Santidad familiar, en equipo y popular (Todos los santos – 31 B 2015)

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Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver Jesús a la gente, subió al monte, se sentó, sus discípulos se le acercaron, y Él, tomando la palabra, se puso a enseñarles, diciendo:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se los llamará los hijos de Dios.
Dichosos los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Dichosos ustedes, cuando los insulten y persigan, y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y regocíjense entonces, porque su recompensa será grande en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 4, 25 -5, 12).

 

Contemplación

Los santos se nos han quedado un poco lejos. Pensaba en esto durante la canonización de los papás de santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Martín y Santa Celia Guerin.

Dice la crónica: “Es la primera vez que la Iglesia canoniza juntos a unos esposos reconociendo que vivieron la fe, la esperanza y la caridad “en grado heroico” en el matrimonio y en la vida familiar, como esposos y padres”.

En la ceremonia de canonización realizada en la Plaza de San Pedro, en el marco del Sínodo de la Familia, el Papa afirmó que los “santos esposos […] vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor”, de donde “brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”.

 

Creo que por aquí va la verdadera “reforma de la Iglesia” con que el Señor está bendiciendo el trabajo del Papa Francisco: está reformando nuestra manera de pensar y sentir la santidad.

Con las canonizaciones de los santos evangelizadores, Francisco nos ayuda a contemplar una santidad que brota del amor a las ovejitas más alejadas del pueblo de Dios, a las que los santos desean con todo el corazón llevarles a Jesús para que las cure, las evangelice y las conduzca por caminos de vida plena. Centró la santidad en cumplir la misión de Jesús de evangelizar a todos los pueblos. Dejó un poco en segundo lugar lo de los milagros constatables médicamente, que siendo parte de un proceso que ayuda a la Iglesia a formarse una idea justa de la santidad especial de alguien, no tiene que ser el centro. Si no esa imagen nos inclina como es lógico a buscar en los santos milagros particulares del mismo tipo por el que fueron canonizados. Sin quererlo, se mira la santidad de manera muy parcial y la consecuencia es que los santos se nos alejan de la vida cotidiana, o entran a formar parte de momentos especiales, como peregrinar a sus santuarios o pedir una gracia en momentos difíciles.

Que el milagro sea enseñar a alguien a amar el evangelio es algo que está al alcance de todos. Porque el evangelio se compone de pequeños anuncios de gracias y cada uno tiene “sus evangelios”, sus buenas noticias –pequeñas, a medida de su familia o de sus amigos- de las que puede dar testimonio. Poder decirle a alguien que Jesús lo ama y que el Espíritu Santo confirme al otro en la fe y lo consuele, es el milagro que atrae todos los demás.

Con la canonización de Luis y Celia, Francisco nos ayuda a contemplar la santidad en su fuente familiar.

Cuentan que la mamá de Teresita, en su taller de costura, enseñaba a sus hijas a ofrecer su corazón al Señor cada mañana y a aceptar con sencillez las dificultades diarias “para contentar a Jesús”. Este es un manantialcito de esa fuente de donde brota la espiritualidad de Teresita, que tanto bien nos hace con su caminito de pequeñez. Su mamá le hizo gustar que las dificultades de cada momento podían aceptarse sencillamente y servir para contentar a Jesús.

Este es el milagro más “teresiano” de Teresita: haber hecho santos a su papá y a su mamá. Haberlos hecho, digo, en el sentido de que se lo debe haber pedido directamente a Jesús y a la Virgen y a San José y lo debe haber hecho pensando en nosotros, en nuestras familias, y además, hizo que los canonizara Francisco, que tanto la quiere y a quien ella tanto mima y confirma con esas rosas que siempre le hace llegar como respuesta a sus pedidos.

En la misa, en que estuvimos con el Padre Alejandro y su madre en la plaza (teníamos un lugar arriba, en lo que se llama “el sagrado”, pero nos hicieron esperar porque se habían llenado todos los lugares y, al final, resultó mejor, porque nos hicieron ir más enfrente a un sitio que estaba reservado y desde el que se veía mejor y como después al papa se le ocurrió hacer la recorrida en el jeep, lo pude saludar, porque como no estaba prevista, creo, esa passeggiata  no había muchos guardias y todos nos acercamos de manera que nos viera) en la misa, decía, se podía percibir , mirando la imagen del matrimonio Martin-Guerin, que Teresita andaba por ahí, haciendo de las suyas.

El mensaje es claro, pero “necesito alguien que me limpie mi cabeza”, para airear los prejuicios. Cómo va a ser santa una como Teresita y que no lo sean sus papás. Uno dirá: pero hay muchos santos que lo fueron con la oposición de su familia y a veces sin que la familia tuviera nada que ver… Yo respondo que pueden ser todos los santos y santas que responden a la bienaventuranza de la persecución, que es la última. Pero también están los santos los que responden a la bienaventuranza de la pequeñez, como nuestra Señora, cuyos padres San Joaquín y Santa Ana, fueron, ellos sí, el primer matrimonio canonizado, no por decreto sino por el culto del pueblo fiel de Dios, primero en oriente y luego, más tardíamente en occidente. La historia de Joaquín y Ana se cuenta en el Protoevangelio de Santiago, que es considerado apócrifo, pero que en los primeros siglos se leía en las fiestas de la Virgen y tiene cosas muy lindas (como el detalle de la vara florecida de José en el “concurso” de varones grandes y viudos que se hizo para ver quién desposaría a María), narraciones que hay que leer en espíritu de mística popular y no de exégesis científica.

Los santos evangelizadores de pueblos y las familias santas tienen en común este carácter “social”, comunitario, de la santidad. Distinto y complementario al carácter individual, que es el que ha sido más acentuado, exageradamente quizás, o como necesidad de una época.

Lo cierto es que nos viene bien, en esta época individualista y consumista, atraída por los espectáculos extraordinarios que la sacan del aburrimiento de la vida cotidiana, una santidad familiar, comunitaria y sencilla, tejida con el amor puesto en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

Cuales serían las características de esta santidad.

Una va por el lado de los sujetos: el culto a “todos los santos y santas”, nos habla de un sujeto colectivo, de una multitud incontable, cuya santidad necesariamente es una “santidad popular”, que huele a peregrinación a Luján y a fila para tocar a San Cayetano… Decir “todos los santos” es decir “el santo pueblo fiel de Dios”.

Por otro lado, este sujeto que abarca al “pueblo en su conjunto”, está compuesto no de individuos aislados sino más bien de familias y de grupos. El Espíritu santifica a una familia entera, en todos sus miembros. Si hay uno que se destaca, lo suyo se refiere inmediatamente a los demás como fuente y se revierte a ellos como gracia.

El Espíritu también santifica nuestras obras de caridad y nuestros grupos de oración como grupo, como equipo. La gracia toma la forma de un “promedio” diría y nadie es más santo que su grupo. Siempre me consoló esta idea de no querer ser más santo que mis compañeros colaboradores y que los pobres del comedor, sino de querer ir creciendo con ellos, partiendo desde el más antipático y desde el más necesitado de ayuda en su cronicidad. Se trata de una santidad que crece como por vasos comunicantes, no embotellada en envases especiales. Para ver esta santidad hay que mirar con perspectiva. No se ve bien en medio de la lucha diaria, pero si uno mira el Hogar o la Casa de la Bondad con una mirada que abarque diez años, por decir, se ve inmediatamente que la santidad ha crecido “comunitariamente”: que son casas que tienen mayor capacidad de realizar “milagros colectivos”, de recibir más y mejor a las personas. Como los individuos somos los mismos y nuestras decisiones más egoístas suelen apoderarse momentáneamente del espacio común, con peleas y celos y chismeríos, a veces parece que no se crece. Pero si uno mira la “santidad institucional” y se alimenta de ella, encuentra una fuente real de vida plena. Y las “dificultades” como decía la mamá de Teresita, Celia, se pueden “aceptar para contentar a Jesús”.

 

Que en el día de todos los santos la Virgen y sus Papás, Teresita y los suyos, nos den la gracia de abrirnos el deseo a beber de esta nueva fuente de santidad familiar, de equipo y de pueblo fiel, que el Espíritu hace brotar allí donde dos o más se juntan de modo estable –familiar, comunitario y popular-.

Es la gracia que todos sentimos cuando el Papa se pone en medio del pueblo fiel de Dios, cuando recibe a un grupo como cuando fuimos con Manos Abiertas y todos sienten que estaban presentes, cuando llama por teléfono a una familia, como el domingo pasado que era el cumpleaños de un amigo con cuya familia Bergoglio compartía algunos almuerzos cuando iba a Roma, y cuando llamó en medio del almuerzo toda toda la casa quedó feliz.

 

Mientras la sociedad de consumo nos invita a exclusivizarnos para vendernos más cosas, el Espíritu Santo nos regala una santidad común, que se recibe y se actúa en familia –no solos-, en equipo –promediándonos los frutos- y junto con todo el pueblo de Dios –donde gozamos siendo uno más y por ahí, al mirar al que tenemos al lado, nos damos cuenta por un instante, antes de que se nos mezcle de nuevo con la multitud, de que al Señor le encanta andar por la vida como uno más de su pueblo.

Diego Fares sj

 

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino (Domingo 30 B 2015)

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… Fueron a Jericó.

Y saliendo Jesús  de Jericó,

acompañado de sus discípulos y de una gran multitud,

el hijo de Timeo –Bartimeo-

un ciego mendigo,

estaba sentado al costado del camino.

Y oyendo que pasaba Jesús, el Nazareno,

comenzó a gritar y decía:

¡Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!

Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:

¡Hijo de David, ten piedad de mí!

Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran.

Entonces llamaron al ciego y le dijeron:

¡Animo, levántate! El te llama.

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús.

Y en respuesta Jesús le dijo:

¿Qué quieres que te haga?

El le respondió:

Maestro, que yo pueda ver.

Jesús le dijo:

Vete. Tu fe te ha salvado.

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

 

Contemplación

Jericó es la ciudad más baja del mundo, está a más de doscientos metros bajo el nivel del mar. Era el comienzo obligada, en tiempos del Señor, de la subida a los mil metros de altura de las montañas de Jerusalén.

Los datos son nada más para decir que la imagen de Bartimeo que comienza a seguir a Jesús, en el camino hacia Jerusalén, es la imagen de uno que estaba muy mal pero que ahora va «de bien en mejor subiendo» como dice San Ignacio. De estar sentado al borde del camino de la ciudad más baja del mundo pasó a caminar con Jesús que se dirige decididamente a la Ciudad Santa, situada en lo alto de los montes, a dar la vida por todos.

Bartimeo es la imagen contraria del herido al costado del camino de Jericó, al que el Buen Samaritano ayuda. Este pobre apaleado es el hombre que cae en la situación más baja, en manos de los ladrones que lo dejan medio muerto.

Bartimeo en cambio es el que está mal pero desea ir para adelante, el que quiere ver, el que quiere dejar de ser ese mendigo al que su condición de no vidente lo ha llevado como única opción para sobrevivir.

Bartimeo es el hombre que está atento a una nueva oportunidad, el hombre que grita pidiendo ayuda y es capaz de pegar un salto e ir hacia Jesús -ciego como está- y pedirle que le permita ver para poder seguirlo por el camino a la ciudad Santa.

Nos cae bien Bartimeo. Es un lindo testimonio el suyo; y sus fotos -la de ciego mendigando, esa cuando da el salto, la que lo muestra mirándose a los ojos con Jesús, sonriendo los dos, y en la que se lo ve siguiendo al Señor y a toda la gente mirándolos- son fotos que dan ganas de quedarse contemplando para sacar provecho de su evangelio. Ilustran la buen noticia: que Jesús vino a dar vista a los ciegos.

Uno puede contemplar toda la secuencia y quedarse en el momento que más le guste, cada uno de acuerdo a su situación. A mí hoy me gusta mirar cómo Bartimeo se va detrás de Jesús: «Al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino», dice Marcos.

 

Al instante comenzó a ver

Al instante, ahí nomás, inmediatamente… «Ixthus» es uno adverbio de los preferidos de Marcos. En su Evangelio aparece más de cuarenta veces.

Las cosas de Jesús se dan «al instante». «En el instante en que salió del agua del Bautismo en el Jordán, Jesús vio el cielo abierto y al Espíritu Santo que bajaba sobre él (Mc 1, 10) y «ahí nomás, en el otro versículo, el Espíritu lo empujó, dice Marcos, al desierto» (Mc 1, 12). Apenas seis versículos más y los cuatro hermanos pescadores, dejando las redes inmediatamente, lo siguieron» (Mc 1, 18-20). Jesús, entrando en Cafarnaúm, enseguida, se puso a enseñar (Mc 1, 21), unos minutos después curó al del espíritu impuro y acto seguido a la suegra de Simón…

La puesta en marcha de la misión de Jesús en Marcos está marcada por estas acciones salvíficas instantáneas y toda la vida pública del Señor es un ir para adelante en el que cada encuentro produce gracias y frutos inmediatos para todos los que le siguen el paso o le salen al encuentro con fe, como el leproso y el paralítico a los que cura al instante.

También son instantáneas las reacciones de sus enemigos.

Jesús pesca «enseguida lo que piensan los escribas» (Mc 2, 8) cuando le está perdonando los pecados al paralítico. Los fariseos irán «inmediatamente» a reunirse con los herodianos (Mc 3, 6) y no pararán hasta ese «consejo que formaron sin mucho trámite» la mañana en que mandaron a Jesús a Pilatos para que lo condenara a la muerte en Cruz (Mc 15, 1).

Qué provecho sacamos para nuestra vida de esta contemplación del tiempo de Jesús, de la instantaneidad de la gracia? A mí me hace pensar en que, por un lado, Dios es el Dios de la paciencia y prepara las cosas cuidadosamente a lo largo de toda la historia, pero, justamente por esta preparación, sus gracias están al alcance de la mano y las oportunidades hay que saber pescarlas al vuelo. Esa fue la gracia de Bartimeo, que había cocinado su deseo de ver durante años y años y, en el momento en que pasó Jesús, lo agarró con todas sus fuerzas y puso en juego todos sus recursos para ganarse su gracia.

La instantaneidad del Espíritu tiene una eternidad guardada dentro. No es algo improvisado.

Este saber, esta conciencia de que «el Señor tiene preparadas gracias enteritas y envueltas listas para llevar», tiene que encender nuestro deseo.

Por eso el Señor nos quiere «pescadores de hombres», porque el pescador es la imagen del hombre paciente que está con los cinco sentidos alertas porque sabe que «hay pesca» y que es cuestión de estar atento al momento justo.

 

Lo seguía en el camino

En el camino es donde se dan las enseñanzas y los milagros «instantáneos» de Jesús. El Señor se da a conocer y realiza las obras del Padre «caminando» en medio de los hombres y de la historia, metido en la vida cotidiana de su pueblo. En el camino les pregunta quién piensan que él es (Mc 8, 27); en el camino les enseña que es necesario que sea crucificado y que va a resucitar al tercer día, mientras ellos discuten quién es el mayor (Mc 9, 33). En Marcos Jesús es siempre «el que se les adelanta en el camino» (Mc 10, 32). Fue en este momento, en que los discípulos «se espantaban» dice Marcos, de la fuerza con que Jesús caminaba hacia su destino en Jerusalén, que Bartimeo se suma y lo sigue en el camino.

De última es esto «lo que hay que ir a ver»: cómo Jesús va a la Cruz por mí. Cómo se empobrece para enriquecernos con su pobreza, cómo nos mira con amor para que aprendamos a mirar, cómo pasa por nuestra vida para que nos vayamos caminando con él…

En este mundo que nos anestesia con tantas imágenes, la mirada de Jesús siempre es linda para ver. Y son lindas las miradas de sus santos, de la gente buena y de la gente que sufre y agradece tanto una mirada…

Señor, dame permiso para verte. Hacé que yo pueda ver.

En este mundo que apura y nos ilusiona con tener las cosa ya, Jesús nos las da de veras. Es tan lindo poder recibir el perdón ya, poder recibir la Eucaristía ya, poder leer una palabra buena ya, poder hacer una jaculatoria ya, poder dar una mano a alguien ya.

Señor dame tus gracias ahora, que sean gracias pequeñitas para que no me asuste y le tome el gusto a tu amistad.

En este mundo que nos propone tantos seguimientos a Jesús lo podemos seguir de veras. El se hace a nuestro ritmo, valora cada pasito adelante, abre camino y acompaña y también sabe ir a cierta distancia, sin molestar…

Jesús, enseñame a caminar: así como vas vos conmigo, que yo vaya con los demás.

Diego Fares sj

 

 

Cuestiones de Familia (Domingo 29 B 2015)

beatos_celia_y_luis_martin_33                                                                                                             Papás de Teresita

                       

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén.

Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo.

Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anuncia por tercera vez la pasión)

Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:

Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir lo hagas con nosotros.

El les dijo:

¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?

Ellos le dijeron:

Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.

Jesús les dijo:

No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?

Podemos – le respondieron ellos.

Pero Jesús dijo:

El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.

Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan.

Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que

los que figuran como jefes de las naciones

los tratan despóticamente como si fueran sus dueños absolutos

y los grandes (de las naciones) las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos.

No es así entre ustedes:

sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes,

será su servidor (diakono)

y el que quiera ser el primero entre ustedes,

será siervo de todos.

Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido

sino para dar su vida en rescate por muchos (Mc 10, 35-45).

 

Contemplación

En la fiesta de canonización de los papás de Santa Teresita, meditamos sobre la Familia.

La muerte temprana de la mamá de Teresita la hizo sentir siempre en esta vida como en «exilio». La frase «la vida es una nave, no una casa» le daba coraje desde pequeña para ayudarla «a soportar el exilio«. Decía Teresa: «cuando pienso en estas cosas mi alma se sumerge en lo infinito y me siento como si tocara ya la rivera eterna. Me parece recibir los abrazos de Jesús… Creo ver a Mi Madre del Cielo viniendo a mi encuentro con Papá… Mamá… los cuatro pequeños ángeles… Creo gozar por fin para siempre de la verdadera, de la eterna vida en familia…«

……….

Es un lugar común, al menos en la Iglesia, hablar de que “hay que defender a la familia”. Sin embargo, en la contemplación de hoy, antes de pensar en defender, vamos a ir más bien por el lado contemplativo: “es bueno prestar atención a la familia, porque es ella la que nos defiende a nosotros, es de las familias reales, con sus virtudes y defectos, de las que debemos aprender para mejorar todo lo demás: Iglesia, sociedad, política…

Algo para notar.

¿Se han fijado que cuando una persona habla de su familia todos prestamos atención? Si una persona habla de sí misma o de la situación política en general, a veces uno se interesa y otras veces no… pero cuando alguien dice “en mi familia…” es como si sonara una palabra mágica, una palabra que despierta en nosotros una atención especial.

Cada uno puede reflexionar, mirando en su corazón, el por qué de esta fuerza de atracción de la palabra “familia”.

Yo saco lo siguiente: cuando alguien dice «en mi familia» uno para la oreja porque siente que se dirá algo que, por un lado es muy personal, pero por otro, uno puede comparar, porque la estructura familiar es común a todos. Creo que la relación padres-hijos-hermanos-abuelos-tíos-primos… es tan inmediata que uno la vive y no la tematiza. Por eso cuando sale el tema, todos vemos una oportunidad de «tematizar» algo que nos involucra y nos apasiona a todos: nuestra familia.

Estando en Italia, una experiencia fuerte es que la política, por ejemplo, cuesta mucho entenderla. Los nombres de los políticos y de los partidos, para mí, no tienen «historia afectiva» y siento que me pierdo esos matices que, en un debate por televisión como el que hubo en nuestra patria hace poco, son lo primero que capto. Algo parecido me sucede con los otros temas: no conozco la estructura, digamos, de las rivalidades futbolísticas ni de las relaciones entre los personajes del cine y la tv. En cambio, basta ir a almorzar a una casa de familia para percibir inmediatamente, no sólo cómo es cada persona sino su rol en esa familia. Con el tiempo, voy conociendo detalles de la historia de cada uno, pero siento que ya tenía un «molde común» en el que puedo incorporar todo lo que es parecido y todo lo que es diverso de mi propia experiencia familiar.

La familia, con sus roles claros (por presencia o por ausencia, por bondad o por defectos) no es un tema más. Es la estructura concreta y viviente en la que «vivimos, nos movemos y existimos». Pablo dice esta frase refiriéndose a Dios -«en El vivimos…-«, pero  creo que podemos aprovechar que utiliza el plural para meternos allí como familia: en Dios vivimos como familia, no como suma de individuos aislados.

Hablar de la familia es hablar de algo concretísimo y universal, entendible fácilmente y siempre misterioso, con roles que son los mismos desde siempre y que sin embargo varían tanto culturalmente… La familia es un tema que nos afecta a todos, que siempre nos interesa, un tema sobre el que cada uno tiene derecho e interés en opinar.

Cuando alguien dice “mi padre… tal cosa”, cada uno compara espontáneamente con “su padre”. Y si otro cuenta: “en casa, mis hermanas o mis hermanos… tal cosa”, cada uno piensa en sus hermanos y en sus hermanas y compara, elabora, reflexiona…

Este solo hecho, del interés que nos despierta, bastaría para establecer la importancia única de la familia. La fuerza que tiene. Su vitalidad.

Me atrevería a decir que “lo único real es la familia”. Entre lo limitado, lo fugaz y lo intransferible de la vida de cada individuo y la marea anónima y en cierto modo previsible de las multitudes, se encuentra nuestra familia. Nuestra familia: la pequeña, el núcleo más íntimo de papás y hermanos, y la grande: con abuelos, tíos, primos, parientes políticos, amigos, compañeros de obra apostólica, fieles de la parroquia. Lo único real.

Lo afirma la sabiduría popular, cuando dice que “al final, lo único que tenés es tu familia”. Gracias a nuestra familia vinimos a la vida y somos lo que somos. Gracias a la familia podemos ir y venir, porque sabemos que está. Es la familia la que nos cuida con cariño totalmente dedicado al principio y al final. Y cuando no está, cuando no hay casa a la cual volver ni familia con la cual contar (y a la que le podemos contar lo que nos pasó en la vida), uno se deja morir, como sucedía en el 2006 (en la primera versión de esta contemplación) a uno de nuestros huéspedes del Hogar, que no estaba clínicamente grave pero no se conectaba con el mundo. Con los ojos abiertos te miraba pero sin querer verte. Es que su familia, de la que había vivido alejado mucho tiempo, lo  había ido a visitar, sí, pero solo una vez, al hospital y no habían vuelto más. Una voluntaria “pescó” lo que le pasaba. Y la médica a la que se lo comentó, le confirmó que era esa «la enfermedad». Sin familia…, para qué vivir.

Al ver a una persona en situación de calle, uno tiene que saber ver primero lo más hondo: antes de ver a una persona que hace de la vereda su habitat precario, con sus pertenencias, sus restos de comida y su falta de limpieza, hay que ver un drama familiar. El mensaje es: no tengo familia o me peleé con mi familia o la abandoné y me abandonaron o no la puedo o no la quiero buscar…

Sin familia no hay historia ni proyectos. La memoria es puro reproche y dolor. El futuro es algo que no se desea. Solo te queda el día. Y es tan desolador el panorama de un día vacío… se llena de tantos fantasmas y de tantas angustias, que la persona se tiene que evadir de alguna manera: en la locura o en el alcohol. El hambre de familia es el hambre más voraz.

Por eso la respuesta a este hambre y a este «grito sin sonido» -grito de restos dispersos de lo que en una familia estaría ordenado en una cama y una mesa- no es darle de comer en la calle sino hacer un Hogar. Y allí se ve que toda una comunidad organizada con infinito esfuerzo y diversidad de roles, no alcanza a cubrir lo que una familia hace cotidianamente de manera natural.

Lo mismo sucede con los enfermos de la Casa de la Bondad: se necesitan decenas de voluntarios para cubrir el tiempo que, cuando hay familia, una sola persona puede cubrir, ya sea porque sabe que hay otro que la puede suplir pero no se lo pide para que el otro descanse, ya sea porque sabe que no hay nadie más y entonces uno solo «cubre todos los roles». Pero no hay que equivocarse: esa persona que cuida a su familiar enfermo, no es un individuo aislado que cuida a otro individuo aislado, es alguien que tiene en su corazón toda su estructura familiar y mientras cuida al enfermo, dialoga interiormente con el resto de la familia que no está, esperando a que vuelva uno o en honor a los que ya no están, pero un día estuvieron e hicieron lo mismo por ella.

Qué tiene que ver todo esto con el evangelio de hoy?

Todo. Porque Santiago y Juan nunca tendrían que haber usado a su madre para pedirle puestos a Jesús y tampoco daba la situación para que los otros se indignaran tanto, porque el hecho de haber llevado a la mamá indica que no entendían nada pero estaban relacionados con Jesús con toda su familia, lo suyo no era cuestión ideológica nomás.

La respuesta del Señor es clara: «entre ustedes la relación no es así». No es relación interesada, como las que establecen los que quieren poder y riqueza, sino relación familiar: la única donde el servicio es gratuitamente por amor. Solo en la familia experimentamos la verdad de que el primero es el último: en la servicialidad total y amorosa de nuestros padres que nos acogieron a la vida y formaron un hogar para nosotros. En las demás estructuras, aún en las de Iglesia, siempre hay que estar cuidando y reordenando los roles, porque el que parece ser el más desinteresado, en algún momento muestra la hilacha y se agarra a un puestito o a un espacio o se lamenta de que no lo tuvieron en cuenta. Imaginemos en nuestra familia que un buen día nuestra madre o nuestro padre vinieran y nos pasaran factura de todo lo que cocinaron o trabajaron por nosotros. Y si alguno dice: «Claro que a veces lo hacen», si no pesca por sí mismo la diferencia entre las facturas que en la familia se pasan por cariño (no perfecto, por supuesto, pero cariño), para que el otro mejore como persona siendo agradecido, y las facturas que se pasan justamente por no sentirse de la familia, porque uno pretendía otro puesto y otro espacio de poder, si uno no lo pesca por sí mismo, entonces nadie se lo puede enseñar.

Para mi es muy significativo el hecho de que Santiago y Juan hayan llevado a su madre ante Jesús. Quiere decir que el Señor se había vuelto parte de su familia. Por eso el Señor les puede «enseñar» estos valores del Reino -el servicio desinteresado, el perdón siempre vuelto a pedir y a dar, el agradecimiento por los pequeños…-: son valores de familia y Él los aprendió en la suya, con María, su madre y su padre José (y sus abuelos y tíos y primos -que para los hebreos, como para los chinos, se llaman hermanos: «los hijos de mi hermano son hermanos de mis hijos», me decía una mamá china).

Es de esta experiencia de familia de donde nos brotan los hogares y las casas de la bondad, como el tesoro más precioso de nuestras vidas, ese que sentimos que a nadie –en justicia- le puede faltar. Nuestra familia apostólica, la que elegimos formar y sostener con otros, voluntariamente, cobijando, dando vida y cuidando a los demás, brota de una gratitud muy grande para con la propia familia y de una convicción –no siempre reflexionada en toda su riqueza- de la fuerza y el valor que tiene la familia.

Estas familias que fundamos y organizamos y agrandamos son lo más real en este mundo en que todo va pasando a ser virtual. Son “lo concreto” entre los individuos aislados y las multitudes inabarcables.

En estas familias apostólicas se puede respirar,

se puede compartir,

se puede soñar,

se puede realizar,

se puede perdonar y comenzar de nuevo cada día.

En estas comunidades los rostros desfigurados se van dibujando de nuevo, nos vamos aprendiendo los nombres.

Gente que ya no contaba pasa a ser el tema de la mesa de una familia que no los conocía. ..

La vida que por un lado se desmadeja, por este vuelve a ser tejida.

El evangelio de hoy entra aquí sin muchas más palabras. Jesús ya dijo lo que hay que decir. Ya nos dio el único verbo que hay que conjugar en todos los tiempos y personas. Servir.

Hoy sirvo yo (“quién sino yo, cuándo sino ahora”).

“Podrías servir vos?”.

“Vamos a servir nosotros”.

“Él es siempre el más servicial”.

“La mejor manera de que sirvamos será…”,

“Esto que intentamos no le sirvió, vamos a tener que probar otra cosa”…

Los criterios de nuestras familias apostólicas –de nuestros hogares, de nuestras casas de la bondad, de la Compañía, de la Capilla, del grupo apostólico…- no son los criterios del poder. No se trata de quién se sienta a la derecha y quién a la izquierda. No se trata de figurar como jefe ni de ser de los grandes o de los primeros. No se trata de adueñarse. No es problema no ser o no ser autoridad.

En la mesa familiar el que se sienta más cerquita de otro es por cariño y no por figurar.

El que trabaja más es porque lo siente, no para que lo mencionen.

El aplauso se los lleva el asador y eso no implica que se postule para ningún puesto.

En la casa los papás ni se les pasa por la cabeza lo de ser dueños, que menciona Jesús.

Quién mejor que un padre o una madre sabe que no es dueño, sino más bien esclavo de su amor incondicional por los hijos.

Y con esto de «esclavos» me acuerdo de dos papás que se pasaron tres meses “internados” en terapia con su bebé, literalmente atados a la cunita día y noche, mal turnándose para cuidarlo por no querer “irse” ni por un ratito, a los que les pregunté (para ayudarles a expresar lo que sentían, no para tener una respuesta a algo): “y cómo hacen para aguantar tanto”. Me respondió la mamá:  “¿Y qué otra cosa podríamos hacer sino estar aquí?”. Fue un año en que por ir a visitar a un bebé en la terapia de un hospital cercano me quedé pegado tres meses con un grupo de papás y mamás que cuidaban a cinco chicos allí internados. Iba todos los días un ratito y como que era más fuerte que yo el tener que ir, contagiado quizás por esa imagen de esclavitud amorosa de ellos. Fue una gracia especial, que no siempre se da, o que no siempre uno recibe y cultiva.

El criterio, pues, de familia apostólica, es el servicio. Pero no porque “trabajar” es bueno. Tampoco se trata de cualquier servicio. El servicio del que habla el Señor es el que uno brinda como familia. Por eso “los instrumentos” del servicio tienen que tener también “aire de familia”. Y si a alguno esto le suena como a que se afloja la eficiencia o se debilitan los roles, es porque no está sintiendo bien lo que es la familia.

No hay organización más eficiente en este planeta que la de una familia en funcionamiento.

Basta pensar en la propia, un día de colegio por la mañana, por ejemplo.

Y no hay roles más claros y bien dibujados (en el corazón de carne de cada uno y no en ninguna tabla de piedra o sitio de internet) que el de padre, madre, hijo, hermanos, abuelos, tíos y primos.

Los roles y la organización de la familia es algo de lo que hay que primero aprender antes de querer “mejorar” externamente con ayuda de modelos de gestión o roles tomados de otras organizaciones. La familia es el lugar vital donde se digiere y asimila o se rechaza todo otro modelo –individual o social- que siempre está un poco más “afuera” que el núcleo vital donde surge, crece y se fortalece la vida humana,  personal y socialmente.

La fuerza institucional de la familia proviene de dos caras del amor: estabilidad (fidelidad) y fecundidad. Por eso la familia es modelo. Y más que defenderla hay que aprender de ella para organizar instituciones en que el amor sea estable y fecundo. Aprender, digo, los criterios de familia –cada uno de la propia y también de las que ve que se aman mejor) que llevan a la estabilidad y a la fecundidad.

Y si una institución se vuelve inestable e infecunda, hay que buscar dónde se rompió el ritmo de la vida de familia.

Si una institución mantiene la estabilidad pero no es fecunda, si no hay vocaciones o nuevos voluntarios…, la institución se esclerotiza y muere.

Si una institución es muy fecunda y convoca gente, pero no «estabiliza» la participación, la institución termina volviéndose abortiva, la gente se va.

No solo se trata de los valores –del servicio- sino del ritmo con que se sirve, del tono y el estilo con que se viven los valores en familia.

Diego Fares sj

 

 

Jesús no puede creer que las posesiones le hagan fracasar la mirada (Domingo 28 B 2015)

Heinrich-Hofmann (2)

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dígame: ¿qué tengo que hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?

Jesús le dijo:  ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.

El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.

Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos:

¡Qué difícil que los que posean riquezas entren en el  Reino de Dios!

Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.

Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:

¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.

Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?

Jesús, mirándolos a los ojos, les dijo:

Para los hombres, es imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles  para Dios.

Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.

Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

 

Contemplación

Jesús no puede creer que las posesiones le hagan fracasar la mirada.

Dos veces mira Jesús a los ojos: con amor al joven, para ganarle el corazón y con fijeza a los discípulos, para despejarles las dudas: todas las cosas son posibles para Dios.

¡La mirada de Jesús!

Juan usa la misma expresión para el diálogo entre Jesús y Simón, cuando el Señor -mirándolo- le dice: «tú eres Pedro…» (Jn 1, 42).

Hay otro pasaje que nos muestra uno de los efectos de esta mirada: es una mirada que te abre los ojos, y te hace «ver todo con claridad» como le sucedió al ciego de Betsaida al que Jesús se lo llevó aparte, lo curó con su saliva y le preguntó si veía algo.

Es la mirada «para ver las cosas» como las ve Jesús.

La más importante.

Por eso la mirada a los discípulos complementa la mirada al joven rico. Porque este «no la vió» y el Señor quiere que los suyos vean que no hay cosas imposibles para Dios… si uno se deja mirar así.

Se trata de una mirada con intención, de una mirada para hacer ver.

Pero la de Simón y la del joven rico son algo especial. No son para hacernos ver cosas sino para verlo a El. Aquella mirada a Simón y esta al joven rico son las miradas inaugurales de Jesús.

Son las miradas  que todo lo comienzan.

El Evangelio dice que Jesús lo miró con amor (egapesen). Es su mirada de amor de agape, de amor totalmente gratuito.

Pero tenemos que ir al fondo de la gratuidad porque en nuestro mundo del dios dinero lo gratuito está devaluado, se sospecha que no será tan bueno…

Lo gratuito significa, por un lado, que Jesús mira sin interés posesivo. No es que uno tenga alguna cualidad que a él le interese para engancharnos en su seguimiento, para conseguir voluntarios, diríamos. Este es el primer obstáculo (que el mal espíritu convierte en tentación agregando «seguro que algo te va a pedir») para dejarnos mirar gratuitamente por Jesús. Por eso lo lindo de nuestras obras es que nacen o de los Ejercicios, donde todo lo que se nos da es puro don, o de ver a otros voluntarios con la alegría que trabajan con los más pequeñitos. Después que uno se engancha sí que se nos piden cosas -y muchas- pero no hay que olvidarse que el primer flechazo fue gratuito.

Gratuito significa que el interés viene de Jesús, es un interés «creativo». No que busca obtener un beneficio sino que busca alguien a quien darle un beneficio.

Es cierto que hay mirada cuando dos miradas se cruzan. Si no se da ese contacto -que puede ser un instante pero que permanece para toda la vida- la mirada se pierde en el vacío. Pero el interés mutuo aquí no es el de dos que andan buscando amor sino el de uno que Es el Amor y nosotros que lo andamos mendigando y deseando.

Mendigamos una mirada de amor que sea pura misericordia, que nos perdone todo lo de siempre, todo lo de una y otra vez.

Deseamos una mirada de amor que sea puro don, que nos permita mirar para adelante y comenzar siempre todo de nuevo.

Esa mirada sólo es de los ojos de Jesús. No tiene el peso del tiempo. No nos «hace historias» ni nos «planifica», aunque es la fuente de todas las historias nuevas que saldrán y de una única historia: la que todo lo que pasó lo recuerda como un paso de salvación.

Nuestra miradas son cargadas, la suya es liviana.

Nosotros miramos cargados de pasado, de experiencias que nos dicen esto ya lo viste.

Nosotros miramos cargados de futuribles, que nos dicen, esto será más de lo mismo.

El Señor mira libre: si querés, no hay nada imposible para Dios.

El joven rico algo de esto sintió, porque si no no hubiera corrido a Jesús. Los ricos tienen esta gracia de «saber correr» cuando ven una oportunidad. Lo malo está en que corren tras objetos que en el fondo son espejismos de sus deseos no bien mirados.

Ver a Jesús como «una oportunidad» es algo humano. Pero rápidamente hay que pescar que su mirada es algo más grande. No es «una oportunidad», es mi vida.

Hay que tener la agilidad para un doble movimiento: el de dejarme mirar por Él con ese amor que me está ofreciendo su amistad (y con ella todas las cosas que tiene y que vendrán con él, y que más que cosas son todos sus amigos y todas sus obras en bien de los demás) y de mirarme a mí mismo como uno que siempre quiso venderlo todo para experimentar lo valioso que uno es sin nada agregado.

Mirada y pobreza

Y aquí viene una relación de la mirada con la pobreza.

La riqueza y la pobreza antes que en las manos están en la mirada.

La cuestión es si uno mira ojos o «precios» (todas las cosas valiosas tienen precio. Incluso el cuerpo de las personas, pero no su mirada).

(Les comparto ahora una parte linda de mi trabajo para el Congreso sobre «La reforma de la iglesia que hicimos esta semana en la Civilta Cattolica con 30 teólogos-as de todo el mundo).

Hay una frase de Pablo que expresa el amor de Jesús -su mirada de amor- en términos de pobreza y riqueza y puede ayudarnos en esta contemplación a «ver lo que hay que ver».

La frase es la de 2 Corintios:

«Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que se empobreció -siendo rico como era- para enriquecerlos con su pobreza» (2 Cor, 8,9).

El hacerse pobre del Señor para ir enriqueciéndonos con su pobreza no es un resultado -como podría indicar la expresión «se hizo pobre»- sino el dinamismo propio de su modo cotidiano de amarnos.

El motivo -«para enriquecernos»- le da un carácter dinámico al «hacerse pobre».

Cada vez que el Señor quiere «darnos lo que tiene o algo de lo que tiene o puede» (EE 231), como dice San Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, el modo como lo hace, sigue el camino del «abajarse y empobrecerse».

Esto lo vemos en toda la vida de Jesús pero de manera especial en su modo de salir al encuentro de la comunidad como resucitado pobre, con el aspecto de un hombre cualquiera, que mendiga techo en Emaús y pide «algo para comer» a orillas del lago.

No hay medida para el «empobrecerse» del Señor sino la de darlo todo, hasta la propia vida en la Cruz, para quedarse bajo la forma del empobrecerse renovadamente en cada Eucaristía, como un pobre pancito y en el perdón incansable de nuestros pecados rutinarios.

Pero es el tercer elemento de la frase de Pablo lo que más nos asombra: el hecho de que nos enriquezca «con esa pobreza suya». Destacamos que es la pobreza de la que viene hablando la frase: no una pobreza de todas las cosas sino esa que se ajusta a lo que enriquece al otro.

Una pobreza tan a medida que a veces no notamos que nos enriqueció.

Lo que se nos dona y comunica no es, por tanto, la riqueza de Cristo como si fuera una cosa, sino un dinamismo en el que podemos sumarnos, entrar, participar, empobreciéndonos para enriquecer a otros.

El mandato del Señor «ámense como yo los amé» puede leerse en esta clave:

«empobrézcanse para enriquecer a otros como lo hago yo».

El ejemplo de la viuda pobre que dio sus dos moneditas -todo lo que tenía para vivir ese día- no es solo un ejemplo edificante. En los pequeños gestos cotidianos que practican los más pequeños del pueblo fiel de Dios el Señor ve ya activo este dinamismo propio de su amor y por eso se alegra de que «el reino de Dios le haya sido revelado a los pequeños» como dirá varias veces en los evangelios.

Los empobrecimientos de Francisco que enriquecen al pueblo de Dios

Si por algún lado va a ir -o está yendo ya- el paso adelante que puede dar Francisco en una así llamada reforma de la Iglesia, es por el lado de «enriquecernos con su pobreza».

¿No nos llama la atención la alegría indescriptible que generan en casi todos esos pequeños gestos de despojo del Papa Francisco? (Y no digo todos sino «casi todos» porque siempre hay un Judas que se queja agriamente cuando ve que alguien rompe el frasco de perfume).

La gente capta que no son gestos de ascetismo personal sino que son gestos que enriquecen al pueblo de Dios, personalizado en cada uno de aquellos ante los que el Papa se abaja a lavar los pies, por ejemplo o pierde tiempo llamando por teléfono.

El Papa  enriquece a la Iglesia todos los días con sus gestos de abajamiento por amor, que se están volviendo más «despojados» si se puede decir así, y no salen en los diarios como cuando renunció a los zapatos rojos o se quedó a vivir en la habitación de tránsito de Santa Marta. Hay que saberlos leer en pequeños detalles: el modo, por ejemplo, de pedir que recen por él luego de la primer misa en Cuba: «les pido -y dejó caer los brazos- como un mendigo, que recen por mí». En el mismo sentido van sus pedidos a los periodistas de que «por favor, lo interpreten bien, teniendo en cuenta el contexto». Francisco «empobrece» un lenguaje papal que por pretender ser infalible en cada frase se había vuelto inteligible solo para especialistas, para entrar en diálogo con la gente, confiado en que el que tiene buena voluntad «salvará la proposición del prójimo», como aconseja San Ignacio. Detrás de ese simple «a este Papa lo entiendo» que repiten los sencillos, se esconde la experiencia de haber sido «enriquecidos».

Viene bien aquí citar una de las interpretaciones que hizo el Papa de este versículo de Pablo, en su mensaje de Cuaresma del 2014. Destacó que en esa frase está el estilo y la lógica de Dios, el modo de amarnos de Jesús, «con su rica pobreza y su pobre riqueza», que son «como las de un niño que se sabe amado por su padre». Decía el Papa Francisco:

«Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). No se trata de un juego de palabras -continúa el Papa- ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente» (…).

Mirada y comunidad

«Estar en medio de la gente» es otra de las expresiones que Francisco siempre repite. El  hecho de haberse quedarse a vivir en Santa Marta decía que era para él una cuestión de sanidad sicológica, porque en el espacio de «embudo invertido» del palacio Vaticano no podía entrar en relación espontánea con la gente. Algunos interpretan esto como algo un poco folklórico y seguramente pasajero. Sin embargo la gente, el pueblo fiel de Dios del rebaño eclesial y el de «los otros rebaños»- ama este contacto personal con el Papa y lo busca como algo de lo que tenía verdadera sed.

La secuencia del mensaje paulino interpretado por Francisco sería: no se puede enriquecer a otro por amor sin empobrecerse por amor y no es posible empobrecerse amorosamente sino en medio de la gente que se ama, en medio de la familia, en medio de un pueblo, en medio de la Iglesia.

Sin esta pertenencia comunitaria no hay pobreza evangélica sino miseria, exclusión. Incluso en el ascetismo más sublime, si se practica sin referencia a la dimensión social y comunitaria, hay algo «extraño», como en el don de lenguas del que decía Pablo que si nadie traducía quedaba como algo incomprensible, para beneficio de uno solo, siendo que los dones del Espíritu siempre son para el bien común.

La mirada buena de Jesús la experimentamos en la mirada de sus pequeñitos, cuando nos empobrecemos para enriquecerlos. Por eso la recomendación del Señor de «vender todo y darlo a los pobres» tiene su trampita. No es un acto económico que se hace de una sola vez. Vender y dar todo es un programa de vida, de ir dando en la medida en que enriquece a los que amamos, como se hace cotidianamente en la vida de familia, en la vida de nuestros hogares.

Por estos lados van «las miradas de Jesús».

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

Saberse indignar (Domingo 27 B 2015)

Saberse indignar

Volvió el pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía.

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: ¿es lícito al marido repudiar a su mujer?.

Él, respondiendo, les dijo: – ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: – Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo:

– Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto;

pero al principio de la creación, Dios los creó varón y hembra.

Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne.

Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:

– Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:

– Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10 2-16)

Contemplación

Comienza el Sínodo sobre la familia y, providencialmente, la liturgia nos presenta este pasaje. En la oración sentía de abordarlo no desde las definiciones sobre el divorcio sion contemplando una actitud de Jesús: su indignación.

Está en el centro esta  «indignación» de Jesús. Los discípulos le estaban pidiendo aclaraciones sobre un tema importantísimo y resulta que comienzaron a caer las mamás con sus chicos para que Jesús se los bendijera.  Parece que las retaron mal -con apuro, o directamente cerrando la puerta, vaya uno a saber-, porque Jesús se indignó.

Y aquí va la primera reflexión: ¿de qué cosas me indigno yo?

Es un sentimiento básico que muestra cómo es mi corazón. No digo cómo está sino cómo es. Porque la indignación salta cuando alguien toca un valor que para nosotros es sagrado.

Los evangelios narran tres tipos de indignación.

Los fariseos se indignaban de que Jesús curara en sábado (de la injusticia en cuestiones religiosas, diríamos).

Los discípulos se indignaban de que Santiago y Juan hubieran mandado a su madre a pedirle a Jesús que sus hijos se sentaran a su derecha y a su izquierda en su reino (de la injusticia en cuestiones de poder. Indignaciones políticas, podríamos decir).

Jesús se indigna de que aparten a las mamás que le acercan a sus pequeños para que los bendiga tocándolos. El Señor se indigna de la injusticia con el más pequeñito (y de que se metan con la Casa del Padre; siempre esta unión tan linda del Padre y los pequeñitos que nos enseña a unir en el corazón Jesús).

¿De qué mi indigno yo?

Los tres ámbitos son importantes. Pero la indignación religiosa y la política tienden a convertirse en grandilocuentes cuando no van unidas a las pequeñas indignaciones, esas que hacen que uno diga en voz alta que le den el asiento a una embarazada en el tren lleno de gente indiferente, por ejemplo, o que uno se «indigne» de sí mismo y pida perdón si maltrató a otro más débil y pequeño.

La indignación del Señor armoniza dos situaciones que el apuro de los discípulos quería mantener bien separadas: el tema grave y complicado del divorcio y la inmediatez y simplicidad de los chicos que se le acercan a Jesús.

La actitud del Señor -y digo actitud porque la indignación es un sentimiento que requiere un poco de tiempo y de énfasis para manifestarse- da el tono a todo el pasaje y creo que es importante para la vida de familia. El Señor viene a decirnos que el tema del divorcio es importante, pero los chicos -que los chicos se acerquen a Jesús y él los bendiga-, son más importantes.

Estamos en medio de una discusión teórica. Los fariseos han planeado una estrategia para hacerlo caer en una trampa al Señor. Vemos que la discusión ya viene mal barajada: hay mala intención. No les interesa tanto el problema de la familia sino pescarlo a Jesús en alguna herejía, diríamos.

Es una discusión de especialistas, en la que se citan pasajes de Moisés y del Génesis y el Señor hace precisiones morales sobre las leyes de los judíos y habla del adulterio del que se casa de nuevo.

Es también una discusión abierta, porque los discípulos, cuando vuelven a casa, le preguntan otra vez. Y, como vemos, el problema sigue en nuestros días. Pero el hecho de repregunten es importante. El Señor vuelve a explicar y luego, con lo de los niños, aprovecha para dejar el tema teórico de lado y ocuparse de una cuestión de familia concreto: atender a las mamás que le acercan a sus chicos.

Aquí me parece que hay algo importante.

Porque no es que el Señor cierre el tema, como quieren algunos.

A ver si lo puedo expresar: Aunque diga las cosas claras no se indigna del tema del divorcio ni del adulterio y sí se indigna de que dejen de lado a los chicos.

A algunos, en cambio, se les ha quedado pegada la indignación del Señor, pero en mal lugar: son los que se indignan cada vez que sale el tema de los divorciados. Unos ponen casos particulares y se indignan de los principios, ridiculizándolos con otros principios, mientras los otros ponen citas del evangelio y se indignan de los que ponen casos particulares, ridiculizándolos con otros casos particulares contrarios.

Si uno mira bien la indignación marcada que el Señor expresa, de hecho le quita rigidez al tema del divorcio. El Señor explica, mansamente, cómo son las cosas hondas del matrimonio, cómo Dios creó al hombre y a la mujer para que fueran una sola carne; también con paciencia hace ver que hay leyes que vienen de la dureza del corazón (o de la dureza de los tiempos y de la vida social), pero el hecho de hacer ver que «en el comienzo no fue así», no significa que el Señor esté diciendo: hasta ahora, hubo contemplaciones en este punto, de ahora en más la indisolubilidad del matrimonio cristiano se convierte en algo que los nuevos fariseos pueden tener en sus manos como piedra para tirársela a todos los que incurran en ese delito. De ahora en más es una ley que ni Yo mismo me puedo saltar para salvar a una familia. Yo me salto el sábado para curar a un paralítico y me salto las leyes de la pureza ritual tocando leprosos y recibiendo a pecadores, pero esta nueva ley se las dejo a los fariseos para que construyan una lógica indestructible que nadie pueda nunca más tocar.

Este espíritu no es el del Señor, que simplemente deja el tema y se pone a bendecir a los niños.

El hecho de poner la indignación en otro lado significa que no da permiso para tomar un tema y ponerse a escribir libros y libros sobre esa sola frase suya y usarla (con cierto placer sádico en algunos) como piedras.

Es verdad que el Señor dice que el que se divorcia y se casa de nuevo comete adulterio. Pero también dice que solo «mirar con mal deseo» es adulterio…

Hay otra escena que es como espejo de esta: la de los fariseos que le ponen delante a la pobre mujer a la que han «sorprendido» en adulterio y le preguntan lo mismo, cuestiones legales, con la intención de hacerlo caer en una trampa.

Aquí el Señor obra de la misma manera: habla claro sobre la ley y tiene gestos de ternura y de perdón para con la persona.

Es interesante completar la frase sobre el adulterio con la frase acerca de quién puede aplicar la condena

Tan claro como dice que el adulterio es adulterio, dice también que el que esté libre de pecado arroje la primera piedra, y, visto que nadie la tira, también dice claramente «yo tampoco te condeno».

Podemos sacar provecho del evangelio y proponer algunas conclusiones. Cada uno tiene que hacer la prueba, pero es notable cómo cambia nuestra manera de pensar cuando discernimos y ponemos la indignación donde tiene que estar. Cuando dejamos que hierva sólo la indignación por las injusticias contra los más pequeñitos y acallamos las indignaciones grandilocuentes por supuestas injusticias contra la religión y la política.

Hay que brindar a los papás y mamás (de cualquier condición que sean y situación en que estén) los medios para que se sientan dignos de acercar sus hijos a Jesús en la Iglesia sin que nadie «les tire piedras» o «los rete y los aleje».

Y para esto hay que saber «indignarse» contra todo lo que aleje a cualquiera de la misericordia y la caricia de Jesús. Esta es la única indignación, la que mide y juzga a todas las demás.

Diego Fares sj