Saberse indignar (Domingo 27 B 2015)

Saberse indignar

Volvió el pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía.

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: ¿es lícito al marido repudiar a su mujer?.

Él, respondiendo, les dijo: – ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: – Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo:

– Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto;

pero al principio de la creación, Dios los creó varón y hembra.

Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne.

Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:

– Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:

– Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10 2-16)

Contemplación

Comienza el Sínodo sobre la familia y, providencialmente, la liturgia nos presenta este pasaje. En la oración sentía de abordarlo no desde las definiciones sobre el divorcio sion contemplando una actitud de Jesús: su indignación.

Está en el centro esta  «indignación» de Jesús. Los discípulos le estaban pidiendo aclaraciones sobre un tema importantísimo y resulta que comienzaron a caer las mamás con sus chicos para que Jesús se los bendijera.  Parece que las retaron mal -con apuro, o directamente cerrando la puerta, vaya uno a saber-, porque Jesús se indignó.

Y aquí va la primera reflexión: ¿de qué cosas me indigno yo?

Es un sentimiento básico que muestra cómo es mi corazón. No digo cómo está sino cómo es. Porque la indignación salta cuando alguien toca un valor que para nosotros es sagrado.

Los evangelios narran tres tipos de indignación.

Los fariseos se indignaban de que Jesús curara en sábado (de la injusticia en cuestiones religiosas, diríamos).

Los discípulos se indignaban de que Santiago y Juan hubieran mandado a su madre a pedirle a Jesús que sus hijos se sentaran a su derecha y a su izquierda en su reino (de la injusticia en cuestiones de poder. Indignaciones políticas, podríamos decir).

Jesús se indigna de que aparten a las mamás que le acercan a sus pequeños para que los bendiga tocándolos. El Señor se indigna de la injusticia con el más pequeñito (y de que se metan con la Casa del Padre; siempre esta unión tan linda del Padre y los pequeñitos que nos enseña a unir en el corazón Jesús).

¿De qué mi indigno yo?

Los tres ámbitos son importantes. Pero la indignación religiosa y la política tienden a convertirse en grandilocuentes cuando no van unidas a las pequeñas indignaciones, esas que hacen que uno diga en voz alta que le den el asiento a una embarazada en el tren lleno de gente indiferente, por ejemplo, o que uno se «indigne» de sí mismo y pida perdón si maltrató a otro más débil y pequeño.

La indignación del Señor armoniza dos situaciones que el apuro de los discípulos quería mantener bien separadas: el tema grave y complicado del divorcio y la inmediatez y simplicidad de los chicos que se le acercan a Jesús.

La actitud del Señor -y digo actitud porque la indignación es un sentimiento que requiere un poco de tiempo y de énfasis para manifestarse- da el tono a todo el pasaje y creo que es importante para la vida de familia. El Señor viene a decirnos que el tema del divorcio es importante, pero los chicos -que los chicos se acerquen a Jesús y él los bendiga-, son más importantes.

Estamos en medio de una discusión teórica. Los fariseos han planeado una estrategia para hacerlo caer en una trampa al Señor. Vemos que la discusión ya viene mal barajada: hay mala intención. No les interesa tanto el problema de la familia sino pescarlo a Jesús en alguna herejía, diríamos.

Es una discusión de especialistas, en la que se citan pasajes de Moisés y del Génesis y el Señor hace precisiones morales sobre las leyes de los judíos y habla del adulterio del que se casa de nuevo.

Es también una discusión abierta, porque los discípulos, cuando vuelven a casa, le preguntan otra vez. Y, como vemos, el problema sigue en nuestros días. Pero el hecho de repregunten es importante. El Señor vuelve a explicar y luego, con lo de los niños, aprovecha para dejar el tema teórico de lado y ocuparse de una cuestión de familia concreto: atender a las mamás que le acercan a sus chicos.

Aquí me parece que hay algo importante.

Porque no es que el Señor cierre el tema, como quieren algunos.

A ver si lo puedo expresar: Aunque diga las cosas claras no se indigna del tema del divorcio ni del adulterio y sí se indigna de que dejen de lado a los chicos.

A algunos, en cambio, se les ha quedado pegada la indignación del Señor, pero en mal lugar: son los que se indignan cada vez que sale el tema de los divorciados. Unos ponen casos particulares y se indignan de los principios, ridiculizándolos con otros principios, mientras los otros ponen citas del evangelio y se indignan de los que ponen casos particulares, ridiculizándolos con otros casos particulares contrarios.

Si uno mira bien la indignación marcada que el Señor expresa, de hecho le quita rigidez al tema del divorcio. El Señor explica, mansamente, cómo son las cosas hondas del matrimonio, cómo Dios creó al hombre y a la mujer para que fueran una sola carne; también con paciencia hace ver que hay leyes que vienen de la dureza del corazón (o de la dureza de los tiempos y de la vida social), pero el hecho de hacer ver que «en el comienzo no fue así», no significa que el Señor esté diciendo: hasta ahora, hubo contemplaciones en este punto, de ahora en más la indisolubilidad del matrimonio cristiano se convierte en algo que los nuevos fariseos pueden tener en sus manos como piedra para tirársela a todos los que incurran en ese delito. De ahora en más es una ley que ni Yo mismo me puedo saltar para salvar a una familia. Yo me salto el sábado para curar a un paralítico y me salto las leyes de la pureza ritual tocando leprosos y recibiendo a pecadores, pero esta nueva ley se las dejo a los fariseos para que construyan una lógica indestructible que nadie pueda nunca más tocar.

Este espíritu no es el del Señor, que simplemente deja el tema y se pone a bendecir a los niños.

El hecho de poner la indignación en otro lado significa que no da permiso para tomar un tema y ponerse a escribir libros y libros sobre esa sola frase suya y usarla (con cierto placer sádico en algunos) como piedras.

Es verdad que el Señor dice que el que se divorcia y se casa de nuevo comete adulterio. Pero también dice que solo «mirar con mal deseo» es adulterio…

Hay otra escena que es como espejo de esta: la de los fariseos que le ponen delante a la pobre mujer a la que han «sorprendido» en adulterio y le preguntan lo mismo, cuestiones legales, con la intención de hacerlo caer en una trampa.

Aquí el Señor obra de la misma manera: habla claro sobre la ley y tiene gestos de ternura y de perdón para con la persona.

Es interesante completar la frase sobre el adulterio con la frase acerca de quién puede aplicar la condena

Tan claro como dice que el adulterio es adulterio, dice también que el que esté libre de pecado arroje la primera piedra, y, visto que nadie la tira, también dice claramente «yo tampoco te condeno».

Podemos sacar provecho del evangelio y proponer algunas conclusiones. Cada uno tiene que hacer la prueba, pero es notable cómo cambia nuestra manera de pensar cuando discernimos y ponemos la indignación donde tiene que estar. Cuando dejamos que hierva sólo la indignación por las injusticias contra los más pequeñitos y acallamos las indignaciones grandilocuentes por supuestas injusticias contra la religión y la política.

Hay que brindar a los papás y mamás (de cualquier condición que sean y situación en que estén) los medios para que se sientan dignos de acercar sus hijos a Jesús en la Iglesia sin que nadie «les tire piedras» o «los rete y los aleje».

Y para esto hay que saber «indignarse» contra todo lo que aleje a cualquiera de la misericordia y la caricia de Jesús. Esta es la única indignación, la que mide y juzga a todas las demás.

Diego Fares sj