Invisible como un mendigo en «Termini» (Domingo 25 B 2015)

Invisible, como un mendigo en «Termini»

 

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Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea

Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía:

‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres;

lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’.

Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:

‘¿Qué discutían por el camino?’

Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo:

‘Si alguno quiere ser el primero,

tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’.

Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:

Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe,

y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37).

 

Contemplación

Cuando nos acercamos a un pequeñito -pienso ahora en Constantino, un abuelo de largo cabello y barba blanca, en su silla de ruedas, en medio de la Estación de Termini, que mira con ojos que gritan súplicas a todo el mundo y a él nadie lo ve, ayudado por su amigo más jóven, con síndrome de down, que lo cuida, fumando interminablemente- cuando uno se recibe (en este caso la mirada) de uno de estos pequeñitos mendigo, «recibe al Padre».

Así de claro nos lo dice Jesús.

Y, admirado, caigo en la cuenta ahora que lo escribo: ¡Los pequeñitos son nuestra puerta abierta al Padre!

Por eso se notan tanto y a la vez son invisibles. En medio de la multitud, los mendigos se destacan, e inmediatamente, uno aparta la vista: duele mirar.

Pero resulta que, según Jesús, lo patético de su situación no es por su estado calamitoso solamente. Sino que hay algo más hondo. Teológicamente no podemos fingir que no los hemos visto porque hay algo más en ellos, en su situación, en el estar así ahí en medio de la gente…, hay algo muy especial.

Jesús nos hace ver que ese «algo» es que son una puerta abierta al Padre. ¡Nada menos que la puerta por donde se lo recibe!

Hay muchas cosas que no sabemos de Dios. Pero lo que sí sabemos es de su relación especial con sus creaturas más pequeñitas. Sabemos que no quiere que se le pierda ninguno, por ejemplo. Y entonces, cada vez que vemos a uno que «perdimos nosotros, como sociedad; o que se perdió a sí mismo, por sus culpas», allí podemos estar seguros de que hay una puerta abierta para charlar con el Padre, para recibirlo en un lugar en el que a Él le interesa estar (¿el Cielo?): allí donde se trata el tema de sus pobres.

……..

(Un paréntesis. Yo escribo «mirando» y por eso mis temas «saltan de una cosa a otra» y al comienzo hasta que uno fija la mirada, no se ve claro: cada escena se va aclarando una vez que uno llega al centro).

…………

En Roma se hace muchísimo por las personas «senza fissa dimora», como se dice aquí. Esta semana fui al Centro Astalli (de la Compañía, para los refugiadoes, Abajo de la Casa del Gesù) y la organización es muy eficiente. El carnet de «refugiado» hace que no sea necesaria otra «investigación social»: ya está definida la población a la que atienden. El hecho de que la mayoría no quiera quedarse en Roma ni en Italia sino ir más al norte donde los consideran mano de obra apreciable, hace que el tratamiento social sea «provisorio» ya que su inserción social es problema de otros. El estado da la mitad del dinero para la comida, con lo cual, cada persona firma para entrar y como está registrada, todo es claro. En la calle hay grupos que reparten comida y abrigo… Pero en lo que se fijan todos los voluntarios que los acompañan es que la gente ve su situación pero no a la persona y que es en la historia de cada uno donde hay que detenerse y acompañar.

 

Son invisibles (como el Padre, pienso ahora, a quien «nadie ha visto ni puede ver», sino solo Jesús).

 

La degradación en la que muchos viven en medio de la Estación de trenes siempre resulta chocante. De tan visible resulta invisible (como es invisible la multitud de turistas también).

O mejor, lo que se ve es lo exterior; quedan ocultos los ojos de las personas.

…………

Ojos que se iluminan con una sonrisa linda y un Dios te bendiga que no esperaba de alguien que parecía estar tan perdido, como ese hermano en cuclillas, con el cabello ralo a hirsuto, descalzo, que se rasca la cabeza y parecía tan feo y en cambio…. cuando rebusqué en el bolsillo y me le acerqué y le di una moneda y le toqué la mano y lo miré a los ojos, como dice Francisco.

¿Han notado que los pobres siempre tienen una bendición a flor de labios?

 

Esta es la señal de que es verdad lo que dice Jesús acerca de la relación directa con el Padre.

Los pobres lo saben, conocen esta revelación, este secreto, y ponen en práctica la bendición. Todos ellos saben que «el Dios se lo pague» es verdad, ellos no pueden pagar y por eso bendicen. Y no es una frase hecha. Dios lo bendiga mucho; que sienta muchas bendiciones; que tenga un hermoso día... Lo dicen con sonrisa al mismo tiempo que miran la moneda. Me llama la atención que algunos bendicen antes de mirar qué les di. Otros después, y si consideran que fue una buena limosna, bendicen con más entusiasmo.

…….

Lo que me gusta en esta contemplación es ir de aquí para allá en la relación de los pequeñitos y nuestro Padre. Entré por el lado de la «invisibilidad», que es lo más propio del Padre, y de golpe salió esto de que los mendigos participan de esa invisibilidad.

Es curioso, porque los gobiernos tratan de «invisibilizarlos» para que no espanten el turismo, y resulta que ellos «son» invisibles.

 

Por un lado, por su historia. Es verdad. Sus historias son tan dolorosas, tan imposibles de contar, que ellos se sitúan en el lugar más público del mundo, como es la Estación Términi, con sus 14 millones de turistas el año pasado, como diciendo «miren que mi drama no se puede ver». Un lector decía indignado: «No tienen estaciones de trenes en su país? Si lo que quieren es vivir en la calle, por qué no se esconden en cualquier hueco de su tierra?» Y me parece que dió en la tecla, aunque sin comprender lo que él mismo dice.

La respuesta, en este diálogo de sordos, uno la puede escuchar en un indigente que se duchaba en pleno andén, y decía que «él tenía necesidad de aire libre».

Como el Toto del Hogar, que decía que teníamos «muchos horarios» y me devolvía el poncho rojo para que se lo guardara y se lo fuera a llevar en otra ocasión…

Pienso que así como uno para distraerse un poco «sale» al exterior (a dar una vuelta o a hacer turismo) algunos necesitan vivir en la calle para «salir», para distraerse un poco, porque su interior está destruido, porque su intimidad los expulsó, porque no tienen a nadie dentro… Pero necesitan que se sepa, que se vea sin verse. Es parádojico pero es así: que se vea sin verse.

 

Por eso es tan importante el momento de contacto con la monedita y el tocarle la mano y el recibir su sonrisa y su bendición. Si uno quiere hacer más y se detiene a charlar con la intención práctica de «sacarlo de su situación», la persona veces dará mil vueltas…

El tratamiento social es un trabajo a largo plazo.

Sin embargo, en lo humano básico -mirada, sonrisa, agradecimiento, bendición, frase con humor…- la respuesta es inmediata.

Todo lo contrario de la gente «en situación normal». Es penoso decirlo pero es tan verdad! Recuerdo que una vez que quise llevar personalmente las tarjetas de Navidad del Hogar a las panaderías que nos ayudan y los empleados y el dueño me rechazaban antes de escucharme, pensaban que sabían perfectamente a qué venía: a manguear. Y varias veces tuve que forzar la cosa – ¡escúcheme! -para que recibieran la tarjeta. Es que no podían «verme» como «uno que venía  a agradecer y a darles algo gratuitamente».

Los pobres es al revés. Te ven venir de lejos y te adivinan en el gesto de la mano si les vas a dar y ya te están agradeciendo. Quizás es porque tienen clarísimo que nadie se le va a acercar para pedirles nada (je).

…….

Aquí pesqué otra característica de los pobres por la cual al Padre le gusta identificarse con ellos. Además de «ser invisible», como el mendigo de la Estación en medio de la gente que pasa, nuestro Padre habita en el reino de la gratuidad, por decirlo de alguna manera. Y en los pobres, el sentido de la gratuidad es inmediato y total.

Estamos hablando de «propiedades trascendentales» no de cuestiones relativas. Más allá de la situación que las provoca, que no es deseable por sí misma, nuestro Padre la aprovecha para consolidar su presencia salvífica en un corazón que late invisible y gratuitamente.

Por eso es que Jesús puede «bendecir» situaciones en sí mismas no deseables, como la de pobreza, llanto o persecución, y convertirlas en bienaventuranzas. Es que el Padre encuentra allí «morada fija», punto donde poder actuar: en la invisibilidad y en la gratuidad.

 

La invisibilidad porque es lo contrario de mirarse al espejo, de ser auto-referencial, de perderse de ver la Gloria de Dios por mirar el propio momento de fama.

La gratuidad porque es lo contrario de la avaricia, del querer poseer sin preocuparse de los demás, de los pobrecitos que no tienen nada.

 

Nuestros ojos y nuestras manos y pies nos muestran que somos seres creados para «salir» de nosotros mismos, para dar y recibir. Todo intento de auto-suficiencia es contradictorio. Es pérdida de tiempo. Querer asegurarnos la fama y el dinero es pérdida de energía. Dios nos mira y nos da todo el tiempo. Los pobres no es que «saben» sino que «viven» esto y por eso «nos enseñan» a relacionarnos con lo esencial. Las gracias que a ellos se les regalan porque la vida social que les tocó vivir se les «impuso» de alguna manera (no importa si por culpa propia o ajena), son las que todos debemos pedir y cultivar, para ser misericordiosos como el Padre misericordioso, que es invisible, como el mendigo de Términi, siempre esperando una limosna de nuestra gratuidad.

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Es que la misericordia, para ser tal, tiene que tener estas dos «propiedades»: ser invisible (que tu mano derecha no sepa lo que dió la izquierda) y ser gratuita, renovada e incondicionalmente gratuita. Y esto, sólo un corazón que es consciente de haber recibido tanta misericordia invisible y gratuita, puede desear ser así para con los demás.

 

 

Diego Fares sj