianamente en la vida de familia, en la vida de nuestros hogares.

Por estos lados van «las miradas de Jesús».

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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